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Antón Castro

SONIA R. FIDES: OTRO POEMA TURBADOR

SONIA R. FIDES: OTRO POEMA TURBADOR

LA CANTANTE DE LAS BOTAS ROJAS TENÍA UN SOBRENOMBRE  

No es eso.  
Trato de conservar mi cuerpo en buen estado.  
(Michel Houellebecq)

     La cantante de las botas rojas 
parecía hablar sólo en inglés,  
pero después de escucharla
cantar
 descubrí que era bilingüe.    

La cantante de las botas rojas 
fumaba cigarrillos ultra slim,  
pero el humo era el mismo,  
el suficiente para que el futuro se hiciera invisible.    

La cantante de las botas rojas  
encarcelaba su mensaje en un micrófono de color dorado  
para después agitarlo muy cerca de mi boca. 

El veneno se había vuelto lluvia 
pero yo no lo supe hasta que comenzó a golpear  
delante de la puerta de mi esófago.   
La cantante de las botas rojas tenía un sobrenombre 
y yo había estado toda la noche 
jugando a las adivinanzas con la muerte.  

MARTA NAVARRO: UN POEMA DE LA AMISTAD Y EL DESGARRO

MARTA NAVARRO: UN POEMA DE LA AMISTAD Y EL  DESGARRO

Para Liuba,  Asia y Rosse

SUEÑOS 

Sentadas sobre inviernos prestados
las amigas conversábamos
alrededor del fuego y de la nieve.
La pequeña Liuba repartía
palabras mojadas en café.
¡Amigas para siempre, para siempre!
Lo repetía una y otra vez.
Su voz se deslizaba sobre las horas áridas y arrugadas. 

Pasó el tiempo con sus doctrinas cotidianas,
sus vaivenes, embarazos y divorcios.
Poco a poco la distancia entre nosotras
se hizo espejo.
Sólo perduraron
las postales de Navidad
con las palabras de la pequeña Liuba.
Daba igual dónde estuviera ella
o dónde malviviera yo.
Siempre había un ¡amigas para siempre!
en el buzón de casa.
Más tarde,
una maldita mina de veinte dólares 
        
le hizo agujeros en la lengua
y sus ojos de caramelo senegalés
se perdieron  en un país sellado
por misiones de paz. 
Sobre inviernos prestados,
un día las amigas soñamos
con palabras mojadas en café.

*Del libro La victoria del heno de Marta Navarro el poema más impresionante es éste. Oculta más que dice, sugiere. Es como un iceberg de felicidad, de dolorosa añoranza y de dolor. Ilustro la foto con una de mis fotos preferidas, y una de las más conocidas del mundo: esta de Dorothea Lange.  

JOSÉ LUIS BORAU: CINES, MITOS Y ZARAGOZA*

JOSÉ LUIS BORAU: CINES, MITOS Y ZARAGOZA*

Se ha confesado José Luis Borau apasionado e imprudente, y también tímido. A ratos, mientras defiende sus ideas cinematográficas --del tipo "la película ideal es aquella en la cual la cámara, que es una convención como la cuarta pared del teatro, no se nota. Y eso lo tenían muy claro Fritz Lang, hacia su cine siento una especie de enamoramiento, John Ford o el propio Rosellini, que me deslumbró: yo soy una consecuencia del neorrealismo"--, le sale otro atributo: la vehemencia. Defiende sus argumentos hasta encenderse, entonces esa suave piel de albérchigo y nata de su rostro se vuelve pelusilla bermeja de melocotón, ascua de ira. Y lo veremos así en ocasiones: terco, convencido y utópico. "Basta que me digan que una película no se puede hacer para que a mí me interese e intente hacerla". Es un magnífico y ansioso narrador: historias secundarias interfieren y matizan una y otra vez el relato principal de su oceánica memoria. Ésta, al fin y al cabo, es una película sobre la memoria.        

Nació el cineasta a orillas de la playa de Torrero, en una casa del Canal Imperial de Aragón en la cual vivían su abuelo paterno, sobrestante o encargado general, y sus padres Félix y Antonia. La casa tenía jardincillo y el viudo abuelo disponía de un coche con chófer. El abuelo se murió a los seis meses de haber nacido el primogénito y la familia se trasladó a la calle La Paz, a unas casas baratas, y luego a la calle Albareda.
        

--La gente entonces se cambiaba mucho de casa. Y a mí, hacia 1933 o así, me resultaba natural salir a pasear por la tarde con mis padres a ver casas. Mi padre se decantó por una vivienda de Albareda porque estaba cerca de su trabajo en el Banco Hispanoamericano y porque la casa era bonita, con una fachada de art noveau. Mi padre era republicano, pero no pertenecía a ningún partido, y solía llevarme a la Gran Vía a los desfiles del día de la República. Desde la plaza del Paraíso hasta el parque todo eran solares, en medio estaba el Campo de la Victoria, donde se jugaba al fútbol. Me subía en sus hombros y veía pasar a la gente. Tengo recuerdos muy nítidos: a veces aparecían los pacos, aquellos pistoleros que andaban por los tejados, y nos metíamos en las habitaciones interiores donde no hubiera ventanas; aun así, si había alboroto colocábamos los colchones ante los cristales. Había un clima especial de peligro. Una vez, durante las fiestas del Pilar, las ferias se colocaban en Marina Moreno (hoy Paseo de la Constitución), iba con mi madre de paseo. Llevaba un monederito con perras gordas y perras chicas. De repente, alguien empezó a gritar: "Que corren, que corren", por las huelgas o por los pacos, la gente se echó a correr y mi madre y yo también; en medio del tumulto perdí mi monedero. Tuve un disgusto horroroso.
         

--Me alegro de que haya hablado de su madre, porque siempre parece estar en un segundo plano en su vida.
        
--No, no, qué va. Suena o tópico o a literario, pero mis padres eran muy buenos. Les debo lo que soy. Yo era la esperanza de la casa, la razón de ser de toda la familia, incluida mi tía Mercedes que vivió con nosotros, nos ayudó mucho porque habíamos entrado en decadencia y fue la mujer más inocente que conocí en mi vida. Con ella descubrí el placer de dibujar: dibujaba con aquel estilo de colegio de monjas de principios de siglo. Los tres lo sacrificaron todo por mí. Quizá porque fui hijo único, mis padres eran más bien rigurosos conmigo.
         

--Su madre era conservadora y religiosa, y su padre republicano. ¿Había fricciones entre ambos?
        
--No, no. Yo no viví la política en casa. Cuando estalló la contienda, ella ofreció de donativo para ayudar a Franco un reloj de oro, donativo que apareció en prensa, porque así pensaba que dejarían tranquilo a mi padre a pesar de sus ideas. O creerían que estaban con los insurrectos. Al cabo de los años, decía mi madre: "¿Por qué habremos dado aquel reloj de oro? Total, ¿qué no has dado Franco? Nada". Los falangistas le caían muy mal por intuición, en cambio de muy niño yo iba a veces con boina de requeté.
         

--Ya, pero su padre no era el que aparentaba. Se dieron hechos de vibrante clandestinidad como esa relación epistolar con su sobrino José Ruiz Borau, luego José Ramón Arana, librero y autor de El cura de Almuniaced.
        
--Yo debí verlo alguna vez antes de la guerra, pero no lo recuerdo. Era hijo de una hermana de mi padre y se cambió el apellido por el de su segunda mujer. Hace un año, en un homenaje a mi primo y a Manuel Andújar en el Ateneo de Madrid, descubrí cómo se parecían entre sí mi padre y mi primo, y yo mismo en menor medida. Alguien recordó algo que yo ignoraba: cómo el tío Pascual --así le llamaban a mi padre en Monegrillo, porque Pascual era el nombre de mi abuelo-- iba por las tardes al Instituto Británico con su traje de banquero a recoger propaganda de los aliados. A la salida siempre había un policía que registraba a la gente, pero a mi padre, con aquel aspecto, ni se le ocurría. Eso lo llevó totalmente en secreto. Además nunca daba señales de vida. Iba al Casino Mercantil, al café Ambos Mundos, pero nunca daba explicaciones de nada. Si mi madre se hubiera enterado hubiera puesto el grito en el cielo y no sólo por razones políticas, sino de peligro. Arana hacía cosas parecidas: en México lo pasó muy mal, cogía un taxi y siempre decía que lo dejase dos o tres manzanas más allá porque no querían que supiese cuál era su casa. Años después, mi primo el novelista le escribía a mi padre al banco con nombre de mujer casi siempre, y yo sospechaba algo porque luego mi padre traía unos extraños sellos de México que me mostraba.
         

--Hablemos de la Guerra Civil, que para el niño Joseluisín fue una fiesta: no había colegio...
        
--La viví bien, muy bien dentro de la gran tragedia y me acuerdo fantásticamente de ella. Tengo buena memoria y hay cosas que no quiero que se me olviden jamás. Nunca olvidaré la guerra. Al lado de mi calle estaba el Gobierno Militar, el Frontón Aragónes que era el cuartel de Falange, la Enseñanza que se constituyó en el hospital de los italianos, y a aquel cul de sac (la calle Albareda no tenía salida) llegaban también los camiones alemanes y los dejaban allí. Los soldados alemanes se sentaban en círculo y se ponían a comer a la intemperie; empezaban antes de que llegase mi padre, terminaba éste la comida y ellos seguían y seguían comiendo. Vinieron a vivir con nosotros mis primas Petra y Gloria, hijas de un hermano de mi padre que se habían muerto. Acudían de vez en cuando desde Monegrillo y me traían cromos de Nestlé. Cuando estalló la Guerra Civil, su madre Alejandra y ellas tomaron el coche de línea y vinieron a refugiarse Zaragoza; un grupo de soldados paró el coche a la altura de Villamayor, disparó al aire y ese impacto mató a mi tía. Supe que mi padre no había ido al trabajo, que le había pasado algo a la madre de mis primas y cuando los vi aparecer a los tres, empecé a gritar desde el mirador: "Ya vienen, ya vienen". ¡Qué impresión, luego! Mis primas estuvieron con nosotros hasta la primavera de 1938: eran hermanas, compañeras de juegos, me enseñaron las canciones de Imperio Argentina. Cuando se marcharon tuve un disgusto enorme. Creo que estaba enamorado de ellas, a pesar de que Petra era veinte años mayor que yo y Gloria quince. Hay otras escenas, pero quizá me esté alargando...
         

--En absoluto. Siga, por favor...
        
--En aquellos días mi padre estaba callado. Nuestra casa tenía cinco plantas y cuatro viviendas por planta. Nosotros empezamos viviendo en la tercera y luego bajamos a la segunda. En el sótano, había un cuarto por vivienda. Y durante los bombardeos, se amueblaban con cortinas, alfombras y colchones y allí nos refugiábamos, se hacía un pequeño apartamento contra el miedo. Recuerdo toda la casa como si fuera una película neorrealista italiana de las que vimos después. Se decía: "Ya han entrado los rojos". Pasamos así muchas noches y los niños nos columpiábamos en una especie de rejilla que había en las puertas.
   
      
José Luis Borau carecía de amigos. A su domicilio rara vez venía gente de afuera, y así se fue haciendo rebelde y retraído (se iba su padre al banco y él se quedaba acunándose en la mecedora; volvía al cabo de unas horas y lo encontraba igual, bamboleándose como un autómata), pero también despreciaba a los mayores. No podía soportar que confundiesen el nombre de los ilustradores o de las editoriales Walt Disney o Sopena, y se los conocía todos. Su clarividencia y desdén tuvieron un especial eco en un desfile de gigantes y cabezudos. Su madre y su tía los vieron pasar por la plaza Paraíso. Bajaron. Estando en brazos de doña Antonia, el niño, con cinco o seis años sólo, dijo: "Ya está bien. Ya está bien de hacer que me creo esto. Si son de cartón". La señora se quedó estupefacta. Lo mismo que tía Mercedes cuando salían juntos a jugar a los jardines agrestes de Capitanía, llenos de palmeras. Se perdía o se escondía, y la pobre mujer lo llamaba a gritos, más asustada que enojada, porque no se atrevía a volver a casa sin él. "Era malísimo, malísimo". Casi sin quererlo descubrió la vocación y el edén en la sala oscura del cine.
        

--Mis padres iban poco al cine. Eran ya un poco mayores, no teníamos dinero, lo que les habría gustado era el teatro. Mi madre no estaba en contra del cine sonoro pero decía que "sonaba demasiado la lata". Yo había visto cosas antes de la Guerra Civil, y recordaba a Imperio Argentina en Nobleza baturra. Fue una emoción fortísima. A mi padre le gustaban las películas de fieras: Tarzán y todas esas cosas, y yo me aprovechaba. Una vez fuimos a ver una cinta alemana con subtítulos de un circo al Actualidades; se planteó un dilema al producirse un incendio: o se dejaban morir las fieras en la jaula o se soltaban, con lo cual la gente corría peligro. Soltaron algunas fieras, y recuerdo la imagen del protagonista, herido. De repente apareció una mujer bellísima, rasgaba un trozo de la tela del viso y le vendaba. Aquella imagen me produjo un trastorno físico, moral, erótico, no se qué, que aún no he superado.
         

--Sé que a los doce años les dijo a sus compañeros de los Agustinos que quería ser cineasta. Pero antes había querido ser arquitecto...
        
--Sí, por una razón. Mi padre se quedaba poco en casa conmigo. Cada vez que lo hacía era una fiesta. Y me pintó una casita, que me fascinó. Desde entonces siempre le pedía casitas. Yo era buen dibujante, muy buen dibujante (no está bien que lo diga yo), pero en el colegio a veces me suspendían porque pensaba que calcaba. En vísperas de la Guerra coloqué sobre una alfombra unos dibujos de una ciudad entera con su puente, su iglesia, su ayuntamiento. Claro, todo eso cambió cuando empecé a aficionarme al cine y un día me pregunté: "¿Quién hace las películas? Quiero ser el director".
         

--El embrujo del cine no excluía la mitomanía. La mujer de su vida era Diana Durbin...
        
--Le escribí dos veces a la Universal y me mandaron dos fotos suyas dedicadas. Yo creía, claro, que era ella quién lo hacía. Pero mis héroes de juventud eran El Gordo y el Flaco. Encontré su dirección de la Metro Goldwin Mayer en una revista y le dije a mi padre que me ayudase a escribir la carta. Lo recuerdo muy bien: estábamos los dos en una mesa de mármol del velador de Ambos Mundos, lo convencí, mi padre pidió recado de escribir con su tinta morada y empezó: "Muy señores míos y de la mayor consideración..." Ya supe que nunca me iban a contestar.
         

--Fue usted crítico de cine en Heraldo de Aragón, contertulio en Roy Club de Manuel Rotellar, amigo de Pérez Gállego, Paco Uriz, Joaquín Aranda y de Román Escolano, para los cuales era casi un preceptor, dicen. Sí, pero lo que me llama la atención es su afición a la literatura.
        
--La he tenido desde siempre. Leía muchísimo desde pequeño. En mi casa sólo había una colección de libros de contabilidad que mi padre no había leído nunca. Iba a las librerías, a la biblioteca, etc. Traté a Hemingway en dos ocasiones, una aquí en Zaragoza con Pepito Pérez Gállego y Joaquín Aranda durante una entrevista, y otra en Pamplona con Jesús Fernández Santos, lo admiraba mucho, aunque uno de mis escritores favoritos es Baroja. Joaquín Aranda me prestó, en 1950 ó 1951, la edición de Santuario de William Faulkner. No me gustó nada al principio, pero que quedó un regusto especial, me di cuenta de que era algo grande. Me trastornó. La acabé y la volví a leer de inmediato. Esa sensación no me había pasado con Hemingway. Me ocurre una cosa: me gusta inventar historias, fui un niño muy mentiroso. Veo una escena de lo más tonto y ya me imagino que pasaría con esos personajes en un libro, como si fuese un escritor. Es como un tic mental que me viene desde entonces, pero yo ya quería hacer películas.
         

Y vaya si las hizo. De todas las formas posibles: como guionista, productor, actor y director. "Hago las películas en tanto en cuanto no me las sé. Es decir, quiero hacer películas que no se hayan hecho todavía. Soy un clásico por fuera, asumo la larga marcha del cine, pero por dentro no. Si he hecho poco cine es porque nunca nadie me llama para hacer las películas que yo quiero realizar". Esta película de la memoria termina con un homenaje a Chaplin, maestro de cine.
        

--Durante un festival de Cannes en 1957, con Alberto Oliveras y dos amigos más fui a ver a Picasso. Estuvo encantador, nos invitó a una gran ensaimada que acababan de mandarle y nos firmó un catálogo. Le pregunté qué pensaba hacer con sus cuadros. "Quiero que se los den todos a España". En 1961 estaba por Centroeuropa y viajaba en autostop, cerca de Vevey, donde vivía Charles Chaplin, pensé que podía repetirse lo de Picasso. Me indicaron su maravillosa villa. Salió una criada y le dije que quería ver al señor Chaplin y le di una tarjeta de la Escuela de Cine de Madrid. Al cabo de un rato salió Mrs. Smith, una especie de institutriz muy querida por la familia, y me dijo que el señor Chaplin iba a salir. Me quedé muy defraudado y me dije que esperaría a que saliese. Me senté en un ribazo a aguardar. Al cabo de un instante salió un coche. Así vi yo a Chaplin. O creí que era Chaplin, entrevisto, quien se alejaba en el coche.
  

CINCO FOGONAZOS
El Premio Aragón. Es muy agradable ser reconocido en tu tierra, pero a la vez me da un poco de miedo, de pánico pánico, porque no sé si se me lo merezco y lo digo sin falsa humiLdad. Algunos dirán: "¿Cómo le dan ese premio a un peliculero?". Eso es lo que soy. Por otra parte, siento que mis padres ya no vivan para ver esto. 

La Academia. Al principio no creía en ella, nunca iba por allí ni sabía si tenía los pagos al día. Me llamaron para dos años y estaré cuatro, hasta el próximo noviembre. Es muy bonito ver cómo se han ido integrando los jóvenes en ella y cómo los Goya han ganado en prestigio. La Academia me ha dado disgustos y además siempre los tienes con compañeros de profesión y algunas veces con amigos tuyos. He tenido cinco o seis y de ésos ya no me recupero. El problema que tenemos aquí es que, a diferencia de Hollywood, los productores están al margen, no colaboran.  

Aragón. Me siento aragonés, no aragonesista porque no soy nacionalista. Nada. Pero mi idea de Aragón es peculiar: me duele la imagen folclórica que tenemos. Cuando veo las fiestas del Pilar, la jota, el cachirulo, todo eso, me parece bien como cosa lúdica que se dice ahora, pero Aragón es mucho más que eso. Nuestra historia es muy superior a esos tópicos. Nosotros hemos sido una especie de reino unido, un estado federalista que hemos respetado la identidad de Cataluña --los catalanes entraron en Atenas al grito de "Aragón, Aragón"--, de Valencia, de Mallorca, de Nápoles y Sicilia, pero la lástima es que la grandeza de Aragón ni se estudie ni se difunda ni se explique. El aragonés ha perdido el respeto a su propia tierra o está enamorado de aspectos demasiado menores, poco ambiciosos o trascendentes, de ella. 

Autoestima. Voy a generalizar de una manera un poco ridícula o exagerada. Le diré que el aragonés es muy listo. Y la inteligencia lleva al escepticismo. La inteligencia lucha o mata al sentimiento, y tiende al pesimismo. Uno que es sensible se enamora y se arrebata fácilmente; cuando se es inteligente sabes que el amor es algo relativo, que después de un amor viene otro. Los pueblos que son inteligentes son los más escépticos y pesimistas. Además, Aragón es un país abierto, de paso, sin fronteras naturales. No es un país claustrofóbico y por eso le cuesta más mirarse tanto el ombligo como aquéllos que están encerrados entre montañas.  

*Hace algunos años, casi una década, conversé largo y tendido con José Luis Borau en su despacho madrileño. Este texto pasó a mi libro “Vidas de cine”. Ahora que José Luis Borau ha sido elegido director de la SGAE, lo recojo aquí por si fuera de interés para cinéfilos y posibles lectores del blog. Luisa Miñana, la autora de la novela del arte y de la historia "Pan de oro", me escribe y me anuncia que su revista literaria, "El Cronista de la Red", le dedicará un espléndido artículo de Alfonso Moreno, mantenedor del blog "39 escalones".     

 

HOY, MONOGRÁFICO DE FOTOGRAFÍA EN BORRADORES

HOY, MONOGRÁFICO DE FOTOGRAFÍA EN BORRADORES

 -Plató: Julio Álvarez  explica  las exposiciones de la Bienal Luz y Pilar Irala comenta sus fotos oníricas e intimistas y la música de Gonzalo Arruego que las acompaña.

-Reportajes: Joel Peter Witkin, Pierre Radisic, Dany Leriche, Fotografía Latinoamerica, 1991-2002, Aránzazu Peyrotau & Toño Sediles.

-Taller: Así trabaja el fotógrafo Rafael Navarro.
-Un artista clásico: Rafael López Barrios y “La danza del vientre”.
-Actuación en directo: Franco Deterioro, con Dani Clemente y Jaime Lapeña.  

El programa “Borradores” dedica esta noche, a las 23.45, un monográfico a la fotografía, con motivo de Luz, la I Bienal de Artes Visuales que se está celebrando en varias salas de la ciudad. El galerista Julio Álvarez acude al plató y comenta distintas exposiciones: la de la fotógrafa Dany Leriche en el palacio de Montemuzo, la de Joel Peter Witkin en Torreón Fortea, la de Pierre Radisic en la Casa de la Mujer, la de Aranzázu Peyrotau y Toño Sediles en la galería Pepe Rebollo, y "Mapas abiertos", la amplia muestra de fotografía latinoamericana, de 1991 a 2002, que se exhibe en la Lonja. Allí, el comisario Alejandro Castellote explica la riqueza, la variedad y los distintos caminos que sigue la creación fotográfica en Iberoamérica.

Además, acude al plató la joven fotógrafa Pilar Irala, que muestra una selección de su obra: onírica, intimista, reportajes de la ciudad, acompañada de textos, de  fragmentos de poemas y de la música de Gonzalo Arruego. “Borradores” también visita el taller de Rafael Navarro y repasa su forma de trabajo, sus series de desnudos, su laboratorio. Y también ofrece un reportaje del artista clásico Rafael López Barrios, que acaba de presentar un trabajo sobre “La danza del vientre”. Dani Clemente, líder de Franco Deterioro, canta varias piezas de su disco “Rumbas combativas 2”, acompañado del violinista Jaime Lapeña. El artista José Antonio Melendo cuelga algunas de sus fotos inspiradas en el propio programa.


 

*Esta pieza de la fotógrafa Dany Leriche es de 2000.  Dany Leriche trabaja sobre el cuerpo femenino, sobre todo, desde una visión reivindicativa y próxima al arte clásico. Esta foto no está en Montemuzo,  pero es del mismo espíritu que las de la muestra. 

Borradores. CARTV. A las 23.45. Productor ejecutivo: Gaizka Urresti. Redacción: Ana Catalá Roca y Carlota Muñoz. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Realización: Teresa Lázaro. (Canal Satélite Digital: canal 97). 

 

RETRATO DE JOSÉ LUIS BORAU

RETRATO DE JOSÉ LUIS BORAU

José Luis Borau, primo hermano de José Ruiz Borau, más conocido como José Ramón Arana, es una de las personalidades más ricas del cine y de la cultura españoles. A nada le ha hecho ascos y de sus múltiples quehaceres, del torbellino de curiosidades donde se ha zambullido, ha salido con nota elevada. Cinéfilo desde muy pronto, cuando escribía cartas a Deana Durbin, niño solitario que oía las bombas y el aullido de las sirenas, zagal sigiloso que hallaba la felicidad en una sala oscura como la del Monumental o en su propia casa, pronto se convertiría en un punto de referencia para sus compañeros. El coleccionista Román Escolano, el traductor y poeta Francisco Uriz, el joven crítico de cine y futuro editor Joaquín Aranda, el dramaturgo y realizador de televisión Alfredo Castellón, todos le admiraban porque no sólo iba a Venecia y traía bonitos y cuidados “press books”, sino porque hablaba de Hemingway, de Vasco Pratolini, de Alberto Moravia, de John Doss Passos y de otros muchos. Ejerció de crítico de cine de “Heraldo de Aragón”, de vez en cuando le sustituía Antonio Artero (que ha glosado con fervorosa emoción la generosidad y elegancia de Borau en la Escuela de Cine, ya en Madrid), pero de inmediato, como un hombre múltiple, haría de productor y realizador, guionista y actor, e incluso llegó a actuar como director de fotografía en una película: “Lección de Toledo”, rodada en 1966.         Su trayectoria es densa, libre, de ilusiones constantes. Como un niño que se anima a sí mismo y se atreve a todo. Y él a casi todo se ha atrevido: ha sido uno de los renovadores del cine español, y a la vez un cineasta solitario, capaz de hacer cine negro o western, pero también cine social como “Furtivos” (1975), durante años la película que obtuvo la mayor recaudación y que suscitó los mayores escándalos, por el desnudo frontal de Alicia Sánchez y por la inquietante historia edípica de Ovidi Montllor y Lola Gaos, entre otros temas. Y a la vez fue capaz de internarse en una narración mítica, de amor y turbulento deseo en el corazón del sur en “La sabina” (con una imponente Ángela Molina), o rodar una historia de espaldas mojadas más que correcta como era “Río abajo”. Además Borau se arruinó siempre con el cine y ha resurgido de sus cenizas. Nunca ha dejado de hacer películas, ahí están títulos como “Celia” para TVE, “Niño Nadie” y “Leo”, película sobre una historia de suburbio por la que recibió el Goya al mejor director. En 1998 había sido distinguido con el Premio Aragón de las Artes y también se hizo acreedor al Premio Nacional de Cinematografía. Pero su trayectoria no se agota ahí: ha coordinado para Alfaguara dos volúmenes de “Cuentos de cine”, un “Diccionario del cine español” para Alianza, ha escrito ensayos, en concreto uno sobre el cineasta Henry D’Abbadie D’Arrast, y además ha fundado la productora cinematográfica El Imán y una editorial del mismo nombre, en la que ha publicado títulos de mérito como la “Obra completa” de Andrés Carranque de Ríos. Y ha publicado varios libros de ficción, destapando su ya conocida faceta de narrador dotado de inteligencia y sensibilidad. 

         Este señor aragonés acaba de ser elegido director  de la Sociedad General de Autores y prepara la creación de una Fundación para jóvenes realizadores.

*En la foto, José Luis  Borau con Luis Antonio Alarcón.  

RAÚL ARANDA: DIÁLOGO CON UN MATADOR DE TOROS

RAÚL ARANDA: DIÁLOGO CON UN MATADOR DE TOROS

El matador Raúl Aranda (Almazora, Castellón, 1952) dio la vuelta al mundo, y no hay exageración en ello, tras una foto tomada en Arles por Lucien Clergue. Pero no solo por eso: en la década de los 70, especialmente en su primera parte, era una figura clave: salió a hombros en San Isidro y se codeó con los grandes con su toreo hondo, intenso, osado casi siempre, que “buscaba la calidad”. Raúl Aranda, que ha sido objeto de una monografía del periodista Alberto Maestro, se retiró en 1996, pero desde entonces no ha parado: ha toreado de subalterno, en cuadrilla de un matador, o “suelto”, por libre. “Cuando iba con un torero llegaba participar en 100 o 120 corridas al año, y eso suponía dormir muchos días fuera de casa, viajar solo en  coche para analizar las ganaderías, etc. Ahora, ando suelto y realizó alrededor de 40 corridas al año. Y hay algo que me gusta mucho: ver cómo se desenvuelven los jóvenes, ver cómo se asientan y cómo crecen en el  ruedo”. A veces, con una mirada o un gesto, Raúl Aranda imparte una lección, ofrece un consejo, establece un hilo invisible de complicidad. 

Por  cierto, usted nació en Almazora...
Fue por casualidad. Mi madre había tenido un aborto anterior y le recomendaron que fuese a dar a luz a un lugar a nivel del mar. Y estuvo allí tres meses antes y tres meses después de nacer yo. Así que viví mis primeros días rodeado de naranjos y luego me llevaron a Mallén, durante dos años. Más tarde, mi familia se trasladó al barrio de la Química de Zaragoza y ahí crecí. De Almazora a la Almozara. Mi padre tenía un negocio de embalajes de madera. 

He leído en algún lugar que percibía usted que el puente del ferrocarril era su límite natural, la frontera del barrio con la ciudad.
En absoluto. Yo iba, solo y desde los cinco años, desde mi barrio a los Escolapios. Y no pasaba nada. Yo era un  aventurero, un niño de barrio, muy inconsciente. Por eso descubrí los toros. 

Cuéntenos esa historia.
Yo tenía un gran compañero, Antoñín Castilla, y un día, con catorce años, me invitó a ir a una capea a Illueca. Nada menos. Yo no sabía apenas nada de toros. Nos subimos a una plataforma de coches del tren y en una curva, cuando nos tiramos en marcha, Fernando Moreno, picador y ex propietario de Campo del Toro, que falleció  hace poco en accidente, se rompió la clavícula. Me gustó todo aquello: ir a la aventura en una plataforma. Y allí salió una vaca, alguien dijo que estaba toreada. Yo, que no tenía ni idea, cogí una muleta y una espada y empecé  a darle pases. Recibí una ovación e incluso me llevé un dinero. Se pasó un capote y recogimos 900 pesetas, que repartí entre varios compañeros. Al final me quedé con 200.  

Debió gustarle la experiencia...
Desde luego. Hice un año más de capeas por aquí y por allá. Y pude participar en aquellas Novilladas de las Oportunidades, que se celebraban por la noche. Toreé mano a mano con Fernando Moreno con el cartel de “No hay billetes”. Entonces éramos becerristas. Más tarde, conté con la colaboración de dos buenos amigos: Manolo Cisneros y José María Recondo, que era un apoderado famoso. 

¿Qué decían sus padres?
A mi padre le gustaban los toros. Era aficionado. Recuerdo que me llevó a tres o cuatro toreros. Una vez  vi a José Fuentes y me impactó de tal manera que tuvo mucho que ver con mi pasión por la fiesta. Poseía una personalidad fuerte, tan fuerte, que despertó en mí una inmensa sensación de admiración. Años después, coincidimos en la plaza y se lo dije. Nos hicimos íntimos amigos. 

¿Fue su ídolo?
No exactamente. El torero que más me ha gustado ha sido Antonio Ordóñez Araújo porque tenía una naturalidad fuera de lo normal, plasticidad. Hacía ballet, era un bailarín con una cadencia especial. Y también me gustó mucho Paco Camino: cuando toreaba con la mano izquierda, te quedabas maravillado.   

Sigamos con su carrera. Creo que  debutó en Calanda...
Ya sabe cómo es el  escalafón de este oficio: eres becerrista primero, luego novillero, novillero con picadores y finalmente matador. Empecé tan pronto, que emanciparme para poder torear. Y en ese proceso me avalaron mi propio padre y uno de los actuales presidentes de la plaza de toros de Zaragoza, Manolo Pasamonte.  Se necesitaba la autorización paterna y el aval de otra persona, no fuese a ocurrir que tu padre se hubiera vuelto loco. Fue como si me  avanzasen la edad, como si me hiciese mayor de edad de pronto... 

Vayamos a Calanda en 1968.
Me veo en el patio de caballos, y no crea que me acuerdo de mucho más. Es la tarde que más confusa tengo en mi cabeza. Sé que corté dos orejas, pero no me acuerdo de nada. Me vestí de luces, era principiante, era becerrista. Mire, como torero he sido valiente, si el toro me golpeaba me atraía el propio impulso porque experimentaba sensaciones muy fuertes. Cuando recibía una voltereta, me levantaba y allá me iba de nuevo, como quien emprende un desafío. Era rebelde, me aceleraba. Recuerdo que en una de aquellas noches de oportunidades en el Coso de la Misericordia, una becerra me dio 23 volteretas. Llevaba sangre por todo el cuerpo, y gracias a mi empeño volví a torear. 

Por entonces toreó también en Illueca.
Me puse delante de un toro que me pegó una cornada brutal. Fernando Moreno se echó encima de los pitones y logró despistar al animal. Por ese lance, creo sinceramente que me salvó la vida, siempre lo he considerado como un hermano. Después, toreé en las plazas más importantes: por ejemplo, en la Maestranza, donde toreé con Gayoso, Antonio José Galán y Manzanares, entre otros. 

Aquellos fueron años de grandes rivalidades. ¿Cómo fue su relación con los compañeros?
Me llevaba de cine, dentro y fuera de las plazas. Recuerdo que Gayoso en la plaza era un poco aprovechado, era un magnífico capotero y siempre te dejaba en evidencia, pero éramos magníficos amigos: siempre pasábamos ocho o diez días al año en su finca de Fuengirola. Jamás he considerado a un compañero de terna rival o enemigo. He disfrutado mucho con el toreo de los amigos, y les aplaudía sinceramente desde el callejón. No he sido celoso. El triunfo de un compañero de cartel no ha sido nunca mi derrota.  No he sido celoso, ni envidioso, y siempre he querido que mis compañeros triunfasen.  

¿No pretenderá que le creamos?
Es así. Recuerdo que una vez, tras torear con José Ortega Cano, que había hecho una buena faena, me acerqué a darle la enhorabuena. Me dijo: “Pero, ¿qué quieres tú conmigo?”. Repitió varias veces distintas frases de desconcierto e incredulidad. No se lo creía. Con la mosca detrás de la oreja, añadió: “A mí no me ha felicitado un compañero jamás”. Nosotros solemos desear suerte al princpio, y darla enhorabuena al final, pero no por el resultado de la corrida, sino porque no hayas tenido un percance, porque no haya pasado nada. 

Esto que dice abona su condición de bicho raro en la fiesta.
Era diferente. Un rebelde a mi manera. Me gustaba exteriorizar mis sentimientos, tanto para lo bueno como para lo malo. A algún apoderado que le estaba exigiendo a un torero algo imposible de conseguir, le he gritado desde el foso: “Tú eres un hijo de puta”. Nunca he tenido un problema con nadie: antes he cedido que enfrentarme a nadie. El día de mi alternativa, en Zaragoza, con Palomo Linares y Miguel Márquez, corté tres orejas y elegí un corrida muy difícil. Recuerdo que Palomo me dijo algo que ya me había dicho antes Antonio José Galán: “¿Estás tontito o qué? ¿Te has vuelto majara?”. Había un toro que de pitó a pitón medía 115 centímetros. Luego, una hepatitis, que duró cuatro meses, me quitó de la circulación. 

Se resarció pronto, ¿no?
Tuve fortuna. Había una corrida de Paco Galache en Madrid que no quería torear nadie. Era irregular. La  toreé  con Manolo Cortés y Julián García. Salí por la puerta grande. Y aquella misma noche me contrataron 48  corridas al máximo nivel, pero solo pude hacer 18. 

¿Por qué?
Por la cornadas y por un brazo roto en Logroño... 

¿Cómo se define como matador?
Creo que tenía facilidad y vocación. Era un torero de pureza, complicadito, de clase. De esos toreros a los que les gusta torear pausado, soy de ésos a los que les gusta hacer las cosas con calidad y profundidad. Me gustaba interpretar el toreo desde el principio hasta el final, a la altura de los pitones, dándole un 80 % de facilidad a al toro. Y por eso recibí catorce cornadas y una extremaunción... 

¿De dónde  le sale ese coraje, esa gallardía, esa temeridad?
No lo sé. Veo sangre y me mareo, y eso que he visto operarme  en vivo. Recuerdo una vez que Fermín Murillo había sido embestido  por el animal, y de repente se le abrió una herida, salió como un barro de sangre y no pude resistirlo: lo dejé caer con todo su peso. En Bilbao en una larga cambiada me cogió el toro por la axila y me dio literalmente una vuelta al ruedo. Se me salía el corazón.Y un familiar, Emilio Aranda, me dio la extremaunción, porque así se lo aconsejaron los médicos. Y otro día oí, “mañana le vamos a amputar el brazo”, porque se me había gangrenado. Alquilé una ambulancia, me trajo a Zaragoza, llamé al doctor Carlos Val Carreres, y él me atendió: descubrió que tenía un alga marina que me había entrado dentro y que me producía la infección. 

Ya. Pero no alcanzo a entender qué le encuentra a la fiesta. ¿Qué le atrae tanto?
Yo tampoco lo sé. Toros y novillos me han dado la del pulpo, pero siempre me he venido arriba. Es algo que va por dentro, indefinible. Yo creo que se trata de emoción. La clave es interpretar el toreo con sentimiento y que el toro tenga su punto de agresividad. La emoción la debes poner tú, y el peligro lo transmite el toro. 

¿Qué les dices a aquellos que dicen que los toros son una carnicería?
Me entra la risa. Yo no quiero convencer a nadie. Me ha ocurrido que tengo y he tenido amigos antitaurinos y los he llevado al campo; los he colocado ante una becerra y han experimentado esa magia, esa atracción, ese sentimiento indefinible, esa sensación fuera de lo normal. Siento una gran emoción cuando veo venir un toro y lo someto. En Acapulco me encontré con el toro soñado: bravo, agresivo y noble. Me gustaba tanto que no quería matarlo y fallaba adrede con  la espalda, hasta que me di cuenta de que eso no tenía sentido. Y lo  maté de inmediato, y me sentí orgulloso de hacerlo. Aún no he podido olvidar el malestar de haberle hecho pasar tan mal rato al animal. 

Me gustaría que nos hablase de la foto de Lucien Clergue.
Fue en una corrida en Arles, durante una vendimia. Toreábamos Justo Benítez, Ortega Cano y yo; los toros  eran de Alonso Moreno de la Cova. Aquel pesaba 720 kilos. A los dos meses o así, Lucien Clergue vino a verme, me dijo que había recibido un  premio en Nueva York por la foto y me pedía autorización para seguir difundiendo la obra. Me dijo que cobraba cada pieza a 40.000 pesetas, que se la quitaban de las mano  y qué cuánto quería cobrar yo. Le dije que nada y que ojalá se hiciera de verdad rico con ella. En mis temporadas en Hispanoamérica, me cansé de firmar esa foto, sobre todo en Colombia y Venezuela. 

Pasó por épocas distintas y en 1996 lo dejó.
Nunca lo dejé exactamente hasta esa fecha. Pasó por diversas experiencias familiares, pero la experiencia me ha hecho entender una cosa: el toro te hace auténticas radiografías anímicas, te exige que estás concentrado al máximo. No debes arrastrarte. Y yo he pasado por todo: por problemas familiares, por muchas cornadas, por el olvido también. Me encontraba triste. Un día, mi hijo Roberto (tengo otro, David), me dijo: “¿Estás triste, papá?”. Le dije: “Nunca más me verás triste”. Y dejé de torear. 

¿Está resentido por algo?
Al contrario. De mí se han contado muchas cosas: que si he sido rebelde, inconsciente, un mujeriego. Creo que es por pura leyenda. No tengo melancolía de nada, no me arrepiento de  casa nadie, he aprovechado cada instante de mi vida y no tengo motivo para quejarme  de nada. He sido querido y respetado por compañeros jóvenes y veteranos, y sigo disfrutando de lo que hago. No soy, en definitiva, ningún amargado.   

¿Cómo vive ahora?

Voy a torear si me llaman y disfruto en el campo, leo la prensa más que nunca y retransmito con Javier Valero los toros con Aragón Televisión. Lo paso muy bien. Soy un jubilado, pero mientras mi cuerpo aguante me pondré ante un toro que es lo que más me gusta.

*Raúl Aranda, a mediados de los años 7o, fotografiado por Lucien Clergue, una foto que dio la vuelta al mundo.

CONVERSA CO MEU POBO, LAÑAS, Ó FONDO

CONVERSA CO MEU POBO, LAÑAS, Ó FONDO

" LAÑAS É O MEU PARADISO DA INFANCIA E LÉVOO DENTRO DO CORAZÓN" 

Entrevista co noso viciño Antón Castro, escritor e xornalista lañés que vive en Zaragoza

 Antón Castro (1959), de neno era Toniño, logo pasou a ser Tonio, o fillo de Benito do Touciñeiro, e sempre foi Antonio Rodríguez Castro, como o chamaban tanto don Antonio na escola do pazo de Mosende, como don Xosé Antonio Cabanas na escola de Arteixo. En Lañas aprendeuno case todo: a fumar no penal, a ver cine na televisión de Casa Recouso e a xogar aos vaqueiros co seu curmán Remixio da Portegaza. Autor de máis dunha ducia de libros, vive en Aragón desde hai máis de vinte anos. Conversamos con el.         

--¿Onde naceu exactamente?        
--En Vilarnovo, no que sería o alto de Lañas, nunha casiña que tamén facía de corte para a gando. Da miña nenez alí recordo ben pouco: véxome baixando do berce, só na casa, e metendo a cabeciña pola gateira. Dinme todos que dicía: "Mamá, o neno; mamá, o neno; mamá, o neno".

         --Sempre pensáramos que nacera en Castelo.        
--Non. Pero alí estiven dos dous ata os oito anos. Conservo recordos preciosos dos viciños (os do Mareque, os de Lista, os do Nacho: Xosé, María, Pilar, Pepita, a súa filla; os de Ferreño, os de Carballido, Perfecto do Queixeiro e a súa nai, etc.), dos amores primeiros, do pazo de Viñán, dos xovencas e das vacas do meu pai, que sempre estaba no estranxeiro, da miña nai Carme de Castro, da casa do Tendeiro, con aquel misterioso David e con aquela dona Amalia, que me convidou unha vez a unha cunca de mel. Estaba riquísima. Tamén teño recordos da mestra dona Matilde, que vendía unhas mazás vermellas ben sabrosas. E das partidas da escoba e as sete e media en Casa Pedro, e dos panadeiros do campo, onde a miña nai ía ao xornal ás veces: Agustín, Pepe, o finado Lecho, etc. E da Imprenta da Casilla, e de Añón, amigo de meu irmán Luis. Conservo na cabeza un inventario dos lañeses da miña nenez. Non sei se me cren...         

 

--Home, por suposto. ¿Coñeceu os tempos de fútbol en Lañas?        
--No ano 1968 marchei a Arteixo, e acabei por facerme do Penouqueira, pero a primeira vez que vin fútbol foi en Lañas, desde a Azureira, naqueles partidos heroicos do Peñarol de Dubra, Gorecho, Groufo, Moncho de Pedro (naqueles tempos era o noso Pelé), Paxín ou o grande Boedo, que era un xogador que moito me impresionaba polo seu trallazo. Íntimamente, sempre fun do Peñarol de Lañas. Vin o outro días unhas fotos e emocionáronme. ¡Cántos recordos de súpeto me viñeron á miña choliña!         

--¿Que outros recordos ten de Lañas?        
--A infancia sempre é o paradiso do home, e Lañas é o meu paradiso. Ía ao monte da Choca e das Croas, ao mar de Barrañán, ao Galo, Armentón, Campolongo e Rorís, onde tiña unha curmá cativa a que me gustaba facer rabiar mentres comiamos figos e brevas, sobre todo porque disfrutaba moito máis cando faciamos as paces. Tamén me gusta moito acordarme de El rápido, e de Manolo e de Pepe de Ferrín. E aínda me acordo do enterro de don Avelino, o crego da motoreta de muelles: aquello foi impresionante.         

--Sabemos que tamén era moi amigo das festas e dos bailes.        
--Cando marchei a Arteixo, empecei a vir ás festas a Lañas. Paraba na casa de meu tío abó Daniel e Carmucha de Viñán, que eran dous santos, polo menos comigo, e tamén na casa do meu curmán Enrique en Vilarnovo. En Lañas gustábanme con loucura dúas rapazas do Campo, con unha xogaba a miudo nas leiras do meu abó Xesús, e coa outra bailaba na Portegaza sempre que podía. Como son tan romántico conservo moi boa memoria delas ainda que hai máis de 25 anos que non as vexo. Eran os tempos de El gato que está triste y azul, Aurora Bautista, Camilo Sesto, El vals de las mariposas, etc. Sáibase tamén que fun moi mal bailador e máis ben vergonzoso.         

--¿Non aparece pouco Lañas na súa obra?        
--Eu penso que non. En A lenda da cidade asolagada (Xerais, 1995) sucede por enteiro na miña parroquia, na escola á que fun, na aldea que vivín, e mesmo invento unha cidade mítica, inundada polas augas. E tamén hai relatos de Vida e morte das baleas (Espiral Maior, 1997) que aparecen en Lañas. E mesmo noutro libro, El álbum del solitario (Destino, 1999), a presencia do noso pobo é constante; narro por exemplo a morte e o enterro do meu abó Xesús, tratante de gando en Vilarnovo. Pódolle revelar algo...         

--Diga, diga, que para iso estamos en festas...        
--Cadrando con Día das Letras Galegas de hai poucos anos, en honor de Manuel Murguía, estiven en Arteixo e Lañas. Pola noite, cara ás dúas da mañán, despois de cear, collín e coche e ensineille ao meu amigo Xulio López Valcárcel, grande poeta galego, os lugares da miña vila e da miña vida: Vilarnovo, Castelo, Preguín, Barrañán, Anzobre, Sisalde e Armentón, etc. Se alguén me vise diría que estou tolo. Xa ven que sigo sendo leal á miña terra e ás súas paisaxes.         

--¿Un desexo para os seus paisanos?        
--Quero que teñan unas boas festas con boas orquestas e xogos e algo de cultura, que haxa moita felicidade, a alegría do baile e que Lañas medre, se non en poboación, polo menos en entusiasmo, en solidariedade e en paz. E encantaríame ir a xantar ou a cear algunha vez cos viciños desa boa vila que levo dentro do corazón: Santa Mariña de Lañas.        

 *Entrevista que se publicou no programa de festas do meu pobo  en Galicia: Santa Mariña de Lañas, no concello de Arteixo.

LOS MACHADO, VISTOS POR ROLANDO MIX TORO

LOS MACHADO, VISTOS POR ROLANDO MIX TORO

El próximo viernes 25 de julio, se inicia el VI Festival de Poesía Moncayo, en esta ocasión con un Homenaje a Antonio Machado en Tarazona.

La Conferencia inaugural tendrá lugar a las 19,00 horas,
con el título: "Los Machado y Antonio" a cargo del poeta, traductor y ensayista Rolando Mix Toro, un gran escritor chileno afincado entre nosotros.

Tendrá lugar en el Conservatorio de Música de Tarazona,
Pza. de la Merced s/n. 50.500 Tarazona (Zaragoza). Tel.: (+34) 976 64 35 61.


En la siguiente dirección, está el programa completo del festival:

http://www1.dpz.es/cultura/veruela/2007/VIpoesia/poesia_programa.htm

Te esperamos. Un cordial saludo de Rolando y Juanita.