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Antón Castro

A SALVO EN LAS COLINAS. POEMA DE AMALIA IGLESIAS

A SALVO EN LAS COLINAS. POEMA DE AMALIA IGLESIAS

A SALVO EN LAS COLINAS 

El prado, el paraíso, el sol poniente,
Las llamas de la infancia en el centeno,
Las formas que resuelven nuestros pasos
En torbellino de universo y sus detalles. 

Todo es pasar despacio la espesura,
Esquivar el barro y la maleza,
Y esa lluvia de abril que nos abre los ojos,
De par en par memoria en su intemperie. 

Para  que nada  estorbe la canción de la cima
Vienen después pájaros de la tarde
Con la luz ceñida en su sosiego,
Viene impaciente la tierra
A rezar su silencio a nuestro lado. 

Todo el tiempo del mundo
Anuncia un interior
De náufrago que espera. 

Hoy es tarde todavía
Y no se ha roto el rumor que nos quedaba.  

[Poema de Amalia Iglesias, autora de poemarios como “Un lugar para el fuego”, premio Adonais en 1984, “Memorias de Amauta” (1988) o “Dados y dudas” (1996), entre una veintena de publicaciones, que incluyen antologías propias y ajenas, libros de ensayos. Gran amiga de María Zambrano, conversó con ella por extenso y presentó en los V Encuentros Literarios de Albarracín algunas cintas de aquellos diálogos; fue la editora de su libro: “Algunos lugares de la pintura”. Actualmente es jefa de redacción de “Revista de libros” y coordina la sección “Contemporáneos” de poesía del suplemento ABC. Amalia Iglesias, palentina que se educó en Bilbao y que reside ahora en Madrid, es una mujer cálida, inteligente y laboriosa, incansable, siempre próxima y sabia en el arte de la palabra y del cultivo de la amistad. Este poema apareció en la revista “Minerva”, espléndida y cuidadísima revista del Círculo de Bellas Artes, y pertenece a su poemario inédito “La sed del río”.Me encanta traerla aquí, y además en domingo. La foto es de Jock Sturges.]

MENTIRAS Y MIEDOS (CUENTO)*

MENTIRAS Y MIEDOS (CUENTO)*

*[Por pura casualidad, tras leer el espléndido “Real Zaragoza: Diccionario íntimo” que Luis Alegre publicará en el catálogo del 75 aniversario del club, me encontré con este texto de ficción. Me dio envidia que su padre le contagiase tanta afición por un equipo, algo que también le ocurrió a Pepe Melero, autor de otro texto increíble, lleno de emoción, sabiduría y exactitud: “Los años magníficos”. Leí este relato como si fuera un texto olvidado, luego recordé que es un capítulo fundamental de mi libro más autobiográfico, “El álbum del solitario” (Destino, 1999), un libro al que a medida que pasan los años me parece más definitivo en mi vida y en mi forma de contar. Lo cuelgo por si la historia de Antonio Fabeiro, “Planetas”, fuese del interés de algún visitante del blog. Es un cuento, muy gallego, sobre algo que me  fascina: la relación padre e hijo”. ]

Hablar de mi padre es lo más difícil para mí. Nunca sé por donde empezar. Siempre se me vienen a la cabeza imágenes obsesivas y  antiguas: avanzamos los dos juntos en una bicicleta hasta la casa donde se había criado, eran tantos hermanos que a los siete años se fue a servir a A Maceira, llegamos, lo abrazan y me muestra una especie de cobertizo o cuartucho en el que está encerrado un hombre loco al que llaman Ireneo. Al atardecer, vuelve del trabajo con su traje de pana marrón y su ciclomotor con dinamo, y yo lo veo desde el río de lavar o desde la fuente, cuyo fondo está repleto de salamandras. Me echo a correr y le digo: «¿Iremos al monte esta tarde?» Sí vamos, a recoger leña de pino, a deambular por el Campo de A Choca y por los senderos que conducen a las añosas minas del wolfrán, a contemplar el bravío mar de Barrañán donde encallaban minúsculas ballenas. Luego, tengo un paréntesis de bruma o de olvido. Quizá si cierro los ojos y me hundo en la nostalgia inmemorial, distingo a mi madre frente al lavadero, al otro lado del fuego y de la bancada con respaldo, leyendo una de sus cartas. Nuestro gato gris, Acuña, había traído una nueva culebra que intentaba huir por el desagüe y mi padre preguntaba: «¿Cómo está el rey de la casa?» El rey de la casa era yo y se me nublaba la vista por las lágrimas. Disimulaba, me hacía el gallito o el fuerte, el protector de la viuda de un vivo, y decía que se me había caído una mota en los ojos. En invierno, en vísperas de Navidad y en medio de un vendaval asombroso, reaparecía mi padre a la altura de Casa Mareque como un espectro rodeado de ranas con la maleta enorme, una bolsa de caramelos de menta y el traje de pana marrón que tanto me gustaba. Esa noche comíamos naranjas borrachas, naranjas de sangre, y mi madre no dejaba de llorar. Ni le acariciaba ni le abrazaba: se apostaba en un banco de la única habitación de arriba, que era comedor y dormitorio y vestidor, y lo miraba con delicadeza, lo absorbía con los ojos como si fuese una esponja o tierra caliente y rojiza que se embebe de lluvia. Mi padre, el emigrante feliz que retornaba de Suiza, se sentaba en la cama y se quitaba los pantalones y los calzoncillos o zaragüelles, en cuyo interior traía un buen fajo de billetes.

  Un día supe que todos aquellos billetes nos habían permitido comprar una nueva vivienda en Baladouro. Dos pisos. Jamás olvidaré la partida: la hicimos en un tractor, mi padre se puso al lado del conductor y tanto mi hermano Hilario como mi madre y yo nos sentamos en medio de los cachivaches y el gato gris, Acuña, que ignoraba su destino. Íbamos a vivir en un piso y allí no había sitio para él. A la mitad del camino, en la Revuelta del Lobo, mi padre lo arrojó a la cuneta, pero el animal nos seguía, saltó al remolque, se escondió bajo el arcón de la ropa de las camas y bufó y mostró sus afiladas garras cuando Hilario lo cogió por las orejas. Entonces, mi padre lo tiró por el barranco y mientras nos alejábamos, el gato maullaba lastimeramente. Recordé su último gesto: antes de subir al remolque, apliqué mi oído en la tierra como hacía en los atardeceres de tormenta, oí pisadas, ecos y estremecimientos interiores; el gato me miró un momento, se subió a mi hombro y permaneció allí dos o tres minutos, inmóvil y ronroneando. Mi madre, seria, cautiva, recordaba con la mirada extraviada la biografía del felino: nos lo había dado Albino, el tratante de ganado, nos había hecho compañía constante durante la ausencia de mi padre, traía a diario culebrillas de color perla y se enroscaba en las sayas de tía Gumersinda, aquella señora de luto que acudía por las noches a relatarnos cuentos de miedo de los tiempos idos y a ensombrecer aún más mi infancia.         

Siempre he sido un niño miedoso y fabulador. Las dos cosas a la vez y por igual. O eso creía mi madre. Solía decir que era descabelladamente embustero, por eso me llamaba «planetas», mis mentiras eran inmensas como el mundo. Se quedó atónita al enterarse de que dije a tres o cuatro vecinos, con siete años tan sólo, que había visto cómo mi padre se desnudaba y se subía al dintel de la puerta de la cocina; desde allí se tiraba sobre mi madre, que lo esperaba en el suelo, tendida en dirección a la artesa, con las piernas abiertas y sin ropa. ¿Qué puedo decir del miedo? Hubo una época que ni me atrevía a ir solo a la escuela, ni a quedarme en casa mientras mi madre iba a por huevos al corral, ni a dirigirme al baldío del Penal para jugar un partido, pero ella también tenía algo de culpa: hospedaba a los mendigos o a aquel tío loco de Oleiros que salía del manicomio y traía el bolsillo lleno de papel de periódico y una saqueta de pan duro para las gallinas. Recuerdo aquellas noches de horror: mi hermano dormía en el somier, yo con mi madre y el tío loco en un colchón sobre el suelo. Su respiración cavernosa me impedía pegar ojo e imaginaba que de un momento a otro le daría otro ataque de locura y nos descuartizaría a los tres. Mi madre era así: indiferente a mis pesadillas. O quizá también ella tuviese miedo, por eso debía acompañarla los sábados a Casa Recouso a ver Sesión de noche, volvíamos con noche cerrada por la vereda de un maizal mecido violentamente por la brisa. O me obligaba a bañarme en Barrañán a mediatarde, aunque el mar estuviese invadido de delfines.
        

A mi padre tardé en asociarlo con el miedo. Con el paso de los años he entendido que en el fondo era un solitario que lo daba todo por una conversación. Lo veneraba de niño: me parecía un dios que me enaltecía con su presencia, tenía algo de gigante irreductible y a la vez era huraño, autoritario y rácano. Veía el mundo a su manera: implantaba en la convivencia el código del que dirán si hacías esto o lo otro, pero eso a él no le afectaba. Era capaz de criticar a éste o aquél porque llevaba unos zapatos feos o un pantalón sin planchar, a mi hermano o a mí por aquellos jerseis color butano con cenefas que parecían ochos encadenados, pero no reparaba en que él vestía el mismo pantalón grasiento y lleno de manchas de pintura desde hacía una semana y que se le habían roto los zapatos de rejilla.
        

Justificaba sus negativas con argumentos muy peregrinos y podía ser muy violento. Harto y airado, refunfuñaba: «¿Pero, qué queréis de mí, joder de Dios?» ¿Qué íbamos a querer? Que transigiese, que saliese de su ensimismamiento unos minutos. Mi madre le decía: «Eres terco como un carnero.» Me di cuenta de que sólo era feliz cuando hablaba con extraños, oyendo el relato de otras vidas o reinventando una y otra vez la suya: su niñez lejos de sus padres y sus cinco hermanos como un repudiado, el noviazgo con mi madre, tres años de servicio militar en Melilla donde aprendió a boxear, sus seis temporadas en Suiza, el ahorro y el logro final de una planta de dos pisos en Baladouro y ahora también una finca en As Viñas, detrás del Cine Real, con parrales y pozo artesiano. Ahí estaba su fuerza: se había hecho a sí mismo con pundonor y dignidad.
Quizá lo más doloroso para mí fue que no quisiera comprarme una bicicleta. Llegamos a Baladouro, descubrí con total satisfacción que mi casa estaba al lado del Campo de los Bosques y que los gemelos Dubra --su padre, carpintero y experto en lagartos, había estado en la emigración con el mío-- vivían muy cerca, en una casa baja para bañistas, al lado del Balneario, frente al río Bolaños y a un gran chopo horadado. Ovidio era gordo y Publio, flaco. A su imponente hermana, mayor que ellos, en la intimidad la llamaban La Nena. Siempre deseé una hermana así, tan corpulenta y suave, nos hacía unas sabrosas rodajas de pan con vino y azúcar para la merienda. Pues bien, los gemelos tenían sendas bicicletas, una azul y otra roja, y una casa más pobre. A veces, venían a ducharse y a fumar celtas y peninsulares a la mía. Pero eso poco le importaba al operario de Vialidad y Aguas que era mi padre.        
--¿Para qué quieres que te compre una bicicleta? Para que te mates mañana.
        
No servía de nada que le insistiese. ¿Matarme, te has matado tú cuando ibas a la cantera? He aprendido a montar en las de los gemelos Dubra, sé ir sin manos, ayer subí hasta el monte de Subico antes que Barral, que tiene una orbea de carreras. Mejor que me callase. Mi padre era muy suyo, y cada razón mía era una razón menos para él. Y así me pasaba con todo: si le comentaba que me había apuntado a clases de gaita, me disuadía diciéndome que no tendría pulmones para resistirlo. Si me veía tocar la guitarra, siempre me recordaba el nombre de Ramiro Mallo, el trompetista de Armentón, su primo segundo, o el nombre de Celeste Pereira, aquella cantante y pianista que se había hecho famosa en la comarca con la versión de Yo no soy ésa de Mari Trini y que no tenía tiempo para los novios. «Nunca llegarás a ser como ellos», era su frase preferida.
        

Se pasó media vida recordándome que había hecho las cosas sin sentido y al revés. Desmonté la radio Vanguard de válvulas y nunca logré arreglarla a pesar de que la electrónica iba a tener un gran porvenir. Fui incapaz de sacarme el carnet de conducir para dedicarme al negocio de la fruta con una furgoneta como los Mosende de Santa Mariña, el pueblo donde había nacido. Sólo éramos cómplices durante los combates de boxeo ante la televisión en blanco y negro Invicta, en aquellas madrugadas de desvelo y de lluvia, pero siempre tuve la sensación de que mi padre veía una pelea distinta, un intercambio de golpes que se producía en su cerebro. En la madrugada más esperada y desoladora de mi adolescencia, Joe Frazier cazó con un terrible gancho a Cassius Clay en el último asalto y acabó con su sueño de ser campeón del mundo de los pesados; mi padre se levantó como un resorte y dijo: «Adiós, charlatán. Ya puedes volver a presidio.» Ni siquiera en ese instante se percató de que acababan de vapulear a mi héroe.
        

El día que me fui de casa, muchos años después, se le arrasaron los ojos de lágrimas y me miró desde la ventana de la cocina que había empezado a pintar de blanco esa mañana.
 

DIAS DE MAR, DE MARTA NAVARRO

DIAS DE MAR, DE MARTA NAVARRO

[Marta Navarro, a petición  mía, me ha enviado los poemas de “La victoria del heno”, libro que también lleva otro título, “Las cicatrices del agua”, muy personal, de texturas íntimas, de una lírica limpia y ebria de resonancias y de misterios. Éste es el poema más largo y uno de mis favoritos. Yo vivo en la tierra, en tierra adentro, pero “creo en el mar /y en sus poros salados y nerviosos”.]

Días de mar

  

Vivo en la tierra, pero creo en el mar

y en sus poros salados y nerviosos.  

Entro en un bar y pido dos raciones de olas salvajes

y una brújula sin heridas. 

Hundo mi cabeza en el océano
de una tarde cualquiera
para humedecer los días áridos
que aún me quedan por vivir.
Salgo a caminar y me encuentro
entre hermosas islas.
Malta me regala diez días y cien noches para vivir sin prisas.
La tarde es casi perfecta. 

Hay lugares que nos pellizcan
en el músculo azul de la lucidez
y te dejan un rato colgado   
   
del espejo de los sabios,
hasta que una brisa urbana y déspota
nos devuelve a la lentitud de la rutina,
a la estupidez sin complejos,
a la oscuridad de los cuerdos.
Y de nuevo la vida varada
abre las puertas de su imperio.    
    El viaje al paraíso fue corto,
pero valió la pena. 

Hay ciudades que dan la bienvenida
de espaldas,
son de interior, como tú,
y aunque besan con ganas 

siempre dejan un rastro de agua dulce
que no sirve para amar. 

Ciudades que te persiguen
con su perfume de asfalto.
Ciudades que te conducen,
como las sirenas de Ulises,
al naufragio cotidiano.
Ciudades como olas secas     
   
que arrastran los inviernos 
 

Vivo en la tierra,
pero creo en el mar
y en sus venas azules y nerviosas.
Hundo mi cabeza en el agua
para mirarme en el rostro
de los días placenteros y
encontrar por fin
las raíces de mis sueños.
Vivo en la tierra,
pero creo profundamente en el mar. 

*La foto más famosa de George Hoyningen-Huene.


 

INMA DE SANTIS QUE ANDAS POR AHÍ...

INMA DE SANTIS QUE ANDAS POR AHÍ...

[Ese estupendo amigo y blogger incansable que es Enrique Cebrián, un apasionado lector además y buceador de esto y de aquello, encuentra en la red  esta foto de Inma de Santis, más joven, y aquí la cuelgo. Era una mujer comprometida con miles  de  cosas: apasionada, aventurera. Había empezado a hacer cine: rodó “Eulalia” (1985) y “Seis mujeres” (1986). Trabajó en numerosas películas, entre ellas “El bosque del lobo” (1970) de Pedro Olea, “Goya, historia de una soledad” (1971) o “Entre dos amores” de Luis Lucia, con Manolo Escobar e Iran Eory, una película menor que a mí me gustó mucho en la adolescencia.  

Inma de Santis había nacido en 1959 y falleció a los 30 años, en diciembre de 1989, en un accidente de automóvil durante una travesía por el Sahara. Por cierto, Inma de Santis tiene toda una legión de mitómanos en la red. Leo esta completa y estupenda nota de El Punto Z (elzurdo.blog.com) y la traigo a esta página porque es lo mejor que he leído sobre esta actriz que tanto amamos y que siempre buscó un lugar al sol de la creación y de la renovación. Este texto se leyó en un programa radiofónico de Carlos Tena en 1990.
 ]


Inma ha sido en mi vida una presencia habitual desde que tengo uso de recuerdos. Era una niña rubia, bonita y normal que tenía casi mi misma edad y que no puedo precisar si la vi primero asomada a la pantalla del televisor, en las fotos que ilustraban el libro "EL OTRO ARBOL DE GUERNICA", en el parvulario del Liceo Serrano o si era esa primita que a uno le encandilaba en las reuniones familiares. Con Inma, precisamente por su normalidad, por su ausencia de monstruosas precocidades, no se podía nunca estar seguro de si era una actriz infantil o una chiquilla que habíamos conocido en la vida real. Era impensable tener una Marisol en el pupitre de al lado o un Joselito trinando en el cumpleaños de la abuela: pero Inma de Santis sí encajaba perfectamente en nuestra cotidianeidad. No era una estrellita sino una actriz, impúber pero actriz.Al entrar en la adolescencia, Inma creció también con nosotros y se la vio florecer en belleza y talento dramático en diversas entregas de la serie CUENTOS Y LEYENDAS o en obras como "ADIOS, SEÑORITA RUTH", en la que desarrolló con especial acierto su primer papel de mala, rompiendo el cliché de sufrido angelito a que la habían abocado sus trabajos anteriores.

Pero con este cambio de imagen Inma se convirtió en objeto de deseo para productores y directores que buscaban carne fresca que destapar en el postfranquismo. Coetáneas suyas fueron Sandra Mozarowsky (también muerta prematuramente, cuya carrera quedó limitada a papeles ligeros de ropa en películas rijosas) y Victoria Abril (la otra cara de la moneda, quien, gracias al padrinazgo de Vicente Aranda, pudo encauzar su enorme personalidad en una trayectoria modélica que la ha convertido en la primera actriz española y una de las mejores de Europa). Inma, careciendo de las oportunidades que se le brindaron a la Abril y sin la menor disposición de emular a la Mozarowsky, optaría por abandonar la carrera en la que se hallaba embarcada desde los cinco años.

En los 80 puede decirse que la buena de Inma fue absolutamente a la contra de su generación. Mientras otras andaban muy ocupadas con el perímetro de su pechuga y viviendo éxtasis sintéticos en Sodomas de plexiglás, Inma rompía con el rol de mujer-objeto que pretendían imponerle y estudiaba para directora de cine en la facultad de Ciencias de la Información. Otras se ayuntaban con banqueros y jugaban a la intelectualidad o a las caridades: a ella, en cambio, se la podía ver por Torrespaña cargada con cajas de películas preparando sus avances de largometrajes del fin de semana, que ella dirigía y presentaba. O, sin prisa ni pausa, acaparando premios en festivales por los dos cortometrajes que escribió y realizó.

Su labor más importante para televisión fue la última, el espacio "EL TIEMPO QUE VIVIMOS", dirigido a la tercera edad, una serie honesta y directa sin más pretensiones que llegar a la gente mayor, sistemáticamente ignorada por los cronistas postmodernos de tv. En el momento en que el destino la interrumpió, preparaba su creación más ambiciosa, también para televisión: una serie de relatos de hora y media escritos y dirigidos por ella misma.

El último ejemplo de seriedad e independencia de esta mujer que día a día demostraba su determinación por no adecuarse a las exigencias de la época, por no ir de muñeca-florero ni de funcionaria en ciernes. No deseo que descanse en paz porque ella, siempre tan hormiguita, no lo aceptaría. Dondequiera que esté, espero que siga imaginando, escribiendo, realizando y negándose a ser otra que ella misma.
 

UN POEMA DE AMOR DE ÁNGELES MORA

UN POEMA DE AMOR DE ÁNGELES MORA

[Mis primeros libros fueron dos poemarios: una colección de romances y canciones, inspirados en Lois Amado Carballo y García Lorca, redactados en gallego, escritos en la calle Las Armas 138 ático y perdidos para siempre (quizá  podría tener un ejemplar en su casa Xesús Alonso Montero. Se lo llevé a Vigo en noviembre de 1980), y un libro de poemas narrativos, “O praial dos afogados”, que redacté en gallego y con letra negra en finísimas servilletas de bar. Desde hace algún tiempo, tengo el deseo de escribir poemas. No me salen. La poesía es el ejercicio que más pudor e inseguridad me provoca, aunque nadie la lea. Sin embargo, la poesía se ha convertido en un asidero, en un refugio, en ese lugar con vistas y con estancias luminosas al que siempre regreso. Siempre llevó un libro de poemas, más bien menudo, en la cartera. Y en los autobuses o en los taxis leo poesía.  Hace algunos dísa que me acompaña la antología crítica y comentada “Poesía de la experiencia” (Visor, 2007, 434 páginas), donde hay muchos poemas de autores conocidos, a los que admiro muy sinceramente: Benjamín Prado, Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, a quien le tengo un inmenso afecto...

Conocía muy poco y mal a Ángeles Mora (Rute, Córdobba, 1952) y me han encantado sus poemas tan cotidianos y sencillos, tan hondos en emoción, esperanza y misterio. Como si escribiese un libro de poemas alguna vez sería de amor (recuerdo ahora que, en gallego, escribí hace una década el volumen “Desamor e memoria”, también en gallego, del que debe haber por ahí una copia, creo que la tiene Gabriel Sopeña), copio aquí estos poemas de Ángeles Mora. Espero que a al buen visitante Jesús Lechón de los “Cuadernos del Real Zaragoza”, que prefiere el fútbol a la poesía, no le importe.]

 

 CASI UN CUENTO 

Él susurró que lo mejor sería
no enamorarse,
ella no le llevó la contraria,
para que si se sabía vencida.
Ante todo se dejó acariciar
por sus manos manchadas de ternura.
Eso sí        
          
no sé enamoró de sus manos.
Mas no impidió que sus labios
muy lentos la abrasaran,
pero tuvo cuidado,
no se enamoró de sus labios,
y aunque tampoco se opuso a que su lengua
la hiriera sin remedio,
no se enamoró de su lengua
ni de sus ojos ni de su voz
ni de la palidez que se le subía a la cara
entre los besos,
esa palidez que a ella más y más la arañaba.
Pero tuvo cuidado y no se enamoró.
Para qué si se sabía vencida.
Una y otra vez volvieron a encontrarse.
Sin amor.
Eso sí, 
            f
elices como niños.

 

 

*La foto pertenece a Ed van der Elsken.

EL CUENTO DEL ARTISTA

EL CUENTO DEL ARTISTA

AUTORRETRATO CON MARCO

El hombre se preguntó: "¿Tienen casa los pintores?". Recorrió el estudio, se detuvo un instante ante un lienzo, regresó a la mesa y anotó en su Cuaderno de Creación: "La casa del artista es el cuadro". Entonces tomó un papel, un puñado de lápices de colores y unas tijeras, y comenzó dibujar. Cerró un instante los ojos como si tomase aire o concentrase en su cerebro todas las sensaciones. Empezó a imaginar texturas y formas, estados del alma: el color azul del cielo de las afueras que parecía multiplicarse a tumbos entre las nubes en forma de óvalo, el oro del sol cuando se esclarece la mañana, la atmósfera rosada, las huellas invisibles del tiempo sobre la pardusca tierra. Y luego, como casi siempre, recordó las máquinas. En realidad, recordó a su padre: mecánico de coches y de barcos y de submarinos, proyectista de cine, inventor de máquinas y fontanero en horas libres.

Colocó los tubos de plata, la sección o el alzado de un artilugio. Instaló el marco, la ventana o la puerta que debía franquear, y agregó un lecho pastoso de mar con flores silvestres, adormecidas bajo la espuma. Y después escribió: "Miradme. He aquí uno de mis posibles autorretratos, y también mi casa". A continuación se arrojó por la puerta, la ventana o el marco, y desapareció.

*Ésta es una pieza que escribí pensando en Sergio Abraín, tras conversar con él sobre su propia obra.
(Cada vez me resulta más fascinante el taller de Picasso: esta foto de David Duncan Douglas me parece maravillosa, emotiva, dice tantas cosas de la complicidad entre el pintor y su musa, entre Picasso y Jacqueline...)

RETRATO DE INMA DE SANTIS

RETRATO DE INMA DE SANTIS

El único retrato que he podido encontrar de Inma de Santis. Con Paco Martínez Soria en la película "Vaya par de gemelos" (1977).

EL CUENTO DEL CINE

EL CUENTO DEL CINE

EL RÍO DE LA POESÍA  

Nunca recuerdo la primera vez que fui al cine.
Pero sí veo aún la sala del Cine Real, sus butacones de madera, el gallinero,
aquella mujer grandiosa y enlutada que vendía pipas y manises:
aún no sabía entonces que se había escapado de una película de Fellini.
Me ocurrió algo sorprendente: vi unas imágenes de un cementerio
subterráneo, cerca de una bahía, y estuve diez noches sin dormir.
Mi padre se levantaba, se enfurecía tras la puerta y me veía desvelado,
casi con un rictus de pánico: “No vuelvas al cine.
Estamos gastando un mundo de luz”.

Dejé de frecuentar películas de miedo, aunque creo que vi otra
que me estremeció de otro modo: “El carnicero”.
Allí aprendí que no hay mujer más hermosa que la fea que sabe mirar y sentir.
Aún amo a Stephane 
Audran.
Iba al cine todos los fines de semana como un ritual inexcusable.
Me enamoraba locamente de Gene Tierney y de Margaret Sullavan,
esas mujeres que parecen construidas con seda y con lágrimas.
Y de los poderosos muslos de nardo de Concha Velasco, y de sus ojos negros,
y de Inma de Santis, dulce amor mío.
Así empezaba la carta que le envié.
Inma, dulce amor mío a todas horas. Inma.
Era otro durante la semana, como un alucinado.
Como un forastero en mi  propio corazón.
Un día le dije a la hija del cronista local:
“Cristina, por ti me atrevo
a colgar las botas del fútbol y a ver el mundo con tus ojos”.
Nos hicimos algo novios. Y lo fuimos, en tándem,
por la arboleda de Compostela. Ella llevaba un short inolvidable.
Al atardecer, cuando el viento y la llovizna peinaban las torres,
Ladeó la cabeza, esparció el cabello y dijo: “Quiéreme como en el cine.
Bésame como si fueras a morirte, bésame como Jean-Paul Belmondo”.
Aquello acabó pronto, antes de 67 días y mucho antes de los catorce años.


Un día me dijeron que se iba a cerrar el Cine Real, 25 de agosto de 1974,
y quise despedirme de la máquina de proyección, del operador
y de la señora que vendía pipas y cacahuetes: Elisenda Tommassi.
Miré la cabina desde la puerta entornada, vi los haces furiosos de luz,
oí esa letanía mecánica que cobija el sueño.
El proyectista me dijo: “Quédate un rato.
Esto es como morirse
antes de llegar a viejo y para siempre.
Sabía que pasaría,
pero nunca he sabido prepararme para el fin”.

Lo que ocurrió entonces creí haberlo visto en el cine, soñé que lo volvía a ver
en “Cinema paradiso”. Empezaron a pasar imágenes, fragmentos de películas:
paisajes, ciudades increíbles, ciudades de cine negro, mujeres que fuman,
desiertos, caballos al galope, casas señoriales con escaleras vienesas.
Para el último adiós, el maquinista se guardó lo mejor:
Instantáneas de ríos, cascadas, rápidos, lagos y pantanos.
“Fíjate bien”, me dijo. Un niño despertaba a una cobra con la flauta
y
jugaba con ella. Tras el mordisco letal, vi el río, turbulento y homicida.
Paco Leirós resumió: “Esta es mi película favorita.
Tiene algo
cuyo nombre he tardado más de 25 años en encontrar. Poesía.
La poesía de la imaginación, la luz de los sueños. No lo olvides”. 

“El río” de Jean Renoir es el mejor recuerdo de mi vida.   

*La foto es de la actriz Stephane Audran.