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Antón Castro

MERCEDES SAMPIETRO, QUE ESTÁS AHÍ...

MERCEDES SAMPIETRO, QUE ESTÁS AHÍ...

   [Mercedes Sampietro fue la actriz preferida de Pilar Miró: su álter ego en una ficción que se parecía a la vida. Es una actriz de recorrido, laboriosa y discreta, tan discreta que parece usar un talento invisible. ]   

Hace ya algunos años, cuando éramos felices e indocumentados, vimos por primera vez a Mercedes Sampietro en un programa de televisión. ¿Dónde fue: en “Estudio 1”, en las emisiones de “Novela” o en aquella serie titulada “Juanita la Larga” o tal vez en “Vísperas”? Miramos hacia atrás, con la memoria de la emoción inextinguible, y la vemos ahí, discreta y elegante, sonriendo sin estridencia, con su talento invisible, despojado de énfasis, y nos gustaría por un momento parar el tiempo y decirle como le dijo Jean Gabin a Michele Morgan: “Tus ojos son hermosos, sabes…”. Eran hermosos entonces, líquidos, como preñados de luz y melancolía por igual, y lo siguen siendo ahora en esta mujer casi secreta y laboriosa que pertenece a la estirpe de Gena Rowlands, Annie Girardot, Glenda Jackson, Vanessa Redgrave o Jeanne Moreau.
Un montón de virtudes adorna la persona que es Mercedes Sampietro, galardonada con el premio “Ciudad de Huesca” hace un par de años e invitada al Festival en el año en que se cumple una década de la muerte de Pilar Miró: posee una voz melodiosa, cargada de matices y de convicción (le ha puesto su voz a Meryl Streep, Lana Turner, Jane Fonda o Fanny Ardant, entre otras), y ha cuidado su carrera como nadie, como si la esculpiera con serenidad y buen gusto trabajo a trabajo. Debutó en el cine con “A un dios desconocido” (Jaime Chavarri), ha sido el “alter ego” ideal y exacto de Pilar Miró en sus películas, pero sobre todo en “Gary Cooper que estás en los cielos” (1980), personaje por el que recibió premios por doquier. Cuenta con películas bonitas y hondas como “El pájaro de la felicidad”, también de Miró, “Extramuros”, “Silencio roto” o “Lugares comunes”, película por la que recibió el Goya a la mejor intérprete.
Pero además, se ha desenvuelto con soltura, oficio, simpatía y firmeza en las tablas –ha interpretado muchos dramáticos en televisión y ha participado en “La casa de Bernarda Alba” de Lorca o “Julio César” de William Shakespeare, y ahora lo hace en “Danza macabra” de August Strindberg con José Sacristán- y ha sabido hacerse cargo, sin levantar la voz, en dos ocasiones, del cargo de presidenta de la Academia de Cine. Y cuando hubo de tener agallas, arrestos y decir las cosas claras, aunque acabase de recibir el Premio Nacional de Cine en 2003, lo hizo: denunció, ante la exministra Pilar del Castillo, la “militarización del pensamiento” y abogó por la libertad de expresión y de creación al defender “La pelota vasca” de Julio Medem. Y dijo o sugirió, con buenos modales, que ella también estaba con las víctimas del terrorismo. Es una mujer solidaria con el dolor ajeno, e insistir en ello parecía obviedad o demagogia.
No es que haya sido redescubierta en los últimos años exactamente. No es eso, pero sí parece como si la viésemos más, como si llegase con un nuevo fogonazo al corazón del gran público. Y eso se debe a películas como “Silencio roto” de Montxo Armedáriz, “Cuando vuelvas a mi lado” de Gracia Querejeta y “Lugares comunes” de Adolfo Aristarain, donde bordó su papel, su historia de amor con Federico Luppi, que le valió el Goya. Y esa nueva popularidad también se ha visto subrayada con la presidencia de la Academia de Cine o por un torrente de premios. Es una señora, una cómplice del arte y de la palabra que funda reinos de creación y sueño, es una mujer indómita y a la vez dulce, que pasó muchos veranos en Radiquero. Su familia procedía de Aragón, no de Italia, como tantas veces se ha dicho. Es una actriz ideal, una actriz irreprochable, una actriz que despliega un arte esencial que nace de la inteligencia, del sacrificio y de la sensibilidad. En Huesca, mientras paseábamos por la exposición de Carlos Saura (la había contratado para "Con los ojos vendados", en un papel corto, y luego prescindió de ella) en el Matadero, durante la grabación de una entrevista para "Borradores", volvió a demostrarlo. Todos se quedaron maravillados. Teresa Lázaro, la realizadora, resumió: "Esos ojos más que mirar, hablan".

CRÓNICA DEL SÁBADO. EL ZARAGOZA BAJO LA TORMENTA

CRÓNICA DEL SÁBADO. EL ZARAGOZA BAJO LA TORMENTA

Hacía tiempo que no era tan feliz en un trabajo. Lo he sido especialmente este fin de semana en Huesca con el equipo de “Borradores”: Gaizka Urresti, Teresa Lázaro, Yolanda Liesa, Carlota Muñoz, Ana Catalá, y gentes que se nos han ido sumando como Marta Horno, Jorge Bautista, Noelia, Elena y otros operadores de cámara. Una gente, unos compañeros espléndidos que forman parte de esa segunda o tercera familia que te da la vida, aunque no quedes para comer ni para salir, ni para hacer viajes de vacaciones. Hablamos con Pepe Escriche, con Elisa Miller, con Vittorio y Paolo Taviani, con Juan Luis Buñuel, con Ángel Garcés, con Senel  Paz y Marina Stavenhagen, con Carlos Saura, con Chus Tudelilla y Paco Algaba, con Mercedes Sampietro, con Antonio Lázaro, con Laura Sipán y con Juan Millares, sobrino del pintor Manolo Millares y autor de un documental sobre su obra. El jueves se verá una parte de nuestro trabajo. 

En la tarde del sábado, compartí firma de ejemplares con Javier Tomeo, Carlos Castán, Manuel Cortés (nos reveló que le esperaba un amor y eso era inaplazable: me pareció muy bonito que un hombre tan puntilloso y suave, tan vehemente y lírico en sus libros, se dejase llevar así por la pasión), Ángel Petisme y Lorenzo Mediano, que firma por todos, tanto que hasta Javier Tomeo se siente un poco celoso. Firmé media docena de ejemplares de “Golpes de mar”, uno a una niña colombiana afincada en Huesca que es una auténtica “leona”, y ocho de “Veneno en la boca”, que regalé a los lectores y a las azafatas de la Feria. En Huesca todo iba bien, hasta que apareció la tormenta. Y con el vendaval aparecieron los poemas y las canciones de Ángel Petisme, un tanto manco tras un accidente en una mano. 

Luego quedé con Cristina Grande para volver a Zaragoza. Estuvimos en un local donde me puse de mal genio. El camarero jefe (me lo habían presentado el día anterior y me habían ponderado su bondad) se incomodaba porque no marcaba en Madrid y sí  lo hacía el Real Zaragoza. Milito marcó de penalti, y yo apreté el puño de alegría. El entusiasmo de los zaragocistas le mereció un comentario desdeñoso y una mueca de fastidio sobre “esos cheposos”... En el coche, Cristina y yo apagamos la radio. Hablamos de todo, mientras caían rayos, relámpagos y truenos. Daba miedo el cielo y la carretera, el paisaje  era como un espejismo herido de luces fatales, pero quizá teníamos incluso más miedo de pensar que podía estar sucediendo en La Romareda. Hablamos del Festival  de Cine, de libros, de novelas, de las pequeñas cosas de la vida. Y cuando llegamos a Zaragoza, encendimos la radio: oímos el cántico de la afición, y adivinamos que el Real Zaragoza iba ganando. Pero el comentarista, Paco Ortiz Remacha (se emocionó el pasado lunes durante la presentación del libro que ha escrito sobre su padre; Luis Alegre estuvo maravilloso. Evocó a su padre también, al locutor desaparecido, evocó a Los Magníficos y a Arrúa, y dijo que “él tenía que hacerse de inmediato de algo que emocionaba tanto a su padre. Es decir, tenía que hacerme zaragocista”), anunciaba que sacaba una falta Beckham, que atacaba Robinho, que remataba Van Nistelrooy, que organizaba Guti..., y apagamos la radio de nuevo. No podíamos contener los nervios. Cuando pensábamos que había acabado todo, no era así, pero Van Nistelrooy había empatado. El final era un mal menor, pero el Real Zaragoza había jugado con bravura, de poder a poder, y estaba muy cerca de Europa, pero asomado a un último enigma: depende de sí mismo y tendrá que puntuar en Huelva. El Celta puede quedarse en Primera tras vencer al Atlético. Soy deportivista también, pero jamás anticéltico.

 No había podido estar en La Romareda. Volví con un gran dolor de cabeza. Llamé a Pepe Melero. Estaría con los jugadores, con el presidente Bandrés, con otros amigos; no cogió el teléfono. Hoy me ha contado que estaba en el palco Mariano Gistaín, el actor Armando del Río, la magnífica Emma Suárez, con su gorra de adolescente tras el mayo del 68, y Luis Alegre, ese coleccionista de amores imposibles para los demás. Hace unos días, en el restaurante Don Pascual hablamos de mujeres hermosas e imposibles que nos gustan con Luis y Javier Rioyo. Luis es un experto en hablar de mujeres bonitas; Luis es un experto en hablar de mujeres a secas. Y una de ellas era Emma Suárez. Imposible para los otros, accesible y cotidiana para Luis Alegre. Tan sencilla, con ese atractivo matizado por el tiempo, que se sienta en el palco del Real Zaragoza. 

[Tres amigos como Pilar Irala, José Antonio Melendo y Alejandro Cortés siguieron el choque a ras de campo.  Pilar y José Antonio me llamaron esta mañana para contármelo... ¡Fue una experiencia maravillosa! Ellos se fijaron sobre todo en el jugador número doce: la afición, bañada ayer por el diluvio, amenazada por los rayos. Mientras escribo esta nota da vueltas y más vueltas el disco de Mister Hyde “Incansable”, que tocarán próximamente en Borradores, e incluso me he atrevido a darme el primer chapuzón del año en la piscina de casa. Esta preciosa foto es de Emma Suárez.]

DESOLACIÓN DE LA SIRENA, DE AURORA LUQUE

DESOLACIÓN DE LA SIRENA, DE AURORA LUQUE

DESOLACIÓN DE LA SIRENA

 Sirena. Las sirenas. La palabra sirena.
Cómo se desmoronan
Las palabras radiantes, portadoras
De gérmenes de mito.
Escuchó a las sirenas. Escucho una sirena.
Sólo queda en las sílabas Un eco atroz de de alarma
Y el ruido de la muerte. 

¿Será una enfermedad
mortal la del lenguaje?

[Me gustan mucho las sirenas. He escrito de ellas, colecciono libros de sirenas, cuentos de sirenas... Aurora Luque (Almería, 1962) publica en "Los chicos están bien" este texto.  La foto es de Rita Hayworth, una de  las más hermosas que conozco.]

UN POEMA DE LUIS MUÑOZ

UN POEMA DE LUIS MUÑOZ

OCHO DE LA MAÑANA
Le miro cómo duerme enredado en la sábana.
La esponja del descanso le borra los sentidos. 

Deja pasar dos planchas moteadas de luz
La ventana entreabierta
Picotea en el borde de un tiesto de geranios
Un gorrión tremante
Con ojos de cabeza de alfiler
Y el picoteo se hace
Del ritmo de una frase inquisitiva. 

Pero no se despierta.
Se abraza a la almohada, se hunde como en nubes
Y me atrapa al volverse alzando una rodilla. 

No sé si formo parte de su sueño.
Querer es una escala y no sé si alcanza el sueño.
 

[Olifante, ediciones de Poesía, el proyecto que cuidan Trinidad Ruiz-Marcellán y su marido Marcelo Reyes, acaba de publicar la antología “Los chicos están bien”, que recoge cinco poemas de 19 más o menos jóvenes que participaron en el I Encuentro de Poesía Última que  coordinó Manuel Vilas, autor de un intenso  prólogo. Cuelgo aquí este poema del granadino Luis Muñoz, poema  que leyó en “Borradores”. El libro ha editado en colaboración con el Gobierno de Aragón, y el proyecto fue defendido y auspiciado  por Pilar Navarrete y Marcos Castillo. La foto corresponde a mi admirado Pascal Renoux]. 

 

OTRO DÍA COMPLETO EN HUESCA Y FIRMA EN LA FERIA

OTRO DÍA COMPLETO EN HUESCA Y FIRMA  EN LA FERIA

[Ayer viernes, todo el equipo de Borradores se trasladó a Huesca para grabar un monográfico del Festival. Conversamos, entre otros, con Juan Luis Buñuel, Pepe Escriche, los hermanos Taviani, Senel Paz, Marina Stavenhagen, Chus Tudelilla y la joven y bella realizadora mexicana Elisa Miller.

Hoy, por la mañana y por la tarde, terminaremos el rodaje, con una entrevista a Carlos Saura y otra a Mercedes Sampietro.
 Y por la tarde, de 6 a 9, iré a la Feria del Libro de Huesca a firmar ejemplares de “Golpes de mar” (Destino), el que yo considero el libro de mi vida: los cuentos de amor, mar, ballenas y mujeres que me han acompañado desde que empecé a escribir, desde el nacimiento de mi hijo Daniel.Cuentos que se han escrito, que se han reescrito, a lo largo de un cuarto de siglo. Hace unos días, tuve un encuentro con lectores  en el Centro de Historia. Daniel acudió y ha contado lo que allí ocurrió en esta crónica, que cuelgo aquí.] 

UNA TARDE CON ANTÓN CASTRO 

Voy a ver a mi padre en el Centro de Historia. Lo llamo por teléfono. Viene desde Garrapinillos y está nervioso porque a las siete tiene un encuentro con los alumnos de la Universidad Popular, que han leído su último libro, Golpes de mar , y a las ocho debe presentar Por escribir sus nombres , la emocionante y poderosa novela de Víctor Juan , en la Biblioteca de Aragón. Cuando llego al Centro de Historia, Antón Castro ya está en la cafetería. Hablamos un momento y me deja leer el texto de la presentación de Víctor Juan. Alonso Cordel, que debe conducir el acto, llega un poco después. Mi padre dice que lamenta tener que irse tan pronto.
Alonso Cordel afirma que será breve, y empieza un repaso biográfico.

“Vine a Zaragoza por dos cosas”, dice mi padre. “La primera se frustró de inmediato: era un amor o un proyecto de novia que no llegó a nada. Y otra fue la objeción de conciencia. Cuando estudiaba FP Electrónica en la Universidad Laboral de la Coruña hicimos un viaje de estudios en el que vimos la fábrica Clarivox de Zaragoza, me parece que se llamaba así. Y entonces me enteré de que había una comunidad de objetores. En 1978 me hice objetor y vine aquí, me instalé en la calle Casta Álvarez 14-16. Era un colectivo de objetores de conciencia, una falsa comuna de gente que no me conocía pero que me acogieron muy bien. A mí me gusta mucho una frase, no sé si es de Sara Montiel, que dice: ‘Nunca me quito un año, porque ese año podría ser el mejor de vida’. Yo no me arrepiento de nada porque he aprendido con todo”.“Creo que entonces trabajabas en un bingo”, dice Alonso Cordel.“Sí, eso llegó un poquito más tarde. Trabajé vendiendo cerámica, en la vendimia, recogiendo melones, y luego estuve varios años de camarero. Me gustaba llevar la bandeja. Tuve un hijo muy joven”, dice Antón Castro. “El día que nació, el cuatro de abril de 1981, expiraba mi contrato y no me lo renovaron. Así que mi hijo no nació con un pan debajo del brazo, sino con el paro”. Mi padre dice que precisamente ese hijo suyo está hoy aquí y que le agradece su presencia. Algunos asistentes me localizan, una señora me mira como si quisiera ver la carta de despido.

“Entonces mi mujer estudiaba y teníamos muy poco dinero. Así que cuando me llamaron para trabajar en el bingo, y me preguntaron si sabía contar billetes, dije que por supuesto que sí. Y cogí unos folios y los corté y empecé a contarlos. Lo que era muy raro es que aunque soy muy malo con las matemáticas, se me daban bien los cálculos mentales, y al cabo de un tiempo me llamaban para que enseñara a los nuevos cajeros”.

“Los cartones del bingo están envueltos en papel de estraza, y allí escribía poesías y cuentos a mano y en gallego. Hace falta valor”, dice Antón Castro. “En realidad, yo quería ser poeta. Hice FP1 y FP2 de electrónica en la Universidad Laboral de la Coruña, pero entre medio había un curso puente de humanidades, leíamos literatura y filosofía e historia y aquello me cambió la vida, me volvió loco... Hasta entonces había sido un buen estudiante en todo lo demás, pero a partir de ese momento mis notas empezaron a bajar, me pasaba el tiempo leyendo. En 1977 hubo una huelga estudiantil y un compañero, que se llamaba Emilio, se subió para colgar una bandera y se electrocutó y se murió. Fue un golpe terrible. Yo no fumaba entonces pero él me acaba de decir: ‘Ve a comprar un paquete de Ducados al bar’. Cuando volví, ya había ocurrido el accidente. Aquello me afectó mucho, me acuerdo de que me encerré en el aula de estudio y escribí un poema que se llamaba ‘Ausencias’, que no era mi primer poema, pero sí uno de los que recuerdo”.

Mi padre habla de algunas de las casas en las que vivimos. Siempre dice las direcciones. También cuenta cómo entró en el mundo del periodismo: “Había publicado alguna reseña, pero un verano Plácido Díez me llamó y me preguntó si me gustaría hacer prácticas en El día. Y estuve tres años encantado en El Día, fui absolutamente feliz, y también he sido feliz en El Periódico de Aragón y en Heraldo, donde sigo trabajando”.Miro el reloj: no queda mucho tiempo. Mi padre habla de Golpes de mar. Dice que es su primer libro y el más reciente. En 1987 cuenta que se presentó a un concurso de la Institución Fernando el Católico. El premio se lo llevó “un escritor estupendo, Adolfo Ayuso”, pero sus cuentos, Mitologías, también se editaron. Después apareció una ampliación, Vida e morte das baleas, en gallego, hasta llegar a la versión definitiva, Golpes de mar: “Me ha acompañado a lo largo de estos veinte años. Creo que es un libro que habla de dos de mis obsesiones, el mundo de la mujer y el mundo de los cuentos, el arte de contar. Siempre me ha gustado mucho escuchar cuentos. Soy hijo de emigrante, y pasaba por casa todo tipo de gente. Había una vecina que era meiga y decía que veía el diablo. Y sobre todo había un tío loco, que salía de vez en cuando del psiquiátrico y traía los bolsillos llenos de periódicos. Yo pensaba que era un gran lector y le pregunté para qué eran. Él contestó: ‘Para o dispensar do cú’, para el dispensar del culo. Y este hombre me daba mucho miedo pero también contaba historias de ciudades de Europa en las que nunca había estado, era un fabulador. Lo que más me gusta es contar historias de seres humanos, y la gente a la que se le llena la cabeza de ese tipo de historias, creo que eso es algo que está en todos mis libros”.

Mi padre habla de la elaboración de algunos de sus libros, como Los pasajeros del estío, El testamento de amor de Patricio Julve o Aragoneses ilustres, ilustrados e iluminados. Yo me acuerdo de las tres casas en las que los escribió. En Camarena de la Sierra los pacientes de mi madre le contaban sus vidas después de salir de la consulta; en Cantavieja entrevistaba a los masoveros y les preguntaba por los maquis; me acuerdo de la terraza de Urrea de Gaén donde escribía las semblanzas de aragoneses ilustres. Menciona a algunos de sus autores favoritos, como Miguel Torga, Isak Dinesen o Álvaro Cunqueiro, aunque dice que es un lector versátil, que piensa que “estar en el mundo es estar alerta a lo que hacen tus compañeros”.

El público hace algunas preguntas. Entre las asistentes está la madre de Ernesto Cossío, que saluda de parte de su hijo; mi padre pide un aplauso para ella. Son casi las ocho. Mi padre dice al público que siente tener que irse, se compromete a volver otro día. Yo pensaba que iríamos juntos a la Biblioteca, pero me dice que va a ir en moto con Alonso Cordel.

Miro el reloj: son las ocho en punto.
Estoy en el Coso cuando veo que Cordel y mi padre me adelantan. Nunca había visto a mi padre en moto. Vuelvo a mirar el reloj, voy a parar un taxi.
  

*La ilustración es de José Manuel Carrasco, ilustrador y poeta, y está inspirada en una foto de José Antonio Melendo en Albarracín.

EL BOSQUE ANIMADO DE HUESCA

EL BOSQUE ANIMADO DE HUESCA

Rafael Andolz (1926-1998) formaba parte del paisaje de Huesca. De Huesca y su provincia. Era, como ese rebelde con Dios que fue Antonio Durán Gudiol, como el secreto y siempre otoñal Federico Balaguer, como el ciclón desmelenado Ricardo del Arco o el inolvidable reportero doméstico Ricardo Compairé, un enamorado de la ciudad y del Altoaragón en general. Escribió de todo, con sabiduría y erudición, con transparencia y una voluntad segura de indagación. Desveló los secretos de la lengua en su “Diccionario aragonés”, pero además estudió los bandoleros, contrabandistas, personajes más o menos pintorescos, los ciclos vitales, los secretos de la tribu. Poseía gran capacidad de análisis, tenía alma de taxidermista de las emociones, y era observador. Observador de detalles, de sentimientos, de los pequeños gestos cotidianos: cómo se mueve un mendigo, de qué habla un peluquero o el limpiabotas, cuál es el afán del estañador que resucita un cuenco desportillado. Todo le interesa. Todo le interesaba. Miraba, oía, sabía escuchar, captaba al vuelo el dolor del hombre, las penas del paria, del que se sentía protector, cómplice y en cierto modo hermano.   

Poco antes de morir, Rafael Andolz realizó en la radio varios perfiles de paisanos suyos. Paisanos que hallan su lugar de paseo, su espacio de supervivencia en las costeras, en los porches, en el parque o en casas señoriales donde, antaño, en una noche de neblina y misterio, llegó a pernoctar una reina. Son paisanos que viven una inadvertida y pertinaz relación de amor con Huesca. Carlos Castán, sobrino del escritor y sacerdote, dice en su exacto prólogo a “Personajes de mi paisaje” (Tropo Editores): “Entre la excentricidad y el casticismo, estos seres humanos irrepetibles, casi todos olvidados a día  de  hoy (...), que llenaron de vida las calles y las tabernas, que alegraron con sus presencia aquellas décadas de penumbra, merecen sin duda este tierno homenaje”. La mirada de Rafael Andolz es escrutadora, aunque siempre afable. Domina la técnica del daguerrotipo. Tiende a la benevolencia, sin incurrir en la exageración. Dice que le gusta el bosque animado y con seres humanos, y su “el paisaje de mi Huesca ha sido siempre pródigo en figuras (...) Alguno me tildará de romántico o sentimental. No voy a disculparme. Quiero a Huesca con su personalidad, en el sentido más amplio del término”.

Arranca sus retratos con aquella Marieta Pérez, retrataba bellamente y algo culona por Oltra en vísperas de la Guerra Civil, que fue profesora de canto de Camila Gracia y organista en la iglesia de San Lorenzo. Aquella mujer,  cuya casa era un museo,  le dice que a la mesa de su casa estuvieron sentados Silvio Kossti y Pío Baroja. Antonio Durán Gudiol se alza en medio de los documentos y el polvo viejo de la catedral y la hostilidad del Gobernador Civil, convertido en un “sabio medievalista y escritor  infatigable, de prosa clara, poética y preciosa” y además en un místico, al que el poder oficial considera “muy peligroso”. Antonié, “el hombre más condecorado de Huesca”, coleccionaba insignias y tenía el hábito de la cleptomanía. Y con ellos están el limpiabotas Peteneras; el estañador Pataticas y su enamorada sigilosa La Chaparrones; aquel gitano apodado el  Morros que repartía el pánico entre los chicos de Huesca; aquel Carabuey que tenía algo de “hombre elefante” doméstico, de finísimo oído para la música; el Poli, zapatero junto al Olimpia e hijo del campanero de la catedral.
 

Hay más, mucho más, como aquella Donaciana Caño, Dona, que era una profesora más temida que respetada: si alguien no se comportaba bien, le arrojaba  el bastón como si fuera una jabalina. Éste es un libro entrañable y tierno, una apología de la memoria: la de una ciudad y sus  moradores.   
 

Personajes de mi paisaje. Rafael Andolz. Prólogo de Carlos Castán. Tropo Editores. Zaragoza, 2007. 110 páginas. [Este atículo apareció ayer en la edición de Heraldo de Aragón de Huesca. La foto es del castillo de Montearagón].

MIRAR PARA VER. PASCAL RENOUX.18

MIRAR PARA VER. PASCAL RENOUX.18

Pascal Renoux también sabe mirar la opulencia.

OTRO POEMA DE LUIS BAGUÉ

OTRO POEMA DE LUIS BAGUÉ

MURALLAS EN LA NOCHE 

Ven a buscarme al filo de la noche. 

Brindemos
Por la bruma de un cuento de fantasmas
Y el silencio nocturno de las calles,
Por el río de luna que apenas desemboca
En el cauce amarillo de los sueños,
Por tanta soledad que nos rodea
Como el cerco de tinta de un retrato. 

Robemos el misterio
Que tan celosamente guardan las murallas. 

Sólo un viento lejano, una flecha que apunta
Al corazón del miedo. 

Ven a buscarme al filo de la noche.
Aunque ya nada pueda prometerte
Sino el extraño don de una caricia. 

Del poemario “Un jardín olvidado” (Hiperión. XXII Premio de Poesía Hiperión) de Luis Bagué Ortiz (Palafrugell, Gerona, 1978). Esta tarde ese ser angelical que es Ana Catalá Roca ( y acaso la no menos angelical Carlota Muñoz) lo entrevistará para Borradores, a él y a Álvaro Tato. La fotografía es de una espléndida serie de Pascal Renoux.