Blogia

Antón Castro

UN POEMA DE MARTA NAVARRO: LLEGA EL VERANO

UN POEMA DE MARTA NAVARRO: LLEGA EL VERANO

Regreso a Taormina,
a la intimidad de sus curvadas calles,
a su agitada respiración
de amante sorprendida,
y a esas acaloradas citas a ciegas
en el Wünderbar, tras largos vasos de martini,
con el sudor rubí en la cintura
y el deseo trenzado
sobre infiernos de seda.

Amo Sicilia,
amo ese aroma
a hierro candente que derramándose
por el valle prende los rastrojos del camino,
y aviva la lujuria del turista más gélido.
Mi cabello irlandés se enciende
hasta estallar en rizos febriles.

Cuando la montaña despierta,
deja un rastro de lava enfurecida
y sus venas abiertas nos muestran
un paisaje rebelde, extraño, enigmático.
Como una lengua en celo,
la isla gime pasiones y delirios.
Volcán de volcanes,
piedra tallada en noches sin máscaras.

Amo esas horas tórridas
en las que yo no soy yo,
y mi ausencia es locura a borbotones..

Poema de Marta Navarro García 

 

*La fotografía es del siciliano Ferdinando Scianna, un fotógrafo excepcional y un gran amigo.

LA LUNA LLENA, COSTA Y EL AMIGO PERIODISTA

LA LUNA LLENA, COSTA Y EL AMIGO PERIODISTA

El pasado jueves, tras un encuentro con lectores de Alonso Cordel en el Centro de Historia y la presentación de Víctor Juan en la Biblioteca de Aragón, me fui con Eloy Fernández Clemente al velatorio de Alfonso Zapater. No iba a poder asistir a su entierro, y Alfonso ha sido para mí, en la cercanía, un hombre entrañable, próximo, muy respetuoso. Cuando llegamos al complejo, hacia las 21.15, ya habían cerrado el cuarto donde reposaba de cuerpo presente. Como había quedado una noche apacible, radiante y suave de luna llena, Eloy dijo: “¿Quieres que demos un pequeño paseo?”. Y cuando avanzábamos por los pasillos y la calzada, se le ocurrió decir: “¿Nos acercamos a la tumba de Joaquín Costa?”. La había visto hacía muchos, muchos años.  

Allá nos fuimos. Primero a pie, hasta que nos perdimos, o que pensamos que estaba demasiado lejos. Y luego en coche. Entramos en la parte vieja del cementerio de Torrero, que me pareció impresionante bajo la luz de la luna, impresionante y enorme, y buscamos el monumento a Costa. Dimos vueltas por aquí y allá, por lugares más o menos prohibidos a la circulación, entre los cipreses,  y al fin hallamos el monumento a Costa, con la escultura del polígrafo y sobrio, sepultada por la hiedra y la lápida de mármol, que concluye con aquel famoso “No legisló”. Le di la vuelta al monumento, a ese castillo de piedra y sombra, a ese peñón cabalgado de fronda y silencio, y volví al coche. Dimos el último paseo, y recordamos que Alfonso Zapater había sido un gran costista. Un apasionado del jurista de Monzón, un narrador de la vida y de los amores, más inventados que reales (eso creía la familia de Costa) del hombre que falleció en Graus. De alguna manera, aquella incursión en el cementerio en búsqueda de Costa –en realidad, está muy cerca del complejo, mucho más cerca de lo que fuimos capaces de ver- era una forma de homenajear a Alfonso Zapater Gil, un apasionado de la jota, del toreo, de la historia, de casi todo, un periodista de casi todo y un buen narrador. Un testigo versátil de la existencia, del amor, de la historia y de sus quimeras.   

[Ayer, Raúl Lahoz, ese heredero de Jardiel, Ramón Gómez de la Serna y de Miguel Ángel Brunet en la redacción de “Heraldo”, me dijo que su funeral había sido uno de los acontecimientos más sorprendentes y pintorescos a los que había asistido en mucho tiempo. Me  dijo que Juan Antonio Gracia (¡enhorabuena!) había pronunciado un impecable discurso, preciso en su retrato y emotivo, y que habían asistido joteros, periodistas, gentes de la noche, toreros y maletillas, asociaciones, amigos, artistas. Francisco Franco, un viejo amigo, se empeñó en cantar “Sigo siendo el rey” en versión de Vicente Fernández, pero  sólo lo hizo para tres o cuatro amigos. Alfonso, desde su nueva ágora de sombras, lo oyó.]

VÍCTOR JUAN: AMOR Y PEDAGOGÍA*

VÍCTOR JUAN: AMOR Y PEDAGOGÍA*

UN AMOR SOÑADO, INTUIDO Y REAL 

Víctor Juan Borroy es esencialmente un idealista, un hombre romántico, que cree en la fuerza de las palabras. Uno de sus modelos de vida y emoción es don Gregorio, aquel profesor republicano que Manuel Rivas presentó en “La lengua de las mariposas”, un maestro que cree en la libertad, en la curiosidad, un hombre laico que se extravía por la naturaleza y que considera que el conocimiento, a la intemperie, es la aventura más hermosa. Víctor Juan encontró en ese hombre la formulación de algo que él andaba  buscando: la imagen, el símbolo, un espejo de sus sueños. Pero en realidad, Víctor Juan llevaba muchos años estudiando la vida de profesores como don Gregorio, profesores reales a los que había editado: Pedro Arnal Cavero, Santiago Hernández, María Sánchez Arbós, y con ellos descubrió, y se enamoró (Víctor Juan es un hombre de pasiones desatadas) de Ramón Acín, Simeón Omella, Evaristo Viñuales, Juan Manuel Barrabés, Paco Ponzán y Palmira Plá, aquella mujer de Cretas que le tocó el corazón.  

Víctor Juan es un cazador de historias. Es un soñador. Es como Nabokov con su red para cazar mariposas. Siempre está dispuesto a hallar un fragmento de emotividad, una historia repleta de humanidad e indagación, un resquicio de vida donde asome la ternura. Enseñar es darse y abrir los ojos al mundo a quien no sabe ver aún, a quien ve a tientas, con la intuición y el asombro del perplejo. Y el aula para él es un núcleo de aprendizaje, un refugio, un laberinto y el edén donde fulgen las pequeñas cosas, donde se perfilan los primeros gestos y las sensibilidades que definirán la existencia. Por eso siempre está muy atento a todo: le interesan los métodos de enseñanza, los libros publicados, las teorías, las intensas vidas de los maestros. La novela de la educación. De estos maestros parece saberlo todo, y lo ha ido contando por aquí y por allá en prólogos y ediciones críticas, en monografías, en tesis doctorales, en mil y un proyectos que demuestran su condición de ciudadano en movimiento, de francotirador de sueños que se cumplen. Ahí está “El libro de los escolares de Plasencia del monte”, ahí está la exposición y el proyecto “Escuelas. El tiempo detenido”, ahí está su condición de director del Museo Pedagógico de Aragón. En cada cosa que hace encuentra un arsenal de materiales novelescos: peripecias, anécdotas, seres. Y como siempre está alerta y desvelado, en algún lugar de su cabeza, de su ordenador, de sus confidencias, de sus cuadernos de apuntes o en las alforjas de su yegua Luna están todas las historias, todas las quimeras, las fábulas que tarde o temprano acabará por contar.        

En los últimos años, Víctor Juan ejerce su trabajo en un lugar evocador para él, poseído de leyenda: la Escuela Normal de Huesca, por donde pasaron profesores míticos como su profeta del existir y de la vida: Ramón Acín. Ramón Arsenio Acín Aquilué. Víctor Juan ha sido uno de los entusiastas e incondicionales de Ramón Acín, de Concha Monrás, aquella mujer que jugaba al tenis y tocaba el piano, y de sus hijas Katia y Sol. Y eso le ha deparado muchas cosas: se ha empapado de la atmósfera familiar de la Casa Ena, de los vientos apocalípticos del Hortal al atardecer y de aquellas pajaritas que podían ser aves de paz en el interior de una jaula. Y no sólo eso: a las obsesiones y amistades de Víctor Juan se le deben el conocimiento y la recuperación de la banda sonora de la casa del escultor, profesor y político: “La última rosa del verano”, que también es la banda sonora de esta novela. Ramón Acín le condujo hacia Paco Ponzán, aquel miope anarquista que combatió en la Guerra Civil, se exilió y pereció quemado por los nazis muy cerca de Toulouse, una semana antes de la liberación de París. Ramón Acín también le condujo a otro maestro: Evaristo Viñuales, que se suicidó en Alicante, mientras veía como el Stanbrook partía para siempre de España. Y Paco Ponzán, consejero de Transportes y Comunicaciones, le condujo hasta otra mujer admirable: Palmira Plá, la profesora de Cretas que organizó las Colonias Escolares y partió de su casa para siempre con poco más de veinte años.
         

Víctor Juan, tan merodeador de secretos, visitó a Palmira Plá en Vinaroz y descubrió algo que quizá ya había intuido o soñado o deseado: ella y Paco Ponzán se habían amado. Habían saltado chispas entre ellos. Habían nacido el uno para el otro, pero la guerra, las diferencias ideológicas y el destierro estorbaron esa relación. Y de eso, en el fondo, va esta primera novela de Víctor Juan: “Por escribir sus nombres” (Prames). Es, de entrada, un compendio de su pasión por los maestros republicanos, por aquella generación que perdió el futuro, el país y el aliento. Y es una novela concéntrica: es una indagación en lo que pudo haber pasado entre Paco Ponzán, aquel hombre que miraba las estrellas y que recordaba que había sido maestro en Camelle, allá en la costa de la Muerte, y Palmira Plá, aquella mujer que huyó de España y que trabajó de modista hasta que pudo abrazar de nuevo la pedagogía. Esta pasión está sazonada de pudor y deseo, del temor al fracaso, de un cariño cómplice y exacerbado que invita a soltar lágrimas.
  Y es también una crónica espeluznante y real: se nos cuenta cómo vivían Ramón Acín y Concha Monrás; como él, anarquista blanco, decidió quedarse en Huesca, cómo ella era vejada e insultada y golpeada a diario, y cómo “los buenos vecinos de Huesca” repartieron aplausos, insultos y abucheos que celebraban la detención y la posterior ejecución de Acín. Y días más tarde, la fusilada era su mujer. Se nos cuenta que “algunos años más tarde, el sepulturero indicó a la familia el lugar preciso donde estaba enterrado Ramón Acín. Cuando exhumaron sus restos encontraron la camisa de pijama que llevaba puesta cuando lo arrancaron de su casa. Por uno de los bolsillos asomaban los lapiceros de colores que eran sus herramientas y sus únicas armas”. Detalles de este tipo, de finísimo observador, de ladrón de matices como Víctor, hay muchos. El de la pluma estilográfica, por ejemplo. Y casi todos están impregnados de tragedia, de poesía, de transparencia, de los ecos del corazón.        

El libro es una crónica del destino de dos amantes, de dos combatientes disparejos ideológicamente. Esta parte, que ocupa el grueso del libro, tiene muchos momentos de emoción. Esta es una novela que se ha escrito con el corazón caliente, en éxtasis, a punto de levitar de pura pasión o de pura revelación. Y no nos podemos olvidar de algo fundamental: la mirada contemporánea. La mirada de Víctor Juan Borroy, barnizada de melancolía y comprensión. “Por  escribir sus nombres” está redactada por un profesor de unos 40 años que da clases en la Escuela Normal de Huesca, que lleva a sus alumnos con frecuencia al parque de la ciudad y que imparte sus lecciones ante las pajaritas. Y no sólo eso: embrujado por la pedagogía republicana, escribe una novela y vive una historia de amor con Irene, la hija del librero José Luis Rivas, la dueña de la librería Alejandría: una historia de amor, doliente, con luces y sombras, que se parece mucho a la Paco Ponzán  y Palmira Plá. En un texto final, el profesor le dice a Irene: “Te he dicho muchas veces que escribía para poder leer el nombre de Paco Ponzán y de Palmira Plá. Y es cierto. Pero también lo he hecho para poder escribir tu nombre”.
        

Esta novela recoge la memoria de varias generaciones, de jóvenes combatientes que se jugaron la vida por la libertad. Y la perdieron. Es un libro sobre el arte de escribir, es un elogio de las posibilidades de la palabra, que como la fotografía es un antídoto contra la muerte y contra el olvido. Poco antes del fallecimiento de Ponzán, él y Palmira Plá se encontraban, se veían en una inolvidable estampa. Escribe el narrador: “Ahí tuvieron la oportunidad de repetir en varias ocasiones estos encuentros propiciados por el intercambio de ropas y palabras. Sobre todo de palabras. Palabras frágiles, palabras perdidas, indefensas y solas, palabras incendiarias, palabras salvadoras y esperanzadoras, palabras tiernas y acariciadoras, palabras libres y liberadoras, palabras que, entre ellos, eran siempre más que palabras”.
“Por escribir sus nombres” es la novela de una victoria en el tiempo y de la resurrección de un amor que debió ser así y que no se consolidó entonces para que Víctor Juan se hiciese novelista y lo fijase para siempre ahora.  Paco Ponzán redactó en su testamento: “Deseo que mis restos sean trasladados un día a tierra española y enterrados en Huesca, al lado de mi maestro, el profesor Ramón Acín, y de mi amigo Evaristo Viñuales”. Con esta novela, que publica con elegancia Prames, ya lo están. 

*La novela “Por  escribir sus nombres” (Prames) de Víctor Juan Borroy, el jinete indómito de la yegua Luna, se presentó el pasado jueves en la Biblioteca de Aragón. José Luis Melero Rivas, acaso el presentador más desternillante y erudito de los últimos años, leyó un texto divertido. Antes, yo leí éste. Además de muchos amigos, estaban en la sala Blanca, Guillermo y Virginia, la sagrada familia de Víctor. La caricatura del director del Museo Pedagógico de Aragón es de José Luis Cano.

LA BORDETA, PETISME, F. ROMEO Y YO, EN ESTRAVAGARIO

LA BORDETA, PETISME, F. ROMEO Y YO, EN ESTRAVAGARIO

Esta noche, a las 1.55, en La 2 de Televisión Española, el programa “Estravagario”, que dirige y presenta Javier Rioyo, conversa con José Antonio Labordeta, Félix Romeo y Antón Castro. Labordeta explica las claves y la historia de “En el remolino” (Anagrama), y y yo hablo de “Golpes de mar” (Destino). Félix comenta diversos  aspectos de la literatura en Aragón y explica dos rasgos comunes entre Labordeta y yo: la importancia que ha tenido Teruel en nuestras vidas y en nuestra obra, y el poso de melancolía. Se recomiendan, además, varios libro. Ángel Petisme canta  su canción “Golpes de mar”, cuyo título inspiró el título de mi libro de relatos.  

“Estravagario”. Dirige y presenta: Javier Rioyo. Actúa: Ángel Petisme. Invitados: José Antonio Labordeta, Félix Romeo y Antón Castro. A las 1.55 horas.  La 2.

EL AÑO DE LAS TOSES, DE LUIS GARCÍA NIETO

EL  AÑO DE LAS  TOSES,  DE LUIS GARCÍA NIETO

[La joven periodista de Aragón Digital,  Carolina Cebreiro, firma hoy una estupenda y extensa crónica acerca de  la presentacón de "El año de las toses" (Huerga & Fierro), un libro de siete relatos muy zaragozanos que supone el regreso del ex concejal a la literatura. Estuvieron con él el editor Antonio Huerga, el escritor y periodista Mariano Gistaín, y Ángel Anadón, responsable del Teatro Principal durante muchos años. Este artículo puede encontrarse en Aragón Digital. La foto también es de la agencia.]

 

Las Vegas como lugar escogido por un grupo de jubilados para su tertulia habitual y el Teatro Principal convertido en escenario de crímenes. Estos son los dos escenarios en los que Luis García-Nieto sitúa los episodios de “El año de las toses”, un libro de siete relatos en los que, con la capital aragonesa como telón de fondo, repasa los últimos cuarenta años de la España contemporánea. Desaparecida ya la cafetería, el autor ha presentado este jueves éstas y otras historias del comisario Cosme del Cacho en el vestíbulo del segundo, arropado por numerosos amigos; entre ellos, su editor, Antonio Huerga; el periodista y escritor Mariano Gistaín, y el antiguo gerente del teatro, Ángel Anadón. Este último estaba invitado, además, por un doble motivo al ser protagonista de las animadas tertulias de Las Vegas y el único personaje de la obra que conserva su identidad real. Nombres falsos disfrazan a otros muchos aunque, como explica Gistaín, el que fuera concejal de Cultura “no se ha cortado un pelo en algunas referencias reales”. Por ello, por los rincones emblemáticos de la ciudad y por las alusiones veladas a algunos de sus habitantes más conocidos, “El año de las toses” es un “libro totalmente zaragozano”.

“Una persona de Nueva York se lo pasaría muy bien porque los casos están bien resueltos, cumple el género negro, con sentido del humor pero sin entrar en detalles muy escabrosos, y con elipsis bien resueltas, pero sólo lo puede disfrutar de verdad uno de Zaragoza”, concreta el periodista y escritor.

Por su parte, el editor Huerga emplea los calificativos “sincera y sabia” para hablar de esta obra “en la que nada más abrirla se aprecia cómo Luis García-Nieto es narrador de trayectoria firme y arriesgada”. “Y si nos metemos un poquito más en su lectura”, continúa, “comprobamos cómo para él la literatura representa un punto de reunión, una caja de voces, donde coinciden cosas, amistades y algún que otro amor perdido”.

 

El Principal, escenario histórico
Mientras otros alaban su obra, Luis García-Nieto prefiere hablar del propio teatro. “Es pasión y la pasión lleva al amor, al desdén, la ira, el odio y éste te lleva a matar. Por eso, en la novela aparecen algunos casos de asesinatos. Pero el teatro, sobre todo, te lleva a gozar”. Por esta razón, el escenario más prestigioso de la ciudad es también escena de los capítulos de esta obra, algunos de ellos reales.De esta forma, García-Nieto relata el robo del candelabro de un palco o de cómo un cuadro del Rey escondía detrás “un grabado de Franco vestido de africanista, que desapareció misteriosamente”. Pero, además, es el lugar donde transcurren algunos episodios de una historia española no tan lejana, como el 23-F, cuando “algunos pensamos que podría ser un buen refugio por si las cosas iban mal porque los uniformados de verde no suelen venir por estos espacios”, explica el autor.

Nuevo caso para Del Cacho
García-Nieto ha recuperado de anteriores novelas al comisario Cosme del Cacho, un agente policial que compagina casos locales con otros de nivel internacional, gracias a su paso por la Interpol.Este personaje, según ha bromeado el autor, volverá a la ciudad dentro de un año, en el 2008, para ser testigo no sólo del gran acontecimiento de la capital aragonesa sino para resolver un importante caso: “un asesino profesional viene hacia Zaragoza el día de la inauguración de la Expo a matar a alguien”. García-Nieto, que ha asegurado que Ángel Anadón seguirá allí para verlo, ha dejado la historia en suspense lanzando al aire un interrogante: “¿Logrará Cosme del Cacho detenerlo a tiempo?”. 

HAEFS Y DOCTOROW, PREMIADOS EN ZARAGOZA

HAEFS Y DOCTOROW, PREMIADOS EN ZARAGOZA

Gisbert Haefs, Premio de  Honor de Novela Histórica “Ciudad de Zaragoza” 2007

Entre sus novelas más conocidas figuran “Aníbal” (1990), “La primera muerte de Marco Aurelio” (2004) o “Alejandro Magno” (2005).

El último trabajo publicado en España por la editorial Edhasa es “La amante de Pilatos” (2006)


El escritor alemán Gisbert Haefs recibió ayer de manos del Alcalde Zaragoza, Juan Alberto Belloch, el Premio de Honor de Novela Histórica 2007, otorgado por el Ayuntamiento de la capital aragonesa. Este galardón, instaurado el pasado año, quiere reconocer la trayectoria profesional y creadora de autores de prestigio. El año pasado el premio fue para el escritor estadounidense Noah Gordon. El ganador recibe una escultura de José Miguel Fuertes titulada “In Tempore”.

Gisbert Haefs, nacido en 1950 en Alemania, estudió Filología Inglesa e Hispánica. Actualmente vive en Bonn. Ha traducido al alemán obras de Maupassant, Twain, Kipling, Goytisolo, Cela y Borges, entre otros. Entre 1970 y 1982 también fue compositor e intérprete de canciones de cabaret.

Como escritor ha cultivado principalmente la ciencia ficción, la novela negra, la policíaca y la histórica. Entre otras, Edhasa ha publicado en la colección Narrativas Históricas, con gran éxito de crítica y público, Aníbal (1990), la mejor novela para entender las guerras púnicas desde el punto de vista de los vencidos y que ha sido también publicada en la colección Diamante, conmemorativa de los sesenta años de Edhasa; Alejandro Magno (2005), una magnífica epopeya histórica repleta de intrigas políticas; La primera muerte de Marco Aurelio (2004), una novela histórica que arranca con la investigación de la misteriosa muerte del senador Manlio y que descubre una conjura para acabar con la vida de Marco Aurelio; así como Troya (1999), Rajá (2002) o El jardín de Amílcar (2001).

La última novela publicada en España es La amante de Pilatos (2006), una impresionante obra a medio camino entre el género negro y de espionaje y la novela política e histórica, en la que juegan un papel importante los numerosos y descoordinados servicios secretos romanos.En octubre de 2007 Edhasa tiene previsto publicar una nueva novela histórica de Gisbert Haefs, La espada de Cartago, una trama policíaca que se complica con el robo de una pieza de gran valor histórico y ritual –la espada de Cartago- y que el autor mezcla con datos y personajes extraídos de la realidad histórica. 


“La gran marcha”, del escritor estadounidense E.L. Doctorow,

gana el III Premio Internacional

de Novela Histórica “Ciudad de Zaragoza”

El libro ha sido publicado en España por Roca Editorial.

La novela La gran marcha, del escritor estadounidense E.L. Doctorow, publicada en España por Roca Editorial, se ha proclamado vencedora del III Premio Internacional de Novela Histórica “Ciudad de Zaragoza”, que otorga el Ayuntamiento de Zaragoza.

Este galardón está dotado con 20.000 euros (5.000 euros más que en la edición anterior), y a él han optado 31 novelas, de 17 editoriales nacionales e internacionales, publicadas en lengua castellana a lo largo de 2006. Junto al premio en metálico, el ganador recibirá una escultura en bronce realizada por el aragonés José Miguel Fuertes, titulada “Tiempo fragmentado”.

El Jurado de esta edición del Premio Internacional de Novela Histórica “Ciudad de Zaragoza” ha estado integrado por José Calvo Poyatos, Fernando Martínez Laínez, Alfonso Mateo Sagasta, León Arsenal (ganador de la anterior edición), Magdalena Lasala, Juan Bolea, Eutimio Merino y María Pilar Queralt.

E.L. Doctorow (Nueva York, 1931) es una de las  voces fundamentales de la literatura norteamericana contemporánea. Su obra, traducida a 30 lenguas, ha merecido los premios literarios más importantes de su país: el National Book Award, el Premio Nacional de la Crítica, el PEN/Faulkner, el Galardón Edith Warton para la Mejor Obra de Ficción, la Medalla de la Academia Americana de las Artes y las Letras y la Medalla Nacional a las Humanidades.

Autor de novelas tan importantes como Ragtime, El libro de Daniel, Billy Bathgate, La feria del mundo o City of God,  Doctorow es asimismo autor de relatos, ensayos y teatro. El reconocimiento unánime de la crítica y el público convierte en un best seller literario cada una de sus obras. E.L. Doctorow vive en Nueva York. La gran marcha es su décima novela.

[Información que remite el siempre amable y atento Juan Antonio Gordón, del departamento de comunicación de Cultura en el Ayuntamiento de  Zaragoza. Conocí hace dos o tres años a Gisbert Haefs,  en una cena con Eva  y Félix de Los Portadores, y el distribuidor Quique, y es un tipo realmente extraordinario: cercano, apasionado de España, magnífico traductor y un gran escritor que admira con locura a Borges. Encuentro esta foto de Haefs en negraycriminal@blogcindario.com].    

ENTREVISTA CON ALFONSO ZAPATER*

 “El Bajo Aragón ha sido para mí un faro,
un refugio de la infancia y la memoria”
 
 

Alfonso Zapater llega al bar Trafalgar [ahora desaparecido] donde nos hemos citado. El camarero sale a recibirlo, le da la mano y las gracias por todo “lo que ha hecho y ha escrito de nosotros y de esta ciudad. Llevo en este oficio más de 40 años –le dice el camarero- y el primer revuelto de mi vida se lo serví a José Oto, al cual usted conoció bien”. Y tan bien que lo conoció Alfonso Zapater: Oto, aquel cantador de jota que tuvo un entierro increíble, casi tan multitudinario como el de Joaquín Costa, frecuentaba la casa de los Zapater en el molino de Urrea de Gaén y tal vez en el de Aguaviva, cerca de Mas de las Matas. Alfonso, siendo niño, lo veía a menudo y no sólo eso: su propio padre, Alfonso Zapater Cerdán, un formidable bailarín que ganó el máximo galardón de baile en siete ocasiones, era su acompañante más asiduo.        

“Yo nací en Albalate del Arzobispo, en julio de 1932, pero a los ocho meses ya me llevaron a Urrea de Gaén, donde mi padre era molinero a orillas del río Martín. Allí me crié. La infancia la pasé  entre Urrea y Albalate, donde iba a párvulos al convento de Santa Ana, y asistí a clases hasta que se produjo la Guerra Civil. Mi padre se marchó a Francia de inmediato, y había una razón: ni era republicano ni nacional, no estaba comprometido con el sindicalismo ni con nadie, pero tenía una amarga experiencia. A su hermano Enrique, sin previo aviso, lo mataron en Belchite. Medía 2.02 metros, y lo fusilaron porque entraron en la fábrica de harinas en que trabajaba, le preguntaron por el jefe, y les dijo que  no estaba en ese momento. Interpretaron que lo estaba protegiendo y le dispararon”. La Guerra Civil dejó otros recuerdos espeluznantes en el niño: una noche percibió un silencio sepulcral en la Cuesta de las Losas, “donde yo había nacido, y de repente vimos por la calle a unos 40 hombres escoltados –añade Alfonso-. Al cabo de un instante, oí los disparos, oí la descarga en el cementerio. Y no sólo eso. Siendo niño, vi matar a un hombre al que llamaban ‘El Cachules’. Recuerdo que iba con mi madre, y desde un rincón le dispararon. El moribundo se agarró a la saya de mi abuela, y oí que le decía: ‘Tía Alberta, el Rata ha sido’. Y yo eché a correr muerto de miedo”.        

¿Qué ocurría, mientras, con su padre huido? Se había quedado en La Junquera, y por allí ayudó a salir a muchos republicanos, entre ellos, La Pasionaria y Juan Negrín. “La Pasionaria les decía: ‘Sois los más fieles guardianes de mi España’. Y Negrín comentaba: ‘A España la invaden pero el triunfo es nuestro’. A mi padre le dieron un pasaporte para poder marcharse a México, pero por entonces entabló amistad con un jefe de Falange de Figueras, que le expidió un certificado de buena conducta. A pesar de todo, como también llevaba aquel pasaporte para México, lo metieron en un campo de concentración a San Juan de Mozarrifar, y luego en la plaza de toros de Teruel con el objetivo de desescombrar el Seminario. Al cabo de unos meses, lo soltaron en libertad y sin cargos”.         

Por distintas razones, los Zapater alquilaron el molino de Aguaviva, que está  muy cerca de Mas de las Matas, y allá se fueron. “Mas de las Matas fue muy importante en mi vida: allí conocí a mi profesor fundamental e inolvidable, José Miguel Balbín, que aún vive a sus 91 años. Allí hice mi primera comunión y allí empecé a escribir versos con nueve años. Y organizaba mis primeros recitales, algo que a mi padre no le gustaba demasiado. En realidad, no sé si era eso o que leyese tantos libros. Luego volvimos a Urrea, y allí el profesor don Ángel Gargallo explicó que ya no me podía enseñar más. No era verdad, seguramente, y les dijo a mis padres que tenía que estudiar en Zaragoza, que debía hacer allí el Bachillerato”.         

El joven Alfonso Zapater leía los clásicos, Homero y Virgilio, hacía cursos por correspondencia, llegó a montar una radio de cinco válvulas con una antena de 30 metros de largo que captaba las emisoras independientes y lejanas. “En torno a aquella radio, se reunía toda la cuadrilla: yo sacaba un altavoz y ponía la radio. ¡Qué potencia tenía: era una completa maravilla! En realidad, en esto de la radio yo había empezado con una radio galena. Mi padre la veía y casi ni se lo podía creer. Llegó la hora de irme a Zaragoza, pero mi madre para que no me maliciara, no me dejó ir”.Alfonso Zapater, entonces, escribía ya obras de teatro. Llegó a redactar una versión de “Los amantes de Teruel” en verso. “Escribí también un cuaderno gordo de pensamientos. Mi profesor me decía: ‘¿Es esto de Nietzsche, de Platón, de Hume, o de quién?’. Exageraba con absoluta sinceridad. Eran pensamientos e intuiciones del adolescente que yo era. Y además, llevado por mi pasión a la escena, escribí un autosacramental a la manera de Pedro Calderón de la Barca”. Alfonso Zapater aprendía la jota del universo de su propio padre, que llegó a crear un estilo específico, y de su madre, que cantaba con gusto. Y bailó en una ocasión en el Teatro Principal. Y en ésas andaba cuando en 1947 murió el diestro Manolete y a la vez él cayó enfermo de una pulmonía. “Había que ir a buscar penicilina a Zaragoza de contrabando, si no me hubiera muerto. Mi abuelo estaba suscrito a ‘Heraldo de Aragón’, y cuando se produjo el percance trágico de Linares yo leí muchas cosas sobre Manolete, cosas del periodista que firmaba El Caballero Audaz acerca de su forma de torear, sus amores con Lupe Sino, todo eso. Y llegué a pensar sinceramente que el torero muerto se había reencarnado en mí. Le cogí tamaña afición a los toros, daba tanto mal con ello, que mi padre me llevó a Tudela a ponerme delante de una vaca con la esperanza de que en cuanto la citase me daría un golpe y me olvidaría de los toros para siempre. La sorteé varias veces, pero al final me cogió. Nada grave. Y la pasión taurina lejos de desvanecerse, incrementó. Es más, un sobrino de Joselito el Gallo, creo que  su nombre completo era José Fernández Gómez, pasó una temporada con nosotros en el molino y me enseñó a realizar toreo de salón. Fui a más tentaderos y finalmente  me hice con un traje de luces y debuté como novillero: realicé de 30 a 40 corridas  entre los 17 y los 18 años. Toreé en Graus, Híjar, Alcañiz, Barcelona, Valladolid, Castellón, Cáceres, Plasencia, Trujillo, en Extremadura me llamaban mucho. Y esa actividad me ayudó a trasladarme  en Madrid con todas mis inquietudes, gracias a mi apoderado Carlos Gómez  de Velasco. Me instalé en la Pensión Marisol, y estando allí realicé el servicio militar: estuve tres años y a la vez trabajaba pasando cosas a máquina en una tienda de máquinas de escribir. En Madrid, por otra parte, mi tío Francisco Zapater poseía una sombrerería”.        

Desde muy pronto, el novillero convivía con el periodista, con el poeta, con el escritor. Y empezó a ser conocido como “el torero poeta” porque, tras la lidia, lo mismo daba conferencias que hacía un recital de sus versos e incluso se atrevía a refutar a Domingo Ortega y hablar de “El toreo como arte” en vez de “El arte del toreo”. Publicó, en los primeros años 50, poemarios como “Tristezas”, los sonetos de “Ramillete” o “Dulce sueño eterno”. Y empezó a hacer sus pinitos como periodista tanto en la radio del SEU como en Radio Juventud, e incluso tuvo un programa semanal que era “Palestra universitaria”, que contó con un colaborador que haría fama en la política como Rodolfo Marín Villa. Alfonso, además, publicaba sus artículos en la revista “Juventud”. Algo más tarde, mientras intentaba hacer carrera también en el teatro, ingresó en “Pueblo”, el periódico de Emilio Romero, en el que colaboraban Tico Medina, Amilibia, su paisana Pilar Narvión o Miguel Ors. También entonces fue denunciado por injurias al Jefe del Estado y fue enviado a la prisión de Carabanchel durante un mes. “No recuerdo exactamente qué dije: supongo que hice alguna crítica sobre periodismo y libertad de expresión. Me defendió un abogado que era el marido de Lola Gaos. Entre otras obras, estrené ‘Noche de pesadilla’, una pieza que criticaba el chabolismo de la época. Antonio Buero Vallejo acudió al estreno y me dijo: ‘¿Cómo le han autorizado a usted esta obra?’. Me la autorizaron”.        

Esa estancia madrileña daba para mucho más, pero Alfonso Zapater acabaría regresando a Zaragoza. Ingresó en Radio Juventud y en “Amanecer”, más tarde  alternó “Amanecer” y “Pueblo”, en el periódico local zaragozano como corrector de pruebas. Un día, el director Francisco Villalgordo le preguntó si le interesaba entrar en la redacción. Alfonso Zapater cosechó fama inmediata por sus reportajes por los pueblos, por su audacia. Evoca: “Una vez me subí a los andamios del Pilar y el fotógrafo Gerardo Sancho no se atrevió. José María Doñate me invitó en distintas ocasiones a incorporarme en ‘Heraldo’, incluso el propio director, al que también le dije que no, pero al final tuve una discusión con Villalgordo, director de ‘Amanecer’ y me pasé a ‘Heraldo’, y aquí sigo”. La trayectoria de Alfonso Zapater en el diario que acaba de cumplir su 110 aniversario es tan rica como variada: firmó cientos y miles de artículos de esto y de aquello; ha ido a buscar a Ramón J. Sender, con Joaquín Aranda, a su llegada a Barcelona y le sirvió de cicerone, anfitrión y cómplice; mantuvo una gran relación con Camilo José Cela, que le prologó varios libros, una amistad que procedía ya de sus tiempos de tertulias en el café Varela o en las Cuevas de Sésamo; y fue un confidente de su paisano Pedro Laín Entralgo, su padre Pedro Laín Lacasa lo operó de niño de un bulto en la ingle. “A Pedro Laín Entralgo lo conocí ya de crío. Él nació en Urrea de Gaén. Su madre era muy católica, de misa diaria casi; su padre, médico, era republicano, y su hermano José era comunista y se exilió en Ruisa. Su hermana Concha quería permanecer un poco al margen. Yo me veía con él cuando era Rector de la Universidad; al final, su hermano José, gravemente enfermo, regresó a España gracias a él y no lo metieron en la cárcel. Pedro se portó muy bien y José pudo morir en paz”.         

En esta tertulia no podría quedar al margen su compañera Pilar Delgado, actriz y rapsoda y madre de sus cinco hijos, que “poesía una compañía teatral familiar. De inmediato nos hicimos muy amigos, ella era muy aficionada a la poesía. Y recitaba muy bien. Se aprendió casi todos mis poemas. Fundó la compañía La Taguara, que también era el nombre de un bar en la calle Fita donde se hacían exposiciones de pintura”. Toma aire un instante y dice: “He vivido intensamente, y el Bajo Aragón ha sido siempre un faro, un paisaje al que siempre me ha gustado volver, un refugio de la infancia y de la memoria. He vivido en Albalate y Urrea de Gaén, también he frecuentado Alcañiz e iba al cine a Híjar, al cine Victoria y luego al Elíseo”. Alfonso Zapater ha publicado más de 40 libros, ha ganado prácticamente todos los premios de Aragón, en narrativa y poesía, y fue finalista del Premio Nadal con “El accidente”, venció en el Ciudad de Barbastro de Novela con “El pueblo que se vendió”. Es autor de varios libros sobre Joaquín Costa, entre ellos la pieza teatral “Resurrección y vida de Joaquín Costa”, que se estrenó en el Teatro Principal; ha escrito historias de la jota, la serie “Aragón, pueblo a pueblo”, ha hecho la biografía del pintor Juan José Gárate, ha narrado la historia de la sublevación de Jaca, ha descrito los viajes  de Don Quijote por Aragón…        

“Pero la jota, como le ha ocurrido a mi padre, formó parte de mi vida. El gran jotero para mí lo fue José Oto; el cantante más académico, Jesús Gracia Tenas. La mejor voz femenina, Pascuala Perié, y luego Pilar de Lasheras; los mejores bailadores, Miguel Berges y su hermana, de Calanda. Ya ve: he toreado, he bailado, he llegado a bailar en una ocasión en el Teatro Principal, he escrito unos cuantos libros, he tenido muchos hijos, he disfrutado de la amistad de Laín Entralgo, Camilo José Cela, Sender, Imperio Argentina, Estrellita Castro, y de muchísimas otras personas… Y ahora vivo con una irlandesa baturra, Patricia. ¿Qué más puedo pedir?”, concluye Alfonso Zapater.  

EL MAESTRO DE FOLCLORE Y BAILE 

Alfonso Zapater, que ha escrito de casi todo, ha dedicado muy hermosas páginas a su padre, Alfonso Zapater Cerdán, que llegó a habitar en varios molinos: en Urrea de Gaén, Híjar, Albalate del Arzobispo y Daroca. Nacido en Alcañiz, en el molino de la Alfarda de Albalate pasó la mayor parte de su juventud, y fue allí donde creó un estilo de jota bailada, que tomó el nombre del pueblo. Solía bailarla con Pascuala Sancho. En Albalate se casó y desplegó una gran actividad en torno a la jota: creó una escuela de folclore y dio clases, y de allí salieron algunos de los mejores rondallistas, cantadores y bailadores del Bajo Aragón. Hizo lo propio en Urrea de Gaén, junto a algunos joteros conocidos como el tío Félix Barniolas, el tío Rubito y el tío Bautista Tena, que dejó un diario con todos los pormenores de su vida. Alfonso Zapater Cerdán ganó siete veces, en la modalidad de baile, el certamen de jota. Recibió un homenaje de Albalate, ya en plena posguerra, al que acudió Demetrio Galán Bergua, el gran estudioso de la jota. *Este texto se incorporará a un libro sobre el Bajo Aragón. la foto está tomada de la GEA en su edición electrónica. 

ALFONSO ZAPATER EN LA REDACCIÓN DE HERALDO. UN APUNTE

  Alfonso Zapater aparece a mediatarde por la redacción de “Heraldo”. Trajeado y silencioso, como si no quisiera llamar la atención en la que ha sido y es su casa desde hace más de treinta años. Se sienta, recoge los sobres que siempre le envían, abre el ordenador y jamás protesta por el espacio que le asignan. Da lo mismo que sean dos columnas que media columna. Con una aplicación milimétrica, cuadra su texto y se va. Trae libros, maneja enciclopedias, hojea libros de referencia (en ocasiones son suyos), y escribe sólo con dos manos. De lo que sea: de una exposición, de un libro, de una asociación, de política. Lo hace sin darse importancia, como si fuera un periodista invisible. Y le gusta hacerlo todos los días. Prefiere escribir él a que comenten uno de sus libros. Esta tarde me ha recordado que ha publicado 35, que ha ganado casi todos los premios y que acepta deportivamente los resultados de la encuesta del jueves. “Esas cosas son para jóvenes”, dice, y lo hace sin resentimiento alguno, con esa dulzura imperceptible y serena que le han ido afirmando los años. Siempre me fijo en él, en este periodista de fondo, que nunca parece tener crisis –aunque la vida le ha sometido a severos marcajes, como la muerte de su mujer, Pilar Delgado, o la de un hijo-, que jamás se atraganta con los asuntos, que aporrea el ordenador sólo con dedos y que parece mirar siempre la pantalla por encima de las gafas.  Es uno de esos hombres sencillos, curtidos en el oficio, que no desfallecen. Y cuando tiene tiempo, es capaz de escribir la biografía del pintor Juan José Gárate, recordar a su abuelo el “Tuerto Catachán”, hacer un inventario del siglo XX en Zaragoza o incluso culminar un libro sobre Cervantes y Aragón. De vez en cuando levanto la vista y veo su afán, su intensidad, su gusto por escribir. Y él lo hace como quien respira, con pasmosa naturalidad, como si no supiese hacer otra, como si no llevase cientos y miles de reportajes a la espalda. De repente, coge la americana y dice:

          -Bueno, pues, os dejo… Pero sólo hasta mañana.

[Así, exactamente así, solía ver a Alfonso Zapater en las tardes de redacción. El domingo entregó su artículo; el lunes fue a una revisión médica y se desplomó. Ahora ya no estoy en Heraldo como antes, pero hay imágenes inolvidables: aquel cigarrillo en el pasillo con Joaquín Aranda, las conversación y el intercambio de afecto de Alfonso Zapater.]