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Antón Castro

Artistas

UNA BICICLETA MILAGROSA

No sé si es una obra maestra o un milagro de la imaginación y la ingeniería.

PEDRO ZAPATER Y EVA MARIE SAINT

 

Pedro Zapater, en su blog de Heraldo de Aragón, Agitado no revuelto, rinde homenaje hoy a una de mis actrices favoritas: Eva Marie Saint, aquella joven que seducía a Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones’. En mi libro ‘El álbum del solitario’ (Destino, 1999) la recordaba. Pedro Zapater, periodista y cinéfilo, escribe este texto: él también pertenece a la cofradía de los enamorados de esta rubia misteriosa.

 

 

SANTA EVA MARIA SAINT

Por Pedro ZAPATER

Hoy, 30 de agosto, se celebra la onomástica de Santa Eva Mártir aunque, en algunos calendarios, también la de Santa Tecla. Sea como fuere, siempre que escucho el nombre de la primera me viene a la memoria la actriz Eva Marie Saint, musa de Hitchcock en ‘Con la muerte en los talones’.

En aquel filme dio la réplica a un excelente Cary Grant, en un reparto en el que figuraban otros grandes actores como James Mason y Martin Landau. Sin duda, fue la época dorada de Eva Marie en Hollywood. Continuaron sus éxitos cinematográficos en la década de los 60 hasta que, ya en los 70, dedicó su carrera, casi exclusivamente, a interpretar papeles para televisión.

Hasta la fecha ha seguido en activo; también en la gran pantalla. Su última aparición cinematográfica fue en ‘Superman Returns’ (2006), de Brian Singer. Actualmente, Eva Maríe, de 86 años vive no ha vuelto a ponerse hante las cámaras pero, quién sabe, no sería extraño verla de nuevo en acción. Para muchos es una pena que dedicara su carrera a la televisión después de ganar un Oscar por la ‘La Ley del silencio’ y de figurar en algunas películas tan significativas como ‘Exodo’, ‘Con la muerte en los talones’, ‘Gran Prix’ o ‘Que vienen lo rusos’.

En cualquier caso, siempre ha sido una actriz doblemente admirada por su talento y su belleza, una combinación con la que la actriz impregnaba a sus personajes, dándoles un halo misterioso y dulce al mismo tiempo. Muchos hombres se enamoraron de ella cuando vieron el filme de Hitchcock, y muchos nos enamoramos también, aun siendo chiquillos, cuando vimos la película por primera vez. Y ese recuerdo, fugaz y preciso, vuelve siempre que suena su nombre.

Congrats, Eva Marie!

 

 

HISTORIAS DE CINE NEGRO

HISTORIAS DE CINE NEGRO

Toni López de Alarcón es un cinéfilo empedernido que vive, sueña y respira cine. Hace unos días me mandó un correo con varias fotos de ‘Retorno al pasado’, la película de Jacques Tourneur, interpretada por Robert Mitchum, Jane Greer y Rhonda Fleming.

 

Me dice: “Bordeando el final del día es cuando tienen lugar las mejores historias, como las cine negro…”

 

UNA BICICLETA EN BERLÍN

UNA  BICICLETA EN BERLÍN

Mariano Anós, actor y poeta, pintor y dramaturgo, y sobre todo un hombre inquieto que sueña, me ha enviado esta foto de una bici tomada en Berlín en los tiempos de Bush.

VIDA DE CONCHA MONRÁS

VIDA DE CONCHA MONRÁS

[Recibo esta nota de la Fundación Katia y Ramón Acín: Concha Monrás Casas, “Conchita”, fue una mujer culta, deportista, con excelentes dotes para el piano, esperantista y madre que compartía los planteamientos de su esposo Ramón Acín hasta sus últimas consecuencias. Conchita fue y es un ejemplo de mujer libre y comprometida. Todo lo anterior le costó la vida siendo fusilada el 23 de agosto de 1936, poco más de dos semanas después de que Ramón hubiera sufrido la misma suerte.

Lola Campos, periodista y escritora, le dedicó un artículo (2 de agosto de 1999) dentro de una serie sobre mujeres aragonesas publicada en Heraldo de Aragón y que fraguó en un libro (Mujeres aragonesas, Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2001) que reúne a treinta personalidades excepcionales por muy distintos motivos. En el aniversario de la muerte de Concha Monrás, os ofrecemos este hermoso texto.]

 

 

Aragonesas en la historia

Concha Monrás Casas

Barcelona, 1898 - Huesca, 1936

 

El anarquismo consorte

Por Lola CAMPOS

En los primeros años del siglo XX llegaba a Huesca, procedente de Cataluña, un nuevo profesor, Joaquín Monrás Casanovas, que se establecía con su esposa, María Casas y sus tres hijos. Estaban criando a María Pilar, Conchita y Joaquín, que crecían en medio de comodidades aunque en una España inquietante.

La hija intermedia se casaría años después con Ramón Acín, un artista anarquista con el que vivió momentos apasionantes durante trece años. Ambos fueron fusilados en 1936, dejando un legado artístico importante y una leyenda que sigue en pie.

Huesca fue el principal escenario de las dichas y sinsabores de Concepción Monrás Casas, nacida en Barcelona un 8 de diciembre de 1898. Los primeros pasos de Conchita por Cataluña han sido borrados por el paso del tiempo. Queda su huella en una Huesca de apenas quince mil habitantes, conservadora y desigual, que contemplaba con respeto las evoluciones de una familia acomodada cuyas hijas estudiaban en el colegio de Santa Rosa y el hijo en el Instituto. La madre moriría pocos años después, de modo que los niños vivieron con la abuela y el padre, quien contrajo años después nuevo matrimonio.

La primera hija acabaría cursando Farmacia en Barcelona y el único hijo montó, al concluir los estudios, negocios de exportación de vinos y casó con una hermana de Ramón J. Sender. Conchita era entonces, y lo serí a después, algo diferente.

Una mujer enérgica e independiente, un espíritu libre que se adelantaba a su tiempo. Pero, al fin y al cabo, una buena hija que acabó sus estudios y sacó la carrera de piano. Si Conchita Monrás hubiera sido una mujer al uso habría matrimoniado con un hombre corriente que le reportara una vida cómoda y sin sobresaltos. Pero no era el caso.

Conchita y Ramón Acín, que trabajaba como profesor de Dibujo en las Escuelas Normales, contrajeron matrimonio el 6 de enero de 1923 en la iglesia de Santo Domingo. Dejaba él una vida de ajetreo entre Huesca y Madrid, donde había entablado relación con la intelectualidad progresista, entre quienes se encontraban García Lorca, Luis Buñuel y otros miembros de la Residencia de Estudiantes. La joven pareja se llevaba diez años de diferencia pero entre ellos había compañerismo, complicidad y un común concepto de la vida.

Habían tenido un noviazgo apasionado en el que Ramón Acín puso a prueba sus dotes de escritor, otra habilidad que le reportó tantos éxitos como problemas. Conchita era una mujer esbelta, de porte fino, una morena resultona a quien su novio, citando a Maupassant, escribió que sería esfinge de belleza, estrella del amanecer, vaso espiritual, puerta del cielo o rosa mística. Y algunas cosas más que resultarán certeras, “serás siempre el consuelo de mi aflicción y la causa de mi alegría”. Esto quedaba escrito antes de la boda ya que después vendría la vida cotidiana. Que resultó poco cotidiana.

El joven matrimonio se instaló en la casa del marido, en un piso del antiguo palacete de los Ena, situado en la calle de las Cortes, subiendo a la catedral. Vivían de alquiler compartiendo vecindad con otros miembros de la familia. Fueron trece años de vida frenética, de esperanzas y riesgos. En ese mismo año nacería Katia, la primera hija de Ramón y Conchita. Dos años después vendría al mundo Sol, la segunda y última descendiente de la pareja. Formaban una familia feliz, preocupada porque el nivel del que ellos disfrutaban no alcanzara al resto de la poblacion.

En aquella casa de amplias escaleras, con suelos de ladrillo rojizo y fogones de carbón en la cocina, se respiraba anarquismo. Un espíritu de libertad que no impedía ser social con los vecinos, cordial con los adversarios, combativos con el pensamiento y firmes en la acción. Las niñas no iban a colegios de la ciudad porque tenían profesores en casa. Era una libertad vigilada, de modo que no leían un libro o no veían una película que antes no hubieran sido supervisados. Los padres odiaban la violencia y no deseaban que las niñas se recrearan en ella. Conchita jugaba con sus hijas a dibujar y leer Platero de Juan Ramón Jiménez o a recorrer el mundo con libros de viajes. Mientras les hacía sus rubias coletas investigaba sobre sus conocimientos en Geografía.

En la casa de Concha Monrás las jaulas sólo contenían pajaritas de papel. A fin de cuentas se creía en un mundo sin ataduras ni crueldades. Ramón Acín llevaba su ideario anarquista a las cosas más domésticas y su mujer, lejos de disuadirle, le acompañaba entusiasmada en esta lucha a favor de un mundo más justo. La sensatez de ella impedía que, pese a la generosidad de él con todo y con todos, la familia se quedara sin sustento. Concha vivía bien, tenía la ayuda de alguna criada pero debía poner prudencia al idealismo del marido.

Ya en la década de los años treinta el matrimonio tuvo que enfrentarse a un montón de acontecimientos en los que se vio envuelta toda la sociedad española. Concha seguía siendo el sustento de la casa, ayudaba a planificar los veraneos en el Pirineo,un año en Saqués, otro en Aínsa o el siguiente en Cataluña. Las niñas continuaban sus estudios en casa o sus juegos en el hortal próximo, donde se reunían con toda la chiquillería del barrio. Katia y Sol eran dos chicas felices, perfectamente ataviadas y su madre una mujer dispuesta a vivir con el reloj adelantado. Así se apuntaba a jugar al tenis en las improvisadas pistas del Velódromo cuando pocas mujeres se atrevían a ello. O acompañaba al marido en sus viajes a Barcelona o Madrid.

Conchita Monrás y su marido eran, por lo tanto, un matrimonio poco convencional. A Ramón le consentían en casa que prolongara sus jornadas laborales con las obligaciones políticas. Se reconocía la labor que el artista hacía con los obreros de la ciudad, a los que daba clases gratuitas de dibujo en el Círculo Oscense. Otros no entendían sus meriendas de fin de semana con los trabajadores en un intento de cambiar el mundo desde abajo. Concha no era una mujer temerosa y por lo tanto entendía que su marido escribiera artículos incendiarios en los periódicos o que fuera como delegado de la CNT a congresos y mítines. Los sueños requieren sacrificios.

La familia Acín-Monrás digería todo con naturalidad. El padre le había prometido un día a Buñuel que si le tocaba el gordo de la lotería le produciría la película Tierra sin pan. Cuando en 1931 la suerte le sonrió con un premio de buen nivel todos entendieron que Ramón cumpliera su palabra, de modo que Conchita y sus hijas también disfrutaron de los preparativos del rodaje en Madrid antes de partir a Las Hurdes, o del coche descapotable amarillo que se compró para la película.

Conchita, en este mundo en creciente agitación, era el complemento de su marido. Donde no llegaba él llegaba ella, o al revés. Por las noches, en un rito que recuerda a la perfección Katia, la única superviviente de esta especial familia, la madre interpretaba obras musicales al piano hasta que las niñas caían rendidas a los sones de Mozart o Chopin. El aire cultural que respiraba la casa iba de lo clásico a lo moderno, dando paso, por ejemplo, a la radio. Aquel aparato con lámparas refulgentes deslumbró no sólo a la familia sino al vecindario, de forma que los niños del barrio se agrupaban en las escaleras para escuchar las voces que salían de esa caja mágica. En la casa las tertulias eran algo familiar para Conchita, como lo eran las piezas antiguas que su marido llevaba para crear un Museo de Antropología y a las que ella quitaba chinches y mugre. Entre tanto cultivaba el esperanto.

La militancia anarcosindicalista de Ramón Acín marcó, lógicamente, la rutina de la familia, sometida a tantos vaivenes como la vida política española. Cuando el artista daba con sus huesos en la cárcel a causa de algún artículo periodístico o reunión prohibida, Conchita procuraba que todo siguiera igual a la espera de su regreso.

Concha sufría por los avatares políticos del marido pero disfrutaba de estar casada con un buen escritor, con un magnífico ilustrador y con un escultor en auge. Sus exposiciones fuera de Huesca y su actividad social alimentaban esa satisfacción nunca completa ya que el futuro se adivinaba incierto. Así pudieron comprobarlo todos en 1930, el día que Fermín Galán, gran amigo de la familia, fracasó en su sublevación junto a García Hernández. Nadie se equivocó al temer entonces lo peor.

Ramón tuvo que huir hacia Francia dejando aquí a su familia. Y Conchita se quedó en Huesca esperando acontecimientos, procurando que las niñas no se angustiaran.

Muchas tardes cogía a una hija de cada mano y marchaba a las Mártires a poner flores sobre la tierra donde Galán había sido fusilado. Era su último tributo a este amigo, nada afortunado en amores, que envidiaba a su marido por tener una compañera como ella.

La llegada de la II República supuso otro inmenso alivio para Concha e hijas que a punto estuvieron de marchar a vivir a París, donde Ramón compartía vivencias con lo más granado del exilio español. Fue incluso uno de los momentos más gratificantes para todos. El mismo 14 de abril ella y las niñas tuvieron que salir al balcón de casa a saludar a los manifestantes que se arremolinaban en la calle gritando a favor del marido y padre ausente antes de tomar la Alcaldía. Ramón Acín era entonces un héroe. Al día siguiente Concha, Katia y Sol se reencontraron con él en la plaza mayor de Ayerbe, donde fue recibido por una multitud enfervorizada.

Los años siguientes no fueron cómodos para nadie y menos para Conchita y los suyos. Ramón viajó continuamente a Madrid, unas veces solo y otras acompañado por la familia, hospedándose siempre en el hotel Dardé. Las represiones del Gobierno republicano alcanzaron al esposo de Conchita, que de nuevo tuvo que disimular ante las hijas por las ausencias del padre. Ramón Acín entraba y salía de la cárcel, agitaba a las masas en el Olimpia, escribía artículos defendiendo un mundo más limpio y sin violencia y trabajaba en su taller.

Aquel verano de 1936 Conchita y familia permanecían en la casa de Huesca. El día 17 de julio a Ramón un conocido le dijo que algo raro se estaba preparando. En su casa nadie se alarmó lo suficiente pero tomaron precauciones, no salían y vigilaban los movimientos de los falangistas oscenses, que se habían presentado en varias ocasiones a buscarlo. El día 6 de agosto, a las cinco de la tarde, un grupo de ellos volvió a la casa con intenciones más ejecutivas. A sus once años de edad algo intuyó Sol, que los vio llegar desde una ventana. Y algo más profundo sintió Concha cuando empezó a ser presionada por los fascistas, que la golpearon hasta obligar a su marido a abandonar el escondite.

El matrimonio fue llevado a la cárcel. Por la noche Ramón sería fusilado en las tapias del cementerio, siendo una de las ciento treinta personas que cayeron ese día. Conchita estuvo presa hasta el día 23 de agosto, en una celda sin luz y sin colchón, acusada de haber insultado a la autoridad. Ese día fueron fusiladas ciento treinta y ocho personas, entre ellas la esposa de Ramón Acín y madre de Katia y Sol. Dejó un recado a una compañera de cárcel: Dales besos a mis hijas, si es que llegas a salir.

Muchos años después este encargo pudo ser transmitido a las hijas de Conchita, que tras aquella tragedia fueron obligadas a llamarse Ana María y María Sol. Pero ellas siempre han sido Katia y Sol y siempre han guardado la memoria fresca del ideario paterno y los restos con los que se encontraron tras el saqueo oficial. Un mural dedicado a Galán y García Hernández fue arrojado al Isuela y buena parte de las antigüedades coleccionadas por Ramón Acín y conservadas por Concha Monrás fueron robadas por los falangistas. La casa fue desmantelada y las niñas pasaron a vivir con unos tíos, junto a unas primas.

Vestidas de luto riguroso, incluidas las enaguas, a las hijas de Conchita el destino les obligó a pasar de una familia de izquierdas a una familia de derechas, les hizo ir a colegios e incorporarse a una sociedad diferente a la soñada. Del blanco al negro. Pero apoyadas por sus familiares salieron adelante. Conservaron buena parte de la obra artística del padre y algunos recuerdos de la madre. Eso sí, mantuvieron el espíritu de sus progenitores, el sentimiento de ser diferentes, y subsistieron con ese fondo de tristeza que invade a cuantos les ha sido pisoteada la vida. Katia, la hija superviviente de Conchita, lo recuerda todavía hoy en voz baja, esperando que un día la obra de su padre tenga un cobijo digno. Sería el final feliz a una historia desgraciada.

 

*Todas las fotos pertenecen al archivo de la Fundación Ramón y Katia Acín.

ARTISTAS SEDUCIDOS POR ARAGÓN

El Matarraña, el Moncayo, el Pirineo o la ruta de los balnearios son algunos de los espacios elegidos por pintores, toreros, poetas, fotógrafos o escritores, desde Ferdinando Scianna, Espartaco, el finado López Vázquez y Mohsen Emadi a José Luis Sampedro

 

Algunos creadores eligen lugares de Aragón para descansar en verano y para realizar estancias más o menos creativas: cursos, seminarios y ensayos. Los parajes elegidos suelen ser el Matarraña, el Moncayo, el Pirineo y otros rincones: Albarracín, Alhama de Aragón o Jaraba, si pensamos en la ruta zaragozana de los balnearios regada por el río Mesa, pero también las altas Cinco Villas. Sos del Rey Católico atrae a gente interesada por el aroma medieval y por el festival de Luna Lunera, y Uncastillo recibe todos los años las visitas de artistas jóvenes, aragoneses, nacionales e internacionales, que crean y descansan en la localidad.

Isabel Coixet.

Hay lugares con una tradición especial como el balneario de Panticosa. En tiempos más lejanos, recibió a Ramón y Cajal, que realizó sus habituales fotos, a Ortega Munilla y a su hijo José Ortega y Gasset, a Alcalá Zamora, a Primo de Rivera, al futbolista Zarra, a Juan Ramón Jiménez, en un viaje muy rápido, o, ya en los años 50 y 60, al cocinero Perico Chicote, que organizaba carreras de bicicletas para niños en el balneario en compañía de sus amigos, entre ellos el fotógrafo y operador de cámara Miguel París. Más recientemente, pasó allí varios días el gran fotógrafo de Magnum Ferdinando Scianna, que frecuenta mucho España, algo menos que Cees Nooteboom, el escritor holandés que ha recorrido Aragón casi de parte a parte, y ha elogiado, en su libro ‘El desvío a Santiago’, la catedral de Jaca, Teruel y el mudéjar, la cartuja de Aula Dei, y ha descrito la soledad del Museo de Zaragoza en una abrasadora atmósfera de verano. Algo más lejos, en la Garcipollera, en el pueblo de Villanovilla, cerca de Jaca, el matador José Antonio Ruiz ‘Espartaco’ suele pasar parte de su tiempo de asueto en un palacete del lugar. La realizadora Isabel Coixet está enamorada de Ansó, ella y su hija, y suele pasar allí temporadas en febrero y en agosto: es asidua a la fiesta del traje de la localidad. El cineasta Enrique Urbizu, autor de películas como ‘La caja 507’, ‘La vida mancha’ y guionista de Roman Polanski, confesó en alguna ocasión, sobre todo al escritor y periodista Miguel Mena, que cuando trabaja en un guión suele retirarse en Castejón de Monegros en una casa que le prestan unos amigos.

El niño Julio Alejandro visto por Cano.

El Moncayo es el territorio ideal de los poetas. Allí llegan -atraídos por las rutas becquerianas y Veruela, la Casa del Poeta en Trasmoz, la Casa del Traductor en Tarazona y el piso que habilita la editorial Olifante en la propia ciudad del Queiles-, escritores de varias nacionalidades. Pasan algunas temporadas el artista, cantautor y poeta Luigi Maráez, que ha realizado recitales y obras escultóricas en homenaje a Bécquer, y la cantante y pianista de origen turco Alime Huma. Por allí aparece periódicamente la poeta y editora búlgara Rada Panchovska.

En este momento, entre otros, residen el poeta y traductor iraquí Abdul Hadi Sadoun, que ha publicado en Olifante el volumen ‘Siempre todavía’, inspirado en la Soria de Antonio Machado, y Mohsen Emadi, un poeta y traductor persa que ya ha sido editado en español. Emadi ha escrito dos largos poemas que glosan esos parajes: ‘Las canciones de amor de Trasmoz’ y ‘Ventanas de Tarazona’. En el primero dice: “Junto al castillo abrasado crece un árbol que da una manzana al año //junto al castillo abrasado los caballos relinchan una vez al año”.

Muy cerca, en Bulbuente pasaba unos días de verano el guionista de Buñuel, dramaturgo y poeta Julio Alejandro de Castro (Huesca, 1906-Denia, 1995); tras su regreso de México, residía entre Madrid, Jávea y Bulbuente. Solía acercarse al monasterio de Veruela porque allí, igual que le sucedía cuando era adolescente, “creía oír el sonido del mar, creía percibir la fragancia salobre del océano”.

Olga Lucas y José Luis Sampedro.

José Luis Sampedro suele terminar muchos de sus libros en el balneario de Alhama de Aragón, empezó con ‘El río que nos lleva’, volvió a hacerlo con ‘Octubre octubre’ o ‘La vieja sirena’, y no solo eso: su pasión por ese espacio le llevó a contraer segundas nupcias allí con Olga Lucas. En Alhama han residido dos escritores aragoneses, afincados en Madrid, como Mariano de Cavia y Benjamín Jarnés. Sampedro y Olga Lucas, por otra parte, tienen un gran cariño a Jaca, y siempre que pueden se escapan a la ciudadela. El balneario Sicilia de Jaraba ha sido el refugio durante casi un lustro de José Luis López Vázquez y de su compañera, la también actriz Carmen Sáinz de la Maza, los es de Juan Luis Galiardo en este mismo mes de agosto y lo fue, el año pasado, de Alex de la Iglesia, durante uno de sus rodajes. O del cantante Pedro Ruy Blas.

Una foto de Rodney Smith.

En Albarracín suele descansar el intérprete granadino Federico Coca García, que ha sido “el primer saxofonista español que ha accedido al Conservatorio Nacional Superior de Música de París”. Este joven virtuoso de 28 años, y de gran prestigio mundial ya, pasa a orillas del Guadalaviar los quince días de los Encuentros de Jóvenes Músicos que organiza el Instituto Aragonés de la Juventud. Este mismo verano, según narra el escritor y pedagogo Víctor Juan, Federico Coca García dijo, antes de que se iniciara el concierto que dio con el Ensemble Squillante: “Pertenezco a la familia musical de Albarracín”. En Albarracín, entre otros, han residido artistas y fotógrafos como Mark Cohen, Joan Fontcuberta y Bernard Plossu. Hace unos días, contaba Leo Tena, coordinador de Punto Photo Teruel, que estuvo por allí el fotógrafo norteamericano Rodney Smith: comió allí con su segunda mujer y con su hija de dieciséis años y se quedó realmente fascinado. "Solo ella tiró fotos", recordaba Leo Tena.

José Donoso con Pilar.

Calaceite, en las tierras del Matarraña, tiene algo de refugio artístico de Aragón desde los años 60, cuando empezaron a llegar viajeros, escritores y editores como Joan Perucho, Néstor Luján, Gustavo Gili, Ana María Moix, Giorgio della Roca, y también algunos de los escritores del ‘boom’, con José Donoso a la cabeza, que se había comprado tres casas en Calaceite. A principios de los 70, en sus periódicos regresos de México, Luis Buñuel pernoctaba allí. Ahora siguen haciéndolo pintores como María Girona y Romà Vallés, músicos como Sira Hernández, escritores Pilar Gómez Bedate, Juan José Flores o Antoni Marí. Y allí, en el cementerio, reposan los restos de Ángel Crespo, poeta, profesor y traductor de Pessoa y Dante, que se enamoró de Calaceite, adquirió casa y redactó allí su poemario ‘Ocupación del fuego’. Escribió un verso casi premonitorio: “Nieve es el momento en que Dios nos habla”. Crespo fue enterrado un día de intensa nevada.

 

Pilar Gómez Bedate, traductora de Mallarmé, profesora y escritora, y Ángel Crespo, un poeta con pipa y tocado con gorra de marinero.

UNA PIEZA DE ASUN VALET

UNA PIEZA DE ASUN VALET

Asun Valet me manda algunas fotos de su muestra en el monasterio de San Juan de la Peña. Coloco aquí esta, tan sugestiva, tan poética, tan oriental.

ASUN VALET EN SAN JUAN DE LA PEÑA

ASUN VALET EN SAN JUAN DE LA PEÑA

 

 

ASUN VALET EXPONE EN SAN JUAN DE LA PEÑA

 

’DIFÍCILES VERDES’ EN EL MONASTERIO NUEVO

 

Asun Valet, la delicada pintora de atmósferas suaves e intensas, casi musicales, expone en el monasterio nuevo de San Juan de la Peña un trabajo muy minucioso, ‘Difíciles verdes’, cuyo comisariado ha corrido a cargo de Dolores Durán. El texto del catálogo corresponde al escritor y crítico de Alejandro J. Ratia. Ayer, Asun Valet, que exponía hace poco en el Torreón Fortea, me mandó esta carta que explica algunas claves de este trabajo. En la foto, Asun Valet, retratada por Columna Villarroya.

 

 Dice Asun Valet:

Con el título ‘Difíciles verdes’ quiero expresar con cierto sentido del humor mi particular relación con la naturaleza.

Me reconozco urbana a tope y con una reducida y/o limitada necesidad de contacto con la naturaleza. Salvo el mar, la naturaleza sobre todo si es frondosa y muy verde me produce cierta sensación de claustrofobia.... no sé si a un gallego como tú que me imagino que aprecia "los verdes" le parecerá esto una aberración.

 

A pesar de esto, en este proyecto he querido curvas, movimiento, y que las obras aportaran un cierto contacto con su entorno a este claustro, de arquitectura tan marcada, en un estilo entre maño y japonés con el que me identifico. Así los elementos que en márgenes activos eran arquitecturas, aquí son formas ornamentales vegetales, tratadas con pintura transparente en su mayor parte, que aunque son detalles a gran escala, no son protagonistas. Las manchas y la abstracción siguen siendo mi mayor interés.

 

 He sido consciente en este trabajo de que he centrado las composiciones (los márgenes ya no tienen tanta importancia) y de que en mis obras siempre busco un cierto equilibrio entre contrarios: Lo orgánico y lo geométrico. Las manchas generales, que aportan un primer espacio panorámico a la obra, las completo con estos dibujos en primer plano que apenas se ven y que a su vez permiten la intervención de los últimos trazos o manchas que serán principales.

 

 

 Su página web es http://www.asunvalet.com/index.html