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Antón Castro

Artistas

EL MURAL DE LUIS DÍEZ

EL MURAL DE LUIS DÍEZ

Luis Díez es pintor e ilustrador. Nacido hace 32 años en Zaragoza, cuenta ya con el reconocimiento de su obra tanto de crítica como de público. Su trabajo como ilustrador se ha visto muy influenciado por su pasión por la música. Ha colaborado con artistas como Enrique Bunbury, Julio de La Rosa, Nacho Vegas o Niños del Brasil, para los que ha diseñado portadas y conceptos visuales, como en el caso de Bunbury y su gira del 2004 ‘El viaje a ninguna parte’.

Como pintor, su obra destaca por su carácter hiperrealista. Su incansable inquietud por el retrato se expresa en sus trabajos de una forma tan personal que hace que sus pinturas sean reconocidas a primer golpe de vista.

Actualmente se encuentra realizando un mural de 60m2 en el Centro de Historia de Zaragoza bajo el título ‘Vida y Muerte son Lesbianas’. Una extraordinaria puesta en escena de su visión sobre el instante luminoso, minúsculo y mayúsculo a la vez, que separa la vida de la muerte, el frío del calor, lo espiritual de lo terrenal.  

Además, el fotógrafo Gustaff Choos realiza paralelamente, un trabajo artístico sobre el pintor y su obra, cubriendo todo el proceso creativo desde un punto de vista íntimo y mudo.

La obra se inaugura el martes 6 de abril a las 19.00h en el Centro de Historia.

 

Link del video: http://www.youtube.com/watch?v=oxXUXbC-yNw

 

*Este texto me lo ha remitido el propio Gustaff Choos, fotógrafo de distintos proyectos innovadores muy vinculado a la música. A él le pertenecen las fotos.

 

CASS, DE AZNAR, SOPEÑA Y RODRÍGUEZ

Cass es una de mis canciones favoritas. La escribió José Luis Rodríguez García, el poeta, narrador y ensayista de León, donde nació en 1949, afincado en Zaragoza desde hace muchos años, autor de espléndidos libros de versos. Uno de los mejores, sin dudas, es ‘Voces en el desierto’ (Eclipsados, 2009). La canción la grabó hace muchos años Más Birras, con Mauricio Aznar al frente, y composición y arreglos de Gabriel Sopeña; luego también la grabó Gabriel Sopeña y ahora la suele cantar ese showman y humorista y cantante Luis Cebrián. Hace poco la cantó en ‘Borradores’. Él y Octavio Gómez Milián la mandaron hace unas semanas; la recupero y la traigo aquí al blog. Las fotografía son de Eric Kellerman y están dedicadas a los visitantes del blog y especialmente a Paco Rallo: pintor y diseñador, que frecuenta este blog y dice que lo que más le gustan son las fotografías. Estas son de un magnífico fotógrafo, Eric Kellerman, muy influenciado por el surrealismo y por el mundo pictórico del canadiente Alex Colville.

 

CASS

 

(Música: Gabriel Sopeña

 Letra: José Luis Rodríguez García)

 


Nos gustaba Cass
la chica más guapa de la ciudad
su forma angelical de pisar la nieve
mientras tararea la última estrofa de Dylan.
Su manera tan dulce de guiñar
como si estuviera recitando un poema
o pintándose los labios
en el espejo de cualquier fotografía.
Nos gustaba que tuviera las piernas morenas
y se riera como un sábado.
Pobre Cass, tenía que morir como una Diosa, nuestra.
Arrollada por un Chevrolet
y un repartidor de Coca-Colas
y ahora un policía nos robó todas las lágrimas.

Y ahora la lloramos
todos y enviamos violetas
a direcciones inventadas
todas dirigidas
todas dirigidas
todas dirigidas a Cass,
la chica más guapa de la ciudad.

Pero solo hemos aprendido
a silbarte una nueva canción
es para ti, Cass,
que estabas tan harta de la vida
que te tumbabas desnuda bajo el sol
de las cinco de la tarde.
Es para ti,
que nos reprochaste tantas veces
nuestro aire de perritos derrotados

Y ahora la lloramos
todos y enviamos violetas
a direcciones inventadas
todas dirigidas
todas dirigidas
todas dirigidas a Cass,
la chica más guapa de la ciudad
la chica más guapa de la ciudad
la chica más guapa de la ciudad.

 

STEVE GIBSON EN BARCELONA

STEVE GIBSON EN BARCELONA

Steve Gibson

LA CARNE, EL FUEGO Y LA SOMBRA

 

Steve Gibson tiene alma de escritor o de filósofo. O de las dos cosas simultáneamente y, además, de escultor y de pintor. No es un artista que cree por acumulación, a golpe de intuiciones sin más o de necesidad de vaciar sus impulsos con la forma de un torrente, sino que trabaja con una idea global, con un punto de vista, como quien cuenta una historia o compone una sinfonía donde todos los elementos se agrupan en un todo. En un universo bosquejado en todas sus partes, en un río de pensamiento, en una novela del arte. Steve Gibson es un escultor obsesivo y peculiar: disfruta hasta la saciedad en su estudio, le encanta el trabajo, el uso del cutter, que es su instrumento predilecto, la manufactura del cartón, como si fuera uno de aquellos estibadores de su niñez y de su adolescencia en Liverpool. Se centra y además se instala en la ardiente oscuridad del creador, en la búsqueda a tientas de la claridad.

Puede ocurrirle lo que le ha sucedido con esta muestra en la galería Mito: de golpe, por azar o por deslumbramiento, se encontró con la figura de Thomas Stearns Eliot (Sant Louis, Missouri, 1888-Londres, 1965) y con su poemario The Waste Land -La tierra baldía o La tierra estéril como acaba de traducir Jaime Tello en Visor- y sus versos le persiguieron. Le persiguieron sus versos e incluso la voz del poeta, que había grabado esa composición de 1922. A partir de La tierra baldía, un libro simbólico sobre la aridez y la desolación, Steve Gibson concibió un proyecto, una instalación y, en cierto modo, un autorretrato: Gibson se zambulle en sí mismo y en sus figuras, y se revela atormentado y paciente a la vez, impetuoso y doliente, vitalista y exigente, como alguien que se desangra en inconformismo y en intensidad. La tierra baldía, grabada por el propio poeta y editor Eliot, Premio Nobel de Literatura en 1948, fue el detonante de su nuevo trabajo: el detonante, la inspiración, el impulso incontenible. Solo oía, como única música del universo, como único mensaje de los dioses y los hombres, la voz del poeta que, verso a verso, intentó compendiar las contradicciones del mundo, a través de la propuesta poética de una especie de planeta de muertos vivientes: “April es the cruellest month…” (Abril es el más cruel de los meses). El título de la muestra es inequívoca: Date prisa. Es la hora. Y hasta en estas dos frases también se percibe la ansiedad, el vértigo, y quizá el tono de advertencia. El propio escultor, tan reflexivo y tan poco dogmático, se pregunta: “¿De qué ha llegado la hora?”. Instalado en el ardiente enigma, repite: “En realidad, ¿de qué habrá llegado la hora, Steve?”.

La muestra se inicia con ‘El rey pescador’, ese personaje del que ya habló Chretien de Troyes que espera su redención. Es un monarca de la nada y de la aridez, es un prisionero en un mundo de tinieblas, es un hombre, o una sombra, herida en las piernas o en los mismos genitales por una jabalina. Es un ser amputado –en el cuerpo, en el alma, en el ánimo, en su sexualidad, en su propio territorio de frontera-, con un conflicto de identidad, y espera. Al centrarse en este personaje, tan enigmático en el fondo, al representarlo, Steve Gibson se asoma al precipicio, a la conciencia, a la soledad, al sentido del deber. Al fin y al cabo, ‘El rey pescador’ también es un exiliado en el mundo: debe atender sus tierras y su imponente castillo, se extravía en el bosque y aguarda, sentado en un peñasco ante el lago, una visita definitiva: el sortilegio que lo devuelva al reino de los vivos. La resurrección tras internarse en el bosque sagrado.

 Me parece muy oportuno explicar aquí el método de trabajo del escultor, la elección de sus materiales, esos cartones que exhibe como una piel desnuda, erizada de texturas, de expresividad y tal vez de cicatrices. Dice: “Mis esculturas empiezan por los pies: se alzan, crecen, se conforman lentamente, como hace un pintor con sus pinceladas, y así, poco a poco, voy construyendo esa figura en el aire. Borro y quito con el cutter, estoy como repintando, como si quisiera que se vieran todas las capas. Creo volumen y creo ritmos hasta que la figura exhibe su condición humana, los detalles de su anatomía, su piel y su fuerza”.

Steve Gibson también se mueve en cierto plano de ambigüedad. Le gusta el cultivo de la paradoja, de la contradicción, de la apariencia de la verdad y de la verdad de las mentiras. En otra de las piezas, ‘La mujer que se masturba’, ha situado a su protagonista de cuclillas: se toca en el centro del sexo y de la vida, se hurga, se acaricia, y grita. ¿Por qué grita? De gusto, de rabia, de desamparo. Esa criatura, tan apasionada como equívoca, también puede rastrearse en la segunda parte de La tierra baldía, titulada ‘Una partida de ajedrez’, donde una mujer está sentada en una silla, al borde de la esperanza o la desesperación. Con ‘La mujer que se masturba’, Gibson reflexiona sobre el placer y la soledad, sobre el cuerpo, sobre la cautividad. Y lo hace como a él le gusta: con energía, con ese feroz expresionismo que resume la emoción, el sentimiento, el desgarro y el dolor. Y, por supuesto, también manifiesta un grado de frustración. Esta palabra, frustración, es otro sustantivo clave de una propuesta que aborda el futuro, el fin del mundo, la idea inextricable del Apocalipsis.

El escultor adopta una actitud severa. Un punto de vista dramático. Se expresa físicamente: con rugosidades, con un gesto brusco, con la carne estremecida. Pero también se siente, o quiere serlo, un escultor lúdico y telúrico, un escultor que juega, que subvierte el orden del mundo y de lo convencional. A veces intenta darle la vuelta a las cosas como se le da a un calcetín, y lo hace por la vía del surrealismo, de la metafísica o del estupor. En otra aproximación a la realidad crea ‘Una crucifixión’, un tema muy pictórico que ha tenido una correspondencia casi siempre brutal. Un día, Steve Gibson se puso a ver fotos de algunas de las guerras del mundo que ha retratado el fotoperiodista Gervasio Sánchez, Premio Nacional de Fotografía de 2009: fotos de mujeres y niños marcadas por las balas, por las minas, por la crueldad sin compasión. Mujeres y niños amputados que, tras la violencia, intentaban sobreponerse, recomenzar, reconquistar la normalidad. Algunas de esas instantáneas le inspiraron dibujos, casi manchas sobre la condición humana, trazos sombríos sobre el horror y el sueño. Ojeando fotos y catálogos del reportero dio con una instantánea que le llamó la atención: un niño al que le faltaba uno de sus miembros que estaba tendido, como adormecido, en una actitud onírica que invitaba a pensar que nos encontrábamos ante un ángel. O ante una aparición de luz tras la batalla. De esa foto partió Steve Gibson, y de nuevo de un fragmento de La tierra baldía, para continuar preguntándonos y preguntándose. ¿Estará ese joven en tránsito hacia un futuro nuevo tras tanto dolor? ¿Vivirá un inefable instante de paz, un arrebato casi místico de sosiego y de reencuentro consigo mismo?

El  montaje añade otro asunto, otro personaje de Eliot: ‘La mujer que grita’. Probablemente, Gibson se haya inspirado en un fragmento como éste: “When lovely woman stoops to folly and //Paces about her room again, alone, //She smooths her hair with automatic hand, // And puts a record on the gramophone. // This music crept by me upon the waters”. (Cuando una bella hembra se inclina a hacer locuras // Y vuelve a pasearse, a solas, por su cuarto, // Se alias los cabellos con mano automática, // Y pone un disco en el gramófono. // ‘Esta música se deslizó junto a mí sobre las aguas”. Traducción de La tierra estéril, de Jaime Tello. Visor, 2009). También habría podido inspirarse en la última parte del libro: ‘Lo que dijo el trueno’, aunque en realidad ha elegido este fragmento: “'My nerves are bad to-night.  Yes, bad.  Stay with me. 'Speak to me.  Why do you never speak.  Speak.  'What are you thinking of? What thinking? What?
'I never know what you are thinking. 
Think.' («Estoy nerviosa esta noche. Muy nerviosa. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué nunca hablas? Habla. ¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?Nunca sé en qué piensas. Piensas.»

Seguimos en ese mismo lugar de incertidumbre: qué le sucede a esa mujer. ¿A quién espera? En el libro, un hombre la visita, y no se sabe bien si conversan o sueñan juntos, si hacen el amor, no se sabe qué ocurre. Solo tenemos la certeza de que la decepción se ha instalado en la vida y en la intimidad de la mujer. El escultor cierra la red de sus pensamientos con ‘El viejo hermafrodita’, un hermafrodita más bien maduro con senos y pene. Es la visión de la dualidad y de la mutación permanente, del cambio constante. Es la visión también del nuevo mundo.

De algún modo, este universo desapacible refleja el carácter creador del escultor de Liverpool. Dice: “Me cuesta mucho estar feliz y estar en calma”. Esta muestra, tan impetuosa, tan rotunda y tan próxima a Lucian Freud, quizá atienda a esa búsqueda de la paz interior. Del sosiego. Del remanso y del cobijo contra todas las tormentas. “La escultura es lo que me mueve, lo que me anima y me alimenta. Es un lujo, un placer y una maldición”, confiesa el artista.

Hay que cerrar este viaje por el mundo simbólico de Steve Gibson. Y debemos hacerlo observando la energía de su propuesta, la feliz convivencia de la plasticidad con la exasperación, de la rudeza con la suavidad, de la meditación y de la intuición. En el fondo, Gibson trabaja con las artimañas del pintor, con sus brochazos bruscos, con su sentido de la esencialidad, con la paleta precisa de la sutileza. Cabría decir que es un pintor que esculpe en cartón, un pintor que desolla los miembros de sus personajes uno a uno, músculo a músculo. Que los estudia como un anatomista. Por eso, le oímos decir una y otra vez que sus fuentes de inspiración, cuando se encierra en el taller y crea un peculiar ambiente, son grandes pintores: su paisano Lucian Freud y su poética del temblor desnudo, el refinamiento expresivo y realista de Velázquez, la obra de John Sargent y Joaquín Sorolla, “porque a ambos se les ve la pincelada, las huellas que dejan en la tela”, y esas pinturas tan carnales de Stanley Spencer.

Steve Gibson no deja indiferente a nadie. Posee sentido del trabajo, talento e intencionalidad. Intencionalidad poética, estética y filosófica. Más que la perfección ansía la conmoción.

*Este texto mío forma parte del periódico–catálogo de la muestra ‘Hurry up pleaste, it’s time’ de Steve Gibson que se expone en la galería Mito (Calle Roselló, 193) de Barcelona hasta el 16 de mayo. La foto de la obra de Steve Gibson está realizada por Antonio Ceruelo. La muestra incluye otro texto de Manuel Pérez-Lizano y otro de Marina Díez-Gascón.

www.motobcn.com

info@mitobcn.com

PREMIOS DE LA AACA

Queridos amigos:

El acto de entrega de premios AACA 2009 tendrá lugar el martes 30 de marzo a las 20.00 en la Galería Pepe Rebollo de Zaragoza (C/ María Lostal nº 5), que recibirá el premio al mejor espacio de promoción del arte aragonés contemporáneo. 

También se entregará el premio a la mejor labor de difusión del arte aragonés contemporáneo al suplemento ‘Artes y Letras’ de Heraldo de Aragón. [El suplemento lo coordina el periodista y escritor Antón Castro, y cuenta con colaboradores asiduos como Ricardo García Prats, Alejandro Ratia, Javier Lacruz, Carlos J. Barbáchano, Ángel Azpeitia, Pedro Pablo Azpeitia o el propio Antón Castro, entre otros muchos, como Alberto Aragón o Luis Grañena, responsables de muchas de sus caricaturas.]

El Gran Premio AACA 2009 al artista aragonés contemporáneo más destacado en ese año será para Javier Codesal, por su gran exposición en el Palau de la Virreina de Barcelona. 

La entrega de los premios en un acto público, que esperamos sea muy concurrido (y para animaros a asistir os hago saber que habrá buen vino).

Un saludo y hasta entonces.

 

Jesús Pedro Lorente

Secretario de AACA

 

*Arriba tres portadas diferentes de 'Artes & Letras': la de Beatriz Gimeno, diseñadora de Barbastro, Manuel Arribas y Chema Lera.

 

 

PILAR MORÉ EN PILAR GINÉS

PILAR MORÉ EN PILAR GINÉS

Hasta el 18 de abril puede visitarse en la galería Pilar Ginés,  calle Santiago, 5, local) la exposición “Obras de Pilar Moré”, de martes a sábado en horario de 11 a 13´30 y de 18 a 21 horas.

Pilar Moré nació en Fraga, pero reside y crea en Zaragoza. De dilatada trayectoria artística, practica el grabado, la talla en madera y realiza pequeñas obras con materiales reciclados. Su pintura es un estudio del espacio y el color dentro de una estructura geométrica. Se preocupa mucho de la composición y el empleo de diversos materiales en una búsqueda de expresar lo máximo con el mínimo trazo. Cuenta en su haber con más de cien exposiciones colectivas y más de sesenta individuales, tanto en España como en el extranjero, así como numerosos premios y galardones. Sus obras forman parte de colecciones privadas e institucionales.

Figura en el “Diccionario Antológico de Artistas Aragoneses” y en diversas enciclopedias y libros de arte y, desde el año 2006, es académica correspondiente de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza.

En esta ocasión muestra obra escultórica y pictórica en la que hace demostración de su versatilidad artística y técnica, ocupando las dos salas completas de la galería y los espacios de tránsito entre ellas.

 

*Esta nota me la mandado Pilar Ginés.

 

En 2006, visité el estudio de Pilar Moré y me pidió un texto para su exposición en el palacio Montemuzo.

 

 Pilar Moré se reinventa a diario. No tiene un único estilo: tiene muchos. Es inconformista, irreductible, es antidogmática. Se entrega a la materia y oye sus latidos, oye su mensaje –el temblor íntimo de la cosas, sus voces inefables- y se lanza a la aventura. Todo empieza en la intuición, en el deseo de hacer y de mancharse con una parsimonia dulce, matizada, bajo una claridad que se filtra por una ventana abierta al mundo como un resplandor. Es capaz de desarrollar una poética constante del collage, vinculada a la idea de juego, de excursión creativa y lúdica; es capaz de ofrecerse en una abstracción contundente en la forma y en el uso del color; es capaz de realizar series donde domina el negro, o el blanco, o los ocres y tierras, y pasarse semanas, meses, explorando su luz interior, sus rasgos, creciendo íntimamente en el vértigo de la geometría. Posee una inclinación especial hacia los objetos: los encuentra, los mira un instante, y se le ocurren cosas: rostros, figuras completas, esculturas, sueños, arrebatos de un arte entre primitivo y bruto, y a la vez refinado, lleno de sugestión y de hechizos. Una simple mirada a su taller, a sus repisas, lo dice casi todo: ahí están, con su potencia inmediata, sus criaturas. Evocan un tiempo de trabajo e inventiva, te hacen imaginar la soledad del artista desgranándose el corazón y las manos, tramando un nuevo ser para la materia que adquiere de inmediato otra vida.  

    

Pilar Moré está en cada pieza de su taller. Está en las fotos espléndidas que le tomó Joaquín Alcón. Está en sus polípticos, en sus pequeños cuadros, que tienen algo de cuadernos de creación, en los bocetos que afirman la vocación de la pintora. Y está en otros tesoros de la imaginación: su pasión por los libros. Pilar Moré es una soñadora de libros imposibles o de libros únicos: hay diarios de artista, anotados con aforismos y poemas; hay libros de artista que son una acumulación de variaciones sobre líneas; hay libros de artistas que son como caligrafías inextricables, bosquejos, tentativas, delirios. Hay diseño, alegría, sentido del enredo más hermoso.    

Ahora Pilar Moré presenta una selección de sus pasteles. Esa palabra parece estar contaminada de levedad, de candidez, de delicadeza suma y tal vez blanda. Pero aquí ocurre todo lo contrario: estos pasteles llaman la atención por su contundencia, por su expresividad, por su tensión cromática, por la energía casi indomable que irradian. La técnica será la del pastel, pero los cuadros respiran y traspiran texturas, expresionismo, campos de color (terrosos o pardos, azules, rojos, verdes), expansión de sentimientos y sensaciones. Equilibrio. Hay una suavidad buscada y elegante, un mar en calma transitoria, hay paisajes crepusculares que han sido soñados por Pilar Moré, casi como espejismos, como lugares mentales, entre el desierto y la ciudad vencida al atardecer. Pero también hay otras obras que reflejan la pasión de Pilar por la naturaleza: esos territorios que evocan paraísos de cereal con sus gamas de color, expandido hacia lontananza en oleadas de cierzo o de viento que peina y despeina los trigales.

        
En casi todas estas obras, tocadas allí y allá de rayas negras, existe una constante, que es a la vez un enigma: siempre hay como una espiral homogénea que se repite en el pastel. Esa espiral parece hablarnos de la propia evolución de Pilar, de su obra en marcha, quizá de la órbita lunar que anda por ahí como una presencia invisible que arroja sus calculadas luces, y parece hablarnos de danza, del movimiento. Pilar Moré, esta mujer habitada por la sigilosa quimera de ser ella misma y otra a la vez casi a cada instante, está en movimiento constante: baila con el arte y se funde con él en esa melodía perfecta que conforman el creador y la obra.  

EL RAPSODA Y LA PIANISTA EN CUBA

EL RAPSODA Y LA PIANISTA EN CUBA

Luis Felipe Alegre, con una pianista, prepara el montaje sobre Miguel Hernández en el Teatro Terry de Cienfuegos, un lugar que evoca un escenario de ópera, un cascote antiguo tras el naufragio y un lugar que parece la huella de un antiguo paraíso.

La foto es de Aloma Rodríguez.

MAÑANA, HOMENAJE Y POEMARIO PÓSTUMO DE VICENTE PASCUAL

MAÑANA, HOMENAJE Y POEMARIO PÓSTUMO DE VICENTE PASCUAL

 

 

 

Presentación de De la nada nada viene de Vicente Pascual

Colección Veruela Poesía de Olifante

Intervienen: Cristina Palacín, Trinidad Ruiz Y ANTÓN CASTRO.

Palacio de Sástago. Mañana, Martes 23 de marzo a las 19,30 horas

ZARAGOZA

 

Poco antes de fallecer, Vicente Pascual Rodrigo (Zaragoza, 1955-Utebo, Zaragoza, 2008) ultimó un poemario. Le dio una y mil vueltas y lo dejó listo para su publicación. Trinidad Ruiz-Marcellán lo ha editado en la colección Veruela, en colaboración con la Diputación de Zaragoza, un volumen espléndido, precioso. El nuevo trayecto de esta colección la inició ‘Lugares comunes’ de Octavio Gómez Milián. El libro ‘De la nada nada viene. Todo cabe en el vacío’ está dedicado a Ángel Guinda –“Para Ángel Guinda. Si alguna letra sé, es de él de quien viene”, escribe Vicente Pascual Rodrigo-, lleva un pequeño prólogo mío y una estupenda nota de solapa de Alejandro Ratia, a quien siempre estuvo muy unido.

 

He aquí el texto de Alejandro RATIA

 

LA ESTÉTICA DEL AGUA

 

 

 

Entre los últimos papeles que pintó Vicente Pascual hay unos que me conmueven especialmente. En ellos reaparecen temas del pasado. Así, una encina de Rasal, en el Prepirineo, que había pintado en los setenta, en los tiempos de La Hermandad Pictórica. Pero también reaparecen en sus poemas versos que son muy parecidos a aquellos títulos que, en aquella misma época, les ponían a sus cuadros los hermanos Pascual Rodrigo. O los que llevaron, más tarde, algunas de las obras de su aventura en solitario. Lo que parecían largos títulos, son ahora breves versos. “Y los chopos, que ya brotan”, por ejemplo. O “¡Mirad, están danzando!”.

Sus años últimos tienen algo de recapitulación. La enfermedad le dio tiempo a Vicente Pascual de repensarse, y aunque le restaran fuerzas para pintar, limitando sus formatos, le regaló la Poesía, a la que se entregó devotamente, con un espíritu parejo al que caracterizaba su obra plástica. La austeridad cromática de sus pinturas rima con la parca adjetivación que hallamos en sus versos, y con la sencillez de los metros elegidos. El poeta y pintor se identifica con un pordiosero, con un obrero que sólo quiere obedecer. Es la estética del agua, del artista transparente que se considera un medio. “Está el agua tierna, humilde, sin voz / prestando su cuerpo”, dice. “De la nada nada viene”, su poemario póstumo, es una poética y una estética a la contra de los tiempos. Frente a la egolatría del supuesto creador, se reivindica la humildad del artífice, que recoge el don del poema o de las formas de otro sitio, donde existen realmente. Vicente Pascual diría que los recoge “de lo alto”. Ese es el sentido en que debemos llamarle, tal como a él le gustaba, Realista, en el sentido hondo que le daban a este término los sabios medievales.

Zaragoza, a 22 de enero de 2010

AFM EN ALAGÓN: VIDA DE UN POETA

AFM EN ALAGÓN: VIDA DE UN POETA

Homenaje a Antonio Fernández Molina -poeta, artista, crítico de arte: hombre de acción literaria- en Alagón. Se presentará el documental ‘AF Molina-Un poeta incómodo’, realizado por Luis Vidal y Ester Fernández Echeverría.

El acto tendrá lugar mañana domingo 21 a las 18.30 en el Centro Cívico Antonio Fernández Molina de Alagón (c/Damas 8-10).



Trailer en http://www.youtube.com/watch?v=QM1Ki732FdQ&NR=1 y http://www.youtube.com/watch?v=YfOxpYASwYw&NR=1
Entrevista en Borradores de Aragon TV en http://www.youtube.com/watch?v=BCzAfRAaYC4

*Antonio Fernández Molina con Arrabal, en la primera foto. Y abajo, una interpretación de Pascual Berniz.