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Antón Castro

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EDUARDO DE LA CRUZ Y AMALIA SESMA: UN DIÁLOGO SOBRE ORDESA

EDUARDO DE LA CRUZ Y AMALIA SESMA: UN DIÁLOGO SOBRE ORDESA

[Eduardo de la Cruz y Amalia Sesma acaban de terminar un documental sobre el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Han contado con la colaboración de Aragón Televisión, que ha restaurado en colaboración con Filmoteca Nacional, una película de Antonio de Padua Tramullas. Es el segundo documental que hacen juntos; antes rodaron otro sobre el pintor José Beulas. Y Eduardo de la Cruz, en solitario, es autor de películas sobre Sobrepuerto, los pioneros del vuelo en Huesca, el río Ara, ’La lluvia amarilla’ y Ricardo Compairé’]

 

¿Por qué un documental sobre Ordesa?

Eduardo: En diciembre del año 1916, se firma en España la Ley de Parques Nacionales, apenas tres artículos, pilar fundamental para la posterior creación de los Parques Nacionales de la montaña de Covadonga, entre Asturias y León, y el del Valle de Ordesa o del río Ara, en Aragón. Decía De la Cuadra Salcedo, que Ordesa es el paisaje más bello del territorio español...muchos pensamos así.

Amalia: Pero se ha tratado de dar una visión diferente. Documentales de Ordesa los hay, algunos de gran presupuesto, nosotros hemos buscado la visión del fotógrafo, del ilustrador, más que la del geógrafo.

-Qué significó que se convirtiese en Parque Nacional? ¿Quién vino, qué anecdotario os apetecería rescatar?

Eduardo: Lo más importante es que, esa declaración ha permitido conservar y proteger esos paisajes hasta nuestros días, y en el futuro, para disfrute de las generaciones que nos sucederán. Tras 2 días de viaje, la comitiva que subió desde Madrid a la inauguración, recordando que se declara en el 1918 y se inaugura en agosto del 1920, recoge a Pedro Pidal, que se encontraba pasando unos días en el Monasterio de Piedra, a quién acompaña Eduardo Hernández Pacheco, autor del mapa geológico de España, distintas autoridades del gobierno aragonés y una representación de los reporteros gráficos de la época, sin olvidar a Ricardo del Arco, cronista de Huesca y autor de las fotografías de aquella inauguración. Por aquel entonces, la carretera terminaba en Broto... llegaron al atardecer y unos decidieron continuar hasta Torla, por el viejo camino de herradura, a caballo, ya de noche y con unas caballerías traídas de fuera, para los "señoritos" y que no conocían aquellos caminos...

Amalia: Hoy en día, que sea Parque Nacional, Patrimonio de la Humanidad, significa su protección frente a especuladores y personas que no entienden la necesidad de preservar espacios como este. Deberíamos aprender de nuestros vecinos del norte. El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido es una mínima parte de todo el Pirineo, deberíamos considerarlo no sólo uno de los mayores tesoros del territorio oscense, sino de toda Europa.

-Para un cineasta, así de entrada, ¿qué tiene de especial este lugar, qué os dA, qué os ha dado?

Eduardo: La espectacularidad de su entorno, desde el mundo glaciar del Monte Perdido, pasando por sus formaciones geológicas, sus valles, sus cascadas, sus bosques... Como escribió Briet "a cada paso volvíamos la vista atrás, siempre atraen los primeros amores". Victor Hugo lo describía así "Gigantes pétreos surgidos del mar, se asoman al vacío asombrados ante este espectáculo, creado por la naturaleza durante millones de años...bosques tan viejos como el mundo"

Amalia: Entre semana y en invierno, paz. El reencuentro con mi interior, con la ausencia de cualquier problema que pueda alterar la emoción de poder disfrutar de un lugar mágico.

-¿Se puede hablar de matices diferentes en las estaciones? Es una invitación a hablar de la belleza…

Eduardo: Muchos poetas, naturalistas, fotógrafos, pintores y escritores... se han sentido atraídos desde hace siglos por estos escenarios, está claro que algo tiene... es la esencia de la belleza, es como si las propias fuerzas de la naturaleza se hubieran aliado para construir esta obra maestra.

Amalia: Cada día tiene una paleta de colores diferente, cada minuto es distinto al anterior. Sólo tienes que pasear por las páginas de Ordesa de la red y ver la cantidad de imágenes, bellísimas, que hay. El propio Beulas, al contarle que estábamos grabando en el Parque, sacó fuerzas de su interior para exclamar “¡¡Ordesa es mío!!”, recordando el tiempo en que disfruto allí, pintando.

-¿Que importancia tienen la vida, la fauna, la flora?

Eduardo: Es la conjunción de todas esas variables lo que ha creado este singular paisaje, nos fijamos en lo inmediato, sus paredes, sus cascadas, sus bosques de hayas y abetos, pero Ordesa es, entre otras muchas cosas, la recreación del mundo glaciar, el mundo kárstico, el mundo subterráneo labrado por el agua...

Amalia: Bueno, cuando llegamos al parque, siempre miramos hacia arriba por su magnificencia y olvidamos que nuestros pies se posan sobre un microcosmos que también posee la misma belleza y le otorga carácter Ver el rocío sobre las hojas de las hayas en una fría mañana de invierno, no tiene precio.

-Vayamos con la documentación: cómo ha sido, dónde habéis buscado y qué aspectos inéditos habéis encontrado?

Eduardo: Tras más de dos años de trabajo, hemos buceado entre muchos archivos, tanto fotográficos como documentales, muchos de ellos de la vertiente francesa, dónde se conserva la mayoría de la documentación que existe sobre el Pirineo. Ya que Ordesa es muy popular, hemos intentado ofrecer imágenes y documentos poco o nada conocidos, desde la creación histórica del P.N, hasta documentación de sus primeros estudiosos, aquellos padres del pirineísmo. 

Amalia: Son bastantes las personas que están recopilando información sobre el Pirineo, en general, y el Parque, en particular. Desgraciadamente, en este país, no damos la importancia que merecen los archivos documentales, y menos los gráficos, que tanta información contienen sobre nuestra propia historia (tenemos otras prioridades). Sin embargo, nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos han sabido preservar esa riqueza patrimonial, por lo que disponen de testimonio gráfico de su historia, y la nuestra, en museos como el de Lourdes. Bien lo saben Ramón Lasaosa o Jorge Mayoral, de la Fundación de Benasque, que han querido compartir con todos nosotros parte del fruto de su trabajo de investigación y documentación adquirida al otro lado de la frontera.

- Creo que habéis recuperado una película o imágenes concretas. ¿Cuáles y cómo son?

Amalia: Buceando por la red en busca de documentación, llegamos hasta el registro de una grabación de Tramullas en la base de datos de la Filmoteca de Madrid, datada en los años 20 del siglo pasado.

Eduardo : Tras conocer la existencia de la película filmada por Antonio de Padua Tramullas en el Valle de Ordesa entre los años 1912-1929, tras llegar a un acuerdo entre Aragón TV y la Filmoteca Española, se ha restaurado para mostrarla en este documental. Las imágenes que contiene, nos muestran las casas de Oliván y Berges acogiendo a los turistas de la época, sus ropas..., como si fueran a colonizar África..., los guías de antaño y las caballerías utilizadas para ese fin... La prensa de aquellos años, citaba a los turistas cómo intrépidos viajeros que se adentraban en un mundo casi desconocido.  

-¿Quiénes son los testimonios y qué aportan?

Eduardo : Nuestro guía y maestro ha sido el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, que nos va explicando la formación de ese escenario. Alberto Martínez Embid, escritor y experto pirineista. Eduardo Viñuales, que nos habla del paisaje humanizado. El histórico guía alpino francés, Patrice de Bellefon, que nos viene a recordar que, aunque en los libros no conste así, a la hora de conquistar cimas para la posteridad y por delante de la aristocracia, léase Ramond de Carbonnières, andaba algún pastor aragonés. Y el trabajo de campo de los fotógrafos que más han trajinado por esos caminos, Javier Ara, Fernando Biarge, Javier Romeo Francés... 

Amalia: Además de haber tenido la suerte de contar con sus imágenes y las de Raúl  Tomás Granizo,  Guillermo Acín, Carlos Cotelo,… ¡espero no dejarme a nadie! Son el mejor testimonio de lo que es el Parque en cualquiera de sus rincones, en cualquier hora del día o época del año. Sus imágenes lo describen sin necesidad de palabras.

-¿Qué personajes de su historia os han conmovido y por qué?

Eduardo: a mi personalmente me llama la atención, las andanzas del conde Henry Russell (hemos encontrado una foto de su saco de dormir, de piel de cordero, por la falta de refugios), su excentricidad. Pedro Pidal, que en palabras de Enrique, su bisnieto, “era un hombre de una locura maravillosa”. Briet que, cuando dejó de acudir a su cita religiosa durante 21 años con el Alto Aragón, siguió realizando fotografías y retratos por los pueblos cercanos a su residencia. El aristócrata francés y padre del pirineísmo, Ramond, que se refugio en los Pirineos, huyendo de la guillotina, son muchos y de mucho calado...

Amalia: Desde pequeña he visto libros de Ordesa en las estanterías de la casa de mis padres. Briet era de los habituales, pero Monsieur Russell me llegó al corazón, seguramente por ese toque de excentricidad que todos llevamos dentro y no nos atrevemos a mostrar. Fue un personaje que, aparentemente, supo disfrutar de la vida. Y Eduardo Martínez de Pisón ¿qué voy a decir de él?  Un hombre sabio que posee el don de saber transmitir tanto sus conocimientos como la pasión, la emoción que siente por este lugar.

- Otra vez habéis recurrido a Manuel Galiana… ¿Por qué lo habéis elegido de nuevo, no teméis que al final uno acabe pensando que todos los documentales son el mismo

Amalia: Mi propuesta desde el principio fue que la voz de Ordesa fuese de mujer. Y así lo proyectamos, pero no pudo ser. Galiana es un magnífico profesional. Pone auténtica pasión a la hora de ser la voz de todos y cada uno de los personajes que “ha vivido”. Personalmente,… estoy enamorada de esa voz (risas)

Eduardo: Manolo, colabora desde hace años conmigo. Para él soy como el corresponsal del Alto Aragón en Madrid y me cuesta imaginar ya, que no sea él la voz de nuestros trabajos. Intentamos que la narración fuera realizada por la actriz Julia Gutiérrez Caba, pero no fue posible. Todos los documentales que hacemos, son el mismo, una torpe declaración de amor hacia unos lugares que son parte de mi equipaje emocional...

-Me ha dado la sensación de que es una obra muy poética: en imagen, en texto. ¿Es así?

Eduardo : En este documental, no hay cifras, ni datos, ni tampoco medidas, eso lo encuentras en cualquier guía. La idea es reflejar esa Ordesa intemporal y por qué atrae y ha atraído a tantos cantores de sus valles... Unas líneas breves de la obra "Viaje a los Pirineos y los Alpes", escrita por el  poeta Victor Hugo, dicen mucho más que algunos libros de muchas páginas, descifra con palabras la magia de ese territorio... se diría el cielo pintado de nuevo... ¿alguien puede añadir algo más a esto? 

Amalia: Bueno, ya ha habido quien, sin haber visto el documental, sólo con los poco más de 3 minutos de trailer, nos ha dicho que eso no es Ordesa, que Ordesa es mucho más. Supongo que el Parque tiene tantas versiones, tantas interpretaciones como visitantes. Cada uno se lleva un recuerdo o una impresión diferente del lugar. Nuestra pretensión, no ha sido hacer un catálogo de datos o imágenes al uso, para eso hay estanterías llenas de libros. Hemos intentado reflejar las impresiones de aquellos primeros visitantes, a través de sus escritos, sus obras gráficas y la visión actual del Parque.

-¿Con qué apoyos habéis contado?

Eduardo: Realmente, a todas las puertas que hemos llamado, nos han recibido con cordialidad e interés. Hemos encontrado complicidad en el desarrollo de este audiovisual, desde Aragón TV que confió en este proyecto, pasando por instituciones y fundaciones que nos han ofrecido toda la información disponible. Nos facilitaron la grabación aérea en el interior del Parque, cosa algo compleja, pues su normativa lo prohíbe salvo causas muy determinadas. De hecho, la gestión del territorio pertenece a Huesca, pero el espacio aéreo, al Estado español, en Madrid. Tenemos que dar las gracias a tanta gente... empezando por la Guardería del P.N, es una lista muy, muy larga de personas que nos han ido guiando, prestando conocimientos, documentos, fotografías. Gracias, de nuevo, a todos ellos... En el fondo, es una muestra del interés y cariño que, a todos los niveles, despierta Ordesa.

Amalia: y los amigos. Ahí han estado, empujando a seguir adelante. Animándonos con sus ganas de verlo.

-¿Después de haber hecho varios documentales, cuál es su secreto, qué buscáis, cuál sería vuestra poética, lo que es distingue?

Eduardo: Es una labor en la que nunca se termina de aprender, es dar salida a unas inquietudes, es seguir  "escribiendo", aunque nunca publiques un libro. Es una búsqueda, sin saber muy bien qué estas buscando. Ordesa seguirá dando de que hablar, durante muchos años.

Amalia: Yo estoy todavía en el nivel principiante. Conocí a Eduardo gracias a Compairé, don Ricardo. Me enamoré de la estética del documental y, como ya te he dicho, de La Voz. Desde que comenzamos a trabajar juntos, el Señor de las nubes, como suelo llamarle, se ha convertido en un maestro, al que me permito la osadía de darle ideas diferentes a las suyas. A veces, funcionan, a veces, no. Es perfeccionista, por naturaleza, y si hay que repetir algo, se repite hasta que quede como él lo había proyectado.

-¿Vive el documental su edad de oro o es una apariencia?

Eduardo : En nuestro país, sólo ve documentales el 10% de la población, no tenemos cultura de eso. En nuestro país vecino, Francia, ese porcentaje alcanza el 50% ... Bien es verdad, que empieza a despuntar un cine documental de calidad en España, como muestra, las películas Guadalquivir o Cantábrico, del director Joaquín Gutiérrez Acha, dónde se aúnan, creatividad y presupuesto...

Amalia: Quizá esté equivocada pero, en este país, si no eres Saura...

 

*Una foto de Pineta de Eduardo Viñuales Cobos.

EL LIENZO DEL PRÍNCIPE DE VIANA

LETRAS ESTIVALES*

 

Un cuadro magistral que se llevó El Prado

 

‘El príncipe don Carlos de Viana’, el gran retrato de Moreno Carbonero, estuvo en el Museo de Zaragoza desde 1919 hasta 1992

 

PIE DE FOTO. MUSEO DEL PRADO

‘El príncipe don Carlos de Viana’ (1881) de José Moreno Carbonero, uno de los cuadros de pintura histórica española del siglo XIX

 

Antón CASTRO

“La pintura se me manifestó, hace ahora 35 años, en el Museo Provincial de Zaragoza a través del cuadro ‘El príncipe don Carlos de Viana’, pintado por José Moreno Carbonero. Recuerdo la vivísima impresión que me causaba el modo en que está pintado el polvo de los libros y la estantería del fondo. Iba a menudo a verlo. Me gustaba mucho”, escribe el pintor Pepe Cerdá. El también artista y escritor Eduardo Laborda acudía a visitar a menudo aquel cuadro insólito, de un único personaje, con el perro a sus pies y la biblioteca detrás, porque le encantaba aquella obra academicista y magistral, del solitario resignado y melancólico. “En los años 70, hasta su transformación, el Museo de Bellas Artes de Zaragoza era de los mejores de España. Y su colección de pintura del siglo XIX era extraordinaria. Ese lienzo estaba en la primera planta y era toda una lección pintura, de técnica y de emoción. José Moreno Carbonero lo había pintado con 21 años. Impresionante”, dice.

‘El príncipe don Carlos de Viana’ es un óleo de 1881, realizado en Roma, donde el pintor malagueño estaba pensionado, de 3.10 metros de largo por 2.10 de ancho. Lo adquirió el Museo del Prado ese mismo por 5.000 pesetas (30 euros) porque recibió la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. En 1919 se cedió en depósito al Museo de Zaragoza, que lo registró en varios de sus catálogos desde 1933 y lo exhibió hasta los años 70, instante en que fue retirado a los almacenes cuando se hizo la remodelación para instalar los fondos de arqueología. En 1992, cuando José Luis Díez organizó una gran exposición sobre ‘La Pintura del siglo XIX en España’ en el Museo de Arte Moderno, fue reclamado y ya no volvió a Zaragoza, algo que también ocurrió con otra obra fantástica aún de mayores proporciones: ‘Últimos momentos del rey don Jaime I el conquistador en el acto de entregar su espada a su hijo don de Pedro’ (1881) de Ignacio de Pinazo.

Ahora ‘El príncipe don Carlos de Viana’ está expuesto en las espectaculares salas del Museo del Prado dedicadas al siglo XIX, muy cerca de ‘Doña Juana la Loca’ (1877) de Francisco Pradilla y de ‘Los amantes de Teruel’ (1884) de Muñoz Degrain. Es un cuadro que impresiona, distinto a todos: la anécdota narrativa se ciñe a un único personaje, inscrito en una decoración infrecuente, casi mística o metafísica. Don Carlos fue uno de los personajes más infaustos e historiados por la literatura y la pintura: inspiró a Zorrilla en ‘La lealtad de una mujer y aventuras de una noche’ (1840) y a Gertrudis Gómez de Avellaneda su drama ‘El Príncipe de Viana’ (1844), pero también a artistas como Emilio Sala, Vicente Poveda, Julio Cebrián y Mezquita y Ramón Tusquets, entre otros.

Era el primogénito de Juan II de Aragón y de Blanca de Navarra, a la que también pintó José Moreno Carbonero (Málaga, 1860-Madrid, 1942), y era por tanto el legítimo heredero de ambos tronos. Juan II se casó en segundas nupcias con Juana Enríquez, madre de quien sería Fernando el Católico. Comenzaron las intrigas, de tal modo que Carlos cayó en desgracia y el rey hizo una maniobra extraña, sobre todo ante la popularidad y el cariño que suscitaba en Cataluña: encerró a su propio hijo y lo desposeyó de sus honores. El joven intentó recuperar sus derechos, pero le fue imposible y entonces se vio abocado casi a una existencia de fugitivo, centrado en el retiro, en la soledad y en la reflexión. Se marchó a Francia, fue amigo y confidente de Ausías March, que solía leerle sus poemas o trovas, y finalmente halló refugio en Nápoles, al amparo de su tío Alfonso V. Decidió recluirse en un monasterio próximo a Mesina, donde lo imaginó Moreno Carbonero. Se casó a los 18 años, guerreó, intrigó, conoció la prisión; pero aparece siempre envuelto en la fatalidad.

Algunos historiadores y críticos de arte han escrito que el joven artista “pintó la biblioteca de un alquimista, no la de un príncipe”, según recogió ‘La Época’. El propio José Luis Díez matizaba: “Así, tanto libros y mobiliario como la propia figura del noble están concebidos con el mismo sentido general de decrepitud que indica su destino sombrío, subrayado además por la austeridad cromática de la composición, tan solo rota por la riqueza del terciopelo encarnado del almohadón”. El cuadro destaca por su dibujo impecable y por la calidad de su pintura, por la riqueza de detalles, que acentúan el desaliño y el olvido, por la exactitud del sitial gótico y por esa atmósfera de desamparo absoluto. Había sido abandonado por casi todos, salvo por su perro.

Su destino fue aciago y enmarañado. Regresó a Barcelona en loor de multitud, pero las adversidades y conjuras siempre se multiplicaban a su alrededor. Murió en 1461, a los 40  años, en el Palacio Real de de Barcelona; quizá fuese envenenado. En cualquier caso, el retrato de Moreno Carbonero luce espléndido en el Museo del Prado y verlo allí, y pensar que estuvo en Zaragoza durante más de 70 años, produce una melancolía pareja a la que siente ese personaje flaco, de mediana estatura, que halló consuelo en la meditación, en la lectura y la escritura, y que parece el perfecto Segismundo de ‘La vida es sueño’ de Calderón de la Barca.

 

*Tomo de aquí la foto: https://content3.cdnprado.net/imagenes/Documentos/imgsem/08/0803/0803bb04-cec0-4544-9890-94c329fef4af/5e098b8d-cd87-46f3-af32-f3939be66ecb_832.jpg

FRANCIS BACON, UN PERFIL

FRANCIS BACON, UN PERFIL

Francis Bacon, el hombre

a solas o la baba del caracol

 

Historia de uno de los grandes pintores del siglo XX, atormentado y figurativo, que llega en septiembre al Museo Guggenheim de Bilbao.

 

Antón CASTRO

El pintor Lucian Freud y el escritor y viajero Paul Bowles coincidían en un juicio sobre Francis Bacon (Dublín, 1909-Madrid, 1992): “Es la persona más sabia y salvaje que conozco”. El gran pintor, que haría el grueso de su carrera en Londres, fue casi siempre extremado y ambivalente, violento y tierno, partidario de los abismos de la noche y del sexo más turbulento y a la vez desesperadamente romántico y tierno. Admiró a Picasso por encima de todo, y fue su guía, la llama airada que marcó su vocación, a Rembrandt y a Velázquez, con quien dialogó una y otra vez: a su manera torva, sensible, estremecida de lucidez y búsqueda, hizo hasta 40 variaciones de su cuadro ‘Inocencio X’, la cifra de una obsesión capital en el arte contemporáneo. En su última visita al Museo del Prado, según contó en ‘ABC’ la periodista de arte Natividad Pulido, quiso ver especialmente dos cuadros: ‘La Venus del espejo’ del sevillano y ‘La familia de Carlos IV’ de Francisco de Goya.

Francis Bacon tuvo una niñez y una adolescencia desdichadas. Sufría asma crónica y fue maltratado por su burlón padre: entrenador de caballos de carrera y apasionado de la caza, era insensible a la enfermedad de su hijo, que, según sus biógrafos, estaba enamorado de él. Un día lo sorprendió poniéndose la ropa interior de su madre y el joven le confesó su homosexualidad. El padre lo expulsó de casa y buscó a un buen amigo suyo para que le ayudase a cambiar en un viaje por el mundo: el joven Bacon, de mirada frágil y honda, brillantísima y melancólica, lo sedujo igual que había hecho con algunos mozos de las caballerías. El viaje lo llevó a Berlín, donde vio la obra de Otto Dix y George Grosz, y luego a París, donde descubrió  a Picasso. De vuelta a Londres, decidió hacer dibujo y acuarela. En 1937 formó parte de la muestra de ‘Jóvenes Pintores Británicos’ y en 1944, tras algunos años de autodidactismo feroz y una existencia en algunos márgenes, pintó un cuadro emblemático: ‘Tríptico con tres figuras al pie de la crucifixión’, que se expondrá al año siguiente en el Museo de Nueva York en ‘Maestros de la Pintura Británica’.

Ese lienzo era una revelación: la poética del pintor atormentado y figurativo, que ha asimilado elementos del surrealismo y del expresionismo, y que propone la deformación grotesca de los rostros, la convulsión y el desgarro, y la presencia del monstruo. La suya es la pintura de la soledad existencial, del dolor físico, de la carne apaleada o desfigurada, del grito. Algunos años más tarde, cuando pocos le negaban la supremacía del arte con Lucian Freud, Margaret Thatcher dijo que pintaba “asquerosos trozos de carne”. Es una forma de ver esa acumulación de matices, próximos a la repelencia en ocasiones, que hablan del deseo, de la obsesión, del miedo, de la frustración, del vacío de existir. Pintó sus series sobre ‘Inocencio X’ de Velázquez, desde 1949, constantes retratos y autorretratos, y numerosos trípticos. Contaba que había elegido esta forma porque tenía algo de secuencia cinematográfica y el cine era una de sus aficiones. Solía inspirarse en las imágenes en movimiento del fotógrafo Edward Muybridge y en fotogramas de películas de S. M. Eisenstein y de Luis Buñuel.“Quisiera que mis pinturas se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellas, como un caracol, dejando un rastro de la presencia humana y un trazo de eventos pasados, como el caracol que deja su baba”.

Francis Bacon tuvo una agitada vida amorosa. Era un cazador nocturno en puertos, clubs nocturnos, un hombre que vivía peligrosamente, de exceso en exceso, embrujado por los cuerpos y por la pasión. Algunos de sus amantes fueron sus mejores modelos. Al principio, tuvo una relación extensa con Eric Hall, banquero y padre de familia, que fue su amante y mecenas durante quince años. Luego apareció Peter Lacy, piloto de vuelo. Vivieron una pasión destructora durante una década: hubo broncas, puñetazos, celos, cuadros acuchillados. Bacon le diría a su fotógrafo Michael Peppiatt: “Estar enamorado de esta forma tan extrema es como tener una enfermedad espantosa”. Lacy murió poco antes de que inaugurase en la Tate Gallery. Después vivió otra tortuosa relación con George Dyer; se pelearon, se amaron, Dyer lo denunció por consumo de estupefacientes, y finalmente, en 1971, cuando Bacon inauguraba en el Grand Palais de París, se suicidó. Bacon aún tuvo otras dos pasiones: John Edwards, su heredero, y el ingeniero español José Capelo, dedicado a las finanzas. Se conocieron en 1988 en Londres y vivieron tres intensos años con diversos viajes alrededor del mundo. Bacon murió de un ataque al corazón en Madrid, en la clínica Rúber, cuando vino a verlo. Fue su último gesto romántico. Antes le había hecho y regalado algunos cuadros. Cinco de ellos, de pequeño formato, los robaron en Madrid a febrero de 2016 y se buscan en medio mundo. Capelo no ha dicho nada. Él fue la última pasión española de un hombre que amaba a los toreros, a los boxeadores, el vino, Madrid, y la belleza caliente y luminosa de Andalucía, por donde anduvo en 1972. Dentro de poco, a partir del 30 de septiembre, su obra se instalará en el Museo Guggenheim.

 

 

BROTO EN MONTEVIDEO

BROTO EN MONTEVIDEO
BROTO: MUNDOS

El  artista plástico zaragozano inaugura muestra individual a Montevideo. La exposición se presenta en el Centro Cultural de España en Montevideo, dirigido por el oscense Ricardo Ramón Jarne. 

 

Uno de los más prestigiosos pintores mundiales, el zaragozano José Manuel Broto expone simultáneamente en el Centro Cultural de España en Montevideo y la Galería Xippas. MUNDOS está compuesta por obras creadas en la residencia del artista en Montevideo durante marzo y abril de 2016 especialmente para estas exposiciones. 

 

Premio Nacional en España en 1995, ha expuesto en los Museos y Fundaciones más importantes, como el Reina Sofía de Madrid, ha sido artista de míticas galerías como Maeght en París, Soledad Lorenzo en Madrid, Carles Tache en Barcelona y Xippas en Atenas, París, Montevideo. Su obra está presente en las mejores colecciones de arte contemporáneo del mundo, desde el MOMA y el MET de Nueva York, The Dove collection en Zurich, The Kampo Colletion en Tokio o La Colección Preussag de Hanover.

 

La exposición BROTO: MUNDOS, está integrada por una selección de pinturas que se presentan en la galería Xippas de Montevideo y una serie de 17 dibujos en gran formato, realizados especialmente para el espacio del Centro Cultural. Durante su residencia en el Centro Cultural de España, a principios de este año, Broto dictó un taller cuyo resultado presentamos en el espacio HUB_ Broto: Abstracción colectiva. Una obra que realizaron conjuntamente quienes fueron seleccionados para disfrutar del taller:  Marcelo Martiarena, Verónica Sosa, Viviana Guiridi, Linda Krudo, Luis Peña, Carlos Malvar y Bernardo Thompson. Broto inventa un espacio infinito dentro de la superficie definida de un cuadro, dejando ver el antagonismo y la celebración de su paisaje mental. 

 

Una apuesta de la Agencia Española de la Cooperación Española por la promoción de la cultura en el exterior. 


Recorrido Broto  

A comienzos de los años setenta, Broto fue protagonista en la fundación del grupo Trama en Barcelona, colectivo de artistas que reivindica el arte abstracto. El grupo centra sus experiencias en problemas estrictamente formales, sobre todo en la relación entre el soporte sobre el que se desarrolla la obra y su superficie, basándose en los presupuestos del movimiento Supportsurface.

Su fundamentación teórica se nutría del Marxismo-leninismo, el pensamiento psicoanalítico, la doctrina de Mao Zedong y otras influencias provenientes de la revista francesa de teoría y crítica literaria Tel Quel, en la que escribían pensadores como Jacques Derrida, Michel Foucault, Julia Kristeva, Roland Barthes, Umberto Eco, Georges Bataille.

 

El grupo edita la revista Trama presentada por Antoni Tàpies en 1976, artista que inspira y abre el camino para la siguiente generación de pintura. En esta época, Broto se presenta como un pintor informalista basado en estructuras geométricas elementales, utilizando colores neutros y descartando el uso de sombras. Desarrolla una abstracción con una intensa carga de lirismo que combina las formas abstractas con objetos geométricos o signos tomados de otros lenguajes (matemáticas, música, escritura). Sus composiciones exhiben un lenguaje abstracto que trasciende lo gestual. Desde esta época, las grandes manchas de color tienen un lugar central en sus composiciones.

En 1985 se traslada a París donde coincide con otros artistas españoles como José María Sicilia, Miquel Barceló o Miguel Ángel Campano. El resultado de este cambio geográfico se ve reflejado en su obra que deviene más abstracta. Broto abandona por completo la figuración y los rígidos parámetros constructivos para investigar el expresionismo abstracto y dedicarse de lleno a la pintura gestual.

Con el paso del tiempo, el artista incorpora nuevos elementos a su trabajo tales como transparencias, formas atmosféricas y figuras espaciales. Su obra se vuelca cada vez más hacia una abstracción de fuerte contenido cromático. Surge del contraste, mezclando el rigor y la libertad, la transparencia del gesto manual y la opacidad de una impresión digital. El artista trabaja las contradicciones de la materia, el color y la forma con el fin de unirlos a la posibilidad de nuevas dimensiones. Las formas geométricas del fondo se ven desafiadas por la organicidad de las siluetas, mientras que la mezcla de colores, en su estado más crudo, cobra vida sobre un plano preestablecido. Broto inventa un espacio infinito dentro de la superficie definida de un cuadro, dejando ver el antagonismo y la celebración de su paisaje mental. En su obra, la contradicción se transforma en armonía.

 

EN EL ADIÓS A VÍCTOR MORA

EN EL ADIÓS A VÍCTOR MORA

Víctor Mora, aventura, intriga

medieval y héroes positivos

 

El guionista, traductor y novelista creó grandes personajes como el Capitán Trueno, el Jabato, el sheriff King o el corsario de hierro

 

Antón CASTRO

Víctor Mora (Barcelona, 1931-2016) parecía un señor lacónico, de respuestas breves y secas, sin paja, pero la verdad es que era todo lo contrario: se daba la importancia justa y manejaba un manantial inagotable de anécdotas que contaba con mucha gracia. Fu un luchador que creyó en un puñado de ideales: la libertad, la República, la aventura, la imaginación mezclada con fantasía, el sueño de los héroes, casi siempre con compañía, y también los derechos de autor del guionista. Los tebeos marcaron su vida, casi tanto como su condición de exiliado de España a los cinco años debido a la militancia de su padre. Fue generoso con los otros, admiró a los grandes –Milton Caniff, Harold Foster, Alex Raymond, Frank Robbins, Freixas, Jesús Blanco o Paco Roca; se sabía un personaje de ‘El invierno del dibujante’- y trabajó a gusto con muchos dibujantes (y no solo Ambrós o Ángel Pardo, ilustradores de ‘El Capitán Trueno’). Su poética, o su modo de estar en el mundo y en la creación, podría resumirse así, tal como dijo en un chat: “Trabajar, trabajar y trabajar y, sobre todo, leer muchos libros de todo tipo y no solo de cómic. Ser muy curioso y fijarse y aprender de lo que también hacen los demás”.

Nació en Barcelona, donde vivió hasta los cinco años. Luego su familia se instaló en Francia y él creció rodeado de cómics. Le atrajeron de inmediato los héroes americanos y cuando regresó a Barcelona, tras la muerte de su padre en Limoges, a los once años, estaba envenenado de tebeos, de trazos, de personajes, de tintas. Tuvo que ayudar a su madre y realizó diversas faenas, pero la vocación era más grande y debutó, casi de puntillas, en 1948, a los 17 años cuando empezó a colaborar en ‘Doctor Niebla’, que dibujaba Francisco Hidalgo, e incluso hizo sus pinitos como ilustrador de ‘Capitán Kerr’ para la revista ‘Historieta’, pero la experiencia no le satisfizo. En cambio, se sintió más cómo con un nuevo proyecto con Hidalgo, ‘Al Dany’ (1953) en un tiempo en que el cómic suponía una vía de escape y a una adicción constante. Por aquellos años, Iranzo triunfaba en Bruguera con ‘El Cachorro’ y en la editorial le buscaron un contrapunto y un acompañamiento. Apasionado de la aventura, del universo medieval y del ciclo artúrico en particular –el Rey Arturo, Ginebra, Merlín y sus caballeros: Lanzarote del Lago, Galván, Tristán de Leonís, etc.-, el joven Víctor Mora concibió ‘El Capitán Trueno’, al que llevó a las Cruzadas, lo situó cerca de Ricardo Corazón de León, y le inventó tres compañeros: el joven Crispín, el gigante Goliath y la bella y escurridiza Sidgrid, aquella enamorada rubia y carnal que esperaba regresar su reino algún día. Víctor Mora firmó sus guiones, de partida, con el seudónimo de Víctor Alcázar y contó con un colaborador de lujo: Miguel Ambrosio Zaragoza, Ambrós, que hacía unos dibujos muy eficaces. Ambos cuidaban la planificación, los detalles, la puesta en escena, y eran partidarios de la aventura por la aventura. Dentro de un tono ligero de comedia, había suspense, viaje, peripecias, fantasía. De aquellos cuadernos apaisados semanales se llegaron a vender más de 300.000. ‘El Capitán Trueno’ alimentaba de fábulas y de sueños las infancias y adolescencias españolas. Aquel héroe encarnaba un ideal de justicia. era el bueno por excelencia y siempre estaba dispuesto a reparar males y fechorías y a escarmentar a los villanos.

Para Víctor Mora, pese al éxito, no todo eran días de vino y rosas. Cercano al PSUC, en proceso de reorganización en la clandestinidad, colaboraba con el partido. Lo detuvieron con su compañera Armonía Rodríguez por comunista y masón y los mandaron un tiempo a la cárcel Modelo de Barcelona. Al salir, decidieron exiliarse un tiempo en Francia, hacia 1963. Víctor Mora no había parado de trabajar y de imaginar argumentos: ‘El Capitán Trueno’ duraría entre 1956 y 1968. En el país vecino siguió creando historias y colaboró en diversas publicaciones como ‘Pif’, ‘Vaillant’ y ‘Pilote’. Más tarde extendería sus tentáculos hacia Bélgica y, ante todo, fortaleció su condición de escritor en catalán con novelas como ‘El plátens de París’ y ‘El café del homs tristos’, ambas de 1966. Volvió a España y no paró de crear personajes y de colaborar en diversos frentes: en la traducción, en los artículos de prensa, en la ficción narrativa y en los guiones de historieta. Ahí están personajes suyos como ‘El cosaco verde’, ‘El corsario de hierro’, ‘El sheriff King’ o ‘Las crónicas del Sin Nombre’, que ilustró Luis García. Al especialista Ramón Pérez Rodríguez le dijo: “Todo relato de aventuras contiene acción, suspense, intriga y humor”. Y le contó que la censura era incorregible: a sus héroes medievales les quitaron las armas y los dejaron con el puño en alto. Paradojas del sistema. En 2006 presentó ‘El gran libro del Capitán Trueno’ en su 50 aniversario, escrito en colaboración con su compañera Armonía Rodríguez. Y dijo a modo de resumen definitivo: “La calidad no envejece y el Capitan Trueno tampoco”. Fallecía en Barcelona el pasado miércoles: antes de partir, enfermo de cáncer, seguro que se encomendó a su héroe más romántico y positivo.

 

*La foto de Víctor Mora se publicó en varios periódicos y es de Efe. El artículo apareció en la sección LETRAS ESTIVALES de Heraldo.

HISTORIA DE PEGGY GUGGENHEIM

HISTORIA DE PEGGY GUGGENHEIM

La mujer que amaba a los artistas

 

Historia de una galerista que se casó con Max Ernst, descubrió a Jackson Pollock y construyó su santuario del arte en Venecia: Peggy Guggenheim (1898-1979)

 

Antón CASTRO

“Sentí que toda la luz de mi vida se apagaba”, dijo Margueritte Guggenheim (Nueva York, 1898 –Padua, Italia, 1979) en un momento en que se le encadenaban  varias circunstancias adversas en el seno de su familia de locos y extraños, como dice Francine Prose en su libro: ‘Peggy Guggenheim. El escándalo de la modernidad’ (Turner. Traducción de Julio Fajardo): su padre, Benjamin, hombre de negocios, murió en el Titanic, su madre estaba un tanto trastornada y repetía hasta tres veces cada frase, su hermana murió en el parto y tenía un tío excéntrico que mascaba hielo y carbón y acabaría suicidándose. Se probó en la consulta de un dentista y también en una librería de vanguardia. Aprovechó para formarse, para interesarse por algunos aspectos del arte y la cultura; al fin y al cabo era sobrina de Solomon R. Guggenheim. Hacia 1920 recibió una herencia de 2.5 millones de dólares y pensó que era el momento de emprender su primera aventura. Era una mujer más resultona que bella y un tanto acomplejada por dos razones: la nariz ganchuda de su familia y su procedencia judía. Tenía una personalidad ambivalente: era tímida y descarada, rebelde y caprichosa. No tardaría en descubrir otra facultad o impulso: la voracidad amorosa. Peggy Guggenheim –ella misma lo reveló en sus ‘Confesiones de una adicta al arte’- tuvo alrededor de 400 amantes, y la mayoría fueron artistas.

París era una fiesta, sin duda, de creación, de bohemia, de sueños y de alcohol. Ahí empezó a fraguar su leyenda: se instaló en la ciudad, se divertía, acudía a algunos estudios y a la par viajaba y frecuentaba a jóvenes artistas y creadores: Tristan Tzara y los dadaístas, Man Ray y James Joyce, a los que visitó en Normandía, Ezra Pound, con quien estuvo en Rapallo, o la mismísima Isadora Duncan, que albergó el sueño de que le financiase algunos espectáculos; no lo hizo pero le presentó a mucha gente famosa. No podemos dejar al margen a quien fue quizá su mejor consejero y tal vez amante, Marcel Duchamp; la educó, le dio consejos, fue el responsable de “mi incursión en el mundo del arte moderno”.

Casi antes de descubrir que el arte iba a ser su mejor plataforma entró en contacto con Laurence Vial, con quien se casó y con quien tuvo dos hijos: Sindbad y Pegeen; perturbada y alcohólica moriría joven. La vida con Vial no fue fácil: la maltrató a menudo, le pegaba y la empujaba por la calle. En 1929, tras seis años de convivencia tormentosa, se separaron. Entró en su vida el escritor inglés John Holms, que también tenía sus rarezas y sus arrebatos de cólera, pero cumplió el papel de amante, de amigo y de preceptor. Francine Prose dice: “Soportaba el daño físico y psicológico, humillando a los hombres, controlándolos con su dependencia económica”. Holms murió joven de un infarto. Sucesivamente ocuparon su corazón el escritor Samuel Beckett, con quien vivió 13 meses con una pasión esencialmente sexual y etílica, o los pintores Yves Tanguy y Max Ernst, que le despertó la locura del deseo y los celos, porque el atractivo Ernst, de ojos azules, estaba con ella por dinero y había perdido la cabeza por la pintora y escritora Leonora Carrington.

 

En esta incesante peripecia de arte, alcohol y amor, Peggy creó la Guggenheim Jeune en Londres en 1938, y duró algo más de un año. Aprovechó para presentar a los británicos el arte moderno y, sobre todo el surrealismo: Brancusi, Arp, Léger, Man Ray, Braque, Matisse, Picasso, Tanguy; más tarde, se trasladó a París y allí desarrolló su idea genial. Tras el estallido de la II Guerra Mundial adquirió, a bajos precios, cuadros a los artistas en sus talleres, como si cultivase el lema: “Un cuadro cada día”. Cuando se aproximaban los nazis a París, por sugerencia del pintor Fernande Léger, ofreció su espléndida colección para que se la guardasen en el Louvre; no aceptaron y ocultó los cuadros en un granero en Vichy. Fue entonces, en 1940, cuando conoció a Max Ernst, su segundo esposo. Al final, los embarcó en dirección a Estados Unidos y sería allí donde crearía la galería The Art of This Century, cuyo gran descubrimiento fue Jackson Pollock. Al principio no lo interesó su pintura caótica ni confiaba en él, aunque quizá le hiciese sospechar que un artista tan distinto como Piet Mondrian, de rigurosa geometría, dijese que le resultaba emocionante. Se convirtió en toda una figura, en su amante y le encargó el mural de su casa de Manhattan. En 1947 decidió trasladarse a Venecia y en 1951 abrió a la gente el Palazzo Vernier dei Leoni, que era su santuario, su galería viva y casi un centro de peregrinación. Confesó que cuando la dejó el sexo –aún tuvo otro romance con el joven poeta ‘beat’ Gregory Corso- lo que más emoción le producía era deslizarse en góndola por la laguna. Bueno, eso, y acaso repetir una y otra vez su frase más célebre: “Yo no soy una coleccionista de arte, soy un museo”.

*Peggy Guggenheim, retratada por Man Ray en 1930.

Este texto ha aparecido en Heraldo, en la sección LETRAS ESTIVALES.

LOS 99 AÑOS DE KIRK DOUGLAS

LOS 99 AÑOS DE KIRK DOUGLAS

Kirk Douglas, una turbulenta

vida de película de 99 años

 

El actor y productor participó en proyectos como  ‘Senderos de gloria’ o ‘Espartaco’, y desafió al macartismo

 

PIES DE FOTO MGM

Kirk Douglas en el papel protagonista de ‘El ídolo de barro’ de Mark Robson

 

 

Antón CASTRO

Kirk Douglas siempre fue un tipo duro. Un hijo de la ira que intentaba huir de la miseria de su infancia luchando a brazo partido con la vida. Descendiente de emigrantes rusos que llegaron a Ámsterdam, Nueva York, Issur Danielovitz Demsky, ‘Izzy’ para su familia, nació en 1916 y padeció numerosas dificultades. Su padre era trapero (en 1988 publicaría el primer tomo de su autobiografía con el título ‘El hijo del trapero’) y vendía comida y refrescos por las calles; se fue de casa cuando Izzy tenía cinco o seis años, y fue su madre Bryna la que hizo lo indecible para sacar adelante a los seis hijos. Izzy era voluntarioso y decidido. Tenía pasión por la poesía, por los debates escolares y por el teatro. Fue precoz en el amor. Se enamoró de su profesora Louise Livingstone, madre soltera, que le enseñó muchas cosas y lo inició en el sexo a los catorce años.

Algún tiempo más tarde, solicitó entrar en la Universidad de St. Lawrence: le facilitaron la matrícula a cambio de que ejerciese de jardinero y, más tarde, de bedel. En esos años, realizó diversos empleos: trabajó de botones de hotel, fue repartidor de prensa y se convirtió en luchador de libre universitario. Ganó a todo el mundo. Solía decir que mientras para los demás era un deporte, para él la lucha libre era la vida, un estímulo para su ascenso social. Se apuntó en la Academia Americana Dramática de las Artes y poco después ingresó en el ejército durante la II Guerra Mundial.

De vuelta a casa, un día vio en una revista a la actriz Diana Hill, que acabaría siendo su primera esposa. Se casarían en 1943 y se separarían en 1951; Kirk le fue infiel casi todo el tiempo. Empezó a trabajar en Broadway; más tarde, gracias a la intercesión de su amiga Lauren Bacall, logró su primer papel importante en ‘El extraño amor de Martha Ivers’ (1946) de Lewis Milestone, con una gran actriz como Barbara Stanwyck. Al año siguiente participó en un película de culto: ‘Retorno al pasado’ (1947) de Jacques Tourneur. A partir de entonces, los directores y productores se fijaron en aquel actor rubio y con hoyuelo que era todo un carácter. Un actor vitalista y enérgico.

En 1949 será el protagonista de ‘El ídolo de barro’ de Mark Robson, la historia de un campeón de boxeo turbulento que no acepta su declive. El papel le venía a medida, fue candidato al Oscar y ofreció algunas claves de sus rasgos: le iban bien los personajes fuertes, rabiosos, oscuros, con un pasado tempestuoso, malquistados con el mundo. Lo demostraba película a película: ‘El trompetista’ (1950) de Michael Curtiz, ‘El gran carnaval’ (1951) de Billy Wilder, sobre los excesos de la prensa amarilla, ‘Cautivos del mal’ (1952) de Vincent Minnelli, con quien trabajaría en varias ocasiones; esa historia de cine y de un productor autoritario, enamorado de Lana Turner, le trajo otra candidatura al Oscar, honor que le recayó otra vez con uno de sus mejores trabajos: ‘El loco del pelo rojo’ (1956), de Minnelli, la historia del pintor Van Gogh. Tampoco ganó, pero en ese período Kirk Douglas era uno de los grandes de Hollywood. Como actor y como profesional capaz de desafiar al mismísimo Joseph McCarthy, algo que haría con dos de sus mejores películas: ‘Senderos de gloria’ (1957) y ‘Espartaco’ (1960), dirigidas ambas por Stanley Kubrick. ‘Espartaco’ fue un canto épico a la libertad y una defensa de su guionista Dalton Trumbo, que había conocido el ostracismo y la cárcel.

Por otra parte, Douglas se había revelado como un gran seductor: a su relación especial con Lauren Bacall, se sumaron diversas aventuras con Marlene Dietrich, con quien vivió una relación de maternidad, sexo y gastronomía, Joan Crawford, Gene Tierney, Lana Turner (casada con un celoso Fernando Lamas), Rita Hayworth o Pier Angeli, con quien quiso casarse. Tuvieron un romance en ‘Tres amores’ (1953) y ella lo abandonó por James Dean. Pier Angeli, depresiva, moriría a los 39 años de sobredosis, en 1971. Douglas  conoció a Anne Buydens y se casaron 1954. Si Diana le dio dos hijos, Michel y Joel, ella otros dos: Peter y Eric. “Me gusta la mujer y no la trato como a un objeto sexual (…) La mujer, como ser humano, es fascinante”, dijo.

Kirk Douglas ha hecho 85 películas –entre ellas, ‘Los vikingos’ (1958), ‘Duelo de titanes’ (1957), con su gran amigo Burt Lancaster, ‘Dos semanas en otra ciudad’ (1962) o ‘El día de los tramposos’ (1970)-, fundó una productora Bryna Productions, recibió un Oscar honorífico en 1996, ha escrito diez libros, uno de ellos sobre ‘Espartaco’, con prólogo de George Clooney. Siempre ha estado ahí, obstinado, tenaz, padre del actor Michael Douglas, abuelo de nietos difíciles a los que nunca les volvió la cara. Ha sido un contestatario, y ahora espera que llegue el 9 de diciembre para cumplir su primer siglo y celebrar una asombrosa vida de película.

 

 

JONÁS TRUEBA: DIÁLOGO DE CINE

JONÁS TRUEBA: DIÁLOGO DE CINE

[Jonás Trueba (Madrid, 1981) está ultimando su cuarta película, que se estrenará este mes de septiembre. Se titula ‘La reconquista’ y aborda una historia de amor, las relaciones de pareja, la pasión y sus resquicios. Hace algún tiempo, cuando estrenó esa espléndida y vitalista película que es ‘Los exiliados románticos’, conversamos alrededor de ella y de su cine. Rescato esta entrevista que explica quién es este cineasta tan personal, que busca emoción y que tiene sus propios ideales de cine. Aquí lo vemos, detrás de Francesco Carril, uno de sus actores fetiches, que reaparece en ’La reconquista’.]

 

-Empecemos por el título, ‘Los exiliados románticos’: alude a un libro...

Había estado leyendo cosas sobre el Romanticismo, pensando en otro proyecto, y un poco también por curiosidad personal. Me sorprendió encontrar cosas muy actuales en las ideas de los primeros románticos: la idea de que vida y poesía son indivisibles, es un ideal del que me gustaría participar, y es un poco nuestra aspiración desde Los ilusos films, la productora con la que hemos llevado a cabo ‘Los exiliados románticos’. El título se lo robé a E.H. Carr y me ayudó mucho a pensar la película que íbamos a hacer, pero dejando a un lado a su mítico ensayo más allá del título.

¿Cuál sería el concepto que te ha interesado subrayar o desplegar?

Me interesaba el choque entre dos conceptos tan antitéticos y, a la vez, poder situar a nuestros personajes dentro de un movimiento de raíz europea y, medio en broma, medio en serio, sugerir que lo que vamos a ver forma parte de ese movimiento... La película para mí habla de un gesto, un gesto pequeño pero no exento de épica, como un brote tardío de romanticismo que nace en un bar de copas de Madrid y culmina en los jardines de Luxemburgo.

 

¿Qué le debe ‘Los exiliados románticos’ a tu película anterior ‘Los ilusos’: en atmósferas, en el propio reparto y en método de rodaje mismo?

Siempre digo que son como hermanas que discuten. ‘Los ilusos’ (2013) es en blanco y negro y sin salir del barrio, ‘Los exiliados románticos’ es una fiesta de colores y viaje hacia el norte de Europa; en ‘Los ilusos’ partíamos de cierto pesimismo hasta recuperar el optimismo, en ‘Los exiliados...’ el reto era mantenerse en el optimismo de principio a fin... Aquella se rodó a lo largo de siete meses, en ratos libres, y esta nueva se ha hecho en diez días concentrados al máximo. Pero dicho todo esto, cada película es fruto de la anterior, aunque sea para llevarla la contraria. Lo que pasa es que ‘Los ilusos’ nos dio tantas alegrías que hemos montado una productora y hemos repetido todos. Luego la técnica en la que han sido hechas es parecida y la vez distinta. Nunca sistematizo, me gusta sentir que cada película es un nuevo mundo. Obviamente hay costumbres en nuestra forma de ser y de trabajar, pero tratamos de sentir que empezamos de nuevo cada vez.

¿Y qué le debe a Francia y al cine francés?

En mi casa familiar siempre hubo más presencia de la cultura francesa que de ninguna otra. Mi padre es un verdadero afrancesado. Yo, como hijo suyo, supongo que algo de contagio ha habido. Pero en mi caso es algo que está ahí sin casi haberlo pretendido. Luego voy intentando recuperar contacto con otras cosas. Francia me gusta relativamente. Hay muchas cosas admirables y otras no tanto, como pasa con todas las culturas y países. Más que el cine francés, me gustan determinados directores franceses (tampoco diría que me gusta el cine español, el cine norteamericano o el cine japonés...).

No solo eres cineasta sino que eres cinéfilo y explicas el cine a los alumnos. ¿Qué películas y qué ideas básicas tenías en la cabeza?

Antes que cineasta soy espectador. Y trato de ser el mejor espectador posible, aunque cada vez me resulta más difícil, lo cierto es que observo a algunos estudiantes de cine que pretender ser cineastas siendo espectadores muy perezosos, muy prejuiciosos, muy juzgadores, muy poco generosos con las películas, más allá de tres o cuatro cosas que han visto y quieren imitar... y les pregunto: ¿pero cómo pretendéis que sean acogidas vuestras películas si vosotros sois tan poco acogedores con las de los demás...?

Para mí la idea básica del cine, cada vez más, es la de compartir. El cine es compartir. Como una buena charla, o una comida, o un paseo en el que compartimos sensaciones, cosas que miramos y escuchamos, cosas que nos gustan. Intento que las películas sean lo más parecido a eso. Por eso lo que más me gusta es que cuando luego viene alguien y me dice: he ido a cenar al restaurante ese que sale en tu película, o “he estado buscando el libro del escritor ese aragonés, Chusé Izuel, del que habláis en ‘Los ilusos’... pero no lo encuentro y no sé qué hacer...”. Siempre hay algunos que se molestan porque hablas de un libro en la película, pero luego hay otros que te dicen que se quedaron con él en la cabeza, que lo han comprado y lo han disfrutado, o que lo están buscando. Eso es el cine para mí.

La película transcurre esencialmente en tres espacios: París, Annecy y Toulouse. y, formalmente, es una comedia y una ‘road movie’... ¿has querido hacer una exaltación de la vida y de la juventud?

Una exaltación de la vida tal vez, aunque suene pretencioso. Exaltación de la amistad, de la posibilidad de hacer el tonto y también de arriesgarte al ridículo, de poner el corazón a mil por hora. No la pensé como comedia ni como road movie, porque son géneros que requieren de un tipo de construcción que esta película no tiene. Creo que se construye sobre un gesto, el de ir decir: "creo que estoy enamorado", y que no importe lo que pase después.

¿Es una película sobre las heridas de amor y los sueños interrumpidos?

Es una película en la que no hay heridas, en todo caso pequeñas cicatrices. La sangre siempre acaba cicatrizando. No hay drama en esta película y, si en un momento asoma, es despejado. Es verdad que la palabra sueño se repite mucho, y me llama la atención a mí también porque nunca recuerdo mis sueños, duermo demasiado profundo. Es por eso que se habla de sueños o cosas que han sucedido pero no se recuerdan bien. De ahí surge la necesidad de ponerse en movimiento, para averiguar si era un sueño o no.

Es muy importante Miren Iza, del grupo Tulsa, y una de sus canciones. ¿En qué medida te has basado en ella para componer el guion?

Hay canciones de Miren que estaban tan metidas en mi cabeza que solo después me he dado cuenta de su importancia. No parábamos de escucharla durante el rodaje, en los coches en los que nos desplazábamos. Pero es un proceso recíproco. Ella había compuesto una canción después de ver "Los ilusos" y suena en la película, dice: "quiero declarar la guerra a la realidad". Eso me encanta porque entronca con esa reflexión que dejé pendiente en una respuesta antes. Ella va a muerte con sus canciones, me encanta eso. Es capaz de admirar, de amar, no es cínica. Yo pretendo ser igual.

¿Quién se enamora más de la cantante: el director o los espectadores?

Bueno, espero que todos... El amor por sus canciones creo que queda claro con esta película. Pero sospecho que hay muchos enamorados de Tulsa y sus canciones... Miren y yo hemos aprendido mucho juntos y vivimos un año 2014 en el que hemos compartimos muchas cosas.

¿Significa para ti algo la palabra ‘indi’, se te cuela de alguna manera? Da la sensación de que haces cine con una mirada hippie, desenfada, luminosa y a la vez profundamente nostálgica, como de otro tiempo...

Nunca me ha gustado el concepto del "Cine indie". Es una marca que asocio a Sundance y Miramax y Harvie Weinstein. Boyero el otro día escribió de la película y como creo que no sabía muy bien qué decir de ella, pues recurrió a la idea del cine indie, pero me parece muy desubicado. No es un cine del que me sienta muy cerca, es una etiqueta y por tanto no quiero generalizar, pero se asocia a una cierta idea temática y formal de la que me siento lejano: planos bonitos cámara en mano, fotografía saturada, desenfoques, poca profundidad de campo. Ninguna de mis películas tiene esos rasgos distintivos, más bien se diferencian por propuestas radicalmente opuestas.

¿Tiene algo hippie? 

La cultura hippie también me resulta muy lejana, no he sido ni de viajar ni de fumar porros ni de escuchar a Jimmy Hendrix y probablemente estoy siendo muy reduccionista o desacertado al asociar esos actos a ese movimiento, lo que confirma mi ignorancia sobre el tema. El primer viaje en furgoneta que he hecho ha sido en esta película... Pero sí que intento hacer películas donde haya luz o cierta idea vitalista, que no parezcan sufridas, porque tampoco busco legitimarme con grandes temas ni poniendo a los personajes a sudar.

A veces, como le pasaba a Truffaut, tengo la impresión de que en tus películas solo hay un único motor, con ligeras variaciones: las emociones, el erotismo, los vaivenes de los amantes, ... ¿No hay otra cosa tan determinante en la vida?

El amor me parece el único gran motor que existe para ponerse en movimiento y hacer cosas. El amor entendido en su forma más amplia. Amor a la vida, a los amigos, a las mujeres, a las películas, los libros, las canciones... Me gusta mucho el último libro del poeta Juan Antonio González Iglesias, "Confiado" (Visor), porque reivindica el amor a los maestros y nos recuerda lo importante que es tener un referente, pero también porque cifra en el amor la confianza que podamos tener en el futuro.

¿Somos en realidad unos constantes exiliados del amor, entonces?

El amor no nos enajena, como dicen algunos, sino que nos pone en el mundo, nos da un centro de gravedad. Por eso, si no encontramos el amor, vamos en busca de él. No hacerlo sería un poco de cobardes, egoístas, narcisistas, conformistas y cínicos. Sin ese amor o esa búsqueda del amor no tendría sentido hacer nada.

¿Qué le debe tu cine a la literatura y en concreto a la poesía? No me sorprende tu alusión a González Iglesias...

La poesía es ritmo y melodía, y me gusta pensar las películas también así, como cuando un verso termina y deja una palabra colgando en la siguiente línea. Eso es maravilloso, vertiginoso también, y me puedo quedar ahí colgado mucho rato. El cine funciona de otra manera pero sigue siendo ritmo y melodía y también obedece a un tipo de lectura que hacemos de izquierda a derecha, porque cada plano desplaza al anterior hacia la izquierda. Pero la poesía en concreto es un lugar donde ir a buscar lo que no sabemos encontrar en ningún otro lugar, es ir allí donde a veces se encuentra lo que no se puede decir de ninguna otra manera. Está más allá, es otro reino. Godard decía que el cine tiene que expresar aquello que se nos ha quedado en la garganta sin poder ser dicho. Era su intento de colocar el cine a la altura de la poesía.

Un director como tú, intuitivo y a la vez reflexivo, ¿piensa en un público en concreto’ ¿Para quién sería esta película?

En todo caso pienso en mis amigos y, depende de cada película, en cada momento de mi vida, he pensado más en algunas personas concretas. Pero no hago cálculos de público y me molesta cuando otros cineastas, pretendiendo ir de humildes y como dando a entender que algunos otros no lo fueran, dicen que hacen películas para la gente... como si tuvieran una fórmula, o como si la gente entonces se plegase a la fórmula... Y si a veces ha sido así y nos hemos plegado a una fórmula, yo prefiero que vea menos gente mi película que dar con la fórmula supuesta. No estoy nada obsesionado queriendo que mis películas las vea todo el mundo. Me alegra que las vea cuanta más gente mejor, pero lo que me alegra de verdad es que haya alguno que la vea y disfrute. La cantidad da igual.

La película también transmite una cierta idea de felicidad, de buen rollo. ¿Os lo pasasteis tan bien como parece?

Lo pasamos muy bien pero también sufrimos. De hecho, ha sido la película en la que más he sufrido, porque disponía de muy poco tiempo y teníamos que movernos mucho. No sufría mientras se rodaba pero sí en algunos momentos de desplazamiento, falta de sueño y cansancio general. Es una producción un poco kamikaze, un poco inconsciente, y por suerte podemos decir que ha salido bien pero lo cierto es que podía haber salido muy mal, podíamos habernos dado una buena hostia, metafórica y literal.

¿En qué cambia tu manera de dirigir a las chicas con respecto a los chicos?

Creo que las chicas me imponen más, como en la vida... Quizá les dedico un poco más de atención por eso, y también porque a veces hay que explicarse más y demandan más. Pero me gusta eso. No sé si sería capaz de hacer una película sin mujeres...

¿Son ellas aquí las fuertes, las que parecen más enteras?

Yo creo que sí. En las tres películas que he dirigido he intentado que las mujeres tuviesen peso, fuerza y personalidad. Aunque seguramente no puedo dejar de mirarlas desde la distancia y la idealización de un hombre que las quiere y las admira... Isabelle Stoffel y Renata Antonante tienen muchísima personalidad, por eso las quiero en la película. A la vez son un tipo de mujer que no se ve tanto en las películas, o eso me parece a mí. Me gustan mucho por eso, me fascinan, tienen una inteligencia, un humor y una belleza muy únicas.

¿No temes que acaben considerándote un raro, un director un poco marciano?

Ya percibo a veces que me encasillan, insisten en que mis películas tienen muchas referencias literarias o intelectuales. Pero yo no me siento nada intelectual. Solo he leído unos pocos libros, pero cuando me gustan trato de compartirlos con entusiasmo, y utilizo las películas que hago, que son mi mejor plataforma para ello, igual que con otras cosas que me gustan. Por lo demás, creo que soy un director muy normal, muy menor y muy limitado, pero lo acepto con humildad porque me siento muy feliz de poder permanecer en el cine, siendo consciente de que antes que yo, a la vez que yo y después de mí, estuvieron, están y vendrán muchos más y mejores.