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Antón Castro

Artistas

MARÍA BLANCHARD, EN SANTANDER

MARÍA BLANCHARD, EN SANTANDER

 

[Nota de la Fundación Botín]María Blanchard, coetánea de grandes figuras, como Gris, Picasso o Rivera, es la gran desconocida de la generación que revolucionó el arte desde la Vanguardia. Su periodo cubista, con 53 obras realizadas entre 1913 y 1919, se expone hasta el 16 de septiembre en Santander en una muestra excepcional. La exposición está coproducida por la Fundación Botín y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, que presentará en otoño una antológica de la artista. Ambas exposiciones permitirán descubrir en toda su magnitud la importancia de Maria Blanchard.

Blanchard construyó "un cubismo propio, sensible, de aristas duras, pero exquisitas", según la comisaria María José Salazar, conservadora del Museo Reina Sofia, y que volverá a Santander para hablar de la artista en una visita el jueves 19 de julio. María Blanchard (Santander, 1881 - París, 1932) ha sido y aún sigue siendo hoy, la gran desconocida del grupo de artistas que consolidaron la renovación artística de principios del siglo XX. Se cumplen este año los 80 años de su muerte.

La exposición en Santander cuenta con fondos internacionales, gran parte de las cuales no se han mostrado nunca en España y algunas obras no se mostrarán posteriormente en Madrid, como las del Museo de Dallas y La Naturaleza muerta con relieve, del Museo Bellas Artes de Caracas. También es la primera vez que se incluyen dibujos, algunos de los cuales pueden verse en un breve vídeo realizado para el canal de la Fundación. María Blanchard vivió una época compleja, como artista y como mujer, que le obligó a duras renuncias para poder entregarse plenamente a la pintura. Desde un punto de vista conceptual, la transferencia de la experiencia vital, el dolor y el sufrimiento, a los personajes representados en el lienzo, permite trazar un cierto paralelismo entre su trabajo y el de la mexicana Frida Khalo.

La exposición María Blanchard Cubista puede verse en la sala de exposiciones de la Fundación Botín, en la calle Marcelino Sanz de Sautuola, 3, de Santander, hasta el domingo 16 de septiembre. La sala abre de manera continua desde las 10:30 a las 21:00 horas, todos los días, festivos incluidos.

DIÁLOGOS: A DEL ARTE, MARIANO Y MONTSE, PASIÓN Y VIDA

DIÁLOGOS: A DEL ARTE, MARIANO Y MONTSE, PASIÓN Y VIDA

 

CUALQUIERA PUEDE

COMPRAR ARTE”

 

Los propietarios de la galería A del Arte, una de las mejores salas privadas de Zaragoza, explican su concepción del trabajo y su propuesta de visitar los talleres de los artistas y de estar muy cerca del proceso creativo

 

PIE DE FOTO. Guillermo Mestre

Mariano Santander (Huesca, 1952) y Montserrat Navarro (1965) en su galería: luminosa, tranquila, con una atmósfera especial. Allí se sienten cómplices de los artistas.

 

¿Qué vinculación tenían con el arte?

MONTSERRAT NAVARRO. Yo me dedicaba al arte desde hacía veinticinco años. Empecé con la venta de libros de bibliofilia, como el ‘Pedro Saputo’ de Braulio Foz, ilustrado por Natalio Bayo, con Oroel, y luego asumí la representación de algunos artistas como el citado Bayo, Alberto Duce, Beulas, Lina Vila, Mariano Castillo o Maite Ubide, entre otros. El arte es mi pasión y mi vida.

MARIANO SANTANDER. Yo procedo de un negocio familiar, y llegué al arte a través de la alfarería y las antigüedades en general. Compré en 1983 o 1984 la edición de ‘Pedro Saputo’ y me atrajo la obra gráfica. Poco a poco empecé a interesarme también por el arte contemporáneo.

 

¿Qué tipo de galería querían abrir?

MN. Queríamos crear una galería con obra de calidad, no para la venta de cuadros únicamente. Eso, por decirlo de algún modo, ya lo hacía yo con mi cartera de clientes, en la venta a domicilio alrededor de Aragón.

MS. Al principio, desde que empezamos a vivir juntos, pensamos en una galería clásica, concebida para los artistas, para nosotros y para el público.



 ¿Cómo ha sido la experiencia de este primer lustro?

MS. Empezamos trabajando con gente cercana como fue la muestra colectiva ‘Siete artistas aragonesas’: queríamos llamar la atención sobre un colectivo poco visible en las galerías aragonesas: el arte de la mujer. Trabajamos por igual el arte figurativo que el abstracto. La experiencia ha sido mejor de lo que habíamos soñado.

MN. En A del Arte hemos expuesto arte que nos emociona. Yo le pido al arte que me remueva las tripas, que me llene, que me enamore y que lo quiera para mí.

 

Hablemos de las producciones... ¿En qué consiste ahí su labor?

Nosotros apoyamos a los artistas desde el principio hasta el final. Hacemos todo el proceso: visitamos su taller, seguimos la evolución de la exposición, aconsejamos cuando nos lo piden y cuidamos al máximo los catálogos, las itinerancias, la edición de obra gráfica, la promoción del artista. Para nosotros es muy importante la convivencia, la complicidad, el acompañamiento continuo al creador.

MN. Es cierto. Nos gusta trabajar con mucho tiempo para poder elegir.

 

¿Cómo son los artistas?

MN. Son especiales: sensibles, sencillos, buenas personas por lo regular.

MS. Los artistas son vulnerables. Frágiles. Obsesivos. Están muy volcados en su trabajo durante mucho tiempo, son generosos en el esfuerzo y en la entrega, y tienen la necesidad de exponer. Y eso a veces les lleva a estar tensos o preocupados, y esa preocupación se confunde con el ego o con la vanidad. La obligación de un galerista es colaborar para que su obra se vea. Nos hemos encontrado con gente muy profesional.

 

¿Quién compra cuadros?

MN. Mucha gente. Se compra por entusiasmo, por ilusión, por la creación de un pequeño patrimonio y por afán de decoración también. Y curiosamente, no existe una relación entre la clase social y la adquisición de arte. Con muy poco dinero y algo de afán se puede tener una buena colección. Cualquiera puede comprar arte. Comprar arte también es una opción de gasto, como viajar, ir de vacaciones, la moda o el golf. Ahora se puede adquirir una serigrafía, un dibujo o una litografía, y los precios pueden oscilar entre 60 y 180 euros.

MS. Compra arte gente de cualquier nivel social, gente a la le gusta el arte, que enmarca los cuadros de inmediato o que va haciendo su colección y que la conserva en carpetas. Y también se compra arte para regalar.

 

¿Por qué se han convertido en la galería privada de moda, en la que casi todos quieren exponer?

MS. No sé si es así como usted dice, pero creo que hay algunos factores que podrían distinguirnos. En primer lugar el local: limpio de obstáculos, sin interrupciones, ancho y situado en una calle tranquila, al nivel de la acera. En segundo lugar, cuando empezamos casi trabajábamos con criterios casi institucionales en cuanto a colección de obra, catálogo, presentaciones y todo eso; ahora, nos mantenemos en esas constantes, aunque ya no hay dinero para catálogos. Y en tercer lugar, seguimos trabajando a fondo con el artista cada exposición.

MN. La clave de todo es que a los artistas les damos cariño, los respetamos. Ellos son los protagonistas.

¿Cuál es el efecto de la crisis sobre su trabajo?

MS. La crisis afecta mucho. De entrada, de manera psicológica. Y eso también afecta a los coleccionistas. Nosotros intentamos romper esa barrera. ¿Cómo? Manteniendo la galería viva, no cerrando en verano, haciendo más exposiciones al año, preparando nuevas cosas y buscando visibilidad de lo que ya tenemos.

 

¿En qué consiste ser galerista?

MS. En este momento, ser galerista está siendo una labor menos completa y menos ambiciosa que lo fue en otros momentos. Ahora la galería se reduce más bien a un espacio para exponer, para crear ilusión, para apoyar al sector del arte aragonés, en el que hemos decidido volcarnos.

 

¿Cuál es el momento del arte en Aragón?

Las galerías hemos descubierto que necesitamos una mínima organización para presentarnos ante las instituciones, los medios, los colectivos culturales, las asociaciones de artistas, la sociedad civil. Estamos en un proceso de adaptación. La administración ni puede ni debe seguir haciendo la misma labor que ha hecho estos años, que lo ha capitalizado todo (existe una desproporción brutal entre las exposiciones públicas o institucionales y las privadas), y a la vez asistimos a un proceso de reivindicación del propio artista como protagonista del arte. A veces parece que él está al margen del movimiento que crea con su sensibilidad y su esfuerzo. Algo empieza a moverse en el arte en Aragón.

MARÍA BUIL PINTA RETRATOS

MARÍA BUIL PINTA RETRATOS

El pasado miércoles, durante la presentación de ‘Pepe Cerdá, entre dos luces’, apareció esa estupenda pintora que es María Buil. Hace un par de meses expuso en París una selección de retratos. María lleva algún tiempo trabajando en esa dirección; entre las piezas que me envía está este retrato. Dice María Buil: “Te mando parte de la exposición que acabo de hacer en París. Todo son tamaños pequeños, los rostros a talla real. Son vecinos del Rabal que posan regularmente para mí, amigos que se prestan generosos y el nº 7 es mi adorada tía-abuela, muerta ya desde hace dos años, Carmina. María”.

ADIÓS DE CINE A NORA EPHRON

HA MUERTO NORA EPHRON

Nora Ephron era una escritora de fondo. Acaba de fallecer a los 71 años a consecuencia de una leucemia. Había colaborado en diarios y revistas, y poco a poco se había ido haciendo un hueco con su mirada crítica, con su visión descarnada de las cosas. A principios de los años 80 dio el salto al cine con el guión de una película de denuncia, ‘Silkwood’, basada en un hecho real (la historia de Karen Silkwood que murió mientras investigaba las deficiencias de una fábrica de uranio), en la que Mike Nichols dirigía a Meryl Streep. La película se estrenó en 1983 y por entonces Nora Ephron era la mujer de Carl Bernstein, uno de los periodistas que había desvelado el ‘caso Watergate’. Bernstein tuvo una aventura extraconyugal que supondría el final de la reacción y que dio lugar a una novela, ‘Se acabó el pastel’, que no tardaría en pasar el cine, de nuevo con Mike Nichols, y con Jack Nicholson y Meryl Streep en el reparto.

Aquella manera de lavar los trapos sucios en público le daría mucha fama e inclinaría sus pasos definitivamente hacia la industria del cine en casi todas sus facetas: fue productora, directora y guionista de comedia romántica, sobre todo, en películas como ‘Cuando Hally encontró a Harry’, ‘Algo para recordar’, ‘¿Tienes un em@il?’, que contaron siempre con la dulce y despistada Meg Ryan y en las dos últimas ejerció de directora. Fueron películas que marcaron el estilo de Nora Ephron, que ya no se parecía a la cáustica e irónica autora de ‘Se acabó el pastel’ o a la periodista lúcida que se asomaba a las revistas: contaba historias de amor, más o menos imposibles, que acababan casi siempre bien.

Eran comedias de costumbres, de tamiz amable, como lo fue, en el fondo, su última obra: ‘Julie y Julia’, basada en la vida y la pasión por la cocina de Julia Child, que escribió un libro de éxito de gastronomía en los años 60 e inspiró a una mujer de nuestros días, Julie Powell. Meryl Streep volvía a ser la actriz protagonista, en este caso acompañada de Amy Adams.

 

*En la primera foto, Nora; en la segunda, fotograma de 'Cuando Harry encontró a Sally' y abajo, 'Silkwood'.

ORDOVÁS: VIDA Y ARTE DE CERDÁ

ORDOVÁS: VIDA Y ARTE DE CERDÁ

HOY, A LAS 19.30, CITA CON ORDOVÁS Y CERDÁ

[Esta tarde, miércoles, a las 19.30, Julio José Ordovás y Pepe Cerdá presentan el libro ‘Pepe Cerdá, entre dos luces’, en el Teatro Principal, en un acto organizado por la librería Los Portadores de Sueños. Acompañarán a los dos autores muchos amigos y, además, como maestros de ceremonias el escritor y profesor Ismael Grasa, y el poeta y profesor y editor Nacho Escuín. La foto de Cerdá es de José Miguel Marco y la de Julio José es de Vicente Almazán; en ella, creo, Julio tiene entre las manos el libro de Cerdá.]

 

 

Cerdá o el arte de pensar con las manos

 

Julio José Ordovás dedica una monografía al pintor oscense, que publica el sello Eclipsados de Nacho Escuín

 

Pepe Cerdá (Buñales, Huesca, 1961) es un pintor que piensa, un pintor ingenioso al que le gustan los desafíos y contar historias hasta el fin de la noche. Es tan buen narrador oral como pintor: después de estar en París decidió regresar a Villamayor, en la entrada de los Monegros, y desde ahí contar el mundo, contarse, “pintar su autobiografía pintando su mundo cotidiano y abandonándose a su instinto”, tal como dice Julio José Ordovás en el libro ‘Pepe Cerdá. Entre dos luces’, que publica Eclipsados. Ordovás, en este delicioso libro-retrato, apunta otros dos detalles: “En el fondo es un sentimental, como todos los cascarrabias”. Y, agrega: “Cerdá, que ha hecho de la amistad un arte, no podría vivir sin sus enemigos. Por ellos pinta. Para joderlos”.

Ordovás ha ordenado este libro tan cuidado y brillante en torno a un conjunto de sustantivos que definen la pintura y los temas del artista: retrato, parecidos, cielos, luces, lugares, árboles, caminos, deshielo, caras y tiovivos. Y así, como quien no quiere la cosa, repasa las claves de un artista que se siente pariente de Pradilla, Sorolla, Rusiñol; de Hopper y David Hockney por instantes; de Marín Bagüés como cazador de las luces doradas del desierto, de Darío de Regoyos, pero también de Constable, Corot y Velázquez, que pintaba mejor los cielos que Goya, que los hacía como un “atrezzo”, según Julio José Ordovás.

Pero quizá con el artista con quien más se siente más identificado podría ser Renoir: el autor traza un retrato paralelo de afinidades, cuya síntesis es esta sentencia: “Cerdá, como Renoir, piensa la pintura con las manos”.

Pese a su brevedad, este es un libro detallista, lleno de intuiciones felices y de juicios que parecen muy atinados. Por ejemplo, al hablar de los cielos, dice Ordovás: “Cerdá pinta el movimiento del cielo, que es una manera de registrar el fluir del tiempo y el peso de la vida”. Y añade otras imágenes poderosas: “Cerdá ha pintado cielos que se abren y se cierran sobre la tierra como la tapa de un ataúd. Aplastantes cielos de plomo, asfixiantes cielos de plástico y cielos de cristal que, al resquebrajarse, caen sobre la tierra como cristales”.

Al enunciar la importancia de las luces, matiza: “Cerdá pinta un camino que se adentra en la oscuridad y se pierde en ella. Y pinta el dispendio lumínico de la modernidad, preguntándose, como Pla, ¿quién paga todo esto?”. Cerdá también es el artista de los árboles, que se ha permitido un lujo, como dice Ordovás con algo de humor, de inventar: “El arbolado aragonés cuenta con una especie insólita, por su exotismo, y precisamente fue Cerdá quien la pintó. Se trata de un árbol cabaretero: la palmera de El Plata”.

Pepe Cerdá es el pintor de las gasolineras, de los caminos, de los deshielos del río Ebro (que suena distinto en cada estación: a Beethoven, a Bach, a Mozart o, en verano, como “un organillo de ciego”), de los tiovivos que le remiten a sus orígenes y a esa relación tan especial de cariño y reconocimiento que tiene con su padre, pero también a otras cosas: al niño que fue, al adolescente que se corría sus primeras juergas. De ahí que “más que melancolía, en la pintura de Cerdá hay resaca e incertidumbre”.

 

Pepe Cerdá. Entre dos luces. Julio José Ordovás. Eclipsados. Zaragoza, 2011. 86 páginas.

JUAN LUIS GALIARDO EN ZARAGOZA

[Hace algo más de año y medio comí con Juan Luis Galiardo, Anabel Mateo y Luis Alegre en Casa Hermógenes. Entonces aún existía ‘Borradores’, uno de los proyectos más bonitos que he vivido en mi vida. La comida fue preciosa. Esa noche escribí esta nota. No tiene ni la profundidad ni la exactitud de la de Luis, uno de sus amigos constantes desde hace más de veinte años, pero también ayuda a entender mejor el personaje.]

 

 UN ACTOR EN CASA HERMÓGENES

 

Comí ayer en Casa Hermógenes –la casa de Hermógenes Carazo y de su compañera Carolina: entrañables por igual- con Luis Alegre, la representante Anabel Mateo y el actor Juan Luis Galiardo, que está en Zaragoza, en el Teatro Principal, haciendo varias funciones de ‘El avaro’ de Moliere, junto a otros catorce actores, una función que concibió y dirigió Jorge Lavelli, que reside en París. Juan Luis Galiardo empezó siendo un galán del cine español y, por lo tanto, también fue un gran seductor. Es un hombre simpático y arrollador, capaz de embelesar a las piedras (luego se le quedarán mirando tres mujeres en la calle, las saluda y les recuerda, con una inmensa sonrisa, que tiene cuatro funciones este fin de semana. Las besa y ellas le prometen que irán a la representación) o de descolgar abruptamente su teléfono móvil para decirle a Jorge Sanz que la serie que interpreta y está dirigiendo David Trueba es estupenda. O para decirle simplemente, a voz en grito: “Te quiero, Jorge. Qué bien me lo he pasado en tu serie”. Juan Luis sale, creo, en el capítulo cinco. Yo he visto el primer capítulo con mi hijo Jorge y creo que podría definirse como una serie “genial y patética”.

Juan Luis Galiardo estuvo a punto de partir a Estados Unidos, a Hollywood. Trabajó con Sofía Loren en ‘Blanco, rojo, negro’ y se quedó fascinado con ella, aunque él era muy joven (ella tenía como un sueño amoroso y sexual con él, que terminó casi abrasado por accidente), y también realizó dos películas con Charlton Heston, una de ellas fue ‘La llamada de la selva’, basada en el texto homónimo de Jack London. Galiardo sufrió una especie de ataque de pánico ante uno de los perros lobos de la película y tuvo una reacción extrañísima, no quiso rodar, y además se dice que en medio de ese arrebato estuvo a punto de estrangular a Heston. Eso dice la leyenda negra, o lo que le han contado a Luis Alegre, porque Galiardo no lo recuerda con precisión. Con esa precisión al menos. Después de estas aventuras y algunos amores con bellas y famosas mujeres del cine español, cayó en una especie de pozo, entre la depresión y el desconcierto; se recuperó poco a poco y rehízo su carrera en México, hasta que la reemprendió en España de la mano de directores como Luis García Berlanga, José Luis García Sánchez (en alianza con Rafael Azcona), Manuel Gutiérrez Aragón (que lo dirigió como Don Quijote) o Fernando León de Aranoa, que le dio un extraordinario papel en ‘Familia’. Para todos ellos tiene palabras de cariño. García Berlanga solía decirle: “Aún no tienes suficientes arrugas para aparecer en mis películas”; cuando creyó que las tenía lo contrató para ‘Todos a la cárcel’. Otros nombres que aparecieron en la tertulia fueron María Luis San José, María Luisa Merlo, Carmen Sevilla, Vicente Haro, que hace de padre de Jorge Sanz en la serie y que falleció hace poco, y Antonio Giménez Rico. Juan Luis Galiardo es, por cierto, un estupendo imitador de voces.

Juan Luis Galiardo ha perdido a dos mujeres y desde hace una década vive con María. Le gusta recordar que es padre de cinco hijos y abuelo de tres nietos, quizá por eso, por su condición de abuelo de 70 años, ha querido que haya funciones infantiles, hoy y mañana, para niños. Él es un apasionado del teatro y de sus magias, y con Harpagón está haciendo uno de los papeles de su vida: un papel oportuno, que Moliere –actor también: murió en escena- escribió para él y que quizá admita hoy una lectura particular. Galiardo es excesivo a veces, candoroso siempre, incontinente una y otra vez, amoroso con los amigos, expansivo por naturaleza y exuberante. Zaragoza es una ciudad que le suscita cariños y el Teatro Principal es uno de sus favoritos de España. Está muy ilusionado con la obra, y con sus compañeros de reparto, y además está como quien vuelve de un naufragio o de una resurrección: hace algo más de un mes sufrió un ictus que lo llevó a interrumpir el espectáculo.

Está feliz. Comió alcachofas con una placer absoluto, bebió vino blanco Borsao y se mostró radiante. Cariñoso con Anabel, que es como una madre joven que le ha salido, como una cuidadora, y cómplice con Luis Alegre, que lleva ahora una libreta roja donde apunta las ocurrencias o las frases felices de los otros. Una de ellas, de Juan Luis Galiardo, podría ser parecida a esta: “Los golfos nunca mienten: siempre miran de frente”. La frase auténtica, que no recuerdo con exactitud, era mejor.

 

*Juan Luis Galiardo como Fidel Castro en 'I love Miami', de 2007. He tomado la foto de lahiguera.net.

GALIARDO: RETRATO DE LUIS ALEGRE

Recibo, a las tres de la mañana, esta nota de Luis Alegre que viene acompañada de un maravilloso artículo-retrato. Dice: “Ayer viernes murió Juan Luis Galiardo, una de las personas más increíbles que he conocido. Hace un año y medio escribí esto sobre él, donde tú apareces. Te lo envío como una manera de recordar aquella comida estupenda y de aliviar mi pena. Un besazo”

 

 

EL PARACAÍDAS DE JOHN GALLI

 

 

Por Luis ALEGRE

Es mediodía en la calle Libertad de Zaragoza. Juan Luis Galiardo irrumpe en “Vinos Nicolás”, la cantina de Hermógenes y Carolina. Viene hacia mí con los brazos extendidos y yo le recibo como se merece, de rodillas. Juan Luis se ríe, me levanta, me abraza y dice: “No sé si voy a poder soportar tanta emoción”. Le presento a Paula, la chispeante camarera chilena. Se dan un beso y, casi sin mediar palabra, el actor se pone a bailar con ella. Enfrente de la cantina, en la bodega del restaurante, hemos quedado con Anabel Mateo, su jefa de prensa, y Antón Castro. Juan Luis ha venido a Zaragoza a representar “El avaro” de Molière en el Teatro Principal y Antón le va a hacer una entrevista. La comida dura dos horas. Se pasan volando. El volcán Galiardo es mucho volcán.

 

Entre la gente de la farándula, Juan Luis Galiardo es toda una leyenda. Tiene fama de gran actor pero, también, de excesivo, torrencial, histrión, intenso, arrollador, tierno y loco. Se cuentan alrededor de él un montón de historias increíbles que son verdad. Y Juan Luis casi nunca decepciona. Acostumbra a estar a la altura de su leyenda.

 

A su lado, el delirio brota con una facilidad asombrosa. No está nada dotado para pasar desapercibido. Un día, yo estaba con él en un cine de Tudela, en un coloquio con los espectadores. Galiardo hablaba sentado en una mesa, sobre el escenario. Entonces, una mujer del público se levantó y se dirigió a la salida. Al verla, Galiardo dejó el micrófono, bajó del escenario y se puso a correr detrás de ella: “Pero señora, ¿dónde va?, vuelva¡¡¡”.

 

Juan Luis ha cumplido este año los 70. Él podría decir que tiene 60 y todo el mundo le creería. Sin embargo, le gusta presumir de que están a punto de caerle los 71. Continúa fuerte, poderoso. Entre sus logros, figura uno muy curioso: el campeonato de España de natación para mayores de 60 años. Estos días, en Zaragoza, ha ido a nadar todas las tardes.

 

Jamás pensó en llegar a la edad que tiene. Tal vez por eso arrastra esa alegría incontenible. Juan Luis creía que iba a morir joven. Vivía todo con tal ansiedad y tanta pasión que tenía claro que pronto acabaría destruido.

 

“Tú te has reinventado”, le dice Antón Castro. Esa es una de sus grandezas. En los años 60 y 70 Juan Luis fue el galán de referencia. Trabajó con Carlos Saura o Sofía Loren. Luego, huyó a México y se hartó de interpretar cine y telenovelas de baja estofa. En mi agenda del móvil lo tengo como “John Galli”, el seudónimo con el que aparecía en los repartos de películas de serie Z. A mediados de los 80 regresó a España y, arropado por gente como Mercero, Giménez Rico, Matji, García Sánchez, Azcona, Gutiérrez Aragón o Fernando León, se consolidó como un grande de la interpretación.

 

Una de las personas decisivas para él ha sido Manuel Trujillo, un psiquiatra. Juan Luis lo señala como el responsable de haber salvado el pellejo durante sus crisis y depresiones. Sus conflictos consigo mismo estallaron muy pronto. Había sido un niño feliz. Mitificaba a su padre y adoraba a su madre, a la que recuerda como el colmo de la ternura. Pero su mamá murió cuando él tenía 15 años y todo se vino abajo. Se le desató un profundo rencor hacia el mundo y, también, hacia su padre, quien, sin su madre, se le apareció como un ser pequeño, débil, despreciable.

 

Juan Luis se abandonó a la tarea de devorar la vida, sin tener a mano ningún tipo de freno. Su casa eran los bares y los casinos de Madrid. Buscaba a su madre en todas las mujeres a las que seducía. Le resultaba fácil ligar pero cuando llegaba a la cama, lo que más le gustaba era charlar con las chicas hasta el alba. Él solo quería afecto y hacer más llevadera su insoportable soledad. Aún hoy, uno de sus reproches más cariñosos es este: “Quiéreme más”.

 

Cuando su padre murió, Juan Luis ya había quedado en paz con él. Era el año 69. Entonces, durante la filmación de “Fortunata y Jacinta”, sufrió uno de sus arrebatos. Juan Luis tenía que fingir pasión por Emma Penella en una escena. Y, de repente, gritó: “Cómo voy a sentir pasión por esta gorda. Que la quiten de mi vista”. Emma era la mujer de Emiliano Piedra, el productor de la película. Ese episodio fue el preludio de una depresión terrorífica. Poco después, mientras, con Charlton Heston, rodaba con un perro en la nieve dijo: “Ese perro me mira mal y me quiere matar”. Y se fue.

 

Juan Luis es un espectáculo porque, entre otras muchas cosas, no tiene ningún reparo en airear lo más golfo y oscuro de su pasado y en reírse de sus taras y debilidades. Con total naturalidad –y mucha gracia- habla en público de su ludopatía, de su alopecia “difusa”, de la eyaculación precoz de su juventud, de su deterioro o de sus desequilibrios. Hubo un tiempo en que decía: “Estoy loco y te lo puedo demostrar”. Y te sacaba un certificado médico que lo acreditaba.

 

Pero quién no está un poco loco. Ojalá todos estuviéramos tan locos como él. Ojalá a mí, por ejemplo, se me pegara algo de su sensatez y clarividencia.

 

En los momentos más furiosos de su ludopatía, cuando olió su ruina, Juan Luis tomó una decisión para controlar su adicción: autodenunciarse en la policía para que no le dejaran entrar en ninguna sala de juego de España. Ahora bien, si iba a San Roque, su pueblo de Cádiz, saltaba a Gibraltar para jugar en sus casinos, donde no tenían registrado su DNI. Un día, Juan Echanove casi se encana de risa mientras me contaba una anécdota de Juan Luis y el juego. Parece que Juan Luis fue a grabar con Pepe Sancho una serie a Marbella, un paraíso para cualquier jugador. Una noche, Juan Luis no pudo resistir la tentación y salió a jugar. Sabía que con su DNI no le permitirían entrar y le cogió el DNI a Pepe Sancho. Llegó a un casino y, como si nada, entregó el carné a la chica de recepción, tratando de evitar su mirada. La chica miró el carné, lo miró a él y le soltó esta bomba: “Hombre, señor Galiardo, a quién se le ocurre venir con el carné del señor Pepe Sancho, que también se ha denunciado”.

 

A veces Juan Luis, para relajar el drama, recuerda lo que un día le dijo su idolatrado Rafael Azcona: “Juan Luis, no te lamentes tanto. Con tus tragedias Dostoievski no hubiera escrito ni una línea”.

 

Hace tiempo que Juan Luis se ha sacudido de encima muchas de sus debilidades, incluidas la ludopatía y la eyaculación precoz. Qué tipo tan extraño y formidable. Resulta muy excitante la sensación de sentir que alguien te está contando exactamente lo que se le pasa por la cabeza. Yo daría cualquier cosa por poder meterme en su cerebro y estar un rato investigando las raíces de la extrema lucidez, que tan a menudo se confunde con la locura.

 

Juan Luis sabe muy bien cómo es el precipicio. Más de una vez lo ha mirado desde el borde. Pero ahí sigue, a sus casi 71 años, con todo su talento, su dulzura y su delirio. El otro día, en la cantina, le dijo a Hermógenes Carazo una frase de esas que retratan una vida: “A mí, al final, siempre se me abre el paracaídas”.

 

*En la foto, Juan Luis Galiardo con su único premio Goya por 'Adiós con el corazón'. Retrato de Andrea Comas, REUTERS.

 

HA MUERTO JUAN LUIS GALIARDO

HA MUERTO JUAN LUIS GALIARDO

ADIÓS AL GRAN JUAN LUIS GALIARDO, ACTOR

Acabo de enterarme de la muerte de Juan Luis Galiardo a los 72 años, el gran actor, el hombre que lo fue casi todo en el cine, que trabajó con muchísimos directores como José Luis García Sánchez, con Fernando León de Aranoa (lo dirigió en una película excepcional: ‘Familia’), con David Trueba, con Manuel Gutiérrez Aragón, con Luis García Berlanga, con Paco Regueiro, con González Sinde, con Santiago Segura, con Antonio Artero, con Antonio Mercero, un actor internacional que fue ‘El Quijote’, un caballero inolvidable, un galán, un tipo entrañable que poseía la leyenda del indomable. Le había pasado de todo: le murieron dos de sus mujeres, tuvo muchas historias de amor y de amistad (le gustaba recordar que había trabajado con María Luisa Merlo, María Luisa Sanjosé, Carmen Sevilla...), era un contador inagotable de anécdotas, como aquella en la que recordaba que había estado a punto de matar a Charlton Heston en 1972. Era gracioso, ingenioso, chispeante, histriónico, siempre deslumbraba. Lo entrevisté varias veces, una de ellas en el Teatro Principal, tras haber comido con Luis Alegre y Anabel Mateo en Casa Hermógenes. Fue para ‘Borradores’ y estuvo genial, divertido, apenas había que preguntarle. Le dabas un pequeño pie y te lo contaba todo. Poseía una memoria espléndida y siempre tenía un punto de vista original sobre el teatro, sobre los dramaturgos, sobre su condición de intérprete. Cuelgo aquí el hermoso retrato que le hace Juan Cruz en ‘El País’. Cuando venía a Zaragoza te llenaba el móvil de llamadas, de avisos, de pequeñas urgencias. Amaba la vida por encima de todo, y le gustaba contarse y recrear su vida, que había sido una vida arrebatada, chispeante. Descanse en paz. Esta foto se la hizo T. G. para Heraldo de Aragón en el Paraninfo.

Se puede ver la entrevista en http://borradores.blogia.com/2010/121501-borradores-141210.php, en la primera parte a partir del minuto 25. Habla de ‘El avaro’ de Moliere, con dirección de Jorge Lavelli. Está espléndido.

 

 

 

UN CUERPO LLENO DE LUCHA, LEYENDA Y MELANCOLÍA

 

Por Juan CRUZ. El País.

Cuenta la leyenda (la suya, él creó su propia leyenda) que Juan Luis Galiardo se despojó un día de toda su ropa y se plantó desnudo y flaco como don Quijote ante Manuel Gutiérrez Aragón cuando el cineasta estaba buscando encarnadura para el protagonista de la más famosa locura de la historia de la literatura. “Estos son mis depojos, no me digas ahora que no soy el Quijote”.

Tuvo el papel. Su historia comenzó en la costa andaluza, y es mezcla de extremeños y andaluces. Extremado en casi todo, estuvo a punto de sepultar en el hielo de Finlandia a Charlton Heston, y en medio de esa locura (de la que obtuvo certificados) halló a un psiquiatra benefactor, el doctor Manuel Trujillo, al que le juró gratitud y fe eterna. Fue, en los años de su esplendor, el don Juan del cine que en el franquismo distrajo las tardes de los españoles, pero aquel incidente con Heston (en 1972) le volvió la cabeza a la insensatez y a la aventura, así que dejó de ser un galán para convertirse en un actor atormentado y un ciudadano que no cesaba de quejarse (y de reírse) de su destino.

Un día le contó algunas de sus desventuras a Rafael Azcona, que inventó muchos papeles para él, y a José Luis García Sánchez, que lo envolvió en esos papeles como su director más habitual; al término del relato, Galiardo se quedó en silencio como si el maestro de los guionistas españoles le fuera a dar un abrazo o la bendición. Le dijo Azcona:

- Con eso que me cuentas Dostoievski no hubiera escrito ni media línea.

Cuando le vio los dientes al desenlace fatal de la vida (en torno a 2009, cuando tenía 69 años), se rodeó de medicinas pero sobre todo de alimentos que creía saludables, capaces de otorgar la salud eterna, y los ingería con la desesperación divertida con la que buscó el equilibrio que la vida siempre le hurtó.

Era muy ocurrente, y muy trabajador, un empecinado. No paró jamás; fue productor, director, actor… En los últimos años de su vida, despojado definitivamente, o casi, del cuerpo glorioso que le dio la naturaleza, buscó papeles como aquel quijote desmejorado o como el avaro de Moliére, e incluso buscó en Shakespeare y en Cervantes compañeros de juegos y de asuntos que él abordaba como si acabara de llegar a este mundo.

Ese fue su rasgo, la grandilocuencia, el entusiasmo. No se arredró ante nada, y mucho menos ante la ruina. Conducía su coche, un jaguar que olía a cuero viejo, como si estuviera paseando por Hollywood o por Berlín, mirando hacia el asiento de al lado, gesticulando como si delante lo estuviera filmando una troupe de directores famosos pendientes de su dicción perfecta. Un día me dijo, ya en esa fase de desconsuelo ante la salud esquiva, hablando de su ego famoso: “Pues mi ego está en un 10% de lo que fue. No es nada. Ahora ha muerto mi primera mujer, Juana, la madre de mis dos hijos. Y fuimos a buscar las cenizas. Cuando ves que alrededor disminuye tu mundo a hachazos, como el de la muerte de Rafael, no hay ego que valga, se va al suelo”.

Pero su ego no se fue al suelo; esa era una manera de luchar para seguir. Buscó papeles de decrepitud, pero pensando que su cuerpo, el que sentía la necesidad de seguir actuando, era el verdadero Galiardo, no el que estaba amenazado por el embate crucial de su vida. En aquella ocasión de remembranza recordó aquellos años en que se lo rifaban las chicas en las platós y aún más cerca. Cumplía entonces la famosa edad, 69, “dos números tan hermosos; le he jugado mucho en la ruleta, y en el juego sexual he sido 6 y 9, he sido todo. Ah, y no te he dicho, la película que ruedo ahora, Asesino a sueldo, de Salomón Chanh, es la número 169 de mi vida”.

Hizo de todo, ni la psiquiatría logró pararlo. Era temible, por su energía, por su facundia. “La anécdota que mejor me representa”, me dijo en otra entrevista, “es aquella que me sucedió en México, cuando actuábamos María Luis Merlo y yo recitando versos en el Hotel Camino Real. Un político mexicano me interrumpía cada vez que empezaba Verde que te quiero verde, y él gritaba Ázul, manito, hasta que María Luisa me miró, como alentándome, Súper, mátalo, y el tío tenía una pistola, pero me armé de la hidalguía de la raza, de la vergüenza torera, así que me abalancé sobre él, y el tío se achantó… Me salió la fuerza del huérfano, ese momento de la vida en que eres o héroe o cucaracha, y sales héroe… Luego supe que el tío se había achantado porque tenía una placa de plata en la cabeza, así que si yo caía sobre él, aunque fuera ya cadáver, lo mataba seguro”.

Fue un gran actor de teatro, hizo muchísimo cine (alimenticio y del bueno), y tuvo una gran oportunidad (aprovechada) en televisión, con la serie Turno de oficio, donde se sintió “reciclado por Antonio Mercero”. Era un perpetuo insatisfecho que picó su entusiasmo en muchos ríos, y fue actor de gente como el citado García Sánchez, José María González Sinde, Antonio Giménez Rico, Francisco Regueiro (“aquella excelente Madregilda”), José Luis Cuerda, Méndez Leite… “Yo no sería nada sin el espíritu que me regalaron… Y después vinieron los más jóvenes, Fernando León con Familia, Santiago Segura, David Trueba… Han sido tan importantes para mi como la psiquiatría”.

Tenía miedo y tenía miedos, y eso le confirió una ternura que él disimulaba detrás de un vozarrón que amainaba gracias a una risa que dominaba su cuerpo y se concentraba en los ojos. Fue muy querido, tan querido que parece imposible buscar ahora, en los recuerdos que dejó, otra cosa que leyendas benévolas de un testigo y un actor del tiempo oscuro y de los años turbulentos que acompañó con sus llantos y con sus carcajadas quijotescas de hombre desnudo frente al mundo.

 

*La foto grande es de T. G. de Heraldo de Aragón. Las otras las he cogido de Internet: de series y de TVE.