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Antón Castro

Artistas

HA MUERTO AMPARO MUÑOZ

La actriz y Miss España en 1973, y Miss Universo 1974 (la única en la historia de España), Amparo Muñoz Quesada, fallecía anoche en su casa de Málaga a consecuencia de un cáncer a los 56 años. Después de ejercer durante seis meses de ‘Miss Universo’, Amparo Muñoz comenzó su carrera cinematográfica con la película ’Vida conyugal sana’, a la que siguieron ’Tocata’ y ’Fuga de Lolita’, ’Clara es el precio’ y ’La mujer del ministro’, películas inscritas en aquel cine tópico y más bien casposo del destape.

Algún tiempo más tarde, su carrera dio un cambio importante con títulos  como ’Mamá cumple cien años’, de Carlos Saura; ’Dedicatoria’, de Jaime Chávarri, o ’El balcón abierto’, película homenaje a Federico García Lorca. Y una de sus mejores apariciones, muchos años después, fue en ‘Familia’ (1996), la película de Fernando León de Aranoa, con Juan Luis Galiardo, Elena Anaya o Agatha Lys, entre otros. En esa película, desgastada por la vida y sus circunstancias sombrías, Amparo Muñoz conservaba una belleza serena, dolorida y trabajada, y estaba extraordinaria en su papel. Cuando saltó a la fama, Amparo Muñoz fue como una aparición: era una mujer rabiosamente hermosa, suave, dulce, de un encanto irresistible.

En ’Familia’ de Fernando León.

Con el actor Ramiro Oliveros.

Con Víctor Valverde, uno de sus compañeros.

 

MITOS DE CLARENCE SINCLAIR BULL

Greta Garbo.

Joan Crawford.

 

Leyla Haims.

Grace Kelly.

Audrey Hepburn, 1958.

 

Uno de los grandes fotógrafos de las estrellas de Hollywood fue Clarence Sinclair Bull. Aquí, poco antes de que empiecen los Oscar, cuelgo algunas de sus fotos. Sinclair Bull fue, sobre todo, quizá el mejor retratista de Greta Garbo, superior tal vez a Cecil Beaton, amante de la actriz.

DIEGO Y 'LAS BODAS DE ISABEL'

’Los Amantes de Teruel’ de Jorge Gay.

[Anoche, en compañía de Olga Bernad, el grupo Deep in Blue y Luis Felipe Alegre (que leyó dos poemas: ‘Vida de poeta’, dedicado a Mariano Esquillor, y ‘Una casa en venta’ de ‘El paseo en bicicleta’, que vi ayer unos minutos antes de empezar la lectura) participé en una lectura de poemas en La Campana de Los Perdidos. Mi gratitud a Fernando Sarría, Miguel Ángel Yusta, Manuel Forega y José Ángel Rodicio, entre otros, y a los asistentes. Quería haber leído este texto de ‘Vivir del aire’ en homenaje a ‘Las Bodas de Isabel’, pero al final se quedó en el tintero. Ayer, Miguel Mena realizó un estupendo programa desde Teruel en ‘A vivir Aragón’. Traigo aquí el texto que pongo en boca de un imaginario Diego de Marcilla. Hoy en mi sección ‘Cuentos de domingo’ de HERALDO le dedico otro texto a Isabel de Segura, otra Isabel imaginaria. Teruel ha sido muy importante en mi vida: he vivido más de una década en tierras turolenses y tengo dos hijos nacidos en el Bajo Aragón y el Maestrazgo]

 

 

LOS AMANTES DE TERUEL / 2

 

Ni yo mismo sé si he existido alguna vez en el siglo XIII o si he sido un milagro de la literatura. En cualquier caso me gusta mi nombre, Diego de Marcilla, amplificado en la leyenda del tiempo, modelo de amante loco de amor, caballero esforzado en pos de una quimera por aquí y por allá, en batallas y tareas, a lomos del caballo. He soñado, más allá de la muerte, con Isabel de Segura: la he visto en sueños y pesadillas, la he deseado, he sentido su piel de cereza, la he percibido junto a mí transformada en piedra y olvido. Año a año, siglo tras siglo, he visto cómo nuestra aciaga historia pasaba a los libros, a las corrientes de aire, escalaba las torres mudéjares como un gran pájaro de pena. Decir Teruel era decir Isabel y Diego, decir Teruel era pensar en nuestra pasión imposible, decir Teruel era como refundar una ciudad mudéjar para el amor nuevo e inmortal. Desde hace unos años, soy una sombra feliz, un ardoroso espectro: resucito, adquiero distintas formas, asumo cuerpos ajenos y jóvenes, y avanzo por la ciudad, entre estandartes y la multitud dichosa. Al final de la algazara, cierro los ojos y noto el aliento de tantas mujeres que amo y he amado, esas mujeres que han sido y serán Isabel hasta el fin de los tiempos. Cierro los ojos y espero esa boca, ese beso definitivo que justifica cada una de mis metamorfosis.

 

De ‘Vivir del aire’ (Olifante, La Casa del Poeta, 2010).

’Los Amantes de Teruel’ de Muñoz Degrain.

A LAS DOCE, BORRADORES EMITE EL MONOGRÁFICO DEDICADO A MIGUEL HERNÁNDEZ

 

Hoy sábado, a las doce de la mañana, se redifunde el programa Borradores de Aragón Televisión del monográfico dedicado a la vida y obra de Miguel Hernández (1910-1942) con motivo de su reciente centenario y de la exposición ‘Hijo de la luz y de la sombra. Imágenes para un poeta’ que se exhibe en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Intervienen por este orden: Luis Felipe Alegre y Carmen Orte, que cantan ‘Andaluces de Jaéns’ y luego ‘Sepultura de la imaginación’ para cerrar el programa; se ofrece un reportaje sobre la exposición del Paraninfo, explicada por Ana Marquesán, Arantza Pérez de Mezquía y Paco Simón, diseñadores y coordinadores del proyecto, y luego ya se emite la extensa entrevista con Joan Manuel Serrat, de unos 19 minutos, donde habla de todo: del poeta, de sus canciones, del disco, de los poemas visuales. Agustín Sánchez Vidal analiza la muestra, su relación con el cine y las claves de la obra de Miguel Hernández, y finalmente José Luis García Sánchez explica las claves de los 20 poemas visuales de cineastas como Isabel Coixet, Pedro Olea, Gutiérrez Aragón, Pere Portabella, Agustín Sánchez Vidal (vemos un largo fragmento de su clip ‘Las abarcas desiertas’, David Trueba, Jaime Chávarri… Si el pasado martes no pudisteis ver el programa, os lo recomiendo: hay muchas imágenes, cariño, poesía, canciones…

 

*Miguel Hernández y Josefina en la huerta; Joan Manuel presentando el disco 'Hijo de la luz y de la sombra' y Josefina, en uno de sus mejores retratos.

PATRICIA RODRIGO: ENTREVISTA A LA DIRECTORA DE LA GALERÍA ANTONIA PUYÓ

“Me gustan los artistas

que explican

nuestro tiempo”

 

La directora de la galería Antonia Puyó, mejor espacio expositivo de 2010 para la crítica especializada, explica el estado del arte en Zaragoza y Aragón, las aventuras que emprende a diario y su voluntad de apostar por los nuevos creadores

 

 

Patricia Rodrigo Puyó (Zaragoza, 1980) ha vivido cerca del arte desde muy niña. Iba con sus padres, José y Antonia, a ver exposiciones en España y en el extranjero de arte contemporáneo. Tenía aguante, curiosidad y “no solía quejarme”. Su recorrido fue el inverso al del espectador corriente: habituada a las tendencias modernas y a los artistas que exponían en la galería de sus padres, el arte clásico era como una revelación, un deslumbramiento y una asignatura pendiente. En el fondo sería la sensación de que no conocía en profundidad la historia del arte lo que decidió su destino: abandonó el sueño de convertirse en arquitecta, como su tío Antonio, para estudiar Historia del Arte. Desde 2005, con apenas 25 años, es la directora de la galería Antonia Puyó (Madre Sacramento 31), que acaba de recibir de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte el premio a la mejor sala de exposiciones de 2010 “por su
acrisolada trayectoria como galería de arte contemporáneo pero especialmente por la renovación generacional en su gestión y por su fuerte apuesta en favor de artistas jóvenes y de nuevos medios”.

¿Por qué quería ser arquitecta?

Porque me gustaba mucho el mundo de mi tío. Siempre rodeado de planos y dibujos y de fotos de edificios. Colaboró un tiempo con el arquitecto José Manuel Pérez Latorre. Y por otra parte estaba mi padre, que era interiorista y decorador, y se quedó Moldurarte; acabaría convirtiéndose en galerista con mi madre en 1990. Y claro, a partir de entonces fue entrándome el gusanillo.

¿No todo en su vida sería arte contemporáneo?

En absoluto. He pasado veranos inolvidables en Ansó, donde disfrutaba del río y de las montañas, allí conocí a mis mejores amigos. Lo más fascinante puede ser una niñez de pueblo y yo la tuve. Ansó está muy vinculado al traje regional y nosotros tenemos una antepasada, Pascuala Mendiara, que fue modelo de los pintores Sorolla y de Zuloaga, y de fotógrafos como Ortiz Echagüe o Ricardo Compairé. Además, jugué mucho al baloncesto: tanto en Zaragoza, especialmente en el Casablanca, como en Segovia. Estuve un mes en Estados Unidos, tenía 17 años, me vieron jugar y me ofrecieron pagarme los estudios, pero al final me dio miedo.

En esos primeros años de la galería, ¿tuvo usted relación con los artistas?

Especialmente con Andrés Nagel, que exponía mucho con mi madre y con Maike Azurmendi, que coordinaba la galería. Hice un trabajo de fin de carrera sobre él: era el diálogo de una estudiante con un artista empeñada en desmontar lugares comunes. Nagel decía que siempre que leía las críticas que le hacían tenía la sensación de que hablaban de otro. Y ahí borrábamos su imagen de ‘artista maldito’. También conocí al escultor Miquel Navarro: estuve en su estudio de Mistela y compartimos muchas noches cuando yo era adolescente. Y a muchos otros, en Arco, que siempre ha sido muy importante para mí.

¿Por qué?

Me gustaba mucho. Iba siempre. Era como mi período especial de prácticas artísticas. Siempre me reservaba esos días. Estaba en la galería, como ayudante y como observadora, y veía lo que ocurría. Antonia Puyó acudió a Arco durante diez años. Arco era y es un escaparate: tenías la oportunidad de ver en unos pocos días el arte de todo el mundo. Con todas estas incitaciones, era lógico que estudiase Historia del Arte. Lo decidí el último año de instituto, en 1997. Cuando se lo dije a mis padres, me dijeron: “Pero, ¿qué carrera es esa? Eso ya lo tienes en casa. Elige otra cosa”. Entendí que me faltaba base, información, que había un vacío importante, y me fui a estudiar a la carrera a Segovia. Recuerdo que había cuatro modalidades: Restauración, Conservación, Investigación y Difusión. Yo me incliné por esta, que comprendía Museología, Crítica de Arte y Nuevos soportes.

¿Qué significó Segovia en su vida?

Significó la libertad, jugué al baloncesto con el Caja Segovia en Primera y en Primera B. Tenía un museo estupendo, el de Esteban Vicente, donde podía ver muy buenas exposiciones, y estaba muy cerca de Madrid. Al menos una vez al mes me iba al Reina Sofía y a distintas galerías de arte contemporáneo y emergente. Al acabar realicé un máster de la Complutense, de museografía y diseño de exposiciones, entre otras cosas porque soñaba con trabajar algún día en el Museo Reina Sofía. Lo hice gracias al máster durante seis meses.

No está mal. La cosa prometía.

Me lo pasé muy bien. Aprendí muchísimo. Y colaboré muy en una exposición del centenario de Cervantes: ‘Las tres dimensiones del Quijote’. Operaba en tareas de organización y coordinación, en la recepción de obras, en las relaciones con museos y galerías, en la preparación de seguros. Allí me enteré de que muchos museos que dejaban sus obras las envían tuteladas por un restaurador o conservador. Me lo tomé con tanto cariño que una de mis jefas me dijo: “¡No quiero pensar cómo lo harás el día que trabajes de verdad!”.

Todo un piropo. ¿Qué ocurrió luego?

De repente, recibí una llamada de Antonia Puyó, mi madre. Me dijo que se estaba planteando cerrar la galería y que necesitaba mi ayuda para devolver todas las piezas. A la vez, había salido una posibilidad de quedarme en el Reina Sofía. Cuando vine aquí, mi madre me propuso que llevase yo la galería. Me quería pasar el testigo; de lo contrario cerraba. Yo era algo que contemplaba, claro, pero a largo plazo: tenía que aprender, vivir, viajar. Cuando regresé a Madrid se lo comenté a mis compañeros del Reina Sofía.

¿Qué le dijeron?

Que no podía renunciar. Que ese era el sueño de alguien que ame el arte: elegir a los artistas y difundir su obra, preparar las exposiciones, programar, tener una galería propia. Me decía que era la oportunidad de mi vida.

¿Cómo llegó a Zaragoza?

Fue en 2005 y vine muy ilusionada. Teníamos la Exposición Internacional en puertas y eso también abría perspectivas nuevas. Recuerdo que por entonces también se abrieron nuevas galerías.

¿Se confirmaron las expectativas en 2008?

El arte en la Expo-2008 fue lo peor. O de lo peor. Todo fue de poco nivel, incluso las piezas de la ribera, sean o no de artistas importantes, son interesantes, pero de nivel medio. La política de exposiciones en el recinto dejó mucho que desear, no hubo una auténtica apuesta por el arte contemporáneo, salvo excepciones, pocas. No hubo un proyecto artístico. O si lo hubo, se desinfló pronto y ese evento tan importante no nos permitió colocarnos en ningún sitio. Sin embargo, la Expo fue muy importante: cambiaron las riberas del Ebro y a mí me encantó redescubrir un río que siempre me ha encantado, que siento muy mío y muy nuestro. Me gusta mucho Zaragoza.

¿Y ahora, cómo le va? ¿Se puede vivir solo del arte?

Es muy complicado vivir solo de las ventas. Es casi imposible, al menos para nosotros. La galería Antonia Puyó, que hace unas seis exposiciones al año, tiene una tienda de enmarcación, redacta informes museográficos, realiza estands y vitrinas de feria o de exposición, realiza montajes, hacemos diseños museográficos. Aragón está lleno de museos y de centros  de interpretación. Y además hacemos muchas exposiciones, casi todas de La Caixa.

Por ejemplo, ¿cuántos visitantes suelen acudir a su galería? ¿Cuántos cuadros se pueden vender al año?

Descontado el día de la inauguración, nosotros recibimos alrededor de 200 personas por exposición. En algunas hay más visitantes, sobre todo si es aragonés o un consagrado. Y luego hemos notado mucho que coincidieron cerrados, durante un tiempo, el Paraninfo y el Museo Pablo Serrano, digamos que nosotros formamos parte de ese circuito. Si las cosas van bien, podríamos decir que vendemos unos treinta cuadros al año, con precios que pueden oscilar entre desde los 100 o 200 hasta los 6.000.

Todo el mundo dice que es un mal momento para las galerías.

Lo es. Para las galerías, para el arte contemporáneo y para muchas cosas. Pero yo sigo confiando en Zaragoza. Va todo más despacio con la crisis, la ciudad no acaba de dar ese cambio que necesita en materia de artes plásticas. Quizá los galeristas tengamos fama de ser un poco distantes, pero también ha llegado la hora de que la gente deje de tenerle miedo a una galería. En Zaragoza nos falta sensibilidad para el arte contemporáneo, siguen interesando mucho el paisaje y el costumbrismo, y bastante menos la abstracción. Zaragoza es una ciudad mermada por su política cultural, y espero que el Museo Pablo Serrano sea el estímulo que todos esperamos.

¿Le gusta el edificio?

Me encanta, sí. Me gusta la parte exterior, con ese color verde Insalud. Me gusta mucho que se hayan ampliado las salas de exposiciones temporales. Creo que va a costar ponerlo en marcha y me parece que tendrá que apostar por exposiciones de calidad que se mantengan un poco más de lo habitual.

¿Cuáles son las líneas maestras de Antonia Puyó?

Nos interesa mucho el arte que se hace ahora, el arte actual y emergente, nos interesa mostrar lo que está pasando en el mundo con distintos artistas, estéticas y soportes. Me gustan los artistas que explican nuestro tiempo. Querríamos exponer obras que fueran iconos o reflejo de esta época de miseria, de prejuicios, de tensiones, de contradicciones, de lo rápido que va todo. Todas estas cosas las cuentan los artistas: unos narran o abordan la dureza con un envoltorio amable y otros son duros y cuentan cosas duras. Mi sueño sería poder vivir de la galería y que me acompañen los artistas por los que hemos apostado y por los que apostaré. Mi sueño sería que madurásemos juntos. 

 

*No he podido encontrar una foto más nítida de Patricia Rodrigo Puyó. Esta pertenece al archivo, en internet, de 'El periódico de Aragón'.

 

UNA HISTORIA SENCILLA

UNA HISTORIA SENCILLA

Amor

 

Anteayer volvía hacia casa bajo una niebla londinense. En la plaza de Aragón me encontré con un viejo amigo, uno de esos seres afectuosos que ignoran el resentimiento y que buscan a cada instante el brillo y la alegría de la felicidad. JMG ha sufrido uno de esos tragos terribles que, a menudo, te obliga a beber la vida: perdió a la mujer de su vida, a la madre de sus dos hijos. Ella había lo había sido todo: la compañera, la luz, el esfuerzo, la delicadeza, la criatura pugnaz que ordena el mundo y sus circunstancias sin estridencia, hasta tal punto que él no recordaba siquiera cuándo se había comprado un pantalón. Siempre lo hacía ella: vivía para él, para los hijos, para su trabajo, para el círculo de amistades, con ese don inefable que poseen muchas mujeres y que les permite multiplicarse a su antojo. A JMG lo que más le desesperaba era no era su propio dolor, el desamparo en el que se había quedado, la perplejidad de tantas noches de silencio, ni la reconstrucción de sí mismo a la que se veía abocado. No era eso. Lo que más le dolía era que ella, su mujer y su esperanza, no pudiese disfrutar de las pequeñas cosas que él ve en su derredor: el afán de los hijos, su buen rendimiento en los estudios, la serenidad y la madurez que han adquirido en medio de la pérdida. JMG me dijo: “Es que todo esto es lo que ha ella había construido, lo que había estado haciendo casi sin que yo me diese cuenta”. JMG, además, es cinéfilo y en una noche como ésta también le habría gustado compartir los Goyas y las risas con ella. Con Esperanza. Andaba yo buscando una historia de San Valentín y me pareció que mi 'distraído' amigo me traía una de las más conmovedoras y sencillas que se pueden contar.

 

*Este texto apareció el domingo en mi sección de Heraldo. Está dedicado a José María Gómez, 'Cuchi', y a su inolvidable compañera Esperanza Martín Tezanos. La foto es de Edouard Boubat. Me parece maravillosa.

PEDRO RODRÍGUEZ ABAJO Y EL GOYA

PEDRO RODRÍGUEZ ABAJO Y EL GOYA

 

EL HOMBRE QUE AMABA LOS MONSTRUOS

Pedro Rodríguez Abajo, un bilbaíno formado en Zaragoza, opta esta noche al Goya de maquillaje y efectos especiales por ‘Balada triste de trompeta’.

 

«Mi trabajo, básicamente, consiste en realizar trucos, ya sea con muñecos, prótesis o cualquier tipo de artilugio, frente a la cámara con el fin de engañar al espectador. Utilizamos todo tipo de materiales. En prótesis para actores, usamos siliconas, espuma de látex, gelatina o resinas dentales; en escultura, hierro, madera, poliuretanos, resinas, barro o plastilina. Y en ’animatrónica’, equipos de radiocontrol, válvulas de aire, etcétera. Muchas veces, en un solo trabajo se puede ver una buena mezcla de todos los productos», dice Pedro Rodríguez Abajo, un bilbaíno que creció y se formó en Zaragoza y que aspira este próximo domingo al Goya de maquillaje y efectos especiales por ’Balada triste de trompeta’, de Álex de la Iglesia. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Zaragoza y aquí realizó su primera inmersión en el cine.

Pedro Rodríguez pertenece a esa generación de jóvenes que se educaron visualmente con ’La guerra de las galaxias’; aún recuerda cuánto le fascinó el ’making off’ que se emitió por televisión. A la par, con temor y perplejidad, veía los monstruos de la Universal: ’Frankestein’, ’El hombre lobo’ o ’Drácula’, y de ahí pasó al «género de terror contemporáneo: a películas como ’Evil Dead’, ’Reanimator’, las obras de George Romero, Darío Argento o Lucio Fulci. A finales de los 80 y principios de los 90, vacié literalmente todos los estantes de terror y ciencia ficción de los videoclubs de Zaragoza. Ha sido siempre una búsqueda continua».

Pedro se zambulló en el aprendizaje de técnicas y en el estudio y manejo de materiales de manera autodidacta, a través de revistas, libros y de investigación personal. Un día, como quien asiste a una revelación, dijo: «Quiero hacer monstruos». Así lo hizo: el ’hobby’ y la obsesión acabaron convirtiéndose en una profesión. Y no solo eso: Pedro quiso conocer mejor los procesos del cine y también se lanzó a la realización de cortometrajes, que eran «homenajes al cine y a la música que más me gustan: Russ Meyer, Gordon Lewis y, por supuest,o el rocanrol más salvaje. A mí me gusta el ’gore’ por el humor salvaje que conlleva. Me parece muy sano reírse absolutamente de todo y con todo. Hasta de lo más atroz».

Dispuesto a emprender la aventura en serio, se marchó a Madrid, trabajó de dependiente de un sex shop de sadomasoquismo, «por pura supervivencia», y un día recibió la llamada de Miguel Ángel Lamata para su debú en el cine con ’Una de zombis’. «Fue una experiencia estupenda y muy loca. Mi primera experiencia, y le estaré eternamente agradecido a Miguel Ángel por confiar en mí. Así pude empezar a darme a conocer».

En estas apareció Álex de la Iglesia. «Yo ya era muy fan de ’Acción mutante’ y ’El día de la bestia’ antes de conocerlo. Es de los pocos directores que en España apostó desde el principio por hacer un tipo de cine sin complejos respecto a la industria de fuera. Además es un gran fan, como yo, de ’La matanza de Texas’, y es un gran tipo». ’Balada triste de trompeta’, que opta a 15 premios Goyas, es algo especial en la carrera de Pedro Rodríguez. En la suya y en la de su socio Javier Hernández.

«Esta película fue brutalmente buena para nosotros, ja, ja. Generalmente, nuestros muñecos o monstruos permanecen un par de segundos o minutos en pantalla, pero aquí hemos podido mostrar los rostros de dos de los personajes principales transformados durante la mitad de la película. Algo muy poco habitual en España. Una gozada. ’Balada triste de trompeta’ es una película brutal y barroca -dice el maquillador-. El primer guión del director en solitario. Es Álex de la Iglesia al doscientos por cien. Muy disfrutable, por lo menos para mí».


Pedro parece no darle demasiada importancia a la nominación para los Goya, aunque la satisfacción debe ir por dentro. «Supongo que la candidatura es una oportunidad de que se conozca nuestro trabajo». Sigue muy vinculado con Zaragoza: «Aparte de tener a mi familia y a un buen puñado de buenos amigos y haber vivido en la ciudad una intensa y evocadora adolescencia, sigo en contacto con un montón de gente de aquí que trabaja en el cine», dice.



Pedro Rodríguez Abajo afirma que su receta de trabajo es sencilla: «Amar profundamente lo que más te gusta y ser consecuente con tus propias obsesiones. Ese es el lema». Ese amor, en su caso, parece llevar implícita una rareza o extravagancia: el consumo de novelas e historias de asesinos en serie... «Sí, viene todo en el mismo ’pack’. De Michael Myers a Manson hay un paso..., desde la barrera de la ficción, por supuesto».

 

 

MIGUEL HERNÁNDEZ, EDUARDO LOZANO Y LUIS DÍEZ: DEL ARTE

Voy a Zaragoza de exposiciones. Quería volver a ver la muestra sobre Miguel Hernández (el lunes grabamos un monográfico sobre el poeta y este proyecto, y el trabajo de El Silbo Vulnerado en 2010): está atestada de gente que se interna en un universo inesperado a través de la sugerencia, de la voz de Serrat, que suena suave, de los poemas visuales de una veintena de realizadores y de la puesta en escena que han concebido Agustín Sánchez Vidal, Paco Simón, Ana Marquesán y Arantza Pérez de Mezquía.

El itinerario de la muestra es esencialmente visual, poético y alegórico: desde el mundo del joven cabrero y ‘La palmera levantina’ hasta el final, ese poema del agua y de la cárcel, al que ha puesto imágenes José Luis Garci. En el recorrido hay de todo: la exuberancia del campo, los volcanes del amor, la presencia del cine, el mundo de las publicaciones, la relación entre cine y literatura; y casi al final ese montaje estupendo del tema que da título al segundo álbum de Serrat: ‘Hijo de la luz y de la sombra’. Hay personas que terminan el recorrido y vuelven a empezar. El espacio posee magia y Serrat, para evitar la contaminación acústica, parece cantar a media voz, como si nos susurrase al oído. Entre otras cosas, merece una atención especial ese tríptico del dolor, de la muerte, de la sangre derramada de Arantxa Pérez de Mezquía, que evoca por momentos el ‘Guernica’, la pintura de Antonio Saura y el arrebato del informalismo.

De ahí me voy a la sala Luzán. Si antes me había encontrado en el Levante con Félix Romeo y Lina Vila y José María Conget (a quien acaba de morírsele su hermana), en esta muestra –‘Naturaleza’ de Eduardo Lozano- me encontré con varios amigos, entre ellos con Pedro Andreu y con el propio pintor. Pepe Cerdá dice en el catálogo: “Eduardo Lozano es un pintor (…) Eduardo es un pintor porque ama la pintura. La ama tanto cuando está pintando como cuando la ve en cuadros de otros pintores de cualquier época”. El texto acaba siendo casi un autorretrato de Pepe Cerdá o un retrato conjunto de afinidades entre Eduardo y él. La muestra tiene cuadros de grandes formatos y una serie muy unitaria de paisajes. He aquí una lección de pintura: una lección de pintura en cuanto a vigor y energía expresiva, en cuanto a materia o sustancia expandida, en cuanto a composición, en cuanto a asunto o argumento mismo del cuadro, una lección de pintura que le exige una y otra vez al espectador que busque la posición idónea para contemplar los destellos, la untuosidad, el trampantojo del óleo.

Eduardo Lozano es un pintor de gesto, un pintor apasionado, un pintor torrencial, aunque luego sabe matizar el lienzo, dotarlo de profundidad y de misterio, vaciarlo en rotundidad y color. Y logra piezas extraordinarias: intensas, rugientes como la selva, majestuosas como las montañas que capta. Eduardo Lozano, por otra parte, es un pintor lírico: un observador de la naturaleza, un andarín de los bosques y de las crestas de las montañas, un pensador del paisaje. Por ello hay que asomarse a esta muestra: es la más importante en la carrera del joven pintor, nacido en Zaragoza en 1975, que tiene una técnica incuestionable: en cierto modo, Eduardo Lozano practica una pintura de vendaval. Enérgica. Bella. Envolvente. Incontenible. Llena de cicatrices, de heridas y de sugerencias.

Y de ahí, tras adquirir un catálogo que no incluye la pieza que más me gusta de la muestra (una especie de río que viaja encajonado entre murallas o umbrías de verdor, y esto es más una adivinación que una certidumbre), me fui al Cuarto Espacio, a ver la exposición de Luis Díez. Un pintor en busca de la consolidación: un pintor un tanto fronterizo que arranca de la ilustración y del cómic y busca su confirmación en la pintura. El proyecto se titua ‘El frío y el gran pez’, y es un trabajo temático sobre ‘Moby Dick’, una novela totalizadora de Herman Melville, que es todo un tratado de la complejidad de vivir, de sentir y de morir. El libro habla de la caza de las ballenas, de la persecución obstinada, de religión, de la búsqueda de uno mismo, y es también un viaje iniciático de Ismael en el Pequod, del capitán Ahab, del lector. Además de la pintura de Luis Díez, con algunas piezas muy bonitas, la muestra concluye con una especie de instalación o de escultura que representa a la ballena blanca en el último cuarto; al lado se ven distintos cuadros iluminados.

La muestra es deudora de las inquietudes de Luis Díez. El cómic, la ilustración, la pintura narrativa, la pintura pop-art en algún momento, la pintura expresionista alemana sobre todo, pero también se percibe con qué empeño ha trabajado Luis Díez, cuánto ha puesto de sí, cómo se ha desvivido, cuánto hay de él, de su misticismo, de sus obsesiones, de su indagación. Quizá algunos cuadros resulten a veces abigarrados, como llenos de cosas y de iconografía, pero se ve siempre el pulso, el talento, la fuerza del artista. Y hay una serie de siete desnudos donde vibran la sensualidad, la magia de los cuerpos y el enigma de la luz.