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Antón Castro

Escritores

ANTONIO CARDIEL: UN DIÁLOGO

ANTONIO CARDIEL: UN DIÁLOGO

Ayer en la serie de 'Aventuras de Verano', en la entrega número 26, que estoy publicando en Heraldo de Aragón aparecía el escritor y guionista de cine (ha colaborado con Lorenzo Castañer en 'Cenizas', entre otros proyectos) Antonio Cardiel (Zaragoza, 1962), un autor muy especial, enamorado de los rastros, de la fotografía, de la naturaleza y de las buenas ficciones. Aquí está la entrevista al completo.

 

-1. ¿Qué hace un escritor como tú en verano?

Soy un amante irredento del verano. Para mí, es la mejor estación del año. Ansío la llegada de la noche de San Juan, una fiesta que además, en Cataluña, donde vivo, se celebra a lo grande. Disfruto del calor, de los baños de sol y de mar, de los paseos por la montaña y los chapuzones en un río helado, de las noches de charla a la fresca con amigos, de la cerveza fría y los aperitivos que uno se puede permitir con mayor frecuencia… Así que me dedico a disfrutar de mi estación favorita, eso sí, sufriendo ante la perspectiva de la llegada del otoño. Aunque, claro, el otoño y los bosques dorados llenos de setas no están tan mal…



-2. ¿Dónde suele veranear?

Desde hace unos años, en el Pirineo de Huesca, cerca de Bielsa, en el valle de Pineta, un territorio extraordinario cubierto de bosques, a la orilla del Cinca y rodeado por alturas de más de tres mil metros. Allí, puedo compaginar mi afición por el senderismo con el descanso, la lectura, las comidas y cenas con amigos, y las noches frescas del valle. Por las mañanas, cuando me acerco a por las magdalenas a la carretera, donde para el panadero de Labuerda, la temperatura es de 9 grados. Luego, los 30 grados del mediodía me permiten darme un chapuzón en una helada poza del Cinca. Y la casa siempre está a unos 19 ó 20 grados. Un lujazo, vamos…


-3. ¿Cuáles son sus canciones preferidas del verano? ¿Y los libros qué más te han marcado?

Ya hace unos años que me chifla Radiohead, aunque no sé si es un grupo veraniego. Yo, al menos, veo la música de este grupo en la noche, a todo volumen, incitando al baile, y estos tres elementos imagino que sí son veraniegos. Hay canciones que nadie debería perderse, como Let down y No surprises, del álbum Ok computer, o Stop whispering y Thinking about you, del álbum Pablo Honey, por citar algunas. En cuanto a los libros, y quizá porque el verano es la época ideal para hacer grandes planes de lectura, recuerdo que en 2001 leí “En busca del tiempo perdido” entero, los siete volúmenes, día tras día, hipnotizado por la prosa de Proust. Algunos pasajes de “A la sombra de las muchachas en flor” son especialmente apropiados para el estío. Y luego el vértigo que me produjeron, en especial, “La prisionera” y “La fugitiva”, dos cumbres de la literatura universal. Esta experiencia la volví a repetir años después, en 2009, en otro verano en el Pirineo aragonés. Y el año pasado, en 2012, se me ocurrió releer, y no recuerdo cuántas veces lo he hecho, “Madame Bovary”. Tardé solo día y medio. Estoy convencido de que este libro es la cumbre de la novela, no creo que haya sido superado como perfecto artefacto narrativo que es.


-4. ¿Qué hace diferente al resto del año?

El calor, desde luego, y las ganas de despojarme de la ropa o, al menos, de reducirla a su mínima expresión. Me encante vestir con camisetas y pantalones cortos, con sandalias, luego llega el otoño y siento que la ropa me aprisiona. Y también las vacaciones, para qué ocultarlo, ese largo y jugoso mes que sirve para olvidarse de la rutina y dedicarse a la pura holganza, el estado natural del hombre.


-5. ¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida? ¿Y la ciudad?

Combinando ambas cosas, el viaje que hice en 1991 con mi mujer, Ester, y mis amigos Carmen y Javier, a Venecia. Estuvimos dos semanas y en verdad puedo decir que lo vimos todo. Además, sirvió para escribir mi libro “Insectos en el Véneto”, una especie de diario de viaje. Por primera vez, escribí al aire libre, en directo, plasmando impresiones, estampas ciudadanas, descripciones, estados de ánimo. Desde entonces, la escritura de gabinete me interesa menos. Prefiero salir a la calle en busca de historias.

 -6. ¿Eres un gran aficionado a los rastros. ¿Qué encuentras allí, qué buscas??

Historias reales, el pasado de la gente sin importancia, la memoria de los hombres y mujeres que pasan por la vida de puntillas, sin hacer ruido. Los rastros están llenos de cosas así, ropa vieja que alguien se puso una vez, zapatos con los pasos marcados por decenas de kilómetros recorridos, fotografías de rostros cuya memoria se desintegra poco a poco y que ya nadie recuerda, documentos que hablan de los eternos problemas que a todos nos hermanan, cartas de amor como ecos de un tiempo irrecuperable… Me siento reflejado en todo esto, como en un adelanto de mi propia desaparición. Y me gusta escribir sobre esos seres olvidados, los antihéroes, los aburridos humanos sin rostro… Y es que, en verdad, con esos objetos entre las manos, siento que la vida de ellos es mía y que la mía, en presente, les pertenece a ellos.


-7. ¿Cómo fue la primera vez? [En el sentido que tú quieras, claro..]

¿Mi primer tres mil? Caramba, esa sí fue una experiencia al límite… Hace unos años subí, con mi mujer, al pico de La Munia, de 3150 metros, una cima tenida por complicada debido al llamado “paso del gato” y a los precipicios que lo jalonan. Un tropiezo puede costarte la vida si te despeñas por un cortado de más de 500 metros. Después de mucho esfuerzo, de una emoción extraña, después de más de un jadeo, llegamos a la cumbre cubiertos de sudor. Arriba, la sensación fue magnífica, un gran relax después del esfuerzo, daban ganas de compartir un cigarrillo. Y luego dicen, con razón, que hacer el amor equivale a una buena sesión de footing. Yo diría que equivale a subir un tres mil, sí…


-8. En los últimos tiempos te has apasionado con el boxeo. ¿Por qué?

Por azar, desde luego. Me encanta el azar. Él quiso que encontrara un álbum de fotografías de un viejo boxeador en el rastro de Barcelona. Allí estaba mi boxeador, Lenda se llamaba, posando junto a las grandes estrellas del boxeo español de los años 30 a 60, Paulino Uzcudun, Hilario Martínez, Ricardo Alís, Luis Romero, Mimoun Ben Ali, el aragonés Ignacio Ara… Quise buscar a Lenda por la ciudad a la vez que investigaba la historia del boxeo en nuestro país, tan rica como desgraciada. Y de todo eso me salió un libro, “El boxeador”, que espero vea pronto la luz.

-9-¿Cuál es para ti el menú ideal de un día de verano?

Hablaría de dos menús bien distintos pero complementarios. El Menú Tradición, que consiste en levantarme más bien tarde y satisfecho, en desayunar en el jardín esas magníficas y proustianas magdalenas de Labuerda que ya he mencionado, leer un buen rato, bajar al río a darme un baño con mi mujer y mis hijas, comer una verdura, una longaniza de Graus a la plancha, un melocotón y una onza de chocolate, la siesta, más lectura, un paseo por el bosque y, para terminar el día, una buena cena con amigos, vino y la consiguiente tertulia. Luego está el Menú Ligero, que consiste en levantarme a las 5 de la madrugada para iniciar, a las 6, una buena excursión, también con buenos amigos, que durará entre 10 y 12 horas, si hace falta incluso se sube un tres mil. Un bocadillo de chorizo a 2500 metros, en un collado, es una experiencia gastronómica mucho más intensa que las que proponen los hermanos Roca en su famoso celler. Luego, la ducha tonificante y vuelta a empezar, esas charlas bien regadas con los amigos por la noche…


-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje, real o imaginario, de sus veranos?

Últimamente, el oso. Sí, es verdad, desde que un ganadero vecino mío me dijo que el oso había sido visto rebuscando entre los cubos de la basura del mismísimo Parador de Turismo de Bielsa, o en los collados de la Puntas Verdes, frente a mi casa, incluso vagando cerca de Salinas, un pueblo río abajo, a unos 10 kilómetros de Bielsa. ¿El oso deambulando por allí? Desde ese día, mis paseos por el monte se tiñeron de una extraña inquietud. No dejé de salir, de perderme por los bosques, de subir a los collados, muchas veces solo. No es exactamente miedo, ya que las probabilidades de encontrármelo de bruces son escasas y sus visitas al valle muy ocasionales, pero todo se tiñe de una inquietud especial. A veces canto, para avisarle de mi presencia, a veces me asusto, si otros animales hacen algún ruido. El otro día, recogiendo setas de verano, el rico rebozuelo, pasaron a unos diez metros de donde estaba dos sarrios, corriendo como poseídos. El susto duró, ya digo, unas décimas de segundo…


-11. Has escrito varios diarios. Uno de ellos relativo a la naturaleza. ¿Por qué?

Por pura impregnación. Contagiado por la Naturaleza del valle de Pineta, comencé a escribir “En el bosque” durante el verano de 2001. Luego, entre 2005 y 2006, seguí describiendo las demás estaciones, otoño, invierno y primavera en el valle, hasta darle su forma definitiva. Rechacé hablar del folklore del valle, de la ocupación humana, de la antropología relacionada con Pineta, para afrontar la obra desde los postulados de la llamada ecología profunda, aquella que da el mismo valor a todas las formas de vida. Creo que es mi obra más contradictoria, más impersonal y personal, traté de borrarme del texto a la vez que todo lo tamizaba mi forma de ser. Un ejercicio delirante, pero que dio sus frutos en el libro, hasta ahora, que más me interesa entre los que he escrito…


-12. Llevas Muchos años fuera de casa, ¿sientes nostalgia de Aragón? ¿Cómo se ve Aragón desde fuera, desde Cataluña?

Nostalgia quizá no sea la palabra, porque mi vinculación con mi tierra es plena. Viajo constantemente a Zaragoza, donde está mi familia y donde todavía conservo buenas amistades. Y luego las escapadas a Pineta, donde mis amistades, en su mayoría, también son aragonesas. Aragón es una realidad que vivo día tras día. Visto desde Cataluña, Aragón es una realidad viva. Y puede que al vivir en Barcelona las cosas de Aragón se valoren más. Yo siempre digo, y no es ninguna broma, que el casco antiguo de Zaragoza es uno de los más importantes de España, y si no fíjate en el Mudéjar, en la Aljafería, en las ruinas romanas, en los palacios renacentistas y las casonas del XVII al XIX. Tiene una extensión considerable, que coincide con la vieja ciudad romana. Y luego todo el tema del nacionalismo catalán, que me hace valorar mejor el saber ser y saber estar de las gentes aragonesas…

-13. ¿Cuál es la mejor anécdota veraniega vinculada a su profesión?

Para seguir con el tema del Pirineo, que tanto refresca también cuando se lee su mismo nombre, te contaré una anécdota a la inversa, que tiene que ver con la frustrada presentación de mi libro “En el bosque”, en Bielsa. Yo esperaba que a la gente le interesaría saber de un libro que habla, exclusivamente, de las montañas y bosques de Pineta, el valle más emblemático de los que forman el término municipal de Bielsa. Pues bien, yo creo que del pueblo no asistió nadie, lo juro. Apenas se acercaron media docena de amigos. Pero luego, en compañía de Joaquín, mi editor, y de dos buenos amigos, Antonio y Enrique, montamos una partida de guiñote que resultó memorable.

ELIFIO FELIZ DE VARGAS: DIÁLOGO

ELIFIO FELIZ DE  VARGAS: DIÁLOGO

AVENTURAS DE VERANO / 6

 

 

“La Vaquilla es una celebración del verano”

 

 

Elifio Feliz de Vargas es veterinario y escritor turolense. Nació en Teruel y es un enamorado de sus ritos: el mudéjar, el modernismo, la calma, pero también las fiestas de la Vaquilla.

 

-1. ¿Qué hace un veterinario y escritor en verano?

Como veterinario intento quedar con compañeros de profesión a los que frecuento poco durante el año, pero no para hablar de temas profesionales, desde luego. También atiendo más a mis perras ‘Punka’ y ‘Goya’ a las que tengo bastante abandonadas durante el año, y además atiendo esas urgencias de amigos y conocidos que suelen comenzar con un “ahora que te veo...” Como escritor aprovecho para traducir en palabras las historias que se han ido pergeñando en mi mente a lo largo del año y  han conseguido superar el filtro del paso del tiempo.


-2. ¿Es de playa, mar, montaña...?

Montaña, sin duda. Pero nunca diría que no a una semana en alguna de las islas Baleares y si pudiese ser Menorca mejor que mejor.



-3. ¿Cómo vendería Teruel: la provincia y la ciudad? ¿Cuál es su encanto?

A los amigos del bullicio y el tumulto no podría engañarlos. El encanto de Teruel está en la tranquilidad y también en la diversidad de los turolenses. En esta provincia hay personajes muy interesantes en todos los campos y de todas las edades.



-4. ¿Por qué es tan importante la Vaquilla? ¿Cuál es el menú ideal de la fiesta del Ángel?

Hace años se hablaba de la Vaquilla como unos días para romper con las normas y desinhibirse. Ahora que cualquier fin de semana encontramos una excusa para la desinhibición y la protesta creo que la Vaquilla se ha convertido en una celebración del verano, en una especie de larga noche de San Juan en la que nos sentimos renacer y pueden cumplirse nuestros sueños. No en vano muchos turolenses se felicitan el año con un “feliz Año Nuevo y próspera Vaquilla”, como dos momentos fundamentales del calendario.


-5 ¿Está Teruel olvidado o postergado?

No soy nada victimista en este caso. Evidentemente hay muchas cosas mejorables, pero creo que son problemas comunes a muchas otras provincias del interior como Zamora, Soria, Guadalajara. No creo que haya una mano negra  frustrando nuestras expectativas, pero sí una falta de sensibilidad con gran parte del territorio nacional y es una pena, porque los pobres somos gente muy agradecida y con poquito que hagan por nosotros sabemos ser muy agradecidos. Claro, que si tratasen de aplicarnos el desarrollismo salvaje que se ha cargado nuestras costas estaríamos en riesgo de perder esos pequeños paraísos que podemos encontrar en el Parrizal de Beceite, el nacimiento del río Pitarque, el puerto de Orihuela o los estrechos del Ebrón.


-6. Acaba de publicar ‘Jericho souvenir’. ¿Cómo entiende el cuento y la literatura para jóvenes?

Aunque he escrito bastante para jóvenes todavía tengo dudas de que exista una literatura específicamente juvenil. EL libro de cuentos ‘Los jefes’ de Vargas Llosa sigue siendo mi volumen de relatos juveniles preferidos, pero muchos lo considerarían un género adulto. Creo que la literatura juvenil debe entretener, pero no descuidar aspectos literarios. Si los jóvenes son capaces de entender que la hija del Rey Axomal de los turumptucercos joruptumnaos esté enamorada de Ajaxpino príncipe de Tex-Mex en la constelación de la Borraja, por qué les tenemos que dar historias digeridas en forma de personajes maniqueos y relatos lineales, con narradores omniscientes que nos describen con todo lujo de detalles lo que piensa y hace el protagonista. En mi última novela juvenil, ‘Jericho souvenir’, trato de parodiar los bestsellers de acción y misterio, pero no renuncio a exigirle al lector un pequeño esfuerzo para que distinga la realidad de la ficción. Los personajes son complejos al igual que la estructura de la historia y el lector creo que se siente halagado de que el autor no le revele todos y cada uno de los entresijos de la historia, dándole la posibilidad de hacer sus propias conjeturas.



-7. ¿Cuáles son el viaje y la ciudad de su vida?

Ya dije que me atrae la montaña, por eso mis viajes preferidos siguen siendo el que hice a Eslovenia, un país con numerosos parques naturales cruzados por ríos de aguas cristalinas y, cómo olvidar el ascenso al Huayna Picchu en Perú. En cuanto a ciudades no tengo que salir de España, pero lo tendría difícil para escoger entre Salamanca, Córdoba o Cuenca. Esta última es para mí un ejemplo de lo que se puede hacer con una ciudad pequeña cuando se respeta su antigua estructura y el entorno que la rodea. El Júcar está perfectamente integrado en la ciudad, algo que no ha conseguido hacer todavía Teruel con el Turia.



-8. ¿Cuáles serían su canción y su concierto de un verano inolvidable?

 ‘El final del verano’ del Dúo dinámico, desde que tengo uso de razón creo que no ha habido año que no la haya cantado alguna tarde cuando refresca y los días acortan. ¿Un concierto? Cualquiera al aire libre, preferentemente desde una terraza y tomando una cerveza mientras uno de esos virtuosos músicos callejeros nos transporta con su violín a algún rincón de Viena.



-9. ¿Cómo recuerda la primera vez?

Los nervios y la emoción nunca me han permitido disfrutar de la primera vez en nada. Luego la memoria todo lo tergiversa y lo transforma en maravilloso.



-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje de sus veranos?

Mis amigos. No nos hacía falta nadie más. Y Marisa, mi mujer, el año que la conocí.



-12. ¿Cómo podría contar el verano en un microcuento?
Me despertó el canto de un gallo al otro lado de la ventana. Había dormido fatal en aquella cama estrecha. Todavía cuarenta años después me pregunto cómo habría llegado aquel camastro de camarote al granero de una casa de Pajares, en Zamora.



-13. ¿Cuál es su mejor anécdota veraniega vinculada a la escritura o a la profesión?

Escribir es en sí una anécdota. En la profesión recuerdo aquella gata que durante años habían traído a la consulta para que le pusiéramos un tratamiento para que no saliese en celo. Venía envuelta en una toalla para que no se asustase y el dueño me mostraba un trocito de piel donde pincharla. Aquel verano hacía mucho calor y como el animal estaba sofocado le quitó la toalla un momento, lo suficiente para que la gata levantase el rabo y yo descubriese dos pequeños testículos muy cerca de su culito respingón.

 

 

LUIS ALEGRE RECUERDA A CONCHA

 

CONCHA GARCÍA CAMPOY, FIGURA DEL PERIODISMO

ESPAÑOL DE LAS ÚLTIMAS DÉCADAS, ROZÓ ESA

QUIMERA QUE SE CONOCE COMO LA MUJER SOÑADA

 

CONCHA

Por Luis Alegre. Suplemento Heraldo Domingo. 

“Merece la pena escribir una novela solo para que me entreviste tu amiga”. La frase me la dijo Javier Tomeo, hará unos 20 años. Mi amiga era Concha García Campoy. Javier y Concha sentían debilidad el uno por el otro. El sábado 22 de junio murió Javier y Concha me llamó para llorar a nuestro amigo. Fue la última vez que hablé con ella. Luego me escribió un sms: “Vaya racha, tato”. Concha aludía a los infames últimos meses, en los que la muerte se había ensañado con gente cercana. Pero ella se encontraba bien. Fue al teatro a ver “¡Ay, Carmela¡” y planeaba la próxima temporada en la tele. Todo insinuaba que Concha había logrado batir a la leucemia que le diagnosticaron la víspera de la Nochebuena de 2011. Menudo alivio. Esa sensación fue lo único bueno de ese sábado 22 de junio. El miércoles diez de julio amaneció maldito, con la muerte de otro amigo, el librero y editor Jesús Robles, a los 54 años, la edad de Concha. A primera hora de la tarde, yo acababa de escribir el artículo alrededor del entierro de Javier Tomeo que apareció en estas páginas. Entonces, en una simetría macabra, me llegó el mensaje brutal: Concha había muerto en Valencia.

 

No sé si hay algo más desestabilizador en esta vida que la muerte prematura e inesperada de un ser muy querido. La noticia de la muerte de Concha me dejó temblando, atolondrado y mudo. En el primer instante, como me ha ocurrido otras veces, como le sucede a todo el mundo, sentí la absoluta necesidad de encontrarme dentro de un mal sueño: “No puede ser, será un error, alguien me va a escribir ahora para decirme que no es cierto”. Eso es lo que pensé. Pero no hice más que recibir mensajes de perplejidad, afecto y condolencia. Entonces, al reparar en que la pesadilla era real, me hundí en la cama, con un barullo de recuerdos y de voces de Concha bailando dentro de mi cabeza.

 

La conocí en las fiestas del Pilar de 1988, en la emisora de Radio Zaragoza. Concha había venido a presentar un especial de “A vivir que son dos días”, el programa que ella alumbró con Javier Rioyo y su marido Lorenzo Díaz y en el que colaboraba mi amigo Perico Beltrán. Javier me había llamado los días previos para que les sugiriera temas e invitados y, en Zaragoza, quedé con ellos. Era un viernes. Al día siguiente madrugaban pero éramos jóvenes y cerramos la noche en el Casco Viejo. El nombre del programa, “A vivir que son dos días”, le pegaba mucho a Concha. Ella atribuía su adicción al carpe diem a un episodio clave de su infancia. Tenía cuatro años cuando, en 1962, las inundaciones del Vallés arrasaron cientos de casas en la zona de Tarrasa donde ella vivía con sus padres y su hermana Asun. Murieron unas mil personas. Una de las casas destruidas fue la suya pero salvaron el pellejo. Luego, durante unos años, vivieron en una casa prefabricada. Concha mantenía que, de forma inconsciente, aquel suceso le hizo interiorizar la fugacidad de todo, incluidas las cosas que creemos más sólidas. A Concha también le marcó ver cómo sus padres, dos andaluces de origen muy humilde, se volcaban en su tienda de Tarrasa y luego en la que montaron en Ibiza, el lugar que ella consideraba su Arcadia. Uno de sus abuelos fue un comunista fusilado después de la guerra y el otro sufrió la cárcel por rojo. Concha tuvo conciencia de clase desde muy niña: cuando ayudaba a sus padres en la tienda, a veces engañaba con el peso de la compra a las clientas más ricas. Concha era de izquierdas pero antisectaria: tenía amigos y colaboradores de todos los bandos –Mariano Rajoy fue contertulio deportivo de uno de sus programas- y a sus hijos Lorenzo y Berta les llevaba a un colegio católico por la simple razón de que el centro le inspiraba confianza. Y ella, que era agnóstica, huía de imponer a sus hijos sus convicciones: procuraba que ellos fueran libres de elegir las suyas.

 

Desde el primer momento Concha me pareció, sencillamente, deslumbrante. La tele le había convertido en una de las estrellas más populares del periodismo y la radio en una de las más prestigiosas. Una noche de verano se me ocurrió bautizarla como la Ingrid Bergman de la radio. Acumulaba todo tipo de devotos. Su padre era uno de sus fans más excéntricos: cuando Concha presentaba el telediario lo grababa todos los días pero luego borraba los trozos en los que no salía su hija. Un portero de noche de un hotel le escribió una carta de amor diaria durante tres años y, como Concha no respondía, él se inventaba las cartas de respuesta, a las que él, a su vez, contestaba. Un día el hombre le escribió una sola frase- “Si lo que quieres es dinero, toma” – y le metió en el sobre un billete de mil pesetas. Concha se lo devolvió a vuelta de correo sin una sola nota y ese fue el fin de la relación. Entre los fascinados por Concha se encontraban figuras de la política, la cultura y el periodismo que, en algún caso, estuvieron cerca de perder la cabeza por ella. Pero Concha tenía una gracia muy particular para reconvertir a sus enamorados en amigos y cómplices. Ella rozaba siempre esa quimera que se conoce como la mujer soñada.

 

Durante casi 25 años Concha ha sido un ser crucial para mí. Como amiga, cómplice y referencia, desde luego. Pero, también, como compañera de trabajo. Durante tres temporadas codirigimos “La gran ilusión”, un programa de cine en Tele 5, y durante otras tres colaboré en sus programas de radio. Los días de “La gran ilusión” fueron muy fieles a ese título: yo iba a Tele 5 cada mañana muy contento porque sabía que allí, en su compañía, se me pasarían las horas volando. Viajamos a Los Ángeles, París, Cannes o Cefalonia, una preciosa isla griega donde nos esperaba Penélope Cruz. Concha escribió el epílogo de mi primer libro y el prólogo del que dediqué a Maribel Verdú. Siempre tenía un cuarto para mí en su casa de Madrid y otro en su casa de Ibiza, una finca llamada Jacarandá, otro nombre muy evocador de su imbatible alegría. He conocido a pocas personas tan poco dotadas para venirse abajo y tan dotadas para impedir que lo hagan los demás. Durante nueve veranos fui a Jacarandá, con David Trueba y Santiago Segura, a abusar de su generosidad y a reírnos sin límite con ella, su familia y con Andrés Vicente Gómez, su amor de sus últimos 13 años. David, Santiago y yo llamábamos “mami” a Concha y ella nos llamaba “tatos”. Y, realmente, Concha, tan protectora, adorable y hada madrina, era muy mami de todos sus seres queridos.

 

El otro día, en el tanatorio, al despedirla, cuando compartía aquel infierno con tanta gente destrozada, me pudo la rabia. Todos los trucos a los que, en situaciones así, nos solemos agarrar para que no nos tumbe la tristeza no funcionaron. Sí, es verdad que fue un lujo que nos quisiera; sí, es verdad que ella no dejará de estar ahí porque será imposible de olvidar y porque siempre explicará algo de lo mejor de nosotros mismos; sí, es verdad que sin la muerte la vida sería totalmente inaguantable. Pero llevarse tan a deshora a un ángel como Concha es uno de esos alardes absurdos e increíblemente crueles que la muerte nunca se debería permitir.

QUICENA DE TOMEO. POR LUIS ALEGRE

QUICENA DE TOMEO. POR LUIS ALEGRE

 

EL ESCRITOR JAVIER TOMEO FUE UNO DE ESOS ARAGONESES QUE PUSO A SU PUEBLO EN EL MAPA DEL MUNDO Y DE LA HISTORIA

 

Quicena de Tomeo

 

Por Luis ALEGRE. Heraldo Domingo de Heraldo de Aragón.

 

Jueves 27 de junio. Quicena, Huesca. Hoy va a ser enterrado el hijo más ilustre de la historia del pueblo, Javier Tomeo, uno de los escritores europeos más originales de las últimas décadas y una de las personalidades de la cultura aragonesa más jaleadas en el mundo.

 

Son las cinco y media de la tarde y hace calor. Amigos, colegas, familiares y paisanos de Javier nos hemos acercado al cementerio. Y periodistas y políticos. Antes del entierro, se celebra un acto homenaje. Un grupo de músicos interpreta unas melodías. La que toca el chelo es una “chica Tomeo”, ese tipo de joven que le encantaba a Javier. Israel Cortés - alcalde de Quicena-, una sobrina de Javier y escritores como Ismael Grasa y Cristina Grande cuentan cosas de Javier o leen textos de su añorado amigo. El entierro se realiza de forma literal: se ha abierto una enorme fosa en la que cuatro hombres depositan el ataúd y, con unas palas, lo cubren de tierra. La operación dura un buen rato pero resulta hipnótica: nadie mueve una ceja hasta que acaba y les dedicamos una ovación, a Javier y a los cuatro hombres. Casi nadie había asistido en directo a un entierro así, literal. Jerónimo Blasco comenta que solo lo había visto en las películas del oeste. Eso le pasa por no ser de Lechago.

 

El poeta Marcial volvió a Bílbilis en sus últimos años y allí fue enterrado. Pero buena parte de los aragoneses más distinguidos de la historia fueron gente de pueblo que no “descansa” –menudo eufemismo- en su pueblo. Fernando el Católico (Sos) fue sepultado en Granada; San José de Calasanz (Peralta de la Sal), Miguel de Molinos (Muniesa) y San José María Escrivá de Balaguer (Barbastro) en Roma; los hermanos Argensola (Barbastro) en Nápoles (Lupercio) y Zaragoza (Bartolomé); Pedro Cerbuna (Fonz, Huesca) en Calatayud; Baltasar Gracián (Belmonte) en Tarazona, quizá en una fosa común; Miguel Servet (Villanueva de Sigena) fue quemado vivo en Ginebra; Goya (Fuendetodos) fue enterrado primero en Burdeos y luego trasladado –sin su cabeza- a la ermita de San Antonio de la Florida de Madrid; Braulio Foz (Fórnoles, Teruel) en Borja; Joaquín Costa (Monzón), ante la presión popular, fue inhumado en Zaragoza; Basilio Paraíso (Laluenga), Ramón y Cajal (Petilla de Aragón), María Moliner (Paniza) y Laín Entralgo (Urrea de Gaén) en Madrid; Raquel Meller y Paco Martínez Soria (Tarazona) y José Manuel Blecua Teijeiro (Albalate de Cinca) en Barcelona; las cenizas de Sender (Chalamera de Cinca) fueron arrojadas, según su deseo, al Pacífico y las cenizas de Buñuel (Calanda) se encuentran, tal vez, entre México y el monte Tolocha, en Calanda; Florián Rey (La Almunia) acabó en una fosa común, en Alicante; Miguel Fleta (Albalate de Cinca), en La Coruña; Ildefonso Manuel Gil (Paniza) en Daroca, el pueblo donde pasó la infancia, pero no en el que nació.



El humor negro es el disolvente más contundente de nuestras peores pesadillas. Por eso, la otra tarde, después del entierro, los amigos nos preguntábamos unos a otros: “Y a ti, ¿dónde te apetece que te enterremos?”. Nadie elige el lugar en el que nace pero, al menos, se puede desear el último refugio. Lo más natural es que si alguien señala ese lugar opte por un sitio especialmente simbólico y querido. Fernando el Católico dejó escrito que le llevaran a la catedral, cómo no, de Granada. A menudo no se cuida, o no se puede cuidar, ese detalle fundamental. Pero si alguien muere sin haber comunicado esa decisión hay que sepultarlo donde merece. A la gente hay que saber quererla pero también es muy importante saber despedirla y saber recordarla. Que se sepa, Tomeo nunca se pronunció al respecto. Pero merecía ser despedido y enterrado en su pueblo y su pueblo merecía ese honor. Javier nació en Quicena en 1932 y allí, con sus padres, vivió la infancia y la adolescencia en medio de circunstancias históricas muy poco vulgares: la II República, la Guerra Civil, la primera posguerra. Desde la tumba de Javier se divisa el Castillo de Montearagón, una de sus eternas referencias, su magdalena de Proust. Ese castillo, Quicena y Aragón siempre estaban en su boca, formaban parte de sus adicciones sentimentales, de sus obsesiones más cotidianas. Él retrató muy bien el absurdo pero hubiera considerado absurdo ser enterrado en otro lugar. Hay algo muy hermoso en que Javier haya vuelto para siempre al lugar en el que se abrió al mundo. El día de su entierro Antón Castro le dedicó a Javier un inspiradísimo poema que comienza así: “En mi principio está mi fin, dijo el poeta. En mi final está mi origen: la luz de Quicena…”.



No se trata de algo baladí. Para nuestro sosiego, sentimos una absoluta necesidad de saber dónde está nuestra gente- la que queremos o admiramos- incluso cuando ya no sigue en este mundo. Si se ignora dónde se hallan los restos de los seres queridos o de grandes personalidades se suele hacer lo imposible para encontrarlos. Si algún día aparecen, por fin, los restos de Lorca o de Publio Cordón, la noticia será portada en medio mundo. Ian Gibson sostiene que encontrar los restos de Lorca es vital para la salud de España.

 

El Día de Todos los Santos se acude a la tumba de los que quisimos y se le pone flores. Es un gesto de hondo calado simbólico y sentimental que también se tiene con otro tipo de seres queridos. Cuando viajé a Los Ángeles por primera vez visité la tumba de Marilyn Monroe. Las tumbas de Napoleón, Kafka, Elvis, James Joyce, Sinatra, Michael Jackson o Escrivá de Balaguer también se han convertido en lugares de culto y peregrinación para sus admiradores del mundo entero. Esas tumbas forman parte del patrimonio cultural de los lugares en los que están. La otra tarde, en el cementerio, al acabar el entierro, Antonio Cosculluela, presidente de la Diputación Provincial de Huesca, al lado de Dolores Serrat, consejera de Cultura de la DGA, y del alcalde de Quicena, aseguró que Javier Tomeo iba a contar muy pronto con una lápida a su altura.

 

El pueblo de Gracián se llama Belmonte de Gracián, el pueblo de Fernando el Católico se llama Sos del Rey Católico y el término de Peralta de la Sal se llama Peralta de Calasanz. Es una lástima que no se haya consolidado esa costumbre de apellidar los pueblos con el nombre del hijo que los puso en el mapa del mundo y de la historia. Fuendetodos de Goya, Calanda de Buñuel, Fórnoles de Foz, Laluenga de Paraíso, Quicena de Tomeo. No suena nada mal. Sería una bonita manera de fijar el tributo para siempre, además de una promoción para el pueblo muy barata y eficaz.

 

Javier Tomeo ha sido enterrado en Quicena pero eso estuvo a punto de no pasar. La primera idea fue sepultarlo en un nicho del cementerio de Montjuic de Barcelona, la ciudad en la que murió y en la que vivió buena parte de su vida. En ese cementerio están sus padres, es verdad. Pero Javier no tenía reservado un nicho a su lado. Se anunció que el funeral y el entierro se oficiarían en Barcelona. Pero, en el último segundo, se impuso la emoción. Algunos íntimos de Javier –Ismael Grasa, Antón Castro, José Luis Melero- comprendieron que se trataba de un asunto de alcance y provocaron que las autoridades asumieran el profundo valor del entierro de Javier en Quicena. Humberto Vadillo, Director General de Cultura de la DGA, María Victoria Broto, Diputada por Huesca en las Cortes y ex consejera de Educación y Cultura, Miguel Gracia, vicepresidente de la DPH y Rafael Blasco, concejal de cultura de Quicena, pillaron la idea al vuelo y la hicieron posible. Resulta tan extraño que políticos de diferentes tendencias ideológicas coincidan en algo y se pongan de acuerdo a la primera, que merece la pena celebrarlo.

 

Si alguien, en cualquier momento de la historia, siente el impulso de visitar la tumba de Javier Tomeo, tendrá que venir a Quicena. Allí lo encontrará, vigilado por su magdalena de Proust.

 

*Foto de Ana Jiménez, en La Vanguardia.

 

GUILLERMO BUSUTIL RECUERDA A UN PUÑADO DE AMIGOS QUE SE HAN IDO

La lengua de las mariposas. Obituario

[Foto del editor de Península Manuel Fernández Cuesta.]

Guillermo Busutil

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2013/07/14/lengua-mariposas-obituario/602779.html

 

Cuando traiciona antes de tiempo es difícil amotinarse contra la muerte. No es fácil pensar nada que nos defienda de su oficio afilado, contundente y umbrío. Uno se queda de repente solo dentro de sí mismo. Un instante de sombra que nos sitúa fuera del presente antes de derrumbarse en tristeza en la garganta, en la mirada. Y enseguida la certeza de que toda la vida cabe en un recuerdo. No es lo mismo que cuando uno espera esos últimos labios cuyo aliento se percibe como una amenaza cerca. Tampoco si sucede en mitad de la vida que se lucha contra ella, en desigualdad de condiciones, para vencerle una codicia de tiempo. La única codicia comprensible y justificable. El pasado miércoles fue uno de esos momentos en los que la memoria sentimental, hacia quién acababa de morir, y nuestra propia vida, se cruzaron en el mismo espejo. Igual que si algo de nosotros se fuese con el protagonista viajero del óbito. Como si ese extravío en la muerte hubiese sido el nuestro en lugar del suyo. Sucede esto último si la edad que termina de caducar en el corazón del que se ha ido nos hermana generacionalmente. Ocurrió el miércoles. Tres veces indefensas contra el asalto de la noticia. Tres vidas en mitad de la tarde que se rompió en tres. Tres profesionales sin máscaras, sin dobleces ni repudios de clase o la embriaguez del poder. Ejemplo de talento, tenacidad y la libertad de estar viviendo sus pasiones. Las mismas que nunca dejaron de compartir con los demás.

Concha García Campoy: brillante periodista del trabajo codo a codo para quien la voz era seducción y credibilidad, una incondicional manera de ser y de estar. Hizo de la información, de la entrevista y del magazine, una clase sencilla con elegante clase natural. Nos enseñó a vivir que son dos días poniendo siempre esa sonrisa que no sobra en los momentos íntimos; al seguir sintiendo en nuestra mano la mano del que se quiere en la oscuridad de los años dentro de un cine; en los momentos difíciles ni cuando hay que restarle urgencias al sofoco de lo diario. Que con ilusión y entrega, muchos días del trabajo son hoy domingo. Fue la mejor periodista a la que invitar a casa o con la que irse a cualquier difícil frente de batalla.

Jesús Robles: un librero que durante treinta y seis años ha sido poeta en blanco y negro de su vida en 8 y medio. Un negocio casa donde nunca dejó de ser parte feliz de un matrimonial ménage à trois con su mujer y el cine de autor. El saludable abrazo golem del Alphaville y los Renoir del que han gozado numerosos aprendices, maestros y amantes del séptimo arte, convencidos por sus conocimientos y recomendaciones o envueltos en algunos de sus numerosos proyectos.

Manuel Fernández Cuesta: editor de antigua estirpe (quedan pocos como él y Enrique Murillo) que enriqueció la ficción con el discurso de una necesaria, excelente y audaz península del pensamiento. Un día abandonó el despacho de un sello con éxito asegurado y se marchó a una aventura pequeña e independiente, decidido a defender que los libros continuasen siendo la lectura como formación, en lugar de la lectura como entretenimiento. Los tres han sido algo más que magníficos profesionales con los que el trabajo me ha cruzado en cordial simpatía, con suficiente tiempo cómo para aprovechar su talento y guardar algunas anécdotas, objetivos comunes y las ganas de que la recompensa al trabajo bien hecho sea seguir haciéndolo.

No me cabe duda alguna de que los tres continúan vivos. Concha García Campoy en las ondas del aire donde su voz es una radio cálida y comprometida. Manuel Fernández Cuesta en los libros que al abrirlos son como encender la luz de una pregunta o una respuesta inteligente y con una palabra al frente. Jesús Robles en Martín de los Heros, la mejor calle en versión original. Me gustan los obituarios. Creo que son un género de guante negro contra el duelo. Una flor roja que siempre es el último beso herido al que enseguida le sobreviene la oscuridad, un largo sueño, el fuego, las cenizas, el viento. Los leo. Los colecciono. Sé de lo que hablo. Es difícil hablar de los muertos sin sentimentalismos falsos ni convertirlos en sombras de los héroes que no fueron. Al menos, no más que cualquiera que haya combatido por el hechizo de una palabra aprendida en un libro, por sembrar a tierra un sueño resbaladizo y exigente o por un beso en el que reconocerse feliz, sin claudicar contra unas cuantas derrotas que duelen antes de levantarse. Es difícil elegir los adjetivos del presente, los verbos del pasado, los sustantivos eternos. No es fácil evocar ni significar la historia del que se ha marchado. Hay que protegerse de engrandecer las verdades o fabular la identidad y la elegancia en sus batallas. Es importante saber en qué cercanía debe uno colocarse al hablar de los que se van. Escribirle a la muerte para conjurarla en una memoria viva despierta en quién lo hace culpas, afectos, debilidades, fantasmas, humedad en la garganta de las palabras que en cierto modo se lloran. Incluso el peligro de la impostura y el inconsciente papel del juez que certifica un veredicto. Igual que si también fuese el mago sacerdote de un rito ancestral. El de ponerle al muerto entre las manos el pliego del obituario como un pasaporte a presentar al otro lado. Esa orilla de la que nadie sabe con certeza su existencia. Si se compone de varias puertas. De un sendero que se bifurca. Nunca me he preguntado qué es más digno o razonable: si una necrológica de recomendación o dos monedas para Caronte. Lo más hermoso sería colocarle en los labios una mariposa y que del difunto hable la lengua de sus alas.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista www.guillermobusutil.com

CONCHA GARCÍA CAMPOY: ADIÓS A UNA VOZ CÁLIDA E INOLVIDABLE

No son buenos tiempos para el periodismo. Y por si fuera poco, algunos de los mejores, en medio del desconcierto general, se están yendo: el domingo desaparecía una maestra de la crónica como Pilar Narvión (Alcañiz, 1922-Madrid, 2013) y este miércoles ha muerto otra mujer irrepetible, elegante y respetuosa, que iluminaba cuanto tocaba: la radio, la televisión o la prensa escrita. 

Concha García Campoy (Tarrasa, 1958-Valencia, 2013) le gustaba la gente, anhelaba comunicar y sabía escuchar. Admiraba la inteligencia y la integridad, por eso algunos de sus personajes preferidos, entre otros, fueron Julio Alejandro, Rafael Azcona, Jorge Semprún, José Antonio Labordeta o José Luis Sampedro. Nació en Tarrasa, en el seno de una familia andaluza, y se crió en Ibiza. Sus padres tenían una tienda y ella contó alguna vez, a uno de sus mejores confidentes como Luis Alegre, que su familia sobrevivió de milagro a las inundaciones del Vallés a principios de los 60 y que “engañaba en el peso a las clientas más ricas” del local familiar. También por entonces descubrió la penas de amor: cantaba y cantaba para intentar seducir a un vecino del que se había prendado.

El periodismo se convirtió en una de sus pasiones y ya en 1979 se enfrentó a un micrófono en 'Antena Pública'. En 1983 ingresaría en TVE y poco después, en 1985, presentaría el telediario en compañía de otro clásico como el aragonés Manuel Campo Vidal. Por entonces, otra de las parejas de moda era Carlos Herrera y Ángeles Caso. Conocida y respetada, ingresaría en la SER para dirigir y presentar 'A vivir que son dos días', que se convirtió en un programa fundamental donde cabía todo: el humor, la información, la entrevista rigurosa, los libros, la música, el copioso anecdotario de la vida tal como viene. A Concha la definía la curiosidad y el antidivismo. 'A vivir que son dos días' fue un magazine modélico que incrementó su popularidad: respaldada por un estupendo equipo con Lorenzo Díaz y Javier Rioyo, entre otros, demostró su calidad humana, su curiosidad, su respeto y su dulzura. Ganó los premios más importantes: el Ondas, el Micrófono de Oro, el Antena de Oro. Ha sido siempre una mujer afable, culta y honda, capaz de reír como pocos, vitalista y atrevida. Más tarde, presentó 'Mira 2' en TVE, con grandes personajes. 

Compaginó diversos medios: en la radio, dirigió y presentó 'Días de radio' en Antena 3, 'Noches de radio' y 'Las cosas que nunca dije' en Onda Cero; en televisión codirigió con Luis Alegre, en Telecinco, 'La gran ilusión', un programa de cine. El título hacía honor no solo al cine sino a su propio carácter y a su actitud vital: Concha fue una mujer de entusiasmos y de inquietudes constantes. Por aquellos días, inició su relación con el productor Andrés Vicente Gómez; Concha, que se definió como una “monógama sucesiva”, había estado casada con Jaime Roig y con Lorenzo Díaz. Y entre otras muchas ocupaciones acabó al frente de un magazine televisivo, distinto, sin apenas turbiedad, en 'Las mañanas de cuatro'. Hizo especiales y firmó entrevistas y reportajes en 'El País Semanal' y en la revista de 'El Mundo'. Allí, entre otros temas, firmó una sección de perfiles, en colaboración con Ouka Leele (que hacía retratos pintados), donde incluyó a mucha gente: desde Imelda Navajo, le impresionó su fortaleza, hasta Fernando y David Trueba, Ariadna Gil o Félix Romeo, a quien Ouka Leele retrató como un goliardo o como un personaje noctámbulo y soñador de Rembrandt. Los recopiló en el libro 'La doble mirada' (Espasa, 1996).

Concha García Campoy fue una mujer optimista, luminosa y perfeccionista. Hizo varios programas en Zaragoza (una ciudad donde tenía muchos amigos), y una de las últimas veces que anduvo por aquí fue en el estreno de 'Iberia' de Carlos Saura, en 2005. Acompañaba a Andrés Vicente Gómez, productor de la película; también vino a ver a sus amigos y entró en el cine Don Quijote, hermosa y discreta, para zambullirse en el sueño de la música. Otra de las pasiones de su vida, como lo fueron la literatura, el cine, la tertulia, la amistad y el periodismo. Lo dijo bien claro: cuando le sobrevino la enfermedad se sintió tan querida que pensó que “tanto cariño me va a curar”. Y en cierto modo la va a salvar: su voz cálida, sus ademanes, su humanidad, su belleza serena, a lo Ingrid Bergman, se quedan para siempre en nuestra memoria.

 

*Este artículo apareció el miércoles-jueves en heraldo.es

AVENTURAS DE VERANO 5. T. ITURBE

AVENTURAS DE VERANO / 5

ANTONIO G. ITURBE. Escritor y periodista cultural

 

 

"¿El primer beso? Ella era guapa pero

su boca sabía a un tabaco muy fuerte"

 

"En Barcelona, nadie sabe

lo que son unas borrajas"

 

Antonio G. Iturbe (Casetas, 1967) es escritor y periodista cultural. Dirige la revista ‘Qué leer’. Creador del Inspector Cito y autor de ‘La bibliotecaria de Auschwitz’ (Planeta, 2012), reside en Barcelona desde muy joven.

-1. ¿Qué hace un escritor y director de una revista literaria como ‘Qué leer’ en verano?

Pasar frío. Como en España somos tan exagerados para todo, en la oficina al entrar en una farmacia o coger el metro está el aire acondicionado tan a todo taco que se te enfrían hasta las ideas. Yo he estado en Islandia, en Noruega y en Rusia, pero el lugar del mundo donde he pasado más frío ha sido en un cine en España en el mes de agosto. Falta medida.



-2. ¿Dónde suele veranear?

En Galicia, cerca de Ferrol, en una aldea de interior en un alto donde se da la vuelta el viento. Algo de playa, algo de montaña y doble ración de empanada de bonito.


-3.¿Cuáles son sus canciones preferidas del verano?

La canción del verano de raza aquella que se te graba en la cabeza y salta como un resorte en los momentos más inesperados de tu vida, años y décadas después. A mí me pasa con una de Rafaella Carrá que decía ‘Para hacer bien el amor hay que venir al Sur’. Estuvo un verano entero sonando en una de aquellas máquinas de discos que funcionaban con monedas del ambigú de la playa de la Barceloneta de Paco el Gamba.


-4. ¿Qué hace diferente al resto del año?

En las vacaciones en Galicia perfecciono hasta el virtuosismo el arte de la vagancia. Arrastro toneladas de libros para ponerme a leer al aire libre y, al final, es cuando menos leo. Me pongo a contar nubes como si fueran ovejitas y me quedo dormido.


-5. ¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida? ¿Y la ciudad?

Recuerdo de manera borrosa, siendo muy pequeño, la primera vez que viajamos desde Barcelona a Sant Feliu de Guíxols, en la Costa Brava. Son ciento y pico kilómetros y hoy día con las carreteras actuales, se recorre en menos de hora y media. Pero entonces, el recorrido a través de la carretera de curvas que unía Lloret con Tossa y después Tossa con Sant Feliu me pareció larguísimo e inquietante. La ciudad veraniega fetiche para mí es Playa de Aro. El sueño de los chicos de los apartamentos era cumplir 18 años para tener un coche de segunda mano e invitar a una chica a ir a Playa de Aro, al Tiffany’s o al Pachá.

-6. ¿Le queda algún recuerdo nítido de Casetas?
Tengo imágenes como fogonazos. Recuerdo el horno de pan de mis tías en la calle de la Parra. Me llamaba la atención que la puerta (era panadería y vivienda) siempre estaba abierta, que no paraba nunca de entrar y salir gente: que se mezclaba la tertulia de las vecinas, el ruido de un ensayo de rock duro porque en aquella casa todos eran muy músicos, una moto desmontada en el patio donde se apilaba la leña... yo que venía de Barcelona, donde no ibas a casa de alguien si antes no te invitaban, toda aquella ebullición me resultaba fascinante. Y el olor inolvidable de aquel horno, donde se hacían las mejores magdalenas que nunca haya vuelto a gustar: con harina, muchos huevos y sobres de gaseosa El Tigre.


-7. ¿Cómo fue la primera vez?

El primer beso fue durante unas vacaciones. Antes estas cosas siempre pasaban en verano. Ella era guapa pero fumaba Ducados, y su boca tenía un sabor muy fuerte a tabaco negro. No fuimos más allá del beso ni del verano. Con las primeras lluvias de final de agosto desapareció de mi vida como una bonita voluta de humo.


-8. ¿Cuáles han sido sus ocupaciones más raras?
Hice suplencias como vigilante nocturno en un garaje: toda la noche despierto en una garita de cristal, escuchando a Carlos Pumares o rayando hojas de papel. Un verano me fui tres meses a trabajar de pizzero a Ibiza a un chiringuito de playa. Descubrí que el secreto de la sangría que servían y que tanto gustaba a los extranjeros era el toquecillo que le daba el sudor de los camareros.

-9. ¿Qué le ha dado ‘La bibliotecaria de Auschwitz’ (Planeta)?

Mucho trabajo, descubrimientos personales, muchas satisfacciones por la reacción de los lectores y la eterna insatisfacción de pensar que debería haberlo hecho mejor.


-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje, real o imaginario, de sus veranos?

Recuerdo con mucho cariño los días, cuando la única actividad extraescolar era la calle, que pasé con los Cinco, con los Siete Secretos... todos aquellas aventuras extraordinarios de Enid Blyton. También el Jupiter Jones de los Tres Investigadores, una serie que me encantaba.


-11. Es también un escritor de libros infantiles y juveniles del Inspector Cito. ¿Qué busca con su redacción?

Lo primero que busqué con los libros infantiles fue ver sonreír a mis hijos. La idea de esta serie surgió porque mi hijo Darío cuando lo acostaba por la noche me pedía la lectura de un cuento. De los apuntes que tomaba aquellos días para luego explicárselas por la noche surgieron Los casos del Inspector Cito: se trataba de armar una historias completas, con un caso a resolver y sentido del humor. Yo es que crecí con Mortadelo y Filemón. Ahora que Darío ha crecido es mi otro hijo más pequeño, Néstor, el que me hace de lector y crítico y me ayuda a pensar las historias.


-12. ¿Cómo se ve Aragón desde fuera, desde Cataluña?

Parece mentira que estemos tan cerca pero, al menos en Barcelona, Aragón es un gran desconocido. Aquí nadie sabe lo que son unas borrajas. Todo el mundo sabe lo que es el sushi o el pollo teriyaki, pero si les hablas de guirlache suena a chino. Por mucho que se esfuerce la denominación de origen, nunca he visto en un menú la palabra "ternasco". De Teruel se conoce "el torico" y de Zaragoza, El Pilar, y para de contar.


-13. ¿Cuál es la mejor anécdota veraniega vinculada a su profesión?

No sé si es la mejor o la peor. Cuando cursaba cuarto curso de carrera me surgió la ocasión, gracias a mi padre, de hacer unas pruebas en el diario ‘El Mundo Deportivo’ para coger redactores en prácticas durante el verano de 1990. La prueba consistió en redactar un artículo con el tema Barcelona y Las Olimpiadas. Y, rebosante de una osadía bastante zopenca, largué un encendido manifiesto en el que explicaba con ahínco que las Olimpiadas eran un monumento a la hipocresía, etc. Despedido antes de empezar. Con los años he ido a peor, me he hecho más hipócrita.

 

  

 

 

 

'LAS CARTAS DEL CAPITÁN'. CUENTO

'LAS CARTAS DEL CAPITÁN'. CUENTO

Las cartas del capitán

Yo tuve una playa en el Atlántico. Era menuda, redondeada, con cantiles. Arriba, ante un cielo de gaviotas, se alzaba una montaña llena de aliagas, cruzada por un sendero delgado que avanzaba por la costa y permitía ver las islas, las puestas de sol, las barcas y la oscilación de las mareas. En el otro extremo, mi playa comunicaba con un arenal que siempre se denominó Playa de las Monjas. Era más pequeña aún, de apenas cincuenta metros. Pasado el tiempo, un día descubrí una casa con jardín ante la vereda que comunicaba con la arena y las rocas. Siempre pensé que era una playa para parejas ocasionales. Cuando llegaba la bajamar, se podía cruzar nadando desde mi playa, Valcobo o Balcobo, y eran los mejores domingos. Atravesarla, apenas cuarenta o cincuenta metros, era toda una aventura: una expedición surcada de peligros y de maravillas. Los cangrejos, los mejillones que se amontonaban, algunos percebes ocultos, las lapas, la complicidad de los esforzados nadadores. Una de las experiencias más hermosas que existen, tanto como deslizarse por la nieve o escalar una cumbre para ver el mundo y sus paisajes, es el mar tranquilo que te permite la brazada suelta, el chapoteo, el descubrimiento de moluscos. Un día llegamos a la gruta, o ‘furna’ como se dice en gallego, donde había desaparecido para siempre Penedo Santos, el capitán de barcos imaginarios. Arisco, inmenso, bebedor. Iba de taberna en taberna, tenía un amor en cada pueblo, en cada parroquia incluso: Serena, Olivia de Velo, Obdulia, Carmiña de Paxín, Antía de Lobeira, eran sus nombres o los que él les ponía. En una noche de miedo, mientras asábamos patatas y comentábamos las hazañas del Tour, alguien trajo la mala nueva: se guareció en su cueva con sus aparejos y su visera; durante el sueño le sorprendió una marea inmensa, “criminal”, dijo el paisano narrador, y se ahogó en el fondo. Desde entonces, los niños íbamos y veníamos con la esperanza de que el oleaje nos devolviese el brillo de sus ojos azules. Y uno de los cofres donde guardaba sus caracolas y las cartas perfumadas de dorada flor de aliaga que le dejaban sus amantes en los bares del puerto.

 

 

*Este texto apareció el domingo en mi sección 'Cuento estival' de HERALDO.