DIÁLOGO CON SERGIO VILA-SANJUÁN
https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/entrevista-sergio-vila-sanjuan-los-catalanes-no-deberiamos-vernos-instigados-escoger-entre-dos-tradiciones
Una entrevista con Sergilo Vila-Sanjuán.
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Una entrevista con Sergilo Vila-Sanjuán.
Texto de Rodolfo Notivol Gascón en la presentación de "El lector incorregible" en el Aula Magna del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, 12 de noviembre de 2018.
Y este es el texto que leyó Rodolfo Notivol, que, a mi costa, hizo reír a toda el Aula Magna. Gracias, amigo.
Presentar este libro me ha permitido descubrir a un Pepe Melero distinto, desconocido para mí.
Hace unos días, después de un inocente comentario mío en Facebook en el que hacía referencia a este acto, recibí la siguiente contestación de su parte:
«Te recuerdo que yo hablo el último. Y el que ríe el último…»
Como ustedes comprenderán, tan palmario intento de coacción me dejó desconcertado y me hizo plantearme algunas cosas.
¿Es habitual en Melero extorsionar a los presentadores de sus libros? ¿Es posible que, con su cara de buen chico, de comulgante aplicado, diría yo, Melero nos tenga a todos engañados?
Por supuesto, al principio, me dije que no, que no era posible, que era mi amigo y que le conocía bien.
Pero luego me vino a la cabeza la presentación de otro de sus libros, la de Los libros de la guerra, cuando nuestro querido y añorado J.A. Labordeta soltó aquella frase memorable que bien merecería pasar a los anales de la historia de las presentaciones.
«Si no me hubiera visto obligado a presentarlo —dijo—, yo jamás hubiera leído este libro».
¿Fue solo un arranque de franqueza aragonesa?, me pregunté. ¿O acaso José Antonio había sido ya víctima de las intrigas meleristas y estaba respondiendo a las mismas con su acostumbrada rebeldía?
No supe ni quise contestarme.
Ahíto de preocupación, comencé la lectura de El lector incorregible y a las pocas páginas di con las siguientes líneas:
«En mis lecturas de este verano sobre Joyce —nos dice Melero— me encontré con algunas cosas curiosas. Por ejemplo, con que no le gustaba a Juan Benet, lo que llamó mi atención, pues siempre pensé que los amigos de lo abtruso se sentirían cómodos en la misma cofradía.»
Como pueden imaginar, al acabar de leerlo me temblaban las piernas bajo la mesa ¿Si era capaz de decir semejantes cosas sobre Joyce o Benet, qué no sería capaz de decir sobre este humilde juntaletras?
En fin. Les cuento todo esto para que, si encuentran excesiva la lista de halagos y alabanzas que viene a continuación, sean comprensivos conmigo y tengan en cuenta que estoy sometido a una gran presión.
Empecemos pues:
Pepe Melero es el Woody Allen de las letras aragonesas.
¿Te parece bien así, Pepe?
Y lo es, no solo porque si dices las palabras médico u hospital en su presencia se marea, que también, sino porque, como el director neoyorkino con sus películas, ha logrado que cada dos años sus seguidores esperemos ávidos, ansiosos, hasta con síndrome de abstinencia diría yo, puestos ya a exagerar, una nueva entrega de sus artículos.
¿Y por qué ocurre esto?, se preguntarán.
Pues ocurre porque todos sus libros se parecen, pero todos nos sorprenden.
Porque todos están hechos de pequeños detalles, de esos con los que se hace la buena literatura y con los que se conoce a la buena gente.
Porque cada uno de sus textos es una celebración de la vida que más nos gusta: la ciudadana, la culta, la más libre.
Porque en sus textos la vida pequeña puede siempre con las grandilocuencias.
Porque lo que le gusta de Joyce no es el Ulisses, sino las cartas llenas de cochinadas que escribía a su esposa Nora.
Porque aunque le mire el culo a las hijas de sus amigos es solo en las películas y porque él se debe a su público.
Porque nos enternece que piense que es un buen actor cuando el bueno de verdad es Ismael Grasa.
Porque a este paso antes ganará un Goya que verá al Zaragoza otra vez en primera.
Porque si hubiera un Oscar a la amistad bien entendida él estaría siempre nominado.
Porque, según él, «el valor de los amigos no depende de lo que piensen, sino de cómo y cuánto nos quieran».
Porque cualquiera que leyera sus libros querría ser amigo suyo. Salvo Joyce y Benet, claro.
Porque nos recuerda cómo fantaseaba Félix Romeo con las apasionadas noches zaragozanas de Virginia Woolf y su marido.
Porque sus libros están llenos de celebraciones, de recuperaciones y de homenajes, como los que hace en este libro a José María Matheu, a Fernando Ferreró, a Rosendo Tello, a Juan Antonio Gómez o, sobre todo, a nuestro querido Alfredo Castellón.
Porque, como diría Pich i Pon, algunos de sus textos «nos erizan los pelos del corazón».
Porque es capaz de escribir dos artículos sobre verdugos para el mismo libro y quedarse tan ancho.
Porque es capaz de escribir dos artículos sobre verdugos y aclararnos que todos ellos antes que verdugos fueron delincuentes, lo cual explica muchas cosas.
Porque sabe cómo escribir del Zaragoza actual sin que las lágrimas salpiquen las páginas.
Porque a su Zaragoza en este libro solo le dedica un artículo. Uno menos que a los verdugos. Y eso demuestra que sí, que es un buen zaragocista, pero no el mayor, porque ese soy yo.
Porque, como en aquellos chistes antiguos, es capaz de relacionar a Durruti, a un comisario de policía y a Mi vaca lechera.
Porque le gusta hablar bien de su editor y no comprende que así nunca será en un escritor maldito.
Porque cuenta como nadie lo absurdo y cruel de la guerra.
Porque nos recuerda al tenor Carlos Lizondo y cómo cantaba el Adiós a la vida delante de la tapias del cementerio, frente al pelotón de fusilamiento.
Porque nuestras vidas no hubieran sido las mismas si no nos hubiera descubierto al gran Josep Puyol, el «pedomano», y si no nos hubiera detallado que actuaba con calzones de satén negro, que a veces los cambiaba por un frac, que en su repertorio incluía el pedo del cañonazo y el pedo la modista, y que este último imitaba a la perfección el ruido de la tela al rasgarse y duraba exactamente 10 segundos. Muchas gracias, Pepe. Después de saberlo todos dormiremos más tranquilos.
Porque para él la erudición no es un fin, sino una herramienta que usa para relacionarse con el mundo.
Porque aunque habla de libros y de autores, lo que a él le interesan son la vida y sus misterios.
Porque sus libros demuestran que la literatura y la vida son como el azogue y el espejo, se necesitan la una a la otra.
Porque, cuando escribe, nunca se pone tan estupendo como acabo de hacerlo yo.
Porque en sus libros tienen voz las “sinsombrero” del mundo. Todas esas mujeres a las que, como él dice, algunos quisieron sepultar bajo “pesadas losas de silencio”.
Porque escribe sobre la historia de Zaragoza como si la ciudad hubiera sido su primera novia.
Porque quiere tanto a Zaragoza y a Aragón que le quema la racanería con que, a veces, se comportan con sus hombres más ilustres. ¡Por favor una placa ya en todas las casas zaragozanas de Goya!
Porque le perdono que no haya incluido a Montemolín entre los viejos barrios de Zaragoza.
Porque es compasivo con los humildes e implacable con los petulantes y los pelmazos.
Porque no aguanta a los solemnes.
Porque hay que leer sus textos con gafas de soldador para prevenir las pedradas inesperadas.
Porque utiliza la ironía como un maestro de esgrima, para pegar estocadas. Y es que es muy amigo de Ángel Artal y, claro, todo se pega.
Porque con su trajín de libros antiguos y primeras ediciones nos recuerda que la vida es un continuo que no ha empezado ni acabara en nosotros.
Porque los libros que compra han pasado de mano en mano y como diría Ismael Grasa, respira en ellos «el transcurso de las décadas.»
Porque hay que leer sus libros sin fijarse mucho, con relajación, no vaya a ser cosa que localicemos una errata y le demos un disgusto.
Porque por saber sabe hasta dónde perdió la virginidad Ildefonso Manuel Gil.
Porque algunos amigos quisimos titular el libro El lector empalmado y, afortunamente, él se negó.
Porque, como diría Antón Castro, hay que leer sus textos con un pañuelo cerca para empapar la ternura.
Porque, sí, en el fondo es un tierno y blando y se emociona con la historia de Adelina, aquella lectora casi ciega que le regaló una edición muy especial del Saputo. O con la de Royo Villanova que visitaba la tumba de su mujer cada mañana antes de ir a dar clase.
Porque no le gusta que los limpiabotas le limpien las botas.
Porque aunque le preocupe qué será de su biblioteca cuando él no esté, lo que de verdad le inquieta es el paso del tiempo, como a todos.
Porque aunque le gustaría tener tantos apellidos aragoneses como Moneva, él calza siempre castellanos... y es un hombre abierto, de mundo y cosmopolita.
Porque se codea igual con el Pastor de Andorra y Perico Fernández que con Karen Blixen o Marilyn Monroe.
Porque en sus textos lo mismo aparecen reyes y catedráticos que payasos.
Porque escribe y vive contra la amargura.
Porque nos recuerda, como diría Miguel D´Ors, que la felicidad consiste «en no ser feliz y que no te importe».
Porque cuando escribe sobre sí mismo, en realidad, lo hace sobre todos nosotros.
Porque cree que la risa está infravalorada.
Porque le gusta reírse de sí mismo.
Porque nos gusta que escriba que por un artículo es capaz de jugarse el matrimonio.
Porque todos sabemos que eso no se lo cree ni él harto de moscatel.
Porque le queremos a pesar de lo que hace sufrir en sus escritos a su vicerrectora favorita.
Porque ha hecho de su vicerrectora favorita un personaje gruñón y un tanto tacaño, pero muchos sabemos que sin la de verdad, sin su Yolanda, no sabe ni por dónde salir de un ascensor.
Porque, como buen bibliófilo, aunque a veces leyéndole parezca que está un poco trastornado, no es que lo parezca, sino que lo está, y a él le encanta reconocerlo.
Porque viene de participar en una tertulia llamada «Ojalá se te apolille» y eso demuestra lo que acabo de decir.
Porque Yolanda, Iguácel y Jorge aceptaron vivir con él dentro de una biblioteca y él se lo agradece con una espléndida dedicatoria.
Porque con sus libros ha creado un género propio.
Porque no solo ha creado un género propio con sus libros, sino también con sus presentaciones y esta se parece mucho a una que hizo en este mismo edificio hace un par de años y de la que yo me acuerdo muy bien.
Porque las presentaciones de sus libros dan mucho juego y para mucho rato, pero esta tiene que terminar. Porque si no nuestra vicerrectora favorita nos echará a todos a la calle. Porque espero que todos ustedes salgan corriendo a comprar el libro. Porque Pepe y yo, como buenos masoquistas, tenemos prisa por irnos a ver al Zaragoza y porque, aunque me siguen temblando las piernas y me temo lo peor, siento curiosidad por lo que tenga que decir a continuación.
Un total de 43 autores, doce casetas de editoriales, librerías de la ciudad e instituciones y una treintena de actividades componen la programación de la V Feria del Libro de Tarazona organizada por el Ayuntamiento y que se celebrará los días 9, 10 y 11 de noviembre en el Recinto Ferial.
La concejala de Cultura Waldesca Navarro y los coordinadores de la feria José Luis Corral y Manuel Martínez Forega han presentado hoy los detalles de la programación llena de presentaciones, firmas de libros, mesas redondas, encuentros literarios, actividades y talleres infantiles y cuentacuentos.
En esta edición, el periodista y escritor Antonio Pérez Henares más conocido como Chani será el encargado de inaugurar la feria pronunciando el pregón en un acto que tendrá lugar el viernes a las 18.30 horas.
“Nuestro objetivo con esta feria es acercar las letras y la lectura al público y apoyar al sector y al talento creativo, contribuyendo además a hacer ciudad e intentando que se convierta en un fin de semana lleno de actividad para el sector servicios”, ha apuntado la concejala, que ha agradecido también la colaboración de los libreros de la ciudad.
Navarro ha destacado “la apuesta que venimos haciendo un año más por este evento que se ha convertido en un referente cultural con un programa de calidad que incluye la participación de numerosos escritores de primera línea”, entre los que destacan Isabel San Sebastián, José Calvo Poyato, Isabel Abenia, Luis Alberto de Cuenca, Francisco Ferrer Lerín o Javier Lostalé, junto con autores locales y escritores jóvenes, a los que se vuelve a apoyar en esta nueva edición.
En este sentido, cabe destacar la presencia de los autores locales Alejandro Puche y Jorge Martínez que presentarán el sábado a las 20.30 horas “Dos poetas en el Moncayo”.
La feria vuelve a ser un año más escenario de presentaciones en primicia como “La mañana descalza” de Inés de Ramón e Irene Vallejo, y “León Felipe: de la soledad española al definitivo exilio mejicano: 1884-1938” de Manuel Martínez Forega que tendrán lugar el sábado a las 18.00 y a las 20.00 horas respectivamente.
Durante la presentación, Corral ha animado “a los turiasonenses asumir como propia esta feria que tiene que ser de todos y para todos, convirtiéndose en un referente cultural”.
Por su parte, Forega ha incidido en la calidad del programa y ha puesto de manifiesto los temas a tratar en las mesas redondas como la del viernes sobre periodismo y literatura y la del sábado sobre la aportación de los “Novísimos” y de la “Generación del lenguaje” a la poesía de fin de siglo.
La feria abrirá el viernes en horario de 18.00 a 21.00 horas, el sábado de 11.00 a 14.00 y de 18.00 a 21.00 horas, y el domingo de 11.00 a 14.00 horas.
*Nota de la organización. En la imagen Manuel Martínez Forega, uno de los organizadores con José Luis Corral.
RETRATO CON PLACER Y LUTO
Antón CASTRO
Ángel de la luz y de la tiniebla.
Ángel negro, ahijado de Baudelaire y de Ungaretti.
Ángel exiliado en el centro de la soledad,
te recuerdo hecho verso de amor y desesperación:
pasarían los aviones, en medio de la guerra y la angustia,
y seguirías queriendo, te abrirías en canal
para ofrecer estancias a los desesperados, a los vencidos,
a los esclavos del crimen, de la intemperie y del poema.
Te recuerdo como eras, sí: cristal oscuro contra el cielo
en la voz del juglar Luis Felipe Alegre,
al que le habías dado tus últimos borradores
y aquel verso casi procaz que tanto te divertía:
imprímanse, por favor, en vaginas y no en páginas. Diosas jóvenes.
Más tarde, te vi, tenaz y enigmático, en un restaurante de pobres,
el Benjamín, donde te hacías el interesante
o te sentías el centro de la fiesta mucho antes de que empezases
a beber como un leñador soviético o un andariego sin destino.
La embriaguez era el estado ideal para capturar metáforas.
Luego, cuando ya eras el profeta de la noche y de las rebeldías,
volví a verte entre la multitud de los rapsodas sin verso propio.
Te pedían, Ángel, condúcenos, llévanos de la mano,
enciéndenos ese latido turbio de tu corazón,
haznos sentir esparto, dentellada, tormenta en los Monegros.
Y un día, habitado de nuevo por el amor,
viniste a mi casa. Hablaste por los codos. De todo: de Salinas,
de Lorca, de Quasimodo, de Cecco Angiolieri, de la noche entera,
de tu alma líquida y abisal, a punto de hundirse en un pozo.
Recuerdo la escena: aquel nuevo amor, aquel suave amor
(tus amores son, esencialmente, uno: el amor volcánico que exiges
y das hasta el temblor de las ideas, la locura y la sinrazón del deseo)
te cogió, te besó, te abrazó y te sacó a los jardines del Edén.
Recuerdo tus ojos de náufrago. Recuerdo tu voz resquebrajada
de terrores y de llanto sin lágrimas. Te ibas lejos.
Te ibas un poco más allá de casa para recuperar lo mejor
de ti mismo: lo que siempre has sido. Un ángel incierto.
Una criatura de bondad irreductible. Pasión de ortigas.
Un relámpago de luz, de sensibilidad y de emoción rabiosa.
El amanuense que ansía hospitales de reposo para su lírica
o catedrales de humo y de piedras tan antiguas como un jadeo.
Eras otro y tú mismo. Eras un profeta de silencio.
Un traductor de escarchas con una lengua de puñales en las sienes.
Eras el pensador brillante que ibas a pescar el sol en la noche.
Eras lo que eres cada vez más: un poeta astral. O espectral.
Un fugitivo de las sombras, el niño asombrado que una y mil veces
vuelve a la casa del padre para hallar el tesoro perdido:
aquel rostro de la madre muerta que te llamaba con su voz
de ultratumba, aquel crepitar de la lumbre donde la poesía
se hacía santuario, refugio, tálamo, espejo, corredor de extravíos,
oleaje decisivo, intimidad del grito inaudible.
Ángel Manuel Guinda Casales, no despilfarres el don esencial:
en ti la vida se vuelve lascivia, lucidez, alegría, flor de inmortalidad.
En ti la vida es cierzo, melancolía, violencia del sentir.
No te resistas a ser ángel, o Ángel, esclavo del placer y del luto.
Garrapinillos, 27-28 de diciembre de 2017.
*El retrato de Ángel Guinda es de Enrique Cidoncha...
Otra entrevista de la contraportada, con grabación de vídeo incluida, con Ignacio Peyró, con motivo de la publicación de su libro 'Comimos y bebimos' en Libros del Asteroide.
https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2018/10/25/ignacio-peyro-no-gusta-cocina-que-mete-medio-conversacion-1273764-1361024.html
Hoy, en la contraportada de Heraldo de Aragón, publico esta entrevista con Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968), que acaba de publicar ’Mudar de piel’, en Anagrama. Nueve cuentos de trasfondo familiar.
https://www.heraldo.es/noticias/aragon/zaragoza/2018/11/02/marcos-giralt-torrente-soy-hijo-unico-creo-que-mirado-vida-desde-balcon-1275263-2261126.html
EL PARQUE
Un cuento inédito del escritor Jorge Cortés
Zaragoza, Febrero, 1.964
Le decíamos Jefe, sin artículo. Era un señor de muy poco pelo, de estatura mediana tirando a bajito y que siempre llevaba los mismos pantalones, unos pantalones azules, desgastados y con manchas de grasa en las perneras.
Jefe vigilaba el tiempo y no nos dejaba salir del contorno de la arboleda; nos prohibía circular por el carril de la avenida de San Sebastián y que ni se nos ocurriera traspasar el seto que separaba del paseo de Renovales el camino terroso y bacheado por donde debíamos movernos. Si era media hora, no podíamos excedernos ni un minuto y si era una hora, bueno, si era para una hora entonces sí, entonces toleraba alguna demora. Algunas tardes le acompañaba su esposa, una mujer que entretenía las horas con labores de punto y que controlaba nuestro tiempo de alquiler, haciendo la vista gorda y permitiéndonos unas pedaladas de más, mientras su marido se sumergía en el cuidado de aquellas bicicletas que mimaba como a los hijos que no tuvo.
Jefe me enseñó aquella tarde de pirola. Una tarde que tocaba clase de Formación del Espíritu Nacional, y quien cuidaba de la asignatura (me niego a recordarlo como profesor y menos como maestro), era un energúmeno que contaba pormenores de la guerra civil, una guerra en la que no participó, pero que detallaba como si hubiese estado en cada frente de batalla. Aquel hombre con sus gafas ahumadas y delgadez de mala uva, tras enardecerse con el manual de Ediciones Doncel, cuyos párrafos leía muy mal, nos hacía subir por orden alfabético a la tarima mientras él permanecía sentado en su mesa y desde allí nos preguntaba. Si la contestación le parecía bien, te mandaba al pupitre y si sucedía lo contrario correspondía un fuerte palmetazo en cada mano, tres si te quejabas, además de abochornarte con sus comentarios ante el resto de compañeros, que siempre observaban, observábamos, en un silencio que contagiaba el miedo. Ya había pasado varias veces por ese trance y el alfabeto ordenaba que me tocaba subir a la tarima, y decidí no ir; mi madre me firmó una nota inventando unas décimas de fiebre y ese papel justificó mi inasistencia.
Y me fui al Parque. Jefe, como si fuera cosecha propia, y en buena parte lo era, me animaba. Nunca se te olvidará chaval, nunca se te olvidará. Y desde luego que no me olvidé, tampoco del batacazo.
Venga, no tengas miedo y no mires al suelo; de frente, siempre mira al frente. Y así comencé a balancearme, y con los pedales fui enderezando el rumbo, tomando impulso con el izquierdo y siguiendo con el pie derecho, una vez y otra, y otra más. Me trastabillé un poco, un poco más y me caí. La bicicleta me golpeó en la pierna y el roce con la tierra me ensució el jersey, arañándome la mano derecha. Me levanté, volví al sillín y Jefe me lo sujetó. Reinicié el pedaleo y me sentía tranquilo porque estaba convencido de que Jefe, corriendo y sujetando el sillín, aseguraba mi equilibrio. Ya era mía la bicicleta, grité y me volví hacia él. Pero él se había quedado frente al ferial permanente que había al otro lado del paseo, donde años después se construiría una clínica. De la impresión volví a caerme, aunque no me hice daño. Ya sabía, ya sabía montar. Jefe quedó junto a las bicicletas, allá al fondo, quieto y con la mano levantada, saludándome.
Por fin di la vuelta a la arboleda. Me incliné un poco para tomar la curva frente al Polideportivo Salduba, enfilé despacio la recta llena de socavones, que dejaba a la izquierda la selva donde dos veranos atrás enterré un cofre con cromos, postales y unas cuartillas con mis ideas tras mi primer pecado contra el sexto mandamiento, un cofre que alguien desenterraría cuando años después arrancaran aquella frondosa maleza, hermosa, matizada de arbustos, matorral alto y de pequeños chopos y acacias, todo devorado para reinstalar el insípido y mal empleado Quiosco de la Música cuando lo trasladaron desde la plaza de Los Sitios, aquellos años nombrada como plaza de José Antonio, y donde sí alegraba su presencia.
Incluso me atreví con la pequeña rampa que quedaba a la derecha, cerca del asfaltado que flanquea la avenida de San Sebastián. Y en ese talud hasta serpenteé, me recreé con la palanca del freno, dirigía a placer el manillar y me parecía que los radios seguían al dedillo mis intenciones. Ahí y en ese momento fui consciente de dominar la bicicleta. La bicicleta carecía de faro y de piloto trasero, su esqueleto denotaba el frecuente uso y su manillar correspondía a lo que llamábamos bicicleta de paseo. No me importaba porque para mí era un descubrimiento, un descubrimiento que suponía una gozada, una explosión de entusiasmo como nunca antes había disfrutado.
Me adentré entre los pinos y sus agujas, que al alfombrarse mullían un suelo limpio, con alguna briznas de matorral. Me paseé entre ellos, reduciendo la velocidad y con la precaución de esquivar sus troncos. Regresé al camino y a la altura del quiosco del belga, a quien mis padres lo nombraban como el quiosco del nazi, apareció el pastor alemán. Aquel perro que obligaba a todos los niños a esquivar esa parte del camino y del pinar. Un perro que me ladró cuando crucé entre las mesas de la terraza, vacía aquella tarde, vacía como toda la arboleda. Realmente era el único que había alquilado una bicicleta y el único que paseaba por allí. Y, seguro de mí, al perro no le tuve ningún temor. Estiré hacia él la pierna izquierda, una y más veces, retándole, y se retiró, se retiró con un algún ladrido, pero se retiró. Y Jefe esperaba al final.
Qué chaval, ¿ya te has espabilado?, me gritó. Y el perro lobo quedó confinado en el límite del quiosco, junto a una de las mesas de tijera. A Jefe no le gustaba ese perro y mucho menos su amo. Una tarde que todavía iba en bicicleta de cuatro ruedas, le oí advertir al señor belga, un hombre rubio y de bastante envergadura, que como su perro se llegase hasta su puesto y asustase a algún crío, no volvería a verlo con vida.
Jefe era de hablar rápido y nunca lo recuerdo ocioso. Siempre hinchando ruedas, asegurándose de los cambios de velocidad, revisando llantas y palomillas, engrasando piñones y cadenas, limpiándolas con detalle, con ese puntillo con que se hacen las cosas que gusta hacer. Cuidaba de unas treinta bicicletas, la mitad llevaban barra y las utilizábamos los chicos, las demás carecían de ella y en ellas montaban las chicas. Además, disponía de una docena con el manillar que utilizaban los ciclistas de competición, que las llamábamos bicicletas de carreras, las que más gustaban a todos, aunque esa tarde todavía no las había estrenado. Bien chaval, te has portado como hay que portarse. Y tras aquellas palabras, sacudiéndome la ropa, regresé exultante a casa.
*El escritor Jorge Cortés me ha enviado, a petición mía, este relato inédito.
La foto la tomo de la red. Es de Carlos Carreter.
Federico García Lorca, en su ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, aludía a “las madres terribles”; en sus obras dramáticas especialmente retrató a madres de gran fortaleza y en algunos casos despóticas: ahí están la madre de ‘Bodas de sangre’, que encarnó Luisa Gavasa en ‘La novia’ de Paula Ortiz, y la intransigente Bernarda Alba del drama. Para otros escritores también hubo madres terribles: el escritor francés Michel Houllebecq dijo de la suya que era una “histérica y vieja fulana” y siempre tuvo con ella una relación de odio, algo que también le sucedió a Marguerite Duras, como se ve en ‘El amante’; solía ofrecerla a hombres mayores sin contemplación alguna.
Truman Capote también sintió buenas vibraciones hacia la mujer que le dio la vida. No es lo habitual. Y, sin duda, hay mucho donde elegir: Máximo Gorki le dedicó páginas llenas de ternura y de complejidad a la suya en ‘La madre’, una mujer revolucionaria y atrevida; John Kennedy Toole, que se suicidó tras pasear su manuscrito de ‘La conjura de los necios’ por un sinfín de editoriales, logró la fama y el éxito póstumo gracias a la terquedad de la suya; siempre creyó en su talento y logró que le publicasen la novela. Jorge Luis Borges tuvo una relación de dependencia constante y misteriosa hacia su madre: vivió muchos años con ella y fue su protectora y su mejor compañía, incluso en los tiempos en que se enamoraba de María Esther Vázquez, Estela Canto, o cuando intentó sacar adelante su matrimonio con Elsa Astete.
El solitario Marcel Proust, que vivía a oscuras y escribía en el lecho en sus cuadernos alargados, siempre veneró a su madre; el dibujante Tulio Pericoli le hizo un retrato que no deja lugar a dudas. El refinado Marcel le daba la mano a una figura que le ampara que no es otra que su madre.
El escritor norteamericano Richard Ford narra en ‘Mi madre’ que enviudó pronto y que una noche, cuando tenía 17 años, fue a buscarlo a casa de su amante y truncó la relación para siempre; con todo, explicó que la redacción de ese texto era “un acto de amor” y dijo: “Los padres nos conectan -por encerrados que estemos en nuestra vida- con algo que nosotros no somos pero ellos sí; una ajenidad, tal vez un misterio, que hace que, aun juntos, estemos solos”.
Famosos escritores dieron muestras de su máxima ternura, humana y literaria, en la exaltación y recuerdo de su madre. Un caso ejemplar fue el controvertido Georges Simenon: asistió a la suya en su agonía, durante una larga semana en 1970, y le dedicó uno de sus mejores libros: ‘Carta a mi madre’. Peter Handke, que viajó por Aragón, firmó el libro ‘Desgracia impeorable’, donde recuerda, entre otros asuntos, que su madre se suicidó, pero antes le mandó una carta a su esposa donde le decía: “No lo comprenderías, pero no puedo pensar en seguir viviendo”. También se suicidó la madre del gran autor israelí Amos Oz. Albert Cohen, reconocido por ‘Bella del señor’, es autor de un breve e intenso ‘Libro de mi madre’, para algunos el mejor de los suyos. Allí se puede leer: “Alabadas seáis, madres de todos los países (…) Os saludo, madres llenas de gracia, santas centinelas, valor y bondad, calor y mirada de amor”. Gustavo Martín Garzo es autor de 50 retratos de mujer en ‘Todas las madres del mundo’. Escribe con ironía: “Algunas madres de comportaban como las actrices de la época dorada de Hollywood. Estaban convencidas de haber venido al mundo para ser adoradas”.
Algunas mujeres escritoras han contado historias bastante trágicas. Isabel Allende le dedicó una novela a su hija, titulada ‘Paula’, una narración del duelo. James Ellroy jamás ha podido desembarazarse de un hecho espantoso: su madre fue asesinada cuando él tenía diez años. Y Delphine de Vigan cuenta en ‘Nada se opone a la noche’ el suicidio de su madre. En cambio, Virginia Woolf siempre se sintió muy cercana a la hermosa Julia Jackson. Varios autores aragoneses han escrito en abundancia de su madre: Sender, Ángela Labordeta, que firmó el libro de relatos ‘El novio de mi madre’, Cristina Grande, Manuel Vilas (que le dedicó un poema impresionante), Rodolfo Notivol y, entre otros, Soledad Puértolas, en su libro ‘Con mi madre’, que cerraba así su homenaje a su Ana María Villanueva: “Le agradezco ahora a mi madre todas sus cartas, sus cartas casi diarias. Supongo que le dieron a su vida un significado. A mí me dieron mucha felicidad”.