Blogia
Antón Castro

Escritores

JORGE CORTÉS: UN CUENTO INÉDITO

JORGE CORTÉS: UN CUENTO INÉDITO

EL PARQUE

 

Un cuento inédito del escritor Jorge Cortés

 

 

          Zaragoza, Febrero, 1.964

                    Le decíamos Jefe, sin artículo. Era un señor de muy poco pelo, de estatura mediana tirando a bajito y que siempre llevaba los mismos pantalones, unos pantalones azules, desgastados y con manchas de grasa en las perneras.

                    Jefe vigilaba el tiempo y no nos dejaba salir del contorno de la arboleda; nos prohibía circular por el carril de la avenida de San Sebastián y que ni se nos ocurriera traspasar el seto que separaba del paseo de Renovales el camino terroso y bacheado por donde debíamos movernos. Si era media hora, no podíamos excedernos ni un minuto y si era una hora, bueno, si era para una hora entonces sí, entonces toleraba alguna demora. Algunas tardes le acompañaba su esposa, una mujer que entretenía las horas con labores de punto y que controlaba nuestro tiempo de alquiler, haciendo la vista gorda y permitiéndonos unas pedaladas de más, mientras su marido se sumergía en el cuidado de aquellas bicicletas que mimaba como a los hijos que no tuvo.

                    Jefe me enseñó aquella tarde de pirola. Una tarde que tocaba clase de Formación del Espíritu Nacional, y quien cuidaba de la asignatura (me niego a recordarlo como profesor y menos como maestro), era un energúmeno que contaba pormenores de la guerra civil, una guerra en la que no participó, pero que detallaba como si hubiese estado en cada frente de batalla. Aquel hombre con sus gafas ahumadas y delgadez de mala uva, tras enardecerse con el manual de Ediciones Doncel, cuyos párrafos leía muy mal, nos hacía subir por orden alfabético a la tarima mientras él permanecía sentado en su mesa y desde allí nos preguntaba. Si la contestación le parecía bien, te mandaba al pupitre y si sucedía lo contrario correspondía un fuerte palmetazo en cada mano, tres si te quejabas, además de abochornarte con sus comentarios ante el resto de compañeros, que siempre observaban, observábamos, en un silencio que contagiaba el miedo. Ya había pasado varias veces por ese trance y el alfabeto ordenaba que me tocaba subir a la tarima, y decidí no ir; mi madre me firmó una nota inventando unas décimas de fiebre y ese papel justificó mi inasistencia.

                    Y me fui al Parque. Jefe, como si fuera cosecha propia, y en buena parte lo era, me animaba. Nunca se te olvidará chaval, nunca se te olvidará. Y desde luego que no me olvidé, tampoco del batacazo.

                    Venga, no tengas miedo y no mires al suelo; de frente, siempre mira al frente. Y así comencé a balancearme, y con los pedales fui enderezando el rumbo, tomando impulso con el izquierdo y siguiendo con el pie derecho, una vez y otra, y otra más. Me trastabillé un poco, un poco más y me caí. La bicicleta me golpeó en la pierna y el roce con la tierra me ensució el jersey, arañándome la mano derecha. Me levanté, volví al sillín y Jefe me lo sujetó. Reinicié el pedaleo y me sentía tranquilo porque estaba convencido de que Jefe, corriendo y sujetando el sillín, aseguraba mi equilibrio. Ya era mía la bicicleta, grité y me volví hacia él. Pero él se había quedado frente al ferial permanente que había al otro lado del paseo, donde años después se construiría una clínica. De la impresión volví a caerme, aunque no me hice daño. Ya sabía, ya sabía montar. Jefe quedó junto a las bicicletas, allá al fondo, quieto y con la mano levantada, saludándome.

                    Por fin di la vuelta a la arboleda. Me incliné un poco para tomar la curva frente al Polideportivo Salduba, enfilé despacio la recta llena de socavones, que dejaba a la izquierda la selva donde dos veranos atrás enterré un cofre con cromos, postales y unas cuartillas con mis ideas tras mi primer pecado contra el sexto mandamiento, un cofre que alguien desenterraría cuando años después arrancaran aquella frondosa maleza, hermosa, matizada de arbustos, matorral alto y de pequeños chopos y acacias, todo devorado para reinstalar el insípido y mal empleado Quiosco de la Música cuando lo trasladaron desde la plaza de Los Sitios, aquellos años nombrada como plaza de José Antonio, y donde sí alegraba su presencia.

                    Incluso me atreví con la pequeña rampa que quedaba a la derecha, cerca del asfaltado que flanquea la avenida de San Sebastián. Y en ese talud hasta serpenteé, me recreé con la palanca del freno, dirigía a placer el manillar y me parecía que los radios seguían al dedillo mis intenciones. Ahí y en ese momento fui consciente de dominar la bicicleta. La bicicleta carecía de faro y de piloto trasero, su esqueleto denotaba el frecuente uso y su manillar correspondía a lo que llamábamos bicicleta de paseo. No me importaba porque para mí era un descubrimiento, un descubrimiento que suponía una gozada, una explosión de entusiasmo como nunca antes había disfrutado.

                    Me adentré entre los pinos y sus agujas, que al alfombrarse mullían un suelo limpio, con alguna briznas de matorral. Me paseé entre ellos, reduciendo la velocidad y con la precaución de esquivar sus troncos. Regresé al camino y a la altura del quiosco del belga, a quien mis padres lo nombraban como el quiosco del nazi, apareció el pastor alemán. Aquel perro que obligaba a todos los niños a esquivar esa parte del camino y del pinar. Un perro que me ladró cuando crucé entre las mesas de la terraza, vacía aquella tarde, vacía como toda la arboleda. Realmente era el único que había alquilado una bicicleta y el único que paseaba por allí. Y, seguro de mí, al perro no le tuve ningún temor. Estiré hacia él la pierna izquierda, una y más veces, retándole, y se retiró, se retiró con un algún ladrido, pero se retiró. Y Jefe esperaba al final.

                    Qué chaval, ¿ya te has espabilado?, me gritó. Y el perro lobo quedó confinado en el límite del quiosco, junto a una de las mesas de tijera. A Jefe no le gustaba ese perro y mucho menos su amo. Una tarde que todavía iba en bicicleta de cuatro ruedas, le oí advertir al señor belga, un hombre rubio y de bastante envergadura, que como su perro se llegase hasta su puesto y asustase a algún crío, no volvería a verlo con vida.

                    Jefe era de hablar rápido y nunca lo recuerdo ocioso. Siempre hinchando ruedas, asegurándose de los cambios de velocidad, revisando llantas y palomillas, engrasando piñones y cadenas, limpiándolas con detalle, con ese puntillo con que se hacen las cosas que gusta hacer. Cuidaba de unas treinta bicicletas, la mitad llevaban barra y las utilizábamos los chicos, las demás carecían de ella y en ellas montaban las chicas. Además, disponía de una docena con el manillar que utilizaban los ciclistas de competición, que las llamábamos bicicletas de carreras, las que más gustaban a todos, aunque esa tarde todavía no las había estrenado. Bien chaval, te has portado como hay que portarse. Y tras aquellas palabras, sacudiéndome la ropa, regresé exultante a casa.

 

*El escritor Jorge Cortés me ha enviado, a petición mía, este relato inédito.

La foto la tomo de la red. Es de Carlos Carreter.

LA MADRE EN LA LITERATURA. UNA VISIÓN

Federico García Lorca, en su ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, aludía a “las madres terribles”; en sus obras dramáticas especialmente retrató a madres de gran fortaleza y en algunos casos despóticas: ahí están la madre de ‘Bodas de sangre’, que encarnó Luisa Gavasa en ‘La novia’ de Paula Ortiz, y la intransigente Bernarda Alba del drama. Para otros escritores también hubo madres terribles: el escritor francés Michel Houllebecq dijo de la suya que era una “histérica y vieja fulana” y siempre tuvo con ella una relación de odio, algo que también le sucedió a Marguerite Duras, como se ve en ‘El amante’; solía ofrecerla a hombres mayores sin contemplación alguna.

Truman Capote también sintió buenas vibraciones hacia la mujer que le dio la vida. No es lo habitual. Y, sin duda, hay mucho donde elegir: Máximo Gorki le dedicó páginas llenas de ternura y de complejidad a la suya en ‘La madre’, una mujer revolucionaria y atrevida; John Kennedy Toole, que se suicidó tras pasear su manuscrito de ‘La conjura de los necios’ por un sinfín de editoriales, logró la fama y el éxito póstumo gracias a la terquedad de la suya; siempre creyó en su talento y logró que le publicasen la novela. Jorge Luis Borges tuvo una relación de dependencia constante y misteriosa hacia su madre: vivió muchos años con ella y fue su protectora y su mejor compañía, incluso en los tiempos en que se enamoraba de María Esther Vázquez, Estela Canto, o cuando intentó sacar adelante su matrimonio con Elsa Astete.

El solitario Marcel Proust, que vivía a oscuras y escribía en el lecho en sus cuadernos alargados, siempre veneró a su madre; el dibujante Tulio Pericoli le hizo un retrato que no deja lugar a dudas. El refinado Marcel le daba la mano a una figura que le ampara que no es otra que su madre.

El escritor norteamericano Richard Ford narra en ‘Mi madre’ que enviudó pronto y que una noche, cuando tenía 17 años, fue a buscarlo a casa de su amante y truncó la relación para siempre; con todo, explicó que la redacción de ese texto era “un acto de amor” y dijo: “Los padres nos conectan -por encerrados que estemos en nuestra vida- con algo que nosotros no somos pero ellos sí; una ajenidad, tal vez un misterio, que hace que, aun juntos, estemos solos”. 

Famosos escritores dieron muestras de su máxima ternura, humana y literaria, en la exaltación y recuerdo de su madre. Un caso ejemplar fue el controvertido Georges Simenon: asistió a la suya en su agonía, durante una larga semana en 1970, y le dedicó uno de sus mejores libros: ‘Carta a mi madre’. Peter Handke, que viajó por Aragón, firmó el libro ‘Desgracia impeorable’, donde recuerda, entre otros asuntos, que su madre se suicidó, pero antes le mandó una carta a su esposa donde le decía: “No lo comprenderías, pero no puedo pensar en seguir viviendo”. También se suicidó la madre del gran autor israelí Amos Oz. Albert Cohen, reconocido por ‘Bella del señor’, es autor de un breve e intenso ‘Libro de mi madre’, para algunos el mejor de los suyos. Allí se puede leer: “Alabadas seáis, madres de todos los países (…) Os saludo, madres llenas de gracia, santas centinelas, valor y bondad, calor y mirada de amor”. Gustavo Martín Garzo es autor de 50 retratos de mujer en ‘Todas las madres del mundo’. Escribe con ironía: “Algunas madres de comportaban como las actrices de la época dorada de Hollywood. Estaban convencidas de haber venido al mundo para ser adoradas”.

Algunas mujeres escritoras han contado historias bastante trágicas. Isabel Allende le dedicó una novela a su hija, titulada ‘Paula’, una narración del duelo. James Ellroy jamás ha podido desembarazarse de un hecho espantoso: su madre fue asesinada cuando él tenía diez años. Y Delphine de Vigan cuenta en ‘Nada se opone a la noche’ el suicidio de su madre. En cambio, Virginia Woolf siempre se sintió muy cercana a la hermosa Julia Jackson. Varios autores aragoneses han escrito en abundancia de su madre: Sender, Ángela Labordeta, que firmó el libro de relatos ‘El novio de mi madre’, Cristina Grande, Manuel Vilas (que le dedicó un poema impresionante), Rodolfo Notivol y, entre otros, Soledad Puértolas, en su libro ‘Con mi madre’, que cerraba así su homenaje a su Ana María Villanueva: “Le agradezco ahora a mi madre todas sus cartas, sus cartas casi diarias. Supongo que le dieron a su vida un significado. A mí me dieron mucha felicidad”.

 

CHARLA EN EL PARANINFO EN EL 'ZARAGOZA EN EL CORAZÓN'

CHARLA EN EL PARANINFO EN EL 'ZARAGOZA EN EL CORAZÓN'

HOY, EN EL PARANINFO, HABLO DE 'ZARAGOZA Y LA LITERATURA'
Esta tarde, lunes 22 de octubre, a las 19.30, dentro del ciclo ‘Zaragoza en el corazón’, que me resulta tan enternecedor (uno de mis libros más queridos fue ‘Galicia no corazón’ de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao), que coordina y dirige José Luis Melero Rivas, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis, Medalla de Santa Isabel de la Diputación de Zaragoza e Hijo Predilecto de Zaragoza, pronunciaré una conferencia sobre ‘Zaragoza y la literatura’, donde repasaré algunas porciones y algunos detalles de la obra de autores como Benjamín Jarnés, Ramón José Sender, Jesús Moncada, José Antonio Labordeta, Ana María Navales, Manuel Derqui, Soledad Puértolas, Ángeles de Irisarri, José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón, José Giménez Corbatón, Cristina Grande, Fernando Sanmartín, Félix Teira, María Frisa, Sergio del Molino, Ana Alcolea, Ángela Labordeta, Patricia Esteban Erlés, José Luis Rodríguez, Javier Delgado, Rodolfo Notivol, Julio José Ordovás, Féñix Romeo, Eva Puyó, Miguel Serrano, Ángel Gracia o Ismael Grasa, entre otros.
Por supuesto que estáis invitados.

*Una obra de Ángel Aransay, 1976. 

El programa completo:
https://cultura.unizar.es/actividades/zaragoza-en-el-corazon

DIÁLOGO CON JULIO ESPINOSA, DIRECTOR DEL ESTUDIO DE ESCRITURA

DIÁLOGO CON JULIO ESPINOSA, DIRECTOR DEL ESTUDIO DE ESCRITURA

 

Julio Espinosa es un poeta y narrador chileno, afincado en Zaragoza desde hace años, que dirige el Estudio de Escritura. Aquí explica su trayectoria, sus libros, su pasión por enseñar y por aprender. 

-¿Qué hace un chileno en Zaragoza?

Digamos que me trajo la vida y me he quedado porque uno necesita siempre un lugar desde el cual construir. El 2006 comencé a salir con una jienense que vivía aquí y un año después decidimos dar un paso más en la relación. Venir a Zaragoza era lógico, porque Madrid estaba lleno de psicólogas y escritores. Era un buen sitio para intentar construir algo. Han pasado once años, seguimos juntos y ahora nos acompañan en esta aventura Lluvia, que pronto cumplirá cuatro años y Mario, que tiene uno y medio. Zaragoza ya es nuestra ciudad. Desde aquí trazamos líneas hacia el resto del mundo.

-¿Cómo le ha acogido la ciudad, qué clima has encontrado aquí?

Mi objetivo al llegar a Zaragoza fue sacar adelante mis primeros talleres literarios, que se han consolidado con el Estudio de Escritura. Efectivamente con los niños, la vida pública se hace complicada. A eso hay que sumarle que los cursos son a última hora de la tarde y que llega un momento en que uno comprende que la labor del escritor está en eso, escribir, se produce una inclinación natural hacia vivir “para dentro”. Hoy en día me basta con quedar de vez en cuando con los buenos amigos que tengo. El resto del tiempo es para la familia, el trabajo y la escritura.

-Ha practicado varios géneros: novela, poesía, sobre todo poesía. ¿Cómo te ves como escritor?

Hablar de uno siempre es incómodo. Puedo decir que, con 44 años, he cumplido casi todas las metas que me propuse para este tiempo, por decirlo de alguna forma. Publiqué una novela en Alfaguara y un libro de poemas en Pre-Textos antes de los cuarenta. Le di continuidad con De lo inútil, editado por Candaya. No se trata de que haya “triunfado”, pero yo nunca vi la escritura como una carrera en la que superar a otros o llegar a un determinado número de ventas. Soy un trabajador de las palabras, con pico y pala. Me he mantenido fiel a mí mismo. Creo que eso es lo que me marca como escritor.

-Cuando uno piensa en Chile, y sobre todo en poetas, le vienen a la cabeza autores insoslayables: Neruda, Mistral, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas… ¿les debe algo?

De manera directa, no. Me interesan más otros poetas y entre los chilenos, indudablemente Diego Maquieira y Omar Lara. Incluso Lihn y Teillier. No me cabe duda de que algo habré heredado, al fin y al cabo creo que existe una genética poética y ellos son mis bisabuelos. Pero me interesan más Vallejo, ese peruano extraordinario, Borges, el García Lorca de Poeta en Nueva York, Montale, Celán y los poetas anglosajones, desde W. C. Williams en adelante. De Whitman estoy aún más lejos que de Neruda. Por el contrario, me interesan mucho más Leopardi y Williams Wordsworth.

 

-Cómo nace ‘De lo inútil’?

Cuando concluí sintaxis asfalto sabía que debía girar en otra dirección, pero no sabía hacia dónde. Entonces tuve que viajar a Chile para despedirme de mi padre, que padecía un cáncer terminal. Aún recuerdo cuando me despedí de él para volver a España. Un taxi esperaba a las puertas de la casa y el me abrazó y me dijo “Hijo, no se preocupe. Ya verá cómo estaré mucho mejor cuando vuelva en unos meses”. Sabía antes de eso que ya no lo vería vivo nunca más. Pero esas palabras, del padre protegiendo al hijo hasta el final de los finales me partió el corazón literalmente: fue una rajadura que aún preservo. Lo volví a abrazar con la certeza de que era el último abrazo. Murió a los tres meses. Cuando lo vi de nuevo estaba dentro del ataúd. Cuando regresé a España, en una semana escribí La casa amarilla. No me costó nada y era una poesía totalmente diferente a la anterior. Tuvo que morir mi padre para poder volverme a poner como ser humano en un libro de poemas. Y es allí donde nace la voluntad de escribir un libro equilibrado entre esa humanidad reencontrada y la complejidad del mundo, construido mediante las palabras. Ese libro, que para mí es un hallazgo, pues es mucho más complejo que todo lo anterior, es De lo inútil.

 

Diría que este es un libro de las emociones más íntimas, de todo y nada a la vez: de la vida, del silencio, de la palabra, de la piedra, del viaje que hacemos casi sin darnos cuenta, de la luz de los días…

Eso es. Así de simple. Así de difícil de comprender, de darle peso en nuestra existencia. Es un libro que quiere ser un faro. Un faro en la palma de tu mano, para que no pierdas el horizonte en las noches de insomnio.

-Hasta ahora cuál es tu balance de tus experiencias  en el aula. ¿Qué aprende un creador, qué le enseñan los alumnos?

Tengo la satisfacción de tener a un buen número de alumnos de poesía que ahora son poetas reconocidos –y hablo de diez o más-. Y en narrativa, ya se comienzan a ver los frutos. Luis Salvago fue finalista del Nadal de este año, Marta Armingol acaba de publicar en Pregunta su primera novela, Los días blancos, que escribió y corrigió en el Estudio, y hay otro grupo de autores que anda en busca de una oportunidad, que ya tienen como poco una novela escrita.

Toda esta gente ha pasado por el Estudio y claro que ha dejado una huella. Son ellos los que me obligan a pensar en el proceso de escritura, doy más para ofrecerles más.

-¿Cuáles son los objetivos de Estudio de Escritura? ¿Para quién está concebido?

Es un lugar físico, pero también mental, un lugar donde se reúne gente con las mismas inquietudes, de encuentro, de diálogo y crecimiento. La única condición para participar es querer aprender de verdad. Si alguien quiere que le digan que es bueno, que le den golpecitos en la espalda, este sitio no es el adecuado. Al Estudio se viene a disfrutar y a aprender. En el Estudio pagas, aprendes y también te diviertes, pero de manera intelectual, sintiendo que tu escritura se desarrolla y cada día es más potente. En cuanto a las personas que nos dirigimos, el espectro es amplio. Quien quiera puede venir. No hay una prueba de acceso. No tienes que “querer” ser un escritor. Basta con querer aprender.

-Este año tenéis un programa completo y complejo…Recuérdanos las apuestas y también tus deseos, qué buscas, qué salto querrías dar…

Traemos a nueve escritores de proyección internacional a dar clases a los grupos de escritura creativa, relato y novela, y a participar en nuestro Club de lectura, una propuesta única en Zaragoza, donde también participarán nueve escritores locales. Vienen Andrés Neuman, Andrés Barba, Juan Bonilla, Marta Sanz, Sara Mesa, Belén Gopegui, Carlos Castán, Alejandro Palomas y Care Santos, todos escritores de primerísimo nivel, ganadores de los premios más importantes del panorama español, autores diversos, que abordan el hecho literario de maneras diferentes.

Nuestra idea es que ellos hablen de su escritura, les enseñen a nuestros alumnos claves que no están en nuestro poder y que ellos lean y vean cómo funcionan esas herramientas, esas estructuras dentro del libro.

-Recomiéndanos tus tres poemarios y tus tres novelas para estas fiestas y para siempre…

Los Sea-Harrier, de Diego Maquieira. Poemas humanos, de César Vallejo. Cualquier antología de Charles Simic y Mark Strand. En cuanto a narrativa, Austerlitz, de Sebald. Corrección, de Bernhard. Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy.

PILAR: LA FELICIDAD DE LOS OTROS

PILAR: LA FELICIDAD DE LOS OTROS

Cuentos de otoño *

 

La felicidad

de los otros

 

Pilar se llamaba aquella vecina que parecía bruja. Vivía enfrente, en una casa grande de cuento sombrío de ETA Hoffmann, y asomaba por la ventana para absorber la primera luz del día. Deambulaba por bosques, fincas y caminos de carro, horneaba pan para una semana y tomaba un poco de anís y de coñac cuando la tarde se volvía lágrima y melancolía. Pilar era el nombre de mi abuela materna; había tenido doce hijos y trabajaba de sol a sol, entre las acequias, en el prado y en el maizal, en cualquier estación. Le gustaba oír la radio y narraba historias fascinantes de caballos, de molinos y aparecidos. Contaba al calor del fuego, mientras se ahumaban suavemente los jamones. Pilar, hace 40 años, era una diseñadora y pintora que tenía su estudio al lado de canódromo y miraba la ciudad con desparpajo y el arrebato de una moderna que hacía pensar en la Dominique Sanda de ‘Novecento’. A ella, tan requerida y desenvuelta, le oí decir por primera vez: “El arabesco del lápiz me descubre cómo es Zaragoza”. Casi por entonces, apareció otra Pilar. La pianista Pilar Bayona: la oí por primera en un salón de la calle Blancas donde ofreció un concierto. Quizá sea un recuerdo inventado. Subí, me senté entre una veintena de personas y tocó ella. Encorvada, octogenaria, de una elegancia inefable. Electrizó el ambiente de sensualidad y sueño con aquellos dedos vertiginosos que aceleraban la velocidad del mundo. Pilar era aquella muchacha filosa, altísima, que vivía en Ramón y Cajal en un piso tapizado de objetos y soñaba con un amor romántico y perfecto; mientras lo esperaba, bordaba, cosía y ponía canciones de María Dolores Pradera. Pilar era Pilar Carasol, la mujer del poeta Ildefonso-Manuel Gil: se enamoraron cuando ella era una adolescente que quería ser actriz y le acompañó con su belleza suave, de mujer de cine clásico, por tierra, mar y aire. Y él fue dichoso “viendo el tiempo en el rostro de la amada”. Hay tantas Pilares en una vida, íntimas y secretas, cercanas y familiares (Pilar Perla, Pilar Ostalé, Mapi Rodríguez, Pilar Puebla, en la misma redacción…), que al final entendemos que existir es encadenar nombres y seres, instantes y miradas. Entre todas las Pilares que no caben aquí y están, recuerdo a otra, que pintaba desnudos y pájaros a orillas del Ebro, y decía: “De estos días lo que más me gusta es la felicidad de los otros”. 

 

*Este artículo se publicó en Heraldo el 12 de octubre. Día del Pilar.

IRENE X: UN DIÁLOGO ALREDEDOR DE 'LA CHICA NO OLVIDA'

IRENE X: UN DIÁLOGO ALREDEDOR DE 'LA CHICA NO OLVIDA'

Irene X “A casi todas las mujeres nos duele

no poder ser lo que realmente somos”

 

“En este libro el dolor es un

recuerdo, no una herida que escuece”

 

La poeta zaragozana, que triunfa en las redes sociales, presentó su poemario ‘La chica no olvida’ (Espasa)

 

 

Antón CASTRO

La poeta Irene X (Zaragoza, 1990), todo un fenómeno en las redes sociales, presentó en Ámbito Cultural de El Corte Inglés su poemario ‘La chica no olvida’, Premio Espasa de Poesía, dotado con 20.000 euros, que ha recibido con “muchísimo agradecimiento”.

¿Desde cuándo escribe y cómo se ha ido gestando esa pasión y esa pulsión?

Escribir desde que sé escribir, escribir con la intención de que algo sirva para algo, desde los 8 o 9 años. Empecé imitando la poesía que leía para impresionar a mi padre, y acabé escribiendo poesía; una parte por admiración a las primeras obras que leí y otra por una necesidad de catarsis. 

¿Es escritora porque es lectora o por qué tiene muchas cosas que decir?

Soy escritora porque soy lectora y porque necesito contestarme muchas cosas. 

¿Ha sido un estímulo el éxito en las redes, el encuentro con los lectores y seguidores?

No, ha sido más complicado porque a mayor exposición más difícil es ser sincero sobre lo que siente uno mismo, aunque el público ha sido siempre un tremendo apoyo.

Se siente próxima a poetas concretos? Parece que hay en usted cosas de Sylvia Plath, Anne Carson, Anne Sexton …

Esos nombres se me quedan demasiado grandes. Aunque han sido grandes compañeras de mi vida. De momento solo me siento próxima a mí. 

Me ha llamado la atención esa manera de llamarse ‘La chica’. Entiendo que es usted, que una proyección suya y que a la vez es como un personaje…

La chica somos un montón de chicas, cada chica es un universo, pero un universo conectado por un hilo muy finito que es la etiqueta que nos ha puesto la sociedad. 

¿Cómo surgió este libro, en qué es distinto a otros?

No surgió de ninguna manera. Un día escribí algo, otro día otra cosa, relacionada con la anterior, poco a poco varios poemas iban sobre la misma chica. La diferencia con otros es que en este el dolor es un recuerdo, no una herida que escuece. 

Ya que lo dice: hay una palabra que vertebra casi todos sus textos. Dolor. Y sus derivaciones. ¿Qué le duele tanto, qué le hace sentir no sé si un poco como excluida y con ganas de huir a otro país, y de ahí a otro, como dice en un poema?

Creo que lo mismo que a casi todas las mujeres: no poder ser lo que realmente somos. El silencio. El disimulo. Callar cada traición por vergüenza. No ser capaz de reconocer que aguantar el dolor ha sido un triunfo. 

El libro empieza con una poética y quizá con una llamada a la humildad. “La poesía es un género literario”. Si solo es eso, ¿para qué sirve? ¿O a dónde no puede llegar la poesía?

Durante estos últimos años, se ha abusado de la poesía, casi se podría decir que se ha prostituido. La poesía es un género literario capaz de convertir una mota de polvo en algo bello, pero nada más. No le demos más importancia que a cualquier otro género literario maravilloso.

 Dice, también, “mi existencia es solo una evidencia de lo efímero”. ¿Le preocupa la fugacidad, que nada se eternice, que vivamos de prisa, que seamos pasajeros en la vida? 

Ahí estaba hablando de eternizar mis depresiones. O de que las depresiones de muchas mujeres se sumen a la tasa de suicidios anuales, que, por cierto, la de este año ha superado la de accidentes en carretera. Y de esto no se habla en la tele. 

Hay varias líneas en el libro: la identidad, matizada por el dolor y la oscuridad; la pasión, con sus desengaños y su épica del recuerdo; y la mirada solidaria hacia otras mujeres… ¿Fue eso lo que se pasó por la cabeza o se fue organizando así el libro?

Creo que siempre escribo en base a lo que estoy viviendo, no fue planeado. Por mi cabeza y por mi corazón pasa absolutamente lo mismo de siempre, solamente es que este mayo cumplí 28 años. ¿Acaso no es verdad que cada año perdemos uno? 

Combina esos poemas largos, casi narrativos, con los breves, a veces incluso de un único verso. ¿Qué busca?

No busco nada. Hago catarsis conmigo misma y, a la vez, intento que el libro tenga una misión. Para mí dentro de la poesía un libro solo puede tener las siguientes misiones: que te atrevas de una vez siendo mujer a expresar sin pudor el dolor que llevas dentro, que te preguntes algo, o que encuentres una mísera respuesta. Un buen rato se puede pasar en cualquier otro sitio.  

¿Cuáles son sus hábitos de escritura? ¿Cuánto desecha?

Escribo en la cama; las ideas las recojo en cualquier sitio y en el móvil, desecho cualquier cosa que se me pasa por la cabeza porque no tiene un botón de guardar. Unas 3597 notas del móvil al año. Cuando me apetece escribir suele ser en un día muy malo y suele ser en la cama, fumando y con ocho almohadas.

¿Sabe Irene X el estilo que busca?

No busca ninguno porque ya lo tiene. El suyo. 

 

*La foto es de Asís G. Ayerbe. 

DÍA DE LAS ESCRITORAS. 15 DE OCTUBRE. TEXTO DE JOANNA BONET

DÍA DE LAS ESCRITORAS. 15 DE OCTUBRE. TEXTO DE JOANNA BONET

Día de las Escritoras 2018

 

Rebeldes y transgresoras

 

Por Joanna Bonet

 

Lunes 15 de octubre de 2018

 

 

Hace ciento sesenta y cuatro años, en 1854, la escritora argentina Juana Manso planteaba, no exenta de ironía, los padecimientos a los que estaba sometida la vida de una mujer “educada con un tutor perpetuo que a veces está lleno de vicios y estupidez”. Y añadía: “¡Todo le quitáis a la mujer! Todo lo que puede caber en la misión grandiosa de la inteligencia, donde toman parte la sensibilidad y la voluntad libre”. Manso tocaba el nudo gordiano de la emancipación femenina: la anulación de la conciencia de las mujeres y su sometimiento a una existencia de segunda. No solo se les arrebataba la libertad, sino que se las consideraba negadas para el conocimiento y el ejercicio de la razón. Pero las hubo que no callaron y mostraron su desacuerdo negro sobre blanco. Historiar la rebelión de las mujeres, rendir homenaje a sus protestas escritas, es un modo de recordar que la libertad actual, el lugar que hoy ocupamos en la sociedad, es el resultado de sucesivas rupturas. Por ello hemos querido dedicar el Día de las Escritoras de 2018 a la insumisión intelectual de aquellas autoras rebeldes y transgresoras que remaron a contracorriente, y en diferentes épocas y circunstancias cuestionaron el orden que les era impuesto desde la ficción, la poesía o el ensayo. Su aportación fue tremendamente valiosa: hallaron palabras nunca dichas y vertebraron una senda donde la libertad ondeaba y transcendía cualquier bandera.  

Hasta el Romanticismo, las mujeres sólo podían escribir si eran monjas o nobles. Únicamente desde la virtud o el poder se contrarrestaba dicha anomalía de su conducta. Las primeras corrientes de emancipación hicieron posible que algunas féminas de clase media iniciaran una carrera literaria y que incluso aspirasen a premios. “¿Cómo creer que ellas pudieran escribir tales cosas?”, se pregunta Rosalía de Castro en un artículo de 1856, Las literatas, que recogemos en esta antología; mujeres a quien, asegura, “los hombres miran peor que mirarían al diablo”.   Su techo, entonces, no era de cristal, sino de durísima roca silícea. Algunas buscaban ocultarse tras un pseudónimo masculino, la mayoría trataba de no llamar la atención, vigilando no publicar de seguido en la misma provincia. Escribir significaba arriesgarse, pero la suya era vocación indómita, casi religiosa. A la poeta gallega Teresa Juana Juego, su novio le disparó cuatro tiros por haberse atrevido a publicar. Creyéndola muerta, él se suicidó. Juego sobrevivió, pero quemaría casi toda su obra y no volvería a escribir.    Ángela Figuera Aymerich resumía la inseguridad inoculada a las mujeres durante siglos en unos versos que se leen cual diagnóstico:

 

“¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve una mujer viviendo en puro grito? ¿Qué puede una mujer en la riada donde naufragan tantos superhombres y van desmoronándose las frentes alzadas como diques orgullosos cuando las aguas discurrían lentas?

¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla rodando las provincias del pecado, trepando por las dunas, resbalándome por todos los problemas sin remedio?”.

 

  Eran pocas, pero muchas más de las que han transcendido. La tinta de su escritura iba dibujando otra verdad: no solo los hombres eran los hacedores del mundo, ellas sostenían numerosas estructuras, a pesar de ser privadas de voz y voto. La periodista Magda Donato escribía a comienzos del siglo XX: “Deseamos el sufragio para realizar estos ideales, lo mismo que la gente desea el dinero para satisfacer sus necesidades. ¿Le parece a usted que la correlación entre el sufragio y ‘todo eso’ es poca, siendo el sufragio la condición sine qua non para la obtención de ‘todo eso’?”.   No solo su intelecto estaba cuestionado, también su ‘yo’ público se recortaba mediante un constructo social que las asfixiaba. Aurora Bertrana se lamentaba de la ociosidad impuesta que les era asignada por su sexo: “Una vida de pereza, de inutilidad, lujo, sensualismo e ignorancia”. La condescendencia con la que muchas autoras eran tratadas merecía ser contestada con indiferencia. Así lo afirmaba – mucho antes de que Simone de Beauvoir escribiera El segundo sexo– Carmen de Burgos, la célebre Colombine, que vivió y escribió con solvencia y humildad, pero a la vez con transgresión y desafío: “No soy ambiciosa ni me importa el juicio ajeno. La calumnia se estrella a mis pies lamiéndolos mansamente como el agua del mar a las rocas inquebrantables”, asegura en su autorretrato.   Mientras, Rosario de Acuña escribía al político, periodista y escritor Ramón Chíes: “Tal vez no venzamos, pero habremos sostenido, una generación tras otra, los ideales de la humanidad a través del tiempo y del espacio”, evidenciando, por encima de todo, sus ideales humanistas. Hoy, cuando el feminismo ha sido incorporado en las agendas de gobiernos e instituciones, se entiende con mayor profundidad, si cabe, el pensamiento de María Zambrano, comprometida avant la lettre, cuando una filósofa formaba parte de una anomia, ya que a las mujeres se las ubicaba en la periferia del saber: “Mas mi cabeza en tanto que tal ni es de mujer ni de hombre, es Mente. Albergue del Logos, movida por el nous poetikós”, le escribió a su amigo.    Igualdad de derechos y de oportunidades, pero también libertad individual, libertad sexual, la constatación de las contradicciones entre el ser y el parecer, emergen de los textos de estas autoras que abordaron su condición de mujeres con poética e ironía, así como una gran solvencia creativa. La toma de conciencia del traje que las constriñe y asfixia, del escaso catálogo de roles impuestos, supone un punto de inflexión que tan bien expresara Josefina Aldecoa: “Todo lo que vino después me había llevado hasta esta Gabriela que yo era sin remedio, buena esposa, buena madre, buena ciudadana. La trampa se cerraba sobre mí”. La trampa de la sumisión, de la que había que escapar. Por mucho que abriese una lucha dubitativa y dolorosa, como de la que deja constancia poética Ángela Figuera: “¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula, / con sólo esta canción, esta porfía / limando y escociéndome la boca?”.   Claro que, como reflexionó con eficaz prosa Victoria Ocampo, las mujeres estaban educadas para callar: “Toda conversación entre el hombre y la mujer, apenas entra en cierto terreno, empieza por un: ‘No me interrumpas”. Reducidas casi a siluetas sin dimensión intelectual, y apenas sentimental, a pesar de que históricamente les fuera cedido el patrimonio afectivo y el manejo de las relaciones, debían de bregar contra el aislamiento. “Nunca se preocupó nadie de mi corazón. Mi corazón y yo crecimos extrañamente, dentro de un mundo frío y distante”, en palabras de Ana María Matute.   También se rebelaron contra el amor, empezando por Idea Vilariño en su muy célebre poema “Ya no”. Contra el ideal romántico que heredaron y que les exigía sumisión y paciencia, adoración e intendencia. “El amor es este viaje inútil, pero muy suave”, como lo definió Alejandra Pizarnik. Lo importante era despertar, reconocer la propia identidad sexual, vivirla, gozarla. Escribir desde la diferencia con un calor cotidiano, como Maria Mercè Marçal: “T’estimo quan et sé nua com la navalla, com una fulla viva i oferta, com un llamp que la calcina, cec. Com l’herba, com la pluja”.   O bien liberar al amor de sus ataduras terrenales para sublimarlo hasta el arrobamiento, como Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, santa Teresa de Jesús: “Muchas veces me parecía me dejaba el cuerpo tan ligero, que toda la pesadumbre de él me quitaba, y algunas era tanto, que casi no entendía poner los pies en el suelo”.   Durante siglos fueron silenciadas, desdeñadas, subestimadas, eclipsadas, pero hoy, desde la Biblioteca Nacional y desde muchas ciudades españolas y latinoamericanas que secundan la iniciativa, leemos fragmentos de sus obras, pronunciamos alto su nombre y grabamos su memoria en la nuestra, pioneras en tiempos borrosos que abrieron claros de luz. En estas palabras de Filomena Dato hay una oda a la fortaleza, al ingenio y a la sabiduría que han detentado generaciones y generaciones de mujeres escritoras, a pesar de todo, gracias a todo:

 

“Las mujeres fueron sin duda de clarísimo talento, que divinizaría la admiración y el tiempo. Y  éste, una innegable señal de que las mujeres tuvieron siempre voluntad de saber y demostraron ingenio. Cientos de mujeres sabias pueden ponerse de ejemplo”.

 

 

 

Joana Bonet

 

Comisaria del Día de las Escritoras 2018

 

*En la foto, Rosalía de Castro.

 

MERCEDES CORRAL: "TRADUCIR ES UNA PASIÓN"

MERCEDES CORRAL: "TRADUCIR ES UNA PASIÓN"

Hoy se celebra el Día Internacional de la Traducción. Mercedes Corral, madrileña, es traductora del italiano y del francés. Dirigió varios años la Casa del Traductor de Tarazona. Con gentileza, responde a algunas preguntas sobre el oficio.

-¿Qué supone traducir?

Supone meterte en la piel del autor y desentrañar su universo para recrearlo en el idioma del lector con la máxima fidelidad posible al propósito del escritor.

-¿Cómo vive este oficio?

Para mí, como para la mayoría de los traductores literarios profesionales, es una pasión, por eso podemos dedicarle tantas horas de nuestra vida, la pasión de construir meticulosamente cada día un puente para que los lectores puedan transitar por él y contemplar otros mundos. Y, como toda pasión, tiene su precio, que en nuestro caso sigue siendo bajo. Somos muy pocos los que, mal que bien, podemos vivir de ello, aunque con dificultad.

-¿Ha cambiado en algo la consideración del profesional?

Menos mal que el panorama empieza a cambiar un poco a este respecto. Algunas editoriales de reciente creación llegan al mercado con esta conciencia de que hay que cuidar al máximo la traducción, lo que significa que hay que tratar al traductor en consonancia con el importante valor de su trabajo. De hecho, cuántas obras de éxito entre los lectores, deben este a una buena traducción.

-¿Qué celebramos y reivindicamos hoy?

Celebramos que siga habiendo un gran número de personas, los traductores, que consagran su vida a que los seres humanos se entiendan  sin que los idiomas no sean fronteras, sino puentes. Reivindicamos un mayor respeto social y laboral hacia nuestra figura.

-¿Dos o tres traducciones, propias, que la sigan haciendo feliz?

-Me sigue haciendo feliz mi traducción de ‘Léxico familiar’, de Natalia Ginzburg, mi primer trabajo como traductora. Un libro que sigue cosechando un gran éxito entre los lectores. Lo hice poniendo mi vida en ello, quería ser traductora y empezar con buen pie, y creo que lo conseguí. Como recompensa a ese esfuerzo, tuve el enorme privilegio de conocer a Natalia Guinzburg en su casa de Roma.

-¿Alguno más?

También ‘El secreto del bosque viejo’, de Dino Buzzati, escrita para los niños y para los adultos que siguen tratando de ver las cosas con ojos de niño, me sigue animando desde mi librería a vivir la vida de la forma más mágica posible. Me entusiasmó, entre otros muchos, el pasaje de la lucha entre los dos vientos. De hecho, cada vez que el viento sopla con fuerza, pienso que esos dos han vuelto a las andadas…

-¿Se reconoce en alguien, en algún maestro o modelo?

Todos los colegas comprometidos en este oficio son mis maestros y mis modelos. Los veo seguir con ilusión en el tajo, a pesar de todos los pesares, y eso me anima a continuar. A veces les pido que me ayuden con alguna frase que se me resiste y ellos lo hacen con mil amores, lo cual es muy de agradecer. Lo que demuestra una vez más que todos vivimos en este oficio con una verdadera vocación.

*La foto de Mercedes Corral es por cortesía de la traductora.