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Antón Castro

Escritores

CRISTINA GRANDE: 'NIEBLAS ALTAS'

Cristina Grande escribe, columna a columna, la novela de la vida

La escritora recoge sus textos de prensa que publica los martes en HERALDO en ‘Nieblas altas’ (Olifante)

  
   
 
La escritora Cristina Grande, en una imagen de archivo, en HERALDO.
Cristina Grande, en una imagen de archivo, en HERALDO. Guillermo Mestre

Cristina Grande Marcellán firma todos los martes en HERALDO una columna de culto. Esta mujer, que querría ser de mayor como la cineasta Jane Campion, “con su melena blanca recogida en una coleta ladeada”, escribe de las pequeñas cosas, de lo invisible, que lo que por pura obviedad da la impresión de que ni esté. Dice en la primera frase de su nuevo libro ‘Nieblas altas’ (Olifante. La Casa del Poeta): “Lo bueno de tener un pasado es que puedes olvidarlo casi a voluntad, por trozos”.

Ella, en realidad, olvida pocas cosas. Esta cronista del presente asume muy bien una frase de la escritora Nélida Piñón: “Lo que da trascendencia al arte es la maravillosa banalidad de lo cotidiano”. Lo cotidiano de hoy, de anteayer, de ayer o de hace años. Cristina tiene un especial radar de percepción, y en ese don para captar sutilezas, hechos inaprensibles, emociones sigilosas o los pequeños detalles que agigantan el arte de vivir, se parece a Alice Munro, Mercè Rodoreda, Natalia Ginzburg y Soledad Puértolas. Pertenece a ese estirpe innominada y emparentada por enigmáticos vínculos y una prosa limpia y luminosa, suave y sin gritos.

¿Qué es ‘Nieblas altas’ y que hace ese libro en una colección de poesía, más bien? Son 49 de sus columnas de los últimos años, que complementan las que ya había publicado en ‘Flores de calabaza’ (Anorak). Y aquí, también aquí, está esta escritora extraña, inquietante y familiar con sus temas. Y con esas frases que te dejan temblando o escribiendo mentalmente una novela: “Mi hermana soñaba con una piscina de mercurio”. También a ella le encantan las piscinas.

Cristina Grande es autora de libros de cuentos como ‘La novia parapente’, ‘Dirección noche’ y ‘Tejidos y novedades’ y de una novela, ‘Naturaleza infiel’, que dio mucho que hablar. Son bastantes los lectores que esperan, desde hace años, su segunda novela. Cristina la escribe sin escribirla: con sus columnas, martes tras martes, enhebra una narración frondosa, veteada de afluentes y personalísima, donde la protagonista es ella, ella y su mirada y su sensibilidad, y ese modo magistral de no darse ninguna importancia. Escribe como camina, escribe como sueña, escribe como bebe un vino o como pasea en moto, abrazada a su amor Antoine y desafiando el cierzo en Lanaja, en Calatayud, en Paracuellos de la Ribera o si hiciera falta en el Himalaya, ante sus fantásticos cedros.

Cristina escribe de sí misma y escribe de todo: de Sol Acín y de sus versos, le conmueve ese que dice: “Miedo me da la estría del aire que adivino en su infinito”. Escribe del lenguaje y visita el ‘Tesoro de la lengua castellana’ de Covarrubias para saber que significa exactamente el vocablo ‘musarañas’, que le responde: “Vulgarmente solemos llamar musarañas a unas nubecillas que imaginamos en el aire”. Puede explicar la atmósfera de una chopera en Aranda de Moncayo o recordar la película de ‘Rocky II’, contempla el descenso del Ebro, glosa un paseo en el autobús 39 y rinde homenaje a la gente que le ayuda a sobrevivir y la empuja a ser más feliz: Luis Alegre, Pepe Melero, Fernando Sanmartín, José María ‘Cuchi’ Gómez, su primo Alfredo, que la lleva en coche a un funeral, etc., y su propia madre, claro, que ella ha convertido en una misteriosa e inagotable criatura de novela.

Cristina escribe de aromas, de blusas (en concreto de la blusa roja de la actriz Luisa Gavasa), de las estrellas o de la última nieve que queda en el Moncayo. En el texto que da título al conjunto, escribe Cristina Grande Marcellán (Lanaja, 1962): “Mi madrina no quiere ver que las cosas son más complicadas. También ella, como mi madre, ve nieblas altas aun cuando se esté generando una gran tormenta”.

Esa madre, por cierto, es la misma que se pregunta o que comenta: “¿Cuándo pasarán las perdices?”. Cristina, que tiene los cinco sentidos en alerta, parece saberlo.

 

 

LA FICHA

‘Nieblas altas’. Cristina Grande Marcellán. Olifante: Papeles de Trasmoz. Zaragoza, 2018. 109 páginas.

CARMELA TRUJILLO LEE 'LA LEYENDA DE LA CIUDAD SUMERGIDA'

https://libroscarmelatrujillo.blogspot.com/2015/10/para-tener-en-cuenta.html

La leyenda de la ciudad sumergida, 

de Antón Castro
Ilustraciones de Javi Hernández
Si se hiciera una encuesta sobre por qué leemos o qué buscamos en los libros, creo que un alto porcentaje de nosotros diríamos que es para encontrar tesoros. Y por tesoros me refiero a descubrir una obra que nos llena por completo, que nos hace creer en mundos paralelos y que nos transforma en compulsivos (desesperados que buscan cualquier momento para seguir leyendo la historia).
Pues de un tesoro recién descubierto quiero hablar hoy. Se trata de La leyenda de la ciudad sumergida, publicado por Ediciones Nalvay(pequeña editorial aragonesa que solo edita “aquello que a nosotros mismos nos gustaría encontrar en las librerías”). Un libro escrito por Antón Castro e ilustrado por Javi Hernández. Una novela (¿juvenil?) que comienza así:
Sabela Camelle estaba a punto de dar a luz el día en que Cidre Oután, el ciego de Baladouro, se detuvo ante ella frente al lavadero, le cogió el vientre y se lo palpó amorosamente para comprobar hacia qué lado le abultaba más. La mujer, que conocía su fama de adivino, se dejó tocar por aquí y por allá como si nada.
-Parirás mañana al amanecer un muchacho que, a medida que pasen los días, se volverá un poco brujo- le dijo el ciego.
Y ya es imposible detener la lectura. Una lectura que, para mí, ha sido como un estadillo de sabores. Ha sido algo así como cuando te comes un bombón relleno, que explota en la boca, y todos los sabores se mezclan. El sabor del mundo rural de Rosalía de Castro, por ejemplo, o esa reminiscencia de libros clásicos como “Lazarillo de Tormes” o “Don Quijote de la Mancha”. ¿Recordáis que encabezaban sus capítulos con largas frases que explicaban lo que iba a acontecer? Pues aquí, igual. Un ejemplo:
III
DE CÓMO EN BALADOURO LLOVÍA SIN PARAR
O EL INICIO DE LA AVENTURA
Después del primer domingo de otoño se había desatado una inmensa tormenta y ya hacía más de tres días que llovía sin cesar. El río Bolaño se salió de su cauce e inundaba los prados y las vegas de frutales. Illó Oscuro amenazaba también con salirse de sus límites y extenderse por las fincas de siembra, la propiedad inmensa de Ferreño, y por los huertos protegidos por muros de laja a lo largo del río. En los caminos nacían riachuelos que bajaban enloquecidos desde las cumbres y desembocaban en la era del tío Xosé do Nacho, donde formaban barrizales, lagunas de lodo y un mar de agua con residuos, espantapájaros y aparejos de labor.”
Las aventuras, en este libro, ocurren una tras otra, con todo tipo de personajes (muchos, propios de la mitología gallega). Y nosotros, como lectores envueltos en la magia de Antón Castro, nos lo creeremos todo. Todo. Incluso que los animales hablen. O que existan seres como los nuberios. También las meigas, por supuesto, que las hay. Y seguiremos leyendo para conocer qué le ocurre a Esteban, un chaval que posee ciertos dones únicos desde que fue obsequiado con un libro escrito a tres tintas y que le iba a proporcionar la capacidad de“arreglar las mayores catástrofes, de curar las más punzantes y dolorosas heridas y de vivir las aventuras más increíbles”. El amor por la lectura, por los libros, por las historias que cuentan esos libros o los relatos que se narran en voz alta, todo eso, tiene cabida en La leyenda de la ciudad sumergida.
¿Y qué decir de las ilustraciones? Pues que forman una perfecta simbiosis con el texto, acompañándolo de una manera sutil, delicada.Javi Hernández, el ilustrador, me cuenta que se siente muy cómodo realizando este tipo de dibujos, con el lápiz “porque me permite de un modo sencillo expresar mucho, construyendo atmósferas y a la vez conseguir  precisión en los detalles”. Me cuenta que no le atraen las técnicas digitales porque necesita “tener un contacto táctil con los materiales sobre el papel”. Las imágenes que acompañan esta reseña, repletas de detalles y de color, son un ejemplo del buen hacer de este artista argentino afincado en Huesca.
El autor, Antón Castro, nació en La Coruña y reside en Zaragoza. Es escritor, periodista (ganó en 2013 el Premio Nacional de Periodismo Cultural) y traductor. Y nos habla a continuación de La leyenda de la ciudad sumergida. Preguntas y respuestas para conocerle mejor.
…….
¿Qué supuso, para ti, que este libro tuviera una segunda oportunidad? Me refiero a que, casi diez años después de su publicación en gallego, la editorial aragonesa Nalvay te dijera que se había enamorado de la historia.
Tras publicar ‘El niño, el viento y el miedo’ en la editorial Nalvay, le di a David González, el editor, el ejemplar en gallego de ‘A lenda da cidade asolagada’, sin ninguna intención oculta. Él sabe poco gallego, me confesó, pero se zambulló en el libro, le interesó la historia y me dijo: “Antón, esta novela me ha encantado. Me gustaría que la tradujeses”. Y ahí empezó todo: la reescribí un poco, la “desbarroquicé”, la hice algo más fluida y mantuve sus constantes: la fantasía, el enigma, el bestiario, etc.
Hay un personaje, un animal, que me ha gustado mucho: la yegua Pindusa (quizá porque cuando yo era niña tuve un caballo imaginario que también hablaba). Y tú, ¿con qué personaje te sientes más identificado o cuál te resulta más atrayente? ¿Tal vez el bibliotecario don Darío Barrerio, por eso de que en los años 80 buscabas un empleo de bibliotecario en Arteixo?

El libro nació en una época en que yo trabajaba en un bingo y fui a La Coruña a realizar un curso de tres meses de biblioteconomía. A mí me gustan mucho Pindusa, la yegua, que tiene la propiedad del habla y que es como la protectora del héroe, y por supuesto Don Darío Barreiro, que es el bibliotecario ideal, implicado, que entiende que los libros son seres vivos y que deben ayudar a vivir. O incluso a solucionar un conflicto tan urgente como una inundación por tormenta incesante.  
Me han impresionado los dibujos de Javi Hernández. Puesto que ya habíais trabajado juntos en “El niño, el viento y el miedo”, saber que él te acompañaría en “La leyenda de la ciudad sumergida” ¿te dio cierta seguridad respecto a los resultados?
Sin duda. Con Javier Hernández, desde ese primer proyecto, surgió una corriente de cariño y de afinidad. Tiene un trazo personalísimo, sutil, lírico e imaginativo, y aquí, de nuevo, lo resuelve muy bien. Con él siempre estoy en buenas manos y en mejores trazos. Me encanta trabajar con él y creo que no será nuestro último trabajo; tenemos por ahí dos sueños en marcha: uno sobre el tango y otro sobre el jazz. Le apasiona la música y a mí también.
  
En tu historia se habla de la superación del miedo. ¿Crees que lo que mueve al mundo es esta sensación de angustia que provoca el peligro real o imaginario? ¿O tal vez es, “simplemente”, la clave para las novelas de aventuras?
El miedo está en nuestras vidas, en la convivencia diaria, todo el rato. Sí, esa es una parte importante: es una invitación al atrevimiento, a la confianza, al riesgo. La vida, incluso cuando te vienen muy torcidas, te da segundas y terceras oportunidades. Y por supuesto, la angustia, el pánico, la incertidumbre, la pasión, querer saber, todo ello es muy útil en el desarrollo de la intriga de las novelas. 
El bestiario que aparece al final del libro, ¿es real,  pertenece a la mitología gallega, o algunos de esos seres han sido creados expresamente para que se asomaran a tu historia?
Sustancialmente es imaginario, pero forma parte de la mitología gallega. Hay cosas inventadas que forman parte de ese fabulario de prodigios que te cuentan las abuelas, los ancianos o algunos libros en la niñez. Y he intentado usarlo todo. De niño me hablaban de ‘Los moros de Larín que salían del trasmundo para ayudar a la gente del campo en sus tareas con las vacas’. Me lo dijo un pariente de mi abuela Emilia, o quizá ella misma, y lo he utilizado. Así se trabaja: con lo que pasó, con lo que pudo pasar, con lo que te cuentan que ocurrió, desdibujado por la imprecisión de la leyenda, y lo que sueñas, lo que imaginas. Aquí hay varias figuras inventadas.
………

-La biblioteca-

Mientras leía La leyenda de la ciudad sumergida (Nalvay, 2014) me he sentido como el rey que se mantenía despierto sólo para seguir escuchando las historias que contaba, noche tras noche, Scheherezade. Y esta sensación me ha hecho recordar un pensamiento que Carmen Martín Gaite dejó escrito en su libro “Cuaderno de todo” y que habla de la importancia de contar bien las cosas. La escritora dijo: Así pasa en muchas narraciones que embriagan, las amorosas, de preferencia. Se pide, en definitiva, que le cuenten a uno las cosas bien. Y para contar bien hay que mirar fuera de sí, insertar lo propio en lo ajeno.
      
ENLACES DE INTERÉS:
Antón Castro: http://antoncastro.blogia.com/
Javi Hernández: http://javihernandez.jimdo.com/
Ediciones Nalvay: http://www.edicionesnalvay.es/

ISMAEL GRASA EXPLICA SU LIBRO 'LA HAZAÑA SECRETA' (TURNER)

Ismael Grasa: "No tenemos la respuesta de todo"

El escritor y profesor de Filosofía publica 'La hazaña secreta', un tratado sobre la felicidad, el amor, la belleza y la vida buena en Turner

 
Isamel Grasa, retratado en la librería Los Portadores de Sueños.
Isamel Grasa, retratado en la librería Los Portadores de Sueños.José Miguel Marco.

¿Cuál es el origen del libro?

Unas cartas que no llegué a enviar, la intención de expresar cierto ideario de vida, o de reflexionar sobre él. También el deseo de transmitir que los valores que nos mueven no son más débiles que, por ejemplo, los de un integrista.

¿Qué le debe a ‘La flecha en el aire’? ¿En qué medida podría ser un conjunto de lecciones cortas de clase, casi un tratado de urbanidad, idóneas para los alumnos?

Aquel libro era un diario de profesor. Este es un libro que parte de los manuales de urbanidad, que es un género bastante desprestigiado, para conducir al lector a otros lugares y preguntas.

Una de las frases que más se usa es ‘la buena vida’. ¿Qué sería para usted la buena vida?

Aunque parezca una respuesta circular, la vida buena es aquella que la persona buena reconoce como tal. Y es una combinación de participación en lo público y, a un tiempo, una individualidad ganada, conquistada. Hay que pensar, por otra parte, que la idea de los derechos humanos fue abriéndose paso a la par que ciertos usos domésticos, de indumentaria o de mobiliario: los asientos individuales en los teatros, el mueble secreter, la lectura de novelas en silencio, etc. De todo esto hablan autores como Lynn Hunt, que es una de las referencias que aparecen en el libro.

Por curiosidad, ¿qué ha sido más determinante en la redacción del libro: su condición de escritor, su condición de profesor o la de padre?

Todas ellas, supongo, han pesado algo. Como escritor, he pretendido que esté bien escrito, que los capítulos sean lecturas limpias; como profesor, son cosas que trato habitualmente; como padre… lo cierto es que mi pareja estaba embarazada cuando lo escribí, y quizá haya influido en el deseo de transmitir algo.

Isamel Grasa: No tenemos la respuesta de todo

¿Cuál es el significado de las citas? ¿Qué buscaba ahí y cómo las ha organizado? ¿Cuánto hay en ellas de azar y de homenaje de cariño a autores y amigos que le marcan?

Decidí que todos los capítulos terminasen con una cita, de modo que el libro es, a su vez, una selección de textos, recogidos en la bibliografía final, y que el lector puede continuar por su cuenta. Contiene un compendio de reflexiones, de Montaigne a Camus, de Natalia Ginzburg a Savater, que apuntan hacia la dignidad de lo cotidiano.

He pensado que ‘La hazaña secreta’ tiene algo de meditaciones de un lector… ¿Qué son primero las reflexiones o los textos ajenos?

Primero fue la reflexión, no es un libro de citas en ese sentido. El primer término que se extiende en nuestro mundo cultural con la Transición es el del “desencanto”, como si la vida en paz, la democracia común, fuese algo insatisfactorio para nosotros. Herzen decía que a los latinos no nos gusta vivir en libertad, que lo que nos satisface es luchar por la libertad. El motor de la reflexión de mi libro es rebelarse contra esto.

El libro parece un inventario de la sensatez, pero también tiene sus extravíos o sus desafueros, su discurso contra la lógica. Pienso en la frase de Mariano Gistaín: “Escuchar equivale a buscar vida extraterrestre, pero en la cocina”.

A mí me parece que está muy en la lógica, en el sentido en que lo dice Gistaín. Buscar ciertas formas de iluminación y de sentido forma parte de lo humano. Lo que es ilógico es pensar que tenemos la respuesta de todo.

¿No hay algunos elementos de provocación, o de ironía, o de puro juego, como eso de tener un sastre propio?

Sí, hay algo de provocación anacrónica. El caso es que reivindico en el libro los oficios, y los locales donde se arreglen y restauren cosas, no sólo donde se vendan nuevas.

¿En qué consiste de verdad ser un héroe para usted, o cuáles son los heroísmos inadvertidos que nos pautan la vida y la engrandecen?

Para ver héroes no hay más que girarse y mirar entre quienes tenemos al lado. Albert Camus decía que los nazis nos habían obligado entonces a ser héroes para tener que sobrevivir, pero que el heroísmo así entendido es poca cosa, que lo difícil es la felicidad.

Ismael Grasa: No tenemos la respuesta de todo

Aristóteles pareció intuir el mundo contemporáneo mejor que nadie. Escribió: “que no cabe que la misma cosa sea y no sea simultáneamente”. ¿Es una lección también para la política?

Ese principio de no contradicción del que hablas me parecía apropiado como introducción a un libro que quiere ser moderno pero no posmoderno.

¿Por qué defiende cosas tan sencillas, en apariencia, como hacer la cama, coleccionar algo, fomentar la amistad, aprender idiomas…?

Porque son las cosas con las que nos desenvolvemos, y las que quizá más contribuyan al progreso. Estoy entre los que creen que se ha progresado más levantando el sombrero de nuestras cabezas para saludar con cortesía que cortando cabezas.

¿Qué hacemos mal, por lo regular y no todos, claro, en el afecto, en el amor, en el sexo, en la vida en pareja?

No lo sé, no soy terapeuta ni psicólogo. Mi campo es más filosófico, y la filosofía no cura, sino que enferma, por más que sea en un sentido bueno.

“La casa de uno debe estar dispuesta para tener invitados”. ¿También en estos tiempos?

Una casa que no esté abierta no puede contener la felicidad.

El otro día alguien tras leer su libro, me dijo: “Muy interesante y bonito, pero no estoy en esa época”. ¿Para quién ha pensado este trabajo?

Quizá aquel lector sea demasiado antiguo. En todo caso, hay cosas en el libro, referidas a la indumentaria o la distribución de la casa, que no tienen por qué ser compartidas literalmente. Entiendo que lo que importa en el libro es la reflexión cívica que está tras ello, con la que se puede discrepar, pero que afecta a todos.

¿Cuál es su relación con el pensamiento que se puede dar en España? Pienso en Esquirol, Marina Garcés, Amelia Valcárcel, Arias Maldonado, Javier Gomá… ¿Los sigue, le interesan?

Soy lector de ensayo, y lo cierto es que se está publicando mucho y de buen nivel. Incluso la narrativa parece inclinada hacia cierta forma de testimonio, investigación o reflexión autobiográfica. No hay que mirar más que a las obras recientes de autores aragoneses como Sergio del Molino, Daniel Gascón, Martínez de Pisón o Manuel Vilas.

Ramón Gómez de la Serna dijo: “No hay más que la hazaña secreta, la aventura del atardecido”. ¿Qué quiere decir, cómo asumes la frase que la conviertes en el título del libro?

Como dice Montaigne, tanto valor requiere morir en la cama como en la gloria del campo de batalla.

 

RAMÓN SENDER BARAYÓN RECUERDA A SU MADRE AMPARO BARAYÓN

LA VIDA, EL AMOR Y LA MUERTE

DE AMPARO BARAYÓN

 

El sello Postmetropolis reedita ‘Muerte en Zamora’ de Ramón Sender Barayón, la historia de su madre y primera esposa de Ramón J. Sender, apresada y fusilada en octubre de 1936

 
Ramón José Sender y Amparo Barayón pasean por Madrid, en 1935.
Ramón José Sender y Amparo Barayón pasean por Madrid, en 1935.Archivo Concha Sender

El músico y artista Ramón Sender Barayón (Madrid, 1934), hijo del escritor Ramón José Sender (1901-1982) y de la pianista Amparo Barayón (1904-1936), siempre tuvo una sombra en su vida: el destino de su madre, fusilada en Zamora el 11 de octubre de 1936, después de haber sido arrestada dos veces, una de ellas bajo la acusación de espionaje. También fueron ejecutados sus hermanos Antonio y Saturnino, cuyos cuerpos no se encontraron jamás. Esa sombra lo llevó a escribir un libro, ‘Muerte en Zamora’, que se publicó en Plaza & Janés en 1990 y que ahora, con prólogo de Paul Preston, ha sido reeditado, ampliado y con nuevas aportaciones, por Postmetropolis editorial.

Ramón Sender Barayón, que acaba de ser objeto de un documental de Luis Olano en su faceta de gurú de la música electrónica, siempre había estado intrigado con el destino aciago de su madre. Cuando ella fue fusilada, él tenía dos y años y medio, y su hermana Andrea, meses. Luego ellos, con la ayuda del periodista Jay Allen, fueron recogidos por la Cruz Roja Internacional y acabarían viviendo con un matrimonio norteamericano; Julia Davis sería como su segunda madre.

Ramón hizo algunas pesquisas en su familia, pero todo se difuminaba. Al autor de ‘Contraataque’ y ‘Los libros de Ariadna’ el asunto lo incomodaba mucho, tanto que jamás quiso contárselo a su hijo más allá de lo que ya aparece en sus novelas. Poco antes de la muerte de su padre, con quien había vivido muy poco, lo llamó por teléfono y le pidió que le dijese qué había sucedido con su madre. El diálogo se convirtió en una discusión y Sender le dijo: “Lo único que quieres es sacar dinero a costa de los huesos de tu madre”. El tono se agrió más, el escritor llamó a su hijo “imbécil” e “idiota”, y acabó colgándole el teléfono. Ramón escribió al ‘El País’ pidiendo información sobre su madre. Y le mandó otra carta a su padre: “Me duele en el alma pelearme contigo. ¿Por qué tenemos que ser enemigos? ¿Por qué hemos de repetir el destino de tantas generaciones”. Jamás le respondió y aquella encendida y áspera conversación ya sería la última.

La vida, el amor y la muerte de Amparo Barayón

Fue entonces cuando Ramón Sender Barayón, que había olvidado el castellano, vino a España. Fue en 1982. Se trasladó a Zamora, habló con familiares y registró algunas desagradables opiniones que se habían vertido sobre su madre. Todo eso lo aclara el texto de Francisco Espinosa Maestre y algunos de los interesantes apéndices.

Ramón reconstruye la vida su madre. Tenía seis hermanos, su padre fundó la cafetería Iberia, donde detrás de una suerte de terraza con balcón ella tenía piano, instrumento que solía tocar. Luego se trasladó a Madrid, frecuentaba cines de la Gran Vía y las salas del Ateneo, y allí oyó un día a Senderleyendo su novela ‘Imán’.

Finalmente entrarían en contacto, se enamorarían y tendrían dos hijos, sin estar casados. La Guerra Civil los cogió en la colonia veraniega de San Rafael, en El Espinar, en la Sierra de Guadarrama. Como la posición de Sender era comprometida, según Conchita Sender, su hermano le dijo a su mujer:“Recuerda, si las cosas se ponen mal, vete a Zamora. En Zamora nunca pasa nada. ¡Ojalá hubiera sido así!”.

Ramón Sender Barayón habló con mucha gente, con familiares, con amigos, con compañeras de su madre, con periodistas e historiadores. Reconstruye sus últimos momentos, su paso por la cárcel, las penalidades que pasó y el último instante, en el que el cura le negó la absolución, porque no estaba casada por la iglesia.

Dos de sus compañeras de celda cuentan su final. Dice Pilar: “A las seis de la tarde Justo, el secretario del administrador de la cárcel, le arrancó a la niña de los brazos, diciendo entre otras gracias, que ‘los rojos no tienen derecho a criar hijos’”.

Poco antes de la tragedia, Amparo le había escrito a su marido: “Mi querido Ramón: No perdones a mis asesinos que me han robado a Andreína, ni a Miguel Sevilla, que es culpable de haberme denunciado. No lo siento por mí, porque muero por ti. Pero, ¿qué será de los niños? Ahora son tuyos. Siempre te querré. Amparo”. Sender tuvo otras muchas virtudes, pero no fue un padre precisamente ejemplar. Con -Elisabete Altube tuvo un tercer hijo, Emmanuel.

La vida, el amor y la muerte de Amparo Barayón

LA FICHA

’Muerte en Zamora’. Ramón Sender Barayón. Prólogo de Paul Preston. Introducción de Helen Graham y de Mercedes Esteban-Maes Kemp. Apéndices: Francisco Espinosa Maestre. Traducción de Mercedes Esteban-Maes Kemp. Postmetropolis Editorial.

Madrid. 296 páginas.

Iconografía. El libro aporta mucho material gráfico: cartas, fotografías, certificados de defunción, notas íntimas. Amparo le manda una foto y le dice: “A mi Ramón con la locura de las locuras, con mi entusiasmo todo y más. ¡¡Siempre más!! Tu Amparo”.

MAR TRALLERO: VIDA, LIBROS Y EXILIO DE MARÍA DOLORES ARANA

MAR TRALLERO: VIDA, LIBROS Y EXILIO DE MARÍA DOLORES ARANA

Vida, libros y exilo de María Dolores Arana

 

La escritora vasca, que vivió dos décadas con el escritor zaragozano José Ramón Arana, ha sido objeto de una tesis de Mar Trallero

 

Antón CASTRO

La profesora Mar Trallero (Barcelona, 1975), que reside actualmente en Pensilvania, Estados Unidos, leyó hace unos meses una tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona sobre la escritora María Dolores Arana (Zumaya, Guipúzcoa 1910-Hermosillo, México, 1999), que vivió durante dos décadas con el escritor aragonés José Ramón Arana (1905-1973), con quien tuvo dos hijos: Federico y Juan Ramón.

Cuenta Mar, que está vinculada con Samper de Calanda: “Fui a México DF a hacer la investigación para un trabajo sobre el exilio femenino de 1939 e hice muchas entrevistas a mujeres refugiadas. A María Dolores Arana no se la pude hacer porque ya hacía algunos años que había fallecido, pero me habló de ella James Valender, yerno de Paloma Altolaguirre, hija de los poetas Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, y gran estudioso de la poesía del exilio republicano español de 1939. Yo le comentaba lo que había encontrado en las entrevistas y él me habló de Arana como la persona que aglutinaba todas aquellas circunstancias que habían sufrido las distintas mujeres españolas en México, de manera esporádica o parcial”. Mar Tralleró pensó que a través de la autora de ‘Canciones en azul’ (Cierzo, Zaragoza, 1935), se podía explicar muy bien el caso diferenciado de la mujer refugiada de 1939 en México.

“El hecho también de tener unas conexiones tan intensas con algunos personajes de renombre la hacía más interesante. Luego, el extraordinario paralelismo con su amiga Concha Méndez terminó de fascinarme”. Además de Concha Méndez, poeta del 27, tuvo contacto con Luis Cernuda, al que admiraba mucho y fueron buenos amigos, con Manuel Altolaguirre, con Octavio Paz y con Camilo José Cela, con quien se carteó en los años 60 y le publicó textos en ‘Papeles de Son Armadáns’.

Fue clave su conexión zaragozana, especialmente antes de la Guerra Civil. Explica Mar Trallero: “El poeta, libreto y galerista Tomás Seral y Casas la introdujo, seguramente a iniciativa de otro colaborador, en ‘Noreste’, una revista literaria de calidad y reconocida. Por lo tanto, ello hizo posible que a Arana se la conociera y se la considerara en buena medida como promesa de la poesía, algo que la guerra truncó por completo”. Sería aquí, en Zaragoza, donde publicó su primer libro, con ecos de la poesía popular y Góngora, filtrado un poco por Gerardo Diego. El dibujante y arquitecto Federico Comps le hizo un retrato.

“No creo que María Dolores se estableciera nunca en Zaragoza, aunque cabe esa posibilidad porque los años de la República, en su vida, permanecen muy oscuros, desconocidos. Ella estudió para formar parte del cuerpo de aduanas, y consiguió entrar como funcionaria en el cuerpo auxiliar de aduanas, pero la plaza que tenía cuando estalló la guerra era la de Irún. A causa de la toma franquista del territorio, la trasladaron a Barcelona”. Parece más que probable que fuese allí donde conociera a José Ramón Arana, que entonces era sindicalista y usaba su auténtico nombre: José Ruiz Borau. El futuro autor de ‘El cura de Almuniaced’ era primo del escritor y cineasta José Luis Borau.

 “Podrían haber coincidido en Barcelona o Zaragoza, pero no creo que hubiera pasado de un encuentro más bien casual. Durante la guerra fue cuando se conocieron bien e iniciaron su relación, que tuvo que ser apasionada en un principio por lo menos”. Se fueron juntos de España porqué tenían muchas posibilidades de ser represaliados. “Ella, con una familia franquista que la pudiera avalar, quizás lo tenía más fácil para quedarse. María Dolores amaba profundamente su tierra, pero se fue con él y, pese a las extremas dificultades (embarazada, sin recursos monetarios, con el miedo a la detención, con el ingreso de Ruiz Borau en un campo de refugiados) desoyó los ruegos de su familia y se marchó a América. Él, casado con Mercedes Gracia y con cuatro hijos pequeños a los que dejó cerca de Barcelona, cambió su identidad para crear una nueva”. Pasó a ser José Ramón Arana, y decía que era periodista y nacido en San Sebastián.

La vida no fue nada fácil. José Ramón Arana fue recluido en un campo de concentración en Francia, y María Dolores hizo lo indecible para ayudarlo a salir. Al fin lograron instalarse en México. José Ramón creó diversas librerías (como contó Simón Otaola en ‘La librería de Arana’) y fundó varias revistas y mantuvo su actividad política. “Ella se dedicó a sacar las castañas del fuego de la familia. Hacía mil y un trabajos para poder subsistir (vender colonia, coser muñecas, dar clases de piano...) y aún así sacaba fuerzas para continuar escribiendo poesía, y colaborando gratuitamente en revistas del exilio, fundadas por su marido, para no perder aquel primer atisbo de compromiso literario que había adoptado en España”. En 1953 publicó, con prólogo de Concha Méndez, su segundo poemario: ‘Árbol de sueños’, de lírica intimista y un tanto pesimista.

En 1960 María Dolores y José Ramón se separaron. El escritor tuvo otro hijo, Veturián, con su nueva compañera: la profesora de música Elvira Godás. Con esta pudo hablar Mar Trallero y le contó su inmensa desolación tras la ruptura. En 1966 publicaría ‘Arrio y su querella’, una historia de la filosofía cristiana, y en 1987 una insólita novela: ‘Zombies. El misterio de los muertos vivientes’, que obedecía a su interés por el vudú y el recuerdo de unos meses en La Martinica.

“MDA era una mujer con una extraordinaria capacidad intelectual, pero pese a ello con muchas inseguridades que explicaban un carácter más bien tosco, muy introvertido, muy vasco según me han dicho varias personas vascas. Era una mujer muy exigente, con ella misma y con los demás, también enormemente honesta y generosa en la amistad”, resume Mar Trallero.  Era tan humilde que fue el bibliófilo José Luis Melero quien le mandó a su hijo Federico la fotocopia del primer libro: ‘Canciones en azul’, del que no sabía nada.

 

*Este artículo apareció en Heraldo de Aragón.

 

RETRATO DE CONCHA MÉNDEZ

RETRATO DE CONCHA MÉNDEZ

Concha Méndez, siete años de amor con Buñuel

 

Se publica una nueva edición de las ‘Memorias habladas, memorias armadas’ de la poeta de la generación del 27 que fue novia del cineasta

 

Concha Méndez Cuesta (1898-1986) es una de las poetas del 27 y una mujer que vivió intensamente una existencia tumultuosa y rica: nació en Madrid, fue la mayor de once hermanos, se educó con una institutriz francesa (escribió poemas en francés antes que en castellano), veraneaba en Santander y San Sebastián, fue campeona de natación, aunque era una fumadora compulsiva, viajó desde pequeña a París con una de sus hermanas, estudió en el Liceo Club Femenino y, poco a poco, se convirtió en una de las voces de la Generación del 27. Fue amiga entrañable de Vicente Aleixandre, de Pablo Neruda y de Federico García Lorca, tuvo un sueño premonitorio de su asesinato en la presentación del libro ‘La realidad y el deseo’ del raro Luis Cernuda, y de algunos nombres más: Maruja Mallo y Rafael Alberti, que eran pareja, Manuel Altolaguirre, que sería su marido, y Luis Buñuel, que fue su novio a lo largo de casi siete años. Un amigo aragonés, cuyo nombre no recordaba, se lo presentó en San Sebastián y no tardaron en formalizar su noviazgo.

Así se lo contó ella a su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre (Ciudad de México, 1957), que le grabó sus recuerdos durante varios sábados, octogenaria ya y víctima de los desaires del exilio, donde “permaneció aislada”. Esas impresiones se recogieron en el libro ‘Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas’ (Renacimiento. Biblioteca del Exilio, 2018). Paloma escribe: “Después de la guerra se quedó al margen, desilusionada de todo. Al reflexionar sobre la guerra misma, comprendió que los españoles habían sido víctimas de una trampa impuesta desde el exterior, que bajo pretexto de defender ideales se habían asesinado entre hermanos, amigos y vecinos. Sumada a esta desesperanza, a esa tristeza por haber visto tanta muerte, estaba la misoginia de sus compañeros”, con el poeta y antólogo Gerardo Diego a la cabeza.

En este libro, breve pero enjundioso, sincero y descarnado en ocasiones, Concha Méndez habla de todo sin rencor en una narración elegante que explica la importancia de la cultura española anterior a la Guerra Civil, de las angustias de la contienda (el miedo, las fugas, las bombardeos, el éxodo definitivo) y de una vida errante, que la llevó a Buenos Aires, Londres (allí dio una conferencia sobre la relación entre Goya y su maestro y suegro Bayeu), Cuba, donde coincidió con la pensadora María Zambrano, autora de un cariñoso prólogo, y finalmente a México, período último en el que mantuvo una amistad muy especial con los Arana, los aragoneses José Ramón Arana, nacido en Garrapinillos, y su segunda esposa María Dolores, que le guardó sus animales mientras construían su casa de Coyoacán. Concha Méndez quiso ser, sin aspavientos, una mujer emancipada, una ‘sinsombrero’ en aquel Madrid de la Residencia de Estudiantes, y acabó siendo en España y en México, hasta su separación en 1944, la compañera del poeta, impresor y tipógrafo Manuel Aguirre, que un día, cuando ya asomaba otra mujer a su vida, le dijo que “sería mejor que estuvieras sola, porque él me daba sombra”. “Ni eres sombra, ni eres largo”, le contesté”.

Así cuenta su relación con Buñuel, “el director de cine”. “En aquel tiempo éste se interesaba solo por los insectos. Nos pusimos en relaciones, teníamos la misma edad [Buñuel era dos años más joven], estuvimos juntos durante siete años. Nos veíamos todos los días, pero no podíamos salir solos (…) Buñuel vivía en la Residencia de Estudiantes, junto con García Lorca, Dalí, Moreno Villa y otros. Vivía y asimilaba, porque era un chico inteligente. Y yo, en el inconsciente, seguramente me iba enterando de la posibilidad de otro mundo, que no fuera la familia, los hermanos: cada dos años nacía uno”.

Recuerda que Luis empezó a estudiar entomología. “Me regalaba insectos y ratones blancos. Yo misma leía los libros de Faber. Curiosamente, he visto que en algunas de sus películas aparece como detalle de gracia un insecto. En nuestra juventud estaba de moda ir a bailar y a tomar el té por las tardes a los grandes hoteles: el Ritz y el Palace. (…) Cuatro veces por semana íbmos a bailar y los demás días al cine y al Retiro”. Dice que Buñuel llevaba doble vida. “Nunca nos reunimos juntos con los chicos de la Residencia de Estudiantes. La vida dividida entre los amigos y la novia era una costumbre de la época; me hablaba de ellos, pero nunca me los presentó. Me pregunto cómo podía conciliar ambos mundos: uno más frívolo, nuestra vida en común, y el otro artístico, en el que se filtraban rasgos surrealistas”. Cuenta que tenía la misma caligrafía, que en San Sebastián iban a las carreras de coches y a la playa. A Buñuel le gustaba mucho la música, “sabía leerla y al asistir llevaba las partituras”. Él le regaló una radio, “era emocionante escucharlo, pero tenía que disfrutarlo a solas. Al novio se le hablaba por teléfono o se le veía en la calle, para que entrara en la casa, tenía que pasar el tiempo. Me regalaba muchas cosas, era espléndido”.

A Luis Buñuel le ofrecieron un puesto en la Sociedad de Naciones de París. “Lo quería para que pudiéramos casarnos”, dice, pero eso marcaría el fin. “No volvió y yo tampoco volví: no volví, aunque todavía no me había ido. Aquella relación la comparo ahora con un vicio”. Se encontrarían algunos años después, en Madrid y San Sebastián. “Con Buñuel había quedado como amiga; cada verano que él volvía a San Sebastián nos encontrábamos. Recuerdo que una de las veces se hospedó en un hotel elegante, al que me invitó a tomar el té”. Más tarde, convertida ya en poeta, Concha Méndez Cuesta viajó a París, se enteró Luis Buñuel, la citó. “Me llevó a ver sus películas, ‘El perro andaluz’ y ‘La edad de oro’, que llevaban tiempo exhibiéndose en una cine-club; después comimos juntos y caminamos por la ciudad hasta despedirnos”. En esos días, oyó hablar del que iba a ser su marido, Manuel Altolaguirre, poeta e impresor de revistas como ‘Lola’, ‘Litoral’, ‘Héroe’ o ‘Caballo verde para la poesía’.

 

JAVIER PLAZA EXPLICA SU NOVELA 'CANCIÓN DE OTOÑO'

JAVIER PLAZA EXPLICA SU NOVELA 'CANCIÓN DE OTOÑO'

 

Javier Plaza (Pamplona, 1974) habla de su segunda novela, ’Canción de otoño’, que transcurre en los Pirineos y en Zaragoza en el siglo XIX.
Habías publicado una novela anterior. ‘La urraca en la nieve’, muy distinta: era una novela de París, del arte… ¿Qué te llevó allí?
Fue mi pasión por el Impresionismo y el hecho de que coincidieran, en las calles del París de la Belle Époque, maestros de la talla de Monet, Manet, Renoir o Cezanne Creo que tal acumulación de genios es un momento único en la historia del arte, aunque en su época, salvo excepciones, eran tenidos por artistas de segunda o tercera fila. Para mí aquel momento tenía un gran valor literario

-Ahora das un salto bien distinto. Te trasladas a las guerras napoleónicas… ¿Por qué?
La época la elegí porque quería escribir una novela de valles y pueblos del Pirineo llenos de vida, de niños jugando en las calles y de hombres y mujeres en las casas, en los campos y en los caminos.
Partiendo de eso escogí los años de la Guerra de la Independencia porque me permitía enlazar la novela con los Sitios de Zaragoza, con las partidas que guerreaban por el alto Aragón y, en el caso concreto del valle de Vió, con el privilegio que tenían los mozos del valle, durante la guerra, de poder volver a sus pueblos durante el verano, con el fin de defender los boquetes de Góriz, es decir, los pasos a Francia desde aquel lugar.

-Aunque la novela también transcurre en Zaragoza, lo esencial es el Pirineo: Fanlo, Burgasé, Aínsa… ¿Por qué los Pirineos?
Bueno, desde que comencé a recorrer el Pirineo, siendo niño, me ha cautivado el paisaje, y también sus gentes y su historia. Disfruto recorriendo sus valles y pueblos y montañas, y también conociendo los vestigios de quienes lo poblaron, o visitaron, antes que nosotros: los dólmenes, como el de Aguas Tuertas o el de Tella, el arte románico que recorre todo el Pirineo, con edificios de espectacular belleza como San Pedro de Larrede o Santa María de Iguacel, el Monasterio de San Juan de la Peña, que es un lugar único. También me encanta recorrer los pueblos deshabitados, algunos de visita obligada, como Otal o Escartín, y conocer los oficios tradicionales, especialmente los navateros y los pastores, con la trashumancia. Para mí escribir esta novela era devolver al Pirineo un poco de lo mucho que me ha dado.

-¿Cuál fue la importancia de la guerrillas ante los invasores franceses?
Creo que es un tema bastante desconocido, pero las partidas sometían a un hostigamiento continuo y efectivo a las tropas ocupantes, aportaron mucho. Estaban bien organizadas, dentro de sus posibilidades, y contaban con el conocimiento del terreno y en general, con el apoyo de la población. En las ciudades los franceses mantuvieron el control durante años, pero en los caminos sus columnas eran atacadas continuamente, causándoles grandes pérdidas. Algunas partidas incluso cruzaron los Pirineos y atacaron pueblos del sur de Francia. Goya nos dejó un precioso testimonio del nivel de organización al que llegaron las guerrillas, con sus dos tablas sobre la fabricación de pólvora y balas en la Sierra de Tardienta. En ellas refleja los trabajos de la partida del zapatero José Mallén. Para escribir sobre las partidas me ha resultado imprescindible el libro “Guerrilleros y patriotas” de Ramón Guirao.

-¿Has querido hacer una novela de paisajes o de guerra? Dices en un determinado momento: “La guerra no acaba nunca”.
Para mí es una novela de paisajes, pero para Rosa no. Ella ha regresado a su pueblo desde Zaragoza, donde lo ha perdido todo, y en Fanlo se encuentra con la misma guerra. Conforme avanza el tiempo la guerra se va terminando, y eso le ayuda a lograr algo de paz interior.

-Es, en el fondo, una novela de mujeres y una novela del dolor y la pérdida… El relato de dos hermanas…
Sí, es el retrato del reencuentro de Rosa con la vida, con la casa, con sus raíces, incluso con sentimientos que no esperaba que volvieran a germinar en su interior, y en ese proceso tiene especial importancia el esfuerzo y los cuidados de su hermana Inés.

¿Cómo rehace su vida Rosa, la protagonista?
Su regreso al pueblo es casi obligado y al principio no encuentra allí ninguna motivación. Ella dice que solo le quedan los recuerdos, que hacia adelante no hay nada. Inés es quien tira de ella tratando de reincorporarle a la vida y a la casa. Poco a poco, Rosa se va reencontrando con gente que la conocía y la quería, aunque ella apenas los recuerda. Por otro lado ella es la heredera, y su familia es una de las familias principales del valle, así que comienza a sentir de nuevo las obligaciones que le inculcó su padre, siente que debe ponerse al frente de la casa, y tratar de gobernarla con mano firme.

¿Has querido reflexionar sobre la importancia de los Sitios en la historia de Aragón, y sobre todo en la vida cotidiana de las gentes?
Realmente cualquier análisis sobre las consecuencias de aquel conflicto es demasiado complejo para mis conocimientos, aunque resulta evidente que durante la guerra se produjeron grandes avances sociales, manifestados en las Cortes de Cádiz, y que el final de la misma trajo de regreso a un rey lamentable que anuló todo lo que se había hecho y, mientras pudo, llevó a cabo un gobierno absolutista. Pero yo tan solo he tratado de reflejar la dureza de la vida cotidiana en el interior de la Zaragoza sitiada. Si se habla de la situación general del país, o incluso de la marcha de la Guerra, es tan solo en lo que pueda importar a Rosa.

El amor siempre es un estímulo en las novelas. También aquí. ¿Qué dimensión le has querido dar?
En esta novela el amor es un elemento más significativo que en la anterior. Es una novela de amor, de mi amor al Pirineo, del amor de Rosa a su esposo y su hijo, y del amor que siente de nuevo a su tierra sus raíces y su familia. No estoy seguro de que yo quisiera darle esa dimensión cuando comencé a escribir, no esperaba de mi ese punto romántico, pero ese es el resultado.

¿Qué te dice el Pirineo para ti, cómo lo ves?
Para mí es un lugar de contemplación, una fuente de conocimiento y, en ocasiones, el mejor retiro para meditar, para pasar un tiempo conmigo mismo.

Creo que ha sido muy importante la documentación. ¿Qué buscabas, es el Pirineo un buen escenario novelesco?
El Pirineo es un buen escenario porque su belleza te sirve de fondo, es un marco incomparable para decorar cualquier historia. Y el documentarme para “Canción de otoño” ha sido un auténtico placer: he visitado en numerosas ocasiones el valle de Vió y sus alrededores, y he leído cuanto he podido sobre el Pirineo y su pasado, como digo, un placer. Ha habido algunos libros me han aportado mucho, especialmente “Navateros” de Severino Pallaruelo y “La Solana” de Carlos Baselga.

-¿Por qué escribes novelas? ¿Qué te permiten hacer o imaginar?
Escribir es mi expresión artística, y es un esfuerzo intenso que me hace sentir satisfecho, es un reto mental. En esta novela he tratado de cuidar hasta el más mínimo detalle, desde el texto hasta el color de las páginas o la calidad de las tapas. Soy muy perfeccionista, pero cuando consigo terminar una novela la leo y a mi me gusta.

-Estamos en verano. ¿Podrías recomendarnos tres o cuatro libros que te hayan conmovido y hacernos una ruta por los Pirineos?
Como novelas que haya leído últimamente recomendaría “Ordesa” de Manuel Vilas, una excelente novela, intimista, de prosa precisa y preciosa y también “El Gran Dragón Negro”, de Clara Fuertes, sobre los niños que vivieron en el campo de concentración de Terezín. Y, por hacer una recomendación pirenaica, sin duda “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares, que es una obra maestra y con la que es imposible no emocionarse. Dos ejemplos de rutas de gran belleza en la zona del Pirineo en la que transcurre “Canción de otoño” serían, por un lado, el recorrido de los Miradores de Ordesa, que parte de Nerín o Torla, y, por otro, un paseo por Plana Canal y las Sestrales, por encima del Cañón de Añisclo. Son dos excursiones maravillosas, no muy frecuentadas y que están al alcance de todo el mundo, se pueden realizar en familia.
*La fotografía es de José Miguel Marco, jefe de fotografía de 'Heraldo', donde se publicó una selección de esta entrevista...


 

ANDREA PITZER: 'UNA LARGA NOCHE'. LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

UNA LARGA NOCHE Historia global de los campos de concentración ANDREA PITZER. La Esfera de los libros.

 

Una historia original, apasionante y profundamente conmovedora sobre una de las grandes tragedias contemporáneas: los campos de concentración Durante más de un siglo, en todo momento, ha habido al menos un campo de concentración en funcionamiento en algún lugar del mundo. Al principio, los campos se utilizaron como parte de la estrategia militar, pero con el paso de los años fueron evolucionando en la dimensión de sus consecuencias y en el salvajismo con que los gobiernos los utilizaron. Ya bien entrado el siglo xxi, mientras seguimos calculando la magnitud y el horror del Holocausto, la Historia nos recuerda que hemos roto la promesa del «nunca más». Con este estremecedor trabajo, basado en documentos, registros, archivos y entrevistas realizadas por todo el mundo, Andrea Pitzer pone de manifiesto por primera vez la historia cronológica y geopolítica de los campos de concentración. Partiendo de la última década del siglo XIX, la autora documenta este tipo de centros en todo el mundo y a lo largo de más de cien años. Desde Filipinas y Sudáfrica, en las primeras décadas del XX, al gulag soviético y los campos de detención en China y Corea del Norte durante la Guerra Fría, los sistemas de campos de concentración se han utilizado como herramientas para la «relocalización» civil y, sobre todo, para la represión política.

A menudo se  han justificado como una medida para proteger a una nación, e incluso para salvaguardar la integridad de los internos, pero en realidad siempre han sido emplazamientos brutales e inhumanos que han acabado con la vida de millones de personas. A partir de testimonios de primera mano, con una investigación meticulosa y haciendo gala de una gran erudición histórica, Andrea Pitzer saca a la luz los orígenes de este espantoso fenómeno, escudriñando y revelando finalmente la terrible herencia de los campos: atrocidades impensables, la fortaleza de los supervivientes e incluso los momentos íntimos y privados que también fueron parte de la vida en los campos de concentración durante el siglo pasado.

EL LIBRO

La primera investigación de Pitzer comenzó en la primavera de 2008. Entre 2011 y 2016, la autora visitó diversos archivos y lugares de detención, en funcionamiento o ya cerrados: Tule Lake, en California; Oświęcim y Varsovia, en Polonia; Dachau, Hamburgo y Berlín, en Alemania; San Petersburgo, en Rusia; Praga y Šumperk en la República Checa; Gurs y París en Francia; Ginebra en Suiza; Tallín y Klooga, en Estonia; Santiago, en Chile; Buenos Aires, en Argentina; Yangon y Sittwe, en Birmania; y la base naval de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo. También habló con historiadores, activistas, soldados y abogados, así como con vigilantes en activo y antiguos, y con supervivientes de los campos de detención. Aunque los testimonios de los entrevistados pueden tener errores, también los tienen los registros oficiales. Pero unos y otros son útiles. Y allí donde las presiones políticas han impedido el testimonio de los detenidos, he procurado eliminar las distorsiones o los pasajes que se veían afectados en este sentido. La crítica más detallada de los campos de concentración procede a veces de las naciones enemigas; en estos casos, lo que se dice en ocasiones es cierto, pero no siempre en su totalidad. Algunas fuentes son solo propaganda o informes para legitimar determinados actos.

TEMAS DEL LIBRO

1. Nacido entre generales 2. Muerte y genocidio en Sudáfrica 3. La Primera Guerra Mundial y la guerra contra los civiles 4. El nacimiento del gulag 5. La arquitectura de Auschwitz 6. El mal sin límites 7. Hijastros del gulag 8. Ecos del imperio 9. Hijos bastardos de los campos de concentración 10. Guantánamo y el mundo 

 

HAN DICHO DEL LIBRO… «Una larga noche es un relato riguroso y objetivo de la historia de los campos de concentración, una narración valiente y sólida sobre la crueldad, pero también sobre el valor humano. Y está contada con una inquebrantable claridad ética tan firme que esta historia servirá para recordarnos que nunca es tarde para defender lo que es justo. Deborah Blum, novelista (The Poisoner’s Handbook), periodista y Premio Pulitzer

«Andrea Pitzer tiene la elegancia de un poeta y el rigor de una periodista curtida en su oficio. En esta obra también demuestra su increíble habilidad para traducir un siglo de espantosos sufrimientos en un innovador relato que resulta fluido, lúcido y comprensivo con el dolor humano. Conseguirá que el lector vea el pasado —y el presente— con otros ojos». Beth Macy, periodista y escritora, autora de Truevine y Factory Man

«Un relato poderoso y agudo sobre los horrores de los campos de concentración, y no solo de los que conocemos, sino también de aquellos que pasamos por alto o preferimos ignorar. Los esfuerzos de Andrea Pitzer en su investigación y en su composición sin duda han dado resultados muy reveladores». Annie Jacobsen, periodista autora de Phenomena y finalista del Pulitzer con The Pentagon’s Brain

«Una larga noche, el perspicaz trabajo de Andrea Pitzer, funciona realmente como un poema épico aderezado con el horror de los campos de concentración que ha habido a lo largo de la historia en todo el mundo. Es un relato lleno de profundidad y violencia, que por desgracia resulta muy reveladoro y significativo. “Los viejos campos vuelven a abrirse, otros nuevos se crean”: Pitzer nos cuenta con una prosa limpia y clara una historia objetiva, apasionante, intensa y profundamente perturbadora». Peter Davis, ganador de un Oscar por Hearts and Minds y autor de la novela Girl of My Dreams

DE LA INTRODUCCIÓN…

Un ferry de dos pisos transporta a los visitantes hasta la parte de barlovento de la Base Naval de la Bahía de Guantánamo y los deja a los pies de una colina, a escasa distancia del llamado Camp Justice. Hay unas cuantas instalaciones destinadas a albergar detenidos; son actuales y antiguas, con nombres como Camp Echo o Camp Delta, y se agrupan cerca del extremo suroriental de la base, resguardadas tras unas verjas de tela metálica coronadas con rizos de alambre de espino. Esas instalaciones aún están operativas, y acogen a un pequeño número de detenidos que esperan la resolución de sus casos, aparte de otros que jamás verán evaluados sus casos en Camp Justice. El ferry atraca junto a un pequeño aparcamiento en Fisherman’s Point, pero el pavimento puro y duro del lugar no refleja su azarosa historia: en 1898, los soldados de Estados Unidos desembarcaron en este mismo lugar durante la guerra hispano-americana; pusieron pie a tierra en la mañana del 10 de junio, abriendo fuego contra una población costera y apoderándose antes del mediodía de la guarnición que la custodiaba. La colina se convirtió en un campamento militar, luego en una base permanente y las fuerzas estadounidenses ya nunca lo abandonaron. Una placa de bronce encastrada en un hito de piedras blancas junto a la orilla conmemora una invasión bastante anterior. Durante el segundo viaje de Cristóbal Colón a las Indias, en 1494, el almirante visitó Fisherman’s Point también, después de reclamar la isla de Cuba para el Reino de España. La placa dice que Colón y sus hombres llegaron allí buscando oro, pero «no encontrando lo que pretendían, se fueron al día siguiente». Durante más de cuatrocientos años tras la expedición de Colón, Cuba siguió siendo colonia española. Pero en la última década del siglo XIX, España creó los primeros campos de concentración del mundo en esa isla. Semejante decisión desató masacres sin cuento que, al final, acabaron con la pérdida de la colonia y con los soldados americanos desembarcando en el mismo punto en el que Colón había estado buscando oro siglos atrás. Hasta hace solo unos años, jamás se me había pasado por la imaginación viajar a Guantánamo. Mi interés se reducía a escribir una historia de los campos de concentración. El campo de detención de Guantánamo, típico del siglo XXI, podría resultar perturbador, pero no se me había ocurrido pensar en esas instalaciones como en un campo de concentración. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba investigando las detenciones masivas y los arrestos indiscriminados a lo largo de la historia, más se revelaba la espantosa identidad y realidad de Guantánamo. No se me pasó por la cabeza pensar que pudiera escribir sobre ese lugar sin haber estado allí. Y por eso, en 2015 hice dos visitas a Guantánamo. La primera me proporcionó la posibilidad de asistir a vistas preliminares contra cinco  acusados por los acontecimientos del 11 de septiembre.

Dado que yo no tenía la obligación de entregar mi trabajo en una fecha concreta, como otros periodistas que viajaban conmigo, opté por ocupar el lugar del artista invisible que dibuja bocetos del juicio y absorber —tanto como me fuera posible— lo que ocurría en aquella especie de tribunal que iba a los casos de los prisioneros en la «guerra contra el terror». Había llegado a aquel lugar quince años después de los atentados del 11-S, y tenía que ponerme al día. Mi segundo viaje me permitió acceder a los campos de detención, o, al menos, a las instalaciones que me dejaron ver. En ambos casos, poner el pie en Guantánamo era como entrar en otro mundo. Resultaba abrumador comprobar que había miles de personas empleadas y decenas de edificios destinados a mantener en marcha la maquinaria de la detención: en aquel momento, el centro ya solo albergaba a un pequeño grupo de prisioneros, poco más de un centenar. Lo que más me perturbaba a mí —la legitimidad o no de mantener a sospechosos sin juicio durante más de una década— no era en absoluto ninguna preocupación acuciante para los soldados y marinos que estaban allí, ocupados, haciendo su trabajo. Las grandes cuestiones se habían decidido ya en otra parte. Los detenidos estaban allí y allí se quedarían hasta nueva orden.

Después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, la decisión estadounidense de utilizar Guantánamo como un emplazamiento perfecto para las detenciones extrajudiciales se había saludado en los círculos internacionales con la misma consternación que suscitó el proceso español de «reconcentración» (detención masiva de civiles) en 1896. En términos generales, los campos de detención americanos del siglo XXI en Guantánamo son hijos de los campos españoles del siglo XIX. Pero han transcurrido muchas décadas entre unos y otros, y cada nueva instalación de barracones y celdas de castigo arrastra elementos clásicos de los viejos campos al tiempo que evoluciona con características nuevas. La historia de los campos de concentración parte de Cuba, se disemina como ondas concéntricas por el mundo y regresa luego a la isla: sus ecos alcanzan a los seis continentes y casi a todos los países del mundo. Los campos de concentración han estado presentes continuamente en uno u otro lugar del globo durante más de un siglo. Los barracones y el alambre de espino siguen siendo sus símbolos más conocidos, pero un campo de concentración se define más ajustadamente por sus detenidos que por cualquier otra característica física. Un campo de concentración existe allí donde un gobierno quiere mantener a ciertos grupos de civiles fuera de los procesos legales normalizados, a veces para segregar a personas que se consideran extranjeras o marginales y en otras ocasiones para castigarlos. Si las prisiones están concebidas para albergar a sospechosos acusados de crímenes tras un juicio, un campo de concentración alberga a aquellos que, en la mayoría de los caso, no se han sometido a un juicio justo en absoluto.

La palabra «detenido» es el término más específico que se puede aplicar a la persona retenida de este modo, pero para lo que nos interesa en este libro, también pueden ser considerados prisioneros, presos o cautivos. A veces, como ocurre en Guantánamo, la definición de las categorías de los detenidos se vincula a determinadas consideraciones legales. Llamarlos «prisioneros» podría implicar la necesidad de garantizarles los derechos obligados a los prisioneros de guerra según la Convención de Ginebra, así que los mandos del campo suelen llamarlos simplemente «detenidos». Los campos de concentración albergan a civiles más que a combatientes, aunque en bastantes casos, desde la Primera Guerra Mundial a Guantánamo, los administradores de los campos no siempre han hecho el esfuerzo de distinguir entre unos y otros. Los detenidos se han visto en esos lugares esencialmente por razones raciales, culturales, religiosas o políticas, y no tanto por delitos tradicionalmente perseguidos por la ley, aunque algunos estados han remediado este defecto legislando de tal manera que la mera existencia de la disidencia fuera prácticamente imposible. Esto no significa que todos los detenidos sean inocentes de acciones criminales contra un gobierno en un sistema dado; más bien, significa que tanto los inocentes como los culpables son encerrados sin ninguna distinción ni consideración. Los campos de concentración se instauran por decisiones políticas estatales, o menos frecuentemente, los organizan gobiernos provisionales durante un conflicto o guerra civil. Representan el ejercicio del poder estatal contra los ciudadanos, individuos particulares u otros sobre los cuales el gobierno tiene algún grado de responsabilidad. Al contrario que en las prisiones, los campos de concentración a menudo albergan a prisioneros sin una fecha de liberación prevista. Y cuando se ofrece esa fecha, se ha decidido arbitrariamente y se puede modificar sin previo aviso. En algunos —pocos— sistemas de campos, la detención se ha establecido como una medida protectora, supuestamente para proteger a un grupo de la ira popular, y en alguna ocasión realmente han sido lugares en los que los detenidos han estado protegidos. Pero lo más habitual es que la detención se considere como una medida preventiva, para mantener a un grupo sospechoso a buen recaudo con el fin de evitar que cometa posibles «crímenes.» Muy rara vez los gobiernos han admitido públicamente que han utilizado los campos de concentración como castigo; sobre todo, los han presentado como parte de una misión civilizadora para mejorar el nivel de ideologías, culturas y razas supuestamente inferiores.

Andrea Pitzer

 

*Dossier del libro. Remite Mercedes Pacheco.