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Antón Castro

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MANUEL VILAS EN CARIÑENA

MANUEL VILAS EN CARIÑENA

MANUEL VILAS: “OS INVITO A HACER DE CARIÑENA UNA DE LAS MEJORES, SINO LA MEJOR, DENOMINACIÓN DE ORIGEN DEL MUNDO”

[Nota de Santiago Martín y Maszoom.] 

El “Invitado de Honor” de la 52ª Fiesta de la Vendimia resaltó el “maravilloso trabajo” que realizan los vitivinicultores de la Denominación y ha reinvidicado el vino como “una de las cosas más expresivas de la cultura occidental”

 

El autor ha incidido durante su intervención en el acto central de la Fiesta en que en el vino, como en la literatura, “vive la cultura, que no es otra cosa que el amor a la vida” y por eso “adorna la vida” y  es “sinónimo de civilización y de progreso”

 

El presidente de la D.O.P., Ignacio Casamitjana, ha anunciado en la celebración los dos grandes objetivos inmediatos del Consejo Regulador para impulsar la comercialización de sus vinos: la reforma del Museo del Vino y la promoción internacional de la uva Cariñena

 

La vendima de este año estará “por encima del 15 % o incluso del 20 % de la media de los últimos diez años” y rondará los cien millones de kilos de uva

 

El acto de Exaltación del Vino ha incluido el tradicional pisado del primer mosto y su ofrenda al Santo Cristo de Santiago y ha culminado con el encendido de la Fuente de la Mora a cargo del “Invitado de Honor”, quien posteriormente ha impuesto sus manos en el Paseo de las Estrellas

 

(Domingo, 23 de septiembre de 2018).- El vino es como el arte porque celebra la vida y adorna la existencia. Este es el mensaje que ha transmitido el escritor Manuel Vilas en la 52ª Fiesta de la Vendimia de Cariñena, donde este año ha sido el “Invitado de Honor” y el encargado de hacer manar vino de la Fuente de la Mora, en el acto más característico de esta celebración.

 

El escritor aragonés, que este año ha logrado un gran éxito literario con su novela “Ordesa”, ha protagonizado así en el acto central de la emblemática Fiesta de la Vendimia de la Denominación de Origen Protegida Cariñena, reconocida desde 2016 como Fiesta de Interés Turístico de Aragón. Por su parte, el presidente del Consejo Regulador la D.O.P. Cariñena, Ignacio Casamitjana, ha destacado la transformación del Museo del Vino y la promoción de la variedad de uva Cariñena, como principales apuestas en las que se trabaja actualmente.

 

Manuel Vilas ha comenzado su intervención agradeciendo su nombramiento como Invitado de Honor “porque celebrar la fiesta del vino de Cariñena es lo mismo que celebrar la vida, la amistad y la alegría” para luego destacar en su discurso cómo el oficio de escritor “tiene que ver mucho con el vino”. Así, ha realzado que el vino es “sinónimo de civilización y de progreso” y que en él, como en la literatura “vive la cultura, que no es otra cosa que el amor a la vida”.

 

“HACER VINO ES AMAR LA VIDA Y LA LIBERTAD”

 

Repasando las virtudes del vino, Vilas lo ha relacionado con el nacimiento de la cultura cuando el hombre “vio en el vino un motivo de celebración y de exaltación de la naturaleza”. Ha destacado que los pueblos que se dedican a la viticultura, como los de la Denominación de Origen Protegida Cariñena “aman la vida y la libertad” y ha subrayado cómo el vino “está relacionado con la tolerancia, la amabilidad y la educación”; además de su papel en “realzar la gastronomía, una forma inteligente de entender la vida”.

 

Como ejemplo de todas estas virtudes, Manuel Vilas ha contado cómo recientemente en una comida con un amigo escritor famoso, este, saboreando su copa de vino, le explicó en qué se parecen el arte y el vino: “ni el vino ni el arte son necesarios. Precisamente por eso los amamos tanto, porque nos adornan la vida, y porque sin adornos y sin placeres y sin lujos la existencia sería un infierno y un enorme aburrimiento”.

 

Vilas ha resaltado que esta historia expresa la “radical humanidad” del vino, y su papel como “una de las cosas más expresivas de la cultura occidental que existen”, por lo que ha concluido sus palabras invitando a “la perfección en el trabajo de hacer vino” y a “difundir por el mundo entero y consolidar el maravilloso trabajo que hay detrás de la Denominación Cariñena”.

 

El reconocido escritor ha concluido así su intervención: “Os invito a la perfección en el trabajo de hacer vino. El vino exige conocimiento, ciencia, técnica, investigación, arte, entrega, sacrificio, trabajo constante. Os invito a hacer de Cariñena una de las mejores, sino la mejor, denominación de origen del mundo”.

 

“APOYAR LA COMERCIALIZACIÓN”

 

Por su parte, el presidente del Consejo Regulador, Ignacio Casamitjana, ha aprovechado la Fiesta de la Vendimia para repasar los objetivos y proyectos en un año en el que se calcula que la cosecha va a estar “por encima del 15 % o incluso del 20% de la media de los últimos diez años” y rondará los cien millones de kilos de uva.

 

Casamitjana ha incidido en que este punto de partida “quedaría incompleto si no conseguimos que nuestros vinos alcancen un posicionamiento económico acorde con la calidad que estamos ofreciendo” para destacar el reto de “apoyar entre todos a la parte industrial, de producción y comercialización”, para lo que ha destacado dos grandes proyectos: el posicionamiento internacional de la variedad de uva Cariñena y la reforma del Museo del Vino.

 

Sobre el primer objetivo, el presidente ha destacado que se aspira a “convertir en un icono internacional” la uva cariñena, “que tiene el mismo nombre que nuestra ciudad, nuestra comarca y nuestra Denominación”, para que sea “una figura de exclusividad, un referente que nos distinga del resto de territorios vinícolas y nos coloque un escalón por encima”.

 

Sobre la transformación del Museo del Vino, el presidente de la D.O.P. ha resaltado que el Gobierno de Aragón ha financiado la redacción del proyecto y que se trabaja para que pronto sea una realidad “un Museo del Vino del siglo XXI, que manteniendo la esencia de la tradición esté también a la vanguardia"”. Además, también ha citado la Ruta enoturística del Campo de Cariñena – El Vino de las Piedras como un medio de promoción e imagen ya consolidado.

 

A la vez, Ignacio Casamitjana ha resaltado la importancia de “estar siempre innovando, porque la vid y el vino son un trabajo de 365 días al año” y ha recordado cómo la D.O.P. Cariñena fue pionera en técnicas como el uso de feromonas para combatir la polilla del racimo “y seguiremos implantando las novedades más vanguardistas para conseguir la excelencia en la producción” y seguir manteniéndose “en el top ten de los vinos de calidad”.

 

El presidente ha recordado finalmente que en la Denominación de Origen Protegida Cariñena trabajan más de 1.500 viticultores y 35 bodegas y sus 14.000 hectáreas de viñedos concentran el 50% de todo el vino que se elabora y comercializa en la Comunidad Autónoma de Aragón.

 

PISADO DE LAS UVAS, BENDICIÓN DEL MOSTO Y ENCENDIDO DE LA FUENTE

 

Los actos de la Fiesta de la Vendimia han comenzado con el tradicional pisado ante el público de las uvas para recoger el primer mosto del año, bendecirlo y ofrecérselo al patrón de Cariñena, el Santo Cristo de Santiago. En esta edición, han sido dos vecinos de la localidad de Alpartir, Ángela del Val y Francisco Pérez, los encargados de esta tarea. Como novedad, se ha recuperado este año la presencia de la imagen del Santo Cristo en el escenario de la plaza, donde se ha realizado la bendición del mosto por el párroco de la localidad, en lugar de en la ermita al finalizar el acto.

 

Tras los discursos del “Invitado de Honor” y del presidente del Consejo, se ha vivido uno de los momentos más esperados, cuando el primero ha puesto en marcha el interruptor que permite que durante todo el día manen miles de litros de vino de la Fuente de la Mora, la original seña de identidad de la Fiesta de la Vendimia de la Denominación.

 

A continuación, y una vez concluido el acto institucional, Manuel Vilas ha impuesto sus manos en el Paseo de las Estrellas, que desde 2014 luce las huellas de los personajes que han visitado la Denominación de Origen Protegida Cariñena. El escritor se ha sumado así a una ya larga lista de nombres como José Ramón de la Morena, Santiago Segura, David Trueba, Eduardo Noriega, Elvira Lindo, Paula Ortiz, Miguel Ángel Lamata, Gabino Diego y Luisa Gavasa.

 

El programa ha continuado con la apertura de la Feria del Vino, en la plaza Campo del Toro, donde se han podido degustar los Vinos de las Piedras de la Denominación Cariñena junto con sabrosas tapas y raciones, y actuaciones musicales. Además, se han realizado visitas gratuitas al Museo del Vino y, como novedad también de este año, el Tren del Vino  ha permitido a algunos zaragozanos viajar y regresar a la fiesta en vagones históricos, como se hacía en los años 90.

 

En el acto central de la Fiesta de la Vendimia 2018 han estado presentes, entre otras autoridades, el secretario general técnico del Departamento de Desarrollo Rural del Gobierno de Aragón, José Luis Castellano; el vicepresidente de la Diputación de Zaragoza, Martín Llanas, y el alcalde de Cariñena y presidente comarcal, Sergio Ortiz.

 

Castellano ha destacado el apoyo del Gobierno de Aragón y que “la producción diferenciada y de calidad se ha convertido en el eje central de la Denominación Cariñena”. En su opinión, “en esta Denominación hay una industria y unas bodegas que están en primera línea con sus poderosas campañas nacionales y de internacionalización en los principales mercados del vino”.

 

Por su parte Sergio Ortiz, invitó a todos, y de todos los lugares a disfrutar de “una fiesta que une pueblos y culturas y especialmente este año con el protagonismo del escritor Manuel Vilas, ya que la literatura es un lenguaje universal como es el del vino”.

 

MANUEL HIDALGO ESCRIBE DE MI LIBRO 'CARIÑENA' (PREGUNTA, 2018)

https://www.elcultural.com/blogs/tengo-una-cita/2018/09/la-vendimia-literaria-de-anton-castro/

La vendimia literaria de Antón Castro

Antón Castro. Foto: Carles Domènec / Pregunta Ediciones

Antón Castro. Foto: Carles Domènec / Pregunta Ediciones

Atiborrado de Gelocatil y Fluimucil por una gripe caprichosa que no termina de dar la cara –quizá no debería haberlo dicho, pero dicho queda-, me dispongo a escribir aquí, desde el corazón de la niebla, de uno de los libros más luminosos, bonitos y sencillos que he leído últimamente: Cariñena(Pregunta Ediciones), de Antón Castro.

En 1978, a los 19 años, el entonces Técnico Especialista en Electrónica y hoy reputadísimo periodista cultural y exquisito escritor, nacido en la parroquia de Santa Mariña de Lañas, en el coruñés “concello” de Arteixo, abandonó su casa familiar y se largó a Zaragoza escapando del cumplimiento del servicio militar. Instalado en la capital aragonesa, en una especie de comuna okupa integrada por objetores como él, vio la conveniencia de ganarse unos dineros como vendimiador en Cariñena.

Leemos en la contraportada: “A medio camino entre la realidad, la memoria y la autoficción, Cariñena es una novela autobiográfica…” Vale. El etiquetado referencial nos queda claro. Novela o no, Cariñena es un relato confesional, de experiencia, de iniciación a la vida, narrado en primera persona con una ingenuidad y una naturalidad desarmantes y cautivadoras.

Un chico raro, miedoso, inexperto, sin fuste físico, emocionalmente frágil, iniciado mucho más en la vida cultural propia de su edad y su tiempo que en la vida misma, incierto aspirante a poeta y pegado a un cuaderno Sagitario –en el que anota cuanto le pueda convenir a su incipiente propósito de escribir- llega en solitario, con dos duros y en auto-stop a Cariñena a ver si consigue “engancharse” como vendimiador. Ni idea de lo que se le avecina.

Cariñena cuenta primero la expectante búsqueda de trabajo y, después, las jornadas como vendimiador en los viñedos. Todo el relato es un continuo, un río tranquilo que fluye con quietud, al paso de los días y las noches, de las horas, de las incertidumbres, de los contactos y de las tareas.

Con muy significativas alusiones al terruño abandonado, a la infancia y juventud que han quedado atrás, a la figura bifronte del padre, Castro se sumerge en el paisaje y en el paisanaje de Cariñena. Queda simple –incluso feo- decirlo así, pero así es (para entendernos): la tierra y la gente.

El Gallego –como enseguida le llaman- va estableciendo relaciones en el pueblo: gente que le ayuda, gente que le puede dar el trabajo que anhela –ya se verá-, gente que aspira a su mismo empleo; un formidable elenco de tipos humanos, cada uno con sus pequeñas historias detrás y delante, en los escenarios de la plaza, el bar, una nave, un cobertizo, unos barracones… En Cariñena y en Paniza. Tres amigos que se consolidan –Miguel, Andrés, Pepe- y dos chicas –Cris y Mar-, que también aparecen por allí en busca de trabajo. Conversaciones, anécdotas, confidencias, indagaciones, puesta en común de gustos –tal película, tal libro, tal cantante- y proyectos, afectos, aprendizaje.

Y, con la misma prosa limpísima, delicada, apacible como la solidaridad sin énfasis y la complicidad soleada que se va abriendo paso, la descripción, al fin, del durísimo trabajo farcino (cuchillo) en mano en los viñedos hasta deslomarse al sexto día, con párrafos bellísimos sobre la tierra, la uva, la técnica, la tarea y el esfuerzo de cobrarla, de sumarla a los cuévanos (cestos) hasta quedar tronzado, abatido por el lumbago del cierzo. “Molinicos de poca agua. Así se le dice por aquí a la gente como tú que flaquea cuando menos se espera”, le dirá al Gallego con cariño uno de los amigos.

Completado ahora por un relato inédito, Una artista en el viñedo, que, sobre el mismo escenario trae resonancias de la película Tierra (1996), de Julio Medem, y de las zonas de misterio y fábula que suelen agazaparse en la narrativa de Castro, Cariñena, que ya había tenido una anterior edición hace años -¿cuatro?-, es un libro bellísísimo y de una originalidad inesperada y sorprendente.

Sí. Resulta que a todos los ingredientes nombrados se suma de soslayo y con discreción, mediante referencias culturales –que no excluyen a la cultura popular y callejera-, el retrato de un tiempo y de una generación. Lo insólito es que este retrato, que suele hacerse con ambición programática y con solemnidad, se haga en Cariñena con la ingenuidad y la naturalidad desarmantes que he mencionado más arriba, que son las herramientas –propias de ciertos poetas- con las que Castro cuenta su historia y se desnuda.

Escribe Castro: “Mis padres son labradores e hijos y nietos de labradores. Mi infancia está vinculada por tanto al campo. He ido con mi padre al monte en busca de leña y desde allí contemplaba un furioso mar de delfines; he estado con mi madre horas y horas recogiendo patatas, plantando judías y deshojando maíz. Me gustaba internarme en el corazón del maizal y aislarme del mundo, tanto que a veces mi madre se asustaba: pensaba que me había perdido o que había huido hacia las antiguas minas de wólfram, donde se decía que había demonios y precipicios sombríos que conducían al más allá. Por eso cuando nos íbamos a las fincas siempre me metía un diente de ajo en el bolsillo del pantalón. Era un amuleto infalible contra los malos espíritus…”.

Este párrafo sobre el niño misántropo se prolonga todavía más. En fin, no sabemos ni nos importa cuánto hay de rigurosamente exacto en todo ello, pero lo que es seguro es que Antón Castro, el responsable del suplemento cultural de Heraldo de Aragón, el autor de El testamento de amor de Patricio Julve (1995) y, en fin, el poseedor de tantas erudiciones, tiene la suerte y el privilegio de poder seguir escribiendo con la mirada del niño aislado en un maizal. Ya me toca otro Gelocatil.

*Mil gracias a Manuel Hidalgo por este texto tan generoso y lleno de cariño.

 

CRISTINA GRANDE: 'NIEBLAS ALTAS'

Cristina Grande escribe, columna a columna, la novela de la vida

La escritora recoge sus textos de prensa que publica los martes en HERALDO en ‘Nieblas altas’ (Olifante)

  
   
 
La escritora Cristina Grande, en una imagen de archivo, en HERALDO.
Cristina Grande, en una imagen de archivo, en HERALDO. Guillermo Mestre

Cristina Grande Marcellán firma todos los martes en HERALDO una columna de culto. Esta mujer, que querría ser de mayor como la cineasta Jane Campion, “con su melena blanca recogida en una coleta ladeada”, escribe de las pequeñas cosas, de lo invisible, que lo que por pura obviedad da la impresión de que ni esté. Dice en la primera frase de su nuevo libro ‘Nieblas altas’ (Olifante. La Casa del Poeta): “Lo bueno de tener un pasado es que puedes olvidarlo casi a voluntad, por trozos”.

Ella, en realidad, olvida pocas cosas. Esta cronista del presente asume muy bien una frase de la escritora Nélida Piñón: “Lo que da trascendencia al arte es la maravillosa banalidad de lo cotidiano”. Lo cotidiano de hoy, de anteayer, de ayer o de hace años. Cristina tiene un especial radar de percepción, y en ese don para captar sutilezas, hechos inaprensibles, emociones sigilosas o los pequeños detalles que agigantan el arte de vivir, se parece a Alice Munro, Mercè Rodoreda, Natalia Ginzburg y Soledad Puértolas. Pertenece a ese estirpe innominada y emparentada por enigmáticos vínculos y una prosa limpia y luminosa, suave y sin gritos.

¿Qué es ‘Nieblas altas’ y que hace ese libro en una colección de poesía, más bien? Son 49 de sus columnas de los últimos años, que complementan las que ya había publicado en ‘Flores de calabaza’ (Anorak). Y aquí, también aquí, está esta escritora extraña, inquietante y familiar con sus temas. Y con esas frases que te dejan temblando o escribiendo mentalmente una novela: “Mi hermana soñaba con una piscina de mercurio”. También a ella le encantan las piscinas.

Cristina Grande es autora de libros de cuentos como ‘La novia parapente’, ‘Dirección noche’ y ‘Tejidos y novedades’ y de una novela, ‘Naturaleza infiel’, que dio mucho que hablar. Son bastantes los lectores que esperan, desde hace años, su segunda novela. Cristina la escribe sin escribirla: con sus columnas, martes tras martes, enhebra una narración frondosa, veteada de afluentes y personalísima, donde la protagonista es ella, ella y su mirada y su sensibilidad, y ese modo magistral de no darse ninguna importancia. Escribe como camina, escribe como sueña, escribe como bebe un vino o como pasea en moto, abrazada a su amor Antoine y desafiando el cierzo en Lanaja, en Calatayud, en Paracuellos de la Ribera o si hiciera falta en el Himalaya, ante sus fantásticos cedros.

Cristina escribe de sí misma y escribe de todo: de Sol Acín y de sus versos, le conmueve ese que dice: “Miedo me da la estría del aire que adivino en su infinito”. Escribe del lenguaje y visita el ‘Tesoro de la lengua castellana’ de Covarrubias para saber que significa exactamente el vocablo ‘musarañas’, que le responde: “Vulgarmente solemos llamar musarañas a unas nubecillas que imaginamos en el aire”. Puede explicar la atmósfera de una chopera en Aranda de Moncayo o recordar la película de ‘Rocky II’, contempla el descenso del Ebro, glosa un paseo en el autobús 39 y rinde homenaje a la gente que le ayuda a sobrevivir y la empuja a ser más feliz: Luis Alegre, Pepe Melero, Fernando Sanmartín, José María ‘Cuchi’ Gómez, su primo Alfredo, que la lleva en coche a un funeral, etc., y su propia madre, claro, que ella ha convertido en una misteriosa e inagotable criatura de novela.

Cristina escribe de aromas, de blusas (en concreto de la blusa roja de la actriz Luisa Gavasa), de las estrellas o de la última nieve que queda en el Moncayo. En el texto que da título al conjunto, escribe Cristina Grande Marcellán (Lanaja, 1962): “Mi madrina no quiere ver que las cosas son más complicadas. También ella, como mi madre, ve nieblas altas aun cuando se esté generando una gran tormenta”.

Esa madre, por cierto, es la misma que se pregunta o que comenta: “¿Cuándo pasarán las perdices?”. Cristina, que tiene los cinco sentidos en alerta, parece saberlo.

 

 

LA FICHA

‘Nieblas altas’. Cristina Grande Marcellán. Olifante: Papeles de Trasmoz. Zaragoza, 2018. 109 páginas.

CARMELA TRUJILLO LEE 'LA LEYENDA DE LA CIUDAD SUMERGIDA'

https://libroscarmelatrujillo.blogspot.com/2015/10/para-tener-en-cuenta.html

La leyenda de la ciudad sumergida, 

de Antón Castro
Ilustraciones de Javi Hernández
Si se hiciera una encuesta sobre por qué leemos o qué buscamos en los libros, creo que un alto porcentaje de nosotros diríamos que es para encontrar tesoros. Y por tesoros me refiero a descubrir una obra que nos llena por completo, que nos hace creer en mundos paralelos y que nos transforma en compulsivos (desesperados que buscan cualquier momento para seguir leyendo la historia).
Pues de un tesoro recién descubierto quiero hablar hoy. Se trata de La leyenda de la ciudad sumergida, publicado por Ediciones Nalvay(pequeña editorial aragonesa que solo edita “aquello que a nosotros mismos nos gustaría encontrar en las librerías”). Un libro escrito por Antón Castro e ilustrado por Javi Hernández. Una novela (¿juvenil?) que comienza así:
Sabela Camelle estaba a punto de dar a luz el día en que Cidre Oután, el ciego de Baladouro, se detuvo ante ella frente al lavadero, le cogió el vientre y se lo palpó amorosamente para comprobar hacia qué lado le abultaba más. La mujer, que conocía su fama de adivino, se dejó tocar por aquí y por allá como si nada.
-Parirás mañana al amanecer un muchacho que, a medida que pasen los días, se volverá un poco brujo- le dijo el ciego.
Y ya es imposible detener la lectura. Una lectura que, para mí, ha sido como un estadillo de sabores. Ha sido algo así como cuando te comes un bombón relleno, que explota en la boca, y todos los sabores se mezclan. El sabor del mundo rural de Rosalía de Castro, por ejemplo, o esa reminiscencia de libros clásicos como “Lazarillo de Tormes” o “Don Quijote de la Mancha”. ¿Recordáis que encabezaban sus capítulos con largas frases que explicaban lo que iba a acontecer? Pues aquí, igual. Un ejemplo:
III
DE CÓMO EN BALADOURO LLOVÍA SIN PARAR
O EL INICIO DE LA AVENTURA
Después del primer domingo de otoño se había desatado una inmensa tormenta y ya hacía más de tres días que llovía sin cesar. El río Bolaño se salió de su cauce e inundaba los prados y las vegas de frutales. Illó Oscuro amenazaba también con salirse de sus límites y extenderse por las fincas de siembra, la propiedad inmensa de Ferreño, y por los huertos protegidos por muros de laja a lo largo del río. En los caminos nacían riachuelos que bajaban enloquecidos desde las cumbres y desembocaban en la era del tío Xosé do Nacho, donde formaban barrizales, lagunas de lodo y un mar de agua con residuos, espantapájaros y aparejos de labor.”
Las aventuras, en este libro, ocurren una tras otra, con todo tipo de personajes (muchos, propios de la mitología gallega). Y nosotros, como lectores envueltos en la magia de Antón Castro, nos lo creeremos todo. Todo. Incluso que los animales hablen. O que existan seres como los nuberios. También las meigas, por supuesto, que las hay. Y seguiremos leyendo para conocer qué le ocurre a Esteban, un chaval que posee ciertos dones únicos desde que fue obsequiado con un libro escrito a tres tintas y que le iba a proporcionar la capacidad de“arreglar las mayores catástrofes, de curar las más punzantes y dolorosas heridas y de vivir las aventuras más increíbles”. El amor por la lectura, por los libros, por las historias que cuentan esos libros o los relatos que se narran en voz alta, todo eso, tiene cabida en La leyenda de la ciudad sumergida.
¿Y qué decir de las ilustraciones? Pues que forman una perfecta simbiosis con el texto, acompañándolo de una manera sutil, delicada.Javi Hernández, el ilustrador, me cuenta que se siente muy cómodo realizando este tipo de dibujos, con el lápiz “porque me permite de un modo sencillo expresar mucho, construyendo atmósferas y a la vez conseguir  precisión en los detalles”. Me cuenta que no le atraen las técnicas digitales porque necesita “tener un contacto táctil con los materiales sobre el papel”. Las imágenes que acompañan esta reseña, repletas de detalles y de color, son un ejemplo del buen hacer de este artista argentino afincado en Huesca.
El autor, Antón Castro, nació en La Coruña y reside en Zaragoza. Es escritor, periodista (ganó en 2013 el Premio Nacional de Periodismo Cultural) y traductor. Y nos habla a continuación de La leyenda de la ciudad sumergida. Preguntas y respuestas para conocerle mejor.
…….
¿Qué supuso, para ti, que este libro tuviera una segunda oportunidad? Me refiero a que, casi diez años después de su publicación en gallego, la editorial aragonesa Nalvay te dijera que se había enamorado de la historia.
Tras publicar ‘El niño, el viento y el miedo’ en la editorial Nalvay, le di a David González, el editor, el ejemplar en gallego de ‘A lenda da cidade asolagada’, sin ninguna intención oculta. Él sabe poco gallego, me confesó, pero se zambulló en el libro, le interesó la historia y me dijo: “Antón, esta novela me ha encantado. Me gustaría que la tradujeses”. Y ahí empezó todo: la reescribí un poco, la “desbarroquicé”, la hice algo más fluida y mantuve sus constantes: la fantasía, el enigma, el bestiario, etc.
Hay un personaje, un animal, que me ha gustado mucho: la yegua Pindusa (quizá porque cuando yo era niña tuve un caballo imaginario que también hablaba). Y tú, ¿con qué personaje te sientes más identificado o cuál te resulta más atrayente? ¿Tal vez el bibliotecario don Darío Barrerio, por eso de que en los años 80 buscabas un empleo de bibliotecario en Arteixo?

El libro nació en una época en que yo trabajaba en un bingo y fui a La Coruña a realizar un curso de tres meses de biblioteconomía. A mí me gustan mucho Pindusa, la yegua, que tiene la propiedad del habla y que es como la protectora del héroe, y por supuesto Don Darío Barreiro, que es el bibliotecario ideal, implicado, que entiende que los libros son seres vivos y que deben ayudar a vivir. O incluso a solucionar un conflicto tan urgente como una inundación por tormenta incesante.  
Me han impresionado los dibujos de Javi Hernández. Puesto que ya habíais trabajado juntos en “El niño, el viento y el miedo”, saber que él te acompañaría en “La leyenda de la ciudad sumergida” ¿te dio cierta seguridad respecto a los resultados?
Sin duda. Con Javier Hernández, desde ese primer proyecto, surgió una corriente de cariño y de afinidad. Tiene un trazo personalísimo, sutil, lírico e imaginativo, y aquí, de nuevo, lo resuelve muy bien. Con él siempre estoy en buenas manos y en mejores trazos. Me encanta trabajar con él y creo que no será nuestro último trabajo; tenemos por ahí dos sueños en marcha: uno sobre el tango y otro sobre el jazz. Le apasiona la música y a mí también.
  
En tu historia se habla de la superación del miedo. ¿Crees que lo que mueve al mundo es esta sensación de angustia que provoca el peligro real o imaginario? ¿O tal vez es, “simplemente”, la clave para las novelas de aventuras?
El miedo está en nuestras vidas, en la convivencia diaria, todo el rato. Sí, esa es una parte importante: es una invitación al atrevimiento, a la confianza, al riesgo. La vida, incluso cuando te vienen muy torcidas, te da segundas y terceras oportunidades. Y por supuesto, la angustia, el pánico, la incertidumbre, la pasión, querer saber, todo ello es muy útil en el desarrollo de la intriga de las novelas. 
El bestiario que aparece al final del libro, ¿es real,  pertenece a la mitología gallega, o algunos de esos seres han sido creados expresamente para que se asomaran a tu historia?
Sustancialmente es imaginario, pero forma parte de la mitología gallega. Hay cosas inventadas que forman parte de ese fabulario de prodigios que te cuentan las abuelas, los ancianos o algunos libros en la niñez. Y he intentado usarlo todo. De niño me hablaban de ‘Los moros de Larín que salían del trasmundo para ayudar a la gente del campo en sus tareas con las vacas’. Me lo dijo un pariente de mi abuela Emilia, o quizá ella misma, y lo he utilizado. Así se trabaja: con lo que pasó, con lo que pudo pasar, con lo que te cuentan que ocurrió, desdibujado por la imprecisión de la leyenda, y lo que sueñas, lo que imaginas. Aquí hay varias figuras inventadas.
………

-La biblioteca-

Mientras leía La leyenda de la ciudad sumergida (Nalvay, 2014) me he sentido como el rey que se mantenía despierto sólo para seguir escuchando las historias que contaba, noche tras noche, Scheherezade. Y esta sensación me ha hecho recordar un pensamiento que Carmen Martín Gaite dejó escrito en su libro “Cuaderno de todo” y que habla de la importancia de contar bien las cosas. La escritora dijo: Así pasa en muchas narraciones que embriagan, las amorosas, de preferencia. Se pide, en definitiva, que le cuenten a uno las cosas bien. Y para contar bien hay que mirar fuera de sí, insertar lo propio en lo ajeno.
      
ENLACES DE INTERÉS:
Antón Castro: http://antoncastro.blogia.com/
Javi Hernández: http://javihernandez.jimdo.com/
Ediciones Nalvay: http://www.edicionesnalvay.es/

ISMAEL GRASA EXPLICA SU LIBRO 'LA HAZAÑA SECRETA' (TURNER)

Ismael Grasa: "No tenemos la respuesta de todo"

El escritor y profesor de Filosofía publica 'La hazaña secreta', un tratado sobre la felicidad, el amor, la belleza y la vida buena en Turner

 
Isamel Grasa, retratado en la librería Los Portadores de Sueños.
Isamel Grasa, retratado en la librería Los Portadores de Sueños.José Miguel Marco.

¿Cuál es el origen del libro?

Unas cartas que no llegué a enviar, la intención de expresar cierto ideario de vida, o de reflexionar sobre él. También el deseo de transmitir que los valores que nos mueven no son más débiles que, por ejemplo, los de un integrista.

¿Qué le debe a ‘La flecha en el aire’? ¿En qué medida podría ser un conjunto de lecciones cortas de clase, casi un tratado de urbanidad, idóneas para los alumnos?

Aquel libro era un diario de profesor. Este es un libro que parte de los manuales de urbanidad, que es un género bastante desprestigiado, para conducir al lector a otros lugares y preguntas.

Una de las frases que más se usa es ‘la buena vida’. ¿Qué sería para usted la buena vida?

Aunque parezca una respuesta circular, la vida buena es aquella que la persona buena reconoce como tal. Y es una combinación de participación en lo público y, a un tiempo, una individualidad ganada, conquistada. Hay que pensar, por otra parte, que la idea de los derechos humanos fue abriéndose paso a la par que ciertos usos domésticos, de indumentaria o de mobiliario: los asientos individuales en los teatros, el mueble secreter, la lectura de novelas en silencio, etc. De todo esto hablan autores como Lynn Hunt, que es una de las referencias que aparecen en el libro.

Por curiosidad, ¿qué ha sido más determinante en la redacción del libro: su condición de escritor, su condición de profesor o la de padre?

Todas ellas, supongo, han pesado algo. Como escritor, he pretendido que esté bien escrito, que los capítulos sean lecturas limpias; como profesor, son cosas que trato habitualmente; como padre… lo cierto es que mi pareja estaba embarazada cuando lo escribí, y quizá haya influido en el deseo de transmitir algo.

Isamel Grasa: No tenemos la respuesta de todo

¿Cuál es el significado de las citas? ¿Qué buscaba ahí y cómo las ha organizado? ¿Cuánto hay en ellas de azar y de homenaje de cariño a autores y amigos que le marcan?

Decidí que todos los capítulos terminasen con una cita, de modo que el libro es, a su vez, una selección de textos, recogidos en la bibliografía final, y que el lector puede continuar por su cuenta. Contiene un compendio de reflexiones, de Montaigne a Camus, de Natalia Ginzburg a Savater, que apuntan hacia la dignidad de lo cotidiano.

He pensado que ‘La hazaña secreta’ tiene algo de meditaciones de un lector… ¿Qué son primero las reflexiones o los textos ajenos?

Primero fue la reflexión, no es un libro de citas en ese sentido. El primer término que se extiende en nuestro mundo cultural con la Transición es el del “desencanto”, como si la vida en paz, la democracia común, fuese algo insatisfactorio para nosotros. Herzen decía que a los latinos no nos gusta vivir en libertad, que lo que nos satisface es luchar por la libertad. El motor de la reflexión de mi libro es rebelarse contra esto.

El libro parece un inventario de la sensatez, pero también tiene sus extravíos o sus desafueros, su discurso contra la lógica. Pienso en la frase de Mariano Gistaín: “Escuchar equivale a buscar vida extraterrestre, pero en la cocina”.

A mí me parece que está muy en la lógica, en el sentido en que lo dice Gistaín. Buscar ciertas formas de iluminación y de sentido forma parte de lo humano. Lo que es ilógico es pensar que tenemos la respuesta de todo.

¿No hay algunos elementos de provocación, o de ironía, o de puro juego, como eso de tener un sastre propio?

Sí, hay algo de provocación anacrónica. El caso es que reivindico en el libro los oficios, y los locales donde se arreglen y restauren cosas, no sólo donde se vendan nuevas.

¿En qué consiste de verdad ser un héroe para usted, o cuáles son los heroísmos inadvertidos que nos pautan la vida y la engrandecen?

Para ver héroes no hay más que girarse y mirar entre quienes tenemos al lado. Albert Camus decía que los nazis nos habían obligado entonces a ser héroes para tener que sobrevivir, pero que el heroísmo así entendido es poca cosa, que lo difícil es la felicidad.

Ismael Grasa: No tenemos la respuesta de todo

Aristóteles pareció intuir el mundo contemporáneo mejor que nadie. Escribió: “que no cabe que la misma cosa sea y no sea simultáneamente”. ¿Es una lección también para la política?

Ese principio de no contradicción del que hablas me parecía apropiado como introducción a un libro que quiere ser moderno pero no posmoderno.

¿Por qué defiende cosas tan sencillas, en apariencia, como hacer la cama, coleccionar algo, fomentar la amistad, aprender idiomas…?

Porque son las cosas con las que nos desenvolvemos, y las que quizá más contribuyan al progreso. Estoy entre los que creen que se ha progresado más levantando el sombrero de nuestras cabezas para saludar con cortesía que cortando cabezas.

¿Qué hacemos mal, por lo regular y no todos, claro, en el afecto, en el amor, en el sexo, en la vida en pareja?

No lo sé, no soy terapeuta ni psicólogo. Mi campo es más filosófico, y la filosofía no cura, sino que enferma, por más que sea en un sentido bueno.

“La casa de uno debe estar dispuesta para tener invitados”. ¿También en estos tiempos?

Una casa que no esté abierta no puede contener la felicidad.

El otro día alguien tras leer su libro, me dijo: “Muy interesante y bonito, pero no estoy en esa época”. ¿Para quién ha pensado este trabajo?

Quizá aquel lector sea demasiado antiguo. En todo caso, hay cosas en el libro, referidas a la indumentaria o la distribución de la casa, que no tienen por qué ser compartidas literalmente. Entiendo que lo que importa en el libro es la reflexión cívica que está tras ello, con la que se puede discrepar, pero que afecta a todos.

¿Cuál es su relación con el pensamiento que se puede dar en España? Pienso en Esquirol, Marina Garcés, Amelia Valcárcel, Arias Maldonado, Javier Gomá… ¿Los sigue, le interesan?

Soy lector de ensayo, y lo cierto es que se está publicando mucho y de buen nivel. Incluso la narrativa parece inclinada hacia cierta forma de testimonio, investigación o reflexión autobiográfica. No hay que mirar más que a las obras recientes de autores aragoneses como Sergio del Molino, Daniel Gascón, Martínez de Pisón o Manuel Vilas.

Ramón Gómez de la Serna dijo: “No hay más que la hazaña secreta, la aventura del atardecido”. ¿Qué quiere decir, cómo asumes la frase que la conviertes en el título del libro?

Como dice Montaigne, tanto valor requiere morir en la cama como en la gloria del campo de batalla.

 

RAMÓN SENDER BARAYÓN RECUERDA A SU MADRE AMPARO BARAYÓN

LA VIDA, EL AMOR Y LA MUERTE

DE AMPARO BARAYÓN

 

El sello Postmetropolis reedita ‘Muerte en Zamora’ de Ramón Sender Barayón, la historia de su madre y primera esposa de Ramón J. Sender, apresada y fusilada en octubre de 1936

 
Ramón José Sender y Amparo Barayón pasean por Madrid, en 1935.
Ramón José Sender y Amparo Barayón pasean por Madrid, en 1935.Archivo Concha Sender

El músico y artista Ramón Sender Barayón (Madrid, 1934), hijo del escritor Ramón José Sender (1901-1982) y de la pianista Amparo Barayón (1904-1936), siempre tuvo una sombra en su vida: el destino de su madre, fusilada en Zamora el 11 de octubre de 1936, después de haber sido arrestada dos veces, una de ellas bajo la acusación de espionaje. También fueron ejecutados sus hermanos Antonio y Saturnino, cuyos cuerpos no se encontraron jamás. Esa sombra lo llevó a escribir un libro, ‘Muerte en Zamora’, que se publicó en Plaza & Janés en 1990 y que ahora, con prólogo de Paul Preston, ha sido reeditado, ampliado y con nuevas aportaciones, por Postmetropolis editorial.

Ramón Sender Barayón, que acaba de ser objeto de un documental de Luis Olano en su faceta de gurú de la música electrónica, siempre había estado intrigado con el destino aciago de su madre. Cuando ella fue fusilada, él tenía dos y años y medio, y su hermana Andrea, meses. Luego ellos, con la ayuda del periodista Jay Allen, fueron recogidos por la Cruz Roja Internacional y acabarían viviendo con un matrimonio norteamericano; Julia Davis sería como su segunda madre.

Ramón hizo algunas pesquisas en su familia, pero todo se difuminaba. Al autor de ‘Contraataque’ y ‘Los libros de Ariadna’ el asunto lo incomodaba mucho, tanto que jamás quiso contárselo a su hijo más allá de lo que ya aparece en sus novelas. Poco antes de la muerte de su padre, con quien había vivido muy poco, lo llamó por teléfono y le pidió que le dijese qué había sucedido con su madre. El diálogo se convirtió en una discusión y Sender le dijo: “Lo único que quieres es sacar dinero a costa de los huesos de tu madre”. El tono se agrió más, el escritor llamó a su hijo “imbécil” e “idiota”, y acabó colgándole el teléfono. Ramón escribió al ‘El País’ pidiendo información sobre su madre. Y le mandó otra carta a su padre: “Me duele en el alma pelearme contigo. ¿Por qué tenemos que ser enemigos? ¿Por qué hemos de repetir el destino de tantas generaciones”. Jamás le respondió y aquella encendida y áspera conversación ya sería la última.

La vida, el amor y la muerte de Amparo Barayón

Fue entonces cuando Ramón Sender Barayón, que había olvidado el castellano, vino a España. Fue en 1982. Se trasladó a Zamora, habló con familiares y registró algunas desagradables opiniones que se habían vertido sobre su madre. Todo eso lo aclara el texto de Francisco Espinosa Maestre y algunos de los interesantes apéndices.

Ramón reconstruye la vida su madre. Tenía seis hermanos, su padre fundó la cafetería Iberia, donde detrás de una suerte de terraza con balcón ella tenía piano, instrumento que solía tocar. Luego se trasladó a Madrid, frecuentaba cines de la Gran Vía y las salas del Ateneo, y allí oyó un día a Senderleyendo su novela ‘Imán’.

Finalmente entrarían en contacto, se enamorarían y tendrían dos hijos, sin estar casados. La Guerra Civil los cogió en la colonia veraniega de San Rafael, en El Espinar, en la Sierra de Guadarrama. Como la posición de Sender era comprometida, según Conchita Sender, su hermano le dijo a su mujer:“Recuerda, si las cosas se ponen mal, vete a Zamora. En Zamora nunca pasa nada. ¡Ojalá hubiera sido así!”.

Ramón Sender Barayón habló con mucha gente, con familiares, con amigos, con compañeras de su madre, con periodistas e historiadores. Reconstruye sus últimos momentos, su paso por la cárcel, las penalidades que pasó y el último instante, en el que el cura le negó la absolución, porque no estaba casada por la iglesia.

Dos de sus compañeras de celda cuentan su final. Dice Pilar: “A las seis de la tarde Justo, el secretario del administrador de la cárcel, le arrancó a la niña de los brazos, diciendo entre otras gracias, que ‘los rojos no tienen derecho a criar hijos’”.

Poco antes de la tragedia, Amparo le había escrito a su marido: “Mi querido Ramón: No perdones a mis asesinos que me han robado a Andreína, ni a Miguel Sevilla, que es culpable de haberme denunciado. No lo siento por mí, porque muero por ti. Pero, ¿qué será de los niños? Ahora son tuyos. Siempre te querré. Amparo”. Sender tuvo otras muchas virtudes, pero no fue un padre precisamente ejemplar. Con -Elisabete Altube tuvo un tercer hijo, Emmanuel.

La vida, el amor y la muerte de Amparo Barayón

LA FICHA

’Muerte en Zamora’. Ramón Sender Barayón. Prólogo de Paul Preston. Introducción de Helen Graham y de Mercedes Esteban-Maes Kemp. Apéndices: Francisco Espinosa Maestre. Traducción de Mercedes Esteban-Maes Kemp. Postmetropolis Editorial.

Madrid. 296 páginas.

Iconografía. El libro aporta mucho material gráfico: cartas, fotografías, certificados de defunción, notas íntimas. Amparo le manda una foto y le dice: “A mi Ramón con la locura de las locuras, con mi entusiasmo todo y más. ¡¡Siempre más!! Tu Amparo”.

MAR TRALLERO: VIDA, LIBROS Y EXILIO DE MARÍA DOLORES ARANA

MAR TRALLERO: VIDA, LIBROS Y EXILIO DE MARÍA DOLORES ARANA

Vida, libros y exilo de María Dolores Arana

 

La escritora vasca, que vivió dos décadas con el escritor zaragozano José Ramón Arana, ha sido objeto de una tesis de Mar Trallero

 

Antón CASTRO

La profesora Mar Trallero (Barcelona, 1975), que reside actualmente en Pensilvania, Estados Unidos, leyó hace unos meses una tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona sobre la escritora María Dolores Arana (Zumaya, Guipúzcoa 1910-Hermosillo, México, 1999), que vivió durante dos décadas con el escritor aragonés José Ramón Arana (1905-1973), con quien tuvo dos hijos: Federico y Juan Ramón.

Cuenta Mar, que está vinculada con Samper de Calanda: “Fui a México DF a hacer la investigación para un trabajo sobre el exilio femenino de 1939 e hice muchas entrevistas a mujeres refugiadas. A María Dolores Arana no se la pude hacer porque ya hacía algunos años que había fallecido, pero me habló de ella James Valender, yerno de Paloma Altolaguirre, hija de los poetas Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, y gran estudioso de la poesía del exilio republicano español de 1939. Yo le comentaba lo que había encontrado en las entrevistas y él me habló de Arana como la persona que aglutinaba todas aquellas circunstancias que habían sufrido las distintas mujeres españolas en México, de manera esporádica o parcial”. Mar Tralleró pensó que a través de la autora de ‘Canciones en azul’ (Cierzo, Zaragoza, 1935), se podía explicar muy bien el caso diferenciado de la mujer refugiada de 1939 en México.

“El hecho también de tener unas conexiones tan intensas con algunos personajes de renombre la hacía más interesante. Luego, el extraordinario paralelismo con su amiga Concha Méndez terminó de fascinarme”. Además de Concha Méndez, poeta del 27, tuvo contacto con Luis Cernuda, al que admiraba mucho y fueron buenos amigos, con Manuel Altolaguirre, con Octavio Paz y con Camilo José Cela, con quien se carteó en los años 60 y le publicó textos en ‘Papeles de Son Armadáns’.

Fue clave su conexión zaragozana, especialmente antes de la Guerra Civil. Explica Mar Trallero: “El poeta, libreto y galerista Tomás Seral y Casas la introdujo, seguramente a iniciativa de otro colaborador, en ‘Noreste’, una revista literaria de calidad y reconocida. Por lo tanto, ello hizo posible que a Arana se la conociera y se la considerara en buena medida como promesa de la poesía, algo que la guerra truncó por completo”. Sería aquí, en Zaragoza, donde publicó su primer libro, con ecos de la poesía popular y Góngora, filtrado un poco por Gerardo Diego. El dibujante y arquitecto Federico Comps le hizo un retrato.

“No creo que María Dolores se estableciera nunca en Zaragoza, aunque cabe esa posibilidad porque los años de la República, en su vida, permanecen muy oscuros, desconocidos. Ella estudió para formar parte del cuerpo de aduanas, y consiguió entrar como funcionaria en el cuerpo auxiliar de aduanas, pero la plaza que tenía cuando estalló la guerra era la de Irún. A causa de la toma franquista del territorio, la trasladaron a Barcelona”. Parece más que probable que fuese allí donde conociera a José Ramón Arana, que entonces era sindicalista y usaba su auténtico nombre: José Ruiz Borau. El futuro autor de ‘El cura de Almuniaced’ era primo del escritor y cineasta José Luis Borau.

 “Podrían haber coincidido en Barcelona o Zaragoza, pero no creo que hubiera pasado de un encuentro más bien casual. Durante la guerra fue cuando se conocieron bien e iniciaron su relación, que tuvo que ser apasionada en un principio por lo menos”. Se fueron juntos de España porqué tenían muchas posibilidades de ser represaliados. “Ella, con una familia franquista que la pudiera avalar, quizás lo tenía más fácil para quedarse. María Dolores amaba profundamente su tierra, pero se fue con él y, pese a las extremas dificultades (embarazada, sin recursos monetarios, con el miedo a la detención, con el ingreso de Ruiz Borau en un campo de refugiados) desoyó los ruegos de su familia y se marchó a América. Él, casado con Mercedes Gracia y con cuatro hijos pequeños a los que dejó cerca de Barcelona, cambió su identidad para crear una nueva”. Pasó a ser José Ramón Arana, y decía que era periodista y nacido en San Sebastián.

La vida no fue nada fácil. José Ramón Arana fue recluido en un campo de concentración en Francia, y María Dolores hizo lo indecible para ayudarlo a salir. Al fin lograron instalarse en México. José Ramón creó diversas librerías (como contó Simón Otaola en ‘La librería de Arana’) y fundó varias revistas y mantuvo su actividad política. “Ella se dedicó a sacar las castañas del fuego de la familia. Hacía mil y un trabajos para poder subsistir (vender colonia, coser muñecas, dar clases de piano...) y aún así sacaba fuerzas para continuar escribiendo poesía, y colaborando gratuitamente en revistas del exilio, fundadas por su marido, para no perder aquel primer atisbo de compromiso literario que había adoptado en España”. En 1953 publicó, con prólogo de Concha Méndez, su segundo poemario: ‘Árbol de sueños’, de lírica intimista y un tanto pesimista.

En 1960 María Dolores y José Ramón se separaron. El escritor tuvo otro hijo, Veturián, con su nueva compañera: la profesora de música Elvira Godás. Con esta pudo hablar Mar Trallero y le contó su inmensa desolación tras la ruptura. En 1966 publicaría ‘Arrio y su querella’, una historia de la filosofía cristiana, y en 1987 una insólita novela: ‘Zombies. El misterio de los muertos vivientes’, que obedecía a su interés por el vudú y el recuerdo de unos meses en La Martinica.

“MDA era una mujer con una extraordinaria capacidad intelectual, pero pese a ello con muchas inseguridades que explicaban un carácter más bien tosco, muy introvertido, muy vasco según me han dicho varias personas vascas. Era una mujer muy exigente, con ella misma y con los demás, también enormemente honesta y generosa en la amistad”, resume Mar Trallero.  Era tan humilde que fue el bibliófilo José Luis Melero quien le mandó a su hijo Federico la fotocopia del primer libro: ‘Canciones en azul’, del que no sabía nada.

 

*Este artículo apareció en Heraldo de Aragón.

 

RETRATO DE CONCHA MÉNDEZ

RETRATO DE CONCHA MÉNDEZ

Concha Méndez, siete años de amor con Buñuel

 

Se publica una nueva edición de las ‘Memorias habladas, memorias armadas’ de la poeta de la generación del 27 que fue novia del cineasta

 

Concha Méndez Cuesta (1898-1986) es una de las poetas del 27 y una mujer que vivió intensamente una existencia tumultuosa y rica: nació en Madrid, fue la mayor de once hermanos, se educó con una institutriz francesa (escribió poemas en francés antes que en castellano), veraneaba en Santander y San Sebastián, fue campeona de natación, aunque era una fumadora compulsiva, viajó desde pequeña a París con una de sus hermanas, estudió en el Liceo Club Femenino y, poco a poco, se convirtió en una de las voces de la Generación del 27. Fue amiga entrañable de Vicente Aleixandre, de Pablo Neruda y de Federico García Lorca, tuvo un sueño premonitorio de su asesinato en la presentación del libro ‘La realidad y el deseo’ del raro Luis Cernuda, y de algunos nombres más: Maruja Mallo y Rafael Alberti, que eran pareja, Manuel Altolaguirre, que sería su marido, y Luis Buñuel, que fue su novio a lo largo de casi siete años. Un amigo aragonés, cuyo nombre no recordaba, se lo presentó en San Sebastián y no tardaron en formalizar su noviazgo.

Así se lo contó ella a su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre (Ciudad de México, 1957), que le grabó sus recuerdos durante varios sábados, octogenaria ya y víctima de los desaires del exilio, donde “permaneció aislada”. Esas impresiones se recogieron en el libro ‘Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas’ (Renacimiento. Biblioteca del Exilio, 2018). Paloma escribe: “Después de la guerra se quedó al margen, desilusionada de todo. Al reflexionar sobre la guerra misma, comprendió que los españoles habían sido víctimas de una trampa impuesta desde el exterior, que bajo pretexto de defender ideales se habían asesinado entre hermanos, amigos y vecinos. Sumada a esta desesperanza, a esa tristeza por haber visto tanta muerte, estaba la misoginia de sus compañeros”, con el poeta y antólogo Gerardo Diego a la cabeza.

En este libro, breve pero enjundioso, sincero y descarnado en ocasiones, Concha Méndez habla de todo sin rencor en una narración elegante que explica la importancia de la cultura española anterior a la Guerra Civil, de las angustias de la contienda (el miedo, las fugas, las bombardeos, el éxodo definitivo) y de una vida errante, que la llevó a Buenos Aires, Londres (allí dio una conferencia sobre la relación entre Goya y su maestro y suegro Bayeu), Cuba, donde coincidió con la pensadora María Zambrano, autora de un cariñoso prólogo, y finalmente a México, período último en el que mantuvo una amistad muy especial con los Arana, los aragoneses José Ramón Arana, nacido en Garrapinillos, y su segunda esposa María Dolores, que le guardó sus animales mientras construían su casa de Coyoacán. Concha Méndez quiso ser, sin aspavientos, una mujer emancipada, una ‘sinsombrero’ en aquel Madrid de la Residencia de Estudiantes, y acabó siendo en España y en México, hasta su separación en 1944, la compañera del poeta, impresor y tipógrafo Manuel Aguirre, que un día, cuando ya asomaba otra mujer a su vida, le dijo que “sería mejor que estuvieras sola, porque él me daba sombra”. “Ni eres sombra, ni eres largo”, le contesté”.

Así cuenta su relación con Buñuel, “el director de cine”. “En aquel tiempo éste se interesaba solo por los insectos. Nos pusimos en relaciones, teníamos la misma edad [Buñuel era dos años más joven], estuvimos juntos durante siete años. Nos veíamos todos los días, pero no podíamos salir solos (…) Buñuel vivía en la Residencia de Estudiantes, junto con García Lorca, Dalí, Moreno Villa y otros. Vivía y asimilaba, porque era un chico inteligente. Y yo, en el inconsciente, seguramente me iba enterando de la posibilidad de otro mundo, que no fuera la familia, los hermanos: cada dos años nacía uno”.

Recuerda que Luis empezó a estudiar entomología. “Me regalaba insectos y ratones blancos. Yo misma leía los libros de Faber. Curiosamente, he visto que en algunas de sus películas aparece como detalle de gracia un insecto. En nuestra juventud estaba de moda ir a bailar y a tomar el té por las tardes a los grandes hoteles: el Ritz y el Palace. (…) Cuatro veces por semana íbmos a bailar y los demás días al cine y al Retiro”. Dice que Buñuel llevaba doble vida. “Nunca nos reunimos juntos con los chicos de la Residencia de Estudiantes. La vida dividida entre los amigos y la novia era una costumbre de la época; me hablaba de ellos, pero nunca me los presentó. Me pregunto cómo podía conciliar ambos mundos: uno más frívolo, nuestra vida en común, y el otro artístico, en el que se filtraban rasgos surrealistas”. Cuenta que tenía la misma caligrafía, que en San Sebastián iban a las carreras de coches y a la playa. A Buñuel le gustaba mucho la música, “sabía leerla y al asistir llevaba las partituras”. Él le regaló una radio, “era emocionante escucharlo, pero tenía que disfrutarlo a solas. Al novio se le hablaba por teléfono o se le veía en la calle, para que entrara en la casa, tenía que pasar el tiempo. Me regalaba muchas cosas, era espléndido”.

A Luis Buñuel le ofrecieron un puesto en la Sociedad de Naciones de París. “Lo quería para que pudiéramos casarnos”, dice, pero eso marcaría el fin. “No volvió y yo tampoco volví: no volví, aunque todavía no me había ido. Aquella relación la comparo ahora con un vicio”. Se encontrarían algunos años después, en Madrid y San Sebastián. “Con Buñuel había quedado como amiga; cada verano que él volvía a San Sebastián nos encontrábamos. Recuerdo que una de las veces se hospedó en un hotel elegante, al que me invitó a tomar el té”. Más tarde, convertida ya en poeta, Concha Méndez Cuesta viajó a París, se enteró Luis Buñuel, la citó. “Me llevó a ver sus películas, ‘El perro andaluz’ y ‘La edad de oro’, que llevaban tiempo exhibiéndose en una cine-club; después comimos juntos y caminamos por la ciudad hasta despedirnos”. En esos días, oyó hablar del que iba a ser su marido, Manuel Altolaguirre, poeta e impresor de revistas como ‘Lola’, ‘Litoral’, ‘Héroe’ o ‘Caballo verde para la poesía’.