JAVIER PLAZA EXPLICA SU NOVELA 'CANCIÓN DE OTOÑO'
UNA LARGA NOCHE Historia global de los campos de concentración ANDREA PITZER. La Esfera de los libros.
Una historia original, apasionante y profundamente conmovedora sobre una de las grandes tragedias contemporáneas: los campos de concentración Durante más de un siglo, en todo momento, ha habido al menos un campo de concentración en funcionamiento en algún lugar del mundo. Al principio, los campos se utilizaron como parte de la estrategia militar, pero con el paso de los años fueron evolucionando en la dimensión de sus consecuencias y en el salvajismo con que los gobiernos los utilizaron. Ya bien entrado el siglo xxi, mientras seguimos calculando la magnitud y el horror del Holocausto, la Historia nos recuerda que hemos roto la promesa del «nunca más». Con este estremecedor trabajo, basado en documentos, registros, archivos y entrevistas realizadas por todo el mundo, Andrea Pitzer pone de manifiesto por primera vez la historia cronológica y geopolítica de los campos de concentración. Partiendo de la última década del siglo XIX, la autora documenta este tipo de centros en todo el mundo y a lo largo de más de cien años. Desde Filipinas y Sudáfrica, en las primeras décadas del XX, al gulag soviético y los campos de detención en China y Corea del Norte durante la Guerra Fría, los sistemas de campos de concentración se han utilizado como herramientas para la «relocalización» civil y, sobre todo, para la represión política.
A menudo se han justificado como una medida para proteger a una nación, e incluso para salvaguardar la integridad de los internos, pero en realidad siempre han sido emplazamientos brutales e inhumanos que han acabado con la vida de millones de personas. A partir de testimonios de primera mano, con una investigación meticulosa y haciendo gala de una gran erudición histórica, Andrea Pitzer saca a la luz los orígenes de este espantoso fenómeno, escudriñando y revelando finalmente la terrible herencia de los campos: atrocidades impensables, la fortaleza de los supervivientes e incluso los momentos íntimos y privados que también fueron parte de la vida en los campos de concentración durante el siglo pasado.
EL LIBRO
La primera investigación de Pitzer comenzó en la primavera de 2008. Entre 2011 y 2016, la autora visitó diversos archivos y lugares de detención, en funcionamiento o ya cerrados: Tule Lake, en California; Oświęcim y Varsovia, en Polonia; Dachau, Hamburgo y Berlín, en Alemania; San Petersburgo, en Rusia; Praga y Šumperk en la República Checa; Gurs y París en Francia; Ginebra en Suiza; Tallín y Klooga, en Estonia; Santiago, en Chile; Buenos Aires, en Argentina; Yangon y Sittwe, en Birmania; y la base naval de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo. También habló con historiadores, activistas, soldados y abogados, así como con vigilantes en activo y antiguos, y con supervivientes de los campos de detención. Aunque los testimonios de los entrevistados pueden tener errores, también los tienen los registros oficiales. Pero unos y otros son útiles. Y allí donde las presiones políticas han impedido el testimonio de los detenidos, he procurado eliminar las distorsiones o los pasajes que se veían afectados en este sentido. La crítica más detallada de los campos de concentración procede a veces de las naciones enemigas; en estos casos, lo que se dice en ocasiones es cierto, pero no siempre en su totalidad. Algunas fuentes son solo propaganda o informes para legitimar determinados actos.
TEMAS DEL LIBRO
1. Nacido entre generales 2. Muerte y genocidio en Sudáfrica 3. La Primera Guerra Mundial y la guerra contra los civiles 4. El nacimiento del gulag 5. La arquitectura de Auschwitz 6. El mal sin límites 7. Hijastros del gulag 8. Ecos del imperio 9. Hijos bastardos de los campos de concentración 10. Guantánamo y el mundo
HAN DICHO DEL LIBRO… «Una larga noche es un relato riguroso y objetivo de la historia de los campos de concentración, una narración valiente y sólida sobre la crueldad, pero también sobre el valor humano. Y está contada con una inquebrantable claridad ética tan firme que esta historia servirá para recordarnos que nunca es tarde para defender lo que es justo. Deborah Blum, novelista (The Poisoner’s Handbook), periodista y Premio Pulitzer
«Andrea Pitzer tiene la elegancia de un poeta y el rigor de una periodista curtida en su oficio. En esta obra también demuestra su increíble habilidad para traducir un siglo de espantosos sufrimientos en un innovador relato que resulta fluido, lúcido y comprensivo con el dolor humano. Conseguirá que el lector vea el pasado —y el presente— con otros ojos». Beth Macy, periodista y escritora, autora de Truevine y Factory Man
«Un relato poderoso y agudo sobre los horrores de los campos de concentración, y no solo de los que conocemos, sino también de aquellos que pasamos por alto o preferimos ignorar. Los esfuerzos de Andrea Pitzer en su investigación y en su composición sin duda han dado resultados muy reveladores». Annie Jacobsen, periodista autora de Phenomena y finalista del Pulitzer con The Pentagon’s Brain
«Una larga noche, el perspicaz trabajo de Andrea Pitzer, funciona realmente como un poema épico aderezado con el horror de los campos de concentración que ha habido a lo largo de la historia en todo el mundo. Es un relato lleno de profundidad y violencia, que por desgracia resulta muy reveladoro y significativo. “Los viejos campos vuelven a abrirse, otros nuevos se crean”: Pitzer nos cuenta con una prosa limpia y clara una historia objetiva, apasionante, intensa y profundamente perturbadora». Peter Davis, ganador de un Oscar por Hearts and Minds y autor de la novela Girl of My Dreams
DE LA INTRODUCCIÓN…
Un ferry de dos pisos transporta a los visitantes hasta la parte de barlovento de la Base Naval de la Bahía de Guantánamo y los deja a los pies de una colina, a escasa distancia del llamado Camp Justice. Hay unas cuantas instalaciones destinadas a albergar detenidos; son actuales y antiguas, con nombres como Camp Echo o Camp Delta, y se agrupan cerca del extremo suroriental de la base, resguardadas tras unas verjas de tela metálica coronadas con rizos de alambre de espino. Esas instalaciones aún están operativas, y acogen a un pequeño número de detenidos que esperan la resolución de sus casos, aparte de otros que jamás verán evaluados sus casos en Camp Justice. El ferry atraca junto a un pequeño aparcamiento en Fisherman’s Point, pero el pavimento puro y duro del lugar no refleja su azarosa historia: en 1898, los soldados de Estados Unidos desembarcaron en este mismo lugar durante la guerra hispano-americana; pusieron pie a tierra en la mañana del 10 de junio, abriendo fuego contra una población costera y apoderándose antes del mediodía de la guarnición que la custodiaba. La colina se convirtió en un campamento militar, luego en una base permanente y las fuerzas estadounidenses ya nunca lo abandonaron. Una placa de bronce encastrada en un hito de piedras blancas junto a la orilla conmemora una invasión bastante anterior. Durante el segundo viaje de Cristóbal Colón a las Indias, en 1494, el almirante visitó Fisherman’s Point también, después de reclamar la isla de Cuba para el Reino de España. La placa dice que Colón y sus hombres llegaron allí buscando oro, pero «no encontrando lo que pretendían, se fueron al día siguiente». Durante más de cuatrocientos años tras la expedición de Colón, Cuba siguió siendo colonia española. Pero en la última década del siglo XIX, España creó los primeros campos de concentración del mundo en esa isla. Semejante decisión desató masacres sin cuento que, al final, acabaron con la pérdida de la colonia y con los soldados americanos desembarcando en el mismo punto en el que Colón había estado buscando oro siglos atrás. Hasta hace solo unos años, jamás se me había pasado por la imaginación viajar a Guantánamo. Mi interés se reducía a escribir una historia de los campos de concentración. El campo de detención de Guantánamo, típico del siglo XXI, podría resultar perturbador, pero no se me había ocurrido pensar en esas instalaciones como en un campo de concentración. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba investigando las detenciones masivas y los arrestos indiscriminados a lo largo de la historia, más se revelaba la espantosa identidad y realidad de Guantánamo. No se me pasó por la cabeza pensar que pudiera escribir sobre ese lugar sin haber estado allí. Y por eso, en 2015 hice dos visitas a Guantánamo. La primera me proporcionó la posibilidad de asistir a vistas preliminares contra cinco acusados por los acontecimientos del 11 de septiembre.
Dado que yo no tenía la obligación de entregar mi trabajo en una fecha concreta, como otros periodistas que viajaban conmigo, opté por ocupar el lugar del artista invisible que dibuja bocetos del juicio y absorber —tanto como me fuera posible— lo que ocurría en aquella especie de tribunal que iba a los casos de los prisioneros en la «guerra contra el terror». Había llegado a aquel lugar quince años después de los atentados del 11-S, y tenía que ponerme al día. Mi segundo viaje me permitió acceder a los campos de detención, o, al menos, a las instalaciones que me dejaron ver. En ambos casos, poner el pie en Guantánamo era como entrar en otro mundo. Resultaba abrumador comprobar que había miles de personas empleadas y decenas de edificios destinados a mantener en marcha la maquinaria de la detención: en aquel momento, el centro ya solo albergaba a un pequeño grupo de prisioneros, poco más de un centenar. Lo que más me perturbaba a mí —la legitimidad o no de mantener a sospechosos sin juicio durante más de una década— no era en absoluto ninguna preocupación acuciante para los soldados y marinos que estaban allí, ocupados, haciendo su trabajo. Las grandes cuestiones se habían decidido ya en otra parte. Los detenidos estaban allí y allí se quedarían hasta nueva orden.
Después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, la decisión estadounidense de utilizar Guantánamo como un emplazamiento perfecto para las detenciones extrajudiciales se había saludado en los círculos internacionales con la misma consternación que suscitó el proceso español de «reconcentración» (detención masiva de civiles) en 1896. En términos generales, los campos de detención americanos del siglo XXI en Guantánamo son hijos de los campos españoles del siglo XIX. Pero han transcurrido muchas décadas entre unos y otros, y cada nueva instalación de barracones y celdas de castigo arrastra elementos clásicos de los viejos campos al tiempo que evoluciona con características nuevas. La historia de los campos de concentración parte de Cuba, se disemina como ondas concéntricas por el mundo y regresa luego a la isla: sus ecos alcanzan a los seis continentes y casi a todos los países del mundo. Los campos de concentración han estado presentes continuamente en uno u otro lugar del globo durante más de un siglo. Los barracones y el alambre de espino siguen siendo sus símbolos más conocidos, pero un campo de concentración se define más ajustadamente por sus detenidos que por cualquier otra característica física. Un campo de concentración existe allí donde un gobierno quiere mantener a ciertos grupos de civiles fuera de los procesos legales normalizados, a veces para segregar a personas que se consideran extranjeras o marginales y en otras ocasiones para castigarlos. Si las prisiones están concebidas para albergar a sospechosos acusados de crímenes tras un juicio, un campo de concentración alberga a aquellos que, en la mayoría de los caso, no se han sometido a un juicio justo en absoluto.
La palabra «detenido» es el término más específico que se puede aplicar a la persona retenida de este modo, pero para lo que nos interesa en este libro, también pueden ser considerados prisioneros, presos o cautivos. A veces, como ocurre en Guantánamo, la definición de las categorías de los detenidos se vincula a determinadas consideraciones legales. Llamarlos «prisioneros» podría implicar la necesidad de garantizarles los derechos obligados a los prisioneros de guerra según la Convención de Ginebra, así que los mandos del campo suelen llamarlos simplemente «detenidos». Los campos de concentración albergan a civiles más que a combatientes, aunque en bastantes casos, desde la Primera Guerra Mundial a Guantánamo, los administradores de los campos no siempre han hecho el esfuerzo de distinguir entre unos y otros. Los detenidos se han visto en esos lugares esencialmente por razones raciales, culturales, religiosas o políticas, y no tanto por delitos tradicionalmente perseguidos por la ley, aunque algunos estados han remediado este defecto legislando de tal manera que la mera existencia de la disidencia fuera prácticamente imposible. Esto no significa que todos los detenidos sean inocentes de acciones criminales contra un gobierno en un sistema dado; más bien, significa que tanto los inocentes como los culpables son encerrados sin ninguna distinción ni consideración. Los campos de concentración se instauran por decisiones políticas estatales, o menos frecuentemente, los organizan gobiernos provisionales durante un conflicto o guerra civil. Representan el ejercicio del poder estatal contra los ciudadanos, individuos particulares u otros sobre los cuales el gobierno tiene algún grado de responsabilidad. Al contrario que en las prisiones, los campos de concentración a menudo albergan a prisioneros sin una fecha de liberación prevista. Y cuando se ofrece esa fecha, se ha decidido arbitrariamente y se puede modificar sin previo aviso. En algunos —pocos— sistemas de campos, la detención se ha establecido como una medida protectora, supuestamente para proteger a un grupo de la ira popular, y en alguna ocasión realmente han sido lugares en los que los detenidos han estado protegidos. Pero lo más habitual es que la detención se considere como una medida preventiva, para mantener a un grupo sospechoso a buen recaudo con el fin de evitar que cometa posibles «crímenes.» Muy rara vez los gobiernos han admitido públicamente que han utilizado los campos de concentración como castigo; sobre todo, los han presentado como parte de una misión civilizadora para mejorar el nivel de ideologías, culturas y razas supuestamente inferiores.
Andrea Pitzer
*Dossier del libro. Remite Mercedes Pacheco.
Ayer, en el Hospital Nuestra Señora de Gracia, fallecía Felicitas Saz, viuda de Luis Alberto Alegre y madre de Luis Alegre y de sus hermanos Carmen y Salvador. Luis le ha dedicado algunos de sus mejores textos, que es mucho decir, entre varios miles desde sus años de ’Andalán’, hasta ahora con colaboraciones en ’Heraldo’, ’Marca’, antes ’As’, ’The Huffington Post’ o ’El País’, por citar algunos. Este artículo lo publicó en hace cinco años, cuando su madre cumplió 88. Ha fallecido con 93.
[Luis Alegre le dedica hoy su extenso y elaborado artículo de la contraportada a su madre Felicitas Saz. Una mujer de una increíble humanidad, capaz de decirle costas tan atinadas como, en medio de la crisis de Bárcenas, esta: "¿Será verdad tanta mentira?". O, tras leer un libro: "Qué rápido pasa el tiempo aquí dentro". Escribe todos los días una o dos páginas, lee varios periódicos, tiene 88 años y parece que no se haya aburrido jamás. Entenderla a ella es también entender un poco mejor a su hijo: profesor, cineasta, cinéfilo empedernido, conductor de programas de televisión, periodista...]
HASTA LOS 14 AÑOS MI MADRE VIVIÓ LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA, EL REINADO DE ALFONSO XIII, LA II REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y UN POQUITO DE FRANCO Y LA POSGUERRA. MENUDA GENERACIÓN LA SUYA.
NIÑA MAMÁ
Por Luis ALEGRE. De Heraldo.es
Tengo un amigo que, en las biografías y libros de memorias, se salta la parte de la infancia y la adolescencia. Él sostiene que todas las infancias y adolescencias se parecen demasiado y le aburre leer los mismos traumas, complejos, conflictos y amores contrariados. A mí, en cambio, me sucede al revés. En esos años en los que uno se abre al mundo, recibe los primeros estímulos, crece y se empapa de toda clase de vivencias y personas suelen residir las claves más decisivas para conocer a alguien. Y si comparo mi infancia con la que vivieron mis padres o con la que acaban de vivir mis sobrinos, veo tres mundos que no se parecen en casi nada.
La niñez de mi madre Felicitas, por ejemplo, quedó muy lejos de la niñez soñada. Nació en Lechago, nuestro pueblecito de Teruel, en 1925. El 18 de junio de 1939 cumplió 14 años. Hasta ese momento vivió la dictadura de Primo de Rivera, el reinado de Alfonso XIII, la II República, la Guerra Civil y un poquito de Franco y la posguerra. Menuda generación la suya.
Los padres de mi mamá, Pedro y Carmen, tuvieron cinco hijas y dos hijos. Mi mamá era la más joven de las chicas. La mayor, Francisca, murió a los siete años y el pequeño de los hijos, Salvador, murió a los 23. Eso fue algo muy común en la España de mis abuelos: tener muchos hijos y sufrir la pérdida de alguno de ellos. Entonces, la ropa negra que señalaba el luto se llevaba durante años. En las fotos de mi familia de aquel tiempo, siempre hay alguien que viste de negro. Mi madre era una de las niñas más queridas de Lechago. Cada vez que había un funeral, iba a la Iglesia y lideraba el rezo del rosario. Eso lo agradecían mucho las familias de los difuntos.
En Lechago los más pudientes tenían un pastor en exclusiva para sus ovejas. Pero los de medio pelo se tenían que asociar con otros para permitirse un pastor. Mi abuelo Pedro llegó a un acuerdo con otros dos amigos para que un pastor cuidara de las ovejas de los tres. Así hizo mi madre sus dos primeras amigas, María y Josefina, las hijas de esos dos amigos de mi abuelo. Las tres niñas se dijeron que mientras sus ovejas siguieran juntas, ellas serían amigas. Las ovejas se separaron pero María, Josefina y mi madre continuaron su relación toda la vida. Mi madre se distingue por su espectacular facilidad para la amistad. Después de María y Josefina, sus siguientes amigas íntimas fueron Rosario y Agustina. María murió hace unos años pero Josefina y Rosario y Agustina –que son hermanas-, siguen ahí. Todo el rato están pendientes unas de otras. Uno de los grandes momentos del verano en Lechago es cuando ahora se reencuentran esas amigas eternas. Al verlas juntas las visualizo, juntas también, en el Lechago de los primeros años 30 y me sacude una alegría inmediata. Mi madre me ha enseñado que la amistad es un sentimiento capaz de resistir los golpes del paso del tiempo durante 80, 90 o los años que haga falta. Mamá nunca ha dejado de hacer amigas. Paquita, Gonzalina y Pilar son otros de sus imprescindibles apoyos cotidianos. A algunas amigas las encuentra en las iglesias o en las habitaciones de los hospitales. Un día, en el hospital Miguel Servet, me presentó a su compañera de cuarto, otra Paquita. Se habían conocido esa misma mañana pero ya la consideraba su amiga. Han pasado diez años y aún se llaman. Mi madre, si se cruza con alguien por la calle, siempre sonríe, mira a los ojos y saluda, aunque no le conozca.
A mamá le gustaba tanto fregar los platos que, si sus hermanas mayores no le dejaban, se echaba a llorar. También le encantaba ir a la escuela. Los maestros pegaban duro a los chicos y chicas de Lechago pero mi madre asegura que a ella jamás le ha pegado nadie. Otra cosa que le perdía era cantar jotas. Mi abuelo Pedro tocaba la guitarra y ella le acompañaba. Cantaba mientras fregaba o en la era, durante la trilla. Aún hay gente de Lechago que recuerda cómo, al salir a la calle, escuchaban a mi madre cantar.
Mi madre tenía once años cuando estalló la Guerra Civil y, desde entonces, ya fue muy poco a la escuela. Lechago fue un lugar de retaguardia. En la casa de mamá se alojaron soldados gallegos y, también, algunos italianos, que le descubrieron el café y los macarrones. Uno de esos chicos, el zapatero, cantaba tonadas italianas y le escribía una carta diaria a su mujer. Mi madre cuenta, orgullosa, cómo su padre, alcalde de Lechago durante la guerra, se negó a delatar a los rojos del pueblo cuando los franquistas le presionaron para que lo hiciera. “En Lechago no hay nadie malo”, dijo mi abuelo. Mi madre recuerda muy bien el frío del invierno de 1938: los burros se caían al resbalar en el hielo que cubría las calles. Y, sobre todo, mi madre recuerda el miedo de cada uno de aquellos días y cómo ella temblaba cuando se oía el ruido de los aviones y alguien gritaba “¡Que vienen los rojos”¡. Un día mi mamá tropezó con una mula mientras corría hacia el campo de su padre para avisar de eso, de que venían los rojos. Su hermano mayor, Cristóbal, estaba en el frente y, hasta que no regresó al final de la guerra, en su casa no respiraron tranquilos. Mamá odia la palabra “guerra”.
Mi abuela Carmen y otras madres con hijos en el frente hicieron una promesa: si al acabar la guerra sus hijos habían salvado el pellejo, ellas caminarían desde Lechago hasta la Basílica del Pilar para darle las gracias a la Virgen. Poco después del uno de abril de 1939 se organizó la expedición. Pero mi abuela se puso enferma y, en su lugar, fue mi madre, con 13 años. El grupo lo formaban unas 20 personas, de Lechago y Navarrete. Tardaron tres días en recorrer los 112 kilómetros, más o menos, que hay entre Lechago y la Plaza del Pilar. La primera noche durmieron en Daroca, la segunda en Longares y la tercera en María de Huerva. La gente salía a recibirles y les ofrecían sus casas para dormir y sus botijos para beber. Mamá evoca esa experiencia –una road movie- como una gran aventura.
A menudo me preguntan cómo es que tengo tantos amigos, cómo es que me gusta tanto cantar, por qué doy tantos besos. Mamá es la que me ha pegado todos esos vicios. Cuando su padre ya había salido de casa para ir al campo, mi madre corría tras él, para darle dos besos más, una costumbre que han heredado mis sobrinos Pablo y María. Ahora, a sus casi 88 años, al despertar, lo primero que hace es besar las fotos de los seres queridos y las estampas de sus santos favoritos que tiene colocadas por toda la casa. Somos besucones hasta más allá del empalago. Si alguien me demostrara que mi madre y yo, de momento, nos hemos dado un millón de besos no me extrañaría nada. Felicidades, mamá.
*Felicitas es la segunda por la izquierda, a su lado está Salvador, hermano de Luis y Carmen. Y con ellos familiares.
LAS VENTAJAS DE LA VIDA EN EL CAMPO
Pilar Fraile Amador
SINOPSIS
En una fría mañana de invierno Alicia conduce hacia el pueblo al que se ha mudado con su marido y su hija cuando choca con algo salido de la nada. Aterrorizada, se baja del coche, creyendo haber atropellado a una persona, para descubrir que es un perro. Su momentáneo alivio desaparece cuando se da cuenta de que el perro es el de su vecino, un viejo con el que llevan meses teniendo una relación cada vez más tensa.
A partir de este momento el enfrentamiento con el viejo se recrudecerá y se irá desvaneciendo la posibilidad de construir la vida que Alicia y su marido habían soñado cuando decidieron abandonar la ciudad. Asistiremos entonces al descenso a los infiernos de la pareja, que verá cómo se desmoronan tanto sus expectativas sociales, como la imagen que cada uno se había construido del otro y de sí mismo.
Las ventajas de la vida en el campo funciona desde lo más epidérmico: el suspense, la pregunta abierta al lector, que hace que quiera seguir leyendo, a lo más profundo: la crítica social, el ruido de fondo, el desencuentro entre el lenguaje que cuenta lo que nos pasa y lo que realmente pasa.
La obra logra este doble juego con un estilo que sugiere más que muestra. Un estilo que la autora ha madurado en su obra poética y sus relatos y con el que consigue crear una atmósfera de inminente colapso que no decae a lo largo del libro. No estamos, no obstante, frente a una novela de suspense típico sino que se hace uso del esquema clásico del thriller para acabar dándole la vuelta por completo.
Las ventajas de la vida en el campo es, en su lectura más profunda, una cruda radiografía de los miedos propios de la condición contemporánea: el miedo a quedarse fuera, a no pertenecer, a perder la propia identidad, y las terribles consecuencias de los mismos para nuestra vida
AVANCE EDITORIAL
LAS VENTAJAS DE LA VIDA EN EL CAMPO
Pilar Fraile
Título original: Las ventajas de la vida en el campo
© Pilar Fraile, 2018
El golpe fue seco, como un disparo.
Se aferró al volante, los ojos fijos en el asfalto. Frente a ella se extendía la carretera que unía el pueblo con la estación de servicio, un tramo de la antigua nacional.
Miró hacia delante intentando moverse, pero no pudo. El paisaje apareció en toda su crudeza a través de la luna del coche: había escarcha sobre la planicie que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, su manto blanco solo se veía interrumpido por la mancha de algunos arbustos y a lo lejos, casi a la altura del pueblo, una encina solitaria. Hacía tanto frío como uno podía esperar de mediados de diciembre.
Intentó mover la cabeza de nuevo, aterrorizada, atisbando el abismo que se extendería ante ella si no era capaz de hacerlo. Esta vez el cuello respondió. No le dolía. Parecía estar intacto. Aún sin mucha confianza estiró un poco las piernas, movió los dedos de los pies dentro de las botas. No estaba herida. Se miró en el espejo retrovisor y repitió su nombre mentalmente, como para infundirse ánimo. «Alicia, tienes que salir —se dijo—, tienes que ver qué ha sucedido».
Por la magnitud del impacto sabía que había chocado con algo enorme, pero con qué. La nacional estaba muy poco transitada, apenas algunos del pueblo circulaban por allí, más por nostalgia que por otra cosa.
Quizá había sido por la escarcha, había oído que podía producir ese efecto. En los días de intenso frío se daban en el campo fenómenos extraños, espejismos, como en el desierto. En el pueblo contaban la historia de una anciana que había salido a buscar leña en un día de invierno. Al parecer, mientras caminaba sobre el suelo helado creyó ver a lo lejos a su difunto marido, corrió hacia él y acabó en una poza congelada. La encontraron horas más tarde y la sacaron, pero el hielo había hecho mella en el cuerpo y murió a los pocos días jurando que su esposo estaba allí, que había tocado su mano.
Tendido delante de las ruedas delanteras del coche había un cuerpo inmenso y peludo. Al principio, por los nervios y el aturdimiento, le costó reconocer la forma, pero enseguida comprendió: era un perro. Soltó un suspiro de alivio, no era un ser humano.
La cabeza del animal estaba ladeada de una forma extraña, seguramente, porque tenía el cuello fracturado. Los ojos, abiertos, eran oscuros, sin expresión alguna, como si fueran dos canicas de cristal negro. Así, extendido como estaba, paralelo al vehículo, era casi tan largo como el parachoques del coche.
Se separó de él. El alivio que acababa de sentir dejó paso a una nueva inquietud. Salió de la carretera y caminó unos metros, tratando de retomar el ritmo de su respiración entrecortada. La escarcha crujía bajo sus botas y el agua, atrapada debajo, salía a la superficie.
Mientras contemplaba cómo el hielo se quebraba y los reflejos del sol sobre los pedazos, la golpeó una certeza: era el perro del viejo. Tenía su mismo pelo negro con mechones rubios, típico de los pastores alemanes, el morro negro, la cola larga y peluda.
«Maldito animal», pensó. Si el viejo se enteraba iba a enloquecer. Tenía que hacer algo y rápido. A pesar de que era mediodía y no se oía un alma, era posible que alguien del pueblo pasara y entonces, se dijo, si la encontraban allí, sí que no habría manera de arreglarlo.
Cabía la posibilidad de sortearlo y huir. Pero dejarlo ahí, en medio de la carretera, podía provocar otro accidente.
Se aseguró de que nadie se aproximara, volvió donde estaba el perro e intentó arrastrarlo fuera de la calzada. Era muy pesado, casi tanto como ella. Iba a tardar mucho en moverlo, pero había que hacerlo. Estaba convencida de que si llamaba a la policía para que lo retiraran el viejo se iba a enterar y, además, le pondrían una multa, o incluso tendría que ir a juicio por haberlo atropellado. Las leyes eran estrictas respecto de los animales. Andrés estaba en el trabajo y aún iba a tardar una hora en llegar, así que no había nadie a quien acudir.
Por su mente pasó la escena de un juicio, se vio excusándose, explicando que el perro había salido de la nada, que ella no había tenido tiempo de reaccionar, que nadie lo habría tenido, que iba a la velocidad reglamentaria. El juicio, de todos modos, iba a
ser lo de menos, no creía que el viejo fuera a denunciarla. Si se enteraba, iba a ser peor, mucho peor que una denuncia. De eso estaba segura.
No quedaba otra opción que apartarlo. Miró en torno, comprobando que no la viera nadie, y se dedicó al empeño con todas sus fuerzas. Al segundo intento estaba empapada en sudor. Se sacó el anorak, se lo había enfundado al salir de casa y no se había molestado en quitárselo porque solo pensaba ir a la estación de servicio. Lo tiró dentro del coche. ¿Por qué se le habría metido en la cabeza ir a la gasolinera a por el pan? Podría haber ido a la tienda del pueblo y se hubiera ahorrado el disgusto.
Después de varios tirones consiguió sacar por completo el cuerpo del animal de la calzada. Delante del coche, por donde lo había arrastrado, se veía una mancha oscura y reluciente, con irisaciones verdes y azules.
Ahora que casi había conseguido lo que quería, sus músculos se relajaron un tanto y el olor del animal muerto la golpeó: era un olor acre, no solo por la sangre, sino porque el abdomen se le había reventado y algunas de las vísceras habían quedado a la intemperie. Formaban una amalgama de color amarillento y rojizo.
Aguantando las arcadas hizo un último esfuerzo y empujó al animal hacia la cuneta. El cuerpo se quedó un segundo en el borde, pero acabó cayendo al hueco y sonó como un chasquido, seguramente, de algún hueso que se había quebrado.
Alicia intentó recomponerse para salir de allí lo antes posible.
Antes de arrancar volvió a mirar en derredor. Parecía que había tenido suerte. Nadie la había visto.
Aceleró con el cuerpo aún temblando, la boca pastosa, como si se le hubiera llenado de la sangre del animal, y una sensación de desasosiego. «La sensación que debían sentir los criminales», pensó.
*Retrato de la escritora Pilar Fraile Amador.
LA REVISTA TURIA PRESENTARÁ EN LA FIL DE LIMA
UN NÚMERO ESPECIAL DEDICADO A “LETRAS DE ESPAÑA Y PERÚ”
MARIO VARGAS LLOSA, ENRIQUE VILA-MATAS, PERE GIMFERRER Y
FERNANDO ARAMBURU FORMAN PARTE DE UN ESPECTACULAR SUMARIO
DE MÁS DE 100 AUTORES
El próximo mes de julio, la revista TURIA presentará en Feria Internacional del Libro de Lima (FIL LIMA) un número especial denominado “Letras de España y Perú”. Este espectacular sumario contiene textos inéditos de más de 100 autores españoles y peruanos y ocupa 500 páginas. Esta iniciativa cultural se enmarca en el conjunto de actividades que protagonizará España como país invitado de la FIL de Lima en 2018 y ha sido posible gracias al apoyo económico del Ministerio de Cultura. Sin duda, supone una magnífica oportunidad de fomentar la colaboración cultural entre ambos países.
El Parque de los Próceres de la Independencia en Lima, será el lugar donde se ubique la FIL y en dicho recinto ferial será donde el día 25 de julio se presente el nuevo número de TURIA. Previamente, el 27 de junio se realizará una presentación en la sede central del Instituto Cervantes en Madrid.
Con dicho acto promocional en Perú, TURIA confirma su condición de revista cultural hecha en Teruel pero de dimensión nacional e internacional. Una difusión que comenzó en 1999 en Nueva York y que luego la ha llevado dar a conocer su trabajo intelectual en Brasil, Francia, Portugal y México. En España, además de su presentación anual en Teruel, TURIA ha protagonizado presentaciones en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Huesca, Sevilla, Córdoba, Soria, Badajoz y Salamanca.
A partir de ahora la revista TURIA tendrá mayor visibilidad y difusión en Perú y dará a conocer allí una labor de fomento de la lectura que viene desarrollando desde hace más de tres décadas. Como elemento central de este nuevo número de TURIA sobresale, en primer lugar, una atractiva aproximación a las letras españolas contemporáneas. Destacados autores de nuestros días aportan material inédito, tanto en el ámbito de la narrativa, como en el de la poesía y el ensayo. No falta una amplia sección de crítica literaria, en la que se analizan las novedades editoriales españolas más notables.
TURIA abre este número especial concediendo un singular protagonismo a Enrique Vila-Matas y a Jaime Gil de Biedma, autores a los que se dedican amplios artículos sobre su trayectoria creativa elaborados, respectivamente, por Mercedes Monmany y Luis Antonio de Villena.
En narrativa, la revista ofrece textos inéditos de Fernando Aramburu, Eloy Tizón, Sara Mesa, Carlos Pardo y Patricia Esteban Erlés.
En el ámbito del ensayo, Valentí Puig analiza lúcidamente la problemática cuestión de las migraciones en un artículo que titula “Sociedades abiertas o guettos”. Por su parte, uno de los nombres propios de la poesia española del siglo XX y XXI, Pere Gimferrer, es protagonista de una conversación a fondo que permite conocer su recorrido intelectual y su creatividad poética.
Otro de los contenidos destacados de la revista es un monográfico dedicado a “Literatura peruana actual” de más de 100 páginas con el que TURIA estudia y da a conocer, de manera rigurosa pero con un tono divulgativo, las principales características y protagonistas de la rica y diversa literatura peruana de nuestros días. Una aproximación que permitirá fomentar la lectura en España de los autores más destacados del Perú en el siglo XXI y que brinda textos inéditos de todos ellos. Este monográfico se abre con un artículo elaborado por el especialista peruano Félix Terrones; doctor en literatura, escritor y crítico radicado en Francia.
Entre los autores peruanos no hay que olvidar que TURIA publica artículos inéditos sobre Mario Vargas Llosa, César Vallejo, Eduardo Chirinos, Blanca Varela o Julio Ramón Ribeyro. Se entrevista al gran crítico y estudioso peruano Julio Ortega, profesor de literatura en la Universidad de Brown (USA). Y se publican textos inéditos de entre otros: Santiago Roncagliolo, Alonso Cueto, Jorge Eduardo Benavides, Carmen Ollé, Marco Martos, Ricardo Silva-Santisteban, Patricia de Souza, Diego Trelles Paz, Sergio Galarza y Martín Rodríguez Gaona.
“TURIA”, 35 AÑOS DE TRAYECTORIA
TURIA, que este 2018 celebra sus 35 años de trayectoria, ha conseguido convertirse en una de las revistas culturales de referencia en español. Fundada y dirigida por el escritor y periodista Raúl Carlos Maícas, tiene periodicidad cuatrimestral en papel y cuenta también con una versión digital (web y Facebook) que ha incrementado notablemente su difusión entre el público lector: su página en Facebook cuenta con cerca de 10.000 seguidores y más de 5.000 usuarios al mes acceden a los contenidos de la web. TURIA está publicada por el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación de Teruel y su edición cuenta con el apoyo del Ayuntamiento de Teruel y el Gobierno de Aragón. En reconocimiento a su labor, la revista obtuvo el Premio Nacional al Fomento de la Lectura otorgado por el Gobierno de España en 2002.
LA FIL LIMA 2018
La Feria Internacional del Libro de Lima (FIL LIMA) es el evento cultural y editorial, de periodicidad anual, más grande e importante del Perú, cuya organización está a cargo de la Cámara Peruana del Libro. Este año se desarrollará del 20 de julio al 5 de agosto.
Desde 1995, la FIL LIMA ofrece lo mejor y más reciente de la producción editorial. Además es el espacio donde los lectores de todas las edades pueden conocer a sus autores favoritos, tanto nacionales como internacionales. En su edición del pasado año, la feria obtuvo 547.300 visitantes
Todos los años, la FIL LIMA ofrece un conjunto de jornadas profesionales, en donde escritores, editores, libreros, agentes literarios, distribuidores, maestros y otros profesionales del libro, encuentran espacios de discusión y aprendizaje, así como un clima favorable para los negocios.
En cada edición, la FIL LIMA rinde homenaje a un País Invitado de Honor, el cual presenta una muestra de su producción editorial, una comitiva de autores representativos del país y profesionales del libro, así como también un programa artístico, cultural y profesional que trasciende el espacio ferial. El País Invitado de Honor de la FIL LIMA 2018 será el Reino de España. Entre los autores españoles que han confirmado su presencia destacan: Rosa Montero, Luis García Montero, Marta Sanz, Luisgé Martín y Sergio del Molino. (Nota de prensa de 'Turia').
Mónica Ojeda “La escritura me viene de
las zonas más incómodas de mi cabeza”
La escritora ecuatoriana, de 30 años, tras el éxito de ‘Nefando’, presentó su novela ‘Mandíbula’ (Candaya) en Antígona
Después de leer su novela aterradora y turbulenta, le preguntaría si es usted una mujer desdichada…
Ja, ja, ja. Es una pregunta pertinente, sí. Soy una persona bastante alegre, pero soy hiperconsciente de mis desdichas.
¿Qué desdichas?
Creo que desde niña soy muy sensible a mi entorno. Tengo una sensibilidad muy despierta, para lo bueno y para lo malo. Siento mucho todo el tiempo. Siento la felicidad y la alegría con mucha intensidad, como también las situaciones duras…
¿Entonces?
Que para mí lo más difícil es gestionar mis emociones. La escritura es el espacio para tratar de hacerlo. Es un catalizador.
Es decir, que sus novelas nacen de rincones sombríos, de convulsiones íntimas.
La escritura es algo que me viene de las zonas más incómodas de mi cabeza. Para mí es una zona de supervivencia. Trabajo con la palabra, a la que trato de darle un sentido, para generarme una especie de asidero. Y las palabras me abisman pero también, paradójicamente, me generan la estabilidad de poder generar una narrativa y de darle vía de escape a las cosas que son inenarrables. La escritura es una zona de conflicto entre el abismo y el lugar estable donde puedo estar, y es un acto de supervivencia psicológica.
¿Qué extrae de adentro?
Cosas que me intoxican. Es como un vómito.
¿Cómo se gesta una novela como ‘Mandíbula’ (Candaya), que tiene amor y desamor, pasiones lésbicas, secuestros, desgarros, horror, violencia…?
En realidad, tiene que ver con mi propia poética. Para mí la escritura tiene que ser un lugar de revelaciones. Trabajo mucho con el inconsciente, y me gusta mucho que el proceso sea un descubrimiento también para mí. La escritura deviene de las zonas más oscuras de mi cabeza, pero no pienso que mi cabeza sea especialmente oscura. Todos tenemos zonas opacas. Y la única diferencia es que yo las escribo. Me gusta mirar lo que puede haber de perverso en mí.
La perversidad, el sexo, el deseo… ¿No hay también muchas zonas oscuras del cuerpo?
Sí, por supuesto. La mente es cuerpo y el cuerpo es mente. No creo que vayan por separado.
Hablemos de sexo, tan presente en ‘Nefando’, su novela anterior, y en ‘Mandíbula’…
El sexo es uno de los temas primordiales de la vida y de la psiquis humana. Regreso al sexo porque es una zona donde está la experiencia física, la emotiva, la mental. El sexo es una especie de resumen de la vida. Es un espacio donde confluyen las emociones humanas: dolores, problemas y alegrías. Está todo allí, y es una zona muy fértil para hablar de lo humano. Vuelvo al sexo como lugar de tabú, pero también de placer, de amor, de rechazo, de no reconocimiento.
Hay una vinculación con la crueldad y la insatisfacción. ¿Ha conocido mucha gente que viva las vidas extremas de sus protagonistas?
Sí. He estado rodeada de un ambiente familiar bastante turbulento. Y yo misma he vivido situaciones extremas, pero no tan radicales como las que expreso en el libro. Es más un trabajo de observación de la vida de otros. Todos podemos ser crueles y lo hemos sido en algún momento de nuestra existencia con alguien. También me interesa mucho donde se revela lo animal de nosotros. Me interesan los personajes que están un poco desbocados y se asoman al delirio para encontrarse.
¿Quiso hacer una novela de terror?
Creo que ahí sí tiene algo autobiográfico. Soy una persona de contrastes, igual que lo que trabajo. Mi escritura es un espejo de una parte muy íntima mía. Me considero una persona fuerte y también una persona que tiene mucho miedo, e intento analizarlo, desmembrarlo en la novela. El miedo nos ayuda a sobrevivir, nos aleja de los peligros y puede llegar a ser paralizante; parece que fuera literatura de género o subgénero. Y no, no, no. Es una de las emociones más básicas del ser humano también.
¿Cómo son sus personajes?
La mayoría son femeninos. Clara, la profesora de Lengua y Literatura; Fernanda Montero, la alumna secuestrada por ella, ‘Mandíbula’ empieza con un secuestro. Y Annelise, que es la mejor amiga de Fernanda y su posible primer amor. A su alrededor también hay otros personajes fantasmáticos que deambulan y ayudan a forjar el carácter de las protagonistas. Clara sufre estrés postraumático, tras una mala experiencia en un colegio anterior, y empieza a tener terror a las adolescentes.
Y a pesar de ello, secuestra a Fernanda…
Sí, lo hace. Quizá deberíamos quedarnos ahí. ¿No le parece?
*De la serie ’Pasaron por aquí’, que sale en el suplemento de los sábados que coordina Ana Usieto, especialista en moda y tendencias.
El inicio del rodaje de la película ‘Mientras dure la guerra’ de Alejandro Amenábar ha devuelto a la actualidad a Miguel de Unamuno y a su confrontación con el general Millán Astray. El poeta, narrador, filósofo y ensayista, nacido en Bilbao en 1864 y fallecido en Salamanca el último día del año 1936, es una de las grandes figuras de la Generación del 98, que formaron autores incuestionables como Ramón María del Valle-Inclán, Antonio Machado, Azorín y Pío Baroja. Todos eran muy diferentes, versátiles, y tenían una obsesión común: la preocupación por España y la defensa de la inteligencia y la sensibilidad.
Unamuno es el filósofo del grupo y como todos ellos fue un gran viajero. Una de sus aficiones indisimuladas fueron los Pirineos oscenses, que visitó en agosto de 1918 por primera vez. A un amigo suyo, por entonces, le escribió una carta en la que le decía: “Me siento cansado y anhelo que acabe el curso para descansar. Nada mejor en efecto para ello que una escapada por los riscos pirenaicos”.
Ese primer viaje a Aragón lo historió el propio Miguel de Unamuno –que se escribía con Santiago Ramón y Cajal y con Ramón de Lacadena, que le envío su libro ‘Toros y toreros’-, primero a través de siete postales que remitió a su familia y luego en un artículo que publicó en ‘La Nación’ de Buenos Aires. En el epistolario íntimo y breve, el día 15 le escribió a su hijo Fernando desde Zaragoza y le mandó una tarjeta del Puente de Piedra. Le dijo que se quedaba a pernoctar en la ciudad y le pedía que le escribiese a la Fonda San Ramón de Barbastro. En otro lugar, Unamuno dirá que pasaba siempre de largo por Zaragoza, y vemos que en esa tarjeta parecía fundamentar con severidad esa decisión: “No me gusta nada Zaragoza. El Pilar parece una sesión de baile y la Seo está estropeada con desaforadas barroquerías”. El texto da a entender que sí se detuvo en la ciudad y que paseó por la plaza de las catedrales. Lástima de su decepción.
Se trasladó a Huesca y se enfrentó a las cumbres. Desde Benasque, durante una visita al lago de Renclusa, le escribió a su mujer Concha Lizárraga (con la que tuvo nueve hijos) y, además de elogiarle el paisaje que ve ante sus ojos, le recordaba que en Barbastro no pudo ver a una amiga de la familia, Mercedes. Y ese mismo día, 19 de agosto, también le envió otra postal a su hijo desde el santuario de Guayente. Anduvo casi 15 días por las montañas y los ibones: a su esposa y a sus hijos Fernando, Ramón y Rafael les contaba sus excursiones por la Cabaña de la Renclusa o la falda de la Maladeta. Le decía a Rafael: “Vamos a hacer noche hoy en esta casa que ves a la vuelta, más de 500 metros más alta que la Peña de Francia, aunque menos que la de encima de Candelario”. Parece que con el paso de los días convirtió a Benasque en su cuartel general, y desde allí le refirió a su esposa una excursión a Castejón de Sobrarbe, una visita a un catedrático aragonés de Medicina en Salamanca, Enrique Nogueras Coronas, y una descripción de Campalets. “Esto es una aldea de pocas casas. Llevo unos días con una fuerte indisposición de vientre. Por lo demás bien. Hace un calor terrible”.
Miguel de Unamuno, “el ilustre e infatigable excursionista”, como lo llamó lo llamó Manuel García Guatas, regresó a Aragón en agosto de 1932. El día 27 ofreció una conferencia en el Teatro Unión Jaquesa, en los Cursos de Lengua y Cultura para Extranjeros de la Universidad de Zaragoza en Jaca. Lo acompañaron, además de alumnos y profesores, el rector de la Universidad, Gil Gil y Gil, y el director de los cursos Domingo Miral, que había sido compañero suyo en Salamanca. Durmió en el hotel Mur y realizó una visita, “en privada romería”, con el polígrafo Ricardo del Arco y profesor Vallejo, al monasterio de San Juan de la Peña. La excursión dará lugar a un artículo, ‘San Juan de la Peña’, que se publicó el 4 de septiembre de ese año en el diario ‘El Sol’ de Madrid y que se recogió luego en el libro póstumo ‘Paisajes del alma’ (1942).
Miguel de Unamuno se zambulle en el espíritu de San Juan de la Peña, en su historia, en su carácter legendario. “Cruzamos arboledas de leño, de madera, no de frutos, donde el acebo hacía brillar sus erizadas hojas, como un arma. Y bajamos al viejo y venerable santuario. En un socavón de las entrañas rocosas de la tierra, en una gran cueva abierta, una argamasa de pedruscos que se corona con cimera de pinos. Y allí, en aquella hendidura, remendado con sucesivos remiendos, el santuario medieval en que se recogieron monjes benedictinos…”.
Uno de los personajes, vinculados con el recinto, que más le impresiona es el Conde de Aranda: “Entre las tumbas, a su pie, en el suelo, rota la losa, la de aquel Don Pedro Abarca de Bolea, recio aragonés de rancio linaje, aquel conde de Aranda que llena el reinado de Borbón. (…) Allí el conde de Aranda enciclopedista, gran maestre de la masonería española, amigo de Voltaire, el que primero expulsó a los jesuitas de España y consiguió, con Floridablanca, que el Romano Pontífice disolviera la Compañía de Jesús. Y allí, desterrado en su nativa tierra, rindió su espíritu el último año del siglo XVIII”. Resume así su impresión del lugar: “San Juan de la Peña era la boca de un mundo de roca espiritual revestida de bosque de leyendas”.
El artículo se cierra con un homenaje a Fermín Galán, a la insurrección de Jaca y al paisaje: “Sin detenernos en el monasterio de arriba, el del siglo XVIII, más que a tomar un tente en pie, nos volvimos a Jaca. Y luego, pasado Hecho y aquel rudo monasterio de Siresa (…) oímos a uno de los protagonistas de la última proeza leyendaria, la de la sublevación de Fermín Galán, narrar lo que soñó que hizo mientras lo hacía y soñaba. Y todas las figuras legendarias, todas las que soñamos para poder vivir historia, se perdieron en el bosque augusto que nos ceñía y que soñaba la Tierra perdida en el cielo”.
El bibliófilo y escritor José Luis Melero ha glosado la visita de Unamuno a través de un amigo, que tenía 15 o 16 años entonces: “Este amigo, Juan, recordaba aquella conferencia con gran emoción y me la contaba con todo lujo de detalles a finales de los años 70 en Jaca. Siempre me decía: “Yo tuve el privilegio de asistir a un momento histórico: la visita de Unamuno a Jaca”. Y se enorgullecía mucho de ello”.
[Este fin de semana, Marta Quintín (Zaragoza, 1989), firmará ejemplares de su segunda novela, ’El color de la luz’ (Suma de Letras), una novela sobre la obsesión, la pasión imposible, el arte y la creación.
¿Cómo nació en ti la pasión por la literatura? Ganaste muchos concursos de cuentos.
Es una pasión innata. Hay testimonio gráfico de que, antes siquiera de aprender a leer, ya me dedicaba a hojear cuentos y a inventármelos sobre la marcha mientras pasaba las páginas. De la mano de ese fervor por la lectura vino, como no pocas veces, la pulsión de escribir mis propias historias. Eso me llevó a presentarme a varios concursos de relatos, y ganar algunos, como el Tomás Seral y Casas de la Biblioteca de Alagón, me dio fe para pensar que la literatura podía ser lo mío.
¿Quién te marcó, quién te despejó el camino y cómo lo hizo?
Supongo que los escritores a los que he leído. Ellos son mis maestros, los que me han enseñado cuanto sé. Y un poco más pegado al día a día, mi familia, amigos y profesores siempre me han alentado a escribir, y esa confianza lo es todo.
-¿Qué fue primero, el periodismo o la literatura?
La literatura. El periodismo sólo fue una forma de profesionalizar mi vocación por la escritura. Y es cierto que encontré en ello un oficio muy bonito, puede que el mejor del mundo, que diría Gabriel García Márquez, siempre y cuando se practique en condiciones.
-Desde cuándo el arte es una de tus pasiones?
Cursé el Bachiller de Humanidades, y una de las asignaturas era Historia del Arte. Entonces descubrí lo mucho que me interesaba, y quise profundizar mis conocimientos durante la carrera, escogiendo más asignaturas relacionadas con él. Además, siempre me ha gustado visitar museos y exposiciones. Con esa base acometí la novela, aunque luego tuve que documentarme mucho más, y me reafirmé en que es un mundo fascinante.
-Todo empieza en Nueva York con una subasta de ‘El grito’ de Munch. ¿Qué pensaste, qué se te ocurrió?
Estaba trabajando en esa ciudad, en una agencia de noticias, y me habían asignado cubrir las subastas que se celebran en Christie’s, Sotheby’s... un cometido que, por mi afición al arte, me encantaba. Aquella noche de mayo, se subastaba la última versión que quedaba en manos privadas de esa obra tan emblemática, y las expectativas sobre el precio que iba a alcanzar eran altísimas. Y, efectivamente, se cumplieron, ya que se batió el récord de cotización: 120 millones de dólares. Esa anécdota me llevó a meditar sobre qué impulsa a alguien a desembolsar una cantidad tan exorbitante por un cuadro, y aunque los motivos suelen ser especulativos, opté por darle una vuelta de tuerca y fabular acerca de una historia de amor que recorre todo el siglo XX, y que explica por qué alguien querría, no sólo conseguir, sino recuperar una obra de arte a todo trance.
-Hay tres personajes claves. La galerista, el pintor y una periodista. ¿Cómo decidiste unirlos, qué te interesó, cómo quería anudarlos o mezclarlos?
A través de esa anciana que puja por el cuadro y del pintor quise tratar el amor imposible, el que emana de la propia naturaleza humana, de nuestros miedos, inseguridades, incongruencias y debilidades, y no ése tan manido y, a mi juicio, artificial, que fracasa por culpa de un condicionante externo, como una diferencia de clase social, unos padres que se oponen, un malentendido, un iceberg... En cuanto a la periodista, es un catalizador para que se cuente la historia, de una manera más ágil y fresca, tejiendo también una relación intergeneracional con la anciana, y reflexionando, por medio de ella, sobre el proceso creativo y la escritura.
¿Tuviste algún modelo real en la cabeza, Pollock y Peggy Guggenheim, por ejemplo?
Cualquier pintor de vanguardia, visionario e incomprendido puede ser un trasunto del protagonista, Martín Pendragón. Quizás al que tuve más en mente fue a Picasso, con su potentísimo caudal de genio y sus relaciones tormentosas.
-Dinos un poco cómo son cada uno de ellos…
El personaje más complejo es la musa, Blanca Luz Miranda. Quise dotarla de muchos claroscuros, que fuera voluble, egoísta, caprichosa, incoherente... A riesgo de que cayera mal y de que costara empatizar con ella, mi intención era que el lector honesto pudiera decir: "Jolín, si, en el fondo, en algunas cosas, me parezco a ella". Aunque siempre prefiramos identificarnos con el héroe, en realidad todos, en algún momento, somos tan inconsistentes como esta mujer y, así, hacemos daño a quienes nos rodean, aun sin pretenderlo. Y eso no obsta para que también se pueda sentir compasión por ella, porque, al final, sabotea su propia felicidad con ese carácter tan complicado que tiene, del que es su primera víctima. El pintor, Martín Pendragón, es un hombre más de una pieza, entregado a sus pasiones, que ve más allá, un adelantado para su época, y que sufre por ser consecuente.
-¿La novela es una meditación sobre el vínculo entre el artista o la musa, o la ligazón, casi enfermiza, entre la galerista y su artista, con dominios casi alternos?
Hablo de dos pasiones: la pasión por el arte y la pasión por una persona, y cómo a veces eso choca. Te tiran ambas con la misma fuerza, cada una de un brazo, y te acaban descoyuntando. Ambas corren en paralelo a lo largo de la vida de Martín Pendragón, revelándose incompatibles muchas veces, pero al mismo tiempo, nutriéndose la una de la otra. Establezco una analogía entre el amor y una vocación artística. Por ejemplo, en un momento dado, él dice que el ser humano se dedica a cosas tan poco prácticas como pintar cuadros que no colgarán de ninguna pared y a enamorarse de gente que jamás le corresponderá.
-¿Querías hacer una novela sobre la complejidad del amor, sobre las pasiones imposibles, casi sobre la sinrazón?
Sí, sobre esos amores que son imposibles por nosotros mismos, y que aun así, sobreviven al tiempo, de una manera irracional, sí, pero también inevitable. En este caso, se trata de un primer amor que marca la vida de los protagonistas, que los lastra y los condiciona, y que los aboca, con una suerte de fatalidad, a buscarse y a rehuirse a lo largo de los años, a encarnar el refrán de "arrieros somos y en el camino nos encontraremos". Un no pasar página que los condena, pero del que también nace algo bello, como es el arte de Martín.
-¿Qué significa el París del arte para ti?
Es una época que me encantó recrear, aquellos años veinte en los que París era el centro del mundo, con toda su bohemia, pero también su penuria, y, sobre todo, el empuje creador que entró en ebullición allí, con esa fuerza; esa ingenuidad incluso, que llevaba a los artistas a atreverse a todo, a subvertir y a cuestionar con tanta audacia; y esa camaradería que hacía que unos y otros se estimularan a intentar cosas nuevas, a desafiarse... Siempre me fascinan esos periodos de la Historia en los que, en unos años y en un lugar, convergen los mejores. Entonces, la humanidad siempre da un paso adelante.
-¿Por qué es Marc Chagall tu artista favorito?
Lo digo en la novela: porque en sus cuadros parece que estás dentro de un sueño. Su forma de usar los colores, que la gente vuele por el espacio y esté cabeza abajo... Además, la cultura rusa me gusta mucho, y él plasma esas influencias muy bien, aunando tradición y modernidad de una manera muy personal. Es de esos pintores que logró crear un mundo propio.
-La novela es una reflexión sobre la obsesión, la fatalidad y tal vez la mentira. En su noche de bodas, a blanca Luz se le escapa un nombre sorprendente…
Sí, en la novela, el pasado nunca acaba de pasar, está constantemente volviendo a por los personajes, porque no han sabido, o no han querido, cerrar bien las heridas. Y eso pasa siempre que no eres honesto contigo mismo. Cuando te engañas, acabas engañando a los demás, y sembrando dolor. Por ejemplo, sí, pronunciando el nombre menos indicado en el momento más inoportuno... Y hasta aquí puedo leer.
¿Qué le debe la novela al periodismo?
Es su punto de partida, ya que la génesis de la novela se produce cuando yo estoy trabajando de corresponsal. Le rindo homenaje a eso a través del personaje de la periodista, en la que algunos pueden encontrar cierto alter ego. Ella presencia la subasta, le pica la curiosidad sobre por qué la anciana ha pagado semejante montante por el cuadro y decide comenzar a investigar, y a utilizar una técnica periodística como la de la entrevista. Eso le confiere dinamismo al libro y un toque de misterio, a medida que va descubriendo qué se esconde tras esa adquisición, que todo no es lo que parece, y que las cosas suceden, al final, según las cuentas. Y, en eso, ella tiene mucho que decir.
‘El color de la luz’ es una novela sobre la creación y los secretos del arte. ¿Qué has aprendido de la pintura y de los pintores?
Trato la pintura, y el arte en general, como un reducto que nos permite redimirnos. Un bastión hermoso y con valor que nos sitúa por encima de nuestras miserias, y que dota de sentido a lo que no lo tiene. Al final, el arte nos salva, nos recuerda que somos capaces de crear algo que nos trasciende. O, al menos, nos mantiene ocupados en un propósito por el camino, y lo embellece. Que no es moco de pavo.
-Cuál es tu relación con el lenguaje, cómo quieres escribir, qué buscas?
Busco que la vida se vea de otra manera a través de las palabras. Crear imágenes, mirar lo que miramos todos los días desde otra perspectiva, por medio del juego, explorando los límites del lenguaje, sus maravillosas posibilidades. Emocionar. También hacer pensar. Dar vida a una historia, en definitiva. Ser esa narradora a la que le pides que te cuente un cuento al calor de la hoguera. No más.
¿Cuál será tu próximo proyecto?
Todavía no lo sé. Tengo otra novela terminada, pero en un cajón, no sé qué ocurrirá con ella, si habrá alguna oportunidad de que vea la luz. Y luego tengo ideas... Falta trasladarlas al papel. A ver si me pongo.
*La foto de Marta Quintín apareció en el 'Diario de Navarra'.