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Antón Castro

Escritores

ADAM ZAGAJEWSKI EVOCA AL PADRE

Desde hace pocos años, soy un buen lector de Adam Zagajewski (Lvov, ahora Ucrania, 1945), que se exilió en París y luego en Estados Unidos. Es poeta y prosista. Acaba de publicar en Acantilado uno de esos libros deliciosos: el poemario ‘Mano invisible’, donde hay un poco de todo: amor y memoria, recuerdo de pasiones pasadas, exaltación de la música y de esa figura casi enigmática e imprescindible que es el afinador de pianos, hay viajes, pensamiento, geografías y atmósferas, pero hay algo muy conmovedor a lo largo del libro: la presencia de su padre, enfermo, con la memoria borrada, hablándoles de su hijo y de sus poemas a sus amigos, etc.

Esos poemas, breves por lo regular, son conmovedores, aunque en realidad es conmovedor todo el libro: elegante, narrativo, lleno de sutileza, de ritmo y de talento. Uno de esos libros de un escritor muy hecho: me ha hecho pensar mucho en Wislawa Szymborska, a la que he estado leyendo y releyendo tras su muerte. Para los amantes de la buena literatura, exquisita y honda, ‘Mano invisible’, en Acantilado y en traducción de Xavier Farré. Este es uno de los poemas que más me gustan:

 

NO PENSABA EN LA ESTÉTICA

Cuando en los años ochenta mi padre copiaba

para sus amigos mi poema ‘Ir a Lvov’

(me lo explicó pasado mucho, mucho tiempo,

un poco cohibido), no pensaba quizá en la estética,

en las metáforas, sílabas, en un sentido más profundo,

sólo en la ciudad que amó y perdió, en la ciudad

donde quedaron detenidos, como un rehén,

su juventud, su revelación, el encuentro con el mundo,

y seguramente golpeaba las teclas de su antigua y fiel

máquina de escribir con tanta fuerza que, si hubiéramos

conocido mejor las leyes de la conservación de la energía,

sobre esta base podríamos

reconstruir al menos una calle

de su primer entusiasmo.

 

*Adam Zarajewski, retratado por Jerry Bauer.

ISABEL GONZÁLEZ, CUENTOS DE ASOMBRO

Recibo esta carta del editor Juan Casamayor, con quien estuve hace unos días en la presentación del nuevo libro de Clara Obligado en la librería Los Portadores de Sueños. Juan me habló de este nuevo título de la escritora e infógrafa de Ejea de los Caballeros, Isabel González, a quien conocía por el blog de Fernando Valls, La nave de los locos. Dice Juan Casamayor:

 

Arranca nuestra apuesta Novel 2012. Nuevamente una escritora, y como el año pasado llamada Isabel, con un primer libro titulado Casi tan salvaje (Páginas de Espuma, 2012)  y de al que ya se ha escrito lo lo siguiente:

“Si algo nuevo se puede encontrar en la literatura actual es la voz de estas mujeres jóvenes que retuercen los viejos temas hasta iluminarlos con un fulgor nuevo. Escritura potente, descarada, nacida de una fuerza elemental donde cerebro y pasión se trenzan. Poética y genital. Si algo nuevo había que decir son estos cuentos, si algo esperábamos los lectores es el deslumbramiento que produce una generación a la que pertenece Isabel González”, Clara Obligado

“Las frases cortas de Isabel, sus imágenes, tienen algo de dentellada por sorpresa, de clavo que atraviesa la carne y nos recuerda, a cada golpe, lo que significa estar vivos. Cuidado, lector, si entras en estos cuentos, porque saldrás temblando”, Patricia Esteban Erlés

“Admiro a Isabel González por su capacidad de hacer alta literatura con las mínimas torpezas cotidianas. Su escritura inesperada, original, nos demuestra que la imaginación está aquí, en este mundo, acechándonos. Me siento muy honrada de darle la bienvenida a su primer libro”, Ana María Shua

 

Este primer libro de Isabel González disfruta del ritmo del cuchillo y del aire en un afán por reconstruir y apuntalar primero para derribar después. Sus personajes luchan por la supervivencia en condiciones adversas, en un campo de batalla que es tanto el propio cuerpo como el paisaje que lo rodea. Alma y fuerzas elementales se dan cita en cada palabra. En sus cuentos no es amor lo que se pide pero se compra todo por amor. El lector desprovisto de presuposiciones no descansará. Isabel González, tampoco, casi tan salvaje y toda una colisión. Isabel González González (1972) creció en una gasolinera a las afueras de Ejea, un pueblo de Zaragoza, se licenció en Periodismo y desde hace más de quince años, reside en Madrid donde se gana la vida como infografista. Dibuja y escribe. Es profesora de microrrelatos y algunas de sus minificciones se han publicado en las antologías Por favor sea breve 2 (Páginas de Espuma, 2010), Relatos en cadena (2008, 2009 y 2010) y Parafilias ilustradas (2010).

 

*Tomo esta foto de Isabel González del blog de Fernando Valls. Isabel rinde homenaje a Leonard Cohen y su 'I'm your man'.

 

ADIÓS A WISLAWA SZYMBORSKA: UN DIÁLOGO CON FÉLIX ROMEO

ADIÓS A WISLAWA SZYMBORSKA: UN DIÁLOGO CON FÉLIX ROMEO

Ayer moría Wislawa Szymborska, probablemente la poeta más admirada por Félix Romeo Pescador. Acompañado de su amigo Abel Murcia, gestor cultural, traductor y poeta, Félix la visitó en Cracovia, publicó la entrevista en ABCD Cultural. Y aquí está una amplia selección de su texto, que define muy bien a esta mujer excepcional, divertida. Szymborska ha tenido varios editores españoles, entre ellos Pepo Paz, Diana Zaforteza y David M. Copé, Jesús Munárriz, etc.

 

Wislawa Szymborska (Kornik, 1923) vive en un departamento en Cracovia y trabaja todos los días en sus poemas. Se le concedió el Premio Nobel, al que entre risas llama "la catástrofe", en 1996.

      En España se acaba de distribuir una antología muy amplia de sus poemas, Poesía no completa (FCE), en traducción de Abel A. Murcia Soriano y Gerardo Beltrán, quienes también volcaron al castellano esta conversación.

—¿Tiene alguna fórmula mágica para escribir? 

Sé lo que quiero escribir, pero no siempre me sale. Trabajo constantemente en los poemas. Hay algunos poemas que surgen de forma espontánea... (Es mi secreto: no voy a decir nunca cuáles salen con facilidad y cuáles salen con esfuerzo.) Pero no siempre salen de forma espontánea.

—¿Y cómo es la Szymborska que narra sus poemas?

Creo que cada poema lo escriben dos personas. Hay una persona que es la que siente las cosas, la que las experimenta, la que piensa. Y otra persona, que está detrás de mí y dice: "¿No estarás exagerando?, ¿qué va a entender el lector de lo que estás escribiendo? y, además, ¿para qué le sirve?" Ese yo irónico está siempre, pero si desaparece escribiré muy malos poemas... ¡Y si desaparezco yo, también serán malos! (Risas)

—Utiliza un lenguaje muy especial.

Mi lengua es una lengua viva. Utilizo frases hechas, lengua coloquial, juegos de palabras, que no necesariamente funcionan en otras lenguas... La suerte de los poetas en el exterior depende de los traductores.

—¿Hablamos de los temas de su poesía?

Todos mis poemas nacen del amor. Diría incluso que todos los poemas nacen del amor; incluso aquéllos que transmiten el mal tienen en el fondo una forma de amor hacia el mundo. Estoy totalmente convencida... Y si no es así, lo siento por esos poetas.

—¿Y el odio?

Tengo un poema sobre el odio, que es verdaderamente un sentimiento del siglo XX, el más fuerte, el que encuentra más seguidores. Y eso es algo horrible. Quizá en algún momento fue necesario pero ahora el odio es un sentimiento horrible. Aunque parece más fácil que un loco propague sus ideas con los nuevos medios. Antes, alguien llegaba y se subía a un cajón en una plaza y se ponía a hablar con un megáfono... Todo era más pequeño.

—En sus poemas aparecen muchos animales.

No imagino la poesía sin los seres que nos acompañan en la vida: los animales, las plantas... e incluso las piedras. Mi animal preferido es el mono. Me encantó un libro de Jane Goodall, A través de la ventana: treinta años estudiando a los chimpancés, en el que cuenta su investigación en Tanzania con los primates y con los chimpancés. No los estudió como un grupo, sino como individuos. Estuvo años siguiéndolos de uno en uno, investigando cada animal en concreto y descubrió que uno era individualista, otra era una mala madre, otra era muy cariñosa, otro era muy travieso... Se trataba de una forma de estudiar a los animales desde una perspectiva totalmente diferente. No me imagino otro enfoque distinto al del análisis individual. Todos somos un poco diferentes. El hombre se somete a diversas ideas de grupo y no siempre es bueno.

—También aparecen muchos sueños en sus poemas.

Escribo de la realidad y los sueños son una parte de la realidad.

—Además de escribir poemas, está haciendo collages.

Son un juego. Hoy veo muy clara la diferencia entre la forma de hacer literatura y la forma de hacer arte. La escritura requiere soledad, aislamiento, trabajo y cansancio. He visto pintores trabajando mientras hablaban, riéndose, rodeados de gente, y eso es imposible para un escritor. Necesito tiempo y que nadie me moleste. Mis collages son un juego, para que la gente los disfrute. Son mi forma de descansar. Me canso mucho escribiendo.

—Pero sigue escribiendo sin parar.

Aún estoy viva, para extrañeza de algunos y también para la mía. Y soy escéptica ante la poesía, incluso ante la mía.

—Por eso utiliza tanto el humor.

Mi poesía, como la vida, es una moneda: tiene una parte trágica y una parte cómica.

—Y una parte cósmica.

Recuerdo una anécdota de Filipovich, un fabuloso escritor que supera la prueba del tiempo: cuando el hombre llegó a la Luna, mucha gente en Cracovia estaba asombrada. Filipovich estaba pescando y trataba de ver el acontecimiento con prismáticos. (Risas). Una vez, caminando por los alrededores de Cracovia con Filipovich, nos paramos a identificar estrellas, y cuando nos dimos vuelta, había un enorme grupo de gente a nuestro alrededor; tanta, que al día siguiente la prensa publicó que se había producido el avistamiento de un ovni. Una información que nunca fue desmentida. Espero que eso hiciera feliz a alguien. Escribí un poema en el que decía que no hay que mandar bromistas al Cosmos.

—Le fascina el espacio, pero realmente se ha movido muy poco.

No sé si es por mi signo zodiacal —cáncer—, pero no me gusta viajar. Nací un día después (y muchos años después) que Proust, que escribió doscientas páginas para decir cómo se preparaba para ir a la playa. No me gusta viajar, pero me gusta volver.

—¿Es cierto que estudió español?

Hace mucho tiempo iba a unas clases de español. No me acuerdo de nada, pero la estructura de la lengua todavía la controlo. Leíamos fragmentos de El Quijote. Nos daba clase un profesor que no sé si se esmeraba mucho, porque se preparaba la clase el día anterior, pero tenía unos discos maravillosos con música española: canciones populares estupendas. Soy admiradora del Goya luminoso, el de los retratos, el de los tapices, el de las escenas costumbristas y el de las majas. Y he corregido a Velázquez en uno de mis collages: he sacado a una de las meninas al aire libre.

—Hablaba antes del amor. ¿Le puedo preguntar algo de los suyos?

Le contaré algunas historias de mi infancia. A los doce años me enamoré perdidamente del novio de mi hermana, que no me hacía ningún caso. Un día me vendé la cabeza y él dijo: "¿Qué le ha pasado a eso?" Años más tarde lo volví a ver y me pregunté cómo podía haberme enamorado. No era nada interesante. También había otro chico. Me seguía. Era tan tímido que no me dirigía la palabra. Me escribía cartas. En una de ellas, donde me arreglaba toda la vida —"por ti surcaré los mares, subiré a la cumbre más alta..."—, decía al final: "Estaré mañana bajo tu ventana si no llueve". (Risas)

—Leer también es una forma de acabar con las formas puras.

Leo todo el tiempo. Muchos libros de divulgación científica y de antropología, de zoología. Leo a Brodsky, con el que tenía mucha afinidad. Pero como no quiero olvidarme de nadie sólo voy a decir que leo a Rilke. Con él comenzó mi fascinación por la poesía.

 

PREMIO PARA SANDRA SANTANA

El jurado, compuesto por Xavier Antich, Marina Subirats, Alberta Toniolo, Eloy Fernández Porta y Judit Carrera, ha destacado que esta obra es una renovadora aportación a uno de los capítulos fundamentales de la modernidad europea. El ensayo combina diversas ramas del estudio histórico, confirma la centralidad del lenguaje en los debates culturales y aborda la invención de la feminidad en la Viena finisecular. 

Dicho galardón se otorga a una obra de ensayo o de no ficción en sus diferentes ámbitos, escrita originalmente en catalán o en castellano y publicada por una editorial de Barcelona.
El acto de entrega de los Premios Ciutat de Barcelona 2011 se celebrará el lunes 13 de febrero de 2012 a las 19 h en el Salón de Cent del Ayuntamiento de Barcelona.

La singular producción literaria de Karl Kraus (Jicin, Bohemia, 1874 - Viena, 1936), compuesta de ensayos, polémicos artículos, poemas y aforismos, despertó la fascinación de un importante elenco de intelectuales del pasado siglo (autores como Theodor Adorno, Walter Benjamin o Elias Canetti dejaron constancia de ella en sus escritos). Además, las páginas de su publicación, Die Fackel (La antorcha: El Acantilado, 220), resultan un escenario privilegiado en el que observar la gestación de la acuciante crisis lingüística que aquejaba a un Imperio austrohúngaro agonizante. A través de la pintura de Gustav Klimt, la música de Arnold Schönberg, la arquitectura de Adolf Loos, la literatura de Hugo von Hofmannsthal y la filosofía de Fritz Mauthner o Ludwig Wittgenstein, la presente obra analiza, en el contexto de la Viena de 1900, algunas de las causas de una preocupación por la naturaleza del lenguaje cuya herencia continúa vigente.

Sandra Santana (Madrid, 1978), poeta, traductora y profesora de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y ha realizado estudios de posgrado en la Universidad de Viena y en la Universidad Humboldt de Berlín. Como traductora ha publicado versiones de los poemas de Ernst Jandl, Karl Kraus (Palabras en versos, 2005) y Peter Handke (Vivir sin poesía, 2009; premio de traducción del Ministerio de Educación, Arte y Cultura austríaco). Es autora de los libros de poemas Marcha por el desierto (2004) y Es el verbo tan frágil (2008). Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías y traducidos al alemán, al inglés y al portugués.

*Esta nota la remitía ayer Acantilado, el sello donde ha publicado su libro Sandra Santana, a través de su amable jefe de prensa, Sergi Masferrer.

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN: ENTREVISTA

"ESCRIBO DESDE EL FONDO DE UN 

RINCÓN OSCURO DEL CORAZÓN"

El Premio de las Letras Aragonesas de 2011, guionista de la película ‘Chico y Rita’, candidata al Óscar, reconstruye su carrera, los años de formación y su decidida apuesta por el realismo

 

Ignacio Martínez de Pisón es un escritor metódico, partidario del ‘footing’ y de la buena tertulia, amigo de sus amigos, enamorado de Zaragoza y seguidor acérrimo del Real Zaragoza, que siempre le tiene en vilo.

 

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) es el narrador natural por excelencia y uno de los más internacionales y traducidos entre los aragoneses. Ha ganado el Premio de las Letras Aragonesas en 2011, el año en que publicó la que quizá sea su mejor novela: ‘El día de mañana’ (Seix Barral), el relato coral de un delator en la Barcelona de los 60 y 70. Mario Vargas Llosa leyó ‘Enterrar a los muertos’ (Seix Barral, 2005) y quiso conocerlo de inmediato: el Nobel también ha sido uno de los sojuzgados por esa investigación que seguía los pasos de José Robles Pazos, el traductor español de John Dos Passos, asesinado en 1937 en la Guerra Civil. La vida de Ignacio ofrece un desgajamiento repentino: cuando contaba poco más de nueve años murió su padre, que era militar de profesión. Los Martínez de Pisón vivían entre Logroño y Zaragoza. Tras el fallecimiento, su madre tuvo recomponer su vida y reajustar su estatus. Pisón vivía en el Coso en una casa amplia y vieja con suelos de madera y techos altos; más tarde él y sus hermanos se trasladaron a la calle Zurita a un edificio en el que también vivía su abuelo materno y donde tenía el despacho.

¿Qué pasó tras la muerte de su padre?

Fuimos perdiendo un poco de contacto con la familia paterna, de Logroño. Mi abuelo materno, y su casa de la calle Zurita, se convirtieron en fundamentales para mí. Iba al cine con él y pasaba muchas horas en su despacho, donde miraba la ‘Enciclopedia Espasa’ de cien volúmenes. Esa fue una de las mejores diversiones de mi infancia.

¡Vaya diversión!

Mi abuelo se jubiló y mantuvo el piso; de vez en cuando me dejaban las llaves, me colaba en él y descubría su mundo personal. Mi abuelo había sido carlista y tenía la trilogía ‘La guerra carlista’ de Valle-Inclán; compuesta por tres novelas: ‘Los cruzados de la causa’, ‘El resplandor de la hoguera’ y ‘Gerifaltes de antaño’. Valle no es un modelo literario al que me acoja ahora. Sin embargo, aquella novela me parecía trepidante, con una perfección técnica inigualable, mezclaba la épica y el intimismo con mucha fluidez, y siempre me pareció que esa trilogía no estaba suficientemente valorada.

¿Cómo se hizo escritor?

Entonces el Bachillerato duraba menos, y yo entré en la Universidad de Zaragoza con poco más de 16 años. Pronto empecé a contactar con jóvenes inquietos, a los que les interesaba mucho la literatura. Pienso en José Luis Melero, escritor y bibliófilo; en Gerardo Alquézar, que fue clave en mi aprendizaje de la poesía; en el profesor Antonio Pérez Lasheras. Yo estudiaba Filología Hispánica y coincidíamos en las clases de italiano de Luisa Capecchi, que era muy amiga de Manuel Pinillos, el poeta del Niké y colaborador de HERALDO.

¿Recuerda a algunos profesores en particular?

Me acuerdo de aquellos profesores que sabían transmitir la pasión por el conocimiento. Pienso, por ejemplo, en Juan Manuel Cacho, que nos enseñó con tal entusiasmo la novela de caballerías, que leí muchas con puro deleite. José-Carlos Mainer nos acercaba al siglo XX. Era el autor de un manual de referencia como ‘La Edad de Plata’, que acababa de publicar y que exhibía un conocimiento deslumbrante y globalizador. Mainer siempre fue muy generoso conmigo.

Sin embargo, usted no tardaría en marcharse de Zaragoza.

Uno es de donde estudia el Bachillerato, y yo soy zaragozano hasta la médula. Tras aquellos años de formación, de los primeros escritos, de algunos poemas, pensé que aquella Zaragoza se me quedaba pequeña y decidí cambiar de ciudad. Quería abrirme camino, a solas, sin amigos, quería entrar en la vida adulta. Ya había conocido a María José Belló, que es mi mujer y la madre de mis dos hijos Eduardo y Diego. Nos fuimos a Barcelona, donde me licencié en Filología Italiana, ella aprobó las oposiciones, y yo incluso trabajé unos meses en un instituto. Daba clases de lengua. Se me había olvidado la lengua española de la carrera y me sentía indefenso. No era un buen profesor y lo dejé.

De repente, da el paso a la literatura.

Aquellos eran otros tiempos: de ideales y de libertad. Publicabas en una revista y lo vivías como una consagración, ja, ja. Escribí una novela, basada en algunas cosas de mi infancia, ‘La ternura del dragón’ (Anagrama, 1984), la mandé al premio Casino de Mieres y tuve la suerte de ganar. Aquello me hizo sentirme escritor por primera vez y me dio mucha confianza en mí mismo. Al fin y al cabo, yo opté por la profesionalización: he vivido siempre de la escritura y sus alrededores.

Poco después aparecería en las páginas de ‘El País’ en las escaleras de su casa, con la Olivetti Lettera 32 sobre las rodillas.

Soy un escritor con suerte. Escribí algunos cuentos, que conformarían ‘Alguien te observa en secreto’ (Anagrama, 1985), y recuerdo que hice fotocopias y que tomé un bus que me dejó muy cerca de Anagrama y de Tusquets. En ese momento, los dos sellos buscaban autores jóvenes: era una nueva etapa histórica, empezaban a manifestarse nuevas tendencias, nacía una generación que sería la de la ‘Nueva Narrativa’... Anagrama me contestó dos semanas antes que Tusquets y con ellos publiqué ‘Alguien te observa en secreto’.

¿Cómo fueron los años de Anagrama?

Estuve con ellos durante 20 años. Me sentí muy a gusto. Anagrama era una editorial pequeña, cercana, y escuchabas con mucha atención a tus editores: a Jorge Herralde y a Enrique Murillo.

Aunque usted a quien escucha de verdad es a sus primeros lectores.

Desde luego. Siempre me ha gustado contar con un pequeño núcleo de primeros lectores. Esa primera lectura siempre es muy útil. José Luis Melero y Félix Romeo son dos de mis lectores. Lo eran, porque Félix ha muerto y nos ha dejado un vacío inmenso, imposible de llenar. A él le debo una corrección importante en el final de ‘El día de mañana’: siempre tenía un punto de vista original y brillante. Félix era muy invasivo en todo, te mantenía en tensión intelectual y emocional. Era un animal afectuoso. A veces, cuando leo una noticia, oigo un chiste malo o una cosa pintoresca, tengo la inclinación de llamarlo. Y ya no está: me parece increíble.

Usted se define como un escritor realista.

¡Quién lo iba a decir! No siempre fue así: al principio de los años 80 era al revés. ¿Quién se atrevía a ser realista? Mi primer libro, ‘La ternura del dragón’, tenía algún que otro arrebato fantástico. El realismo, de entrada, sugiere una tradición un poco lúgubre, muy española, alejada de esas tradiciones anglosajonas más luminosas. Desde hace tiempo me he reconciliado con esta tradición tan nuestra. Si es tan duradera y sólida, por algo será. A lo mejor es que nuestros escritores lo han hecho bien.

¿A quiénes se refiere?

La gran novela española de os últimos 200 años es realista. Pienso en ‘La Regenta’ de Clarín, en ‘Los pazos de Ulloa’ de Emilia Pardo Bazán, en Galdós, que es un escritor apasionante, pienso en Baroja. Le hablo de una tradición un tanto intemporal a la que siempre se ha vuelto. Al fin y al cabo la literatura no sirve de nada si no te permite cuestionar la realidad en que vives. Para mí la novela es el arte de la interpretación de la realidad. Mi oficio consiste en saber captar la realidad y saber transformarla en palabras.

¿Cómo se produjo ese paso hacia la objetividad’

Cuando me afirmo cada vez más como novelista. Yo al principio era más cuentista, y nunca he dejado de escribir cuentos. Poco a poco fui intentando hacer crónica de mi tiempo, una ficción contemporánea a través de un estilo transparente. La primera vez que tengo la sensación de que he encontrado lo que andaba buscando es con ‘Carreteras secundarias’ (Anagrama, 1996). Un escritor no nace con un estilo propio: lo busca, lo redondea, lo define libro a libro, y en ‘Carreteras secundarias’, esa historia de un padre y un hijo que viajan en un ‘tiburón’, había encontrado lo esencial. Ese libro significaba la búsqueda de lo sustantivo como categoría vital.

Ese libro insistía también en algo que le obsesiona: el mundo familiar.

Todos tenemos una familia. Y representa, por lo general, tu primer mundo de afectos y de conflictos. Todas las familias tienen un secreto y hemos sido modelados por ella.

Otro de sus temas claves son las mujeres. ¿Por qué?

Uno siempre intenta entender a las mujeres. Tienen una presencia decisiva en el mundo que nos rodea y parecen más misteriosas que nosotros. Por lo demás, no soy un entendido: soy un monógamo más o menos perfecto desde los 18 años.

¿Es ‘El tiempo de las mujeres’ (Anagrama, 2003) su mejor novela?

No lo sé. Solo me siento satisfecho de lo que he escrito a partir de ‘Carreteras’: de ‘Dientes de leche’ (Sex Barral, 2008), de ‘El día de mañana’ y, por supuesto, de ‘El tiempo de las mujeres’. Tengo la sensación de que existen vasos comunicantes, hilos secretos, mundos complementarios entre esos libros.

Sin embargo, hay un libro decisivo en su trayectoria que además supuso su paso a Seix Barral: ‘Enterrar a los muertos’, la investigación sobre de José Robles Pazos, asesinado por los servicios secretos soviéticos...

Es un libro diferente, una investigación, es un libro para un público más exigente, y en el fondo esa pesquisa tiene algo de novela. Yo nunca había hecho algo así, pero la propia vida me fue regalando información y personajes increíbles, como la hija del propio Robles Pazos. Estoy muy a gusto en Seix Barral.

Quería preguntarle por el humor...

Al principio mis libros eran serios, casi tristes, graves, y desde ‘Carreteras secundarias’ hay mayor sentido del humor. Un humor agridulce, claro, y a la vez hay una búsqueda constante de la felicidad.

¿Y el pudor?

Soy pudoroso. Y las novelas acaban siendo como es uno. No me gusta el énfasis o la ostentación, pero eso no quiere decir que no escriba desde el fondo del corazón. Escribo desde el fondo de un rincón oscuro del corazón y quiero que en mis libros aliente la vida. Corrijo mucho, soy metódico y obsesivo, pero no soy de los que creen que la perfección es sinónimo de buena literatura. Un escritor no es un decorador: trabaja con verdades profundas que debe saber transformar en arte. El escritor escribe desde sus heridas, desde aquello que le conmueve hondamente.

Hablemos de cine. Usted es el guionista de ‘Chico y Rita’, la película de Fernando Trueba y Javier Mariscal que compite por el Óscar.

Yo llegué al cine casi por casualidad porque las cosas se aprenden. Cuando Emilio Martínez Lázaro adquirió los derechos de ‘Carretera secundarias’ redacté yo mismo el guión. Se lo pasé, les gustó, lo ajustamos y reajustamos; también redacté el guión de ‘Las trece rosas’. Ahora con Fernando y Javier ha sido sobre todo una colaboración, me sentí muy a gusto. Me gusta mucho el mundo de la música.

¿Qué ha significa Aragón y Zaragoza para usted?

Me siento aragonés por todos los costados. Y muy zaragozano. Fue la literatura de José María Conget la que me enseñó que Zaragoza era una ciudad literaria, y muchos de mis libros transcurren aquí. Zaragoza es el espacio de mi memoria y el lugar donde viven muchos amigos. Y a mí me encanta pasearla, recorrerla y reconocerla.

 

*La primera foto de Ignacio es del Heraldo de Aragón; la segunda de Josean Melendo. Esta entrevista apareció el domingo en la sección 'Heraldo Domingo', que coordina Picos Laguna.

 

 

PANIZA, CON ILDEFONSO-MANUEL GIL

PANIZA RECUERDA A ILDEFONSO-MANUL GIL EN SU CENTENARIO

Esta tarde, a partir de las 17.00, Paniza rinde homenaje a uno de sus paisanos más ilustres: Ildefonso-Manuel Gil López, poeta, narrador, ensayista, traductor, memorialista. Habrá diversas intervenciones de Juan González Soto, Manuel Hernández, María Antonia Martín Zorraquino, Jesús Lordas y Victoria Gil, bajo la coordinación de Antón Castro. Además se descubrirán dos placas de homenaje, se leerán sus poemas por Pilar Burillo y el poema premiado con el galardón Ildefonso-Manuel Gil. La tarde se cerrará con un recital de piano de David Vega y Nuria Oteo.

JAVIER SEBASTIÁN: UN DIÁLOGO SOBRE 'EL CICLISTA DE CHERNÓBIL'

JAVIER SEBASTIÁN: UN DIÁLOGO SOBRE 'EL CICLISTA DE CHERNÓBIL'

[Javier Sebastián, con ‘El ciclista de Chernóbil’ (DVD) y Mauro Corona, con ‘Fantasmas de piedra’ (Altair),  Premios Cálamo 2011. El jurado ha decidido otorgar un Premio Cálamo Extraordinario a la obra ‘Cien mil millones de poemas. Homenaje a Raymond Queneau’. Recupero para el blog una extensa entrevista que le hice a Javier con motivo de la aparición del libro de DVD. Por puro azar de la vida, este año yo he publicado uno de mis libros favoritos, en verso y prosa (con 'Golpes de mar', agotado y descatalogado por Destino, y 'El testamento de amor de Patricio Julve', rescatado hace poco por Xordica). Javier Sebastián es un muy buen escritor, minucioso y ambicioso, y una persona estupenda. La foto de Javier es de Javier Vidal.]

 

 

¿Por qué le ha interesado este tema de Chernóbil, cómo llegó a él?

Me atraen los lugares abandonados, disparan mi imaginación. Lugares como los hoteles vacíos que había antes en Panticosa. Un poco como el hotel Overlook, de ‘El resplandor’. Casas vacías. Imagino vidas, canciones, niños haciendo los deberes en la cocina. Y de pronto todo eso ha desaparecido. El mundo está lleno de sitios de donde se fue la gente y ya nadie sabe dónde está. Un día supe que a tres kilómetros de Chernóbil hay una ciudad vacía, que es Pripyat. Allí vivían casi 50.000 personas, lo dejaron todo creyendo que iban a volver muy pronto. Allí quedaron sus ropas, sus fotografías, las mesas preparadas para la cena. Pero no pudieron volver. Mi novela ‘El ciclista de Chernóbil’ parte de la imagen de esa Pripyat evacuada, y de la de un anciano al que vi cómo abandonaban en un restaurante de París. Tenía que unir las dos cosas: una ciudad vacía y un hombre al que dejan solo. Así empieza todo.


Háblenos un poco de Vasia Nesterenko. Es un personaje real con un pequeño e importante cometido...

Nesterenko fue uno de los físicos nucleares más importantes de la Unión Soviética. Dirigió el ‘Proyecto Pamir’, un asunto militar que consistía en diseñar pequeñas centrales atómicas transportables para dar energía al lanzamiento de misiles intercontinentales. Un mes y medio después de entregar el primer reactor móvil explotó Chernóbil. De inmediato llamaron a Nesterenko. Junto con otros físicos, descubrió que entre 10 y 12 días después del accidente podían darse las condiciones para una explosión de naturaleza nuclear. Pero lo evitaron. Lo contó Nesterenko en el Georges Pompidou de París unos años más tarde. Dejó el ejército y fundó un instituto de asistencia a la gente que todavía hoy vive en zonas contaminadas. Lo amenazaban, intentaron matarlo dos veces. Ese fue Vasia Nesterenko, un hombre que, con sus debilidades, con sus contradicciones, transitó por donde los demás no nos atrevemos.


Resulta muy oportuna la publicación en este momento cuando Japón vive una crisis nuclear, derivada del terremoto, y el mundo reflexiona sobre esa energía.

Empecé a escribir ‘El ciclista de Chernóbil’ después de ver la primera exposición que se hizo en el mundo sobre Chernóbil. Las caras de miedo de los liquidadores cuando volvían de retirar los escombros radiactivos con la mano, la resignación, la voluntad de resistir, la risa a pesar de todo. Todo eso se me quedó dentro. Ya tenía la ciudad vacía que estaba buscando, ya tenía al hombre abandonado. Y me puse a escribir. Hablé con gente que estuvo la zona de exclusión, me entrevisté con las hermanas Zorina, dos colaboradoras de Nesterenko. Algo así, pensábamos todos, no volverá a pasar. Pero el viernes 11 de marzo, de madrugada, empecé a recibir sms en el móvil. Hablaban de la emergencia nuclear que había decretado el gobierno de Japón. Nesterenko, después de sobrevolar en helicóptero la central, dijo que había visto el infierno y que tenía un bonito color azul, tirando a morado.

¿Tiene una postura clara sobre la energía nuclear?

Kofi Annan, ex-secretario general de la ONU, habló de nueve millones de víctimas de Chernóbil, entre muertos, desplazados, enfermos, abortos, suicidios… La Academia Rusa de las Ciencias prevé 270.000 casos de cáncer, aparte de unos 200.000 casos ya diagnosticados atribuibles a la contaminación radiactiva de Chernóbil. El Laboratorio Nacional de Oak Ridge, en Estados Unidos, dice que desde 1944 hasta Chernóbil se produjeron en el mundo 284 accidentes de radiación catalogados como graves. El European Committee on Radiation Risk asegura que la radiación ha producido alrededor de 63 millones de cánceres en el mundo. Puedo seguir. Me remito a lo que dice la comunidad científica independiente. Y lo que dice es devastador.


¿Qué ha significado Chernóbil en la historia reciente del mundo?
En primer lugar, el colapso de la Unión Soviética. El presidente de la Unión de Liquidadores de Chernóbil, Youri Andreïev, que ahora vive en Viena, dice que el accidente fue en realidad un acto de sabotaje de los servicios de inteligencia occidentales, en respuesta al Proyecto Pamir. Aparte de eso, Chernóbil nos demuestra lo pequeño que es el mundo y lo corta que es nuestra vida en relación con este tipo de catástrofes, cuyos efectos son para todos y para siempre. Como dice Josep Ramoneda, director del CCCB, es también una metáfora de la sociedad del riesgo, que debe preguntarse qué está dispuesta a asumir y a cambio de qué beneficios. También es un desafío a los mecanismos de difusión de la verdad, porque la radiactividad y la mentira son hermanas gemelas.


¿Cómo ha sido la escritura, la documentación?

Una vez me entrevisté con un ruso que se inventó todo lo que me contó. Me pareció conmovedor, era la historia de un hombre que quería tener otra vida y yo le escuché. Era un verdadero novelista, de hecho sufría enormemente cuando me hablaba de ciudades subterráneas habitadas por esclavos, minas de uranio en las que enloquecían los hombres. Quizás un día escriba sobre él. Pero aquella charla no me sirvió para esta novela.


¿Entonces?

Sí, en cambio, me sirvieron los informes de la ONU, las entrevistas, he visto cientos de fotografías y vídeos. Valeri Legasov, que fue quien dio la versión oficial del accidente en Viena, se suicidó justo cuando empezaba a publicar en un pequeño diario de provincias sus notas sobre aquellos días de abril de 1986. El físico Chaadayev, que aseguraba que tenía pruebas de que la culpa había sido de un terremoto, desapareció. Hay 110 teorías sobre lo que pasó en Chernóbil. Al final, acumulas tanta información que acaba pesando demasiado sobre un texto que quiere ser una novela. No puedes ponerlo todo, aplastaría la ficción. Y entonces llega el momento de desescribir. Desescribir es tan importante como escribir. Por eso, me gustaría que esta novela se leyera como el principio de una averiguación, que el lector tomara el relevo.


La novela mezcla la ficción y la realidad. Aquí es difícil saber qué es ficción y qué es realidad, me refiero en Chernóbil, y en su novela casi también.

Chernóbil no admite un relato lineal, ni siquiera coherente. La devastación genera una literatura del silencio. Como en los ‘Relatos de Kolimá’, de Varlam Shalámov. Los personajes miran a su alrededor y callan. Individuos ínfimos que parece que se los va a llevar una corriente de aire. Me propuse un acercamiento, porque la radiactividad impone su distancia. Yo creo que cuando concurren en un texto como este los datos, la imaginación, las hipótesis, las voces de la gente que vive en los territorios contaminados y, sobre todo, la literatura, uno acaba haciendo un viaje sin mapas, y los viajes nos cambian. ‘Koba el temible’, de Martin Amis, fue para mí un modelo para este viaje sin mapas.


¿Y esos personajes secundarios, tan novelescos, con vidas que tienen algo de circenses, como de actores de película...?

Leí en un sitio que por la región de Polessia iba una maga diciendo que sabía cómo acabar con el estroncio 90 de los campos. La llamaban la maga Parasca y los alcaldes la tenían en mucha consideración. Y eso es verdad. Pura verdad. En la novela aparece un soldado que, después de ver el famoso gol de Maradona en la televisión, mejoró mucho su puntería matando perros asilvestrados por los alrededores de la central, una mujer que planta cebollas en forma de corazón sobre las tumbas de los muertos. También aparece el flaco Laurenti Bajtiárov, que canta canciones de Demis Roussos con gran sentimiento; Jvórost, el presumido, que viste un ceñido traje color vainilla; el matrimonio Jrienko, que se alimenta de gusanos y está pensando en comercializarlos. Todos ellos viven en la ciudad vacía de Pripyat y allí organizan una comunidad de supervivencia.


Habla de una celebración de la vida, de la alegría. ¿Puede celebrarse eso en este contexto?
Si hoy nos anunciaran el fin del mundo, haríamos un baile. Nos besaríamos. Y haríamos muy bien. Mis personajes tienen altibajos, pero, en general, están contentos. Se enamoran. Cantan. Incluso se arreglan un poco para salir a la calle, siendo que Pripyat es una ciudad desierta. El exsaqueador Jvórost, que en su vida anterior fue empleado en una pastelería de Minsk, suele ir con una flor en el ojal, dice que uno no debe perder nunca las formas.

¿Cómo podríamos definir la novela? Habla de novela de averiguación, de novela que otorga la voz a los muertos, a las víctimas, de novela-informe...
La novela es un relato sobre los resistentes. Sobre la ocultación. Sobre el silencio que dejan los escenarios devastados. Sobre la fragilidad de la vida. Y también en algunos momentos es una novela sobre la alegría, a pesar de todo. Los personajes de mi novela son muy generosos y ofrecen lo que tienen, que es compañía, conversación, poco más. Se tocan y se abrazan, aunque en ocasiones es para comprobar que no están hablando con muertos. Y Vasia Nesterenko va a todos lados en bicicleta porque quiere estar en forma, quiere vivir. ‘El ciclista de Chernóbil’ es una novela sobre la alegría de estar vivo.


¿Qué libros, qué autores le han abierto algunos caminos?

Antes he mencionado a Martin Amis, su manera de aproximarse a los hechos en ‘Koba el temible’ es admirable y literaria. Toda esa escritura de la desolación: el japonés Ibuse, Shalámov. Siempre Juan Rulfo. Un poco Ballard. Pero en mi novela creo que también hay huellas de autores enormemente vitalistas, como Zadie Smith o Julian Barnes. Leí los libros de los periodistas Wladimir Tchertkoff, Galia Ackerman, Alla Yaroshinskaia, Svetlana Alexeievich, Zhores Medvedev y otros, que me ayudaron a saber cosas, incluso a contarlas un poco como ellos. Practicando un distanciamiento que hace que los personajes se levanten solos. Como escritor me veo en los márgenes. En los márgenes se está bastante cómodo. En los márgenes hay menos radiactividad.

VILAS HABLA DE 'LOS INMORTALES'

Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) es muchos otros y él mismo. Su literatura, de atmósfera pop y de exaltación constante de una imaginación libre, está poblada por personajes que adquieren caracteres ambivalentes y por un Manuel Vilas que es un autorretrato y, a la vez, puro delirio y una forma de ironía. Y un ejercicio de autoficción. Vuelve a suceder en su nueva novela, 'Los inmortales' (Alfaguara), de estructura cervantina que presentó la pasada semana en FNAC y ahora lo hace en Madrid y Barcelona.

Ha dicho que este libro arranca de algunas de sus últimas experiencias con la muerte. ¿Por qué, a qué muertes alude?

A la de algunos amigos, que se han quedado por el camino demasiado jóvenes y a la de mi padre, que falleció en 2005. Él quería vivir, y su adiós también me llevó a preguntarme qué es y para qué sirve la vida. No aceptas la muerte: yo, como le sucedía a mi padre, tengo una ilusión por vivir. La vida me entusiasma y me exalta.Es como si, de repente, me diera cuenta de podemos desaparecer. Me he puesto en guardia. Yo también moriré y eso me ha puesto un poco nervioso. A mí me gustaría que la vida durase siempre, pasear al sol. Esa conciencia de la fugacidad me desarmó, y la literatura me ha ayudado a exorcizar esa revelación terrible.

¿No le habrá afectado la crisis también?

No creo. Yo soy optimista. El ser humano, y puede verse a alo largo de la histoira, ha evolucionado para mejor. A pesar de lo que está ocurriendo estamos viviendo el mejor momento histórico. Y dentrod e 300 años se vivirá mejor. Yo soy optimista, vitalista.

Claro. Por eso se entiende que parte de su novela se desarrolle en el año 22001.

Somos seres históricos. La historia del hombre es la de una aritmética constante. Y la imaginación literaria te lleva a explicar lo que sucede, a instalarte en la ciencia ficción, en la distopía, algo que también hacía J. G. Ballard.

Empecemos específicamente con el libro...

'Los inmortales' arranca con un hallazgo: en 22001 se descubre un manuscrito donde se cuentan las andanzas de un conjunto de criaturas escogidas para ser inmortales: el propio poeta o narrador que soy, Saavedra, el protagonista de esta historia...

¿Qué le debe este libro a 'El Quijote'?

A mí me fascina la vida de Cervantes, que encarna a la perfección su espíritu. En segundo lugar, 'El Quijote' es un libro decisivo que habla de los grandes valores de Occidente: en 'El Quijote' se ve el fundamento de la democracia y es una novela sobre la tolerancia. Y por último, a través de la inteligencia de Cervantes, queremos vivir la vida. Cervantes es indulgente y generoso, y la generosidad y la indulgencia son grandes virtudes de la especie humana. Y esa indulgencia la he trasvasado a 'Los inmortales', que es una novela sobre la indulgencia.

¡Nadie lo diría!

No se crea: en mi novela aparece un personaje como el de don Quijote, ese Saavedra vitalista y poliédrico, y otro que emula a Sancho. En el fondo esta es una novela de parejas: Picasso y Vincent Van Gogh, la madre Teresa y el Papa, Virgil y Fede... La novela avanza porque existe un interlocutor que le hace compañía a cada personaje. Eso conlleva otro aspecto: la derrota de la soledad. Querría no estar solo nunca. Con los diálogos intento dar una lección de vida. Soy un vitalista.

Por cierto, una de las grandes parejas del libro es la de Hilter y Stalin. ¿Cómo lo explica?

Eso que hago yo con ellos, distorsionarlos, inventarles otra vida, no es nuevo: los convierto en personajes de la cultura pop, pero eso ya lo hizo antes Andy Warhol. No es frívolo exactamente, eso es la literatura: una vuelta de tuerca más a la realidad. En mis libros se diluye la realidad, se transforma, y eso también es cervantinismo, es la verdad de las mentiras.

Usted establece su propio código que le permite hacer y decir lo que le dé la gana, ¿no?

Hay como un desafío a la lógica y mis libros no hay que leerlos de manera lineal, buscando la estricta verosimilitud: siempre hay un desafío, un riesgo.

Por cierto, sus libros son muy culturalistas, exigentes con el lector. ¿Para quién escribe?

'Los inmortales' es un libro de historias y de personajes de amplio espectro, político y cultural.

Ha dicho que 'Los inmortales' es una novela de caballerías...

Desde luego. Es una novela de caballerías invertida, es decir una parodia, y ahí establece otro vínculo con Cervantes. El personaje que encuentra el manuscrito, Aristo Willas, manda a Corman Martínez, el último comunista, que visite todos los McDonald's del mundo. Y algo así solo puede darse en una novela de caballerías del siglo XXI, donde se produce una reunión de poetas en la luna.

¿Qué valor le da al humor?

Todos mis libros son libros de amor. El humor es otra de las formas del amor, un amor muy libre que rebaja la solemnidad. El humor es una búsqueda del otro y está muy presente aquí. El humor nos hace a todos más humanos.