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Antón Castro

Escritores

EL ARCHIVO DE MUÑOZ MOLINA, DONADO A LA BIBLIOTECA NACIONAL

Antonio Muñoz Molina dona su archivo personal

a la Biblioteca Nacional de España

 

 

*Nota de la Biblioteca Nacional

 

El patrimonio bibliográfico español se ha visto significativamente  incrementado gracias a la donación del archivo personal de Antonio Muñoz Molina. El escritor y académico ha considerado a la Biblioteca Nacional de España como el lugar más idóneo para albergar algunos de los frutos de su trabajo como escritor. Entre los documentos donados se hallan cuadernos con notas extraídas de sus lecturas, borradores de algunas de sus novelas, papeles preparatorios, poemas inéditos de juventud y una obra de teatro igualmente inédita escrita hacia el año 1974.

 

El generoso gesto de Muñoz Molina tendrá grandes ventajas tanto para la conservación y seguridad del archivo como para su difusión, favoreciendo la investigación de la obra no sólo en el momento presente sino también en el futuro.

 

Desde hace ya varios años la Biblioteca Nacional de España está realizando una campaña de promoción del donativo de archivos entre las personalidades de la cultura hispánica, habiéndose conseguido, entre otros, el de Jorge Guillén, Federico Senén, Gabriel Alomar o Joan Margarit, de más reciente adquisición. La Institución dispone de una aplicación informática creada expresamente para procesar los archivos personales, en la que especialistas bibliotecarios realizan una minuciosa descripción de todos y cada uno de los documentos que los componen. De esta forma, las cartas, fotografías, agendas, notas manuscritas, etc. de un autor no se disgregan sino que siguen integrando un conjunto unido, tal y como estaban en posesión del autor, lo que facilitará la tarea del investigador.      

 

La Biblioteca Nacional de España, como conservadora y difusora del patrimonio bibliográfico español, a la vez que promotora de la investigación hispánica, agradece y felicita a Antonio Muñoz Molina por su acto altruista, así como anima a la comunidad científica y literaria a imitar el ejemplo.

 

*En la foto, Antonio Muñoz Molina con su compañera Elvira Lindo en una foto de internet que pertenece al 'El País'.

 

HA MUERTO ENRIQUE ASÍN CORMAN, BIÓGRAFO DE FLORENTINO BALLESTEROS

HA MUERTO ENRIQUE ASÍN CORMAN, BIÓGRAFO DE FLORENTINO BALLESTEROS

[Esta noche, a los 64 años de edad, moría el escritor, dibujante y apasionado de los toros Enrique Asín. Hace un par de años, publiqué en ‘Heraldo de Aragón’, este retrato de Enrique Asín Cormán, biógrafo de Florentino Ballesteros y dueño de un espléndido Museo Taurino.]

 

 

ENRIQUE ASÍN CORMÁN HA FALLECIDO

Enrique Asín Cormán era como un caballero de antaño: elegante, señorial, un enamorado de la belleza, del romanticismo y del arte. Halló en la tauromaquia un universo ideal de incitaciones. De niño, su abuelo Jesús Cormán, ‘el Cojo’, lo llevaba al Coso de la Misericordia y le hablaba de la ‘Edad de Oro’ del toreo aragonés, cuando Herrerín y Ballesteros provocaban suspiros de emoción y alguna reyerta a bastonazos en los aledaños de la plaza. Poco después, de estudiante en Madrid, se hizo asiduo del Museo Romántico y era un merodeador insomne de las Ventas, que olía a almizcle y a vaharada espesa de humo. Volvió a casa con el gusanillo de los toros en la cabeza y en la sangre, y a ese mundo le dedicó muchos esfuerzos. Fue adquiriendo una colección de fotos, trajes, carteles, cuadros, dibujos, estampas, maquetas, espadas, periódicos y revistas, y creó el Museo Taurino en Blas Ubide 12+1. Su local era un foco de encuentro y de tertulias donde los aficionados y amigos de Enrique parloteaban, comían y bebían a sus anchas. Su mujer María Jesús era familiar del litógrafo Portabella y así consiguió carteles y pruebas de impresión. Un día, a Enrique la vida empezó a darle latigazos terribles: se murieron su mujer y su propia hermana, se arruinó, y peleó contra la fatalidad. Intentó que su amada colección se quedase aquí, en vano, y para resistir tuvo que vender algunas piezas espléndidas. En 2009, una parte de ese patrimonio se expuso en el Palacio de Sástago. Gusten o no los toros, ahí pudo verse un impresionante legado cultural de casi tres siglos. Enrique, que tiene algo de diletante trágico, ni pudo asistir a la inauguración: sufrió un accidente en una cadera y desde el hospital soñó que contaba a los asistentes el cuento de los toros. Una loca pasión por la fiesta: esa orgía del amago, del vértigo y la muerte.  

EL PÚGIL TOM MOLINEAUX

EL PÚGIL TOM MOLINEAUX

[El escritor zaragozano Antonio Cardiel, que reside en Barcelona desde hace años y que viaja constantemente al Pirineo, es un gran aficionado al boxeo. Próximamente publicará un libro, que tiene mucho de crónica y de búsqueda de un púgil, titulado ‘El boxeador’. Estos días, tras un viaje a Londres, me ha enviado esta nota y este dibujo Tom Molineaux. Aquí está la historia completa.]

 

HISTORIA DE TOM MOLINEAUX, BOXEADOR

Por Antonio CARDIEL

 

Siempre que hacemos un viaje al extranjero me gusta traerme algún objeto de recuerdo. Cuando fuimos a Londres a comienzos de 2012, pensé que estaría bien conseguir algún grabado o fotografía de boxeadores, no en vano Inglaterra es la cuna del boxeo moderno, donde se celebran combates con regularidad desde comienzos del siglo XVIII, y Londres, por su parte, la plaza más importante de Europa en anticuarios.

Pues bien, a pesar de todas las expectativas, apenas pude encontrar objetos relacionados con este deporte en los diferentes anticuarios que visité (alguna fotografía ya del siglo XX, cromos sueltos y enmarcados, guantes…). Pude, no obstante, conseguir dos estampas, lo que los ingleses llaman print, ambas de mitad del siglo XIX.

La primera es una lámina de 1840, comprada en el mercado de Portobello el sábado 7 de enero de 2012, que representa al peso pesado negro Tom Molineaux. Es copia de un dibujo en color realizado por el pintor Robert Dighton en 1812 y que se conserva en la National Portrait Gallery de Londres.

Tom Molineaux fue un peso pesado nacido en 1784, en Virginia, Estados Unidos. Era esclavo y fue entrenado por su padre. Tenía un hermano gemelo también boxeador. Peleó contra otros esclavos para entretener a los dueños de las plantaciones de Virginia. Debido a las ganancias que obtuvo con estos combates, pudo comprar su libertad, momento en el que emigró a Gran Bretaña en busca de fortuna.

Pasó gran parte de su carrera pugilística entre Gran Bretaña e Irlanda, países donde protagonizó notables sucesos. Hizo su primer combate en Inglaterra el 24 de julio de 1810, venciendo a Jack Burrows en 65 minutos. El 3 de diciembre de 1810 peleó por el título inglés de los pesos pesados contra Tom Cribb, otro boxeador legendario, que era el favorito del público y en las apuestas y quien finalmente ganó. Ambos boxeadores se enfrentaron de nuevo el 28 de septiembre de 1811 ante 15.000 personas, en otro de esos combates legendarios de la historia del boxeo. En el decimoprimer asalto, Cribb le rompió la mandíbula.

Su carrera como boxeador terminó en 1815. Fue encarcelado por deudas y terminó sus días arruinado y alcoholizado en Dublín, ciudad donde murió a los 34 años.

EL CENTENARIO DE UN POETA: ILDEFONSO-MANUEL GIL (1912-2003)

ILDEFONSO-MANUEL GIL

El poeta de la autenticidad cumple un siglo

 

 

[Hace cien años, nacía en Paniza el humanista y escritor de la Generación de 1936, que fue condenado a muerte y dirigió la Institución Fernando el Católico]

 

ANTÓN CASTRO / Zaragoza

Tal día como hoy, hace exactamente un siglo, en Paniza, Zaragoza, nacía el humanista, escritor y profesor Ildefonso-Manuel Gil. Poco después, se trasladaría a Daroca. Diría años después Ildefonso: “Mi vida ha sido como la del niño de ‘Cinema paradiso’. Me gustaba el cine mudo y el teatro. Mi padre alquiló, con otros socios, el Teatro Cervantes de Daroca. Yo hacía teatro con un amigo, Luis Bobed, representábamos fragmentos de los libros de preceptiva literaria y cobrábamos la función a unos céntimos”. Recreó su infancia en ‘Un caballito de cartón’ (Xordica, 1996), donde habla de la revelación de la literatura, de sus paseos por las colinas al ocaso con su padre y del clima de amistad y creatividad incesante que vivía con su hermana Victoria, que tocaba el piano y murió joven: hacían juegos de palabras, construían diccionarios de casi todo y leían los poemas de Bécquer.

Pronto se inclinaría hacia las letras. Estudió el bachillerato y decidió matricularse en Derecho, entre otras cosas porque veía que “muchos escritores habían hecho esa carrera”. Se trasladó a Madrid con su madre, que le financiaría su primer libro: ‘Borradores’ (1931), que nacía del deslumbramiento por el poeta sevillano, por Gabriel y Galán, y Campoamor. Madrid fue determinante para él: conoció a Benjamín Jarnés, al que traería de excursión a Daroca, a José Antonio Maravall, a Francisco Ayala, a Ricardo Gullón, que serían sus grandes amigos. Y en 1934, tras haber pasado muchas horas en la Biblioteca Nacional y haber asimilado la lírica de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y la Generación del 27, publicó un poemario mucho más maduro: ‘La voz cálida’. El escritor y bibliófilo José Luis Melero, uno de sus grandes amigos de sus últimos años, dice: “Me gustaba mucho hablar con él, porque no quedaba ya nadie en Zaragoza que pudiera hablarnos, no de oídas, sino de primera mano, por haberlos conocido o mantenido amistad, de escritores como Jarnés, Sender, Juan Ramón, los Machado, García Lorca (a quien conoció con la Argentinita en el Teatro Español de Madrid), Pedro Luis de Gálvez (de quien no se libró del consabido sablazo), Seral y Casas, el vanguardista aragonés Antonio Cano...”

Poco más tarde, obtuvo una plaza de funcionario en Teruel y allí le cogería la Guerra Civil. Fue denunciado, detenido y condenado a muerte, y pasó siete meses y diez días en el Seminario, esperando que le viniesen a buscar para ser ejecutado. Esa sensación de terror diario y de pesadilla la narró en su novela testimonial, ‘Concierto al atardecer’ (DGA, Crónica del Alba, 1992). Al terminar la contienda se trasladó a Zaragoza y trabajó en el colegio Santo Tomás de la familia Labordeta, en Sagrada Familia, en HERALDO de administrador, en los tiempos de su gran amigo Pascual Martín Triep, y en la Universidad de Zaragoza, como ayudante de Francisco Ynduráin. Recuerda Eloy Fernández Clemente, primer premio de las Letras Aragonesas: “Había sido profesor mío en Letras, a comienzos de los sesenta; luego nos escribimos cuando estaba en los Estados Unidos, y el reencuentro fue para siempre, y de tú a tú, pues daba y pedía mucho cariño: muchos miércoles, a media mañana, tomábamos café al que solía acudir Pilar, su esposa. Y volaban mil asuntos, proyectos, ideas... Me gustaron mucho su primeriza novela ‘La moneda en el suelo’ y el tardío ‘Concierto al atardecer’, sobre la espera de la muerte, en el Teruel en guerra. Cuidaba muchísimo los textos, los poemas. Era un artista de la palabra”.  

Entonces, redactaba poemas y escribía ensayos en el café Ambos Mundos o en el Niké, colaboraba con un yugoslavo en la traducción de Lorca, tenía un sastre en la calle San Miguel que le habló de Pessoa, y celebraba distintas tertulias con amigos tan entrañables para él como José Manuel Blecua, José Orús, José Alcrudo o Manuel Alvar. En 1945 publicó el que algunos consideran su mejor libro de versos: ‘Poemas del dolor antiguo’. Señala Antonio Pérez, estudioso de la poesía aragonesa contemporánea: “Se trata de uno de los mayores esfuerzos por la recuperación en la poesía española de una voz personal y sincera. El poeta alcanza un tono comedido pero profundo desde el que poder apenas insinuar las causas de tanto sufrimiento; el poema nace, así, desde el temblor íntimo. Supone, al mismo tiempo, una apuesta por la vida, por la felicidad que radica en las cosas pequeñas y cercanas (la naturaleza, la familia)”. Al año siguiente apareció ‘Homenaje a Goya’.

En aquellos años de posguerra alternó la lírica con la novela: firmó textos en prosa como ‘La moneda en el suelo’ y ‘Juan Pedro el dallador’. En 1962, casado ya con Pilar Carasol, que había sido alumna suya, y padre de cuatro hijos, aceptó una invitación de Francisco Ayala para dar clases en Nueva Jersey. Permaneció más de veinte años como profesor y ensanchando su obra literaria. Y allí nacería su quinta hija, Victoria.

En 1985, regresó definitivamente a Zaragoza; se instaló en la calle Costa, fue nombrado director de la Institución Fernando el Católico. “A mí me emocionaba mucho entrar en su despacho y ver enmarcado y colgado en la pared el sobre de una carta de Juan Ramón a Ildefonso, escrito con su letra picuda e inconfundible, y en el que se leía el nombre y la dirección del poeta en Daroca. Eso no podías verlo en ninguna otra casa de Zaragoza. Eso era un signo de distinción incomparable”, recuerda Pepe Melero.

Ildefonso fallecía en 2003 a los 91 años de edad. Narrador, ensayista, traductor de Camaoens, se había sentido esencialmente poeta. Poeta de la vida y del amor, del paisaje y de la muerte, de la familia. Insiste Pérez Lasheras: “El rasgo más destacado de su poesía es la autenticidad: Ildefonso fue un poeta auténtico en toda su larga trayectoria, lo que supone escribir solo cuando se tiene algo que expresar y hacerlo desde la coherencia vital y estética, personal e intelectual”. Él y Melero coinciden en su importancia: “Escribió mucho y bien. Fue con Miguel Labordeta el más importante poeta aragonés del siglo XX, el de mayor obra y el que más eco ha tenido”. La Fundación Comarca de Daroca le recordó este fin de semana; al siguiente será objeto de otro homenaje en Paniza.

 

*Este texto apareció ayer en Heraldo de Aragón.

UN SIGLO DE ILDEFONSO-MANUEL GIL

EVOCACIÓN DE ILDEFONSO-MANUEL GIL

 

Tal día como hoy, un 22 de enero de 1912, nacía el autor de ‘Concierto al atardecer’ en Daroca [Recupero este artículo publicado hace algunos años en ‘Heraldo’ / Artes & Letras]

 

Ildefonso-Manuel Gil decía: “Mi vida ha sido como la del niño de ‘Cinema paradiso’. Me gustaba el cine mudo y el teatro. Mi padre alquiló, con otros socios, el Teatro Cervantes de Daroca. Yo hacía teatro con un amigo, Luis Bobed, representábamos fragmentos de los libros de preceptiva literaria y cobrábamos la función a unos céntimos”. Aquel periodo de su niñez en Daroca era como el cuento feliz del que no quería desembarazarse. Recordaba una y otra vez los tratos con los gitanos, las visitas al castillo, los relatos legendarios de moros y princesas encantadas, la revelación de la literatura, incluso de la pornográfica como “La novela nocturna”, y sobre todo la presencia de Victoria, su hermana mayor, con la cual hacía juegos de palabras, construían diccionarios portátiles y absurdos, y luego la oía tocar el piano. Otra emoción insustituible eran los paseos con su padre, farmacéutico, por la vega, entre los pinos y el paisaje. Daroca, que se estaba convirtiendo en una región literaria, quedaba atrás como una ciudad ocre e íntima, encerrada entre murallas y torreones altivos. Empardecía en los collados y los cazadores cantaban a lo lejos entre perros y un polvo de oro.



El estudiante de Escolapios se examinaba en Zaragoza. Hubo un momento en que, deslumbrado por Gabriel y Galán, Campoamor y Bécquer, decidió ser escritor. Leía la solapa de los libros o las notas de autor y comprobaba que muchos de ellos se habían licenciado en Derecho, así que optó por esa carrera, que simultanearía, ya en Madrid, con la de Filosofía y Letras. Muertos prematuramente su padre y Victoria, la familia (la madre, Ildefonso y su hermana Antonia, otro ángel tutelar y casi inadvertido de su existencia) se las apañó como pudo. El joven poeta publicó “Borradores” (1931), y se zambulló en aquella orgía de letras que era Madrid. Conoció a Jarnés, al que visitaba con frecuencia en su casa, y vivió de cerca su pasión clandestina y no correspondida por la novelista Rosa Arciniega, conoció a Rafael Alberti y María Teresa León, “la mujer más bella de Madrid, en efecto”, a Maruja Mallo, que había sido novia de Alberti, iba a serlo de Miguel Hernández y era la mujer “que mejor maldecía de todo Madrid”. Y conoció a Juan Ramón Jiménez, hipersensible y frágil, protegido como un niño asustado por su enfermera de amor, Zenobia. Y visitó a Pedro Salinas, que poseía en casa una jaula de oro y una colección enorme de discos de piedra.

Esos amigos y esa literatura en expansión abonaron su segundo libro: “La voz cálida” (1934). El escuálido muchacho de Paniza y Daroca ya no era un “paleto deslumbrado” por la Biblioteca Nacional. Vivir, hasta entonces, había sido un don, con algunas sombras, que le regaló experiencias, nuevos amigos (Seral y Casas, Ayala, Maravall, Mingote, Sender) una vocación para siempre e incluso amores locos. “Siempre he sido muy enamoradizo. Mi fervor por la pasión nace de la felicidad que yo sentía en los enamoramientos”.

Se marchó a Teruel como funcionario del Estado. Apenas llegó, estalló la Guerra Civil y fue encerrado en el Seminario bajo la amenaza incesante del fusilamiento, la suerte que corrieron tantos otros compañeros. El horror se instaló en su cerebro y en la piel como un estigma inevitable. Sobrevivió. Aquellos siete meses y diez días de incertidumbre reaparecerían una y otra vez en el insomnio y en la escritura. Regresó a Zaragoza y se reenganchó a la vida: dio clases en Santo Tomás, Sagrada Familia y particulares a deshoras, escribió manuales de literatura casi a medianoche en el café Niké, ayudó a un yugoslavo a traducir a Lorca, conoció a un sastre esperantista que le condujo a Pessoa, y fundó una familia: otro centro germinal de su existencia, que ahondó su visión de la añoranza y de la vitalidad. Pilar Carasol, una muchacha de instituto, 14 años más joven que él, venció la huella de todas las novias para ser la única novia, la musa de la luz. Ildefonso hizo otras muchas cosas: asentó su poesía, se descubrió narrador, ensayista, traductor de éxito de Camoens. Incluso fue administrador de “Heraldo” a la sombra de Pascual Martín Triep, periodista, fotógrafo y experto gastrónomo bajo el seudónimo de Fabio Mínimo.

En 1962, asumió otro riesgo: emprendió la aventura norteamericana en Nueva Jersey. Allí nacería Victoria, la quinta de sus hijos. Con esas maletas de viajero, regresó en 1985 a Zaragoza, Daroca, Paniza. En estos 17 largos años halló lo que había soñado: amigos (escritores jóvenes y veteranos), reconocimiento oficial, editores y lectores, cariño a espuertas, respeto, y multiplicó su producción literaria con “Concierto al atardecer”, con multitud de poemarios, uno de los más bellos fue “Por no decir adiós”, con sus memorias que aparecieron en Xordica: “Un caballito de cartón” y “Vivos, muertos y otras apariciones”. El cuento de su vida se cerró con un final feliz, hasta que, ya nonagenario, la muerte acudió a cerrarle los ojos. Por eso, entró sereno en el nuevo cielo y en la nueva tierra... Apenas, unos meses más tarde, Pilar Carasol, la musa de sus versos, la luz esencial de su lírica, acudió a su lado.

LAURA FREIXAS: UNA ENTREVISTA

LAURA FREIXAS: UNA ENTREVISTA

[Laura Freixas presentaba el pasado martes, en Cálamo, su última novela: ‘Los otros son más felices’ (Destino, 2011), el relato de una joven manchega que va a pasar el verano con una familia burguesa y cultura de Cataluña. Esta foto es de Dani Duch, un estupendo fotógrafo de 'La Vanguardia'.]

 

“Toda familia tiene una gran

novela en potencia”

  

¿Cómo nace esta novela? ¿Qué relación tiene con sus orígenes?

EL punto de partida es autobiográfico, como en todo lo que escribo. Soy hija de dos familias, una castellana, pobre, de pueblo, y la otra catalana, burguesa y de ciudad. Pero eso es sólo el punto de partida; luego, los acontecimientos de la novela son inventados. E incluso he cambiado la región de origen: sustituí Castilla La Vieja, de donde son originarios mis abuelos (concretamente de la región de la Sierra de Gredos), por La Mancha, porque La Mancha tiene una doble connotación: evoca deshonra (‘mancha’) y a la vez ha producido la mayor obra de arte de la historia de España, el Quijote. Además, su paisaje es mucho más original que el de  Gredos.

 

¿Ha querido escribir una novela de formación?

En efecto. En cierto sentido todas mis novelas hasta ahora son novelas de formación; retratan el paso de la inocencia a la experiencia, de la primera juventud a la madurez, por caminos a la vez sentimentales, intelectuales y sociales.

 

Ha dicho que las personas que han condicionado su formación son tu madre, Franco y Simone de Beauvoir. ¿Podrías explicárnoslo?

Sí, es el título de una conferencia que suelo dar en el extranjero. Elegí ese título porque es pintoresco, pero también responde a la verdad. Mi madre, una mujer que estudió de mayor, que culturalmente se hizo a sí misma, y que es una gran lectora -no sólo porque lee más de cien libros al año sino por su criterio, su gusto, que es infalible-, me abrió las puertas de la literatura. Franco también, en el sentido de que la vida bajo el franquismo era  tan aburrida, gris, mediocre, hasta ridícula, que había que huir de alguna manera; Terenci Moix, Marsé o Maruja Torres soñaban con las películas de Hollywood, pero en mi casa éramos poco cinéfilos, no teníamos televisión, y en cambio devorábamos novelas francesas.

 

¿Y Simone de Beauvoir?

En una España donde no había modelos femeninos que valiera la pena imitar (no íbamos a tomar como referente a Carmen Polo, ¿no?, ni a Lola Flores...), Simone de Beauvoir era mi ideal. 

 

¿Por qué se tiende a creer que las otras familias son más perfectas que la nuestra?

En general no vemos a los otros como son, sino que proyectamos en ellos nuestros sueños, como en una pantalla de cine, y tendemos a creer que tienen lo que nosotros no tenemos.

La novela transcurre entre dos ambientes: uno rural, de escasa cultura, y otro más elevado, con una marcada presencia de la pintura y la creación. ¿Qué quería probar?

Me he movido toda la vida entre dos mundos, muy representativos además de lo que ha sido la Europa de mediados del siglo XX, tan marcada por los ascensos sociales y las migraciones interiores: el mundo rural u obrero y el burgués. Compararlos, evaluarlos, ver qué hay de positivo y negativo en cada uno de ellos, me parece un ejercicio muy enriquecedor. Lo sigo haciendo.

Hay un momento en que dice Áurea: “En mi casa no se hablaba de nada”. ¿De qué habla la gente modesta?

De nada, en efecto, o de nada interesante. Esa es su verdadera pobreza: el esquematismo con que perciben el mundo y a sí mismos; y la verdadera riqueza, para mí, de los ricos, la más valiosa, al menos de los ricos antiguos, es su riqueza cultural, la que les permite disfrutar de un cuadro o de un ópera, interpretar un paisaje o analizar los sentimientos.

La joven, cuando llega a la casa de la familia Soley, está leyendo ‘Jane Eyre’ y Marina, la hija de sus anfitriones, a Pla...

Pla es el escritor que mejor encarna y condensa cierto espíritu catalán conservador, con el que se identifican los Soley por mucho que jueguen a la bohemia. En cambio Jane Eyre es un modelo para Áurea -aunque ella haya elegido la novela por casualidad-: una mujer que no es ni rica, ni noble, ni agraciada, pero que gobernará su propio destino. 

¿Has querido contar, en cierto modo, el acceso de una joven al universo cultural y social de Cataluña?

Áurea vive una suerte de descubrimiento del país: accede al arte, a sus pintores, a los escritores, al propio lenguaje... Sí, yo quiero y admiro mucho a Cataluña, aunque sólo me siento catalana a medias, o tal vez por eso, digamos que la aprecio a medias desde dentro y a medias desde fuera. 

Áurea solo ve a los Soley en tres ocasiones. ¿Qué es lo que ejerce sobre ella esa fascinación?

Áurea se siente imantada no tanto por lo que los Soley son, sino por lo que representan: la libertad, el refinamiento, los viajes, el protagonismo social... Y Marina, concretamente, por ser mujer y de su misma edad, le sirve como un modelo o referente inmediato. Marina representa una cierta España del último cuarto del siglo XX: la progresía, la ‘gauche divine’, el pelotazo... No sé si todas las familias tienen un secreto doloroso, pero estoy segura de que toda familia es una gran novela en potencia; para escribirla sólo necesita un/a novelista.

Muchos y muchas han escrito que “el siglo XX ha sido el siglo de la mujer”. ¿Qué será el siglo XXI?  

La frase es bonita, es rotunda, pero sólo es cierta a medias. La lucha por la igualdad tiene muchos siglos y aunque el XX ha presenciado grandes avances, todavía estamos muy lejos de haber conseguido el objetivo.

Desaparece prácticamente el Ministerio de Cultura y la dirección General del Libro. ¿Es una medida correcta?

Me parece un síntoma del poco interés que la derecha de este país ha sentido siempre por la cultura (excepto si acaso como industria) y por la literatura.

BRIAN McCABE, EN ANTÍGONA HOY

BRIAN McCABE, EN ANTÍGONA HOY

Recibo un email del sello zaragozano Jekill & Jill en el que me dicen que acaban publicar un nuevo libro: ‘El otro McCoy’ de Brian McCabe. Aún no he podido ver físicamente la novela. Dicen los editores: “Hoy jueves, día 19, lo presentaremos en Antígona, a partir de las ocho de la tarde; y el sábado 21 lo haremos en Barcelona, en el bar Musical Maria, a las ocho de la tarde, de la mano de la librería Pequod Llibres. En los dos actos contaremos con la presencia de su autor, Brian McCabe, que viene de propio desde Edimburgo para presentar la edición en castellano de su novela (publicada en 1990 por Mainstream, Reino Unido)”. Esta foto está firmada por Marianne Robertson.

JUAN CRUZ VISITA PORTADORES

[Recibo esta amplia nota de Eva Cosculluela y Félix González de Los Portadores de Sueños. Regresa Juan Cruz a su librería con ‘Contra el insulto’ (Turpial).]

 

Juan Cruz, en una foto de archivo de Alfaguara.

Inauguramos las presentaciones en 2012 con un escritor muy querido para nosotros: el próximo jueves 19 de enero a las 20h, JUAN CRUZ visitará la librería y conversará con Luis Alegre para presentar CONTRA EL INSULTO (Ediciones Turpial), un libro donde reflexiona acerca de como “El insulto se ha instalado como rutina perversa en la sociedad española actual. De la mañana a la noche, a través de diversos medios de comunicación, una cascada de palabras gruesas y afirmaciones ofensivas nos inunda día tras día, con cualquier pretexto y casi total impunidad”. Contaremos también con la presencia de Ediciones Turpial y, como de costumbre, al terminar la presentación tomaremos un vino juntos por cortesía de la D.O. Cariñena.

CONTRA EL INSULTO

“Los amigos de Turpial me pidieron que escribiera sobre el insulto a raíz de un reportaje que publiqué en el periódico El País acerca de la extremada bajeza a la que había llegado el periodismo y la vida española en tiempos recientes. Fue para mí como un desahogo, pues la tendencia a insultar está por doquier, todos caemos en ella, y la educación recibida no parece afectar a quienes protagonizan (protagonizamos) el uso frecuente del descrédito del otro.

 

Aquel reportaje, que es la base sobre la que me pidieron que preparara este pequeño volumen contra el insulto (y así lo he titulado), me llevó a hablar con algunas personalidades preocupadas por el lenguaje y también por la conducta de las personas en relación con los demás; hablamos sobre la raíz del insulto, sobre la impunidad en que éste se produce, por vacíos legales o o por indolencia social, sobre la inmunidad que conlleva el ejercicio avieso de esta mala costumbre social. Es una vieja obsesión mía, como periodista pero sobre todo como ciudadano, como persona: qué permite convertir en insulto la opinión, qué mecanismo psicológico abre en el ser humano la posibilidad de arremeter contra los demás, con palabras, hasta herir su dignidad en lo más íntimo. Qué tiene el hombre que le convierte en una bestia para el otro, qué nivel de odio llega a almacenarse para que lo que se puede decir sin ofender sea exactamente una ofensa.”


El autor se ha rodeado de un nutrido grupo de personalidades como Emilio Lledó, Diego Galán, Manuel Rivas e Iñaki Gabilondo para desentrañar los mecanismos que han permitido que el lenguaje de las injurias se generalice entre nosotros.


Juan Cruz Ruiz nació en el Puerto de la Cruz, Tenerife, el 27 de septiembre de 1948. Periodista, escritor y editor, al hilo de su trabajo se ha convertido en un viajero infatigable. Autor de más de una veintena de libros de distintos géneros, ha recibido, entre otros, el Premio Benito Pérez Armas (Crónica de la Nada hecha pedazos, 1972), el Premio Azorín de novela (El sueño de Oslo, 1988) y el Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias (Egos revueltos. La vida literaria: una memoria personal,2009). Su andadura como periodista comenzó a los trece años y desde 1976 ejerce su profesión en el diario El País, del que es miembro fundador. Colabora también en radio y televisión, imparte conferencias y cursos en numerosos países, y escribe frecuentemente en su blog, denominado Mira que te lo tengo dicho.

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Os esperamos el jueves 19 de enero a las 20h en Los portadores de sueños (Blancas, 4 • ZGZ).