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Antón Castro

Escritores

CUENTO DE NORBERTO LUIS ROMERO

CUENTO DE NORBERTO LUIS ROMERO

EL SUBMARINISTA

 

El submarinista se topa con una sirena. Incrédulos, ambos se quedan quietos observándose con curiosidad. Para ella se trata de un ser que nunca ha visto en su vida, no logra precisar si se trata de un pez u otro animal. El submarinista también la observa sobrecogido ante la realidad de una leyenda. Al cabo de un largo rato, a ella se le agota el interés y huye a su refugio; a él se le agota el oxígeno y muere.

 

Norberto Luis Romero.

Llucmajor, noviembre, 2008

KAFKA, POR MARCHAMALO & FLORES

KAFKA, POR MARCHAMALO & FLORES

Kafka, el oficinista

 

Por Jesús MARCHAMALO

Una vez, asomado a la ventana de la casa de sus padres, fue señalando los lugares de la ciudad que, a modo de puntos cardinales –norte, sur, este y oeste-, delimitaban su mundo, minúsculo y pequeño como el de los relojes. La casa en la que había nacido; detrás, el instituto; un poco más allá, la universidad en la que se licenció en Derecho, y al lado de la plaza, la oficina. Un edificio de aspecto vagamente austrohúngaro que era la sede del Instituto de Seguros contra Accidentes de Trabajo, donde empezó como pasante y donde, con los años, fue ascendiendo hasta ser vicesecretario y secretario. Todo accesible, cercano, próximo. Tanto que a veces tenía la impresión de no haberse movido nunca.  

Porque de aquellas callejas empedradas de su odiada Praga, imperial, imposible, que recorría a diario –tiqui, tiqui- con paso apresurado y unos zapatos negros, sólo salió un par de veces, tres como mucho: alguna excursión, algún viaje corto, además de sus escapadas en tranvía. Solía cogerlo hasta la última parada, donde terminaba la ciudad, vestido siempre de negro -como un enterrador-, camisa blanca y lazo o pajarita, y un extraño, simpático bombín en la cabeza. Alto como un pararrayos.

Allí se lo cruzaba, a menudo, Vera Nabokov. Y de él recordó toda la vida su palidez extrema, la tirantez de su piel en la cara, y los ojos brillantes, azules y brumosos, afilados como los de un hipnotizador, un mago.

Trabajó durante años, de ocho a dos, en un despacho al que se llegaba por un pasillo umbrío lleno de archivadores, donde olía a tabaco rancio, y a goma de pegar. Un opresivo universo de bandejas de baquelita, plumas fuente, sellos de caucho, informes -a veces un plato de peras-, y un reloj que marcaba la frontera entre el mundo real, por las mañanas, y la literatura, por la noche, en su casa, con luz artificial. Folios y folios que destruía a menudo, o que escondía en el piano.   

Tuvo dos o tres novias a las que mandaba cartas, con las se prometía y nunca se casaba, y un padre omnipresente y burocrático. Un hombre de aspecto decimonónico, con bigote, esclavina y anillo, con pinta de intendente o potentado, al que una vez llevó uno de sus libros, recién salido de la imprenta. “Déjalo ahí, en la mesa”, le dijo con desgana -la mano regordeta, indolente y exangüe-, incómodo porque le había interrumpido.  

Antes de morir dejó dicho que destruyeran todo cuanto había escrito. Que hicieran un montón de cuartillas y folios, y holjas sueltas de notas, y lo prendieran fuego. O eso entendió Max Brod, su amigo, que no le hizo ni caso. Así podemos leerlo ahora; lo desasosegante, lo indecible, esa obsesión tan suya, tan… kafkiana.  

Un día escupió sangre. Tiempo después murió. Y fue su última novia, Dora Diamant, una actriz, quien, teatral como correspondía, se acercó hasta la cabecera de la cama, y le cerró los ojos.

 

*El viernes me llegó el libro ’44 escritores de la literatura universal’ (Siruela), de Jesús Marchamalo, con ilustraciones de Damián Flores. Se trata de un libro precioso, una auténtica maravilla del daguerrtotipo literario corto. Cuelgo aquí el retrato de Kafka, por cortesía de Jesús Marchamalo, de Damián Flores y de Siruela.

PEPE MELERO: 'LA VIDA DE LOS LIBROS' 2

PEPE MELERO: 'LA VIDA DE LOS LIBROS' 2

En el artículo anterior, se me ha colado Pepe Meletro. Por supuesto que es Pepe Melero, José Luis Melero Rivas.

 

No puedo rectificar. El sistema me dice siempre:

No existe el artículo con id:

 

Lo dicho: es Pepe Melero el autor de ‘La vida de los libros’. La foto es de Gerald Bloncourt y está tomada en 1978.

PEPE MELETRO: 'LA VIDA DE LOS LIBROS'

PEPE MELETRO: 'LA VIDA DE LOS LIBROS'


Anoche, en la gran fiesta de Los Portadores de Sueños –Félix y Eva, Eva y Félix, que celebraban sus primeros cinco años rodeados de amigos de todo el país-, un poco antes de que comenzase el diálogo de Luis Alegre, David Trueba e Ignacio Martínez de Pisón en torno a ‘¡Viva Berlanga!’ (Cátedra), apareció Pepe Melero con una bolsa llena de libros, de ejemplares de su último libro: ‘La vida de los libros’, una selección de sus artículos de los jueves en ‘Artes & Letras’, por los que recibe ese mismo una docena, como mínimo, de felicitaciones, desde Miguel Mena hasta Eduardo Bandrés, pasando por otra montaña de ‘letraheridos’, de aquí y de allá. Pepe Melero, como Luis Alegre, es un coleccionista espontáneo de amigos. El libro lleva una cuidada portada de Jorge Gay, autor también de uno de los exlibris de Pepe. El conjunto es una joya: son textos de 1800-1900 caracteres, repletos de información, de curiosidades, de historias secretas, escritos con un pulso seguro: con elegancia, precisión, sentido de la belleza y la plasticidad, y esa pizca de hermoso humor, ese amasijo de complicidad y compasión, que el bibliófilo usa en todo cuanto todo: en la vida, en la amistad, en el amor, en las tertulias.

Este libro hará felices a los lectores. Es erudito, cercano, divertido, un excelente libro, sin duda. Abajo, tomo –como el gran Víctor Juan en su página diaria- el espléndido fragmento de promoción de Xordica para ‘La vida de los libros’. Un fragmento que define muy bien el contenido y al autor.

 

 

NOTA DE XORDICA

Los libros de José Luis Melero son vitrinas donde se preservan con mimo las literaturas perdidas, una suerte de muestrarios de antiguas telas con los que disfrutar de libros y autores olvidados como si fueran paños o sedas de otros tiempos, y también una invitación a dejarnos seducir por la atracción irresistible de aquellos escritores que hicieron del fracaso el eje de sus vidas. En La vida de los libros encontraremos muchos autores apenas recordados: Mariano Sebastián, que firmaba como "autor de lo peor que se ha publicado hasta el día", José Soler Casabón, el amigo de Picasso, Apollinaire y Reverdy, que sólo imprimió 34 ejemplares de su único libro de versos publicado al salir del campo de concentración de Argelès, Julio Angulo, el hombre que le colocaba a Jarnés sus novelas sicalípticas en las colecciones galantes, o José Ayala Lorda, que con sólo 17 años fue condenado a más de dos años de presidio por escribir un artículo insultante contra Alfonso XIII. Por fin todos ellos van a leerse en el mismo cuerpo de letra que algunos de las más grandes como Clarín, Juan Ramón Jiménez o Jaime Gil de Biedma, de los que en este libro se cuentan esas historias menudas por las que casi nunca se interesan los manuales. La vida de los libros es un libro imprescindible para acercarse a la literatura más suburbial y arrabalera.

 

La vida de los libros. José Luis Melero Rivas. Xordica. Zaragoza, 2009. Presentación el día cuatro de diciembre en Los Portadores de Sueños, con la presencia de Luis Alegre y de Félix Romeo. A las 20.00 horas. Arriba se ve la preciosa portada de Jorge Gay.

TONI MARI Y CHANTAL MAILLARD

TONI MARI Y CHANTAL MAILLARD

El pasado viernes estuve en Calaceite. Llegué tarde, me confié en exceso y me perdí cerca de Monroyo, a un homenaje entre amigos a Teresa Jassà: ceramista, poeta, narradora, memoria vida del Matarraña, conversadora amenísima, ya fallecida. Después de la intervención –junto a José Ignacio Micolau, Darío Vidal, Fidel Ferrando, Carme Portolés y la alcaldesa Rosa-, fuimos  a ver en e l Museo Juan Cabré la gran exposición de homenaje a Goya que realizó, en cerámica, Teresa Jassà. Me pareció espléndida, llena de matices, de talento, de fuerza, de soluciones estéticas en cerámica, vidrio, manufactura del alma. Por allí andaba, junto a su esposa, uno de mis editores más queridos: Antoni Mari, que tiene casa en Calaceite. Toni Mari es el editor de la colección de poesía ‘Nuevos Textos sagrados’ (del sello Tusquets), una de las más hermosas creo que del mundo. Me encanta su clasicismo, su elegancia, su tipografía, incluso cierto aire místico que tiene. No sé explicar del todo porque me gusta tanto. Desde siempre.

Hablamos un rato de las pequeñas cosas de la vida, alguien interrumpió un segundo esa conversación y luego nos perdimos de vista; ni alcanzamos a despedirnos. Me dio mucha pena. Le tengo un inmenso aprecio al poeta y narrador, editor y filósofo. Toni Mari es un escritor elegante, un colega, se interesa por su interlocutor: qué escribe, cómo ha ido tal o cual libro, cómo andan los hijos. Uno de los libros que más me gustan es ‘El vaso de plata’, editado por Pre-Textos y hace poco por Luis Solano en Libros del Asteroide. A Luis Solano lo vi un instante anoche en la gran fiesta de Los Portadores de Sueños, y hablamos de un común amigo Domingo Villar; bueno, amigo suyo desde la niñez. Y conocido mío de este verano.

 Ayer me llegó un nuevo título de una poeta y memorialista a la que admiro: Chantal Maillard. El libro, que ya había sido publicado al menos en parte, se titula ‘Hainuwelle y otros poemas’. Leo: “’Hainuwelle’ siempre ha sido, para mí, el libro más querido y el único que nunca me arrepentí de haber escrito. Es esta la razón por la que aparece aquí completo y sin retoques”.

No me ha dado tiempo a leerlo completo. Es un libro extenso y hermoso. Me han gustado textos como estos, que ilustro con esta sugerente foto de Ted Preuss, tomada en 2008.

 

Hoy he mirado a un hombre y él

no pudo desprenderse de mis ojos.

Corrió como una llama por el bosque

y algo se puso a arder entre mis pechos.

Quise apagarlo con la lengua

y reíste, Señor,

te reíste de mí

y borraste la luna con un gesto de nube

precipitada.

 

 

Tú eres el fuego y mis manos que no arden
y el haya ennegrecida y seca
y la tizne que mancha la piel de los reptiles

pero ya no, ya no, ahora

 

(unas palabras se agitan como semillas en una calabaza)

eres la lengua de la víbora

cuando intercepta el rayo en su caída.

 

NUEVO NÚMERO DE 'LABERINTOS'

NUEVO NÚMERO DE 'LABERINTOS'

LA LUZ OSCURA:

“UNOS AMORES DE SWANN”, DE MARCEL PROUST[1]

 

José GIMÉNEZ CORBATÓN**

 

 

            Me limitaré en este trabajo, dadas sus dimensiones, a llevar a cabo un breve análisis de los celos en la narración titulada “Un amour de Swann”, que constituye la segunda parte del primer tomo de À la recherche du temps perdu, situada entre “Combray” y “Noms de pays: le nom”. Escribir sobre Proust, sin duda el escritor francés más importante del siglo XX, es tarea dilatada y paciente, tanto o más que leerlo y traducirlo. Proust ofrece muchas lecturas: abre sin cesar caminos zigzagueantes que conducen a otros inesperados, senderos que, como ramificaciones pobladas de frutos, unen los caminos en apariencia más dispares. Para describir la complejidad del mundo social que retrata, teje con minucia una prosa original, única, inconfundible y, sin duda, difícil de emular. Una prosa que no se puede separar de la pintura y de la música de su tiempo[2].

            Swann conoce a Odette de Crécy, futura madame Swann, en el salón de los Verdurin, burgueses ridículos (desde su nombre mismo) y pretenciosos que mantienen un círculo de amistades, un “cogollito”[3] de notable mediocridad. Odette encaja a la perfección en ese clan. Swann no tardará en darse cuenta de que la mujer, bella y pretendidamente coqueta, mantiene gustos y opiniones vulgares, y que no se expresa con auténtica finura. ¿En qué se basa pues la seducción que Odette ejerce sobre Swann, un diletante experto en arte que se codea con la mejor sociedad francesa, con las viejas familias que han dictado desde siempre los modos elegantes y las normas de comportamiento en el mundo de las relaciones?

            Swann idealiza a Odette. Inventa una imagen de Odette que no es real. Todo empieza con la famosa frase musical de la Sonata de Vinteuil, un fragmento que suele interpretar cierto pianista asiduo del salón de los Verdurin. Swann transforma esa frase[4] en “el himno nacional de sus amores”[5]. No le hace falta conocer el resto de la Sonata, le basta con ese movimiento. La propia Odette asume ese aura que va a adornar su relación: “¿Qué necesidad tiene usted de lo demás [...] El trozo nuestro es ése” (263).

            Pero esa idealización, que casi se puede calificar de alucinatoria, no es sólo musical. Es también pictórica, lo que no podía ser de otro modo dado que Swann, como ya he dicho, se considera un experto en ese arte (mantiene inacabado, desde hace años, un estudio sobre Vermeer de Delft[6]): “[Swann] Colocó encima de su mesa de trabajo una reproducción de la Céfora, como si fuera una fotografía de Odette. Admiraba los ojos grandes, el rostro delicado, donde se adivinaba la imperfección del cutis, los maravillosos bucles en que caía el pelo por las cansadas mejillas, y adaptando lo que hasta entonces le parecía hermoso de modo estético a la idea de una mujer de verdad, lo transformaba en méritos físicos que se felicitaba de encontrar todos juntos en un ser que podía ser suyo. Esa vaga simpatía que nos atrae hacia la obra maestra que estamos mirando, ahora que él conocía el original de carne de la Céfora, se convertía en deseo, que suplía al que no supo inspirarle al principio el cuerpo de Odette. Cuando se estaba mucho rato mirando al Botticelli[7], pensaba luego en el Botticelli suyo, que le parecía aún más hermoso, y al apretar contra el pecho la fotografía de Céfora, se le figuraba que abrazaba a Odette” (269-70).

            Muy pronto Swann dudará de la verdad de ese amor sublimado en arte. Vive la voluptuosidad de estar enamorado, una sensación dilettante que, además, le cuesta dinero, pues tiene que ayudar de continuo a Odette en sus dispendios. Pero este último hecho no hace sino aumentar la excelencia de la relación: Proust la compara con el placer que sienten las personas que dudan sobre si les gusta o no el mar, pero que se convencen de la necesidad de frecuentarlo y se conforman satisfechas con el mero placer de pagar cien francos diarios por la habitación de la fonda desde la que podrán gozarlo.

            Odette se convierte, así, en un objeto comprado. Swann entiende que ese bello objeto debe ser admirado por otros hombres (lo contrario significaría que quizá no revestía tanta importancia). Pero esa veneración ajena trae consigo “un deseo doloroso de dominarla enteramente, hasta en las más recónditas partes de su corazón”; de ahí que, en franca y humillante contradicción, le pida a Odette que lo haga “invulnerable, mientras su amor durara, contra las embestidas de los celos” (323).

            Los celos no tardan en ser convertidos, en la mente de Swann, en una razón más que le permita activar su propia inteligencia. Los celos conllevan la pasión por conocer la verdad: ¿le engaña Odette? ¿Le miente? Indagar es propio de seres inteligentes, de mentes que hacen suya la pasión de la verdad. “Y cosas que hasta entonces le habrían abochornado: espiar al pie de una ventana, quién sabe si mañana sonsacar diestramente a los indiferentes, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, le parecían ahora métodos de investigación científica de tan alto valor intelectual y tan apropiados al descubrimiento de la verdad como descifrar textos, comparar testimonios e interpretar monumentos” (326).

            Claro que esa luz requiere un constante alimento. Quien experimenta los celos estará dispuesto a recibir con regocijo todo lo que los nutre, “aunque fuera a costa suya”. Swann acosa y agobia a Odette con sus dudas, con sus preguntas, con la deriva de sus sospechas, pero siempre regresa a ella, “tan cariñoso y sumiso como antes”, dispuesto a hacer las paces. De ese modo, Odette se acostumbra “a no tener ya miedo a desagradarle, hasta irritarle, y cuando le parecía bien le negaba los favores que más en estima tenía él” (361). La luz se transforma en oscuridad: es el celoso el que se convierte en víctima de su obsesión, en juguete del amante al que ha pretendido convertir en objeto permanente de su investigación “inteligente”. Si la Odette de carne y hueso había sido reemplazada, en el origen del amor, por una frase musical o por la figura de un fresco renacentista italiano, ahora son los propios celos los que ocupan su lugar: cuando Swann contempla la fotografía de Odette, le cuesta reconocerla en carne y hueso. Ya no ve a Céfora. Ya no relaciona la frase de Vinteuil con los sentimientos que Odette provoca en él. La amada se confunde “con la preocupación dolorosa y constante que en su seno sentía” (365). Y parece como si la brecha que en el corazón de Swann abren los celos no tuviera fin: al final del camino aguardan incluso los que provoca aquel “otro yo que Odette había querido” en el momento de conocerlo, antes de que empezara el martirio. Nostalgia de un amor limpio, imposible. Celos de aquel “sí mismo” que Odette amó al principio.

            Los celos son pues incompatibles con la luz. Swann insiste en que sólo quiere confirmar sus sospechas, que eso le basta para afianzar su inteligencia, pero esas sospechas son inagotables, no tienen límite. Se aferra al conocimiento, busca una luz que sólo le conduce a más y más oscuridad. Una oscuridad que, irremediablemente, se convierte en ceguera: el celoso se deleita incluso en imaginarse ser el agente provocador de otros celos ajenos: “Una noche que, cediendo a las órdenes de Odette, volvieron juntos a su casa, cuando ella entretejía en sus besos palabras de apasionado amor, tan en contraste con su sequedad de ordinario, a Swann le pareció de pronto que oía ruido; se levantó, buscó por todas partes, sin encontrar a nadie; pero ya no tuvo valor para volver junto a Odette, que, entonces, en el colmo de la rabia, rompió un jarrón y le dijo: “Contigo no se puede hacer nada”. Y a él le quedó la duda de si su querida tenía a alguien oculto para hacerle sufrir de celos o para excitar su sensualidad” (438).

 

*Artículo publicado en LABERINTOS, Revista semestral de Humanidades, n. 20, Año X, Diciembre 2009. Dossier dedicado a “Un dolor de Swann”. Zaragoza, I.E.S. Élaios.

 

**Le he perdido a José Giménez Corbatón, miembro del consejo editorial de ‘Laberintos’ –autor de libros como ‘El fragor del agua’, ‘Tampoco esta vez dirían nada’, ‘La fábrica de huesos’ y ‘Licantropía’, entre otros títulos-, que me envíe su artículo de este nuevo número de esta cuidadísima publicación. Y aquí está. La foto es de Allen Jenkins.



[1] He seguido la traducción de Pedro Salinas (que el lector puede encontrar en Alianza Editorial), pues me parece que no ha sido superada por otras más recientes, como traté de demostrar en “Leer, traducir y editar a Proust” (Riff-Raff, Revista de Pensamiento y Cultura, Zaragoza, nº 21, 2ª época, Invierno 2003, pp. 6 a 20), donde comparé las últimas versiones de Mauro Armiño (Valdemar) y de Carlos Manzano (Lumen) con la canónica del poeta de la Generación del 27, que se ocupó de los dos primeros tomos de En busca del tiempo perdido, los titulados Por el camino de Swann y A la sombra de las muchachas en flor, y de una parte del tercero, El mundo de Guermantes, volumen que completó el también escritor exiliado José María Quiroga Pla.

[2] Una aproximación a esa prosa puede leerse en la primera parte del trabajo citado en la nota anterior.

[3] El término, muy acertado, es de Pedro Salinas.

[4] Frase que algunos lectores de Proust (entre ellos, Pablo Neruda) han identificado con el “Allegretto ben moderato” de la Sonata para violín y piano en La Mayor de César Franck. Pero es muy posible que Proust pensara también, al describir su magia, en Saint-Saëns (Sonata para violín y piano en Re Menor) e incluso en Wagner. Reynaldo Hahn, a quien Proust adoró, se inclinaba, muy en particular, por el primero de los dos. Proust, por cierto, se inspiró, en parte, para describir los celos de Swann, en su propia relación con este compositor venezolano (véase al respecto la edición anotada por Antoine Compagnon de Du côté de chez Swann, Paris, Gallimard, Folio Classique, 1998).

[5] Marcel Proust: En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Traducción de Pedro Salinas. Madrid, Alianza Editorial, 1966, 4ª edición: 1972, p. 262. En adelante, todas las citas de “Unos amores de Swann” estarán extraídas de esta edición, e indicaré la página, entre paréntesis, en el propio texto.

[6] Proust le escribió a Jean-Louis Vaudoyer: « Depuis que j’ai vu au musée de La Haye la Vue de Delft, j’ai su que j’avais vu le plus beau tableau du monde » (Edición de Antoine Compagnon –nota 3-, p. 494).

[7] Se trata del fresco titulado Pruebas de Moisés, pintado por Sandro Botticelli en la Capilla Sixtina de Roma entre 1481 y 1482, en el centro del cual aparece la figura de Céfora, la hija de Jetro, quien, acompañada por su hermana, es defendida por Moisés de unos pastores que les impedían abrevar sus rebaños.

PÁGINA PARA 'AULLIDO' DE GINSBERG

PÁGINA PARA 'AULLIDO' DE GINSBERG

Xoán Abeleira, traductor de la poesía completa de Sylvia Plath, entre más de una treintena de traducciones, acaba de crear una página web de homenaje al poeta Allen Ginsberg en la que publica su versión al castellano y al gallego de ‘Ouveo’ (Aullido y otros poemas) y las pone a disposición de todo aquel que quiera leerlas. (En  la foto, Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg con una amiga). 

 

El link es:

http://homenajeaallenginsberg.blogspot.com/

 

UN CUENTO DE ALEX NORTUB

UN CUENTO DE ALEX NORTUB

A LAS DOS EN PUNTO

 

Para Antón Castro

 

 

Por Alex NORTUB

Ernesto dijo que ocurriría a las dos en punto. Aunque todavía faltaban unos diez minutos, nos levantamos los cuatro de la mesa y salimos al porche dispuestos a sentarnos en las escaleras. El cielo estaba repleto de estrellas. Nada más salir, percibimos ya el crudo aliento de la noche bufando sobre nuestros hombros. Al sentarnos la madera produjo un sonoro crujido. Mientras Ernesto y yo nos servíamos otro whisky, Marisa y Nuria se agazapaban bajo sendas mantas y observaban el firmamento sin pestañear. Poco después, Ernesto empezó a zarandear levemente su vaso. El tintineo de los hielos me hizo pensar en el silencio que nos rodeaba, en la ausencia de cualquier otro sonido; ni siquiera se escuchaba el lejano canto de algún grillo. Lo comenté pero nadie pareció darle importancia, no obtuve respuesta alguna. Decidí comenzar también yo a zarandear mi vaso. Durante cosa de un par de minutos, intenté seguir el constante ritmo que Ernesto realizaba. Por un momento me pareció que el tintineo de sus hielos sonaba mejor que el mío, mucho más agudo y mucho más nítido. Entonces dije algo más, algo que ahora no recuerdo, pensando en ahogar el rumor de aquel invariable repiqueteo de hielos. Pero Ernesto me mando callar con un sonoro y severo schhhh!!! Después, como disculpándose, dijo que tan sólo faltaba un minuto para que dieran las dos y que sería entonces cuando ocurriría, que a partir de ese momento deberíamos guardar silencio. Nuria volvió la cabeza hacia él con un sensual movimiento de flequillo y, sonriendo, le guiñó un ojo. Entonces miré a Marisa. Continuaba acurrucada bajo la manta, ausente, con la cámara de fotos asomando entre sus manos, un gesto inflexible en su rostro y la mirada anclada en la Vía Láctea. Al poco tiempo, a las dos en punto, empezó a escucharse el persistente canto de un grillo que parecía proceder del cielo, como producido por un murciélago o algún ave sonámbula.

Al minuto siguiente, la noche volvió a sumirse en su mutismo original.

 

*Alex Nortub es un espléndido escritor apasionado por el arte. Un gran lector de autores aragoneses, un viajero capaz de meterse en el AVE para ver la muestra de Pepe Cerdá en la Lonja. Le pedí un cuento hace unos días y esta es su maravillosa sorpresa. Gracias, Alex. Un gran abrazo. La foto es de Keith Carter.