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Antón Castro

Escritores

ELVIRA LOZANO: DOS POEMAS

ELVIRA LOZANO: DOS POEMAS

La periodista y poeta Elvira Lozano ha publicado ‘Toay’ en el sello Eclipsados. Viistará ‘Borradores’ (CARTV) en breve. Elvira es hija del poeta José Manuel Lozano. Me envía esta nota sobre el libro:

 

“Mi primer libro, ‘Toay’ (Eclipsados, 2009), recoge los textos que escribí en un viaje que hice en el verano de 2006 a la Pampa argentina. Un viaje de ida y vuelta al desierto, a Buenos Aires, y a Zaragoza. Toay es el nombre de una pequeña ciudad de la Pampa, donde nació la extraordinaria poeta Olga Orozco, cuyas palabras acompañaron y marcaron mi viaje. Nunca llegué a visitar Toay, que para mí representa los deseos que nunca se cumplen pero que adquieren mayor valor que si se hubieran cumplido. Como ocurre a veces con el amor, que inspiró ese viaje”.

 

He aquí un par de poemas de Elvira Lozano:

 

 

 

Laura duerme
y con sus manos dormidas fabrica
vientos con que sembrar mañana el mundo.
No son de los que alumbran tempestades
sino de los que sacuden los restos de basura
y convierten las viejas bolsas del supermercado
en globos improvisados que se enganchan en los árboles
y se acaban perdiendo en el cementerio aéreo de los globos.
El mundo es entonces un lugar más delicado.
La basura no se nos queda enganchada en los zapatos,
y se vuelve más feliz, transformada de desecho en deseo.

 

 

FELICIDAD GRATIS

 

 

 Las plantas del centro de salud

de Mauricio Mayer (provincia

de La Pampa) son (eran)

sin duda una metáfora

de lo hermosa que puede

llegar a ser la vida humana.

 

 

Era un desvencijado consultorio

de paredes y hombres

agrietados, de colores

hundidos, igual que la esperanza.

 

Era un lugar rendido al avance

devorador de la nostalgia

de otros tiempos sin duda

mejores.

 

Ella puso la voluntad de cambiar

los detalles pequeños que construyen

montañas (las que se mueven

en busca de Mahoma).

A cambio de pasar consulta pedía

una maceta cualquiera del jardín

de cada casa, unas monedas para

comprar pintura, un guiño cómplice

al fin de la jornada.

Al frente del pelotón de soñadores

a la fuerza, pasaba las noches

pintando las paredes, por el día

regaba las plantas y sacudía el polvo

de los muebles.

En la salita de espera improvisada

colocó un aparato de música:

no de la que ameniza tiempos

muertos: era la única manera

de ofrecer intimidad a los pacientes

al otro lado del biombo.

Fueron meses de trabajo incansable.

Fueron meses.

 

 Las plantas del centro de salud

de Mauricio Mayer (provincia

de La Pampa) están muertas.

 

Cuando ella se fue, volvieron

a agrietarse las paredes.

 

*Una foto de Paul Senn. Había puesto mal el encabezamiento del post anterior: Elvira Navarro por Elvira Lozano. Como el sistema no me permite hacer correcciones, lo copio por entero y le agradezco al amable informante su colaboración. No puedo llevar ahora a comentarios su nota. Lo lamento de veras. Califica Manuel Abacá de “dos buenos poemas” estos de Elvira Lozano.

 

ELVIRA NAVARRO: DOS POEMAS

ELVIRA NAVARRO: DOS POEMAS

La periodista y poeta Elvira Lozano ha publicado ‘Toay’ en el sello Eclipsados. Viistará ‘Borradores’ (CARTV) en breve. Elvira es hija del poeta José Manuel Lozano. Me envía esta nota sobre el libro:

 

“Mi primer libro, ‘Toay’ (Eclipsados, 2009), recoge los textos que escribí en un viaje que hice en el verano de 2006 a la Pampa argentina. Un viaje de ida y vuelta al desierto, a Buenos Aires, y a Zaragoza. Toay es el nombre de una pequeña ciudad de la Pampa, donde nació la extraordinaria poeta Olga Orozco, cuyas palabras acompañaron y marcaron mi viaje. Nunca llegué a visitar Toay, que para mí representa los deseos que nunca se cumplen pero que adquieren mayor valor que si se hubieran cumplido. Como ocurre a veces con el amor, que inspiró ese viaje”.

 

He aquí un par de poemas de Elvira Lozano:

 

 

 

Laura duerme
y con sus manos dormidas fabrica
vientos con que sembrar mañana el mundo.
No son de los que alumbran tempestades
sino de los que sacuden los restos de basura
y convierten las viejas bolsas del supermercado
en globos improvisados que se enganchan en los árboles
y se acaban perdiendo en el cementerio aéreo de los globos.
El mundo es entonces un lugar más delicado.
La basura no se nos queda enganchada en los zapatos,
y se vuelve más feliz, transformada de desecho en deseo.

 

 

FELICIDAD GRATIS

 

 

 Las plantas del centro de salud

de Mauricio Mayer (provincia

de La Pampa) son (eran)

sin duda una metáfora

de lo hermosa que puede

llegar a ser la vida humana.

 

 

Era un desvencijado consultorio

de paredes y hombres

agrietados, de colores

hundidos, igual que la esperanza.

 

Era un lugar rendido al avance

devorador de la nostalgia

de otros tiempos sin duda

mejores.

 

Ella puso la voluntad de cambiar

los detalles pequeños que construyen

montañas (las que se mueven

en busca de Mahoma).

A cambio de pasar consulta pedía

una maceta cualquiera del jardín

de cada casa, unas monedas para

comprar pintura, un guiño cómplice

al fin de la jornada.

Al frente del pelotón de soñadores

a la fuerza, pasaba las noches

pintando las paredes, por el día

regaba las plantas y sacudía el polvo

de los muebles.

En la salita de espera improvisada

colocó un aparato de música:

no de la que ameniza tiempos

muertos: era la única manera

de ofrecer intimidad a los pacientes

al otro lado del biombo.

Fueron meses de trabajo incansable.

Fueron meses.

 

 Las plantas del centro de salud

de Mauricio Mayer (provincia

de La Pampa) están muertas.

 

Cuando ella se fue, volvieron

a agrietarse las paredes.

*Una foto de Paul Senn.

 

 

CHUSÉ INAZIO NABARRO, HOY EN ÁMBITO

CHUSÉ INAZIO NABARRO, HOY EN ÁMBITO

LA OVEJA NEGRA

 

Cuando nacía una oveja negra, a la que llamaban marta, no le señalaban la orjea, ni la marcaban con pez, ni le cortaban el rabo… No se le podía hacer derramar sangre. Ni la podían montar los moruecos.

Y permanecía como amuleto contra los rayos y las centellas, de la que se protegía al rebaño entero.

 

*Malos tiempos. Chusé Inazio Nabarro. Prames. Traducción de Chusé Aragüés. Zaragoza, 2009. 156 páginas.

**Esta tarde, a las 19.30, en la sala Ámbito cultural de El Corte Inglés se presenta libro, aparecido hace una década en Xordica en su edición original en aragonés con el título de ‘Tempo de fabes’. Acompañarán al autor, su editor y traductor Chusé Aragüés y Antón Castro.

*La foto es de Alfred Eisentaedt.

 

ADIÓS A JUAN ANTONIO RAMÍREZ

ADIÓS A JUAN ANTONIO RAMÍREZ

Juan Antonio Ramírez (Málaga, 1948), catedrático de Historia del Arte y una de las mentes más lúcidas del panorama cultural español falleció el pasado sábado 13 de septiembre en Madrid, de forma repentina. Desde 2003, era director de la colección La Biblioteca Azul Mínima (especializada en libros de Arte) de Ediciones Siruela.

Desde que acabó sus estudios en Filosofía y Letras y Periodismo en 1972 dedicó su vida a la docencia y a la investigación, materializada en más de una treintena de libros. Su visión del arte, la estética y la arquitectura siempre se ha considerado una de las más novedosas y originales y su figura ha sido uno de los referentes más nítidos para las generaciones de artistas e historiadores más jóvenes.

Entre las numerosas distinciones que recibió, figuran el Premio de Ensayo Ciudad de Barcelona, el Premio Especial del Jurado Espais a la Crítica de Arte y el Premio Pablo Ruíz Picasso.

En Ediciones Siruela publicó, además, como autor Corpus solus; Dios, arquitecto; Duchamp. El amor y la muerte, incluso; Edificios-cuerpo y La metáfora de la colmena, y fue el coordinador de la obra Escultecturas Margivagantes (La arquitectura fantástica en España).

 

*Recibo esta nota de Ana Soteras y de Ediciones Siruela. Soy, desde hace tiempo, un sincero admirador de Juan Antonio Ramírez. Tengo varios libros suyos, publicados por Siruela y por Alianza Editorial.

VILA-MATAS ESCRIBE DE FLEUR JAEGGY

VILA-MATAS ESCRIBE DE FLEUR JAEGGY

EDUCANDO MUJERES CORRECTAS

 

Por Enrique VILA-MATAS (Babelia. El País)

 

Fleur Jaeggy es deliciosamente maligna y a todas luces distinta. En su libro autobiográfico Los hermosos años del castigo, una niña de catorce años trata de vivir su propia novela de formación mientras se mira en el espejo de la realidad

Fleur Jaeggy va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad. Ese pavoroso desvelamiento siempre llega acompañado de la inevitable crueldad, jamás desligada de la rutinaria, aunque secreta, vida de la verdad. Tal vez por eso se dice a veces de esta escritora que es tan peligrosa. Pero es que su arte, al dejar sólo en pie lo esencial, no tiene a veces salida más natural que la inteligencia y la crueldad. La frialdad la añade la propia Jaeggy, y acaso sea éste el rasgo suplementario más destacado de su estilo; un rasgo que acude siempre sigiloso a su cita con las frases simples -algunas terriblemente sencillas- y que, en el fondo, es también su trazo más divertido.

"Una cierta glacialidad también revela sentimientos", dijo en cierta ocasión, y a algunos nos recordó a Walser confesando en Jakob von Gunten que habría querido decir muchas cosas pero no encontraba palabras para expresar sus sentimientos. Y rematando así su confesión: "Fuera, en el patio, la nieve caía en copos grandes y húmedos". Y también nos recordó a Javier Rodríguez Marcos cuando dijo que en Jaeggy, "desechado todo sentimentalismo, es justamente el frío del ambiente el que otorga valor a los sentimientos cuando éstos aparecen: el mismo valor que cobra en una morgue cualquier señal de vida".

Cabe suponer que aquel día, cuando ella habló de glacialidad, habló en serio. Pero a algunos nos hizo reír. De felicidad inesperada. Porque para algunos su timidez fue como un oasis de calor en pleno Ártico, como un aviso que hubiera venido a recordarnos que en Jaeggy, después de todo, su rasgo más definido de estilo es esa huella de humor helado que a la larga deja siempre una rara marca de agua veraniega en sus lectores.

No está de más, si uno se acerca por primera vez al mundo del frío de Fleur Jaeggy, tener en cuenta la recomendación de Flavia Company, su traductora en El temor del cielo: "Olvídese de todo lo que ha leído y de todo lo que va a leer. Jaeggy es distinta". Y suavemente terrible, habría que añadir. Sospecho que le gusta desenmascarar públicamente la estupidez. En un penoso coloquio sobre Robert Walser en París fui testigo de cómo era justamente despiadada con los ilustres escritores que en el escenario no paraban de decir tópicos acerca del escritor suizo. Jaeggy es deliciosamente maligna y a todas luces distinta, y la mejor forma de acercarse a ella por primera vez es acudir a su libro de siete relatos, El temor del cielo, donde se encuentra un cuento, 'Sin destino', que junto con otro relato impresionante, 'Los gemelos' (también en el mismo libro), me parece la más eficaz y rápida entrada en su mundo tan personal. Hay incluso una leyenda que habla de que 'Sin destino' suele convertirse en un relato siempre memorable para quien lo lee. ¿Accederá Marie Anne a dejar en manos de unos ricos señores a su pequeña hija, a la que en realidad detesta? El desenlace del cuento nos deja alelados, mirando nuestro destino. Mejor dicho, mirando por dónde ha pasado nuestro destino. Es un final que define muy bien el tipo de inteligencia, inseparable de una extrema libertad mental, que exige la lectura de Jaeggy.

Pero lo mejor siempre llega con su novela breve Los hermosos años del castigo, que pude releer ayer con renovada admiración. Este libro se desarrolla -es un decir- en el ambiente severo y claustrofóbico de un internado para jovencitas de buena familia en Appenzell, en la Suiza alemana, años cincuenta. Que el libro se desarrolla es sumamente discutible, ya que en el retrógrado Bausler Institut de Appenzell nada en realidad se mueve, nada se agita. Y ya no sólo eso, sino que la gélida educación para futuras amas de casa perfectas -perfección y locura están relacionadas, piensa Jaeggy- parece encogerlo todo, incluidos los sueños. En medio del ambiente claustrofóbico de este libro autobiográfico, una niña de 14 años trata de vivir su propia novela de formación mientras se mira en el espejo de la realidad de su escuela: sórdida fábrica de esposas correctas y de caligrafías de letra redonda y frases simples.

La verdad es que pasé años dedicado a admirar en secreto el delicado hilo de las frases simples y tal vez por eso, cuando me encontré por primera vez con Los hermosos años del castigo, las primeras palabras ("A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell") me recordaron al portentoso y simple comienzo de Karen Blixen en su libro de memorias: "Yo tuve una granja en África, a orillas de los montes Ngong". Vivir en las frases simples. Ese deseo de otro tiempo regresó ayer cuando reencontré la sencillez dulce pero potente de Jaeggy: "A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. El lugar por el que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor (...) Es una verdadera lástima que no hubiésemos conocido la existencia de Walser, habríamos recogido una flor para él. También Kant antes de morir, se conmovió cuando una desconocida le ofreció una rosa".

Suiza como gran lugar apacible, lugar de formación de esposas perfectas y, en el fondo, monstruoso manicomio. El Instituto Benjamenta de la novela de Walser y el Bausler Institut de Jaeggy tienen puntos en común, y no es casual que la estructura de Los hermosos años del castigo remita a la de Jacob von Gunten. Walser aparte, y tal vez porque dicen que la improvisación musical se genera en la misma región del cerebro que se utiliza cuando se escribe narrativa autobiográfica, la voz narrativa de Los hermosos años del castigo me ha parecido, en esta nueva lectura del libro, que se ajustaba muy bien al tono de improvisación musical que tiene la voz -modulación sometida a un juego pérfido- de la cantante del nada inocente grupo CocoRosie. Esa delicada voz de Jaeggy, tan falsamente cándida, nos va introduciendo en el instituto Bausler, oscuro hermano de sangre del manicomio de Herisau y perversa factoría de futuras mujeres correctas. Ambiente sobrio, calmo, terriblemente reprimido, y muy suizo, très suisse. "Je me suis suissidé", recuerdo que decía alguien con toda la frialdad de este mundo. Voces bajas y constantes. Ya en el cuento 'Los gemelos' se leía, como anticipando la explosión de locura que cerrará, al cabo de los años, la historia de aprendizaje en el Instituto de Appenzell: "Como si la existencia no fuera sino una secuencia de voces, un alternarse de voces bajas y constantes, bien educadas. Y finalmente una voz aullante, como fuera de sí, de poseso".

Un ambiente sobrio y disciplinado y aparentemente cómodo, pero que va dibujando las frágiles fronteras entre la perfección y la locura, nos llevará hacia Fredérique, la "muchacha altiva" que es amiga de la narradora y será la voz suavemente aullante, desquiciada, que reencontraremos al final del fúnebre paraíso suizo. Muchos años después, cuando hasta el instituto se ha desvanecido ya de la memoria de todos, la narradora tendrá todavía un recuerdo para aquel lugar donde no aprendieron a ser correctas y buenas esposas y donde en realidad no aprendieron absolutamente nada, salvo a ser unas perfectas inocentes modernas, lo que a la larga les dejó un rescoldo infinito de odio hacia la contención y hacia las dulces cortinas de los interiores burgueses: "Le dije a Fredérique que tal vez habían sido nuestros pensamientos, o las emanaciones que habitan la edad de la inocencia, los que habían destruido el Bausler Institut. Y es que ella decía que la inocencia era una invención de los modernos". -

Los hermosos años del castigo. Fleur Jaeggy. Traducción de Juana Bignozzi. Tusquets. Barcelona, 2009. 120 páginas. 13 euros.

 

*Me gustan mucho los perfiles y las aproximaciones de Enrique Vila-Matas el mundo de los escritores, especialmente a las mujeres. Pienso en Marguerite Duras. Pienso en Cristina Fernández-Cubas. Pienso en Fleur Jaeggy. Con Enrique, y con Ignacio Martínez de Pisón, hemos hablado en varias ocasiones de esta mujer y en concreto de este libro. Hoy leo esta estupenda pieza en ‘Babelia’ y la traigo aquí. La foto es de Tancredi Mangano.

 

'EL INQUISITORIO' DE ROBERT PINGET

'EL INQUISITORIO' DE ROBERT PINGET

 

Marbot publica ‘El inquisitorio’ de Robert Pinget,

 

en traducción de Elisenda Julibert

 

 

«Responda sí o no

 

Sí o no sí o no y yo qué sé sabe usted, quiero decir que yo sólo estaba a su servicio el hombre para todo que se dice y es lo que digo, de lo demás no sé nada ya me dirá lo que se confía en un criado, es mi trabajo, sí, mi trabajo, pero cómo podía preverlo, todos los días la misma rutina…»

 

Así comienza el largo inquisitorio que da título a esta obra de Pinget, sin que sepamos quién es el inquirido y quién el inquisidor, ni cuál es el motivo de la pesquisa, ni dónde tiene lugar. A través de las preguntas y las respuestas iremos descubriendo quiénes son y cuál es la trama que los ha unido, y también quiénes son los personajes implicados en ella, e incluso el sexo de quien interroga. Pero sobre todo descubriremos muchas otras cosas que ni siquiera podíamos sospechar y que tal vez no sean misteriosas, pero sí inquietantes.

 

A medio camino entre el humor descabellado de las obras de Beckett y el aislamiento de los personajes de Kafka, Pinget urde un relato lleno de sorpresas, y de algún que otro sobresalto, escrito con una prosa por lo menos tan accidentada como la trama. Y así sustrae astutamente al lector lo que tal vez acudiera buscando inicialmente, para ofrecerle nuevos descubrimientos e insinuarle algunas preguntas que, en cualquier caso, sólo pueden hallar respuesta fuera del texto, al concluir la lectura: ¿por qué se escribe?; y ¿por qué se lee?

 

Robert Pinget (Suiza 1919- Francia 1997) ejerció como abogado en Ginebra hasta que se trasladó a París en 1946 para dedicarse primero a la pintura y después a la literatura: su primera obra, una selección de cuentos titulada Entre Fantoine y Agapa, apareció en 1951. En 1956, gracias al apoyo de Albert Camus, Alain Robbe-Grillet y sobre todo de Samuel Beckett, consiguió publicar su obra en la editorial Minuit, después de que Raymond Queneau rechazara la publicación de Graal Flibuste en Gallimard. Se suele considerar su obra como exponente de la corriente literaria del Nouveau roman, aunque dada su singularidad que lo aproxima más bien a su amigo Samuel Beckett, resulta inclasificable. Algunos de sus múltiples “artefactos” han sido traducidos al inglés, al alemán y al italiano, pero en nuestra lengua permanecen inéditos. El inquisitorio (1962) es sin duda una de sus obras más ambiciosas.

 

 

 

 

 

 

*Los escritores de la 'nouveau roman': Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, Claude Mauriac, Jérôme Lindon, Robert Pinget, Samuel Beckett, Nathalie Sarraute y Claude Ollier

 

 

 

'MI MADRE' DE TAHAR BEN JELLOUN

'MI MADRE' DE TAHAR BEN JELLOUN

Conservo magníficos recuerdos del escritor Tahar Ben Jelloun. He leído varios libros suyos, pero hubo uno que me conmovió especialmente: ‘La noche sagrada’. Ahora acaba de publicar otro libro conmovedor, que estoy leyendo: ‘Mi madre’, una  novela más bien breve sobre el Alzheimer. La  publica El Aleph.

 

Comienza así:

 

“Desde que cayó enferma, mi madre se ha convertido en una cosita diminuta de memoria quebradiza. Convoca a los miembros de su familia, muertos hace tiempo. Habla con ellos, se sorprende de que su madre no vaya a verla, dice maravillas de su hermano menor que, según ella, siempre le lleva regalos. Uno tras otro, se suceden junto a su lecho y le hacen compañía. Yo no quiero llevarle la contraria. Mi molestarlos. La señora que la cuida, Keltum, se lamenta: ‘Cree que estamos en Fez, en el año en que naciste’.

 

Mi madre regresa a los tiempos de mi infancia. Su memoria ha tropezado, se ha caído, se desparrama por el suelo mojado. El tiempo y la realidad ya no se llevan bien. Ella se deja arrastrar por unas emociones que brotan del pasado. Cada cuarto de hora, me pregunta: ‘¿Cuántos hijos tienes?’”.

 

*La fotografía es de Loomis Dean.

'LA FUENTE DE LA BELLEZA'. FRAGMENTO

'LA FUENTE DE LA BELLEZA'. FRAGMENTO

LA FUENTE DE LA BELLEZA. Diario del balneario de Panticosa.

Mira editores, 2009.

De Alejandro Salvador Zazurca.

 

FRAGMENTOS extraídos del diario del balneario de Panticosa:

 

Hemos llegado al balneario a la hora de comer, después de dos largas jornadas de tren y de autobús. Ayer salimos de Madrid rumbo a Zaragoza en el tren de la tarde y hoy hemos cogido el enlace ferroviario hasta Sabiñánigo, con larga parada en Huesca; después, en autobús de la compañía Hispano-Tensina, hasta el balneario, en el corazón de los Pirineos. La subida por el barranco de El Escalar es una de esas atroces bellezas románticas de la Naturaleza que no dejan indiferente a nadie.

En cada revuelta, la pericia del conductor se pone a prueba en giros imposibles, asomando el morro del vehículo sobre el vacío del precipicio, ante el suspiro de los sufridos viajeros que cierran los ojos para no ver el riesgo que les acecha o juntan sus manos en sentida oración. La entrada al balneario es lo más sorprendente que una se pueda imaginar. Un remanso de paz se abre ante nuestros ojos: un lago azul, como una turquesa engarzada en una corona pétrea. Es el ibón de Baños.

Por repetidas veces que subas, nadie puede sospechar, antes de entrar en el recinto, que pueda existir un edén como este aquí arriba, a más de 1.600 metros de altitud sobre el nivel del mar. Regresar nunca es regresar. Aquí menos que en ningún otro lugar. Hoteles, restaurantes, fuentes, tiendas, casino… conservan un sabor de lujo decimonónico. El tiempo retrocede de golpe y te transporta a otra época.

                                                                                           

 Balneario, 14 de julio de 1979

 

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Cuando llegas al balneario, parece que has alcanzado el fin del mundo, que nada pueda existir más allá, que termina el camino y en estas paredes pétreas finaliza la vida. Pero pronto descubres que es aquí donde realmente comienza el sendero, donde rebrota la vida y los sueños. Despertar dormidas pasiones, revivir sus ramilletes de emociones… Regresar al balneario y nunca repetir.

 

Balneario, 23 de junio de 1973

 

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… Un anciano, con el rostro oculto por una bufanda roja, permanecía de pie, apoyando las rodillas en el murete de piedra del mirador de casa Belío.

-Tratan de hacer un nuevo balneario, como tantas otras veces a lo largo de la historia.

Alberto permanecía en silencio, sentado en el viejo sillón de mimbre, mientras el señor mayor hablaba como si lo conociera de toda la vida.

-Un grupo de personas entusiastas han subido hasta este lugar para rescatarlo del pasado y proyectarlo hacia el futuro –mascullaba el longevo personaje-. Pretenden erigir un paraíso sobre las nubes, un sueño a mitad de camino entre el cielo y la tierra, un lujo de siglos rescatado del olvido, un lugar para disfrutar del eterno poder del agua, un lugar para encontrarse con…

Los ojos encendidos de fuego de aquel hombre iluminaban la penumbra del atardecer. Pasados unos segundos, siguió farfullando.

-¿Con Dios? ¿Con su alma? ¿Con el diablo? ¿Con quién? –rugían los sentimientos del anciano, ahora con voz enérgica-. ¡Cómo es posible que nadie levante la voz, una pluma o su puño contra la destrucción de una historia de siglos! No se derriban simples casas viejas, hoteles vetustos, fuentes secas… Se destruye parte de nuestra historia. Parte de la vida de muchas vidas.

 

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Procuré seguir los consejos de mi madre, pero la vida me enseñó pronto su lado más amargo. En el colegio, no me gustaba que me separaran de los alumnos oyentes, pero siempre lo hacían. Me sentaba en un pupitre doble, sin compañero, solitario y desolado, en una esquina del aula. Algunos niños pintaban en la pizarra un monigote sin orejas con mi nombre debajo. Yo lo miraba con rabia contenida, mordiéndome los labios, y me aguantaba; así día tras día. Durante el recreo, en el patio, los niños también se burlaban de mí: decían que hablaba de una forma rara. Saltaban los insultos de unas bocas a otras. Yo giraba la cabeza tras ellos, pero los sonidos eran más rápidos y se escapaban. Los niños se reían. Yo no dejaba de girar la cabeza. Y me sentía solo, muy solo, en medio de aquella multitud de niños riendo. Por eso, me sumergía en la oscuridad del silencio. Traspasaba las cavidades más profundas de la mente y guardaba las palabras en un saco repleto de sentimientos callados y emociones mudas. Apretaba puños y labios, con rabia, para no dejarlos salir. Luego, arrastrando los pies por el patio, me dirigía hacia el lugar donde la maestra tocaba el timbre, tratando de sentir las vibraciones en la pared. Por la mejilla corría una lágrima furtiva y recordaba a mi madre, mi querida madre Isabel, y a Mariví.

En La Purísima, con Mariví, todo era diferente. Ella me animaba a utilizar los diferentes matices de la voz, aunque mi habla no fuera comprensible.

 

-Mi voz está rota -expresaba Alberto a la logopeda con tristeza.

-No está rota, mi niño. Tu voz es la más hermosa del Universo –le contestaba Mariví.

 

A medida que fui creciendo, iba  asumiendo mi deficiencia, aunque nunca llegué a comprender la injusticia que el destino me había deparado. Ni me servía de consuelo que otros niños sordos no pudieran siquiera hablar. Ni las niñas sordociegas del colegio. Ni los niños que se morían de hambre en el mundo.

Todo formaba parte de la misma ignominia, similar putada de los dioses.

Para mí, ser sordo no significaba el hecho físico de carecer del sentido del oído, sino haber comprendido que soy sordo, diferente a los demás.

 

 

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… Desde que desapareció su madre en 1979, Alberto subía hasta aquel paraje todos los días. Sentía una atracción irresistible. Estaba convencido de que allí se encerraba el misterio de su muerte. Se asomó al pozo del manantial. No había sirenas, ni oía sus sublimes cantos, solo veía aquellas misteriosas pompas de aire que surgían desde la profunda sima. Hipnotizado por el flujo ascendente de miles de burbujas y los efluvios del agua sulfurosa, Alberto quedó sumergido en una profunda ensoñación. Entre el ramillete de burbujas apareció la sombra de una bella sirena. Cuando emergió a la luz, comprobó que se trataba de una hermosa mujer, con larga y dorada cabellera, torso desnudo fascinador y desarrollada cola de pez. Alberto quedó absorto con aquella aparición.

-¿Quién eres?

-La hija del agua.

-¿Una sirena?

-Una ondina de agua dulce.

-¿Puedes cantar como las sirenas?

-¿Acaso no temes oír mi canto?

-No. Mi madre me decía que no debía temer percibir el canto de una sirena. Más temible era sentir su silencio.

-Tu madre tenía razón. La historia habla de la peligrosidad de oír nuestro canto: hipnotiza a los hombres y los arrastra a la muerte. Los humanos se pueblan de temores y de blindajes para defenderse de sí mismos, de sus miedos, de sus limitaciones. ¡Nada existe en el universo más sublime que el canto de una sirena!

-Siempre soñé con traspasar la barrera del silencio y sentir la vibración de las baladas de una sirena. Pero soy sordo. Nunca podré oírte.

-¿Lo ves? Ya te has puesto una coraza. Solo tienes que cerrar los ojos y abrir el corazón…

Alberto cerró los ojos. Escuchó una canción…

 

“Cierra los ojos. Abre el corazón.

Que tu mente fluya por el universo infinito.

La dorada aguja comienza a tejer tus sueños.”

 

 

*Hace unos días, hablaba de la nueva novela de Alejandro Salvador Zazurca, que ha escrito una interesante saga sobre el palacio de la Lonja. Ayer me mandó un fragmento de ‘La fuente de la Belleza’, libro que aparecerá en breve en el sello Mira Editores de Joaquín Casanova y que se presentará en Panticosa. La foto es de Nina Leen.