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Antón Castro

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BENEDETTI: JUAN GAVASA ELIGE 'ADIÓS'

BENEDETTI: JUAN GAVASA ELIGE 'ADIÓS'

El pasado jueves, hace hoy una semana, estuve en la Universidad de Verano de Jaca hablando sobre José Luis Sampedro, en un curso dirigido por Francisco Martín Martín. Iba a ver a mi amigo Juan Gavasa Rapún –periodista, editor de Pirineum, sabio de músicas del mundo y un gran conocedor de las montañas-, pero nos fue imposible a los dos. Falleció su padre. En su estupendo blog, Juan le dedica un poema de Mario Benedetti a su progenitor. Lo traigo aquí porque cada vez me emocionan más esos padres que se nos van, esa complicidad especial a la que nunca acabamos de ponerles las palabras, las miradas y los gestos suficientes. Esta fotografía es de Nina Leen.

 

ADIÓS

 

Cuando éramos niños

los viejos tenían como treinta

un charco era un océano

la muerte lisa y llana

no existía.

 

Luego cuando muchachos

los viejos eran gente de cuarenta

un estanque un océano

la muerte solamente

una palabra.

 

Ya cuando nos casamos

los ancianos estaban en cincuenta

un lago era un océano

la muerte era la muerte

de los otros.

 

Ahora veteranos

ya le dimos alcance a la verdad

el océano es por fin el océano

pero la muerte empieza a ser

la nuestra.

 

                      MARIO BENEDETTI

 

 

Juan Gavasa Montalbán -In Memorian-. (1935-2009)

 

 

EL ADUANERO JOSÉ LUIS SAMPEDRO

EL ADUANERO JOSÉ LUIS SAMPEDRO

José Luis Sampedro vivió en Zaragoza, cuando era un niño, entre 1925 y 1926. Estudió en los jesuitas. Como Buñuel. Inventaría un personaje, Adolfo Espejo, que recreaba su existencia nómada: su estancia en Tánger, en Cihuela, en Zaragoza, en Aranjuez y también en Melilla, donde recibió su primera lección de amor. Años después, el hombre de Aduanas quiso contar el relato de los madereros del Tajo. Invirtió nueve años; el azar determinó que culminase ese relato de navateros castellanos en Alhama de Aragón. El balneario, las aguas y aquel ámbito le encantaron, tanto que años después acudiría allí una y otra vez para poner fin a su novela ‘Octubre, Octubre’, en la que invirtió 19 años, y para casarse con Olga Lucas. Aquel libro apareció en 1981, y cuatro años más tarde salió ‘La sonrisa etrusca’, una narración sobre los amores tardíos, la vecindad de la muerte y relación de un abuelo con su nieto. Un día un lector le pidió que la firmase ‘in memoriam’ para su padre. Le reveló: “Dudé si darle el libro. El protagonista se está muriendo de cáncer, y mi padre también. Al final se lo pasé, y poco antes de morir mi padre me dijo: ‘¡No sabes cuánto me ha ayudado esta novela!’. Dedíquesela a él”. En la Feria de Jaca, tres pastores del Pirineo descendieron de las montañas cargados de libros para que se los firmase. Sampedro ha sido objeto de un curso de verano en Jaca, donde se siente como en casa, que dirigió Paco Martín. Ahí, a sus 92 años, oyó hablar, y habló, de sus libros: del jardín de la memoria de Aranjuez, del erotismo de ‘La vieja sirena’ (estableció una intensa correspondencia con una monja sobre eso), de su diálogo sobre ‘La ciencia y la vida’ con Valentí Fuster. Bromeó, preguntó a sus estudiosos, y al final confesó: “He escrito con toda la autenticidad que he podido. Para mí escribir es vivir”.

*Esta foto tan marina es de José María Massó.

HOMENAJE CON LIBRO A PANTICOSA

HOMENAJE CON LIBRO A PANTICOSA

Alejandro Salvador, novelista y técnico cultural, me escribe esta nota:

 

HOMENAJE AL BALNEARIO DE PANTICOSA

 

 

Te convocamos al homenaje que pensamos rendir al BALNEARIO DE PANTICOSA y a don JOSÉ BELÍO, personaje entrañablemente unido a este paraje tan agraciado por los dioses y tan maltratado por los humanos, el próximo día 27 de septiembre de 2009, a las 12:00 h, en la terraza de Casa Belío del balneario de Panticosa.

 

Están invitados: familia Belío - Jesús Ángel González Isla y currantes de Panticosa Cultural, alumnos y profesores de Panticosa Cultural, Chema Peralta y su Taller de Rock, Andrés Ibiricu y su coro Amici Musicae, precursores de la Banda del Canal, aristas, escritores… todos cuantos un día pasaron por este lugar, quedaron mudos de su hermosura y se enamoraron de él, dejaron escrito un poema o pintaron un cuadro; todos los amigos y amantes de este paraje único e irrepetible de nuestro Pirineo, declarado en 1994 Bien de Interés Cultural y Paraje Natural y, una vez más en su dilatada historia, cerrado tras una discutida reforma.

 

Este homenaje se enmarca en los actos de presentación del libro LA FUENTE DE LA BELLEZA, Diario del balneario de Panticosa, novela de la colección Narrativa de Mira editores de Alejandro Salvador, que presento el día 26 de septiembre de 2009, a las 19:30 h, en el Centro Cultural La Fajuala de Panticosa y el día 5 de octubre de 2009, a las 19:30 h en el colegio La Purísima para niños sordos de Zaragoza. [La portada del libro la ha diseñado la pintora y grabadora Cristina Gil Imaz y los dibujos interiores, de portadillas y del colofón, corresponden a Juan Ibáñez Teruel].

 

La novela relata la experiencia de una persona sorda que comienza a oír en el balneario de Panticosa, que es capaz de auscultar las voces y la música de la Naturaleza y percibir los sonidos y los silencios del balneario; trata de ser un emotivo tributo a este paraje fascinante del Pirineo aragonés, a su impresionante belleza natural y a las personas que dejaron grabadas sus vivencias en las piedras de casas centenarias y cuyos ecos aún susurran en las aguas de fuentes, torrentes e ibones.

MIGUEL HERNÁNDEZ DEL MONCAYO

MIGUEL HERNÁNDEZ DEL MONCAYO

Un poco antes del verano estuve en Orihuela y visité la casa de aquel joven cabrero, Miguel Hernández, que tenía alma de poeta y se inspiraba en su entorno y en Vicente Querol para redactar sus primeras composiciones. Se llevaba los libros y sus cuadernos al monte, miraba al ganado, las nubes o el poniente, y escribía. De vez en cuando, aparecía en los periódicos como un portento de la naturaleza. Miguel, nacido en 1910, aprendía del aire y de la luna de nardo, de su amigo Ramón Sijé y de los periódicos. Poco a poco fue descubriendo la gran poesía española del momento: la Generación del 27, que había rendido homenaje a Góngora, el creador de metáforas que retorcía la gramática en pos de una belleza definitiva. De su lectura, nació ‘Perito en lunas’; años después, de su crisis amorosa con su novia de siempre, Josefina, nacería ‘El rayo que no cesa’, que no era otro rayo que el del amor transformado en desamor, en llanto, en puro desespero. Aquel lapso del conflicto lo aprovechó Miguel para conocer a otras mujeres como Maruja Mallo: fue una pasión urgente y sexual; Maruja, “la mujer que mejor maldecía de Madrid”, era un torbellino de desinhibición. Luego ya vino la Guerra Civil, su militancia republicana, su condición de combatiente que aleccionaba con poemas, como ‘Teruel’, a la muchedumbre. Miguel fue de los perdedores, incluso eligió mal el camino de la huida: Portugal. Pasó sus últimos años en la cárcel y allí escribió ‘Cancionero y romancero de ausencias’, un libro torrencial y triste, el temblor de la sangre y la tierra, poesía de la vida, de la ausencia, de la muerte que acechaba y que llegó en 1942. Este poeta pastor fue recordado en el Moncayo, y en su apéndice más legendario: Veruela, el solar de la poesía, casi el último refugio del romántico Bécquer. Ahí empezó a celebrarse su centenario.

*En la foto, la pintora Maruja Mallo, amante de Miguel Hernández y novia durante varios años de Rafael Alberti.

 

EUDORA WELTY: PALABRAS PARA 'LA HIJA DEL OPTIMISTA'

EUDORA WELTY: PALABRAS PARA 'LA HIJA DEL OPTIMISTA'

*Estos días, la editorial Impedimenta de Enrique Redel publica La hija del optimista de la escritora norteamericana Eudora Welty, escritora y fotógrafa. El escritor  y crítico literario Félix Romeo firma este espléndido prólogo al volumen, que Enrique gentilmente me ha enviado.

 

DE UN TIEMPO Y DE UN LUGAR

Félix Romeo

 

(Prólogo a La hija del optimista, de Eudora Welty, Impedimenta, septiembre 2009)

 

 

La hija del optimista comienza como un cuento de hadas: un hombre se pincha con una rosa en su jardín y cae en un profundo sueño. También hay una gran fiesta, como en La Bella Durmiente: los carnavales de Nueva Orleans, con hombres disfrazados de esqueleto. Y un juez, Clint McKelva, que actúa como un rey bondadoso en su pequeño feudo de Mount Salus. Y una hija huérfana, Laurel, y una madrastra, Fay, como en La Cenicienta.

En La palabra heredada,[1] Eudora Welty cuenta la fascinación con la que empezó a leer: «[Mis padres] tuvieron que haber hecho un gran sacrificio para regalarme, por mi sexto o séptimo cumpleaños —fue después de que aprendiera a leer—, los diez volúmenes de Nuestro mundo maravilloso. Eran libros pesados, hermosamente confeccionados, con los que me tumbaba en el suelo, delante de la chimenea del comedor, sobre todo con el volumen 5, el que compendiaba “Todos los cuentos para niños”. Allí estaban los cuentos de hadas —Grimm, Andersen, los ingleses y los franceses, “Alí Babá y los Cuarenta Ladrones”, Esopo y Reynard el Zorro, los mitos y leyendas, Robin Hood, el Rey Arturo, San Jorge y el Dragón e incluso la historia de Juana de Arco, una porción del Pilgrim’s Progress y un trozo más largo de Gulliver. Todos ellos iban acompañados de las clásicas ilustraciones. Me alojaba en aquellas páginas…».

Los cuentos de hadas siempre le obsesionaron por su capacidad de suspender el tiempo. En un ensayo escrito por la misma época que La hija del optimista, «Apuntes sobre el tiempo en la narrativa»,[2] escribió: «Sólo los cuentos para niños no responden al tiempo, y en ellos el tiempo no tiene efecto; se le puede dar cuerda como un juguete, y acaba siendo un juguete: si se regula con “Había una vez”, empieza a girar hasta que no llega a “Fueron felices y comieron perdices”. Los cuentos de hadas no proceden de la antigua sabiduría, sino de la antigua locura, también poderosa. Siguen reglas propias que son tan firmes como las del tiempo (la magia de los números y de las repeticiones, el dominio del encantamiento); su perfección prohíbe la existencia de elecciones, y la exposición debe ser siempre igual. Son los niños quienes escuchan, quienes disfrutan de la ausencia de suspense en el cuento. Los cuentos hablan de deseos, y por lo tanto se responden a sí mismos».

El tiempo no se suspende en La hija del optimista, pero Eudora Welty quiere que todos los tiempos se junten en los pocos días que dura la acción: el de la guerra civil, el del amor de sus padres, el de la depresión, el de la segunda guerra mundial, el del pollo frito y la televisión… La enfermedad del juez McKelva precipita un tornado de recuerdos en su casa, que ha soportado muchas turbulencias meteorológicas. Su hija, Laurel, está empeñada en que esos recuerdos sean verdaderos, pero sabe que el recuerdo es «como un sonámbulo. Regresará con sus heridas abiertas desde cualquier rincón del mundo, como Phil, llamándonos por nuestros nombres y exigiéndonos esas lágrimas a las que tienen derecho. El recuerdo no será nunca insensible. Al recuerdo sí se le pueden infligir heridas, una y otra vez. En ello puede residir su victoria final. Pero del mismo modo que el recuerdo es vulnerable en el presente, también vive en nosotros, y mientras vive, y mientras tengamos fuerzas, podremos honrarlo y darle el trato que merece».

Son palabras de una ficción, que no se diferencian mucho de sus palabras autobiográficas, como las que usó para terminar La palabra heredada: «La memoria es algo vivo —también la memoria es tránsito. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se une y vive, lo viejo y lo nuevo, lo pasado y el presente, los vivos y los muertos».

Eudora Welty había nacido en Jackson, Mississippi, en 1909, hija de una maestra y de un agente de seguros que se convirtió en un próspero hombre de negocios. Había estudiado en la universidad, donde había empezado a escribir sus primeros textos, y había trabajado, inmediatamente después de la depresión económica de 1929, en la Agencia Estatal de Administración Laboral como publicista, una tarea que la puso en contacto con la vida cotidiana de Mississippi, y en especial con las clases más bajas, nutridas mayoritariamente por afroamericanos, que seguían viviendo con derechos restringidos. Mientras hacía su trabajo realizaba fotografías, que se recogieron en libro años después bajo el título de One Time, One Place: «Al hacer fotografías aprendí qué grado de preparación debía tener. La vida no espera, no está quieta. Una buena instantánea detiene un buen momento que trata de escapar. La fotografía me enseñó que ser capaz de captar la fugacidad de las cosas, para poder apretar el botón en el momento crucial, era precisamente la mayor de mis necesidades».

(Su pasión por la fotografía la emparenta con un contemporáneo que no vivía demasiado lejos de ella, Juan Rulfo: a ambos, también, les fascinaban los fantasmas.)

Fue Katherine Ann Porter quien apadrinó literariamente a Eudora Welty, cuyo mayor aliento hasta entonces lo había encontrado en su madre, y la que, de alguna manera, hizo que abandonara la fotografía para dedicarse solamente a escribir. Sus libros de relatos de los años cuarenta, Una cortina de follaje y Las manzanas de oro, consiguieron un éxito inmediato. Y fue incluida en la promoción de nuevos escritores del Sur, junto a Truman Capote (1924-1984), Carson McCullers (1917-1967) y Flannery O’Connor (1925-1964), que, en palabras de Malcolm Bradbury, «fueron capaces de conjugar un gran refinamiento formal con la oscura visión de la decadencia y del mal, que tuvo como resultado una narrativa de enorme finura gótica».[3]

Cuando publicó La hija del optimista, en 1972, Eudora Welty estaba más cerca de la edad del juez McKelva que de la edad de su hija, Laurel, pero, sin duda, se sentía muy cómoda en la piel de esa mujer, a la que le dio muchas cosas de su propia vida: los viajes en tren, el dolor ante la imposibilidad de parar a la muerte, las cartas de los amantes, el trabajo sin descanso, la casa como pilar de la familia, la pasión por las novelas de Dickens, la obsesión por los objetos mecánicos…



[1] La palabra heredada. Traducción de Miguel Martínez-Lage. Montesinos, Barcelona, 1988.

[2] En On Writing. Modern Library. EE. UU., 2002.

 

[3] En La novela norteamericana moderna. Traducción de Guillermo Sheridan. FCE. México, 1988.

 

JOSÉ ÁNGEL VALENTE: 'LASITUD'

JOSÉ ÁNGEL VALENTE: 'LASITUD'

LATITUD


No quiero más que estar sobre tu cuerpo
como lagarto al sol los días de tristeza.
Se disuelve en el aire el llanto roto,
al pie de las estatuas
recupera la hiedra
y tu mano me busca
por la piel de tu vientre
donde duermo extendido.
El pensamiento melancólico
se tiende, cuerpo, a tus orillas,
bajo el temblor del párpado, el delgado
fluir de las arterias,
la duración nocturna del latido,
la luminosa latitud del vientre,
a tu costado, cuerpo, a tus orillas,
como animal que vuelve a sus orígenes.

José ÁNGEL VALENTE

La fotografía es de Fulvio Roiter, un poeta de la luz más delicada nacido en Venecia.

OTRO 'INVENTARIO DE OTOÑO'

OTRO 'INVENTARIO DE OTOÑO'

Acabo de recibir de Akal una invitación para asistir a la presentación de un libro: ‘Inventario de otoño’. Me he llevado una gran alegría. Cuando vi el título pensé en uno de mis libros favoritos, ‘Inventario de otoño’ de Manuel Vicent, un libro que nació en las páginas de ‘El País’ y que pareció en 1983 en el sello Debate. Es un libro fantástico, una historia de España a través de la conversación y el diálogo con la rica prosa del escritor Vicent. Es uno de mis libros de cabecera, de los que más he aprendido de España, del castellano, de la forma de mirar, del estilo.

No se trataba de la reedición de ese libro sino de una novela, de María Antonia García Quesada, que presentará la novelista Clara Sánchez.

Estos es lo que dice la nota de Elvira de Miguel.

LA AUTORA

Nacida en Madrid en 1955, Antonia García Quesada ha desarrollado su actividad profesional como periodista en el ámbito de la información económica desde hace treinta años. Premio Citigroup Journalistic Excellence Award 2000 y Prosegur 2004, en la actualidad es asesora de comunicación de la Seguridad Social. En el ámbito de la literatura infantil, ha publicado ‘El Tesoro de las Mariposas’ (1988), con seis ediciones en castellano y dos en catalán.

SINOPSIS

Una muerte inesperada obliga a las protagonistas, dos hermanas, a hacer inventario de sus vidas. A ninguna le resulta grato hurgar en el pasado, descubrir que los engaños y los miedos han permanecido agazapados cuando ellas creían haberlos superado. Hacer balance es inevitable para superar el vértigo que produce ser conscientes de los errores cometidos, de los ideales traicionados, de pertenecer a una generación que iba a cambiar el mundo y que, al final, también flirteó con la avaricia, la vanidad y el prestigio social.
Ambientada en el otoño madrileño de finales del pasado siglo, esta magnífica obra, finalista del premio Café Gijón 2003, nos introduce hábilmente en la historia a través de los distintos puntos de vista de sus protagonistas, de sentimientos encontrados pero universales, que permiten al lector identificarse e involucrarse en la trama con gran emoción. (La foto es de Federico Patellani).

 

 

 

LA HISTORIA CON PIES DE FOTO

LA HISTORIA CON PIES DE FOTO

ALBERTO BAYOD: TAL COMO ÉRAMOS EN BELMONTE

 

El historiador e investigador Alberto Bayod publica el volumen ‘La fotografía y su reflejo visual. Belmonte, 1860-1940’, una ambiciosa y compleja antropología social de la localidad turolense

 

 “Siempre me han fascinado aquellas fotografías antiguas”. Con esta frase el historiador e investigador Alberto Bayod inicia su libro ‘La fotografía y su reflejo social. Belmonte, 1860-1940’ (Amigos del Mezquín y otros), un volumen de más de 500 páginas que puede definirse como una antropología visual, “nuevo campo de investigación dentro de las ciencias sociales”, según escribe Mercedes Souto Silva, y como un ejercicio deslumbrante que integra, con rigor y pasión, la fotografía y la historia, tal como señala Pedro Rújula. Alberto Bayod ha invertido miles de horas a lo largo de 19 años en trazar esta “memoria colectiva” de “la dura realidad de una comunidad desigual y tradicionalista”, que sólo es la primera parte de un magno proyecto centrado en la villa bajoaragonesa.

Bayod ha visitado los archivos del Congreso, de la Corona de Aragón, históricos, municipales y parroquiales; ha frecuentado hemerotecas y bibliotecas; ha recogido testimonios orales, y se ha encontrado con colecciones fotográficas, de Belmonte y alrededores, y de profesionales tan conocidos como Ignacio Coyne, Aurelio Grasa, Lucas Escolá, Manuel Jarque o Gustavo Freudenthal. Con todo este bagaje ha organizado sus materiales que abarcan las panorámicas, las fotos de estudio, los retratos al aire libre, las instantáneas escolares, taurinas o festivas, y una incipiente forma de reportaje.

El volumen se abre con las “panorámicas, lugares y escenarios” de Belmonte de Mezquín, luego Belmonte de San José, que ya aparecía en el ‘Madoz’ y el 23 de 1770 en ‘El Correo General de España’ de Madrid, el semanario que dirigía el alcañizano Nipho. Uno de los grandes fotógrafos del libro es Carlos Estevan Membrado, que usaba una ‘Thornton-Pickard’ de 13 x 18; y otro fue el médico Francisco Velázquez, un maestro del autorretrato que se instaló, como galeno, en Zaragoza hacia 1921. Entre las numerosas fotos anónimas hay que destacar una rareza: la del misterioso Enoch Danielssen que se había alejado de la I Guerra Mundial y se había recluido allí con la profesión de cultivador de olivos. Otro capítulo está centrado en las viviendas dispersas: las masías, las torres, las torretas. Entre ellas destaca el proyecto del ‘Mas Blanco’, una especie de “poblado rural lleno de vida” que fue como un modesto sueño de civilización y de explotación agrícola de Juan Pío Membrado.

Otro capítulo está dedicado a la ermita de San José, ese santuario con vistas que siempre ha estado protegido por un ermitaño. Una foto de la impactante y moderna consulta del doctor Francisco Velázquez preside el capítulo dedicado a la enfermedad. Belmonte padeció crueles epidemias de cólera en 1855, que se “ensañó con la familia Membrado”, y en 1885, y una gripe terrible en 1918 que se llevó a 25 personas en 23 días. La niña Josefa Villarroya Mir fue la primera en fallecer; el fotógrafo ambulante Miguel Casanova la retrató poco antes como un ángel. En este apartado, Alberto Bayod cuenta la historia de los médicos como hará luego con los maestros y las maestras, en otro capítulo lleno de sugerencias donde aparecen los grupos de escolares. Se recuerda que era toda una odisea para los maestros cobrar los sueldos cuando debían pagarles los ayuntamientos; para evitarlo se estableció una partida económica con cargo a los Presupuestos del Estado a partir de 1902.

También se documentan las fiestas, las romerías, las procesiones, las corridas de toros y las corridas de pollos, siempre con ricas historias humanas, siempre con su pie de foto. Pero quizá el capítulo más impresionante sea el dedicado a la alteración del orden público. En él figuran el labrador que “monopolizó la figura de juez local durante casi doce años”, el terrible crimen de ‘Las Torretas’, del once de marzo de 1879, en el que fueron asesinados un labrador y dos de sus hijos, uno de ellos degollado, etc. Aunque el caso más impactante y prolijo, de julio de 1907, fue el de los cinco niños “martirizados’ de Zaragoza, que vivían en el paseo de la Independencia. Su padre el ingeniero Eduardo Elío se quedó viudo y se casó con la maestra de Belmonte Rosa Membrado, pero esta fue acusada luego de abandono de los hijos del marido. Cuando los vieron en el cuarto ciego, el fiscal y el juez “no pudieron reprimir un movimiento de horror”. Rosa Membrado los dejó, se dijo, “en un cuarto infecto, sin luz y sin aire respirable”. Aquel suceso conmovió en Zaragoza y en todo el país, y provocó una agria polémica entre ‘El Noticiero’ y HERALDO. Se reproduce una foto de la plaza de San Felipe, en cuya iglesia se había refugiado Elío, que pertenece a un jovencísimo Aurelio Grasa.

*Una procesión de 1922: las mujeres por un lado y los hombres por otro.