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EUDORA WELTY: PALABRAS PARA 'LA HIJA DEL OPTIMISTA'

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*Estos días, la editorial Impedimenta de Enrique Redel publica La hija del optimista de la escritora norteamericana Eudora Welty, escritora y fotógrafa. El escritor  y crítico literario Félix Romeo firma este espléndido prólogo al volumen, que Enrique gentilmente me ha enviado.

 

DE UN TIEMPO Y DE UN LUGAR

Félix Romeo

 

(Prólogo a La hija del optimista, de Eudora Welty, Impedimenta, septiembre 2009)

 

 

La hija del optimista comienza como un cuento de hadas: un hombre se pincha con una rosa en su jardín y cae en un profundo sueño. También hay una gran fiesta, como en La Bella Durmiente: los carnavales de Nueva Orleans, con hombres disfrazados de esqueleto. Y un juez, Clint McKelva, que actúa como un rey bondadoso en su pequeño feudo de Mount Salus. Y una hija huérfana, Laurel, y una madrastra, Fay, como en La Cenicienta.

En La palabra heredada,[1] Eudora Welty cuenta la fascinación con la que empezó a leer: «[Mis padres] tuvieron que haber hecho un gran sacrificio para regalarme, por mi sexto o séptimo cumpleaños —fue después de que aprendiera a leer—, los diez volúmenes de Nuestro mundo maravilloso. Eran libros pesados, hermosamente confeccionados, con los que me tumbaba en el suelo, delante de la chimenea del comedor, sobre todo con el volumen 5, el que compendiaba “Todos los cuentos para niños”. Allí estaban los cuentos de hadas —Grimm, Andersen, los ingleses y los franceses, “Alí Babá y los Cuarenta Ladrones”, Esopo y Reynard el Zorro, los mitos y leyendas, Robin Hood, el Rey Arturo, San Jorge y el Dragón e incluso la historia de Juana de Arco, una porción del Pilgrim’s Progress y un trozo más largo de Gulliver. Todos ellos iban acompañados de las clásicas ilustraciones. Me alojaba en aquellas páginas…».

Los cuentos de hadas siempre le obsesionaron por su capacidad de suspender el tiempo. En un ensayo escrito por la misma época que La hija del optimista, «Apuntes sobre el tiempo en la narrativa»,[2] escribió: «Sólo los cuentos para niños no responden al tiempo, y en ellos el tiempo no tiene efecto; se le puede dar cuerda como un juguete, y acaba siendo un juguete: si se regula con “Había una vez”, empieza a girar hasta que no llega a “Fueron felices y comieron perdices”. Los cuentos de hadas no proceden de la antigua sabiduría, sino de la antigua locura, también poderosa. Siguen reglas propias que son tan firmes como las del tiempo (la magia de los números y de las repeticiones, el dominio del encantamiento); su perfección prohíbe la existencia de elecciones, y la exposición debe ser siempre igual. Son los niños quienes escuchan, quienes disfrutan de la ausencia de suspense en el cuento. Los cuentos hablan de deseos, y por lo tanto se responden a sí mismos».

El tiempo no se suspende en La hija del optimista, pero Eudora Welty quiere que todos los tiempos se junten en los pocos días que dura la acción: el de la guerra civil, el del amor de sus padres, el de la depresión, el de la segunda guerra mundial, el del pollo frito y la televisión… La enfermedad del juez McKelva precipita un tornado de recuerdos en su casa, que ha soportado muchas turbulencias meteorológicas. Su hija, Laurel, está empeñada en que esos recuerdos sean verdaderos, pero sabe que el recuerdo es «como un sonámbulo. Regresará con sus heridas abiertas desde cualquier rincón del mundo, como Phil, llamándonos por nuestros nombres y exigiéndonos esas lágrimas a las que tienen derecho. El recuerdo no será nunca insensible. Al recuerdo sí se le pueden infligir heridas, una y otra vez. En ello puede residir su victoria final. Pero del mismo modo que el recuerdo es vulnerable en el presente, también vive en nosotros, y mientras vive, y mientras tengamos fuerzas, podremos honrarlo y darle el trato que merece».

Son palabras de una ficción, que no se diferencian mucho de sus palabras autobiográficas, como las que usó para terminar La palabra heredada: «La memoria es algo vivo —también la memoria es tránsito. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se une y vive, lo viejo y lo nuevo, lo pasado y el presente, los vivos y los muertos».

Eudora Welty había nacido en Jackson, Mississippi, en 1909, hija de una maestra y de un agente de seguros que se convirtió en un próspero hombre de negocios. Había estudiado en la universidad, donde había empezado a escribir sus primeros textos, y había trabajado, inmediatamente después de la depresión económica de 1929, en la Agencia Estatal de Administración Laboral como publicista, una tarea que la puso en contacto con la vida cotidiana de Mississippi, y en especial con las clases más bajas, nutridas mayoritariamente por afroamericanos, que seguían viviendo con derechos restringidos. Mientras hacía su trabajo realizaba fotografías, que se recogieron en libro años después bajo el título de One Time, One Place: «Al hacer fotografías aprendí qué grado de preparación debía tener. La vida no espera, no está quieta. Una buena instantánea detiene un buen momento que trata de escapar. La fotografía me enseñó que ser capaz de captar la fugacidad de las cosas, para poder apretar el botón en el momento crucial, era precisamente la mayor de mis necesidades».

(Su pasión por la fotografía la emparenta con un contemporáneo que no vivía demasiado lejos de ella, Juan Rulfo: a ambos, también, les fascinaban los fantasmas.)

Fue Katherine Ann Porter quien apadrinó literariamente a Eudora Welty, cuyo mayor aliento hasta entonces lo había encontrado en su madre, y la que, de alguna manera, hizo que abandonara la fotografía para dedicarse solamente a escribir. Sus libros de relatos de los años cuarenta, Una cortina de follaje y Las manzanas de oro, consiguieron un éxito inmediato. Y fue incluida en la promoción de nuevos escritores del Sur, junto a Truman Capote (1924-1984), Carson McCullers (1917-1967) y Flannery O’Connor (1925-1964), que, en palabras de Malcolm Bradbury, «fueron capaces de conjugar un gran refinamiento formal con la oscura visión de la decadencia y del mal, que tuvo como resultado una narrativa de enorme finura gótica».[3]

Cuando publicó La hija del optimista, en 1972, Eudora Welty estaba más cerca de la edad del juez McKelva que de la edad de su hija, Laurel, pero, sin duda, se sentía muy cómoda en la piel de esa mujer, a la que le dio muchas cosas de su propia vida: los viajes en tren, el dolor ante la imposibilidad de parar a la muerte, las cartas de los amantes, el trabajo sin descanso, la casa como pilar de la familia, la pasión por las novelas de Dickens, la obsesión por los objetos mecánicos…



[1] La palabra heredada. Traducción de Miguel Martínez-Lage. Montesinos, Barcelona, 1988.

[2] En On Writing. Modern Library. EE. UU., 2002.

 

[3] En La novela norteamericana moderna. Traducción de Guillermo Sheridan. FCE. México, 1988.

 

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