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Antón Castro

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JAVIER TOMEO, COMO LA GARBO, SONRÍE

JAVIER TOMEO, COMO LA GARBO, SONRÍE

Ayer Javier Tomeo presentó, en compañía de Félix Romeo y de Ramón Acín, su libro ‘Pecados griegos’, su libro más republicano. Antes, nos vimos en el Palafox, su hotel en Zaragoza, y le tomé este retrato: Tomeo, como la Garbo, sonríe.

JAVIER TOMEO PRESENTA HOY 'PECADOS GRIEGOS'

JAVIER TOMEO PRESENTA HOY 'PECADOS GRIEGOS'

El escritor aragonés residente en Barcelona, Javier Tomeo presenta hoy a las 19:30 su libro "Pecados griegos" (Bruguera).


    Javier Tomeo presenta esta tarde, en Ámbito Cultural, su libro ‘Pecados griegos’ (Bruguera), una novela que transcurre de noche, a la luz de la luna y bajo el graznido de un pájaro. En el jardín, el adivino y sabio Godofredo conversa con la reina Fedra e intenta esclarecerle un turbio sueño. El libro adquiere de inmediato el desarrollo de una novela dialogada en torno al futuro y a una cuestión inquietante: ¿La dejará el monarca?

 

Esta foto de Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1931) es Lisbeth Salas. El libro está dedicado a Elke.  

FERNANDO AÍNSA: UN POEMA INÉDITO

FERNANDO AÍNSA: UN POEMA INÉDITO

Clima húmedo

 

Fernando AÍNSA

 

Regresé del Sur hace unos años

Olvidé la humedad en un armario

Lo cerré a cal y canto,

         ligeramente desmemoriado.

 

Del aire seco hago ahora

riguroso calendario

que observo con atención

aunque el cierzo lo desmienta

          de tanto en tanto.

 

Trastorno de la emoción

que me procura su soplo inesperado

confluencia de vientos sin gobierno

que descienden por el valle del Ebro

         para morir en una esquina de Montevideo.

 

Pampero y cierzo

¿Ha sido mi destino estar sacudido

         (tan luego)

por estos vientos?

 

Idéntica fase inicial,

la ráfaga intensa

descenso brusco de temperatura

el modo que tienen ambos de enervarnos

impaciencia del gesto con que los soportamos.

 

Mas luego aquel lejano Pampero llena de vapor el aire

         asciende la presión atmosférica

         se diferencia en húmedo o seco

         y se pierde en nubes de polvo

         o en la esperada lluvia,

                   en el mejor de los casos.

Éste

—el viento cercio de la Hispania Citerior descrita por Catón el Censor—

reseca el aire.

Lo dicen activo y animoso,

aunque irrita su persistencia

el duro quemar de las plantas su temprano brote.

 

Con los años lo prefiero

         me aguza el ingenio el frío que provoca.

Lo siento en Zaragoza, lo respiro en Oliete

         (¿Se llama esto integrarse o es pura resignación?)

 

Del clima húmedo añoro su empalagosa omnipresencia

de su agobio y cristales empañados

el sudor con que acompañó mi juventud de ventanas abiertas al Río–mar

el cuerpo desnudo sobre la sábana tibia del verano

el frío penetrante de un invierno de bombillas  callejeras

oscilando  en una esquina mal iluminada

donde se pierden amigos y recuerdos

y adonde acudo ahora buscando desentrañar su esencia

antes de que la niebla del olvido lo disuelva todo.

 

 

(“Clima húmedo”, poema inicial

del poemario inédito Clima húmedo,

finalista Premio Ciudad de Salamanca 2008).

*La foto es de Gerald Bloncourt.

 

 

 

FIRMO HOY EN XORDICA Y LOS PORTADORES DE SUEÑOS

FIRMO HOY EN XORDICA Y LOS PORTADORES DE SUEÑOS

 

 

Vuelven a salir los libros al Paseo de la Independencia. Hay una auténtica fiesta de novedades.

Por la mañana estaré, de doce a dos, en Xordica, en compañía de Miguel Mena (firma ‘Piedad’, que ya ha llegado a la segunda edición), José Damián Dieste (‘Adivinanzas del Alto Aragón’), Javier Delgado (‘Tierra de nadie’) e Ismael Grasa (‘Brindis’).

 

Yo firmaré ejemplares de mi libro de relatos -“mi libro más autobiográfico” según mi hija Aloma-, ‘Fotografías veladas’ (Xordica. Ha supuesto mi regreso a este sello quince años después de ‘Con veneno en la boca’, que fue su primer título, creo), un libro dividido en tres partes, donde reaparece el fotógrafo Patricio Julve, acompañado aquí por el conductor de protocolo Ventura Amar con su 1500 negros, cobra fuerza otro fotógrafo de Garrapinillos, Manuel Martín Mormeneo (fotógrafo de fantasmas), y aparecen historias de Bécquer, de maquis, de aragoneses en Galicia y de gallegos en Aragón, de perros fantásticos y cotidianos, de casas con sirenas o de ciudadanos que se enamoran locamente de Zaragoza y la convierten en el escenario de una pasión de una noche.  

 

Por la tarde, estaré en Los Portadores de Sueños. Allí firmaré ‘Fotografías veladas’ y el álbum infantil ‘Jorge y las sirenas’ (Marboré), que ha ilustrado con absoluta belleza Alberto Aragón, que también acudirá de seis y media a ocho y media. Es un libro pensado para Jorge Sanmartín, cuando estaba en el hospital; ahora, felizmente recuperado, hemos podido sacarlo a la luz. Me han dicho Eva y Félix que no quedaban ejemplares de ‘Golpes de mar’ (Destino).

También estarán en el puesto Miguel Mena, Ismael Grasa y José Luis Cano, que firmará ‘Las sitiadas’ (Xordica) y ‘El cuerpo humano’, un libro que ha publicado en el sello Thule con textos de Grassa Toro.

 

Copio algunas adivinanzas en el libro de José Damián Dieste, donde nada es lo que parece:

 

-Encima de ti me pongo y tú sola te meneas, yo con el fruto me voy y tú con la leche te quedas. (La adivinanza es de Arbués: ¿qué es?)

 

-Te la metí, te la saqué, tú llorabas, yo reía de ver la sangre que te salía. (Acumuer: ¿qué es?)

 

-Dos enamorados se conocieron por carta. El enamorado le pregunta: “¿Cómo te llamas y de qué color quieres un vestido? Y ella responde: “Si el enamorado es entendido, ahí llevas el nombre de la novia y el color del vestido” (Linás de Marcuello).

 

Y acabo con una muy literaria:

 

-La última soy en el cielo, en Dios soy el tercer lugar, siempre estoy en navío y nunca en el mar. (Agüero).

*Detalle de ’Jorge y las sirenas’, de Antón Castro y Alberto Aragón, editado por Marboré. La ilustración es de Alberto Aragón.

UNA BIBLIOTECA MUNICIPAL EN MEICENDE

UNA BIBLIOTECA MUNICIPAL EN MEICENDE

Mañana, 23 de abril, en Meicende, una localidad próxima  a A Coruña, le ponen mi nombre a la biblioteca municipal. Meicende pertenece al Ayuntamiento de Arteixo, y tiene una población próxima a los 4.000 habitantes. La actual biblioteca se halla instalada en el Colegio San José Obrero, pero el nuevo edificio estará para dentro de año y medio. Otros cuatro escritores darán nombres a las bibliotecas: la de mi pueblo Arteixo recibirá el nombre de Henrique Rabuñal, que ha desplegado una intensa actividad desde hace más de veinte años; la de Pastoriza recibirá el nombre de Miguel Sande; la de O Froxel, el de Dora Vázquez y la de Oseiro el de Francisco Vidal.

 

 

 MEICENDE E O TERRITORIO DO SOÑO

A primeira imaxe que teño de Meicende é a da presa chea de gaivotas a calquera hora. Sempre quixen escribir un conto que sucedese alí, un conto con peixes, navegantes e sereas.

 

Máis tarde, o nome de Meicende impuxóseme vencellado ó fútbol. Cando eramos nenos viviamos o fútbol modesto cunha aureola mítica, coa épica dos días de chuvia e de lama. Non só distingo a camiseta branca e roxa do clube, senón o seu impresionante campo.  

 

E mais logo, durante cinco anos ininterrumpidos, pasei todos os días por Meicende e namorisqueime dunha rapaza loira que me facía recordar a Françoise Sagan. Subía e baixaba alí. Quizais se chamase Sabela; eu, que a quería só para min e que nunca lle dixen nada, chamábaa ‘Miss Meicende’. Despois, cando empezaba a ser escritor e xornalista en Zaragoza, recibín fermosas cartas desde aquí: Antonio Couceiro intentaba alimentar os degaros dun galego novo no desterro. Despois, a poeta Emma Couceiro, a súa filla, tamén me mandou os seus poemas. Traían o arrecendo da presa e da herba mollada de Meicende.

 

Unha das formas máis perfectas de residencia na Terrá é unha biblioteca: é unha casa enmeigada, o territorio do soño, o tobo das palabras e o mar das emocións compartidas desde a orixe do mundo cos lectores e cos escritores irmáns como Enrique Rabuñal, Miguel Sande, Dora Vázquez... Como os outros pobos, Meicende ten unha casa con libros, un espacio de luz contra a tebra. Síntome moi feliz por este acto de infinita xenerosidade do Axuntamento de Arteixo, de Xosé Luis Alonso e de todos vostedes. Sempre pensei que unha das moradas máis seguras era unha biblioteca. E aínda máis: unha biblioteca en Galicia.

 

JOHN LE CARRÉ. REFLEXIONES DE DANIEL GASCÓN

JOHN LE CARRÉ. REFLEXIONES DE DANIEL GASCÓN

El pasado 10 de abril, el escritor, traductor y guionista Daniel Gascón (danielgascon.blogia.com) publicaba en su blog un artículo sobre John Le Carré, a raíz de una entrevista que había aparecido en ‘El País’. El artículo es extenso, pero creo que es muy interesante y que invita a la reflexión y a la polémica. Seguro que hay gente que piensa que Le Carré es un escritor superior a Camus y Orwell, los menos sin duda, pero aquí hay materia y todo un discurso organizado y desmitificador de algunas posiciones insostenibles.

 

 

El País publicó este sábado una entrevista con John Le Carré. Por lo que cuenta el periodista Le Carré es un hombre agradable: pasó cinco horas con él, charlaron, fue simpático. Aunque desde luego yo no puedo compartir todos los calificativos. El periodista sale de casa de Le Carré “con la certidumbre de haber conocido a uno de los hombres del siglo, de éste y del pasado, con la extraña sensación de que a veces, sólo a veces, la palabra, la literatura, tienen la fuerza y la estatura moral que queremos concederles”.

El periodista compara a Le Carré con George Orwell y Albert Camus, que es compararlo con dos paradigmas del intelectual honesto y comprometido, de personas que se opusieron al totalitarismo y a la distorsión de la verdad en un siglo en el que demasiados intelectuales fueron cómplices de la barbarie, y que en defensa de sus ideas adoptaron posiciones a menudo impopulares. Orwell combatió el imperialismo, el fascismo y el comunismo. Combatió en Aragón durante la Guerra Civil española y estuvo a punto de ser asesinado por los estalinistas poco después. Se opuso a la política de apaciguamiento de Hitler –en la que participaron las democracias europeas; más tarde, la izquierda británica decía que la guerra no iba con ellos, porque Hitler había pactado con Stalin-, y criticó a la Unión Soviética cuando esa postura no era nada popular, porque era un país aliado.

Albert Camus es otro paradigma similar, de un hombre que luchó contra el nazismo y el comunismo, y que incluso cuando se equivocaba –como en el caso de la independencia de Argelia- intentaba hacerlo por las razones correctas, y defendía el derecho a hablar de los demás. Se pasó buena parte de su vida intentando explicar lo que quería decir, a menudo corrigiendo interpretaciones malintencionadas. Leer sus polémicas es hermoso porque se ve a un hombre inteligente que siempre respeta a la persona con la que discute, alguien que intenta comprender y también que lo entiendan. Estas palabras, por ejemplo, me parecen emocionantes y verdaderas: Camus propone como tarea de los intelectuales reconocer

que su vocación más profunda es defender hasta las últimas consecuencias el derecho de sus adversarios a tener otra opinión. Proclamarán, de acuerdo con su condición, que es mejor equivocarse sin matar a nadie y dejando hablar a los demás que tener razón en medio del silencio y los cadáveres.

 Comparar a Le Carré alguien con Orwell y Camus es como comparar a un ciclista con Eddie Merckx o a un futbolista con Maradona. Aunque, como dijo el propio Orwell, “todos los santos son culpables mientras no se demuestre lo contrario”. Y Le Carré no tiene la calidad literaria de Orwell ni Camus. Y, desde luego, no reúne condiciones para ser un referente moral como ellos.

El caso Rushdie

Dice Le Carré en la entrevista: “La consecuencia del caso Rushdie fue que podíamos acabar con toda la tolerancia hacia el islam”. El deslizamiento de John Le Carré es impresionante: al parecer, el caso Rushdie causó una tormenta cultural en la que Occidente podía agredir alegremente a los musulmanes. Sin embargo, Le Carré no da algunos detalles: por ejemplo, no dice en lo que consistió el caso Rushdie: un escritor publicó un libro y un dirigente de otro país lo condenó a muerte por ello. Y también de paso recomendaba matar a quienes hubieran tenido alguna relación con la fabricación del libro. Afortunadamente, el Reino Unido, que no estaba a favor de que se asesinara a la gente por publicar una novela, protegió a Rushdie, que tuvo que ocultarse; los fanáticos atacaron a traductores y editores del libro, y asesinaron a uno de ellos; también hubo muertos en protestas callejeras.

Muchos escritores salieron en defensa de Rushdie: Sontag, Hitchens, McEwan… Otros dudaron. Y otros dijeron que Rushdie se lo había buscado. No sé si es con la condena a muerte con lo que había que mostrarse tolerante, pero según Le Carré, oponerse a ella era declarar la guerra al islam, y te convertía en un héroe cultural. Sin embargo, al revisar las declaraciones de esos días, lo que parece que garantizaba ese estatus era exactamente lo contrario: culpar a la víctima, rebobinar la Ilustración y someter la libertad de expresión a las ideas religiosas más violentas, e infantilizar a todos los musulmanes: quienes criticaron a Rushdie no tuvieron en cuenta a los musulmanes que se opusieron a esta sentencia y a los millones de personas de esa confesión que sufren, de manera infinitamente más directa que la inmensa mayoría de occidentales, la tiranía del extremismo religioso. Esa postura vergonzosa fue la que adoptaron John Berger y John Le Carré, y a los dos les ha ido muy bien y se consideran referentes morales, o héroes culturales. Y, mientras tanto, publicar libros que puedan provocar la ira de los fundamentalistas se ha vuelto mucho más difícil.

"Tiempos más tranquilos"

Le Carré declaró: “"Una y otra vez, ha estado en manos de Rushdie la posibilidad de salvar la cara de sus editores y, con dignidad, retirar su libro hasta que lleguen tiempos más tranquilos. Me parece que no tiene nada que demostrar, salvo su falta de sensibilidad".

Dos detalles adicionales hacen su caso un poco más feo: Rushdie había publicado poco antes una reseña muy dura de La casa Rusia, una novela de Le Carré; años más tarde, cuando apareció El sastre de Panamá, algunos periódicos estadounidenses acusaron a Le Carré de antisemitismo. Le Carré lamentó la persecución que sufría, aunque siguió insistiendo en que Rushdie se lo había buscado. En esa ocasión, Le Carré reprochó a los defensores de Rushdie su “colonialismo”, porque según él el islam no estaba preparado para tolerar las críticas (lo que constituye un argumento colonialista de manual). Explicó que no debía salir la edición de bolsillo porque le preocupaba más la chica de Penguin a la que un paquete bomba podía volarle las manos que el dinero en derechos de autor que podía ganar Rushdie (un ejemplo de demagogia especialmente perverso; por cierto, los trabajadores dijeron que querían que el libro saliera), y que “no hay ninguna ley en la vida o la naturaleza que permita insultar impunemente una gran religión”.

Recientemente ha matizado un poco su posición: ha dicho que es posible que estuviera equivocado en el asunto de Los versos satánicos, pero “Me parecía poco razonable esperar que el Islam alcanzara de pronto el mismo estado de desarrollo que nuestras propias religiones”. Tampoco me parece muy satisfactorio: si le hubiéramos dejado y hubiésemos esperado su evolución, es posible que la Iglesia Católica siguiera empleando las estrategias pedagógicas de la Inquisición para reformar a los homosexuales, los ateos o los que tienen ideas equivocadas. Respecto a su moratoria de publicación hasta que lleguen “tiempos más tranquilos”, parece que tendríamos que seguir esperando un poco más. Y de nuevo parece que Le Carré considera que el auténtico islam es la interpretación más fundamentalista de la religión. ¿Los musulmanes que se opusieron a la fetua son menos musulmanes?

La religión

Aunque las ideas de Le Carré sobre la religión son en general bastante confusas:

Era muy fácil en esos tiempos ser un héroe cultural si te sumabas a la cruzada contra el islam, y usted lo sabe mejor que yo viviendo en un país católico, hasta qué punto Aznar tenía motivos religiosos. Y eso da mucho miedo: que Bush y Blair fuesen en el fondo tan cristianos, y no me refiero a la religión. Si vas a Dios para justificar tus acciones, eso no es fe...

Aznar era religioso. Si había razones religiosas para la invasión de Irak, yo no lo sé. Se hizo con pretextos falsos: las armas de destrucción masiva. También se dieron otras razones, pero me parece que la religión no estaba entre ellas. Y Bush, que era cristiano y empleó la palabra “cruzada” poco después del 11-S, también tenía buenas relaciones con algunos países musulmanes. Si Le Carré cree que la idea de que la democracia puede exportarse por las armas es religiosa, debería explicar cuándo emplea la religión como metáfora y cuándo literalmente (entiendo que cuando afirma que España es un país católico, sea lo que sea que significa eso, lo dice literalmente).

Luego dice que Bush y sus amigos no eran cristianos de verdad porque tenían que demostrar su fe: a lo mejor es una corrección, y quiere evitar insultar una gran religión, pero no estoy seguro. Lo que sí sé es que los que mataron a 191 personas en España tenían motivos religiosos. Que sus creencias fueran sinceras o no, que interpretasen mal el Corán, no me importa tanto, porque pienso que la vida humana está por encima de cualquier creencia religiosa.

Una línea falsa

Pero quizá lo más delirante, y malintencionado, sea la línea falsa que construye Le Carré, y que va desde la defensa de la libertad de expresión en el caso Rushdie a la guerra de Irak -que se produjo catorce años después-, la persecución a los musulmanes y el apoyo a Guantánamo o el recorte de los derechos civiles. La URSS durante la Guerra Fría y el terrorismo islámico en nuestros días son peligros prácticamente imaginarios, productos de una paranoia que nos inculcan los malvados dirigentes occidentales, las corporaciones, etc.: lo que realmente es peligroso son Los versos satánicos y quienes los defienden, porque ya sabemos a lo que conduce eso:

La experiencia de Rushdie y la declaración de una guerra cultural contra el islam ayudaron a esta polarización. Tras el 11-S no era seguro tener un tipo de piel en áreas urbanas y toda la retórica fácil sobre el islam ayudó a demonizar a esta gente.

De nuevo, Le Carré invierte el papel del agresor y la víctima en el caso Rushdie. Establece un vínculo que no existe. La fetua contra Rushdie se emitió en 1989. Jatamí la congeló en 1998. Los atentados del 11-S se produjeron en 2001.

Se pueden defender la libertad de expresión y los derechos humanos, y no estar a favor de la intervención armada; y al revés: pregúntale a Bush. Se puede, incluso, pensar que el islam tiene que encontrar su propia Ilustración, pero que las ideas religiosas no pueden decidir lo que se debe publicar en países democráticos. También se puede pensar que el terrorismo es un enemigo, y que hay que derrotar a los terroristas y a quienes los financian, por una parte, e impulsar de muchas maneras reformas liberales en los países donde la población vive oprimida bajo ideas totalitarias, por otra. Lo que es raro es lo que hace Le Carré: defender las libertades en unos casos y atacarlas en otros, según quién las amenace.

"Esas cosas ocurren"

En la versión de Le Carré, las actividades terroristas, que han asesinado a mucha más gente en los países del mundo islámico que en Occidente, no tienen mucha importancia:

Es verdad que padecimos el terrible 7-J y ustedes el todavía peor 11-M y que esas cosas ocurren.

 Arrincona los atentados del 11-S en un complemento circunstancial de tiempo (“tras el 11-S”, aunque reconoce: “hay unos cuantos miles de personas que forman Al Qaeda y hay una parte de la sociedad islámica que les apoya”). Tampoco habla de la hostilidad en ciertos países musulmanes hacia Occidente, del antisemitismo, de la expansión de las versiones más intolerantes del islam, que son cosas al menos tan evidentes como los problemas que tuvieron que afrontar los musulmanes en Occidente tras los atentados. Por cierto, en España no hubo altercados contra los musulmanes después del 11-M.

La tentación de la calumnia

La versión de Le Carré es una teoría de la conspiración. Hay gente que defendió a Rushdie y apoyó la invasión de Irak. Pero mucha más gente no lo hizo (muchos de los que condenaron la fetua eran progresistas, y la mayoría de los progresistas se opuso a la intervención ilegal) y también se manifestó en contra de la criminalización de los musulmanes: un ejemplo es Rushdie, que curiosamente no estaba a favor de que lo asesinaran y criticó la guerra de Irak y la política de Bush en general. Y que, además, siempre ha defendido que la circulación de las ideas, el amor a la libertad, la justicia social o importancia de la belleza, de la música o del arte, de la alegría y la libertad sexual, son elementos esenciales en la lucha contra el fundamentalismo.

Eso no significa estar de acuerdo con las vergonzosas prácticas de la desastrosa administración estadounidense anterior. Al contrario, uno de los peores aspectos de la guerra contra el terrorismo de Bush es que traicionó los principios de la legalidad, la libertad y el respeto a los derechos humanos que debía defender. A los gobiernos democráticos debemos exigirles que cumplan su palabra; al fundamentalismo religioso hay que impedirle que lo haga.

Oponerse a las ideologías que promueven la muerte y a las matanzas indiscriminadas de personas inocentes, enfrentarse a los castigos corporales, al asesinato por ideas políticas, al control del comportamiento sexual o a la exclusión de las mujeres en cualquier lugar es lo mínimo que yo le pediría a un supuesto referente moral. Para tomar en serio los juicios que un escritor emite sobre el mundo le pediría rigor intelectual, una aspiración a la objetividad por encima de las antipatías personales y la tentación de la calumnia, y la capacidad de distinguir entre víctimas y verdugos. En esta entrevista, no me parece que John Le Carré satisfaga ninguna de estas condiciones.

 

ANTONIO CARDIEL PUBLICA 'LA CRUELDAD DEL FOTÓGRAFO'

ANTONIO CARDIEL PUBLICA 'LA CRUELDAD DEL FOTÓGRAFO'

TEXTO DE ANTONIO CARDIEL

“¿No es acaso la imperfección misma de la fotografía esa dificultad de existir llamada trivialidad?”, se pregunta Roland Barthes en su memorable ensayo “La cámara lúcida”, y yo creo que sí, que la fotografía viene a demostrar, al menos en su práctica de aficionado, que las fotos que atesoramos todos en los álbumes familiares reflejan punto por punto la imperfección de nuestra vida, la trivialidad de los acontecimientos que nos afanamos en retratar. Hace ya algunos años que recorro los rastros con el corazón en un puño, en busca siempre de los álbumes perdidos de los extraños. En ellos, como si fueran espejos, me veo a mí mismo retratado en el año 1936, o en 1975, en una playa de la Costa Dorada, de viaje por Francia, en una fiesta de cumpleaños entre globos y confeti, en una boda cualquiera de unos seres quizá ya fallecidos, como si todas esas fotografías desgraciadamente perdidas nos pertenecieran a todos, como si fueran clichés que atañen a toda la Humanidad. Por eso los compro. Por eso los miro y remiro, por eso escribo sobre ellos, por eso compongo novelas como “La crueldad del fotógrafo”, o relatos que van a para a mi blog. Porque esas fotos me pertenecen, nos pertenecen a todos y reflejan nuestra trivialidad más íntima. O la trivialidad de existir.            

 

 

*Dentro de un mes, Antonio Cardiel, uno de mis escritores inadvertidos favoritos (en el fondo, todo aquel narrador que no sale en los libros del apasionado Fernando Valls es un poco un escritor inadvertido), publica un libro sorprendente en Mira. Esta portada es solo el anuncio.    

'LA MUJER DESNUDA' DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

'LA MUJER DESNUDA' DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


LA MUJER DESNUDA

Humana fuente bella,
surtidor de delicia entre las cosas,
tierna, suave agua redonda,
mujer desnuda: ¿un día,
dejaré yo de verte;
te tendrás que quedar
sin estos asombrados ojos míos,
que completaban tu hermosura plena,
con la insaciable plenitud de su mirada?

(¡Estíos; verdes frondas,
aguas entre las flores,
lunas alegres sobre el cuerpo,
calor y amor, mujer desnuda!)

¡Límite exacto de la vida,
perfecto continente,
armonía formada, único fin,
definición real de la belleza,
mujer desnuda!: ¡un día,
se romperá mi línea de hombre,
me tendré que espandir
en la naturaleza abstracta;
no seré nada para ti,
árbol universal de hoja perene,
eternidad concreta!


Un poema de Juan Ramón Jiménez, uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Acaso el símbolo de la vida de la poesía.