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Antón Castro

Escritores

HARRY MARTINSON, DOS POEMAS DEL AUTOR SUECO

HARRY MARTINSON, DOS POEMAS DEL AUTOR SUECO

Ayer me llegó un extraordinario libro: ‘Entre luz y oscuridad’ (Nórdica, el sello que dirige Diego Moreno), los poemas de Harry Martinson, el escritor sueco que recibió el Premio Nobel en 1974 (lo compartió con su compatriota Eyvind Johnson). Martinson, huérfano de padre desde muy joven (nació en Jämshög en 1904 y falleció en Estocolmo), se alistó en un barco y navegó durante seis años. Estuvo en varios navíos por Sudamérica y la India, en realidad estuvo en numerosas partes del mundo y esa experiencia se percibe en sus poemas, especialmente de primera época. En 1927, se instala definitivamente en Suecia e inicia su carrera de escritor. En 1931, publica ‘Nómada’, que le otorgó una fama inmediata. Es un escritor de las pequeñas y grandes cosas de la vida, épico y lírico a la vez, detallista y a la vez universal. Cuando recibió el Nobel, la Academia dijo que se lo otorgaba por una poesía “que refleja la totalidad del Universo en una gota de rocío”. La traducción de esta extensa antología es de Francisco Uriz, a quien la poesía nórdica le debe mucho, muchísimo.

 

 

Copio aquí dos piezas, una de su primera época y otra de la última.

 

DESCRIPCIÓN DE UN VIAJE

 

         Buscaba lo puramente desnudo.

         Llegué a Senegambia-

         pero la tela de algodón había llegado antes que yo

         a rayas, de lunares y estampada

         como falsas pieles de serpiente amarillas.

 

Negras desnudas solo las había en los burdeles.

 

Pero una tarde una pobre aguadora estaba desnuda

mirando el río.

 

Allí pasaba el agua desnuda

y la luna desnuda luchaba con las ropas de las nubes.

Allí me cantó la mujer muy tarde por la noche

su terrible y desnuda canción.

 

Y había un gramófono afónico que cantaba

un estúpido cuplé erótico

para todo el polen que arrastran los vientos alisios

en la punta más extrema del Cabo Verde.

 

 

El bosque y el mar tienen idiomas diferentes.

Yo aprendí los dos.

Existían las mitades divididas que aunque cortadas de un trozo y separadas

No tenían suficientes heridas.

Esto pasa con el mar y el bosque.

El mar me enseñó una unidad

El bosque otra.

De los hombres rara vez aprendí algo tan sabio

como la unidad del mar y la unidad del bosque, separadas.

 

*Esta es una foto fechada en torno a 1950. Dicen que es de Harry Martinson, que tiene aspecto de ser un marino norteamericano que acaba de realizarse un tatuaje. No es el poeta, pero me ha parecido simpática traer aquí esta instantánea. La foto es de la revista 'Life'.

 

 

IDEA VILARIÑO Y JUAN CARLOS ONETTI: UN LOCO AMOR

IDEA VILARIÑO Y JUAN CARLOS ONETTI: UN LOCO AMOR

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré donde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

 

Acaba de fallecer la poetisa Idea Vilariño, cuya poesía completa publicó Lumen. A ella le dedicó Juan Carlos Onetti su novela ‘Los adioses’: vivieron un inmenso amor, y este poema de Idea Vilariño, este poema estremecedor, es uno de los perfectos ejemplos. También encuentro este texto sobre una de las más bellas y atormentadas e imposibles historias de amor entre escritores. Es un texto de Blanca Elena Pantin, un poco extenso pero muy interesante.

 

Idea Vilariño y Onetti, una pasión

Por Blanca Elena PANTIN

Los ‘Poemas de Amor’ de la legendaria poeta uruguaya tienen nombre y apellido: Juan Carlos Onetti. La historia de ese libro, la pasión que lo gestó, se remonta a Montevideo a comienzo de los años cincuenta.

Hay escritores condenados a ser reconocidos por un solo libro. Ese parece ser el destino de la poeta uruguaya Idea Vilariño autora de pasionales poemas de amor que tienen nombre y apellido: Juan Carlos Onetti (considerado un clásico del género, curiosamente ninguno de los poemas del libro fue incluido en la ‘Antología Poesía Amorosa Latinoamericana’ editada por Biblioteca Ayacucho.

La historia de esas páginas se remonta a la década de los cincuenta cuando a la sazón no se conocían. La vida intelectual de Montevideo y Buenos Aires permitía esas convivencias en las que cada uno y por su lado se reunía con quien quisiera: Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Bioy Casares, las hermanas Ocampo (Victoria y Silvina), José Bianco... De esos años (1950) data Número, revista donde comenzó todo. Fundada por Emir Rodríguez Monegal, Mario Benedetti, Manuel Claps e Idea Vilariño, la publicación fue una de las pocas que reseñó con entusiasmo la aparición de ‘La vida breve’, un libro de Onetti que prácticamente ignoró la crítica de Buenos Aires. Conocerse como se conocían –al menos porque se habían leído– el encuentro no tardó mucho en precipitarse. Al fin y al cabo uno y otro eran el centro y epicentro de círculos intelectuales que ya los habían llevado poco menos que a los terrenos de la leyenda. Ella hierática. El, maldito. La pareja perfecta. El encuentro debió ser en un café del centro de Montevideo. La historia de lo que ocurrió entonces fue referida por Vilariño a María Esther Gilio y Carlos M. Domínguez en la biografía que ambos periodistas publicaron sobre Onetti (‘Construcción de la noche’, Planeta 1993): ’Estaba seduciéndome a fondo con lo mejor de sí mismo y tanto que yo me quedé convencida de que aquello era la séptima maravilla. Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré’. Burro, perro, bestia.

Pero el encuentro definitivo demoraría algunos meses más. Mientras tanto cultivaron una correspondencia en la que se trataban ridículamente de Usted tomándose algunas licencias: “Pasó el verano y no viniste”, se atrevió a reclamar la Vilariño. De allí a lo inevitable: fueron amantes marcados por explosivas rupturas y reconciliaciones. “Es el último hombre de quien debí enamorarme porque éramos lo más imposible de ligar que había. Nunca entendió el ABC de mi vida, nunca me entendió como ser humano, como persona. Y así teníamos nuestros grandes desencuentros. Si yo hablaba de algo sumamente delicado él me salía con una barbaridad. Decía cosas que me hacían echarlo, imposibles de soportar. Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui”.

Burro, bestia, perro, a Onetti están dedicados todos y cada uno de los poemas de amor que escribió Idea Vilariño.
’Estás lejos y al sur/ Allí no son las cuatro/ Recostado en tu silla/ apoyado en la mesa del café/ de tu cuarto/ tirado en una cama/ la tuya o la de alguien/ que quisiera borrar/ –estoy pensando en ti no en quienes te buscan/ a tu lado lo mismo que yo quiero–./ Estoy pensando en ti ya hace una hora/tal vez media/no sé./ Cuando la luz se acabe/sabré que son las nueve/estiraré la colcha/me pondré el traje negro/y me pasaré el peine./ Iré a cenar/ es claro’

Relación definitivamente signada por el deseo, las aristas que pudieron o no construir aterrizaban en el sexo. A días y noches de encierro, sucedían meses sin saber nada uno del otro. Se mandaban al demonio una y otra vez. Un día –años después (1961)– las cosas fueron demasiado lejos. En esta ocasión la amenaza fue cierta: “Si te vas –alertó el escritor– no me encontrarás a tu regreso”. La poetisa tomó las palabras como la amenaza de un loco que no entendía la gravedad de la noticia que acaba de recibir: el asesinato del profesor Arbelio Ramírez (eran los días de la visita del Che Guevara a Montevideo) y la llamada del gremio de profesores (Idea era profesora del liceo Vásquez Acevedo) convocando a una asamblea que no admitía demoras. “Si vas, no me encuentras”, repitió Onetti. Sin tomarse en serio el ultimátum, Idea se dirigió a la reunión: “Pero en cuanto pude me escapé y regresé a casa. Cuando vi la luz prendida pensé que estaba pero cuando abrí la puerta sentí como si me golpearan en el pecho. Había dejado una nota insultándome y diciéndome un montón de barbaridades. Y mis poemas, unos poemas de amor que le había dado, estaban arrugados y tirados a los pies de la cama”. Un nuevo (último) encuentro sucedería en 1974 a raíz del terrible cierre del diario ‘Marcha’ por la censura del régimen militar. El pretexto de la clausura del diario, al que Onetti estuvo estrechamente vinculado, fue la publicación del cuento ganador de un concurso en el cual fue jurado y en el que los militares leyeron un complot contra la dictadura. Onetti fue confinado a tres meses de cárcel y tratado poco menos que como un enajenado mental. A la salida de ese infierno recibió la visita de su antigua amante quien evocó el reencuentro en un texto que cedió para el libro de Gilio y Domínguez:

“Quedamos solos y callados. Callados. Pero yo no soy como entonces; algo aprendí; algo me enseñó el recuerdo; siempre sentí no haber tenido más madurez para tratarlo entonces. O es la diferencia entre estar y no estar enamorada. Nos moriremos sin aprender a hablarnos’, pregunté. Siempre nos costó’, dijo. Te acordás de aquella vez que llegaste, después de tanto tiempo y estuvimos veinte, treinta minutos sin hablar, sentados, yo en la cama y tú en la silla. Me inhibiste siempre en todo’. Sí’, dijo. Tu también’, dije. Una vez me dijiste que no podías comer ni hacer el amor ni... conmigo’. Sí’, dijo. Y me miraba por momentos; por momentos volcaba la cabeza; se mordía el labios superior, con una expresión de impotencia, de desesperación. Así que yo no sé lo que es el amor. Vos sufrías de amnesia, evidentemente. La primera vez que entré a tu sala del Museo quedé loco por vos. Nunca entendí lo que me pasaba; pero estaba loco por vos’. Nunca me lo dijiste’. Nunca entendí aquel deseo de posesión, aquel afán dominador. (Yo no recordaba nada parecido). No te dejaba ir a clase (es cierto). No podía soportarlo. Y no se trataba de deseo; si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos’, escribió. Onetti y la Gilio hablan en el apartamento del escritor en Madrid. El narrador tropieza con "Poemas de Amor":

–Andá, leelo–, dice Onetti.

Ya no será/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme/ nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros./ No llegaré a saber/ por qué ni cómo nunca/ ni si era de verdad/ lo que dijiste que era/ ni quién fuiste/ ni qué fui para ti/ ni cómo hubiera sido/ vivir juntos/ querernos/ esperarnos/ estar./ Yo no soy más que yo/ para siempre y tú/ ya/ no serás para mí/ más que tú./ Ya no estás/ en un día futuro/ No sabré dónde vives/ con quién/ ni si te acuerdas./ No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir/

–¿Por qué dice Idea que nunca sabrás quien es ella?– pregunta la Gilio, acaso la periodista que más lo entrevistó. –No sé... Yo nunca sentí que ella estuviera enamorada de mí.

–No entiendo, ¿cómo que nunca estuvo enamorada? Y los poemas que te escribió?

–Yo no digo que no estuvo, sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo es algo muy cerebral, intelectual.

–¿Nada más?

–También cama.

 

 

 

JAVIER TOMEO: OPINIONES EN TORNO A 'PECADOS GRIEGOS'

JAVIER TOMEO: OPINIONES EN TORNO A 'PECADOS GRIEGOS'

“Las novelas realistas son las

que más falsean la realidad”

 

“Los críticos ven en mis libros cosas

que uno ni se había imaginado”

 

“Escribir es asomarse a una ventana

y enfrentarse a un paisaje”

 

“Nunca me ha gustado

la novela realista”

 

Javier Tomeo publica ‘Pecados griegos’, una narración alegórica y política sobre la monarquía, el sexo y la fuerza del destino. Entrevista 

 

A Javier Tomeo (Quicena, 1931) le encanta la noche con luna. En esta ocasión, no ha elegido un descampado sino el jardín del palacio del rey Teseo para establecer un diálogo entre el adivino Godofredo, republicano, sarcástico y adivino del porvenir, y la reina Fedra, un tanto olvidada por su esposo, el promiscuo Teseo. Godofredo y Fedra conversan, mientras un mochuelo ensaya su canto, que suena kiu kiu kiu. Esta es, esencialmente, la anécdota de su última novela: ‘Pecados griegos’ (Bruguera), que presentaba el pasado viernes en Ámbito Cultural.

-Esta novela está dedicada a Elke. ¿A quién se refiere?

-A Elke Wehr, mi traductora al alemán, que falleció hace unos meses. Le tenía un gran cariño. La conocía desde hacía muchos años. También tradujo a otros escritores españoles como Javier Marías.

-¿Cuál es el origen del libro?

-No lo he dicho nunca. Hace más de diez años, una actriz catalana me pidió un texto y le escribí esta pieza sobre Fedra. No me gustó mucho, y creo que a ella tampoco la convenció, y se quedó en un cajón. Algunos años después la rescaté y la continué, y aquí está.

-Es una típica novela suya: una novela teatral, con acotaciones, dos personajes y mucho diálogo…

-Mis novelas carecen de argumento. Esta presenta el diálogo de dos personajes que están en las antípodas: el enano Godofredo, que es un personaje muy particular, una especie de monstruo lleno de defectos: es feo, soez, misógino, pero es sabio. Y la reina Fedra, que es una mujer insatisfecha, inclinada al placer, que quiere saber qué va a ocurrir con su futuro…

-Godofredo, “el mejor adivino de la ciudad”, lo sabe.

-Sí, claro. El hombre es un ser encadenado a su destino. Fedra es una pobre criatura que no puede escapar a su sino. Y de esto hablan los dos, en la noche: de la fuerza del destino. En medio de su charla asoman un montón de cosas: la vida sexual de los mochuelos, la mitología griega, que siempre me ha interesa porque resume un montón de historias, el amor, el temor al abandono, etc.

Parece que todos sus libros deben leerse en clave alegórica o simbólica. ¿Cuál es la interpretación que puede hacerse de ‘Pecados griegos’ desde el presente?

Yo más que una narración convencional, escribo situaciones dramáticas prolongadas con una serie de automatismos que tienen mucho que ver con la intuición y con una cierta deformación grotesca de la realidad. Con todo creo que aquí están mis temas: el amor, y el sexo especialmente, la incomunicación, el egoísmo, la soledad, el miedo a la muerte...

-¿Por qué rehuye siempre el realismo, por qué toma tanta distancia de la realidad?

-Nunca me ha gustado la novela realista. Cuando empezaba a escribir, en tiempos de censura, un amigo leyó mis cosas y me dijo: “Eso ya lo han escrito Concha Espina y José María de Pereda, y lo hacían mejor tú. Debes encontrar tu propia voz”. Y creo que la encontré en un tipo de narraciones que estaban emparentadas con autores que leía, como Albert Camus. Yo siempre digo que leer, y escribir, es asomarse a una ventana y enfrentarse a un paisaje. Y especialmente con ‘Pecados griegos’, cuyo título no tiene nada que ver con la homosexualidad, que en Grecia era una auténtica institución, algo permitido, sino más bien con el incesto y con otros pecados: Fedra se enamorará de Hipólito, hijo de Teseo. A mí me parece que las novelas realistas son las que más falsean más la realidad; tienen algo de crónicas manipuladas.

-En la presentación de su libro, Félix Romeo dijo que este era su libro más antimonárquico: recordó que usted habla de un monarca lascivo, de su reina griega…

-Los críticos ven cosas que uno a veces no había imaginado. Eso me encanta, y también aquí. Pero sinceramente no sé lo que quiero decir en esta novela. Soy antimonárquico…, pero eso ya lo he escrito muchas veces.

-Hace diez años, el Ayuntamiento de Zaragoza lo apoyó como candidato al Premio Nobel. ¿Cómo lo recuerda?

-Maravillosamente. Fue un acto de amistad por parte de un montón de amigos.

*La fotografía de Javier Tomeo está realizada, en el hotel Palafox, por Aloma Rodríguez.

 

MIGUEL ÁNGEL YUSTA CIERRA UNA TRILOGÍA POÉTICA

MIGUEL ÁNGEL YUSTA CIERRA UNA TRILOGÍA POÉTICA

PRESENTACIÓN

 

Martes, día 28 de Abril de 2009

19:30 horas.

 

SENDERO DE AMOR Y OLVIDO

                           

De Miguel Ángel Yusta

 

 

Tras los libros “Teoría de luz” y “Reloj de arena” (ambos presentados en el Fórum de Fnac), el autor cierra la trilogía. En palabras del prologuista, el poeta José Verón Gormaz, “las sendas de la poesía son las mismas que las de la vida, aunque en bastantes ocasiones parecen ir más allá de la realidad. Es la magia del poema, capaz de expresar lo inexpresable. Miguel Ángel Yusta lo afirma con este poemario de piezas breves como relámpagos que iluminan los más bellos instantes del amor pasado, para regresar, después, a la sombra de la duda”.

Presentarán el libro el poeta y escritor José Verón Gormaz y el escritor y periodista Ricardo Vázquez-Prada. La poeta Carmen Aliaga recitará poemas de la Trilogía y otras obras del autor.

*El poeta y estudioso de la jota Miguel Ángel Yusta, Mayusta, me envía esta nota (“Será un placer compartir con vosotros este momento. Al final tomaremos un vino y unos pinchos, para pasar los versos”, dice) que figura así en la agenda de la Fnac Zaragoza, Abril’09, que coordina el escritor Ángel Gracia. 

**Despedida con un beso acrobático en 1950. Foto anónima.

DOS POEMAS DE MIGUEL ÁNGEL YUSTA

 

 

Los compases rítmicos del bajo

rebotaban en las últimas horas de humo.

Apurabas la noche de vodka y cristal,

de pieles oscuras y doradas

moviéndose en un palmo de sudor.

Él no había dejado de mirar

tus senos perfumados,

lunas del cielo oscuro de la barra

y su mirada intentaba rasgar

tu vientre enfebrecido.

Pero, de nuevo envuelta por la sombra,

dijiste no y huiste de ti misma.

Tal vez el miedo a la luz de la mañana

paralizó tu instinto.

El lienzo vigilante de la noche

escoltó tu regreso por las calles desiertas.

Después, en el silencio

de los amaneceres desgastados,

exploraste una vez más, aún ebria,

el húmedo vacío de tus playas...

 

 

2

La calle Mayor era un callejón donde apenas cabía un coche,

a mediodía quedaba sumida en silencio

allá por los años cincuenta del siglo pasado;

el sol, en verano, penetraba por las rendijas de las persianas

en la hora sorda y húmeda de la siesta.

De repente, unos pasos en el pavimento adoquinado

proyectaban jirones negros en el encalado de la sala,

mientras el reloj de pared, cansado y achacoso,

agitaba el silencio con campanadas afónicas,

testigos casi inmóviles del paso del tiempo.

Sus pesas de plomo pendían de un cordel, amenazantes

sobre las baldosas rojas y blancas desgastadas durante siglos

por pasos renovados y manos laboriosas.

El viejo reloj había dado años antes la hora final del abuelo

y la del día de la victoria que sería la de la derrota de los vencidos;

también despidió a mis tíos hacia el destierro

en una  noche de serpientes negras y lunas enrojecidas.

 

Un día de sol amarillento y pobre de los años cuarenta

salía mi hermana a casarse, vestida de corto,

la cara de niña, empañada la voz,

mientras yo le cogía la mano para que no se fuese;

poco más recuerdo de aquella tibia mañana de abril,

pero sí que el reloj sonreía desde el fondo de la sala

con su tic-tac profundo de corazón cansado.

A escondidas, yo animaba su péndulo de latón, travesuras de niño,

tal vez por ver si apresuraba las horas y llegaba más pronto un día feliz;

entonces su corazón se volvía loco unos segundos

pero, pronto, todo volvía a ser espeso y normal:

el tiempo debería transcurrir inexorable, pero despacio

hasta marcar la hora de una adolescencia que abriera mis sentidos,

mientras la calle seguía dormida en el mediodía

y, tras los balcones, el reloj aplazaba la hora de la calle Mayor.

 

 

 

 

FALLECIÓ EL NARRADOR Y POETA ANTONIO PEREIRA

FALLECIÓ EL NARRADOR Y POETA ANTONIO PEREIRA

Esta mañana me enteraba de la muerte del narrador y poeta Antonio Pereira, uno de esos escritores que me hacía pensar en maestros como Carlos Casares, Ánxel Fole o Cristóbal Serra, entre otros. Hace algún tiempo le dediqué una entrada en el blog: disfrutaba con su prosa, con sus historias que nacían de la vida, de sus viajes, de sus reflexiones, en el libro ‘La divisa en la torre’. Recojo aquí el artículo e incorporo otro que me ha gustado mucho de Ernesto Escapa, que he hallado hoy en Islakokotero.blogsome.com, de donde recojo también esta estupenda foto de Amancio Casado.

 

Desde hace casi un mes me acompaña un libro: La divisa en la torre (Alianza Editorial: Alianza Literaria) de Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, 1923). Se trata de uno de esos libros de género difícil: mezcla las memorias y la autobiografía con el apunte, el retrato, la anécdota jugosa y la narración pura. El libro tiene todos los ingredientes del  universo de Pereira: una mirada personal, el gusto por las trastiendas de la vida, la capacidad de atrapar las historias al vuelo, el conocimiento de los personajes y un afán constante de vivir.

El escritor Antonio Pereira asoma constantemente, pero también el soñador, el fabulador, el poeta. Aquí se habla desde la búsqueda de una película de la infancia, en Urueña, hasta de invitaciones literarias, de personajes que poseen un don o una extravagancia (como aquella mujer que acudía a las casas a contar historias...), historias de amor, pinceladas de amigos más o menos célebres como Paco Pino o Cela o el traductor y catedrático Basilio Losada, la ineludible y breve visita a Vicente Aleixandre, historias de curas con ínfulas, historias de periódicos o de gentes que han caído en el olvido y delinquen para que se les recuerde... Antonio Pereira escribe con humor, con gracia, con una ironía muy especial. Es un galanteador del decir y del amor, es un viajero lento que lo oye casi todo. Y todos los textos, disparejos, funcionan a la perfección: son breves,  intensos, tiene el encanto de la prosa que va y viene como un pájaro libre. Por cierto, Antonio Pereira define el oficio de la literatura como “el oficio de volar”. 


Éste es uno de esos libros en los que adivinas la humanidad del autor, la maestría sin estridencias, el estilo y el talento. No conozco a Antonio Pereira, he oído en muchas ocasiones decir a Mateo Díez o Merino u otros que era su maestro, que era un maestro. Es un romancero a la antigua usanza. Es un calígrafo de la emoción, de la ternura, de la sugerencia y del arte de vivir para contarlo.

 

ANTONIO PEREIRA: LA DIVISA DEL SEDUCTOR

   

Por Ernesto ESCAPA

En torno al pasado San Froilán tuvo lugar en León el octavo Congreso Nacional de Escritores, que incluyó en su programa un merecido homenaje a Antonio Pereira. Yo aproveché mi turno en aquel encuentro para señalar la seria anomalía de que el maestro del relato literario siguiera sin el reconocimiento de un Nacional de las Letras a su trayectoria. Hubiera sido el primer cuentista en recibir el galardón, pero otra vez la muerte anduvo más lista que los jurados. Despidió el siglo con el Premio Castilla y León de las Letras, que se sumaba al Fastenrath de la Academia, al Leopoldo Alas y al Torrente Ballester. Pereira empezó a publicar cumplidos los cuarenta y nos deja, en cifras cabales y redondas, veinticinco libros de prosa y diez de versos. Además de un legado de bonhomía y de un inmenso caudal de afectos.

Antes de la eclosión de la literatura leonesa, formó parte de la trilogía de escritores que protagonizó nuestro León de las nostalgias, junto a Crémer y Gamoneda. Fue lo que tuvimos, felizmente. Un poeta curtido en todas las batallas, como Crémer, y dos escritores de pujante madurez. En aquel escenario provincial Pereira fue emergiendo como un consumado seductor. Sin ruido ni alharaca de premios altisonantes, hizo una obra modélica zurcida con monástica paciencia.

Pereira encontró en el cuento la horma para ajustar el hilo a la cometa de su fantasía. En esta distancia corta, el humor del noroeste, la tierna ambigüedad, el episodio menudo, la confidencia coloquial y un tenue erotismo, que el autor registró con patente diocesana, encuentran su expresión más eficaz. Es un escenario fugaz pero inolvidable, que concilia la difícil alianza entre imaginación y realidad, modelado con sutileza de orfebre en el manejo de la palabra. Como cuentista, Pereira ocupa pedestal de clásico. 

Después de un volumen primerizo de relatos, con el que obtuvo el premio Leopoldo Alas a mediados de los sesenta, Pereira alcanzó su madurez en ‘El ingeniero Balboa y otras historias civiles’. Luego depuró el oficio a lo largo de tres décadas, que dieron para siete libros más de relatos y otras tantas antologías. A menudo transitan por los relatos sus cómplices de aventura literaria, desde los más cercanos a los dioses mayores. Y tantos episodios de una memoria traviesa, que nos deleita con destellos de gracejo, a la vez que muestra la cartografía de sus afinidades y pasiones más íntimas. En la narrativa breve Pereira exhibe una singular destreza para destilar asombros en su pupila de viajero que ha tocado todos los cabos. También cultivó el apunte memorial en un par de libros magníficos, sofocados por su edición en la provincia.

Autor de cinco libros de poesía, publicó tres novelas: la última y más valiosa, ‘País de los Losadas’ (1978). En ‘Meteoros’ (2006) reunió y puso en valor su obra poética. Sus tres primeros libros del género cultivan los oficios familiares, los viajes cercanos, la amistad derramada, la nostalgia y el entrañamiento. ‘Dibujo de figura’ (1972) ofrece signos de un tono crítico imprevisto: "Ya sabía que un muerto no es gran cosa / en una edad de tapias y cunetas". La depuración expresiva, la cadencia narrativa y coloquial, la renuncia a la rima, parecen conducir al silencio del poeta. Viva voz abrocha su obra lírica con una miscelánea de apuntes, complicidades y tributos de amistad.

*Como he dicho, tomo este texto prestado del blog islakokotero.blogsome.com

 

UN POEMA NUPCIAL DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

UN POEMA NUPCIAL DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

IX

 

Mañana nupcial

 

Por los espejos se idealiza la mañana

en una alegoría distante y solitaria…

La fronda es más de ensueño, el oro es más de plata,

el amor más sereno, las voces más fantásticas.

 

Se daría la vida por un beso; las alas

se abren más frescas, más luminosas, más blandas,

resplandece la frente tersa, maravillada,

el corazón, como una alondra, ríe y canta.

 

Cual una barca mágica boga en la tibia estancia,

pasan, en ronda dulce, rosas blancas y granas,

y en el rayo del sol, que entra irisado, vaga

no sé qué intacto y mate traje de desposada…

 

La Diputación de Huelva y la editorial Visor, junto a otras instituciones, están publicando la obra completa de Juan Ramón Jiménez, libro a libro. Ahora acaba de aparecer la edición de ‘Laberinto’. El texto lo ha preparado Carlos Martín Aires, y el prólogo es de los aragoneses Túa Blesa y Elena Pallarés. En el volumen encuentro este poema; JRJ es un poeta excepcional, encarna la poesía, la pureza, la belleza, la mirada encendida de sensibilidad. Ilustro este poema con una imagen que me encanta: este beso bajo la lluvia que captó Louis Stettner. El proyecto editorial, se me olvidaba decirlo, lo dirigen el zaragozano Javier Blasco y Francisco Silvera. Coordina la edición Antonio Piedra.

ANTONIO SERRANO CUETO, PREMIO 'EL BASAR'

ANTONIO SERRANO CUETO, PREMIO 'EL BASAR'

No conozco al escritor y profesor Antonio Serrano Cueto, al que le tengo una gran admiración. Se percibe en él una calidad humana fuera de lo corriente y un talento sólido, ebrio de sensibilidad y hondura, sin aspavientos. Su blog, ‘El baile de los silenos’, es muy sugerente. Leo en la visitadísima bitácora del profesor, erudito del relato y de la literatura, Fernando Valls, nuestro hombre en Berlín, la noticia de que acaba de ganar el premio de microrrelatos ‘El Basar’ y tomo de él ese post. Me ha encantado conocer su vinculación con Alcañiz,donde nacieron dos de mis hijos: Jorge y Sara.

ANTONIO SERRANO CUETO,

PREMIO DE MICRORRELATOS ‘EL BASAR’

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’El autobús circular’

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Cuando el autobús se detiene orillando la acera, las sombras de los viajeros se apoyan detrás de los cristales cubiertos por el vaho. La lluvia torrencial de las últimas horas ha concedido una tregua y, aunque ya es hora oscurecida, de nuevo se aprecian el alzado de los edificios y el perfil serpenteante de las carreteras. Debajo de la marquesina un hombre permanece quieto, apretando el frío metal de la moneda en el bolsillo. Al ver la pesadumbre de su rostro, el conductor, figura enteca y siempre impasible, se permite esta vez una mirada de indulgencia, de complicidad ante el duro oficio, y lo invita a subir con un leve movimiento de cabeza. De pronto un tropel de escolares asoma por la esquina. Vienen pugnando por voltear bien alto la moneda. El autobús espera la carga infantil y, oscuro bajo la noche solitaria, reemprende la marcha. Sólo que en este viaje los escolares no cantan.

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* Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1965) es profesor titular de Filología Latina en la Universidad de Cádiz. Dedica su investigación a la literatura latina del Humanismo. Es autor de numerosos trabajos sobre esta parcela (Erasmo de Rotterdam, Polidoro Virgilio, Fernando de Arce, Diego de Guevara, Ambrosio de Morales, fábula, paremiología, epitalamio, etc.). Por ser pionero en España en los estudios sobre Polidoro Virgilio, ha sido nombrado miembro de la Accademia Raffaello de Urbino (Italia). Su último libro se ocupa de Polidoro Virgilio. Libro de proverbios (Akal, Madrid, 2007). Ha sido director del Servicio de Publicaciones de su universidad y desde el 2002 es secretario científico de la Colección Palmyrenus, del Instituto de Estudios Humanísticos (Alcañiz). Escribe poesía y microrrelatos, que permanecen inéditos. Mantiene en la red el interesante y activo blog El baile de los silenos. Nota de F. Valls.

*No es ómnibus, pero desde el interior del coche Louis Sttetner captó este apasionado beso.

JAVIER TOMEO CON BASTÓN / Y 2

JAVIER TOMEO CON BASTÓN / Y 2

Aloma apareció con su cámara Nikon y le tiró varias instantáneas durante la grabación de una entrevista para 'Borradores' . Ésta es una de ellas. Tomeo y su bastón.