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Antón Castro

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TERESA GARBÍ: 'CAÍN Y ABEL', UN CUENTO DE GUERRA

TERESA GARBÍ: 'CAÍN Y ABEL', UN CUENTO DE GUERRA

Le he pedido a la narradora y poeta Teresa Garbí, nacida en Zaragoza y residente en Valencia, uno de sus relatos para este blog. Me manda uno un poco más largo de la dimensión habitual de los textos que suelo poner aquí, pero curiosamente está vinculado con Garrapinillos. Me dice Teresa: “Te envío un relato dedicado a Maribel y a Rosendo. Lo escribí en homenaje a mi abuelo. Vivía cerca de Garrapinillos, en la Torre del Tambor, en Miralbueno. La última vez que fui a verla tenía las ventanas y la puerta tapiadas y pasaba el AVE muy cerca. Allí jugaba de niña, hasta que la  vendieron. Recuerdo los almendros, el algarrobo, la acequia en donde me escondía, con gran enfado de los mayores, las simas por donde me perdía, a noche que oteaba desde la ventana. No conocí a mis abuelos –murieron cuando yo tenía uno y dos años, aunque recuerdo su sombra protectora-. A mi abuelo lo encarcelaron por republicano. Sé que solía acoger a gente en su casa”. Con Teresa y con su marido Ángel hemos coincidido en Benasque y en Montanejos.

 

 

 

 

CAÍN Y ABEL

 

 

Para Maribel y Rosendo Tello.

 

El anciano rodea la casa en la oscuridad de la noche. Hace frío. Lleva preparada la escopeta y la pistola al cinto. Desde que empezó la guerra merodea la finca toda clase de gente. Unos son desarrapados, vagabundos que huyen del hambre de la ciudad; otros,  rojos, como él, y se mueven de noche en busca de asilo que les permita resistir y alcanzar las líneas republicanas.

 

Ya ha tenido que proteger a una veintena. ¿Cómo pueden saber que es republicano? Se pasan la información unos a otros y vienen a refugiarse en su casa, a sabiendas de que no los va a echar. Pero tiene miedo por los suyos, por su mujer y sus hijos, por los criados.

 

A cualquiera que se acerque a pedir a su casa se le atiende y se va bien provisto de todo. Por eso no comprende a los merodeadores que roban el corral o los frutales. No merecen consideración alguna. Pero ¿qué puede hacer? Conoce bien la pobreza porque ha tenido que luchar muy duro hasta disfrutar de su finca que es una de las mejores del contorno. Tuvo que sacrificar su juventud hasta conseguirla. Entonces se casó con una mujer mucho más joven que él y tiene dos hijos que casi podrían ser sus nietos y que le llenan de orgullo. No le debe nada a nadie. Al contrario, ha ayudado a sus vecinos y a su familia en el sentido más amplio y ahora, cuando se encuentra al fin en una situación que podía permitirle cierto descanso, ha llegado la guerra.

 

-Hoy va a helar, dice mirando el cielo negro y brillante. No pasa nada. Todo está en orden, piensa, mirando la casa.

 

-Le vendrá bien a la tierra este frío, añade. Tal vez recojamos manzanas heladas que les gustarán a los niños.

 

Le salen al encuentro sus perros, dos setters de caza. Al verlo con la escopeta se vuelven locos, saltan, alborotan la noche con sus ladridos.

 

Una luz se enciende en la casa; se abre una ventana y aparece la silueta de su mujer.

 

-¿Qué pasa? ¿Estás bien?, pregunta en la oscuridad.

 

-Sí, no te preocupes. Vuelve a la cama. Son los perros, mujer.

 

No hay peligro en esta noche tan fría. Ni los fugitivos han salido de sus madrigueras. Nadie se va a enfrentar a una helada a la intemperie, no hay miedo.

 

Se asoma al jardín. El viento ha sacudido las ramas del aratonero y del nogal. Uno de los perros sale zumbando hacia allá.

 

-¡Venga, vuelve! Deja de hacer tonterías, le ordena el amo, en voz baja pero enérgica.

 

El perro ladra aún más. Hay un remolino de cuerpos entre los rosales adonde ha ido a parar también el otro perro. Se escucha claramente una voz:

 

-Fuera, dejadme, malditos…

 

-Sal a la luz inmediatamente, dice el anciano, mientras apunta a la maleza con su escopeta.

 

-No dispares, soy amigo. Huyo de los fascistas y te pido auxilio por esta noche, sólo por esta noche, por piedad.

 

Luego, frente al fuego, el anciano ve al hombre: es pequeño y frágil; devora la comida que la mujer --se ha levantado para ver qué sucedía--, le ha puesto.

 

-Tengo que llegar a Teruel y había que recobrar fuerzas. Si no fuera por esta ayuda…

 

La voz se le quiebra; mira a los perros que se han tumbado a sus pies y esperan que se le descuelgue algo, un trozo de pan al menos.

 

-Dormirás en el pajar. No puedo ofrecerte otra cosa. Si viene alguien, ya puedes esconderte bien. Si te descubren, no sé quién eres, ni qué has hecho…

 

-No he hecho nada. Soy de la CNT. Si me encuentran, me matarán. Trabajo en labores de propaganda. Os juro que no he matado a nadie ni sé cómo se usa una pistola.

 

-No hace falta que jures, lo creo, le interrumpe el anciano.

 

La mujer recoge rápidamente los restos de la cena. Podría venir alguien y sospecharía si vieran los cubiertos y los platos recién usados.

 

-¡Venga!, llévalo al pajar. Es un peligro que esté aquí. Podrían verlo los niños, dice la mujer. Está visiblemente nerviosa.

 

Los dos hombres salen de la casa y desaparecen en la oscuridad.

 

-Si te descubren, yo no te conozco, ¿lo entiendes?, le repite. Te has escondido y nada más. Nosotros no sabemos que estás aquí.

 

-¿Tú piensas que se lo van a creer? ¿Y los perros? ¿Acaso no sabrán, nada más verlos, que tienes unos buenos perros a los que no se les puede escapar mi presencia?

 

-Me da igual. Si cuela, cuela. A nadie lo pueden condenar porque se le hayan metido en su casa. Y ahora, a dormir. Ya puedes esconderte bien entre la paja. Descansa y mañana por la noche te vas. Te daré víveres y ropa de abrigo, no te preocupes.

 

El hombre sube a lo más alto del montón de paja y se hunde en él. Luego, se tapa por completo. Entra en calor poco a poco. Aspira el aroma amarillo y seco de los despojos de espigas.

 

-Es como aspirar el sol, piensa, porque no en balde tiene visos de poeta. Su labor consiste en alentar a los soldados, encender su sangre para el combate, eliminar las dudas, hacer que todo se llene de contrastes: o blanco o negro, eso es. Nada de pensar, que sólo conduce a la inercia, al aburguesamiento.

 

Él no lucha. Ni siquiera sabe disparar ni le interesa aprender. Es algo que le reprochan los camaradas. Cuando termina sus arengas algún gracioso le pregunta:

 

-¿Y tú por qué no te quedas en el frente con nosotros? ¿Por qué no luchas?

 

-Lucho con mis propias armas: las palabras.

 

Los soldados se callan. Sin duda, no se atreven a decir lo que piensan: que él parece el capitán araña; que más le valía que los dejara tranquilos; que si no hubiera personajillos como él, la guerra no existiría…

 

-Cada uno cumplimos con nuestro deber, zanja el hombre poco antes de dormir un sueño leve, intranquilo, el único sueño que se permite desde hace tiempo.

 

 

                                                        II

 

De pronto, se abre la puerta del pajar. La luz del sol enciende cada rincón. El montón de paja, tan luminoso, brilla como una montaña de oro y piedras preciosas: la montaña mágica. Es un brillo que huele a calor.

 

Una niña está parada en el umbral, mientras contempla el espectáculo. Fuera, se oyen gritos de los criados y del amo, ladridos de los perros y la voz de un niño:

 

-¡Vuelve! ¿Dónde estás? La pequeña cierra la puerta de golpe y corre hacia el montón de paja.

 

El hombre no se ha movido; el corazón galopa furioso y él teme que suene en todo el cobertizo y lo descubran. Nota el roce de la paja que cae presionada por el peso de la niña. De pronto, la ve. Está sentada cerca de él, en lo más alto de la montaña dorada.

 

Fuera, se oye ruido de conversación y los perros no dejan de ladrar. El amo dice insistentemente:

 

-Por aquí no he visto a nadie. Pueden mirar toda la finca, no tengo nada que ocultar.

 

La niña, al notar la proximidad de la gente, se esconde más aún. Espera, impaciente. También a ella le va el corazón más deprisa y suena muy fuerte. Parece una bomba que va a incendiar el pajar. Tiene miedo. La van a descubrir, está segura. Se adentra más en la boca del volcán amarillo. Abre bien los ojos. Hace calor, demasiado calor. En esos momentos se abre la puerta.

 

-Llévate a los perros, le dice el amo a uno de los criados. Perdonen si les ladran, comprendan que nunca los han visto por aquí, dice a los guardias.

 

La niña observa con terror una mancha gris entre la paja.

 

-Una rata, piensa. Ahora me va a devorar. Se fija mejor: no, tiene ojos de persona y me mira.

 

En efecto, el hombrecillo la mira en esos momentos con desesperación.

 

-Que no diga nada, que no diga nada, suplica con sus ojos angustiados.

 

La niña se mueve imperceptiblemente. El terror la tiene casi paralizada, pero quiere escapar de allí, sin que la vean los otros, que aguardan en la puerta.

 

-¡Eh, tú!, sal de ahí, se oye la voz del hermano que, en esos momentos rompe el silencio terrible provocado por el movimiento de la niña. Ella se siente impulsada hacia la voz liberadora y emerge de pronto del interior de la blanda montaña.

 

-¡Aquí estoy! ¡Me rindo!, grita mientras los demás se ríen ante su intempestiva aparición.

 

-Vamos, dice uno de los guardias, aquí no hay nadie.

 

-Antes, tomarán el almuerzo con nosotros, dice el amo.

 

-No tenemos tiempo. Hemos de cazar al fugitivo. Avísanos si notas algo extraño por los alrededores, no dejes de hacerlo, te conviene.

 

-Claro, pierdan cuidado. Les avisaré.

 

Los niños han salido corriendo hacia el jardín.

 

-La he visto, dice ella. Era una rata con cara de hombre. Está en el pajar y tenía más miedo que yo.

 

-No digas tonterías: las ratas son ratas y no tienen cara de hombre. Eres una embustera o lo has soñado. Eso es: estabas dormida porque eres una gandula y te duermes en cualquier sitio.

 

 

                                                        III

 

-No, yo no me duermo en cualquier sitio. Por eso esta noche me he asomado a la ventana al oír a los perros. Al poco rato he visto a mi padre con la rata del pajar. Es un hombrecillo y he reconocido su mirada de terror. No prestaba atención a lo que le decía mi padre. Miraba a todas partes: a la casa, al jardín, a la oscuridad de más allá de la acequia. Ha mirado a mi ventana y su mirada ha tropezado con la mía. Le ha hecho señas a mi padre para que me mirara también. Pero yo me he escondido y ya no han podido verme.

 

-No quiero que vuelvas por aquí. Ya ves que estoy en el centro del huracán y me vigilan. Suerte. No se te ocurra ir por los caminos. Aprovecha que hoy no es día de riego y puedes esconderte en las acequias.

 

-Te aseguro que me escondería igual en ellas si regaran. Prefiero ahogarme a caer en manos de esa gentuza.

 

-Menos conversación y vete.

 

-Gracias, acierta a decir el fugitivo, antes de cruzar el jardín. Luego, se ve su figura desmedrada en el camino. A continuación, se hunde en la acequia y desaparece. El hombre vuelve a la casa. Ve una sombra en la ventana de su hija.

 

-Tendré que hablar con ella, antes de que nos delate, piensa. Se siente horriblemente cansado. A lo lejos ve un fulgor rojo sobre la ciudad.

 

-Bombardean de nuevo. En el ojo del huracán, ahí estamos, no sé hasta cuándo.

 

 

                                                        IV

 

A la mañana siguiente, a la hora del almuerzo, cuando ya la mujer ha llamado a los hombres y se disponen a dar buena cuenta de sus platos, ven venir a los guardias. Traen al hombrecillo. Se detienen junto al algarrobo que crece en los lindes de la acequia. Gritan y le golpean. Él cae al suelo. Le dan patadas y le atizan con una correa. No dice nada, no gime siquiera.

 

-Venga, inútil, cabrón, levántate, que vas a almorzar. Los guardias, cuatro hombres, ríen a carcajadas. Uno de ellos añade:

 

-Ya verás cómo ahora se levanta. Le ata una cuerda al cuello y tira de ella. Pero no obtiene ninguna respuesta. Un estertor, un gemido acaso. La tierra está ensangrentada. El guardia tira con saña y se ve la cara del hombre, llena de suciedad, magullada. A golpes le han arrancado los ojos.

 

-Venga, dice otro de los guardias. Vamos a hacer una visita. Ponte guapo, imbécil. Lo levantan y lo arrastran hacia la casa.

 

-¡Eh, vosotros! --llaman al anciano y a los criados. La mujer se ha apresurado a llevarse a los niños al interior de la casa--. Atad a este perro a las ruedas del carro, que queremos comer con tranquilidad. Como ninguno de los hombres se mueve, el guardia, el que parece el jefe, insiste:

 

-No voy a repetir la orden. Atadlo ahora mismo. Que no se escape.

 

Uno de los criados, el más joven, se adelanta, pero el anciano le hace un gesto con la mano.

 

-Esto es cosa mía, le dice.

 

Es cierto. Él es el amo y debe cargar con la responsabilidad de atar a ese desgraciado.

 

-Dadles de comer a los guardias. Yo me encargo de éste. Toma al hombrecillo casi en volandas y lo ata a una de las ruedas con delicadeza. No lo mira. No soporta ver el despojo en que se ha convertido su cara; no soporta su olor a miseria, a sangre, a suciedad.

 

-No puedo hacer nada por ti, le dice en un susurro. El otro no contesta, acaso una leve inclinación, un leve gemido.

 

El criado joven se acerca con una servilleta empapada en agua y le frota los labios magullados. El despojo absorbe el agua. Su frescor acaso le recuerde al prisionero la libertad, el rumor de los ríos, el aire fresco de cada mañana vivida, ahora tan hermosas cuando ya se termina todo.

 

El anciano hace como que afianza las cuerdas en torno al prisionero pero, en realidad, acaricia su espalda como si le dijera: no estás solo.

 

-¡Qué!, ¿no venís a comer?, pregunta el guardia al anciano y a los criados. Sólo el primero se sienta con ellos, mientras los otros, incapaces de contener los vómitos, desaparecen detrás de la casa.

 

-Son jóvenes, los excusa el anciano.

 

-Jóvenes y cobardes, apostilla uno de los guardias.

 

-No han salido de aquí, hay que comprenderlo; no han visto nada de la guerra. Son demasiado jóvenes, repite.

 

-Pues como la cosa siga así, les tocará a ellos ir al frente y allí no les consentirán estas mariconadas.

 

El anciano les sirve vino, les acerca el jamón, el queso.

 

-A éste lo pescamos ahí arriba, a dos kilómetros de aquí, escondido en la acequia. Se había cagado de miedo y se rindió de inmediato.

 

-¿Llevaba armas?, pregunta el anciano.

 

-Las debía de haber tirado en algún sitio, pero a mí no me valen esas tretas. Es una alimaña peligrosa.

 

El anciano calla. Los guardias se han puesto a fumar. Les ofrece coñac.

 

-Lo que me extraña es que tus perros no lo hayan descubierto.

 

-Ayer estaban inquietos cuando vinisteis a preguntar, acordaos, pero durante la noche no los sentimos.

 

-Tú no eres falangista, ¿no?, pregunta el jefe, después de un silencio. Como el anciano no contesta, continúa: dicen que antes del alzamiento eras republicano. ¿Has cambiado de chaqueta y por eso te callas?

 

-Yo soy persona de orden y no me meto nunca con nadie. No puedo decir otra cosa.

 

-Vale, amiguito, mantente en el orden, si no quieres acabar como éste --señala al prisionero--. Se levanta. Arroja el cigarro al suelo, lo pisa. Mira al anciano que le sostiene la mirada.

 

-Vamos. Tú, desata al prisionero, le ordena y el anciano obedece. Luego, cuando el triste piquete se pone en movimiento, se queda ante la casa viéndolo marchar. El prisionero se tambalea y cae al suelo en varias ocasiones. Lo obligan a levantarse a patadas. Luego, desaparecen tras la acequia. Al poco rato, se oyen unos disparos. El anciano entra en la casa. La mujer está sentada abrazada a los niños. Él se arroja a un sillón y oculta la cara entre las manos.

 

-Debería haberles dicho algo. He sido un cobarde, un sucio cobarde. La mujer se le acerca, lo abraza:

 

-No podías hacer nada. Te habrían disparado. Nos habrían matado a todos, tú lo sabes.

 

 

                                                        V

 

-¡Qué desgracia nos ha tocado vivir! ¡Qué terrible desgracia!, dice el anciano, mientras noche tras noche acecha cualquier movimiento en la oscuridad. Sabe que vendrán a buscarlo, que es cuestión de días o de horas. Pero vendrán, lo sabe. Lo están cercando. A cada momento hay señales nuevas.

 

-No sé por qué tiene usted esas ideas, le ha dicho, de pronto, sin venir a cuento, un vecino que ahora se acerca cada tarde a darle conversación.

 

-¿A qué ideas se refiere?

 

El vecino lo mira y se encoge de hombros.

 

-¡Ah!, yo no digo nada. Es lo que se comenta por ahí.

 

-No se puede hacer caso a los comentarios, tercia la mujer. Ya sabe usted que hay muchas envidias. Mi marido no ha hecho nunca otra cosa que el bien. Hay mucha gente que le debe favores. Aunque parezca mentira eso, que haga el bien, no se lo perdonan.

 

El anciano mira a su mujer, alarmado. Ella pone la mesa impasible, quizá con más energía de lo habitual. Tiene las mejillas rojas, pero intenta tranquilizar a su marido con una sonrisa.

 

-No, si yo no lo pongo en duda; eso díganselo a los guardias que vienen metiendo la nariz en todo y en su afán de descubrir traiciones, retuercen cualquier comentario, responde el vecino.

 

-Quédese a comer, si quiere, le dice la mujer para zanjar la peligrosa conversación.

 

-La cosa está muy mal, lo presiento, dice el anciano a su mujer, cuando el vecino se ha marchado. Tengo miedo incluso de hablar contigo a solas, por si alguien nos escucha. No confío ni en los criados.

 

-No exageres, hombre. Si te pasa algo a ti, ¿no perderían ellos su empleo?

 

-¡Vete tú a saber! Podrían confiscar  la finca, pasar a sus manos. No lo sé.

 

Hombre y mujer se han sentado junto al fuego, en la cadiera. Miran las llamas, como si se miraran entre ellos, tratando de descifrar qué camino deben seguir.

 

-Deberías huir a Francia; deberías hacer algo.

 

-No creo que haga falta. Los militares siempre han sido caballeros. No van a fusilarme sin más, por ser republicano.

 

-No confío yo en la caballerosidad de nadie, dice la mujer. El hombre la mira, la ve envejecida, con el cabello blanco, recogido en un moño.

 

-Antes de empezar la guerra no tenías canas, dice con ternura.

 

-Ha cambiado todo con la guerra, contesta la mujer. Mi pelo también ha cambiado. Llora en silencio y el hombre la abraza. Nota el roce áspero y húmedo de su piel.

 

-Mi pobre mujer, no temas. Todo esto debe terminar pronto y volveremos a vivir en paz. Podremos ir por los campos sin temor.

 

-No sé cuándo llegará ese día, dice la mujer entre sollozos.

 

-Cálmate, tienes que ser fuerte. Si algo me pasa, debes cuidar de todo hasta que vuelva.

 

-Hasta que vuelvas, sí, hasta que vuelvas. A ese hombre que se escondió en el pajar y que ahora debe estar pudriéndose sobre la tierra también lo estarán esperando.

 

-¡Qué importancia tiene un ser humano! ¿No te das cuenta, mujer?, dice el hombre, visiblemente cansado. La penumbra de la habitación, el silencio, el fulgor de las llamas de la chimenea les confiere un valor trágico.

 

-La noche de los tiempos, la gruta primigenia, el peligro que acecha, pero aquí seguimos tú y yo, nuestros hijos. Si van a matarme, prefiero irme con la sensación de haber cumplido con mi deber; con la sensación de no haber contribuido a este desastre. Eso me dará paz, si llega el caso.

 

Escondida en lo alto de la escalera, en el último tramo que lleva a las habitaciones, la niña ha escuchado la conversación. Ve a sus padres abajo, iluminados por el fuego del hogar.

 

-Dicen que en nuestro bando hacen también de las suyas: que fusilan y torturan igual que aquí, se escucha la voz de la madre.

 

-¿Y qué esperabas, mujer? En una guerra se desatan las bajas pasiones y los que llevan la voz cantante son los peores: odian, se sienten seguros de todo y pretenden imponer a la fuerza sus ideas. Nosotros, los que son como nosotros, que no lo dudes, somos muchos, desaparecemos en esos momentos, ocultos como un río subterráneo que resiste cualquier violencia y que al terminar todo, aflora y asegura la supervivencia de la libertad.

 

La niña no entiende qué dicen sus padres. Casi no reconoce la voz del padre, tan parecida a la del maestro de la escuela. Escucha sus palabras como si cayeran como una lluvia benéfica, hecha de susurros y suaves golpes en la tierra. La luz cálida de la chimenea y el ruido de esa lluvia hacen de la casa un lugar inexpugnable en donde todo podría seguir como hasta ahora.

 

-Si vienen a buscarme, se oye la voz trémula del hombre, no te quedes, huye lejos con los niños.

 

-¿Adónde vamos a ir sin ti?, dice la mujer.

 

-Al campo, lejos. Aguanta el temporal un par de días y luego, vuelve. No temas, Dios proveerá.

 

-Dios nos ha abandonado.

 

-Aunque nos haya abandonado, alguien velará por nosotros. Cada día que pasa nos beneficia, ¿no te das cuenta? Ahora juzgan a los prisioneros, no los fusilan, sin más. Algo hemos ganado.

 

Las palabras del padre se funden con el crepitar del fuego que acaba de atizar la madre. Por encima del círculo de claridad en donde se encuentran ambos, la niña mira las ventanas, ahora con los contraventanos cerrados.

 

No puede ver la noche acechante, la palpitación de las estrellas, el corazón blanco del cielo. Restallan grietas, mares aterciopelados que caminan a su destrucción. Aristas, vidrios encrespados.

 

-Sí, se va a caer la casa. Esta casa, la mía, se derrumbará para siempre.

 

Fuera, suena un fuerte golpe.

 

-Ya vienen, dice la madre. Se queda quieta, expectante.

 

-Sí, ya vienen, dice el hombre. Se levanta. Besa la mejilla áspera y helada de la mujer, que no se marcha, pero tampoco podría hacerlo porque los ladridos, los gritos de fuera les advierten que han rodeado la casa y no hay nada que hacer.

 

Cuando la niña recuerde este momento, sólo verá la casa, herméticamente cerrada, girando en torno a su eje. Y una sola palabra que suena con estrépito en medio de las ruinas, de los disparos y de los muertos, que tiene la carne de sus muertos. Una palabra que abraza por igual a los dos bandos en guerra. Una palabra por la que tendrá que vivir y que recordará siempre: libertad.

 

                                                                  Teresa Garbí

*Encuentro esta sugerente foto en internet. No sé quién es su autor.

 

BEATRIZ GIMENO, DE 'LA LUZ QUE MÁS ME LLAMA'

BEATRIZ GIMENO, DE 'LA LUZ QUE MÁS ME LLAMA'

BEATRIZ GIMENO

 

 

 

¡Qué tarde negra la que estoy viviendo!

Llueve.

El tiempo se sume despacio en la tormenta.

Deseo insatisfecho de una mujer que no me pertenece.

Certeza del desastre.

No hay silencio ni calma en esta tarde

ni paz que permita que me duerma.

El viento golpea con furia los cristales.

 

En el borde mismo del abismo me revuelvo

y comprendo que todo está perdido, terminado,

mi tiempo con ella está acabado.

Es ahora, cuando atisbo el final,

el desastre que yo misma he provocado,

cuando por fin me calmo satisfecha.

Nada me pertenece,

no hay nada por hacer ni por vivir.

puedo dejarme arrastrar por la corriente,

Y descanso, al fin descanso.

 

 

 

Arrancaré la tierra a dentelladas para llegar a ti.

Esperaré.

Dejaré que el sol salga mil veces

y que otras mil se ponga,

que los días destierren la juventud que queda,

que el tiempo me haga vieja

-también tú te harás vieja-

Esperaré mil años, te seguiré de lejos,

recorreré tu calle, me instalaré en tu acera,

esperaré que salgas y me veas,

recogeré tu odio si me odias, tu desprecio,

sobreviviré a tu indiferencia.

(Mientras tú me ignoras yo trabajo

para hacer mío el mundo en el que habitas)

Te vi y te amé, ¿qué más puedo decir?

Esperaré, te dije, y así ha sido.

Aun estoy aquí, siempre, esperando.

 

 

 

A estas alturas de mi vida,

cuando ya cien amantes pasaron por mi cama,

sin aplacar mi ansia ni mi urgencia,

ha tenido que ser este pequeño cuerpo tuyo,

tan parecido al mío,

tan alejado de aquel que yo soñara

el que enroscara las horas en los días,

el que fijara mi tiempo y lo parara.

Después de tanto tiempo, sólo a ti te lo he dicho

y quiero que lo entiendas,

no tengo yo costumbre, ni palabras

sólo la pasta  dura de este silencio hosco.

Ahora, lee en mi mano si te busca,

lee en mi celo cuando tiemblo

lee en lo que callo y no te digo,

en lo que aprendo.

Y tú, amor, dame lo único que busco:

ese pequeño cuerpo tuyo

y enróscalo en mi miedo

 

Acuéstate mi amor,

deja que pase el tiempo,

que el viento suene,

que todos los pasos se alejen de nosotras.

Deja que se preocupen los sonidos

por nuestro oscuro silencio.

Deja que la calle sea la calle,

que los hombres se afanen,

que la tarde se acabe bruscamente.

Deja que las mujeres hablen de nosotras,

que las nubes descarguen,

que caiga la tormenta.

Túmbate aquí a mi lado,

esfuérzate y trabaja,

y convénceme de que soy

la única razón de tu existencia.

 

*Hace unas semanas, Olifante, el sello de Trinidad Ruiz-Marcellán y Marcelo Reyes que cumple ahora 30 años, publicaba el poemario ‘La luz que más me llama’. Este viernes se presenta en Madrid en la librería El Bandido. Y el día 28 en la Biblioteca de Aragón de Zaragoza. Esta nota la añade Olifante en la promoción del volumen, del que reproduzco este poema.

 

“La luz que más me llama” sea, probablemente el deseo. El deseo de una mujer por otras mujeres. El deseo y su correlato, el amor y, por tanto también, el desamor y el agotamiento de ese mismo deseo. Se trata de una poesía estilísticamente sencilla, clásica en su concepción, muy atenta a la musicalidad del verso y la palabra.


Una poesía que en ninguno de sus versos se aleja de la pasión.

Pasión erótica y amorosa, sí, pero que, una vez abordada la intimidad del alma, se encuentra con las otras pasiones humanas inevitables en toda sensibilidad. El miedo, la soledad, el sentimiento trágico de la vida, el paso del tiempo. No hay en este poemario una sola línea que no refleje dolor. El sentimiento que tiene el lector, al leer estos versos es de angustia, de que no hay resquicio para la alegría y, sin embargo, a pesar de todo, se siente la fuerza de la vida.

Es hora de que existiera una poesía que se dirija claramente al amor entre mujeres, sin tapujos, sin disimulos, sin extrañeza, sin hacerse a sí misma preguntas más allá de las preguntas que se hace cualquiera que ame y que desee Beatriz Gimeno.

*La foto es de Anna Morozova.

 

 

MARGA CLARK, UN POEMA DE AMOR DE 'AMNIOS'

MARGA CLARK, UN POEMA DE AMOR DE 'AMNIOS'

MARGA CLARK, de ‘Amnios’ (Olifante)

 

Soy tu pasión        

                                                                                     y no me siento...

 

A veces tu fulgor alumbra mis ojos sin párpados, mi cara sin rostro, mis manos sin dedos, mi cuerpo sin templo. A veces tu fulgor sorprende mi sentir perdido, enajenado. Mi sopor.

 

Llamaste a lo invisible de mi ser cuando la nada era mi sóla existencia. Invocaste con tu voz desnuda de palabra la semilla naciente que brota del amanecer. Despertaste mi yaciente anhelo.

 

Bebí de tu aliento el soplo de mi muerte y de mi renacer.

 

Y así te respiro en tu órbita oscura.

Y así te respiro en tu transcurrir de soles maduros y lunas convalecientes.

 

Pero estoy solo

Solo, como un poso turbio

como una huella huidiza

como un sueño sin destino.

 

Pero estoy solo

Solo, acurrucado en el anochecer de tus cenizas blancas

abandonadas por el ligero temblor del deseo.

 

Desciendo hacia lo profundo hasta bordear lo inaccesible de tu vulva plateada. Y es allí donde la humedad del vértigo despierta mi sentir. Donde tu entraña se hace visible a mi mirada.

 

Y es allí donde aprendí a llorar.

Pero las lágrimas quiebran lo infinito de lo profundo y reflejan mi apariencia sin cuerpo, sin ojos, sin rostro, sin destino.

 

Me disuelvo en tu salitre, tu humedad, tu fuga seminal

Tu visibilidad.

 

Me sumerjo en tu océano de sangre y contemplo mi raíz hecha cenizas. El vaho de tu nostalgia enturbia la ausencia de mi ser.

 

Mi no ser  exangüe, convulso, aniquilado

Mi no ser  concebido, fingido, improvisado

Mi no ser  seriado

 

Estoy atrapado por tu ser

Todavía no soy tuyo, ni tú mía

No me sientes, no te siento.

 

Pero estoy atrapado por tu ser.

 

Tu exterior es finito

Tu adentro profundo

Yo soy el vacío.

 

Pero estoy atrapado por tu ser.

 

Caigo en un letargo. Me siento cansado de tanto esperar. El tiempo es todo lo que tengo. Sueño con mis huesos, mi piel, mi pelo. Mi cuerpo flexible, estilizado. Tu olor de pino y jara. Tu sudor malva.

 

Buceo por tu canal de aguas cenagosas hasta ver la luz. Sorteo con precisión tus arrecifes de corales lánguidos, tu iceberg de secretos irisados, tus magnéticos bosques plagados de ambrosía y de cicuta.

 

Fluyo con tu sangre, mi sangre

la que finge ser mía

la que simula y semeja

la que plagia y reproduce

la que roba identidad.

 

 La impostora que sabe, conoce y recuerda.

 

Fluyo con tu sangre, la mía

roja, imperfecta, indefinida.

 

Y en la hora más blanca tu cuerpo expulsa el mío con violencia.

 

Resurjo medio ahogado entre la sangre y las cenizas.

Tu dolor será ya el mío hasta la muerte.

 

Despierto sobresaltado. Todavía me encuentro arropado por tus sombras. El sueño es mi único anhelo. Mi única salida.

 

Todo duerme, yo sigo tu lento transcurrir y, ensimismado, vivo sin vivir en mí,

 

porque vivo en ti.

 

En tu agua

En tu tierra

En tu aire

En tu fuego

 

En tu amanecer

 

*El próximo día 14 de mayo, en la librería Antígona, Marga Clark, poeta y fotógrafa, presenta su poemario breve ‘Amnios’. He aquí otro poema suyo.Foto de bañista en la playa de Santa Mónica, 1950.

PEPO PAZ: TRAS LOS PASOS DE DONOSO EN CALACEITE

PEPO PAZ: TRAS LOS PASOS DE DONOSO EN CALACEITE

Por Pepo PAZ

Estamos acabando de revisar las galeradas de uno de los libros que verán la luz con la llegada de la inminente Feria del Libro de Madrid: son los Poemas de un novelista, único volumen de este género producido por el novelista chileno José Donoso. El libro lo escribió durante su estancia en Calaceite (Teruel), entre los años 1972 y 1976, junto con tres de sus obras narrativas: Historia personal del boom, Tres novelitas burguesas y Casa de campo. Editado originalmente en Chile, se encontraba inédito en España. Paradojas del destino. A nosotros nos puso sobre su pista el director de cine Emilio Ruiz Barrachina, que coincidió hace unos meses en este bello rincón de la Matarraña turolense con Manuel Rico, Félix Grande y Paca Aguirre. Ruiz Barrachina es autor del libro Tinta y piedra y del documental Calaceite: tinta y piedra. En ambos se repasa, de manera exhaustiva, la estancia de la familia Donoso en el pueblo.

 

Además de los poemas de Donoso (y del prólogo personal y las fotografías familiares que acompañaban a la edición chilena), nos pareció interesante agregarle algo más de valor a la edición española así que nos pusimos en contacto -a través de la Agencia Balcells- con uno de los muchos amigos del novelista que pasaron por Calaceite en aquellos años, Jorge Edwards (premio Cervantes), para proponerle que escribiera una introducción a la presente edición. Edwards aceptó gustoso el reto y nos ha enviado un delicioso texto donde rememora su amistad con el maestro Donoso y, además, repasa las influencias anglosajonas en su poesía. Toda una delicia.

 

Manuel Rico llevaba insistiéndome meses y meses, desde que acudiera hace ahora un año a un encuentro poético en Calaceite, en que aprovechara uno de mis viajes de trabajo para patear las calles de la monumental villa turolense. Así que en este Puente festivo, aprovechando que el Ebro pasa por Zaragoza y que tenía que elaborar un reportaje en esa provincia (comarcas de las Cinco Villas y de Calatayud), dejé un hueco para el domingo por la mañana y me desplacé hasta allí desde la capital maña (hora y media escasa en coche a primerísima hora de la mañana).

 

La memoria me era esquiva. Claro que ya había pasado por Calaceite: hace casi diez años, en el retorno apresurado de una de mis primeras colaboraciones viajeras para El Mundo (bodegas modernistas en la Conça del Barberà y la Terra Alta). Mi padre se estaba muriendo. Llegué de regreso a Madrid con el tiempo para pasar la última madrugada junto a su lecho, en el silencio espeso de la noche de un caluroso mes de julio para olvidar. No había vuelto por Gandesa y la Terra Alta hasta hace poco más de un año. Fue, éste último, un viaje repleto de emociones y recuerdos. Como quien cierra un círculo. Una sensación amarga que me ha vuelto a acompañar hoy cuando descorría el camino de aquel otro desplazamiento en sentido opuesto: Pina de Ebro, Híjar, Alcañiz y Calaceite. Imposible desterrar de mi cabeza el color de la tierra mezclado con la estampa dolorida de mi memoria de aquellos días de un julio borroso.

 

En el silencio de esta mañana de domingo del mes de mayo (llegué a las nueve de la mañana a un pueblo todavía dormido) sólo se oía el griterío madrugador de las golondrinas y el insolente vahído del cierzo lamiendo jambas y esquinas. En el silencio de esta mañana fría de la primavera de la Matarraña, únicamente el polvo de esta tierra (acumulado con paciencia en los huecos de las piedra, sobre las persianas, en los dinteles centenarios y en los pasos del caminante) parecía querer compartir conmigo la complicidad de la búsqueda. Durante tres horas me he detenido aquí y allá fotografiando cualquier detalle que pudiera servirnos en el hipotético caso de que alguien, algún medio de comunicación, se interese por los Poemas de un novelista y la bonita historia que se tejió aquellos años en Calaceite (por allí pasaron decenas de amigos de Donoso, desde Luis Buñuel a García Márquez, Cortázar, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Bryce Echenique, Ana María Matute, Carlos Barral, los Moix, etc, etc).

Preguntando a los vecinos que, poco a poco, iban poblando las desiertas y angostas callejas en fugaces y silenciosos desplazamientos (el pan o el periódico), he caminado con la lentitud del que se aventura por universos desconocidos hasta tropezar con la casa donde vivieran Donoso, su mujer y la hija de ambos hace más de treinta años. Muy cerca, a dos pasos, queda la que ocupara Mauricio Wacquez, amigo íntimo de Donoso (y con otra bonita historia de triste final que se relata en el documental de Ruiz Barrachina).

El patio delantero de la vivienda, ubicada en la parte alta del pueblo (allí donde penetra sin problema la luz del sol y los vecinos han plantado rosales y macizos con flores que refulgen con la primavera), muestra una evidente desidia, un abandono de meses que denota (tal vez) el paso del último invierno sin habitantes. Nada, ningún panel o placa, recuerda al paseante que allí vivió uno de los escritores latinoamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Nada menciona el importante papel que jugó, como centro de debate cultural e intelectual de la época, la presencia de Donoso y de su círculo de amistades en Calaceite durante los estertores del franquismo.

 

Me comenta Antón Castro, director del suplemento Artes y Letras (Heraldo de Aragón), que el documental de Ruiz Barrachina levantó ampollas entre algunos de los vecinos del pueblo. Lo he visionado con atención hace un rato. No descubro el motivo. Y no quiero pensar que este vacío de las autoridades locales o regionales esté relacionado con ese asunto. Tal vez sea, todavía, un lejano eco de aquel mundo "tremendamente frío y hostil" con que se encontraron Donoso y su familia en Calaceite a comienzos de la década de los setenta. Un universo rural y campesino, ajeno e infranqueable, que sólo la aparición del escritor en una entrevista realizada en Televisión Española en el 77 vino a relajar en parte y que sitúa mi curiosidad sobre otra arista de aquella realidad: el ensimismamiento del creador frente al mundo que le rodea (y no pienso sólo en aquellos campesinos coetáneos de Donoso sino también en el papel de Maria Pilar, su mujer, durante aquellos duros años). Las ediciones digitales de los periódicos anuncian, en la soledad de la madrugada, la muerte de Pablo Lizcano...

*Pepo Paz es el editor de Bartleby y además realiza continuos reportajes de viajes. Es un trabajador incansable, con un excelente olfato. Sobre las "ampollas" a las que se refiere, el libro sí desató alguna polémica, pero pronto se superó y ahora Emilio Ruiz Barrachina es muy querido en Calaceite y esa zona del Matarraña.

FALLECIÓ EL ESCRITOR Y PERIODISTA PABLO LIZCANO

FALLECIÓ EL ESCRITOR Y PERIODISTA PABLO LIZCANO

Hace un par de años o así conocí, en persona, a Pablo Lizcano: fue un restaurante de Zaragoza, él ejercía de coordinador de un concurso de relatos para una asociación de enfermos, no recuerdo con exactitud de qué enfermedad era. Había visto sus programas en la tele, especialmente ‘Fin de siglo’, y siempre me impresionó por su calidad, por su forma de preguntar, por su humanidad y su por su dulzura. Volvimos a vernos poco después en el ayuntamiento de Zaragoza. Me producía mucha ternura: hablamos de su mujer Rosa Montero, de él mismo, de sus libros. Algún tiempo más tarde conocí a Rosa Montero, en el inició de un ciclo de ‘Iniciación a la lectura’, y hablamos de él. Esta tarde, leí en ‘El País’ la noticia de su muerte. Me quedé volado. Traigo al blog el cariñoso artículo de Gabriela Cañas que ha publicado hoy.

 

Por Gabriela CAÑAS / El País

El periodista Pablo Lizcano ha muerto hoy en Madrid. Acababa de cumplir 58 años, el pasado 25 de abril. Para entonces ya había iniciado su último viaje. Pablo Lizano nació en Madrid y se licenció en Ciencias Políticas en la Universidad Complutense, pero se dedicó al periodismo desde el primer momento como redactor de la revista Cambio 16. Enseguida pasó al periodismo audiovisual. Con sólo 33 años, fue presentador, subdirector y guionista del programa de TVE Autorretrato y al año siguiente se convirtió en director y presentador del programa de entrevistas y actuaciones en directo Fin de siglo (1985-87), que fue el que le convirtió en un personaje popular.

Después, Pablo Lizcano dirigió y presentó varios programas en la cadena SER, en Telemadrid y en Antena 3, antes de pasar "al otro lado de la trinchera", como él mismo definió sus ocupaciones posteriores: director de comunicación en diversos organismos hasta que montó b+c, una empresa propia especializada en comunicación cultural. A principios de los 80 escribió el libro La generación del 56. La universidad contra Franco, un análisis histórico y periodístico de aquel movimiento intelectual que se reeditó en 2006. "Nuestra memoria es parte sustancial de lo que somos", dijo entonces Pablo sobre su documentada obra.

Era un lector compulsivo de prensa que observaba la actualidad y el mundo que le circundaba de manera siempre afilada y crítica. Su capacidad de análisis y de síntesis le hacían imbatible en el cuerpo a cuerpo. Su gran dedicación al trabajo no fue para Pablo sólo un medio de vida. En los últimos meses de su enfermedad fue también el ancla a la que aferrarse a la vida, que compartía con su compañera Rosa Montero, de cuya mano recorrió todos los viajes de los últimos 20 años.

En uno de ellos, la "fascinante" visita a Canadá, Pablo describía el nórdico país y quizá su idea del paraíso: "Tierra promisoria, bella, salvaje y deshabitada" en la que "cualquier rincón parece un buen sitio para quedarse". Ojalá lo haya encontrado.

*En la foto de la presentación de ‘La generación del 56. La Universidad contra Franco’, Pablo Lizcano está acompañado por Ramón Tamales, Fernando Sánchez Dragón y Enrique Múgica Herzog.

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD: TRES POEMAS

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD: TRES POEMAS

BOTTICELLIANA

 

De la muchacha aquella con la que me crucé una tarde

en el benigno puerto de Pollença, recuerdo sobre todo

el celeste destello hospitalario

aposentado en la mirada y el blanco óvalo terso

de su rostro emergiendo

del lustre de la mar.

                                

                                Allí estaba ya el mundo

suspendido, acotado, el mundo confrontando

la estirpe inapelable de la juventud,

la significación de la belleza y sus perímetros,

el rasgo universal de la inmanencia.

 

¿No es el recuerdo entonces más magnánimo

que la experiencia de donde procede?

 

RECUENTO

 

Atrás se va quedando el acumulativo

refrendo de los días,

                                 el denso, imprecisable

aluvión de memorias

donde se alternan discontinuamente

figuras, horizontes, episodios,

las ganancias y las pérdidas

que en el ámbar del tiempo se recluyen.

 

Vivir es ir dejando atrás la vida.

 

LA LLAMÉ BELLEZA

 

Del codicioso sur elijo

este tramo de mar que abarca

desde el fondo del mundo hasta la habitación

donde conspiro con la noche.

 

                                                 Allí

convergen las requisitorias de la felicidad,

los cauces secos del deseo, el mapa

de los cuerpos desnudos del pasado,

el denso material vertiginoso de la vida,

allí el solo precepto de ser libre

devuelve la esperanza a sus prisiones.

 

Y a esa restitución la llamé belleza.

 

Seix Barral publica el nuevo poemario de José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), ‘La noche no tiene paredes’, un libro en el que habla de todo: de su identidad, de sus recuerdos, de imágenes fugaces, del paso del tiempo, de paisajes concretos, de los viajes y del amor. Es un libro que explora el sentido de la vida y la profundidad de la palabra, su capacidad infinita para abordar los sueños y la realidad y la pasión por la libertad. El libro está dedicado  a Pepa Ramis.

*Esta foto de playa es de Lartigue.

MARGA CLARK, UN POEMA DE 'AMNIOS', EN OLIFANTE

MARGA CLARK, UN POEMA DE 'AMNIOS', EN OLIFANTE

Trinidad Ruiz-Marcellán acaba de publicar un nuevo poemario: ‘Amnios’ de la fotógrafa y poeta Marga Clark, sobrina nieta de aquella Marga Gil, escultora, que se suicidó por el amor de Juan Ramón Jiménez y por lealtad y cariño a Zenobia Camprubí Aymar. Valentí Gómez-Oliver dice que la autora “recorre el subconsciente como si se tratara de un laberinto y reflexiona sobre el ciclo existencial”.

 

Uno de los poemas de Marga Clark, que ha expuesto varias veces en la galería Spectrum Sotos, es este:

 

 

Es un paisaje de sangre el que recorro. Oscuro, silencioso, solitario. Me deslizo por tu fondo abovedado. Me busco y no me encuentro. ¿Quién soy yo, tu inspiración o tu sueño, tu penitencia o tu arrepentimiento?

 

Ya no recuerdo mi antigua podredumbre. Soy nuevo mi acontecer. Me desconozco.

 

No sé si la muerte se cura, si deja cicatrices o secuelas. Mi enfermedad es la vida.

*La foto es de Roberto Kusterle.

1959: UNA FOTO JUNTO A LA TUMBA DE ANTONIO MACHADO

1959: UNA FOTO JUNTO A LA TUMBA DE ANTONIO MACHADO

Alfredo Castellón Molina evoca, desde su Zaragoza natal, su estancia en Colliure en 1959.

Alfredo Castellón Molina (Zaragoza, 1930) pudo ser el único aragonés que estuvo en el homenaje a Antonio Machado en Colliure aquel 22 de febrero de 1959, hace ahora 50 años. Han sido varios los que han contado la narración de este homenaje, uno de los últimos fue el escritor aragonés Ignacio Martínez de Pisón en un reportaje que recogió en 'Las palabras justas' (Xordica, 2008), y también lo hizo el propio dramaturgo, realizador de cine y televisión y escritor en un artículo aparecido en 'La República de las Letras' en 2007: 'Collioure. Antonio Machado-María Zambrano'.

Hace poco la revista 'Ínsula' dedicaba un homenaje a Antonio Machado y al grupo de poetas que participaron en aquel acto; en la foto de portada, una foto legendaria, sorprendentemente, desaparece Castellón. Arantxa Gómez Sancho, la zaragozana que dirige la publicación, ha cursado una amable carta al director de 'Plateto y yo' y 'Las gallinas de Cervantes', y le pide disculpas por esa amputación que nace, probablemente, de las prisas y de un viejo equívoco que padeció incluso uno de los participantes en aquella reunión: el poeta, narrador y editor Carlos Barral creyó que el zaragozano era un policía camuflado, tal como dijo en la segunda entrega de sus memorias: 'Los años sin excusa'.

Alfredo Castellón no recuerda ya todas las circunstancias de su presencia en Colliure. De regreso a su Zaragoza tan querida para él, con nuevos documentos (entre ellos la carta que recibió desde París, con fecha del 1 de febrero, de los organizadores del homenaje en la memoria de Antonio Machado, en el XX aniversario de su muerte. El comité de honor estaba integrado por Louis Aragon, Jean Paul Sartre, Marguerite Duras, Simone de Beauvoir, Raymond Queneau y Pablo Picasso, entre otros), cuenta que "aquel año de 1959 fue el último de mi residencia en el Colegio Mayor Ximénez de Cisneros. En realidad, creo que ya no vivía allí. Llevaba trabajando en TVE desde su fundación en 1956", señala este aragonés que dirigió más de 400 'Estudio 1' o muchos programas de 'Mirar un cuadro'

En tren, entre poetas

El director de entonces del colegio mayor era Antonio Lago y había congregado en torno a un plantel de arquitectos, cineastas y escritores, entre ellos "José Ángel Valente, Alfonso Costafreda y Emilio Lledó. Recuerdo que ellos y yo recibimos la invitación, y que yo visité al poeta Dionisio Ridruejo antes de la partida, y que me dijo que transmitiese la siguiente consigna a los organizadores: 'El doctor no podrá desplazarse'. Fue así de enigmático. Yo imagino que se trataba de Gregorio Marañón, apartado por el franquismo. Al final tampoco vino Emilio Lledó, tan conocido ahora". Dionisio Ridruejo también está de actualidad merced a los estudios y a la biografía de Jordi Gracia.

Los poetas José Ángel Valente y Alfonso Costafreda, que acabaría suicidándose años después, y el propio Castellón partieron en tren. "No recuerdo demasiadas circunstancias del viaje. Y ya lo siento. No sé de qué hablamos y solo veo con nitidez nuestro paso por Figueras. Llegamos a Colliure y pronto vimos que había mucha gente: recuerdo perfectamente toda una calle atiborrada de personas que avanzaban, y aún veo ahora la imagen del alcalde con una gabardina y una bufanda. Allí dije a los organizadores lo que me había dicho Dionisio Ridruejo, y participamos en el homenaje. José Herrera Petere, que era muy buen escritor, leyó un poema de Antonio Machado: la composición 'Retrato'. Más tarde, hablamos y él me dijo que había leído un texto mío, 'El contrapunto de Europa', que había aparecido en 'Botteghe oscure' el año anterior, en la sección de autores en castellano, junto a Ricaro Paseyro, Adolfo Bioy Casares, José Bergamín o Carlos Barral, entre otros". Alfredo Castellón, que tiene una pasión especial por los documentos del pasado, exhibe una fotocopia a color de la portada de la publicación.

En aquel homenaje había mucha gente. Muchísima. "De la presencia de algunos me enteré luego, como fue el caso del pintor del Paso Manolo Millares y de su mujer Elvireta Escobio, que es muy buena poeta. Estaban los que salen en la foto famosa: Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Manuel Caballero Bonald, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, los citados Costafreda y Valente, y yo, y también andaban por allí el profesor y editor José María Castellet, el novelista Luis Romero; entre los exiliados, acudieron el historiador Manuel Tuñón de Lara, el hispanista Claude Couffon, experto en García Lorca, y el ministro de la II República Pablo Azcárate".

La tierra de la cárcel Modelo

De repente, en medio de aquel ambiente de reivindicación y de fiesta de la poesía y la libertad, ocurrió algo: un integrante del Partido Comunista de España, "otro desterrado", tomó la palabra y ofreció un cofre que contenía tierra de la cárcel Modelo de Barcelona. "Dijo que aquella tierra había viajado a Colliure como homenaje a Antonio Machado de los presos políticos, prisioneros en las cárceles de Franco".

Aquel gesto tan hermoso alarmó a casi todo el mundo. Despertó los recelos y multiplicó los temores que ya existían en relación a la presencia de policías y espías infiltrados del franquismo. El miedo reinó por completo en aquel clima, sobre todo entre los que vivían en España. Aquel cofre tan simbólico había sembrado la alarma general, un cierto estado de pánico que a muchos les hacía ver peligros por todas partes. Se tomaron muchas fotos, y algunos, años después, consideraban policías infiltrados a algunos de los participantes en el homenaje: al propio Ángel González (dijo que era funcionario, y Barral realizó varias indagaciones telefónicas para cerciorarse de que no era un policía o un espía de Franco) y a Alfredo Castellón. E incluso "en un cincuentón silencioso y solitario que resultó ser un inofensivo síndico andorrano". Aquel gesto último de la tierra y el cofre precipitó la desbandada y la salida "precipitada" hacia España.

"A mí me ocurrió algo muy curioso -sigue contando Alfredo Castellón -. Tuve la suerte de conocer al actor Alberto Closas, que era un furibundo republicano, que se ofreció para taerme a Barcelona en su coche descapotable. Era un automóvil espectacular, precioso, no sé nada de coches y no recuerdo la marca. Con nosotros también viajó el escritor Luis Romero".

El regreso para 'Biografía'

Con el actor de 'Muerte de un ciclista' al volante, Alfredo Castellón llegó a Barcelona. Y de ahí se trasladó a Zaragoza, antes de reincorporarse a su trabajo en TVE. Años después, realizaría, en la serie 'Biografía', un capítulo dedicado a Antonio Machado. "También hice las de Cajal y la de Azorín. Azorín vivía todavía. Recuerdo que su mujer entraba en el set a ajustarle los puños de la camisa. Era un detalle entrañable. Azorín murió cinco días después -recuerda Castellón-. Vuelvo a Machado: conocí a la dueña del hotel Bougnol-Quintana y hablé con ella. Ya era centenaria, pero aún mostró al equipo de TVE la casa y la habitación del poeta. Arrastraba los pies por el pasillo; vio la papelera y nos dijo: 'Aquí tiraba las cuartillas arrugadas. Me han dicho que si las hubiera guardado, ahora podría ir en coche a todas partes". Sabido es que José, hermano de Antonio Machado, encontró en el bolsillo de su guardapolvo un papel en el que había escrito sus últimos versos, su última evocación con letra trémula: 'Estos días azules y este sol de infancia'.

Algún tiempo después, Alfredo Castellón se fue a Roma a ver a su gran amiga la pensadora María Zambrano. Se citaron en el café Greco y Castellón le contó cómo había ido todo. Su padre Blas Zambrano había sido muy amigo de Antonio Machado, habían coincidido en Segovia. "En realidad, me di cuenta de que María Zambrano estaba perfectamente informada de cómo había ido todo. Tenía una información magnífica, mejor, mejor que la que podía darle yo a pesar de que había estado en aquel homenaje".

 

 

CORTE

Dos secuencias inolvidables en el cementerio

Alfredo Castellón Molina recibió desde París, el uno de febrero de 1959, una invitación para asistir al homenaje a Machado, "uno de los valores más puros de nuestra patria". Se decía también que "esta ocasión de hacer coincidir en torno al nombre de nuestro gran poeta a los intelectuales españoles separados geográficamente por acontecimientos ya lejanos y cuyas consecuencias son de interés fundamental para España eliminar definitivamente". Castellón conserva cinco fotos diferentes. En una de ellas se ve el desfile hacia el cementerio; en la segunda, intelectuales españoles y franceses posan ante el hotel Quintana.

En otra, la más famosa, están los escritores. En la fila superior, posan Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Valente y Castellón; y en la inferior, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald. Dice Castellón: "Yo no he pretendido figurar en ningún sitio, me gusta la discreción, pero tampoco era alguien que pasaba por allí y que se sumaba a una foto. Casi todos éramos escritores principiantes que apenas se conocían".

Alfredo dice que de una parte estaban los autores catalanes, que capitaneaba el estudioso y editor Castellet, y por otra los 'mesetarios', a los que debiera haber liderado el ausente Dionisio Ridruejo. Castellón no recuerda ni cómo ni quién reunió a los nueve integrantes, pero él ya conocía a Valente y a Costafreda, con los que había viajado, y a "Gil de Biedma, a quien había visto en Roma en la casa de María Zambrano".

Las otras dos fotos recogen los dos momentos culminantes del homenaje: el instante en el que José Herrera Petere lee el poema 'Retrato', y la segunda en que un representante de los presos españoles ofrenda a Machado la caja con tierra de la cárcel Modelo. En la primera toma, Castellón asoma con absoluta nitidez, detrás de dos invitados, con gabardina, uno de ellos, y con gafas oscuras, el otro. Y en la segunda, sigue detrás del mismo ciudadano de gris y muy cerca de Castellet, el más alto de la fotografía. "De esa foto de grupo solo quedamos dos: Caballero Bonald y yo".