Blogia
Antón Castro

Escritores

'AEROPUERTO DE FUNCHAL' DE MARTÍNEZ DE PISÓN

'AEROPUERTO DE FUNCHAL' DE MARTÍNEZ DE PISÓN

 

 

Sigo sin Internet en casa. Un amable experto se está volviendo loco. No sabe lo que ocurre, no saber por qué de pronto, tras dos años de normalidad, más o menos, ahora se cae Internet en todas partes. Esta mañana ha cambiado hasta el cable exterior de conexión. Y nada. Hace ya varios días que le había pedido a Ignacio Martínez de Pisón un cuento de su nuevo libro, ‘Aeropuerto de Funchal’ (Seix Barral), una selección de sus mejores cuentos. Están, por supuesto, los mejores: ‘Siempre hay un perro al acecho’, ‘El filo de unos ojos’ y ‘Foto de familia’. Y entre ellos también está este ‘Aeropuerto de Funchal’ que da título a un volumen que celebra 25 años de su primer volumen de relatos: ‘Alguien te observa en secreto’.

 

 

AEROPUERTO DE FUNCHAL

 

Por Ignacio MARTÍNEZ DE PISÓN

La última noticia que tuvo de Frank fue una postal enviada desde Madeira. De eso hacía cuatro años, y en realidad aquella postal no parecía que le estuviera destinada. Con una firma ilegible y un texto anodino (muchos saludos y recuerdos, alguna pregunta del tipo ¿qué tal vosotros?), la dirección que figuraba en su mitad derecha era la suya, la de Elena, pero los destinatarios no eran ni ella ni Carlos, su marido, sino una familia apellidada Pajarito. Había sido precisamente Carlos quien, de vuelta del despacho, la había sacado del buzón, y mientras se la enseñaba no había podido evitar un comentario chistoso: “¿Cómo puede ser que alguien se apellide Pajarito? Yo en su caso me lo cambiaría por Pajarraco: impone más respeto.” Ella contuvo por un instante la respiración y pensó en Frank. Pajarito, parajito mío. Ése era el apelativo cariñoso que Frank solía dedicarle en la intimidad, y Elena estuvo segura de que su antiguo amante había recurrido a esa clave privada para hacerle saber que en aquella lejana isla portuguesa seguía pensando en ella.

  Pero desde entonces habían pasado cuatro años, y ahora Carlos y Elena estaban en un Airbus 319 de la compañía portuguesa Tap que se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Funchal. La idea del viaje había sido de él. Hacía mucho tiempo que no viajaban solos, y dos días antes Carlos había aparecido por la tienda de antigüedades de ella agitando como un abanico los billetes de avión: “Ya puedes ir haciendo la maleta. Nos vamos.” Había visto el anuncio en el escaparate de una agencia de viajes y no había podido resistirse a la tentación de hacer una locura. Ésas fueron sus palabras, hacer una locura, y Elena hubo de reconocer que también ella lo necesitaba, que la estimulaba la simple perspectiva de romper con la rutina y olvidarse por unos días de clientes y compromisos. Sólo al llegar al aeropuerto de Lisboa, donde debían conectar con el vuelo a la isla, había sentido una primera punzada de decepción: el suyo era el típico viaje organizado, y el resto del grupo estaba formado por matrimonios de jubilados y señoras mayores con aspecto de viudas. Tal detalle acaso habría resultado trivial si el suyo no hubiera sido, como de hecho era, un matrimonio ciertamente descompensado. Ella, con cuarenta años recién cumplidos, se consideraba aún una mujer joven y bonita, y los catorce años y dos meses que Carlos le llevaba le acercaban de forma irremediable a todos esos compañeros de viaje, que parecían no tener otra cosa de qué hablar que no fueran médicos, operaciones y achaques de la edad.

  En el autobús que les recogió en el aeropuerto le pareció evidente que el trato que aquellos hombres y mujeres les dispensaban no era igualitario. Se dirigían a Carlos con una rara familiaridad, como si desde el principio hubieran dado por supuesta su integración en el grupo, y reservaban para ella una gentileza algo distante y cautelosa. Luego, en el vestíbulo del hotel (el Carlton, uno de los mejores de la isla), uno de esos carcamales se le acercó para comentarle con un guiño cómplice que la última noche estaba prevista una fiesta con karaoke, y lo que hasta entonces había sido sólo fastidio dejó paso a una poderosa sensación de disgusto. ¡Una treintena de viejos emborrachándose y dando gritos ante un micrófono! ¿A eso era a lo que Carlos llamaba hacer una locura?

  En la habitación, ya a solas, mantuvieron una breve discusión. “No seas tan seca, mujer. Hemos venido a pasarlo bien”, le dijo él, y ella ni siquiera se molestó en disimular su irritación: “¿De veras crees que con gente como ésa es posible pasarlo bien?” Carlos, acostumbrado a sus arranques de mal humor, esperó pacientemente a que se desahogara, y al final dijo: “No hace falta que vayamos con ellos a todas partes.”

  Y es verdad que al día siguiente sólo coincidieron con los demás a la hora del desayuno, algo casi inevitable, y a la de la cena. El resto del tiempo lo pasaron solos. Visitaron la catedral, el puerto, la plaza del Ayuntamiento, un par de museos de escaso interés, tres o cuatro palacios recientemente restaurados. Pasearon entre los árboles exóticos de un parque, cada uno de ellos con un cartelito que indicaba su país de procedencia, y también por los jardines del que debía de ser el palacio del Gobernador, con vistosas fuentes, bustos de próceres locales y miradores que se asomaban al Atlántico. Recorrieron asimismo las calles del centro de la ciudad, entre las tiendas de ropa y de souvenirs, entre las cafeterías con terraza y los restaurantes para turistas, y Elena, silenciosa, no podía dejar de pensar en Frank, que cuatro años antes había tenido que pasar por esos mismos lugares y que quizá se había detenido ante los mismos escaparates y había admirado esos mismos árboles de tronco inmenso y frutos como salchichas. De vez en cuando la asaltaba la misma fantasía, la fantasía de que Frank seguía en la isla y le salía al paso en uno de esos jardines o una de esas calles. Frank, el viajero impenitente que sólo leía a Bruce Chatwin, el joven eterno que vivía como si el futuro no existiera, el vitalista que no obedecía más que a sus impulsos, el aventurero sin hogar y sin familia... Frank. ¿Alguna vez alguien así se habría instalado en una isla como Madeira, especie de inmenso geriátrico enclavado en mitad del Atlántico? Era absurdo, y Elena lo sabía. Lo más probable era que Frank, músico de profesión, hubiera llegado a aquel sitio con alguna de las orquestas que ocasionalmente le contrataban y que su estancia allí no hubiera superado las dos o tres semanas, quizá ni siquiera eso. ¿Dónde estaría ahora? ¿En qué rincón del planeta? Estuviera donde estuviera, hacía tiempo que debía de haberse olvidado de aquella isla y del contacto que desde allí había tratado de establecer con su ex amante a través de una postal en clave. Para Elena, en cambio, los nombres de Frank y Madeira habían quedado definitivamente asociados desde entonces, y el simple hecho de encontrarse en ese lugar avivaba una inequívoca sensación de proximidad con respecto a él. ¿Cómo habría sido el reencuentro? ¿Qué saludos habrían intercambiado? ¿Se habrían dicho “hola, pajarita”, “hola, pajarito”, como en aquella época? Resultaba agradable dejarse llevar por esas ensoñaciones, y lo único malo era que éstas se desvanecían al menor contacto con la realidad. Una realidad que en aquellos momentos se materializaba en la persona de Carlos, ese intruso en sus fantasías, ese visitante inoportuno. Volvió de repente la vista hacia él y se descubrió odiándole, odiándole con todas sus fuerzas, y el suyo no era un odio momentáneo o circunstancial sino un odio que hundía sus raíces en lo más profundo de sí misma, en cierta mañana de hace más de cuatro años en que tuvo que elegir entre la estabilidad sin pasión y la felicidad sin futuro.

  El tercer día estaba programada una subida a la iglesia de Santa María do Monte, y Carlos, razonable como siempre, dijo que no tenía sentido que fueran por su cuenta, dado que todos aquellos gastos estaban incluidos y que, de todas formas, era lo único de Funchal que les quedaba por ver. “Nos los estaríamos encontrando sin parar”, comentó en alusión a sus compañeros de viaje.

  El autobús les esperaba ante la estatua de la emperatriz Sissí, con la que varios de aquellos viejos, infatigables, insistían en hacerse fotos, y, después de un recorrido por calles ya conocidas de la ciudad, les dejó en la cola del teleférico. Cada una de las cabinas tenía capacidad para seis personas. A ellos les tocó compartirla con cuatro señoras del grupo. Una de ellas, la más parlanchina, se pasó un buen rato diciendo que Carlos era igualito, pero igualito, a un hermano suyo que acababa de casarse por tercera vez. Carlos se sintió o fingió sentirse halagado por la comparación y, mientras la mujer contaba la historia de su hermano, que había empezado de la nada y ahora tenía una planta de galvanizados que daba trabajo a más de treinta personas, Elena buscó alivio en la vista aérea de los tejados de la ciudad.

  Unos cuantos minutos de conversación y la certeza de poseer algo en común, aunque sea algo tan frágil como eso, una supuesta semejanza física con quién sabe quién, pueden en determinadas circunstancias bastar para improvisar breves alianzas. Eso es lo que, a ojos de Elena, ocurrió entre su marido y esas señoras, que, una vez concluido el trayecto en funicular, parecían haberse vuelto inseparables. Visitaron juntos el Jardín Botánico, y juntos compraron bordados en la Quinta do Monte y se fotografiaron en las escaleras de la iglesia, y en realidad Elena no estaba segura de preferir la compañía única de su marido. El grupo sólo se deshizo cuando llegó la hora de montarse en los llamados carros do monte, y eso porque en cada uno de aquellos pintorescos vehículos no cabían más de dos pasajeros. La guía turística, citando a Hemingway, lo había anunciado como la parte más excitante de la excursión: una bajada de cuatro kilómetros metidos en unos grandes cestos de mimbre, una especie de trineos sin patines que se deslizaban por una carretera empinada y sinuosa. La fila de carros aguardaba a los turistas al pie de las escaleras de la iglesia. Cuando les llegó el turno a ellos, Elena observó la gastada tapicería del asiento y se colocó junto a su marido. Aquello inspiraba cualquier cosa menos seguridad. El descenso se inició cuando los dos carreiros, unos hombres de aspecto desnutrido, con camisa y pantalón blancos y sombreros de paja, empujaron su carro cuesta abajo. Apenas unos segundos después habían alcanzado ya una velocidad considerable. Los carreiros iban detrás, subidos al estribo, y en las curvas más cerradas y los cruces de carreteras saltaban a la calzada y giraban o frenaban tirando de una cuerda que llevaban enrollada en la muñeca. De vez en cuando paraban y con unos trapos deshilachados engrasaban los bajos del carro, y entonces los escasos automóviles que les seguían aprovechaban para adelantarles. Elena no sintió el peligro hasta que llegaron al cruce y por el lado izquierdo apareció la motocicleta. Uno de los carreiros saltó a destiempo y sólo consiguió frenar cuando ya ellos dos habían empezado a gritar: “¡Cuidado!” El incidente al final quedó en nada, el carro dando una vuelta completa sobre su propio eje, la moto derrapando interminablemente en su intento por esquivarles, pero Elena se llevó un buen susto y, con la voz entrecortada, dominada aún por la excitación, se volvió hacia su marido y no pudo evitar exclamar: “¡No lo aguanto más! ¡Tenemos que separarnos!” Carlos la miró sin decir nada. El motorista siguió su camino y ellos reanudaron el descenso. Cuando por fin bajaron del carro, él dijo: “Estabas nerviosa.” Y ella repitió: “Tenemos que separarnos.”

  Pasaron el resto del día en el hotel. Carlos se mostraba esquivo, taciturno. Tampoco Elena tenía muchas ganas de hablar. Cenaron en la misma mesa que las mujeres del teleférico. Luego volvieron a la habitación, y Carlos dijo nada más: “No puedes hacerme esto. Sería incapaz de vivir sin ti. Me mataría.” Ella no contestó. Había dicho lo que había dicho sin pensar, pero ahora le parecía que esas palabras fortuitas habían revelado sus deseos más profundos y genuinos. “Dime que no me vas a abandonar”, insistió él, “dímelo”. Elena bajó la cabeza y se metió en el cuarto de baño.

  El día siguiente era el último antes del viaje de vuelta. Estaba previsto que visitaran un pequeño puerto pesquero llamado Calheta y que cruzaran la isla por Paúl da Serra y que recorrieran el norte de la isla, con paradas en la antigua capital, Sao Vicente, y otros pueblos de interés turístico. Elena, sin embargo, dijo que no se encontraba bien y que prefería quedarse a descansar en el hotel. Carlos no insistió. Le dedicó un vago gesto de despedida y salió de la habitación.

  Permaneció acostada hasta más tarde de las diez. Bajó a la cafetería cuando ya había concluido el horario de desayunos, pero no le importó. Salió del hotel en busca de una terraza donde tomar un café y se descubrió recorriendo las mismas calles, los mismos jardines y parques que dos días antes, pero ahora a solas, sin su marido. Podía pues entregarse libremente a sus fantasías y evocaciones, y con una sonrisa en los labios recordó la noche en que Frank y ella se conocieron, en el hotel en que se celebraba la fiesta de clausura del Salón de Anticuarios. Frank era uno de los músicos de la orquesta, y Elena no pudo apartar la vista de él desde que coincidieron en las puertas giratorias de la entrada. Lo demás fue sencillo, una copa juntos, el mismo taxi, el intercambio de números de teléfono, y mientras se despedían ella tuvo la rara certeza de que ya no podría renunciar a él. De que pensaría en Frank a la mañana siguiente, y seguiría pensando en él a la otra y a la otra. Sí, lo suyo por Frank había sido auténtica pasión, un sentimiento que no recordaba desde hacía muchos años y para el que creía haber quedado inhabilitada con el paso del tiempo. ¿Volvería a experimentar lo mismo si ahora se reencontraran? La figura de su marido había desaparecido hasta de su imaginación. Elena se veía a sí misma como una mujer separada, libre, y de golpe se preguntó qué pasos habría de dar para localizar a Frank. ¿Mantendría contacto con aquel amigo suyo, el dueño del bar en el que solían citarse? Y aquellos músicos con los que habían estado en alguna ocasión, ¿tendrían alguna idea de su paradero? Se imaginaba otra vez entre los fuertes brazos de Frank, y en su interior volvía a percibir la misma zozobra placentera que la había atenazado la noche de su primer encuentro íntimo.

  Comió en el restaurante del hotel y después del postre aceptó probar la copita de puncha que el camarero le ofreció. Las primeras noticias llegaron algo más tarde: uno de los turistas del grupo se había despeñado por uno de los barrancos del interior de la isla. Aún no se sabía si era hombre o mujer ni si estaba muerto o sólo herido, pero ella recordó las palabras de su marido (“Sería incapaz de vivir sin ti. Me mataría.”) y empezó a temer que se tratara de él, de Carlos. El gerente del hotel hizo varias llamadas telefónicas, y poco a poco los temores de Elena se fueron confirmando. Sí, era un hombre. Y, sí, parecía ser que había muerto. “¡Carlos!”, exclamó, llevándose las manos a la cara. El gerente intentó tranquilizarla y le dijo que tal vez hubiera un error y que, en todo caso, la identidad del accidentado seguía siendo un misterio. Elena negó con la cabeza y dijo: “Es mi marido. Estoy segura.” Ignoraba cómo podían ser los montes y paisajes de esa parte de Madeira y, sin embargo, la imagen de Carlos alejándose del autobús y de los otros turistas y arrojándose a un precipicio como quien salta a una piscina se le representaba con la nitidez de una película que en ese momento estuviera proyectándose ante sus ojos. “Será mejor que suba a su habitación. La mantendré informada”, dijo el gerente con expresión afligida, pero ella prefirió no moverse de allí, de aquel despacho al que la policía se había comprometido a llamar en cuanto dispusiera de nuevas noticias. “Agua, necesito beber agua”, pidió poco después. El hombre la dejó un momento a solas y Elena prorrumpió en un llanto desesperado, incontenible. ¡Con lo que se habían querido, y ahora él estaba muerto! Recordó su sonrisa amplia y su mirada serena. Recordó también la voz temblorosa y casi infantil con la que, quince años atrás, cuando ella era todavía una jovencita y él ya un hombre hecho y derecho, le había declarado su amor. Los recuerdos se agolpaban, y eran siempre recuerdos de sus años de dicha y plenitud, de la época en la que ninguno de los dos podía concebir la vida sin el otro. El brevísimo noviazgo, el viaje a Egipto, el arreglo de la casa que ambos habían considerado definitiva, los veranos en aquel hotelito mallorquín que disponía de una playa casi privada... Muerto Carlos, era como si todos aquellos recuerdos en los que él aparecía dejaran de ser recuerdos para convertirse en pura invención, como si ese tiempo feliz nunca hubiera llegado a existir. ¿Y Frank? No había vuelto a pensar en él desde las primeras noticias sobre lo ocurrido y, cuando lo hizo, ya nada era lo mismo. Ahora el intruso en sus sentimientos, el visitante inoportuno, era él, su ex amante. Qué injusta había sido al comparar a su marido con la intangible figura de Frank, un ser que pertenecía más al orden del deseo que al de la realidad, criatura más idealizada que ideal, sin otro tamaño que el de sus propias fantasías, y por eso mismo rival poco menos que imbatible para Carlos. ¡Ay, qué culpable se sentía por haberse dejado arrullar por tan tramposas ensoñaciones! “¿Quiere otro vaso de agua?”, le preguntaba de vez en cuando el gerente, respetuoso siempre de su dolor de viuda.

  Luego alguien anunció que el autobús acababa de llegar, y Elena se encontró de golpe en el vestíbulo, viendo entrar turistas de ojos llorosos y expresión descompuesta. Una de las señoras del teleférico se echó en sus brazos y ahogó un sollozo. “Ha sido horrible”, repetía, “horrible.” Por encima del hombro de aquella mujer vio aparecer la figura de Carlos. Llevaba una gorra con el dibujo de un pez espada, y la nariz, como siempre que le daba el sol, se le había empezado a pelar. Se saludaron con un beso en la mejilla y Carlos dijo: “Con lo simpático que era ese hombre... No paraba de hacer planes para el karaoke de esta noche.” Elena asintió muy despacio y, mientras lo hacía, notó cómo un rencor antiguo renacía en su interior, renovado, intacto.

 


 

 

 

 

 

'LA LECCIÓN': CUENTO DE SENDER EN 'PARTES DE GUERRA'

'LA LECCIÓN': CUENTO DE SENDER EN 'PARTES DE GUERRA'

 

Ignacio Martínez de Pisón es el compilador del libro colectivo ‘Partes de guerra’ (RBA, 2009), que está dando mucho que hablar y mucho más que leer. Este cuento es de Ramón José Sender, el narrador de Chalamera, el autor de ‘Crónica del alba’: “La lección apareció el 18 de julio de 1938 en Voz de Madrid, la revista que Sender dirigía en aquel instante en París. Actualmente, Pisón tiene dos libros excelentes y muy frescos en las librerías: ‘Las palabras justas’ (Xordica) y la novela ‘Dientes de leche’ (Seix Barral).

 

        

LA LECCIÓN

 

 

Por Ramón José SENDER

El capitán Hurtado era el único oficial profesional que teníamos en Peguerinos en 1936. No acababa de salir de su asombro ante las milicias. Veía que las virtudes civiles daban un excelente resultado en el campo de batalla, y eso debía de contradecir los principios de su ciencia militar. Tenía un gran respeto por la combatividad y el valor de los milicianos, pero no comprendía políticamente la democracia, y a los que querían hablarle de las libertades populares les contestaba con un gesto impaciente:

         -Para cuatro días que uno va a vivir dejadme en paz con vuestras tonterías.

         Los milicianos se reían y movían lentamente la cabeza. Pero la disposición de Hurtado para el trabajo de guerra al lado de unos hombres cuya ideología no comprendía les era simpática a todos.

-Con vosotros –solía decir Hurtado a los milicianos- se puede ir a todas partes.

Eso les halagaba.

Aquel día Hurtado llamó a cinco hombres elegidos entre los más decididos. Cuatro muchachos y un viejo. Éste era tipógrafo. Entre los otros había un ingeniero industrial, un metalúrgico y dos albañiles. El tipógrafo protestaba siempre porque no tenía tiempo para nada. Desde hacía tres días trataba en vano de leer un discurso del líder sindical de su organización, que había sido publicado en folleto y que llevaba consigo todo sucio y arrugado.

Cuando acudieron a la pequeña casa de madera que había a la salida del pueblo, el capitán no había llegado aún y le esperaron más de media hora. El tipógrafo sacó de la cartuchera el folleto y se puso a leer. Por fin apareció el capitán, acompañado de un sargento telegrafista que solía manejar un heliógrafo. Ese sargento, aunque mostraba un gran entusiasmo por las ideologías políticas de los milicianos con quienes hablaba en cada caso, no tenía la simpatía de nadie. Veían en él algo servil que a nadie convencía. Era corriente oír hablar de él con reservas.

Antes de sentarse hizo un largo aparte con el sargento. Cuando éste se fue dijo a los milicianos que les había llamado para exponerles un plan de penetración y acción en el campo enemigo. Era muy arriesgado y reclamaba la mayor atención. La derrota sufrida el día anterior por el enemigo había forzado a Mola a organizar su campo seriamente para la resistencia. El enemigo estaba muy bien fortificado, había establecido una línea regular y contaba con abundantes refuerzos. Debían de tener patrullas de reconocimiento, con los restos de la caballería mora que lograron salvarse el día anterior. Los milicianos escuchaban impacientes. Hubieran querido asimilar en un instante los conocimientos de aquel hombre. Pero cada cual pensaba que, si Hurtado sabía siempre las condiciones en que se encontraba el enemigo y en un combate conocía el momento y el lugar del contraataque, eso se debía a sus seis años de academia. Ese nombre –Academia- tenía una fuerza y un prestigio abrumador.

-No es necesario el fusil para estos servicios –explicaba Hurtado-. Son mejores las bombas de mano. Tres de vosotros llevaréis también un pico. Los otros dos, una pala. Cada uno, un rollo de cuerda de cinco o seis metros.

Después de una pausa en la que el capitán pareció muy preocupado por las hebillas de su alta bota de cuero, aunque se veía que pensaba en otra cosa, continuó:

-La penetración en el campo enemigo tiene por objeto producir la sorpresa y la desorientación. Para eso hay que saber evitar los puestos de observación, y esto se consigue estudiando bien el itinerario y escogiendo también la hora en relación con la posición del sol o de la luna. El itinerario, flanqueando el viejo camino de resineros...

De nuevo se interrumpió para vigilar la hebilla que no quería dejarse atar. Cuando parecía dispuesto a reanudar la lección, llegó de nuevo el sargento telegrafista. El capitán se levantó y salió fuera. Parecía muy distraído. El tipógrafo sacó su folleto y se puso a leer. El joven ingeniero industrial pensó que no estaba bien salir a hablar aparte con el telegrafista, pero quizá los profesionales daban un gran valor al secreto militar, y eso no podía parecerle mal.

Hurtado volvió a entrar y dijo que tenía que salir para un servicio urgente. La lección la daría al atardecer y la penetración de la patrulla sería antes del alba, al día siguiente. Había tiempo. Todavía se detuvo para advertir que si antes de la media noche no se habían podido reunir de nuevo, los milicianos debían ir a buscarle al Estado mayor o donde estuviera. El tipógrafo guardó su folleto en la cartuchera y contempló extrañado al capitán.

“Es raro –pensó-. Parece un hombre diferente. Se mueve, se sienta, se levanta, habla como si le dolieran la cabeza o las muelas.”

La patrulla iba y venía por el campamento esperando la hora de la reunión. Los cinco milicianos habían quedado libres de servicio aquel día y el tipógrafo seguía leyendo el folleto, algunos de cuyos párrafos había subrayado cuidadosamente con lápiz. Después del bombardeo de la aviación enemiga, hacia las cuatro de la tarde hubo bastante calma. El silencio del frente era horadado a veces por el fuego mecánico de las ametralladoras. A veces, también, cantaba un gallo en un corral próximo, lo que según el joven ingeniero era una provocación intolerable a su estómago.

Hurtado salió al atardecer, con el sargento, hacia las avanzadas. El cabo de intendencia lo vio ir y venir indeciso. Llegó a los primeros puestos del ala derecha y advirtió a los centinelas que tuvieran cuidado al disparar porque iba a reconocer el “terreno de nadie”. Los centinelas lo vieron salir asombrados. “Con hombres tan valientes y tan inteligentes –se dijeron también- se puede ir a todas partes.” Hurtado y el telegrafista avanzaron con grandes precauciones en dirección a una casita abandonada, de cuyas ruinas salía humo. Luego los centinelas los perdieron de vista, pero en los relevos se transmitían la consigna: “Cuidado al disparar, que el capitán Hurtado anda por ahí.” Era ya medianoche y no había vuelto aún.

A la una de la madrugada el tipógrafo reunió a los demás compañeros y les recordó que el capitán les había dicho que después de medianoche debían buscarlo donde estuviera. Antes del amanecer había que realizar el servicio, y para eso necesitaban conocer las instrucciones completas. Ya de acuerdo, se enteraron por el cabo de intendencia y el sargento de la segunda compañía del batallón Fernando de Rosa del camino tomado por el capitán. Con el fusil en bandolera, la bayoneta colgada al costado y media docena de bombas de mano, llegaron los cinco a las avanzadas. Los centinelas les indicaron el lugar por donde Hurtado había desaparecido. La patrulla buscaba entre las sombras, que a veces esclarecía una luna tímida. Con la obsesión de un servicio que había que hacer “antes de la madrugada”, recordaban sus palabras: “Si a las doce no nos hemos reunido, buscadme.” Y los cinco siguieron avanzando cautelosamente en la noche.

Antes de llegar a la casita en ruinas sintieron a su izquiera una ametralladora. En la noche, los disparos eran estrellas rojas de una simetría perfecta. Se arrojaron al suelo y siguieron avanzando. Volvieron a detenerse poco después porque oyeron voces humanas. No comprendían las palabras, pero reconocían el acento atiplado de los moros. El tipógrafo y otros dos avanzaron y los demás quedaron esperando con los fusiles preparados. Pocos minutos después vieron un grupo de caballos sin jinetes atados entre sí. Como las voces se habían alejado y durante más de media hora no vieron a nadie, siguieron avanzando.

-Cuando encontremos a Hurtado –decía el tipógrafo-, va a ser muy tarde.

Otro miliciano afirmaba y añadía que, por si ese retraso no bastaba, todavía sería preciso volver al campamento a equiparse como el capitán había dicho. La última palabra que le habían oído, con la cual quedaba inconclusa una frase de un valor inapreciable era: “el itinerario junto al camino viejo de resineros...”. Había que conocer esa frase entera; había que escuchar sus instrucciones antes de penetrar en el campo enemigo si querían hacer un buen trabajo.

-Entrar en el campo enemigo –se decían- no es tarea para el primer miliciano que llega.

En el fondo de un hoyo de obús encontraron al telegrafista. Se quejaba débilmente y parecía haber perdido el conocimiento. Estaba herido en la cabeza y en el pecho. Tenía también una mano ensangrentada. Pero a veces indicaba con esa misma mano una dirección y reía vagamente. Quizás no se reía, pero la boca ancha y hundida bajo las narices daba esa impresión. En la mano izquierda le faltaba el dedo anular. Los que habían dudado del telegrafista se sentían ahora avergonzados. Con la mano ensangrentada seguía señalando el camino de Hurtado en las sombras. Pero no conseguía hablar. Como se negaba a ser evacuado le dieron agua y lo dejaron allí. Siguieron adelante. El tipógrafo dijo que los moros habían cortado el dedo anular al telegrafista para robarle la alianza de oro. Antes de terminar estas palabras llegaron dos obuses del 7,5. Un balín hirió al ingenieron en el brazo. Se oyó una blasfemia y el herido quedó rezagado buscando algo con que atarse el brazo por encima de la herida.

Pero seguían avanzando. Rebasaron dos nidos de ametralladoras, perdieron algún tiempo tratando de reconocer en la obscuridad –la luna se había ocultado de nuevo- por el tacto las facciones de un muerto. Llevaba bigote y, por lo tanto, no podía ser Hurtado. Y siguieron.

Por fin, momentos antes del amanecer, estuvieron ante Hurtado. Pero aquél era otro campamento. Quizá correspondiera al sector de Las Navas. Hurtado abrió unos ojos enormes, de asombro. Su extrañeza era como una serie de preguntas tan claras que no hacía falta formularlas.

-Dijo usted que le buscáramos –explicaban los milicianos.

Hurtado, con la voz temblorosa, mirando los fusiles, preguntaba:

-¿Yo? ¿Para qué?

Estaba tan desconcertado que no acertaba a llevarse el cigarrillo a los labios.

-Para que nos diga cómo hay que penetrar en el campo rebelde.

Hurtado había perdido la mirada juvenil y franca que tenía en Peguerinos. Los milicianos creían que estaba disgustado porque no llevaban las bombas ni los rollos de cuerda. El tipógrafo advirtió:

-Luego iremos a dejar los fusiles y a equiparnos como usted nos dijo, pero quisiéramos que terminara de darnos sus instrucciones para entrar en el campo enemigo.

Fuera comenzaba a amanecer. A la luz del día era ya visible la bandera traidora de Franco. El capitán desapareció y los milicianos quedaron recordando las palabras con las que había interrumpido su lección: “la penetración en el campo enemigo, junto al camino viejo de resineros...”. No era tan fácil entrar en el campo enemigo. Sólo un oficial con seis años de academia militar podía pretender organizar un servicio tan difícil. Se sentaron todos en semicírculo. El ingeniero apretó un poco más la venda del brazo, sirviéndose de los dientes y de la mano libre. Habían dejado una silla en el centro, para Hurtado.

Éste volvió, pero venían con él dos oficiales acompañados de más de quince soldados, quienes desarmaron a los milicianos y los condujeron a una zanja. Dijeron al joven ingeniero:

-Salta ahí dentro y así nos evitas tener que arrastrar luego tu cuerpo.

Dispararon sobre él y allí quedó, encogido, en el fondo. Ordenaron al tipógrafo que cogiera una paletada de cal de un pequeño montón que había al lado y la echara al muerto. El tipógrafo contestó en silencio mostrando sus manos atadas. Lo desataron. Cogió la pala y miró a su alrededor. Hurtado no estaba. Volvió a dejarla caer, salvó de un brinco una pequeña cerca de piedra y corrió, corrió, corrió. A sus espaldas oyó varias descargas de fusil. Las pistolas sonaban también como botellitas a las que se les quita de pronto un corcho muy ajustado. Sintió en las piernas los golpes de unas ramas de arbusto que no existían y en la boca un líquido caliente y salado.

Pudo llegar a Peguerinos. Allí estaba yo. Me contó todo esto mientras el médico se preparaba para hacerle una transfusión de sangre. Después sacó su folleto sindical del bolsillo y se puso a leerlo.

 

 

 

NOTA DE IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

PARA ‘PARTES DE GUERRA’

 

Anarquista en su juventud y próximo al comunismo desde 1933, Ramón J. Sender (Chalamera, Huesca, 1901 – San Diego, California, 1982) combatió como capitán en el 5º Regimiento a las órdenes del comunista Enrique Líster, quien, treinta años después, le acusaría de haber desertado tras la ofensiva de Seseña del 29 de octubre de 1936, acusación definitivamente rebatida por la profesora Donatella Pini. Su alejamiento del comunismo se precipitó tras la persecución en junio de 1937 del POUM, algunos de cuyos dirigentes eran amigos suyos. Pero los acontecimientos que más le marcaron fueron dos viles asesinatos a manos de elementos del franquismo local: el de su hermano Manuel en Huesca (ciudad de la que había sido alcalde durante la República) y el de su mujer, Amparo Barayón, en Zamora. Este asesinato sería investigado por su hijo, Ramón Sender Barayón (que a la sazón tenía dos años), para escribir el estremecedor libro Muerte en Zamora (1990). No es, pues, de extrañar que la Guerra Civil esté muy presente en la obra de Sender, tanto en el reportaje Contraataque (1938) y la muy celebrada novela Réquiem por un campesino español (1953) como en diversos textos de carácter autobiográfico y en algunos relatos nunca recogidos en libro. Uno de ellos es “La lección”, que se publicó el 18 de julio de 1938 en Voz de Madrid, la revista que el propio Sender dirigía entonces en París.

(Esta ilustración es de Giulio di Sturco. Me ha gustado; no tiene nada que ver con este texto).

 

 

FLEUR JAEGGY, SEGÚN F. COMPANY Y J. RODRÍGUEZ

FLEUR JAEGGY, SEGÚN F. COMPANY Y J. RODRÍGUEZ

He empezado a leer el último libro de la escritora argentina, afincada en Cataluña desde hace años, Flavia Company: ‘Con la soga al cuello’ (Páginas de Espuma), donde hay cuentos espléndidos. Leo en su blog, fcompany.blogspot.com, una nota acerca de un libro muy querido: ‘Los hermosos años del castigo’ de Fleur Jaeggy.

 

"Y en el espejo sus ojos cristalinos, impregnados de fe, concisos como un epitafio": es una de las fantásticas frases de este pequeño gran librito.

Esa concisión de epitafio, mezclada con la profundidad de una mirada inteligente, da su carácter a la narrativa de Fleur Jaeggy. Una autora excepcional. Nacida en Zurich y educada en alemán, escribe sin embargo en italiano -razón por la cual pude yo gozar traduciendo su "El temor del cielo", relatos publicados hace años, también por Tusquets.

Cómo leer a Fleur Jaeggy, pues, en mi opinión:

-En primer lugar, siéntese. No la lea de pie, por ejemplo en el metro, o mientras espera un autobús. No. Siéntese y, a ser posible, con comodidad. Necesitará usted apoyarse, en algunos momentos, para pensar con parsimonia en lo que acaba de leer.

-Intente rodearse de silencio. Quite la música de fondo, apague el móvil, descuelgue el teléfono, desconecte si puede el timbre de su casa. Jaeggy pide recogimiento y concentración. Interrumpir su lectura -este libro tiene sólo 118 páginas de letra grande- sería absurdo.

-Olvídese de todo lo que ha leído y de todo lo que va a leer. Jaeggy es distinta. Tiene su mundo y lo muestra a su manera.

-Procure visualizar lo que lee. La sensualidad de Jaeggy es de escándalo, y contrasta sobremanera con su prosa escueta y desnuda.

-Si puede, léase algunos fragmentos en voz alta. Va a disfrutarlos. (Si puede, sobre todo, léala en italiano, claro).

-No tenga prisa. La brevedad de Jaeggy es producto de un gran esfuerzo de síntesis. Nuestra lectura debe desplegar lo que ella tan bien ha enrollado. Hay que tomarse tiempo. Masticar, paladear, ingerir, rumiar.

-Para acabar: si no conocía a Fleur Jaeggy hasta ahora y la lee a causa de este post, sepa que me estará eternamente agradecido/a. :)

"Los hermosos años del castigo" es una nouvelle, ese género tan adecuado para los tiempos veloces que corren, y trata de las fronteras: las que separan la cordura de la locura, la belleza del horror, el cautiverio de la entrega, la crueldad de la rigidez. Esas fronteras, las más difuminadas, las menos ciertas, las de la duda. Una joya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Busco más cosas y encuentro este precioso y lúcido texto de mi admirado Julián Rodríguez, escritor y director del sello Periférica.

   

 

BREVE DICCIONARIO JAEGGY

 

Fleur Jaeggy nació en Zurich en 1940, vivió en París y en Roma, y posteriormente se instaló en Milán. En España han sido publicados cuatro de sus seis libros: El ángel de la guarda (1974), que su autora se ha propuesto no reeditar más; el fundamental Los hermosos años del castigo (1991), sobre su vida en un internado suizo; el volumen de relatos El temor del cielo (1998), que la convirtió definitivamente en una "autora de culto"; y la novela Proleterka (2001), quizá su libro más popular, y que obtuvo el Premio Viareggio.
    En los habituales recuentos de su biobibliografía nunca deja de citarse que su marido y editor (en Adelphi) son la misma persona: el ensayista Roberto Calasso.



Comienzo
Hay un cuento estremecedor de Fleur Jaeggy, incluido en El temor del cielo, que se titula "Sin destino". Puede resumirse en una frase: una madre muy joven, Marie Anne, aborrece a su hija, que es todavía una niña. Todo lo que sucederá en el cuento brota de ese verbo: aborrecer. Podría decirse que una sola palabra genera todo el relato, "es" todo el relato.


Así sucede siempre en los libros de Fleur Jaeggy. El comienzo de cada texto encierra el texto entero. Desde Il dito in bocca (1968), donde la autora parece reescribir algunas proposiciones del Tractatus de Wittgenstein, hasta Proleterka, que comienza de este modo: "Han pasado muchos años y esta mañana siento un deseo repentino: quisiera tener las cenizas de mi padre". Fue Patricia Highsmith la que dijo que en el principio de todo buen libro debe haber más misterio que en su final.



Crueldad
No está de más ese nombre, Highsmith, al lado del de Fleur Jaeggy. ¿Correspondencia aventurada? No, la crueldad las empareja. Se ha dicho de Fleur Jaeggy que es "el escritor italiano más cruel". Una crueldad que nace tal vez de Henry James (con quien la comparó Joseph Brodsky, que también citaba a Conrad y a Jane Austen), y para la que se necesita que la escritura sea de buril (no por menos tópico el símil, menos exacto) y la perspectiva de telescopio.

El buril procura el detalle, el típico "detalle Fleur Jaeggy", y la perspectiva telescópica tanto la distancia (cerca y lejos a la vez) como el escepticismo (de "skeptomai", que significa observar).

Estilo
El estilo de esta autora que fue modelo fotográfica antes que escritora parece identificarse bien precisamente con algunos de los rasgos necesarios para esa profesión (no la de escritora): laconismo, sobriedad, estatismo. Pero no son sólo éstas las apreciaciones que se hacen del estilo de Fleur Jaeggy. Es habitual leer que sus palabras son (más tópicos) "como diamantes", "como cristales", "como piedras esmaltadas". Por su dureza, por su belleza, por su precisión.

Identidad
En los libros de Fleur Jaeggy hay sobre todo una identidad de clase, de una burguesía crecida entre el luteranismo y el calvinismo, con objetos que alcanzan una importancia esencial como referentes vitales (un piano Steinway es en Proleterka representación de la madre). Identidad construida tanto por modelos literarios heterodoxos (Eckart, Robert Walser, Ingeborg Bachmann) como ortodoxos (Annemarie Schwarzenbach, Franz Werfel). Identidad construida, pues, como un puzzle, en narraciones que oscilan a lo largo del relato (como en Proleterka) entre la primera y la tercera persona, y que podemos ligar a dos libros también alejados del mainstream literario y traducidos precisamente por Fleur Jaeggy: las Vidas imaginarias de Marcel Schwob y Los últimos días de Enmanuel Kant de Thomas de Quincey, otros dos visionarios.



Lugar
Se ha dicho antes: las novelas de Fleur Jaeggy son eminentemente estáticas. El movimiento es una anécdota. Los auténticos viajes de sus libros, tildados muchas veces de "novelas metafísicas", son cambios en la conciencia, viajes interiores. Sus verdaderos lugares son sólo literarios. Y entre ellos no sólo Grecia, Venecia o Zurich, sino, sobre todo, ese otro "lugar" literario por excelencia: la adolescencia.

 

 

PATRICK MODIANO RETRATADO POR OLIVIER ROLLER

PATRICK MODIANO RETRATADO POR OLIVIER ROLLER

El visitante de este blog ya conoce a Olivier Soller, un inquietante fotógrafo francés. Busco alguno de sus retratos de escritores y me encuentro con este, entre otros, de Patrick Modiano, que se ha convertido en los últimos años en uno de mis escritores predilectos. Sus novelas me resultan fascinantes. Una de las novelas que más me han gustado en los últimos tiempos es ‘Un pedigrí’: breve, intensa, descarnada, asombrosa en su sencillez y en su forma de mirar.

T. AGUSTÍN, DERQUI, LOS CÁLAMO, HOTEL... EN BORRADORES

T. AGUSTÍN, DERQUI, LOS CÁLAMO, HOTEL... EN BORRADORES

Borradores rinde homenaje a la creación e investigación de mujer esta noche, a las 0.15 de la noche. Ofrece una entrevista con la poetisa turolense, afincada en Madrid, Teresa Agustín, que habla de su libro ‘Dos pasillos’ (Huerga & Fierro), donde evoca la figura de su padre, que se asoma al abismo de la enfermedad, y la ilusión de una hija, que es un asidero contra las tinieblas y la llegada de un invierno metafórico y más bien terrible. Cristina Fernández Cubas, ganadora del premio Cálamo, explica las claves de su libro ‘Todos los cuentos’ (Tusquets): habla de su infancia de cuentos y de miedo, de sus primeros libros, del ángulo del horror y del eco de algunos cuentistas como Poe, Maupassant o Vila-Matas, entre otros. El otro galardonado de este premio fue el danés Knud Romer, autor de la novela ‘Quien parpadea teme a la muerte’ (Minúscula), en la que cuenta la historia de su madre, la historia de una familia y de la presencia de los nazis en su país.

 

Visitan el plató la profesora e investigadora Isabel Carabantes, que acaba de publicar la edición de ‘Todos los cuentos’ (Larumbe. Prensas Universitarias de Zaragoza) del narrador aragonés Manuel Derqui (La Habana, 1921-Aragüés del Puerto, 1973), que redactó más de 120 relatos y varias novelas, entre ellas ‘Meterra’ (1974). Sofía Sánchez y Jesús Pedro Lorente, historiadores del arte, comentan una monografía sobre el escultor Eleuterio Blasco Ferrer, cuya obra pictórica y escultórica fue donada al pueblo turolense de Molinos, y analizan el libro y la exposición ‘Zaragoza vista por artistas aragoneses’ (1808-2008). Se proyectan sendos reportajes con imágenes de Blasco Ferrer y de la iconografía de Zaragoza interpretada por los pintores.

 

Además, entre otros asuntos, Borradores visita, en el CDAN de Huesca, la exposición cinematográfica ‘Los tiempos de un lugar’, en la que participan nueve artistas de todo el mundo con sorprendentes proyectos que se sitúan en Gales, en Gran Salto de Estados Unidos o en un campo de concentración nazi.

 

El grupo Hotel presenta su disco ‘La suite de Stela Marc’ en el plató e interpreta dos temas: ‘Muescas en la pared’ y ‘Problemas’. Jaime Lasaosa y Jesús Pérez narran la trayectoria y los proyectos de este grupo de rock clásico que también apuesta por los sonidos del glam y tiene en David Bowie a uno de sus maestros.

*En esta foto, realizada en Córdoba, vemos a Manuel Derqui realizando una instantánea. El cazador cazado..

FERNANDO BELTRÁN: TRES POEMAS DE AMOR

FERNANDO BELTRÁN: TRES POEMAS DE AMOR

Han sido varias las personas que me han hablado mucho y bien de Fernando Beltrán. No era la primera vez; antes ya lo había hecho Pepito de Librería Antígona y compré un delicioso libro suyo de mujeres: ‘Mujeres encontradas’ (Sins Entido). Con motivo de su estancia en Zaragoza, volvió a hablarme de él Nacho Escuín, Julia Millán y Pepito de nuevo, que me dijo que había conseguido ejemplares de un delicioso libro suyo: ‘Amor ciego’ (Huerga & Fierro), que era la crónica de una historia de amor especial. Y además volví a comprar el delicioso libro de las mujeres que le editó Jesús Moreno: un ejercicio deslumbrante de prosa lírica y de retrato muy imaginativo.

 

‘Amor ciego’ es un libro realmente sugerente. De ésos que dan envidia: envidia por la calidad del texto, por su alada imaginación e inventiva y por no estar viviendo una pasión auroral así, con esa vehemencia, con esa dialéctica de la mente y el cuerpo. Copio aquí tres poemas. La ilustración es un collage de Isabel Fernández Echeverría de su muestra 'El extraño viaje'.

 

AMAR ES ESTE ERROR IMPRESCINDIBLE

para poder vivir,

esta forma distinta de sentir la lluvia

cuando llega el otoño

y la saliva

de los parques más tristes

habla sólo al oído de los locs,

de los cuerdos de atar,

de este poema

empapado de sed,

muerto de amor y frío,

acantilado al borde un abismo

que antes nunca escribí

 

TREINTA Y SEIS

treinta y siete,

treinta y ocho veces

te morderé los pies

hasta saber la horma de tu boca,

la fiebre que ayer tuve

y la distancia

de puntillas

que va del hueso al fruto,

del corazón a la lengua,

de la raíz al vértigo terrible

y el granizo

de tu piel y mis nubes

arruinando las uvas

de este mes de septiembre

 

SI ME QUITO EL AMOR

desnuda me quedas,

no me pidas que rompa tus vestidos

ahora que llega el frío,

búscame en los armarios de tus calles,

en la ciudad sin ley de mis tres manos,

la derecha, la izquierda, la que te ama,

los pasillos y el tren donde una noche

descolgaré por fin tu gabardina

porque llegó el invierno,

la estación de las perchas,

los ojales más grandes del deseo

y mi cuerpo abrochándose a la espera

de esos días de lluvia que te pones

bajo la falda a veces

ELENA MEDEL LEE Y COMENTA A JUAN MARQUÉS

ELENA MEDEL LEE Y COMENTA A JUAN MARQUÉS

PARA ENTRAR A VIVIR

Por Elena MEDEL

Una imagen resumiría la poética de Juan Marqués: la piedra que, arrojada al río, inventa círculos que se difuminan a los pocos segundos, pero cuya onda se expande hasta tocar la orilla. «Quiero una vida simple, junto a ti, / y después un abrigo. / Un agua que acaricie los gatos de tus pies», y late en sus poemas el gusto por lo sencillo, por un verso limado de pirotecnia, suministrado en la dosis exacta.

Sabemos que Un tiempo libre es el debut poético de Marqués, nacido en Zaragoza en 1980, pero su lectura lo desmiente: nos suena más a tercera o cuarta entrega, sabia, depurada, sin que un verso falte o sobre. «Adviertes que ya es tarde, / que se ha pasado el tiempo de los sueños / y que te da lo mismo. / Miras el lapicero. / Te pones a pensar en los viajes».

Igual que los pisos recién alicatados, esta obra está dispuesta para entrar a vivir: es un libro de amor al amor, a la vida, a la literatura, escrito por un muy buen poeta sin prisa para demostrárnoslo. ¿Melancolía, tristeza, tópicos? Sí, pero siempre felices, diferentes, entre Oriente y el proverbio, simbólicos y simbolistas: «Los perros del jardín atravesando / los dientes de la luz. / Trotan hacia mis manos. / Alegremente muerden».

 

Un tiempo libre. La Veleta / 64 páginas / 9 euros

 

La escritora y editora cordobesa Elena Medel, autora de ‘Tara’ (DVD) publica en Calle 20, denominada ‘La revista de la nueva cultura’, esta nota sobre el espléndido y maduro libro de Juan Marqués, ‘Un tiempo libre’ (La Veleta). La foto es de Alfred Eisentaedt.

 

 

'LA VOZ DE GALICIA' EN EL QUIOSCO DE GARRAPINILLOS

'LA VOZ DE GALICIA' EN EL QUIOSCO DE GARRAPINILLOS

Esta semana han ocurrido algunas cosas curiosas en mi casa:

 

-Hemos cortado nueve pinos del jardín y eso me ha afectado. Me gustaban los pinos que me hacían recordar los bosques de Galicia y aquellos días de vendaval, donde os rumorosos hacían sonar su arpa y su guitarra, y me invitaban a guarecerme y a aplicar mi oído sobre el musgo para oír el latido, el temblor de la tierra. Me gustaban los pinos por eso y porque forman parte de mi paisaje del origen. Los nuestros tenían la procesionaria y un día sí y otro también había una manada de orugas numerosas avanzando en bandadas o en hileras hacia todas partes. Además, los pinos estaban sobre la casa, y el azote de los huracanados vientos nos hacía temer lo peor.

 

-Dentro de un instante volveré a los entrenamientos del Garrapinillos juvenil con una sensación de extrañeza: después de muchos años, mi hijo Diego no estará por su lesión de peroné y Jorge anda con un insoportable dolor de espalda. Jugamos el sábado contra el Movera en casa con solo once jugadores. Sin posibilidad de cambios, de expulsiones ni de lesiones.

 

-Me ha llamado la siempre dulce Ana García Bragado. En la Fundación Ramón y Katia Acín preparan una pestaña dedicada a su tía Sol Acín, poeta y mujer de una sensibilidad exquisita, un mujer vulnerable y dulce a la que podía herir hasta el suspiro del aire. Escribió poemas, publicó en Ámbito y dejó páginas y páginas inéditas.

 

-Lo más sorprendente ha sido que esta mañana he ido a mi quiosco de siempre, el único quiosco que hay en Garrapinillos, el de Ana y el de Servando, compré varios periódicos –‘El País’ y ‘La vanguardia’, iba a comprar también ‘El público’, adquirí la película, eso sí- y vi entre el montón nada ni menos que la edición madrileña de ‘La Voz de Galicia’. No daba crédito a mis ojos, claro está. Jamás me había sucedido nada semejante. ¿Quién me va  a creer que he comprado ‘La voz de Galicia’, el periódico de mi infancia, el periódico donde siempre soñé con colaborar alguna vez, en mi barrio, en Garrapinillos? Si le contara esto a Pepe Melero, se tiraría por el suelo de la incredulidad o llamaba de inmediato al cardiólogo Ángel Artal del soponcio. Pepe Melero felizmente ya no entra en este blog. Eso me ha permitido leer un reportaje sobre el voto de la finada Pilar Fernández, un artículo en gallego de mi querido Luis Pousa o la siguiente noticia ocurrida hace 125 años: “Abandono de hotel. Un francés que se hospedaba en uno de los más elegantes hoteles de Sevilla ha desaparecido, dejando en su habitación grandes baúles llenos de joyas, ropas y dinero. Se sospecha que ha sido víctima de un crimen”. Aunque la mejor recomendación era una que invitaba a consumir vinos higiénicos en la calle de Los Olmos,  número 8, “al precio de 36 reales la arroba de 18 litros. No hay en la ciudad vino tinto común que mejore su clase”. (Me gusta mucho esta foto de Alfred Eisenstaed, tomada en París en 1963, a orillas del Sena).