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Antón Castro

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ENRIQUE VILLAGRASA: UN SONETO EN RUSO

ENRIQUE VILLAGRASA: UN SONETO EN RUSO

Написано для справедливости

                                                   Энрике Вильяграса

Стать сонетом в оправдание сонета,
В буре страсти, с ощущеньем жгучей боли
Встретить рифму, что не жмёт и нам позволит
С уваженьем
  говорить теперь про это.

Без усилий изнурительных поэта
Наш сонет себя поддержит идеально
И подскажет в новой роли, как реально
Для него добиться чистого квартета.

Гарсиласо и Боскан нас обучали,
Там Гонгора и Каррильо были доки,
Этим Лопе и Кеведо развлекались.

Мне известно, что и Йерро, и Моралес
Оправдать смогли
  рифмованные строки,
Им Бадоса с Ори тем же отвечали.

 

*Éste es un soneto de Enrique Villagrasa, poeta de Burbáguena con plaza en Tarragona, en el mismo puerto, que ha sido traducido al ruso. No entiendo nada de ruso, pero me parece bonito. La foto es de Jane Birkin, que actúa el próximo miércoles en Zaragoza.

 

 

 

IGUANA IGUANA: UN POEMA DE XOÁN ABELEIRA

IGUANA IGUANA: UN POEMA DE XOÁN ABELEIRA

IGUANA IGUANA

(El cielo de las iguanas)

 

 

 

 

Entonces

Cuando aún yo no sabía

La longitud desmesurada que iba a cobrar mi lengua

Ni hasta qué punto las palabras podían crecer en ella

 

Digo que el cielo era un pequeño

Techo de uralita

Y que los samanes y los frutales que allí lo limitaban

Se erguían ditirámbicos mucho más allá

Hasta el lugar en que ellos mismos se perdían de vista

Gritando a dios adiós a dios

 

Y allí estaban las iguanas

Sus gravísimas frutas prehistóricas

Precipitándose de noche

Contra el techo de la chabola

Resonando en el ranchito

Las iguanas

 

Digo porque era un niño

Que el miedo tenía entonces la forma de un gran pavo

Huyendo sin cabeza

La del filo de la navaja de mi abuelo Manuel

Y la cuchara de misia Elvira

En los que ya resplandecía la sonrisa postrera

De la Azafata Muerte

 

Digo porque sigo siendo

Un niño

Que el miedo era

Un animal

 

Era el caballo de aquel indio envenenado

Que me acosaba en sueños

Trotándome trotándome

Y su gañán infeliz

 

Eran los murciélagos sedientos

Que bajaban a beber la tarde de mis ojos

 

Eran los perros militares y los propios militares

Perros

 

Era la serpiente tragavenados
En cuya tripa flotaba
Yo el universo

Como en un charco de orina

 

Eran los monos invisibles

En los ramajes invisibles

Y sus chillidos de agonía acongojando el valle

 

Pero era sobre todo

El miedo sobre todo

 

Eran las iguanas

 

El murmullo de las iguanas

El silbido de las iguanas

El crepitar menudo de las iguanas

En las ramas de los samanes

Chamanes

 

Allí tuvo lugar

Mi primer nacimiento allí

Ya sé que un día

La madre iguana abrió la boca

Y vomitó un huevo moteado

Que a duras penas rompí

 

Y del que aún hoy

Sacudiéndome la cáscara

Continúo alimentándome

 

 

 

Xoán Abeleira

 

*Poema, traducido al castellano por el autor, del libro Animais animais de Xoán Abeleira que aparecerá próximamente en Bartleby editores, la editorial del gran Pepo Paz. Esta foto de la iguana me la manda Abeleira, que también es fotógrafo y artista plástico.

 

CÁLAMO: GOYANES Y CÍA

CÁLAMO: GOYANES Y CÍA

Una librería es un punto de encuentro, el lugar donde se concentran los sueños, la morada de las palabras, la casa de todas las citas. También es el lugar donde se halla ese tesoro cotidiano y perfecto que es el libro. Como tantos otros tesoros de la imaginación y de los buenos oficios de la artesanía, nos acompaña, está ahí, nos tienta con sus personajes, con sus aforismos, con sus pequeñas historias que abarcan la vida o sus desvíos. Un día, la librería Cálamo –la embajada de cultura de Francisco Goyanes y alrededores- decidió echarse la manta a la cabeza y crear unos premios para los escritores, y por extensión unos premios para los editores, impresores, distribuidores y libreros, premios de los lectores, premios para la amistad y la convivencia. Los premios Cálamo se han convertido en un homenaje a la palabra, a la inmensa tribu que lee, a la riqueza plural. Cada librero es único y  tiene su lugar en el mundo (como lo tiene, dicho sea de paso, José Luis Rodríguez: en uno de los peldaños de la escalera de Cálamo-San Francisco luce, dorada, una placa en honor del escritor, del lector, del amigo que llega al atardecer), y Paco Goyanes ha sabido crear un laberinto de complicidades que empieza en sus compañeros David, León, Ana, Marie, su hermana María José... Este año, sus clientes han distinguido dos espléndidos volúmenes: ‘Todos los cuentos’ (Tusquets), dibujados con lápiz de horror y fantasía, de Cristina Fernández Cubas y ‘Quien parpadea teme la muerte’, la primera novela de Knud Romer (Minúscula, en la foto), un descenso a los infiernos, un homenaje a su madre y un ejercicio de liberación cocinado a fuego lento. Goyanes-Cálamo reitera, año tras año, que el libro es una hermosa forma de felicidad, de lucidez y de tolerancia.

 

 

ANTONIO MACHADO: 70 AÑOS DE ÉXODO Y POESÍA

ANTONIO MACHADO: 70 AÑOS DE ÉXODO Y POESÍA

 

Ayer se cumplieron 70 años de la muerte en Colliure del autor de ‘Campos de Castilla’ en un forzoso exilio que siempre había rechazado

 

 

Antonio Machado -que falleció tal día como hoy, en 1939, hacia las cuatro de la tarde-  jamás hubiera querido partir al exilio. Fue Rafael Alberti quien le recordó el avance de los insurgentes y le dijo que debía abandonar Madrid. Al hacerlo, con su madre Ana Ruiz y su hermano José, dejaba a su hermano Manuel, con quien redactó teatro a cuatro manos, y a su amante secreta Pilar Valderrama, Guiomar, que residió varios años en Zaragoza. Hacía no demasiado tiempo, García Lorca había sido fusilado en el barranco de Víznar y Antonio Machado (1875-1939) le dedicó una de las elegías más impresionantes de nuestras letras: ‘Muerto cayó Federico / sangre en la frente y pólvora en las entrañas’, dice.

La familia se trasladó a una torre en las afueras de Rocafort, muy cerda de Valencia, y allí, con su torpe aliño indumentario, su gabán raído, “físicamente arruinado pero intelectualmente entero” (tal como escribe Enrique Baltanás en ‘Los Machado’, en 2006), el autor de ‘Soledades’ permanecería quince meses, hasta abril de 1938. José Luis Cano escribió sobre su residencia: “Era un chalet llamado Villa Amparo, con dos pisos, terraza y un jardín con jazmines, rosales y limoneros, al borde del cual corría el agua de una acequia”. Su hermano José –que ilustraría su último libro, en prosa y en verso, ‘La guerra (1936-1937)’- diría que su “cerebro trabajaba con esa diafanidad y lucidez que le acompañaron hasta los últimos días de su vida”. Se tendía en la cama, fumaba sin parar, daba lecciones a sus sobrinas, y escribía cartas a algún amigo donde le hablaba de su “ruina fisiológica”.

De Valencia, Antonio Machado fue trasladado a Barcelona; se alojó unos días en el hotel Majestic y poco más tarde, él y su familia, se instalaron en la Torre Castañar, “un palacete con jardines y vistas al mar” de la duquesa Moragas. Algún tiempo más tarde, en contra de su voluntad, el periodista y escritor Corpus Barga lo acompañaría en su marcha al exilio. Eran los últimos días de enero de 1939. Corpus tuvo que explicar quién era para evitar que lo mandasen a un campo de concentración, y finalmente los Machado cruzaron la frontera bajo el aguacero. Colliure, y en concreto el hotel Bougnol-Quintana, será su último destino.

La dueña les concedió las mejores habitaciones. Antonio Machado se siente un derrotado, un hombre sin patria, y padece un infinito cansancio. El día 22 de febrero, cuando ya todo estaba prácticamente perdido, fallecía a consecuencia de una neumonía, que se complicó con una gastroenteritis. Su último retrato lo decía todo: era un espectro, la sombra de un hombre “desastrado y pobre”, el espejismo del poeta humanista y radical que escribió con una profundidad que aunaba el lirismo, la denuncia y la filosofía. Su hermano José halló en el bolsillo de su guadapolvo manchado un papel arrugado, con estos versos de caligrafía temblorosa: ‘Estos días azules y este sol de infancia’. Tres días después, falleció su madre Ana Ruiz, otra de las mujeres esenciales de su vida con Leonor y Guiomar.

Desde entonces, su tumba ha sido un lugar constante de peregrinación por todas las generaciones poéticas de la posguerra. Antonio Machado, modernista en sus inicios, recibió el influjo de Ronsard, de Fray Luis de León, de Rubén Darío y de Verlaine. Luego, se erigió en el poeta de Castilla y las soledades del alma, en el poeta del paisaje y del misterio, en el poeta del pueblo que se atrevió a cantar por todos. Y que, aún hoy, 70 años después de su muerte, lo sigue haciendo en sus versos y en el aire que se expande con su memoria.

 

DESPIECE

 

Ínsula y el escritor que desapareció

 

La revista ‘Ínsula’, en un número doble 745-746, dedica un monográfico a conmemorar la visita que hicieron un puñado de poetas y escritores el 22 de febrero de 1959 a la tumba de Machado en Colliure. Eran nueve: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral, José Manuel Caballero Bonald y el dramaturgo, escritor y cineasta zaragozano Alfredo Castellón. Lo más curioso es que Castellón ha desaparecido de la portada de esta entrega coordinada por Araceli Iravedra y presentada en Sevilla por la Fundación José Manuel Lara. Castellón “está indignado” porque la foto al completo había aparecido ya, en un número anterior. En algunos otros lugares, no sabían quién era el aragonés, no lo identificaban, y ese despiste también ha motivado un estupendo artículo de Ignacio Martínez de Pisón para su libro ‘Las palabras justas’ (Xordica). Por otra parte, el próximo día 24, Ian Gibson, biógrafo de Machado, hablará en la Diputación de Huesca sobre ‘Antonio Machado en el 70 aniversario de su muerte’.

 

 

MARCHAMALO: ENTRE LÍNEAS, CON PATRICIO JULVE

MARCHAMALO: ENTRE LÍNEAS, CON PATRICIO JULVE

Hace unos días recibí un nuevo libro de Jesús Marchamalo, que tiene muchos seguidores en Aragón, desde Isidro Ferrer y Félix Romeo hasta Pepe Melero y Samuel Alonso. Y él, siempre tan afable, me ha enviado hoy esta bonita foto leyendo mi libro ‘Fotografías veladas’ (Xordica, 2008). Quería conocer algo mejor los secretos del fotógrafo Patricio Julve. Gracias, Jesús.

VICENTE LLORENTE: DOS POEMAS DE SOBREMESA

VICENTE LLORENTE: DOS POEMAS DE SOBREMESA

Hace algunos años, en 1997 creo recordar, hice un viaje a La Habana y Cienfuegos en un proyecto de intercambio cultural que organizaba El Silbo Vulnerado que dirige Luis Felipe Alegre. Fue mucha gente: compañías de teatro, cantantes, poetas, narradores, periodistas, etc. Y en aquel grupo de gente figuraba un joven cantante y compositor: Vicente Llorente (Alicante, 1973) que presentó varias canciones suyas, acompañado al piano. Uno de los mejores momentos de aquel viaje, y fue un viaje realmente bonito, fue cuando Vicente interpretaba ‘Puerto de cristal’. Vicente tenía entonces una hermosísima y dulce novia, Eva, que nació muchos años después el mismo día que yo: un 25 de agosto. Vicente y Eva siguen juntos, y han tenido un niño: Mario. Mario, creo que en homenaje a uno de los poetas más amados por Vicente: Mario Benedetti, al que le puso música Joan Manuel Serrat, Nacha Guevara y también Daniel Viglietti e incluso Ángel e Isabel Parra, entre otros.

 

Vicente es también poeta y editor. Forma parte de la editorial, con sede en Barcelona, Huacanamo. En su colección Alambique publica ‘Menú del día’, su primer poemario. Vicente vendrá a Zaragoza con Roger Wolfe, el poeta al que le acaban de editar su poesía reunida en el volumen ‘Noches de Blanco Papel’, en este caso en la colección Alambique. Copio aquí algunos poemas breves de Vicente Llorente. Dice de su poemario: “Poesía de sobremesa para intrépidos comensales. Paladares exquisitamente inquietos. Amantes de lo visual en el texto que leen primero la carta y después el precio. Amantes sin más, sin amor incluso. Reidores y roedores, salteadores de conciencias: Menú del día contra el sopor post-ingesta”.

 

EL RETRASO

 

Llegaba tarde a algún sitio.

Había preparado café.

El vaso quemaba por los bordes

y maldijo al lechero.

Su corbata estaba sucia

o era estampada.

 

Poco importa ya

si tenemos en cuenta

que el pasado se confunde con la nostalgia

y lo mejor para seguir vivo

es tener mala memoria.

 

DEJA VU

 

¿Recuerdas aquella luna tan roja después de un concierto

cuando la lluvia corría por tu cara y vimos nuestros

monigotes

el calor insoportable en la puerta del teatro Ferry

el agujero de la guagua y el bidón con fuego

para señalar la ruta

o aquella barca que nos llevó al castillo

la casa de Mario y tu sonrisa

el sabor de los besos

aquella canción

y tú?

 

¿Recuerdas

si éramos felices

o es ahora

cuando somos

un recuerdo?

 

Desconozco la historia de este poema de amor, pero hay cosas que me son reconocibles: el teatro Terry de Cienfuegos o el viaje en barcaza hacia un castillo encantado que había sido de los españoles en Cumanayagua. Fue un viaje en barca digno de las novelas de García Márquez, con una admirable y dorada luna sobre un mar incierto. (La foto es de Martin Schoeller).

FRAGMENTO AMOROSO DE JULIO CORTÁZAR: 'RAYUELA'

FRAGMENTO AMOROSO DE JULIO CORTÁZAR: 'RAYUELA'

"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.



Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua..."


Capítulo 7 de Rayuela, Julio Cortázar.

 

Dentro de unos días, en Borradores oiremos este fragmento del escritor argentino nacido en Bruselas. Esta pieza siempre me ha gustado muchísimo. Cortázar fue, desde los 17 años, una de las referencias más determinantes de mi vida. La foto es de Genevieve Taylor. Estos días acaba de cumplirse el primer cuarto de siglo de su muerte por contagio de sangre con sida.

XULIO L. VALCÁRCEL: CINCO POEMAS

XULIO L. VALCÁRCEL: CINCO POEMAS

Desde hace muchos años, Xulio López Valcárcel es un gran amigo. Desde finales de los años 70, había ido adquiriendo sus libros y había seguido muy de cerca su trayectoria. Xulio es un memorioso hombre de poesía (se sabe mil poemas, mil canciones, mil anécdotas: su Memoria de poeta no tendrá precio, será tan extraordinaria como la de Pepe Cáccamo), la ternura y la humanidad que anda, la dulce lucidez que llegó de Lugo a Santiago y de ahí a A Coruña. Escribe y ha escrito de todo: poesía, narrativa, ensayo, textos de arte, es un formidable viajero que redacta sus andanzas, un curioso de las cosas de la vida y un cultivador de la amistad. Vive frente al mar: en su casa con vistas y en su refugio de marino-poeta frente a la Marina de A Coruña, en un espacio lleno de cuadros; ahí tiembla de cuando en cuando un cuadro de Ignacio Fortún, el pintor zaragozano de Las Fuentes. A Xulio le he pedido algunos poemas, y ha tenido una deferencia absoluta: la joven Diana Varela Puñal ha traducido unas composiciones de A melancolía dos corpos para este blog. Y aquí están con su ritmo y su segura dicción aprobada por el poeta que ha publicado en Aragón, en Olifante, El volumen de la ausencia, y en Lola Editorial, Casa última. Este texto es un viaje a los lugares infancia, al edén inicial del niño, a los aromas del campo invadido de lluvia. La foto es de mi querido Leopoldo Pomés.

 

De  “A MELANCOLÍA DOS CORPOS”

 

                                      XULIO L. VALCÁRCEL

 

 

 

Rescoldo

 

Ese calor que dejas en el lecho

al levantarte...

nada tan tierno, nada tan sutil

e inaprensible, nada tan íntimo.

El calor de tu cuerpo,

plumón de pájaro,

levedad de un ala,

ángel ignoto que dejó

su presencia invisible

en ese lugar que delimita,

impreciso, tu cuerpo;

tu cuerpo, leve peso,

pero tenue, más tenue, la tibieza

de ese rescoldo

sin materia, sin forma,

ingravidez diluida,

brasa última apagándose...

Frontera vaga, límite al no ser,

ese calor silente y hondo

que por los dedos asciende

en corriente amorosa,

hilos de rocío envolviendo

en una diana de ardor

el corazón.

 

Filme

 

Somos lo que recordamos

Te preguntas que sería de aquella muchacha

que perseguía su sombra

bajo un sol inclemente

en las lojas gastadas de una plaza desierta

remota escena de  una película de los años cincuenta

Tú no habías nacido pero llegaste a conocer

la expresión de su mirada

el rictus de los labios

Era ella en su  forma natural

o interpretación que hacía

obedeciendo indicaciones

Donde se separaban y donde confluían

la joven real y el personaje del filme

Olvidaste título música argumento

la única escena que regresa es la plaza

empedrada y la niña solitaria

tratando inutilmente de alcanzar

pisándola su propia sombra

Luego en otro plano un rostro mirándote

que era y que no era el suyo

Joven enigmática en un entorno

enigmático que se fue perdiendo

en el suceder de los años y que existe ahora

no como era –si realmente era-

sinó como tú la recuerdas

La joven de la ficción y la joven real

eran dos y la misma

pero sólo la de ficción sobrevive

en la divagación de estas palabras

La joven real ya no existe

Estará jubilada puede que muerta

seguirá tal vez persiguiendo su sombra

 

 

Padre apache

 

Amonal de los cuartos deshabitadas ruinas

en las que los muertos superan a los vivos

huele el dolor a intemperie te quedaste sólo

cumpliendo rígidas normas del centro

que te hospeda pero no te acoge

A mil quilómetros de casa

guardas abasto exiguo una mirada

unas frases el tacto de unas manos

un beso trémulo pábilo que alumbra

las sombras que te acosan

Como los viejos pieles rojas abandonados

entre la nieve que borra los caminos

cuando exánimes seguir no pueden

la tribu protectora que se aleja

Arrimado a las vacilantes brasas

de la vida que se extingue

en medio de la noche en la que aullan los lobos

acercándose

padre apache

 

 

Madres en la niebla

 

Llegan dispersas difuminadas en la niebla

madres fatigadas felices portando

en la cabeza sobre pañuelos enroscados

grandes tinajas de ropa

 

Hirieron los nudillos restregaron los dedos

en ardua labor cuando el invierno domina

con sus cuchillos de hielo

 

Esperan  ellas el sol refugiado

en las sábanas de fulgor

almidonado

 

Planchan las madres pensativas

absortas en las aguas de un pozo

 

No se preguntan si el torso guarda

en la tersura de la prenda la maniobra

de la línea esmerada pacientemente perfilada

la eliminación de la arruga

No se preguntan si en los hilos tejidos

permanece la entrega

o si el amor es en sí mismo una alquimia

 

Ellas no se preguntan no lo precisan

pasan repasan insisten afinan

eternizan un gesto

que conjura maleficios y estira soledades

 

Regresan en la niebla las madres

con una brazada de sábanas blancas espumas

astros concentrados

todo un sol contra la cara

deslumbrándonos

 

 

 

 

 

Huele el dolor

 

A qué huele el dolor...

Como el frío, la soledad, el miedo

o la muerte,

tiene también un olor el dolor.

Muchas veces intenté descifrarlo

pero se esconde, se diluye,

se camufla. Ofrece pistas falsas.

Tiene algo de alcanfor, de cerrado, rancio,

algo de narcótico,

pudiera ser alcohol, adrenalina o mercurio,

como podría ser amoníaco,

vértigo o náusea.

Trae estigmas de ulcerada claridad,

descansa sin ser visto en las sillas

y oscila obsceno en las perchas de la tristeza.

Porque existe, huele; sí, el dolor huele

en las ojeras violetas, en los vidrios del insomnio

y en las cárdenas cicatrices de la espera

o la angustia.

Huelen los cuerpos doloridos,

huele la fiebre y la sombra

como huelen el cansancio, la miseria o el hambre.

Huele el dolor y nos oprime

en la boca un esparto,

una esponja en la garganta,

cuando percibimos nítido, punzante,

reconocible y al mismo tiempo indescifrable,

su aroma.

 

                            (Traducción del gallego: Diana Varela Puñal)