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Antón Castro

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MARIANO CASTRO: POEMAS DE 'EL PÁJARO Y LA PIEDRA'

MARIANO CASTRO: POEMAS DE 'EL PÁJARO Y LA PIEDRA'

Hace unos días, poco antes de la Navidad, el poeta Mariano Castro, que no es familiar mío pero sí un buen amigo, publicó un delicado libro, El pájaro y la piedra (La Gruta de las palabras. Prensas Universitarias de Zaragoza), que trata del paso del tiempo, de la naturaleza, del silencio y de la luz, de la palabra en su amplio campo semántico. Es un libro acaso panteísta, de pulso sereno, pródigo en belleza y en imágenes fulgurantes. Alterna el verso y la prosa, y posee fragmentos espléndidos de visión e intuición. La piedra y el pájaro está dividido en tres partes. Copio algunos poemas:

 

1

Ha llovido esta noche.

 

Una fragancia húmeda

canta en el aire

como si celebrara

un rito de renovación.

 

Es más transparente el verde de las hojas,

el trino de los pájaros.

 

Y desciende la luz sobre sí misma.

 

Las cuerdas del sentido

se templan en el diapasón de lo vacío.

El ojo nada sabe

que no sepa el alma sin saber.

 

2

 

El aliento amarillo del otoño

toca en las ventanas;

una luz sucia

al ojo de la indulgencia.

Y huele a madera dispuesta para el fuego.

 

Que la palidez de los paisajes

se encienda nuevamente en primavera.

 

3

 

La palabra en la piedra

duerme el sueño

de un tiempo que retorna

convertido en el polvo

de la perduración.

 

4

 

He visto una luciérnaga; es decir, solo su luz.

 

5

 

El canto del pájaro invisible, transparente lenguaje de su pluma. Escucha como va a lo más alto y revela los secretos del aire, y reposa después en su silencio. ¿Qué voz oyes, ahora, en el espacio frío de su ausencia?

 

6

 

El hombre contempla las estrellas;

El poeta las cuenta como sílabas de un verso.

 

7

 

Fuego de la palabra:

ceniza en los oídos.

 

El pájaro y la piedra. Mariano Castro. Prensas Universitarias de Zaragoza: La Gruta de las palabras. Zaragoza, 2008. 60 páginas. [La foto que cuelgo aquí es de Horst P. Horst (Sajonia, 1906-Nueva York, 1999), y se titula 'Belleza de Chanel', 1987. He repasado el poemario mientras suena la cantante griega Haris Alexiou, una de mis predilectas.]

'EL JUEGO', UN CUENTO TURBADOR DE PATRICIA ESTEBAN

'EL JUEGO', UN CUENTO TURBADOR DE PATRICIA ESTEBAN

[Patricia ha sido una de las narradoras revelación de 2008. Le pido que me mande un cuento y dice esto: “Aquí va El juego, un cuento de gemelas en tonos azules, como el precioso cobalto de tu sirena”. La foto es de Diane Arbus.]

 

EL JUEGO

 

Sigo castigada. Al asomarme a la puerta entornada de mi cuarto escucho el rumor de sus voces a través del hueco de la escalera. Mi madre solloza bajito, mi padre sube el tono cuando habla de ese sanatorio suizo en el que el doctor Ocampo le ha recomendado internarme. Escucho el sonido de sus pasos, ploploplop, y su voz acercándose y alejándose luego, porque no deja de moverse de un lado para otro como el tigre amarillo del zoológico. Seguramente camina con las manos a la espalda como cuando está muy enfadado, mientras mamá llora sentada en su sillón, con las piernas muy juntas y  un pañuelo blanco hecho una bola entre las manos. Hay que tomar una decisión, Mercedes, le dice mi padre, y después se hace el silencio.

 Van a llevarme allí, no sé si Laurita vendrá conmigo, pero a mí seguro que me llevan. Tú tienes la culpa, le digo muy enfadada, girándome desde la puerta. Mi hermana gemela Laurita sonríe, sentada sobre la cama y encoge los hombros. Está acostumbrada a librarse de todos los castigos; pese a que yo sólo hago lo que ella me ordena, siempre se libra.

Me cortarán el pelo al cero en ese asqueroso colegio para niñas malas, me pondrán un vestido de arpillera, me encerrarán en un cuarto lleno de ratones y cucarachas y sólo beberé el agua de lluvia que pueda recoger en la palma de la mano, a través de los barrotes de un ventanuco. Les he dicho la verdad y no me han creído.  Tengo miedo. Ahora lloro bajito, hihihi, como nuestro cocker Jasper, tumbado a la sombra de su sauce favorito cuando me acerqué a él con el trofeo de papá en la mano.  El año pasado mi padre se quedó tercero en el torneo del club y le dieron aquel ridículo señor de bronce,  con gorra   y un palo de golf levantado, que pesaba una burrada. De verdad que yo no tenía nada en contra del pobre Jasper, fue mi hermana Laurita, como siempre, la que me ordenó que tomara el trofeo de la vitrina y lo atara a un extremo de nuestra cuerda de saltar, quien me susurró que Jasper sufría mucho por culpa del reuma y era mejor para todos que anudara muy fuerte el otro extremo del saltador a su cuello. Me negué al principio, como de costumbre, pero Laurita me dijo que entonces jugaríamos a lo de la muerte, y eso sí que no.

  Jasper estaba ciego y apenas podía mover las patitas de atrás porque ya tenía doce años. Lloriqueó bajito cuando me arrodillé junto a él para acariciarle sus orejas, largas y rizadas como la peluca de un rey francés, y no dejó de hacerlo mientras lo llevaba en brazos hasta el borde de la piscina. Después lo vi patalear brevemente en la superficie, tratando de mantenerse a flote, pero enseguida le fallaron las fuerzas y se fue al fondo. Al mirarlo allí abajo, tan quieto,  pensé que ya no daba tanta pena, porque en realidad no parecía un perrito, sino más bien la sombra de una araña negra y muy gorda.  Al cabo de una hora Laurita y yo estábamos tumbadas tan tranquilas sobre mi cama,  leyendo a medias un libro de Los Cinco que nos gusta mucho, cuando escuchamos el alarido de mi madre en el jardín.

La verdad es que últimamente Laurita está muy pesada, pero mi padre no cree una palabra de lo que digo, y mamá se echa a llorar cuando acuso a Laurita  de obligarme a hacer cosas. Claro, ellos no tienen que aguantar el juego de la muertita, si no también harían todo lo que ella les pidiera. Detesto ese juego, mamita querida, le confesé a mi madre la penúltima vez, Laurita es mala y dice que se morirá delante de mí si no le obedezco. Pero mamá  me miró como si no entendiera, con sus ojos abiertos como platos y algunos fragmentos de su muñeco Otellito entre las manos,  sin dejar de susurrar una y otra vez, ¿Por qué lo has hecho, Victoria, por qué? Ella no se imagina la pena que me dio estampar contra el suelo el muñeco negro de porcelana que había pertenecido a mi abuela de Cuba. Hasta tuve que cerrar los ojos para hacerlo. Sabía que aquel bebé de color chocolate, que tenía las manitas gordezuelas levantadas como si estuviera muy contento y fuera a empezar a aplaudir de un momento a otro, era el último recuerdo que le quedaba a mi mamá de la suya. Era lindo de verdad, Otellito, tan lindo, sonreía con la boca abierta y tenía los dientes muy blancos, y hasta un poco de pelusilla negra muy rizada en lo alto de su cabecita. Mi abuela Silvia le había tejido el jersey y el pantalón de punto azul celeste que llevaba, también los diminutos patucos con botones de nácar, y mamá lavaba a mano aquellas prendas cada semana para evitar que cogieran polvo en lo alto del armario. Luego, mientras la ropa se secaba a la sombra, envuelta en una toalla blanca como si fuera un tesoro, frotaba con un paño húmedo los brazos y las piernas de Otellito, su cara de negrito feliz, y tarareaba una canción de cuna que la abuela Silvia le había enseñado cuando vivían en La Habana. Yo sabía cómo iba a dolerle encontrar a Otellito hecho trizas, que también a ella  se le iba a partir el corazón en un montón de pedazos pequeños que nadie iba a poder recomponer, pero Laurita se cruzó de brazos y agitó la cabeza de un lado para otro mientras yo le suplicaba y le ofrecía mis canicas de vidrio azul, la bañera con patas de latón de mi casa de muñecas, hasta el guardapelo de oro que me regaló nuestra madrina. Qué tonta eres, me dijo, ¿para qué quiero un guardapelo que tiene dentro un mechón mío, si puede saberse? Rompe el muñeco o jugamos, dijo, y lo siguiente que recuerdo es que me subí a una silla para alcanzar al inocente de Otellito, que estaba allí, como siempre, sentado en su esquina del armario de nogal de mis padres, tan feliz. Ni siquiera el terrible golpe contra los azulejos consiguió quitarle la sonrisa de los labios, tan sólo se la partió por la mitad.

Me alejo deprisa de la puerta porque escucho los pasos cansinos de mi madre al pie de la escalera. Corro hacia la cama y empujo bruscamente a Laurita, para que me haga un sitio. Disimula, viene mamá, le digo entre dientes, así es que nos sentamos a lo indio y nos ponemos a jugar a piedra, papel o tijera. Mamá se detiene junto a la puerta y da dos golpecitos muy suaves. Pregunta en un susurro, ¿Estás ahí, Victoria?, con una voz tan triste que  me tiembla la garganta al contestarle que sí, que estamos las dos, aquí, jugando tranquilamente. Mamá ahoga un sollozo al otro lado, lo sé, y espera un poco con la mano puesta en el tirador antes de entrar. Laurita y yo no decimos nada cuando la vemos aparecer, tan sólo sonreímos de oreja a oreja para que se calme y vea que todo está bien ahora. Pero mamá no sonríe.  Parece un fantasma triste, le están saliendo canas plateadas por toda la cabeza y ese horrible vestido negro dos tallas más grande le queda fatal. Se sienta en la cama de Laurita y arregla el cojín en forma de corazón. Después me mira.

-Victoria. ¿Por qué?

Ya estamos. Sólo me habla a mí, como siempre, y la sonrisa se borra de mi rostro. Me enfado, me enfado mucho. Quiero que me crea y empiezo a contarle otra vez, desde el principio lo de la muertita, para que vea que no miento. Me estoy poniendo roja de rabia. Cierro los ojos. Le digo que Laurita se empeñó en jugar a eso por primera vez un domingo por la mañana,  a la vuelta de misa, y que luego insistía siempre en volver a hacerlo. Le cuento cómo subíamos corriendo escaleras arriba, mientras papá se quedaba leyendo el diario en la sala de estar y ella marchaba a la cocina a supervisar la tarea de Matilde, nuestra cocinera. Yo caminaba unos pasos por detrás de Laura y la veía trotar hasta el dormitorio de ellos, que era su lugar favorito para morirse. Entonces se tumbaba en la cama de matrimonio y levantaba el brazo para indicarme con un gesto imperioso que entornase la puerta de la alcoba. Así lo hacía yo, que nunca supe llevarle la contraria, a pesar de que aquel juego  me aterraba.

Mi madre me pide por favor que me calle, pero no le hago caso. En lugar de eso le digo que no soportaba mirar a Laurita cuando se quedaba tan quieta, pero no podía hacer otra cosa. Me quedaba junto a la cama, viendo flotar sus rizos negros contra el almohadón de raso, como la cabellera fosilizada de aquella actriz famosa  que se tiró al río y salió en todos los periódicos. Cuando mi hermana cerraba sus ojos era como si se  apagaran de pronto todas las estrellitas blancas que le brillaban dentro. Laurita  parecía más que nunca una muñeca, y me daba miedo mirar sus fosas nasales de adorno, sus largas pestañas disecadas en torno a los párpados, las manitas cruzadas sobre el pecho igual que las de la abuela Silvia cuando aquel hombre flaco de la funeraria nos dijo que podíamos pasar a verla, porque ya estaba arreglada. El vestido de seda azul que mamá nos ponía a las dos los domingos dejaba de ser idéntico al mío y se convertía en la tulipa inmóvil de una lamparita. Las piernas de Laura parecían dos palillos enfundadas en sus medias blancas, y terminaban en un par de merceditas de charol negro, muy relucientes y con sus suelas nuevas.

Yo estaba viva y mi hermana Laurita se había muerto. Parada junto a la cama la realidad y el juego se mezclaban hasta convertirse en una sola cosa, yo estaba viva y mi hermana gemela se había muerto. Me sentía culpable de seguir de pie y de temblar como una hoja, con los ojos llenos de lágrimas que apenas podía contener, mientras mi hermana se quedaba quieta para siempre y con los zapatos puestos. Eso era lo peor, sus zapatos nuevos que nunca llegarían a gastarse. Entonces corría hacia el armario, abría la puerta y me escondía dentro. Me quedaba allí encogida  mucho rato, hasta que Laurita empezaba a reírse y a saltar sobre el colchón, gritándome que era una sonsa y una cobardica, y yo me picaba y salía hecha una furia cuando no podía más, con las mejillas rojísimas por la falta de aire.

Ya no estoy enfadada, ahora me río acordándome de mi cara roja como un tomate, de las ruidosas carcajadas de Laurita señalándome, muerta de la risa y dando patadas en la cama de mis padres. Cuando termino de contarle todo esto a mi madre me doy cuenta de que ni siquiera espero ya que me crea. Mamá saca del puño de jersey su pañuelo arrugado y se seca el rastro que las lágrimas han dejado en sus mejillas. Laurita me mira con ojos llenos de rencor. Yo miro a mamá, expectante y entonces ella dice,  y sé que me lo dice a mí:

-Cariño, tu hermana está muerta. ¿Entiendes eso?

Pero no le contesto ni que sí ni que no. Miro a Laurita, que ahora saca la lengua y se lleva el dedo a la altura de la sien, dándole vueltas. Me entra la risa. Sí, claro, muerta, qué se sabrá ella.

 

 

JOSÉ CARLOS CATAÑO: CINCO POEMAS

JOSÉ CARLOS CATAÑO: CINCO POEMAS

Hace ya muchos años, quizá veinte, cayeron en mis manos algunos de los libros de José Carlos Cataño: poeta, narrador y escritor de diarios. Compré su poesía completa: El amor lejano. Poesía reunida (2006), que contenía títulos que siempre me habían gustado: El cónsul del mar del Norte o Las islas vacías. Durante algunos años fui coleccionista de libros del mar, y quizá llegase a Cataño, isleño, por esos títulos. Estos días me he hecho con su último poemario: Lugares que fueron tu rostro (Bruguera 2008; 88 páginas), un libro que aborda los grandes temas o los temas eternos: la vida tal como viene, la memoria, el hombre enfrentado al espejo y a su memoria, la belleza, la tragedia, el diálogo con la juventud perdida y con un puñado de poetas que le han marcado, que nos han marcado a todos.

 

Selecciono para el blog algunas composiciones:

 

LUGARES

 

La luz podría ser la misma

Cuando de verdad era cierto.

El mar siempre invisible, hacia arriba,

Todo selva, luz y extravío.

Entonces no pensaba si te amaba.

Hacíamos la juventud;

Yo sin más destruía.

 

PADRE

 

Sólo después de muerto

Y sólo después, muerto,

Gozo de todo lo negado,

Y tan muerto de todo,

Padre, después de tu decir

Apenas de tu muerte vivo.

 

RUMOR FINAL

 

Y cuando cierres los ojos y sientas

El sordo rumor del mundo que sigue

Por la débil memoria de los otros,

La raíz del estruendo en las entrañas,

Y pasee por ellas la luz que ya no sientes,

Alguien te nombrará en los labios:

Tú fuiste la deshabitada sangre.

 

VOLVIENDO

 

Volviendo a lugares que fueron tu rostro

Atravieso la nube que rodea mi cuerpo

Y hunde en el aire su sombra.

 

MAR EN LA FRENTE

 

De plata eres, estela de la luna,

Lengua de sol por la mañana,

Aire de crecidas y decrecidas

Olas, como hacia lo alto,

Suspiro en la inmutable

Frente del día.

*Retrato de dos escritores: W. H. Auden y Christopher Isherwood rodeados de libros.

LA VIDA EN UN CUENTO / 3

LA VIDA EN UN CUENTO / 3

EL POETA INTERRUMPIDO

 

Siempre he querido escribir poesía. Lo hacía de joven: poemas libres, sonetos de amor, cancioncillas a la noche que buscaban el ritmo de las de Juan Ramón Jiménez. Un día descubrí, al otro lado del río, el secreto de los árboles. Llevaba un libro en la mano: Arias tristes, tal vez. Ingresé en la espesura y sus sombras, y me puse a caminar. No buscaba nada. Solo sentir. Quería oír los cánticos de las aves ocultas, percibir cómo se me abrían los pulmones a la húmeda menta de los eucaliptos, quería notar el vértigo de las briznas bajo mis pies. Saqué mi libreta y anotaba imágenes, sensaciones, movimientos en la fronda. Seguía el impulso de mi imaginación. Empezó a caer la noche. Me había alejado en exceso y no estaba seguro de encontrar el camino de vuelta. Poco a poco me enfrenté al horror. Todo se me hacía pavoroso y abrupto: el chicotazo de las ramas, la umbría, las imágenes a las que daba forma y espanto en mi mente, la llegada de alguien que se me antojó el diablo o sus pasos… Perdí pie, y un búho extendió su cántico espasmódico y lastimero.

 

A la mañana siguiente, el sargento de la Guardia Civil fue el primero en leer una de mis notas: “El miedo iguala a los poetas con los demás hombres”. Miró mi cuerpo aterido con una sensación de fastidio. Eso me dirían luego. Jamás he vuelto a escribir un poema. [Retrato de Langston Hughes.]

 

ANTONIO ANSÓN Y EL LIMPIABOTAS DE DAGUERRE

ANTONIO ANSÓN Y EL LIMPIABOTAS DE DAGUERRE

[El narrador, poeta y profesor Antonio Ansón me envía este correo a propósito de uno de sus libros más sugerentes:]

 

En el siguiente enlace encontrareis en edición digital
EL LIMPIABOTAS DE DAGUERRE
http://ellimpiabotasdedaguerre.blogspot.com/
El libro fue publicado en Murcia por Puertas de Castilla en 2007, con un prólogo de Ferdinando Scianna.
Esta edición digital reúne pasajes del libro junto a fragmentos inéditos, fotografías y videopoemas que no pudieron incluirse en la edición papel y ahora la completan.

 

[Ya lo he visitado y es un blog admirable, lleno de conocimiento, pasión por la fotografía y buenas fotografías. Antonio Ansón es el director de la colección Cuarto Oscuro, que publica las PUZ. La foto es de Ferdinando Scianna. ]

FERNANDO IWASAKI: SUS LIBROS FAVORITOS DE 2008

FERNANDO IWASAKI: SUS LIBROS FAVORITOS DE 2008

 

[Ese gran navegante de internet, publicista y editor infatigable y escritor de enorme talento que es Óscar Sipán me envía un enlace y la copia de un artículo del escritor peruano Fernando Iwasaki sobre sus libros de 2008, publicado en ABC de Sevilla. Sus recomendaciones incluyen a dos escritores aragoneses: Patricia Esteban y a Félix Romeo, y una lista muy personal, con títulos originales. Iwasaki es un gran narrador y un apasionado del flamenco, del mundo de la brujería, la historia y la inquisición, y del fútbol. Uno de mis libros favoritos de fútbol es suyo: “El sentimiento trágico de la Liga”.]

 

Por Fernando IWASAKI

AHORA que los medios de comunicación nos hablan de los libros que podríamos leer en el 2009 que comienza, a mí me haría ilusión hablar de los estupendos libros que he leído a lo largo del 2008, aunque no hayan sido editados en el 2008. Aclaro que la mayoría de mis lecturas son por trabajo (reseñas, presentaciones y compromisos varios), así que sólo trataré de enumerar las que recuerdo con placer.

NOVELA: En primer lugar, «La ninfa inconstante» (Galaxia Gutenberg) de Guillermo Cabrera Infante, una obra maravillosa y colmada de hallazgos verbales. En otro registro estaría «El ángulo ciego» (Bruguera) de Luisa Etxenike, una novela hermosa, valiente y conmovedora, que narra la vida de una familia vasca destrozada por el terrorismo etarra. Y en el apartado de rescates, Libros del Asteroide ha reeditado la inencontrable novela del boliviano Edmundo Paz Soldán, «Río Fugitivo». Y ya pasando a la narrativa extranjera sólo puedo mencionar «Diario de un mal año» (Mondadori) de J.M. Coetzee, un autor que considero tan admirable como ensayista y como escritor de ficción.

RELATO: De forma rotunda, considero que el mejor libro de cuentos que he leído es «El trabajo os hará libres» (Páginas de Espuma) de Espido Freire y que la revelación literaria del año ha sido la zaragozana Patricia Esteban Erlés con su colección de relatos «Manderley en venta» (Tropo Editores). De Chile recibí -no obstante- un libro de cuentos prodigioso: «No decir» (Alfaguara) de Andrea Maturana.

AUTOFICCIÓN: No me gusta este rótulo, aunque el género me apasiona. Por una parte estaría «La maleta de mi padre» (Mondadori) del turco Orhan Pamuk, «Amarillo» (Plot) de Félix Romeo y «Quieto» (Anagrama) de Márius Serra, un libro bellísimo que el autor ha dedicado a su niño de siete años, paralizado por culpa de una encefalopatía. ¿Cómo convierte un padre la irreversible enfermedad vegetativa de su hijo en un libro lleno de humor e ilusión? No se pierdan «Quieto» de Márius Serra.

ARTÍCULOS: Soy un furioso seguidor de la obra del mexicano Jorge Ibargüengoitia y la exquisita editorial de Javier Marías nos ha regalado una nueva antología de las risueñas crónicas de Ibargüengoitia, prologadas por Juan Villoro: «Revolución en el Jardín» (Reino de Redonda). Inteligente y desopilante; o sea, genial.

ENSAYO: «Mentiras contagiosas» (Páginas de Espuma) del mexicano Jorge Volpi me ha parecido el ensayo literario en lengua castellana más brillante del año. Por otro lado, «Imaginemos que la mujer no existe» (FCE) de la profesora Joan Copjec me ha divertido y estimulado porque se ha metido con el psicoanálisis y el feminismo; es decir, un ensayo hereje y provocador contra las mojigaterías de nuestro tiempo. Por último, Chesterton en estado puro ha regresado a través de dos títulos imprescindibles: «Correr tras el otro sombrero» (El Acantilado) y «La superstición del divorcio» (Los papeles del sitio), primorosa edición del editor Abel Feu.

DIARIOS y MEMORIAS: «La Manía» (Pre-Textos) de Andrés Trapiello y los dos tomos del chileno Morla Lynch. A saber, «En España con Federico García Lorca» y «España sufre», ambos editados por la sevillana Renacimiento.

FILOSOFIA: Mi descubrimiento del año ha sido el alemán Peter Sloterdijk, cuya obra en español tenemos traducida gracias a Siruela y Pre-Textos. Si tuviera que recomendar uno solo de sus libros mencionaría «Crítica de la razón cínica» (Siruela).

POESIA: Además de filosofía, los narradores deberíamos leer poesía para renovar la prosa. Este año he disfrutado con la «Poesía completa» (Pre-Textos) de José Watanabe y «Los pasos lejanos» (La Veleta) de Rafael Adolfo Téllez.

Insisto en que a lo largo del 2008 he leído muchísimos más libros, pero he querido separar el trabajo del placer y me he quedado tan ancho... Pasen y lean. [Esta foto es de Robert Doisneau.]

 

http://www.abcdesevilla.es/20081231/opinion-firmas/lecturas-20081231.html

 

LA VIDA EN UN CUENTO / 2

LA VIDA EN UN CUENTO / 2

Quiero a dos hombres. O tal vez no les quiero: creo que en el fondo me desprecio a mí misma. Si no, ¿cómo se explica mi amor? Uno es anciano, maloliente y cretino. El otro, lenguaraz y lascivo. Ninguno de los dos me ama. Aquél me desnuda con los ojos, me llena de saliva y me muerde en el cuello con una caricia agónica. Éste me besuquea, me arrastra hacia la fronda y me invade de palomas de rabia. Sólo me desean. Atraviesan los valles y las veredas por la carne prieta de mis muslos, por el olor acre y musgoso de mis axilas y por mi forma de estremecerme cuando lloro, o cuando la noche enciende su rumor de cigarras y de lechuzas. Y si se encuentran, se matan. Pero no me aman: les molesta mi silencio, la seda de mi cabello oscuro, los pájaros de escarcha que aletean en mi ombligo. Sólo tienen sed, hambre, afán de un cuerpo bello y ajeno donde vencerse. Y yo me resigno. ¿A quién va a importarle mi pena, el temblor de mis ojos tras la tormenta, la soledad de mi casa donde la pasión no tiene heridas ni retratos? Yo tampoco les quiero. O a lo mejor les quiero. Sólo así se comprende esta desazón loca: esta forma de deshacerme en alacranes de escozor mientras les espero.

*La foto es de Weegee.

LA VIDA EN UN CUENTO / 1

LA VIDA EN UN CUENTO / 1

 

 

EN BUSCA DE LECTOR

 

¿Para quién escribes?, me preguntó uno de mis hijos. ¿A quién podría interesarle un fotógrafo cojo y tuerto casi, que va y viene entre fantasmas en tus relatos?, insistió. No sabía qué responderle. Ensayé respuestas: escribo porque lo necesito, escribo porque estoy enfermo y hambriento de historias, escribo para conocerme ya que aún no sé quién soy, porque me urge enviar una botella al mar sin preocuparme del todo si alguien la recoge. Las respuestas me parecían insatisfactorias. Y a él, si he leído bien las expresiones de su rostro, tampoco le convencieron.

 

Una mañana tuve que llevar a otro de mis hijos a la ciudad. Mi mujer me llamó al móvil para que hiciese unos recados. Unas compras. Antes, tomé café con un familiar: Jesús Salvador. Cuando apurábamos unos churros me dijo, como si no fuera conmigo: “Acabo de conocer a un gallego que vive en Bilbao que es seguidor tuyo. Se ha comprado todos tus libros. Conoce muy bien a tu fotógrafo cojo. El otro día me contó que lo sentía como un amigo invisible y como un familiar al que presiente a menudo en una comida de domingo”.

 

Volví a casa y le dije a mi hijo: “Ya sé quién me lee. Un abogado: se llama Oscar Martín, tiene tres carreras de la rama de Económicas, ha estudiado en Santiago de Compostela y lleva en su imaginación el mejor álbum de fotos de mi fotógrafo cojo”. Mi hijo me miró con displicencia adolescente y dijo: “Papá, eres demasiado mayor para inventar mentiras así”.

*La fotografía corresponde a Ring Landner.