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Antón Castro

Escritores

EL LUGAR DEL BESO

EL LUGAR DEL BESO

Hace unas semanas, un amigo periodista me dijo que quería elaborar una guía de besos de la ciudad [Zaragoza] y me pidió que eligiera un lugar en donde hubiera besado a alguien especial, un lugar en el que hubiera sido feliz, un rincón en donde me gustaría que me hubieran besado. Sugerí nuestro banco junto a la fuente de la pareja del paraguas.

 

VÍCTOR JUAN BORROY

 

*Fragmento de una novela inédita en marcha. La fotografía es de Miss Aniela. Natalie Dybisz.

'SABER PERDER' DE DAVID TRUEBA, LIBRO DEL AÑO

'SABER PERDER' DE DAVID TRUEBA, LIBRO DEL AÑO

Los críticos de ‘El Cultural’ de El Mundo han elegido la novela Saber perder de David Trueba como el mejor libro de narrativa que se ha publicado en España en 2008. David Trueba presentó el libro en Los Portadores de Sueños acompañado de Pep Guardiola, de Luis Alegre y de Daniel Gascón. David Trueba es un hombre de un inmenso talento, trabajador, querido y reconocido por doquier. Es un creador en el que se alían el talento, el encanto, el ingenio, la facilidad y la suerte. Cada cosa que cae en sus manos es un éxito, especialmente la narrativa, posee un sexto sentido de comunicación directa con el lector. Sus libros tienen calidad, sinceridad, fuerza narrativa, estupendos diálogos y una gran creación de personajes. Y eso le sucede también en el cine, donde se le resiste –para mí, de modo incomprensible- el Goya.

 

En una intensa entrevista, Nuria Azancot le pregunta: “¿Qué autores españoles actuales prefiere, y a quienes considera sus maestros?”. Responde así:

-Muy siento muy cercano a la llamada Nueva Ola Aragonesa de Félix Romeo, Ismael Grasa, Rodolfo Notivol, Miguel Mena y Daniel Gascón. También a gente como Jordi Puntí, Pedro Zarraluki, Ignacio Martínez de Pisón [cuya novela Dientes de leche ha sido elegida en quinto lugar], Javier Cercas o Joan Miquel Oliver. En cuando a los maestros, no sé, prefiero libros concretos que colocar a gente en pedestales. Conversación en la catedral, El Jarama, Los ilusos, La Habane para un infante difunto, los cuentos de Monterroso, las columnas de Vicent, las canciones de Sisa, los dietarios de Pla, los cuadernos del pintor Solana y los versos de Nicanor Parra. Entre muchos otros…

 

Antes, David tiene que responder a la siguiente pregunta: “¿Quién sería, a su juicio, el Kun Agüero de nuestras letras?”

-Por suerte la literatura no se rige con valores deportivos, salvo en listas de ventas y esas cosas. Hoy el escritor crack sería Bolaño, entre otras cosas porque para triunfar de verdad hay que morirse. Pero yo creo que hay mucha gente disputando la historia de la literatura en Tercera Regional que pueden lograr el triunfo de darle placer a alguien que los lea hoy o dentro de 500 años.

MARIANO ANÓS: TRES MONTES DESDE EL VALLE DE TENA

MARIANO ANÓS: TRES MONTES DESDE EL VALLE DE TENA

[Hace algún tiempo pedí a Mariano Anós algunos de sus poemas. Mariano es dramaturgo, en el amplio sentido del término, escenógrafo, pintor, poeta, actor, un hombre total de la escena. Y hoy, lo que son las cosas, Mariano me envía estos poemas escritos en el Valle de Tena. Me parecen un bello regalo de fin de año. Y aquí los cuelgo, encantado. Me encantan estas sorpresas. Espero que los que asoméis por aquí gocéis de estas deliciosas piezas.]

 

 

Mariano Anós

MONTE (VALLE DE TENA)

(tres fragmentos)

 

1

 

En la falda del monte, de mañana,

se oye llorar a un niño. De repente,

el ameno verdor de la ladera

entrechoca murmullos y colores,

desdibuja, destempla, desmemoria

la espesa ligereza de su aliento,

burlándose del ojo y del oído

que soñaban fijar algún instante

como color o como son del monte,

como cifra o verdad de su quimera.

La cima, poderosa, pensativa,

lenta, ajena a la edad y sorda al llanto

¿envidiará tal vez, por un momento,

la frágil inquietud de la hojarasca,

su condición expuesta a la mudanza?

Cuando se siente amenazado, el monte

no esconde la cabeza: la enarbola,

aleonado, retador. Sacude

los parvos matorrales con que apenas

abriga su atalaya pedregosa

y jura defender su apartamiento

de cualquier inquietud sujeta al tiempo.

Los dioses, maliciosos, cuchichean

a sus espaldas y de buena gana

consienten sus bravatas. Niño monte.

¿Será su soledad la que lloraba?

 

 

2

 

A ciertas horas, bajo ciertas luces,

el monte no se deja llamar monte.

Se encoge, se dilata, se entrevela,

se hace telón pintado o, al contrario,

se viene encima pedregoso, fiero.

Saber común: el monte nunca es monte

sino en la estrecha cárcel del lenguaje

que apenas de sí mismo se alimenta,

entre envidia y terror de la certeza

que nombra monte su ceguera última,

el dibujo más cruel del horizonte,

la esclavitud mortal de la conciencia.

O bien, por el contrario, la fantástica

nostalgia de un perdido estupor mudo

que reclamase un eco del silencio.

Sea cual sea la plegaria al monte,

o es parca o excesiva. La justicia

no le concierne. Sólo está, se yergue.

Sin dios y sin ser dios y despatriado.

Oculto en su evidencia. Memorioso.

Custodio de saberes ya inservibles,

melancólico, escéptico, el coloso

aterra a quien de sí mismo se aterra,

alienta a quien no atiende a su enseñanza,

calma a quien no ambiciona sus favores.

 

 

3

 

Sobre el azul violento del verano,

remolona, sin prisa, sostenida

en su temblor, la nube se desliza

rozando apenas la pelada cumbre,

redimiendo la seca omnipotencia

que la aflige. La roca, agradecida,

muda algunos matices innombrables

de pardos, verdes, grises azulados,

su guarnición usual, entreverada

de algún destello de pasadas nieves.

Satisfecha, la nube, sabia en luces,

danza una lenta, alegre despedida.

Cumbre y nube acompasan su leyenda,

concelebran su esquiva intimidad

y acuerdan confiar en que los vientos,

las humedades, las temperaturas

o cualesquiera azares atmosféricos

les permitan volver a acariciarse,

suaves, fugaces, disponibles, fieles.

La novedad sin fin es su costumbre.

No necesitan traducir sus tiempos,

tan dispares al ojo atareado.

Ningún deseo ya: saben ser otras

sin otro triunfo que el haber pasado.

No hay pérdida, no hay miedo, no hay espera.

Sobra toda ansiedad o toda culpa

por no estar ya, si alguna vez se estuvo.

*La foto es de Natalia Dibysz.

 

 

JUAN MARQUÉS PUBLICA 'UN TIEMPO LIBRE'

JUAN MARQUÉS PUBLICA 'UN TIEMPO LIBRE'

 

 

Esta mañana, entre otras citas pendientes, quedé a tomar un café con Juan Marqués, el ensayista, poeta y residente en La Colina de los Chopos. Juan, zaragozano jovencísimo, estaba radiante, dentro de esa timidez suya, tan elegante como seductora. Juan acaba de publicar su primer poemario: Un tiempo libre, del que ya había publicado aquí alguno de sus poemas. El libro ha quedado realmente estupendo, con ese trasatlántico o barco que avanza, con sus luces encendidas y su mástil, por un inmenso mar azul. El libro, como objeto, produce una emoción inmediata: lo publica Comares en su colección La Veleta, que dirige Andrés Trapiello, ese hombre de letras y de tipografías que ama el diseño y la edición como el aire que respira.

 

Esta tarde fui a llevar  a mi hija Sara a su clase de lengua francesa. Me quedé esperándola en el Bar Indalecio, y leí dos veces el libro: breve, labrado en el pedernal de las emociones hondas, nada estridentes, y en la pura ausencia de adjetivación. Es un poemario de un lirismo desnudo, sin afectación. El libro tiene un prólogo y un epílogo, y dos partes extensas de una poesía que destaca por su transparencia, por su tersura cristalina, por su capacidad de sugerencia y por la elegida acumulación de atmósferas. Es un libro sobre el yo y el paisaje, sobre la exaltación de la vida en armonía con la luz, con el sol, con la noche, con los sentimientos más íntimos que hilvanan un mundo, un conjunto de sueños y de sensaciones, una travesía de recuerdos y de confidencias.

 

Un tiempo libre es un libro impregnado de vida, de conocimiento del mundo, de contemplación. Es un libro de una delicadeza impar, en el que habla el silencio, el peso de la cultura, el tuétano de la mejor poesía. Es un libro donde el sujeto poético habla con la mañana, con el mediodía, con la tarde, habla con los árboles y los pájaros (o al menos intenta oír su música, su cántico, el enigma de su música fugaz), es un libro de viajes con la imaginación donde el amor brilla con un fulgor efímero.

 

El poema portical es más que una promesa:

 

NOCTURNO (UN PRÓLOGO)

 

DETRÁS de tres de cada cuatro puertas

habita el sufrimiento

mientras sobre la noche reina

media rodaja de limbo.

 

Siempre ha sido así

y así lo será siempre.

 

Ven a dormir conmigo.

 

Voy a cantarte un cuento.

 

Me ha gustado mucho también éste:

 

UN HILO

 

LOS días han caído,

                            uno a uno,

como perlas fugadas de un collar.

 

Estamos solos:

nosotros y el agua.

A lo lejos un faro parpadea.

 

Despojados de la arena del tiempo,

como un hilo librado de sus perlas.

 

VÉRTIGO INADVERTIDO

 

DESDE su silencio, su soledad,

su quietud aparente,

los árboles conocen los caminos.

 

Vinieron de muy lejos,

hablan lenguas antiguas y remotas

que nadie puede oír.

 

No dejan de moverse.

 

Cada vez más adentro,

son las raíces las que están viajando.

 

Y acabo con éste texto:

 

ENERO (UN EPÍLOGO)

 

UNA vez me vi triste frente al mar,

contento de mi suerte.

 

Ya no había toallas en la arena

ni nacieron plegarias de la tarde.

 

Tras la fuga del sol,

el silencio me habló como a un hermano:

 

Que ya está.

Que es real.

Que todo lo vivido es una fábula.

 

Un tiempo libre. Juan Marqués. Comares: Colección La Veleta. Granada, 2008. 58 páginas.[Esta fotografía es de la fotógrafa londinense Olivia Arthur.]

 

 

JOSÉ AGOSTINHO BAPTISTA PUBLICA EN BAILE DEL SOL

JOSÉ AGOSTINHO BAPTISTA PUBLICA EN BAILE DEL SOL

[Hacia el mediodía recibí un correo de Enrique Vila-Matas que me recuerda que próximamente José Agostinho Baptista, su traductor al portugués, va a publicar un nuevo poemario en Baile del Sol. Enrique, un apasionado de la navegación y de las sorpresas de Internet, me remite a una página de La Opinión de Tenerife, que copio literalmente. Cuando Olifante publicó su libro Ahora y en la hora de nuestra muerte, un homenaje a su padre, realicé con él y con su mujer de entonces un intenso y apasionado viaje por Aragón y por Zaragoza.]

 

 LETRAS DESDE EL ATLÁNTICO

Baile del Sol publica el tercer volumen de la colección Macaro-nesia dedicada a autores de Azores, Canarias, Cabo Verde y Madeira

 

REDACCIÓN

Baile del Sol publicará a principios de 2009 el volumen de poemas Esta voz es casi viento, del escritor portugués José Agostinho Baptista (Madeira. 1948), tercer título de la Colección Macaronesia con la que la editorial tinerfeña dará a conocer la obra de escritores procedentes de Azores, Cabo Verde, Canarias y Madeira.

Macaronesia es un proyecto en el que Baile del Sol trabaja desde hace cuatro años. Con diseño propio y una imagen en portada original del fotógrafo Roy Fernández Galán, la colección publicará cuatro volúmenes al año, uno por cada uno de los archipiélagos macaronésicos, para dar a conocer al lector español a sus autores más destacados. "Aquellos que hoy por hoy reflejan en sus obras los distintos paisajes culturales, históricos y sociales de estos cuatro grupos de islas desperdigados por el Atlántico Norte", explica el editor Tito Expósito.

Macaronesia ha publicado ya los títulos La verdad sobre Chindo Luz, novela del caboverdiano Joaquim Arena, y Oyendo al silencio, del canario Quintín Alonso, a los que se suma ahora la obra de uno de los poetas portugueses más originales e importantes de la actualidad, José Agostinho Baptista.


Baptista es poeta, traductor y colaborador asiduo de la prensa lusa. Su poesía ha sido reconocida como una de las más originales e importantes de la lengua portuguesa contemporánea. Expertos como António Ramos Rosa, Fernando Pinto do Amaral o Joaquim Manuel Magalhàes le han dedicado ensayos a su obra, recogida en once libros.

Traductor al portugués de autores como Walt Whitman, Yeats, Tennessee Williams, Paul Bowles o Enrique Vila-Matas, su obra completa fue publicada en 2000 en el volumen Biografia por la editorial portuguesa Assírio&Alvim.

Baile del Sol editará por primera vez en español Esta voz es casi viento, un volumen que refleja el apego de la literatura lusa a la tradición romántica; una visión dolorosa y triste de la vida en la estela de la obra de escritores como Pessoa, Saramago y António Nobre.
Sin embargo José Agostinho Baptista no es un autor desconocido para el lector español. Ahora y en la hora de nuestra muerte, poemario publicado en versión bilingüe en 2002 por la editorial Olifante [traducido por Antón Castro], fue aplaudido por la crítica y recibido como "uno de los más bellos libros tristes escritos en Portugal". "Triste y bello como la sirena de un barco perdido en la niebla", escribió sobre este volumen César Antonio Molina.

Sabas Martín dijo sobre Ahora y en la hora de nuestra muerte: "es un espléndido libro de poemas recorrido por un tono elegíaco en donde se concitan la incertidumbre y el estremecimiento de la pérdida y el vacío".

Esta voz es casi viento, el volumen que prepara Baile del Sol, refleja esa poética de la nostalgia en la que se sitúa la obra de José Agostinho Baptista, que en 1981 publicó un libro titulado precisamente O Último Romântico, (El último romántico).

Esta voz es casi viento es un claro ejemplo de la poesía de este autor, descrito por el traductor y escritor Antón Castro, como "un exquisito domador de palabras y un espíritu puro, un maestro del decir en propia voz y con sonidos ajenos".


Más títulos

La colección Macaronesia se presentó con dos primeros títulos en la Feria de la Edición de Canarias, celebrada en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz en septiembre pasado. La verdad sobre Chindo Luz, primera obra en narrativa del escritor caboverdiano Joaquim Arena y la novela Oyendo al silencio, del canario Quintín Alonso, abrieron la nueva propuesta de Baile del Sol. Curiosamente, ambas coinciden al abordar la historia del protagonista desde el universo familiar. En el caso de Joaquim Arena, a través de la lucha por la supervivencia de una familia caboverdiana asentada en los barrios marginales de Lisboa en los convulsos años setenta, cuando Portugal rompe drásticamente con un pasado gris, iniciando un nuevo y esperanzado camino, al tiempo que las colonias africanas emprenden la aventura de la descolonización.

En la obra de Quintín Alonso el protagonista también intenta establecer su identidad a través de su familia y de las experiencias vitales de esta. El autor se sitúa en la década de los 70, años de cambio en Canarias a través de la emigración canaria a Venezuela y la dispersión de la familia. Alonso recrea en estas páginas su propia estancia y las relaciones que mantuvo en el país con algunos personajes canarios.

Joaquim Arena nació en 1964 en San Vicente, isla de Cabo Verde, hijo de padre portugués y madre caboverdiana. Vive en Portugal desde finales de los años sesenta. Después de viajar por Europa regresó a Lisboa para estudiar periodismo y derecho. En la capital portuguesa, dirigió algunas publicaciones volcadas en la lusofonía y algunas revistas, como África Hoje, al mismo tiempo que realizaba algunos proyectos en el ámbito de la música. En 1999, regresó a Cabo Verde donde fundó el periódico O Cidadão, y publicó la novela Un farol en el desierto.

Durante años organizó festivales de cine en las islas y fue asesor cultural de la Alianza Francesa hasta que en 2006 regresó a Lisboa y publicó La verdad de Chindo Luz, escrita en un cierto tono de novela negra, la obra indaga en la identidad de la inmigración africana, al tiempo que nos sitúa ante unos individuos atrapados en las telarañas de su propio pasado.


El canario Quintín Alonso Quintín Méndez (Tenerife. 1953) tiene publicados, entre otros, el poemario Anacronías (1988), Las dos islas verdes (1992) y las novelas Una gota de lluvia (1995), Escaleras Horizontales (2002), El color del viento (2003) y La espalda (2005).
En Oyendo el silencio Quintín Alonso narra la vida de una familia canaria contada por su protagonista, al tiempo que repasa sus relaciones con varias mujeres que se acercan y pasan por su vida sin que se atreva a proponer que alguna de ellas se quede. El amor por su madre siempre presente en su infancia, la emigración de los canarios a Venezuela, el amor y la soledad son las aguas por las que transita esta obra, que más como una novela puede leerse como un poema extenso, elegíaco e íntimo.

*Por cierto, José Agostinho Baptista tiene una estupenda página web:

 http://www.jabaptista.com/

UNA CITA CON EL POETA NICANOR PARRA

UNA CITA CON EL POETA NICANOR PARRA

[Esta mañana he recibido un correo del Movimiento Poetas del Mundo, y en su largo menú de artículos y reportajes, he encontrado esta nota sobre Nicanor Parra, el gran poeta chileno.]

 

NICANOR PARRA:

Embajador Honorario de Poetas del Mundo.

 

Por Alfred Asis* 
 

CHILE: Si hay algo importante y ameno es conversar con nuestro amigo “anti poeta“ Nicanor Parra. El mundo de las letras abre sus puertas junto a su escenario de Las Cruces en el Litoral de los Poetas de la V Región.


Hablamos de Violeta Parra, Thiago de Melo, de los Poetas del Mundo y su “Cuerpo Diplomático Poético”, de él y de mí, para conocernos más. Frases iban y frases venían como quedando suspendidas en el aire formaban un gran libro que se almacenaba en mi alma. Junto a un tecito amargo, nos sentamos uno junto al otro [no me atreví a pedirle azúcar para no perder segundos de conversación tan productiva] la boca en ese entonces estaba preparada para hablar y no para comer, y la mente también.

Le hablé de Luis Arias Manzo y cuando los Poetas del Mundo entraron a su casa y le dije que se habían encontrado con él. Bueno, le dije: cuando llegamos a su casa en Las Cruces la puerta se abrió y pasamos a los jardines encontrándonos con su espíritu que estaba esperándonos.
Encontró que Los Poetas del Mundo era una instancia particularmente interesante y esperanzadora, que la Poesía estaba muy perdida y casi nadie la apreciaba.

Le dije con voz de convencimiento... ¡que no! … que muchos lectores están volviendo a sentir en las letras del alma la esencia del amor hacia sus semejantes, la proyección de la sensibilidad a todo nivel y género.

¿Ud. cree eso? me dijo... por cierto, pues yo veo en Isla Negra la disposición de un público venido de todas partes del mundo hacia la poesía.
Y me dijo que si yo lo creía, estaba bien.

Luego le hablé de nuestro amigo Poeta del Mundo Leoncio Luque, que había estado en sus jardines y que me comentaba posteriormente a este viaje:

“Nicanor me volvió a la vida, yo dejé de escribir hace cinco años, por voluntad propia, a pesar de tener seis libros, para publicar; pero he vuelto nacer con Nicanor Parra, cuanto me hubiera gustado agradecer a Nicanor, pero él, supongo que lo sabe, porque nos dejó un regalo hermoso de lo que piensa y es la poesía para él. Un lindo viejo y coherente, coherente hasta la saciedad, creo hasta sus últimos días”

Bueno amigo Leoncio, te diré que cuando le hablé a Nicanor de esto, vi en sus ojos la emoción y mas de una exclamación por el valor de tu visita y el resultado en tu vida, te había dicho que le iba a comentar lo tuyo, y ya está conversado.

En una pieza pequeña que está a la entrada del jardín nos sentamos con una vista hacia el mar rodeados de libros en sus estanterías, recorrimos a varios autores entre sus libros de los cuales me hablaba con una claridad absoluta, los minutos pasaban y pasaban podrían haber sido siglos con las palabras vestidas de gala para mis oídos y transportadas por mi amigo Poeta Luis Arias Manzo para Eds. Poetas del Mundo que siguen un camino que nunca va a terminar, sólo va a germinar y dar frutos en la distancia y en el tiempo.

No crean en todo lo que dicen, les digo plenamente convencido que el espíritu de Nicanor Parra es sensible, que vibra con la vida, que esta vida no se le escapa, estará vivo más allá de la muerte.
No me saqué fotos con él, no hacía falta, lo filmé desde mis ojos y lo almacené en mi alma en el papel imborrable del corazón, es la imagen que les mando, la más pura de Nicanor.


Alfred Asís* Cónsul en Isla Negra de POETAS del MUNDO:
http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_america.asp?ID=4320

 

LA HISTORIA DE WENCESLAU DE MORAES. POR C. A. MOLINA

LA HISTORIA DE WENCESLAU DE MORAES. POR C. A. MOLINA

[Pepe Melero me ha escrito hoy para ver si había reparado en este bellísimo texto de mi paisano, y ministro de Cultura, César Antonio Molina, que aparecía ayer en el suplemento ABCD del diario ABC. La pieza es estupenda, y le coloco la foto del túmulos de las dos amadas muertas]

WENCESLAU DE MORAES: LITERATURA DE LA PIEDAD

Por César ANTONIO MOLINA

¿Cómo puede uno hablar de sí mismo?, se preguntaba Maurice Blanchot, me he preguntado yo tantas veces con verdadera vergüenza. ¿Cómo hablar de sí mismo con verdad? Pocas veces he leído un relato autobiográfico tan descarnado, tan patético, tan certero, sobre la noción melancólica de la fugacidad de las cosas, como el libro de Wenceslau de Moraes Ó-Yoné y Ko-Haru [Ediciones del Viento, La Coruña, 2008].

Moraes se refiere a su estética como la «religión de la saudade», una pasión por lo bello, por lo bueno, por lo consolador, por lo que fue y ya no es. Cuando se sienten penas que no tienen nombres, decía Joubert, surge la melancolía. Pero Moraes tiene más saudade, más nostalgia que melancolía, pues él sí puede ponerle nombre a sus penas: Ó-Yoné y Ko-Haru, dos jóvenes, tía y sobrina, de las que estuvo enamorado y, ambas, murieron muy jóvenes, dejándole en total soledad e indefensión.

Memoria y desdicha. Moraes traza, en torno a la pasión y muerte de las dos muchachas, toda una teoría sobre la ausencia y cómo este vacío -sin llenarlo- puede ser un motivo para seguir existiendo. Los autores de Una pena en observación y Carta a D. Historia de un amor, C. S. Lewis y André Gorz, se hubieran emocionado con el libro de Moraes. La memoria y su conservación, la desdicha (¡Kawaisô!).

Ambas mujeres, como es habitual en los ritos budistas, perdieron el nombre terrenal y les fue concedido otro nuevo acorde con los méritos de su existencia. El Kaimo, que el sacerdote impone, es luego grabado en un lugar visible en la piedra tumular. Esta especie de epitafio consta de unas pocas palabras en las que se indica el sexo y las virtudes del difunto tanto en el mundo terrenal como en el nuevo. El Kaimo de Ó-Yoné dice así: «Piadosa mujer, comparable a un jarrón precioso de decires»; mientras que el de Ko-Haru es: «Piadosa mujer, comparable a un magnífico cuadro, trazado con pincel primoroso y ofrecido a los dioses». Moraes no acepta esta traslación y cita permanentemente los nombres que él amó. Con la misma compulsión se rodea y colecciona los enseres que a ellas les sirvieron. El fiel marido esconde de la rapiña de los familiares espejos, muebles, muñecas, ropas. A través de los objetos de la vida cotidiana las mantiene presentes. Moraes encarga sus panteones, uno junto al otro, y asiste durante un mes al cincelado de los mismos. Luego, cuatro años antes y cuatro después, le tocará el desgarro de depositar las cenizas. Desde entonces no deja de tenerlas presentes. La ausencia como compañía. Y afirma con una rotundidad estremecedora: «Y vivo en esto y vivo de esto».

Dos flechas. Pocas veces he leído una manifestación tan grande de amor, un tan grande regodeo en convivir con los muertos. Moraes no pide a los lectores que le tengan piedad; por el contrario, no se cansa de manifestar el disfrute de vivir aislado en medio de las ordinarias labores de la rutina de cada día. Los amigos más fieles son los objetos que lo rodean. En cada uno de ellos descubre un alma.

Ya los griegos consideraron el amor pasional como una enfermedad, como una desgracia, un sufrimiento, pues Eros es desobediente, desenfrenado y empuja a los amantes a una orfandad eterna. Moraes así lo disfrutó y así fue herido por las dos flechas del dulce tormento lanzadas por el dios de los bucles dorados: «Una suave para la serena felicidad y otra perniciosa que la destruye». Y añade Eurípides en su drama Ifigenia en Aulide: «Bienaventurado quien acoge las alegrías del amor con humildad y moderado apasionamiento, aquel cuyo corazón no es sacudido por la furiosa tempestad de las pulsiones desencadenadas».

Pero, ¿quién fue Wenceslau de Moraes? En las historias de la literatura portuguesa su nombre no aparece o está perdido en las notas a pie de página. Yo llegué a él a través de Camilo Pessanha. El autor de Clepsidra conoció a este oficial de la marina de guerra portuguesa cuando ambos residían en Macao. Moraes nació en Lisboa en el año 1854. Estudió en la Escuela Naval y como oficial de la armada lusa viajó por África, América y Asia. En Macao se casó con una china y tuvo dos hijos. Acompañando al gobernador de la colonia visitó Japón, siendo recibido por el emperador Meiji. Conoce ciudades como Nagasaki, Kobe y Yokohama.

El deslumbramiento que le provoca este país le hace abandonar su destino y su familia. En Hiogo y Osaka ejerció de cónsul. Cuando muere su amada Ó-Yoné Fukumoto se traslada a vivir a la ciudad de ésta, Tokushima, donde se enamora de la sobrina Ko-Haru, quien también fallece muy joven.

Últimos años. Moraes no volverá jamás a Europa, murió en el año 1929. La ciudad de Tokushima, en donde residió los últimos años de su vida y donde yace junto a sus amadas, para conmemorar el centenario de su nacimiento levantó un monumento en su memoria. Poco después, otro semejante se inauguró en la ciudad de Kobe, en la que también habitó el último año del siglo XIX y los trece primeros del siglo XX.

En portugués no están publicadas todavía sus obras completas, mientras que sí se encuentran en japonés en cinco volúmenes. Este libro, ahora aparecido en nuestro país, es un conjunto de artículos literarios que vieron la luz entre los años 1917 y 1918 en el periódico O Comercio de Porto. En volumen se imprimieron en A Renascença Portuguesa en la misma ciudad. El resto de su obra está relacionada con la Historia, el arte, la vida, las costumbres, el pensamiento y la literatura del Japón.

Su libro está escrito por un amante de lo exótico: «Cuando hablo de amantes del exotismo, me refiero a un grupo reducido de hombres, a aquellos que por el exotismo todo lo dan, aquellos que por el exotismo todo lo pierden y a él se esclavizan, a aquellos que se sienten fatalmente atraídos por lo extraño y a lo extraño se encaminan; huyendo, si pueden, de su medio, yendo a identificarse en la medida de lo posible con su nuevo lugar, divorciados decididamente de las sociedades, tan diferentes, en donde nacieron».

Moraes no es un emigrante, ni un comerciante, ni un predicador, ni siquiera ya un soldado, es tan sólo una persona que encontró su lugar en el mundo. Una vida cuya última etapa transcurrió sin compañía, oscilando entre el sufrimiento y el tedio, como le gustaba a Schopenhauer. Sin embargo, Moraes convierte el tedio en rutina y comparte el trabajo intelectual con el de las labores campestres. Los enseres y la naturaleza se transforman en los únicos interlocutores. Del mismo modo, hay páginas memorables hablando de las abejas, del olor de las flores o de los pensamientos que produce al encenderse una piedra de carbón. Moraes está solo; aunque estar solo es estar con uno mismo, es siempre ser dos, decía Valéry.

Náufrago de la vida. En uno de los relatos, el titulado «El cubo de la basura del cementerio de Chiyo on-ji» (el cementerio donde yacen los tres), cuenta cómo el narrador se topa con un anciano que, al final, descubrimos es él mismo. Ambos recorren el cementerio comentando los árboles y plantas que allí crecen, así como las tumbas y los epitafios; también los de las dos muchachas. Al describir al interlocutor, aprovecha para autorretratarse: «El individuo que yo tenía frente a mis ojos, con aires de abandono de sí mismo, ofrecía todos los indicios inequívocos de uno de esos pobres diablos, de uno de esos parias que occidente arroja, de vez en cuando, a los países exóticos y distantes, por no quererlos o porque ellos no lo quieren; un don nadie cualquiera, náufrago de la vida que, habiendo pasado probablemente mil trabajos y mil reveses en una existencia temerosa, pide ahora al destino sólo un poco de paz y un rayo de sol acariciador en el suelo extraño donde se encuentra». ¿Hay contradicción entre el amante de lo exótico y el viejo paria? Yo creo que no. Quizá cierto fracaso en el anciano por no haber podido o sabido conservar la felicidad que aquellas nuevas tierras le dieron y le quitaron.

Moraes es una persona preparada, culta y leída. Se considera un escritor que escribe por el simple deleite, a diferencia de otros que lo hacen por la fama o el dinero. Relata su propia vida cotidiana enriquecida por un entorno repleto de historias y saberes ancestrales. Moraes admiraba a Lafcadio Hearn; también a Pierre Loti, aunque de este último no opinaba tan favorablemente. Sin embargo, encabeza el volumen con esta bellísima frase suya: «La literatura del futuro será la literatura de la piedad». Decía que al francés no le gustaba el Japón y despreciaba a sus mujeres. Por el contrario, Edmond de Goncourt no dejaba de sorprenderle por sus comentarios sobre Oriente, a pesar de que jamás había salido de Francia. A este último lo calificaba de «esteta sedentario».

El sentido de la muerte. El libro es también un ensayo sobre el sentido de la muerte en el Japón de finales del siglo XIX y comienzos del siguiente. Expresa el choque entre el sentimiento metafísico oriental y el occidental. Hay pasajes extraordinarios como el de la venta de las luciérnagas con sus correspondientes jaulas; el de los suicidios de amor, especialmente el shinju, es decir, a tres; o el de la batalla de Ichi-no-tani. Un guerrero vencedor le hace la tumba al joven contrincante que mató, antes de retirarse a la vida contemplativa.

Los suicidios de jóvenes amantes, según la mitología popular, muchas veces provocaban graves epidemias. El espíritu del amante, por ejemplo, no paraba de causar desgracias hasta dar con la sombra de su amada. Ó-Somé se había vuelto violento pues no encontraba en el más allá a su compañera Hisamatsu. Buscando a la amada, que creía se había quedado perdida en alguna casa, iba provocando destrozos y muertes. Después de tantas calamidades, a un vecino se le ocurrió colgar en la puerta de su casa el siguiente cartel: «Hisamatsu no está aquí». Así, el espíritu de Ó-Somé, leyendo el aviso, iría rápidamente a otra vivienda.

Con respecto al suicidio hace el siguiente comentario: «Esta gente, que vive sonriendo, que olvida rápidamente los pesares y los reveses, que es sobria como ninguna otra, que se deleita en puerilidades de florecimientos de árboles y ornamentos de paisaje, que en definitiva sabe encontrar en la vida, como ninguna otra, mil pequeñas nadas que le encantan y le tornan la existencia despreocupada y apacible, es al mismo tiempo la que más fácilmente se desprende de este mundo por un acto voluntario bajo el impulso muchas veces de los más frívolos pretextos».

Como Pessanha, António Patricio o Raul Brandão, Wenceslau de Moraes fue un autor entre el exotismo y el simbolismo con un extraordinario sentido metafísico. Un día me gustaría llegarme hasta Tokushima, ver el monumento que le levantaron y poner unos crisantemos sobre las tumbas de los tres, si es que aún existen.

 

 

 

 

'CHESIL BEACH' DE MCEWAN, LIBRO DEL AÑO EN BABELIA

'CHESIL BEACH' DE MCEWAN, LIBRO DEL AÑO EN BABELIA

La noche de bodas es una noche especial. La primera noche oficial. La primera noche en que todo el mundo sabe que dos son uno, que se consuma una ansiedad elaborada, algo especialmente deseado y mágico. Quizá no exista nada tan secreto y enigmático como lo que ocurre entre dos amantes, y la noche de bodas es el principio del misterio, el umbral de algo que puede ser maravilloso. El ovillo de una catarsis corporal. Un festín.


Los tiempos han cambiado, y quizá la noche de bodas ya no sea exactamente así, quizá haya perdido aquel componente de revelación física y emotiva, de ceremonia nítidamente cultural. Ya no es el instante que se borra para siempre la pesada sombra, la apabullante carga de la virginidad. Sin embargo, no siempre fue así. Hasta anteayer mismo, tal vez, los amantes se entregaban por primera vez en esa noche. Desconocían el ritmo de sus cuerpos, el idioma de la piel, los olores, las respuestas. Y a ese instante decisivo de encuentro le ha dedicado su última novela el escritor Ian McEwan "Chesil Beach" (Anagrama), un novelista formidable, obsesionado por los calambrazos dramáticos del amor. Algo que ya había explorado en libros como "El inocente", "Amor perdurable" o en "Expiación", por hablar de otra novela que el cine ha devuelto a la actualidad. McEwan, de entrada, parece querer decirnos que probablemente, en contra de lo que se piensa ahora, quienes menos saben del amor y del sexo son dos novios que se casan, esa pareja casi adolescente que inicia una nueva vida y que decide consolidar su pasión.


La noche de bodas es el primer tramo de un viaje hacia el placer, si todo va bien. Y el placer está vinculado con la vida, con la plenitud, con la felicidad. Con el reposo y la confianza en el otro. Y uno a veces se casaba para poder amar cada noche. Ian McEwan nos enfrenta a ese momento, pero lo hace a su manera. Mediante el arte de la dilación y del retrato, mediante la composición previa de los perfiles de ambos protagonistas: Florence, esa chica de clase media alta, a la que no le ha faltado de casi nada, y Edward, un joven que ha estudiado historia y que se ha abierto camino como ha podido.

McEwan, con sutileza y con un escrupuloso arte de efecto retardado, nos asoma a una ventana hacia el pasado: nos cuenta cómo se han conocido, cómo son sus respectivas familias, cómo toca el violín la joven, cómo se integra en un cuarteto. Nos cuenta cómo son sus paseos, y nos va dando pistas de lo que se avecina. Los dos enamorados están en un hotel con encanto junto a una bella y romántica playa con faro.


Es el año 1962, es la década de la revolución sexual. Empieza el fenómeno Beatles. McEwan habla de canciones, de acontecimientos, de partidos de tenis, de política, todo ello, sin estridencias, como los matices escénicos de un gran drama. Porque aquí todo se dirige hacia un drama, hacia ese segundo de nuestra vida en el que todo, absurdamente, cambia. Y cambiamos nosotros. Cambian Florence y Edward, cambian porque se asoman a esa habitación con vistas donde al final del espigón o del promontorio se vislumbra algo brutal. Desolador. Enfermizo. Como el espanto.


La novela es breve. El coito se cuenta con absoluta precisión. Se analizan los pensamientos más íntimos, los estados de ánimo y la respuesta casi inverosímil dentro de una novela que lo tiene todo: es desgarrada, es sensual, es poética, se fija en el paisaje, en las luces sobre las olas, en la tibiedad de las sábanas, en los sueños; se fija en la sensualidad, en la belleza de los amantes, en el candor, en la voluptuosidad de un intérprete anudada a un violín.


Esta novela, bellamente traducida por Jesús Zulaika, es como un mecanismo de relojería que muestra el nerviosismo, el temor, la sinceridad, el fraude, e incluso, como sucederá con un personaje, la ausencia de líbido, tal vez la incapacidad de amar con una maestría caliente y cálida que no necesita ni siquiera el énfasis.

 

[Recupero aquí este texto porque ayer el suplemento Babelia de El País elegía la novela de Ian McEwan como el libro del año. Esta nota se publicó en el suplemento ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. En la foto vemos a Ian McEwan rodeado de estudiantes que podrían haber sido los protagonistas de su novela.]