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Antón Castro

Escritores

OLIFANTE PRESENTA A BEGOÑA ABAD EN MADRID

OLIFANTE PRESENTA A BEGOÑA ABAD EN MADRID

La medida de mi madre

 

Begoña Abad

Colección Olifante de Poesía

 

Presenta:  Ángel Guinda (Poeta)

 

Salón de la Lengua. Centro Riojano de Madrid (Serrano 25)

Jueves 11 de Septiembre a las 20,00 horas

Madrid 2008

 

 

LA MEDIDA DE MI MADRE

 

No sé si lo he dicho:

mi madre es pequeña

y tiene que ponerse de puntillas

para besarme.

Hace años yo me empinaba,

supongo, para robarle un beso.

Nos hemos pasado la vida

estirándonos y agachándonos

para buscar la medida exacta

donde podemos querernos.

 

 

EL GRAFÓGRAFO, DE SALVADOR ELIZONDO

EL GRAFÓGRAFO, DE SALVADOR ELIZONDO

El grafógrafo

 

SALVADOR ELIZONDO

 


Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

 

*La imagen es de Fernando Vicente.

BARICCO, CORTÁZAR, POE, ISAK DINESEN

BARICCO, CORTÁZAR, POE, ISAK DINESEN

Leo una entrevista con Alessandro Baricco, autor de libros como “Seda” o “Novecento”, “Océano mar” o “City”. Baricco estuvo en Santander y le contó algunas de sus experiencias con su escuela de letras a Félix Romeo, traductor de Natalia Ginzburg. En el diálogo con Cristina Carrillo de Albornoz (en “El Semanal” de este domingo), leo declaraciones como éstas:


1. “Creo, sinceramente, que lo peor para un escritor es el ‘no éxito’; eso sí que origina algunos problemas. Conozco a escritores con talento, pero que tienen un tipo de obra que a la gente le cuesta consumir. Entonces les invade esa sensación, que dura muchos años, de trabajar bien y de no recibir la respuesta deseada. Para la psicología de un escritor enfrentarse a algo así puede ser infernal. El éxito no es nada fácil, pero te puede hacer libre, mientras que el ‘no éxito’ es funesto y demoledor”.


2. “Siempre estoy ocupado, no puedo permanecer sin hacer nada”.


3. “Salinger, con Celine o Conrad, son algunos de los escritores que más me han influido en todo mi trabajo. A mis alumnos les aconsejo muchas veces que deben ser curiosos y estar enamorados de la lengua. Es importante tener una pasión instintiva por el lenguaje, y también estar enamorados de sí mismos, porque éste es un trabajo que dura muchos años y en gran medida se limita al interior de cada uno. En fin, además de talento, para ser escritor hay que tener muchos cojones”.


4. “Aunque trabajo mucho, siempre tengo tiempo para otras cosas. El cine, estar con mi hijo de cinco años o con mis amigos y mi familia. Y a pesar de mi edad, practico el boxeo. Me descansa el cerebro”.

Anoche, después de la bicicleta estática, me quedé a ver un documental sobre Julio Cortázar (1914-1984). Ha sido un escritor esencial en mi vida. Decisivo. Me ha marcado mucho más de lo que me habría imaginado. Siendo un adolescente en Galicia, tuve un profesor que se llamaba, que se llama Xosé Toba Quintáns (es de Muxía: allí veraneó Rosalía de Castro y escribió “La hija del mar”), que me lo recomendó muy pronto. A él le gustaban sus cuentos. Igual que a mí. Su preferido era “Todos los fuegos el fuego”, por la simetría de los dos triángulos amorosos y el fuego como elemento de catarsis en la antigua Roma y en un hotel contemporáneo de París. Compré una edición de Círculo de Lectores, juraría que se llamaba “Todos los cuentos”, y ese volumen de 600 páginas era el compañero ideal de muchos veranos. Me fascinaba su poética de la realidad y la ficción, el juego permanente de equívocos (pienso en un cuento que casi me sé de memoria: “La noche boca arriba”), el horror de lo cotidiano (“Casa tomada”), el extrañamiento constante (“Continuidad de los parques”, una pieza increíble, quizá el relato breve, de folio y medio, más brillante de la historia de la literatura), el gusto por los bestiarios (me quedo con “Cartas de una señorita de París”, que se me aparecía en sueños con su recua de conejos de todos los colores, o en el pez de “Axolotl”), la pasión por el jazz, por los Gauloises, por los paseos condenados, por París y Buenos Aires, la libertad del sexo (en realidad, debiera haber dicho la afición a las mujeres, a casi todas las mujeres), las presencias acechantes y, cómo no, el gusto por el boxeo: “Torito”, “La noche de Mantequilla” o aquella pieza preciosa de “Último round” donde cuenta cómo en su niñez, junto a su madre, oyó la retransmisión del combate por el título del mundo entre Luis Firpo, “El toro salvaje de la Pampa”, y Jack Dempsey. Nada más comenzar la pelea, Firpo le colocó un terrible golpe a Demspsey y lo arrojó del ring un par de minutos, pero entonces los jueces no pararon la pelea; volvió Dempsey y le dio una paliza brutal a Firpo y sumió en el llanto casi eterno a los argentinos, a Julio Cortázar y a su madre.

 
El documental giraba en torno a la relación de Cortázar con Carol Dunlop, su tercera esposa, que nació en 1948 y murió en 1982, dos años antes de que el escritor falleciera también por una transfusión con sangre contagiada de sida, algo que contó Rafael Conte en sus memorias. Con Carol, que parecía sumamente serena, dueña de una belleza tranquila, escribió un libro extraño: “Los autonautas de la cosmopista” (cuyos derechos de autor destinaron a la causa de Nicaragua), uno de esos juegos de palabras a los que fue tan aficionado Cortázar, que estuvo muy cerca de los OULIPO.

 

A Cortázar le debo también mi pasión por algunos autores como Edgar Allan Poe –sus traducciones en Alianza, recuperadas ahora en Círculo de Lectores & Galaxia Gutenberg, siguen siendo las mejores- y Marguerite Yourcenar. Leí hace años por primera vez “Memorias de Adriano” y me encantó: por la pulcritud del idioma (alianza de Yourcenar y de Cortázar, su traductor), por la recreación de la época, por la personalidad de Adriano, inteligencia y voluptuosidad a la vez, por la transparencia sin énfasis del libro. Desde entonces, Marguerite Yourcenar es una de mis autoras de referencia.


Y a Cortázar le debo también algo muy bonito. Le debo, de entrada, el gusto por el enredo por el lenguaje, la libertad de la forma, pero iba a decir que le debo otra idolatría: la que le profeso a Karen Blixen, Isak Dinesen. Diré que la descubrí en Barral Editores, luego en una traducción de “Ehrengard” de Javier Marías y luego en un prólogo formidable de Mario Vargas Llosa, pero quien me ganó para su causa fue un poema de Cortázar y los elogios que le dedicó. Bueno quien me ganó para su causa, en realidad, fue la propia Dinesen con libros como “Anécdotas del destino” (¿recuerdan ‘Una historia inmortal’ que llevó al cine Orson Welles), “Cuentos de invierno” y “Lejos de África”.


A mí, como a Hemingway, también me hubiera gustado cazar leones con Isak Dinesen en Kenya. Con Dinesen y Cortázar en Kenya.

 

[Este texto lo escribí en agosto de 2004. He visto que alguien lo visitó en el blog y lo recupero en la madrugada de domingo perfectamente olvidable, donde casi todo parece salir un poco mal y la cabeza te da mil y una vueltas. De algunos textos ya no me acuerdo y me gusta volver a ellos por su valor de diario. En medio de la confusión, Nadal pierde ante un fenomenal Andy Murray, el escocés, que jugó un partido increíble, especialmente un cuarto set maravilloso, de dominio, de tensión permanente y de puro vértigo.]

*En la foto vemos a Karen Blixen y a su madre Ingeborg Dinesen ante el Ford que habían comprado en 1934, dos años antes de tomarse esta foto.

 

PÉREZ ZÚÑIGA Y MÉNDEZ GUÉDEZ: DOS CUENTOS

PÉREZ ZÚÑIGA Y MÉNDEZ GUÉDEZ: DOS CUENTOS

[Ernesto Pérez Zúñiga y Juan Carlos Méndez, vinculados al blog La Mancha literaria, son dos escritores muy personales. Ambos alternan novela y narrativa con absoluta naturalidad. Se manejan muy bien en el reino de lo  breve, como se ve en estas dos piezas que se hallan colgadas en el blog. Siempre me han gustado las cerezas: cuando aparecían en el árbol o en las ferias, indicaban que empezaba la expansión de la primavera, que pronto iban a llegar las primeras novias del verano con esa fruta carnosa, roja, intensa, que parece derramarse en la boca y en las manos como un tinto espeso y oloroso.]

 

 

TAXIS BARATOS

 

Ernesto Pérez Zúñiga

 

Me subo en un taxi viejo y grande, porque estoy huyendo de ti, y en su interior me encuentro a un enfermo vestido con ropa de hospital, magulladuras de operado, suero en vena. El conductor —moreno, insulso— me explica el nuevo servicio: más barato, ahorra costes tanto a los necesitados de urgencias como a los usuarios que reciben de sus empresas un salario apenas suficiente para acabar el mes.
—En Atenas –le digo sentándome en el asiento trasero, junto al Otro—, también se aprovechan los trayectos, pero no hace falta estar enfermo ni ser más bien pobre.

—Aquí sí —dice el taxista—, si no estás enfermo no vale la pena. No hay quién se beba lo que escapa por el tubo de escape, ¿sabe usted?
Yo no contesto. No tengo nada que decir al respecto. Me resulta todo tan natural que es un insulto a la inteligencia responder con cualquier redundancia.

—¿Dónde va usted? —le pregunto al enfermo.

—Vengo de la Muerte.

—Voy en la misma dirección —informo al taxista.

 

EL CUENTO QUE LEÍA MI VECINA

 

Juan Carlos Méndez Guédez

 

cerezas/ el médico/ la cereza/ mi vecina con aquel cuento sobre las cerezas/ el médico/ quizás no sea demasiado grave, ¿oyó?/ cerezas/ como una pequeña cereza/ y mi vecina leía aquella historia/ una cereza/ la primera del verano/ más o menos así como una cereza/ y sus pechos apretados dentro de la blusa/ esta mancha, ¿ve?/ y la historia en su voz/ una cereza: helada, refrescante, un poco ácida/ y yo imaginando una cereza que caía entre su escote/ aquí en la radiografía/ un punto rojo, brillante que se lanzaba al fondo/ se me cayó la cereza/ habrá que explorar/ su voz cereza se volvía cereza entre sus pechos/ puede que no sea nada/ y la cereza en cámara lenta que se hunde entre los pechos soberbios de mi vecina/ y su voz contando aquella historia/ ¿la ve? justo en esta zona del cerebro/ y yo al salir del médico: como una cereza, como una cereza/ un pequeño grito de mi vecina: la cereza helada que se cuela, que se hunde/ mi rostro que bucea, que viaja hasta el fondo, la punta de la lengua, mi boca que nada, que explora, mis dientes que rescatan esa cereza que intuyo con los labios/ haremos unos exámenes/ pero veinte años atrás: mi vecina/ quizás no sea grave/ ¿quieres que te lea un cuento sobre la primera cereza del verano?/ tal vez sólo sea una mancha/ y yo en medio de sus bellas tetas: cereza, cereza, cereza.


(inédito)

*La foto es de Jaume La Iguana

SANTIAGO LORÉN: UN PATRIARCA DE LETRAS

SANTIAGO LORÉN: UN PATRIARCA DE LETRAS

Santiago Lorén parecía llamado al cultivo de las letras. En la escuela componía las redacciones más atractivas, inventaba historias mejor que nadie. Hijo de pastelero, había nacido en Belchite (Zaragoza) en 1918, pero pronto retornó a Zaragoza. Vivió mucho tiempo en el Matadero, y veía los horribles sacrificios de las bestias y la espesa sangre derramada con pasmosa naturalidad. Aunque donde mejor iba a pasárselo iba a ser con los libros: fue alumno de Allué Salvador, del cual recibió estupendas clases de Lengua y Literatura, frecuentaba la biblioteca de UGT en la calle Estébanes, y consumía horas y horas leyendo novelas y cuentos. Además tenía un tío, secretario de juzgado en Híjar, que disponía de una biblioteca impresionante, que puso a su disposición.  

     
La escritura se le impuso, igual que se le impuso la Medicina, en particular la Ginecología. Combatió en el bando nacional siendo apenas un joven y estuvo en la retaguardia atendiendo a los soldados heridos. Ha descrito cuando recibía a los combatientes del frente de Teruel con los pies y las manos helados: parecía un espectáculo dantesco. Apenas terminada la contienda, acudió al Ayuntamiento de Zaragoza para dar las gracias por todas las ayudas que había recibido, y le dieron trabajo en el Hospital 18 de julio del Coso (Zaragoza). En ese instante, se inició su dedicación médica. Muy pronto le destinarían al Hospital de Calatayud, donde alcanzó crédito inmediato como escritor y como sanitario. Y allí, a principios de los 50, concibió su primera novela: Cuerpos, almas y todo eso (1952), con la cual se incorporaba a esa gran tradición de médicos--novelistas; pensamos, si nos ceñimos a España, en Marañón, Luis Martín--Santos, Baroja, Castelao, etc. El libro era una radiografía de muchos personajes que tenía su inspiración en Calatayud: la novela enojó a los que salían y podían ser reconocidos y a los que habían sido omitidos y se sentían ninguneados. La publicó el gran editor Josep Janés, que pasaba entonces por una importante crisis.         

Lo cual llevó a Santiago Lorén, al terminar su segunda novela, Una casa con goteras, a intentar dar el salto a otra editorial. El año anterior había sido convocado el I premio Planeta de novela, dotado con 40.000 pesetas; en la segunda convocatoria, el editor José Manuel Lara aumentó el galardón a 100.000 pesetas. En un viaje a Barcelona, Carmen Berdusán, la decidida esposa de Santiago Lorén, que tendría luego una galería de arte, entró en las dependencias de Planeta y dijo: "¿Valen en este premio las recomendaciones?". "No, de ninguna manera", le dijo Lara. "Pues ahí tiene el ganador". La novela, realista, de escritura minuciosa y de enérgicos personajes, se alzó con el galardón, y para él comenzó una carrera literaria que ha tenido mil y una direcciones.

       

Ha sido narrador de ficciones en textos como La siete vidas del doctor Cucalón, El verdugo cuidadoso o La vieja del molino de aceite (novela que se alzó con el premio Ateneo de Sevilla); memorialista en libros como Cierzo de papel, donde relata los años felices y audaces de la edición aragonesa del diario "Pueblo", periodista indomable en distintas colecciones de artículos que fueron apareciendo en Radio Zaragoza o Heraldo de Aragón, es famosa la colección La rebotica. También ha escrito libros de viajes como Aragón,  biografías de Ramón y Cajal y Fernando el Católico, o monografías médicas como Historia de la Medicina o Nuestra vida sexual. Uno de sus grandes éxitos fue su libro de humor, Diálogos con mi enfermera.  Ha sido guionista y asesor de series como Ramón y Cajal y Miguel Servet, dirigidas por José María Forqué. 

    

Santiago Lorén no ha terminado su carrera, aunque mira al pasado con un punto de melancolía. Fue amigo de Ignacio Agustí, Wenceslado Fernández Flórez; tuvo tentaciones políticas y llegó a presentarse a las elecciones municipales (le faltaron mil votos para ser elegido), escribió en casi todos los periódicos aragoneses: Heraldo de Aragón, Diario 16 de Aragón o El Periódico de Aragón. Hace algún tiempo, confesaba con una sinceridad inolvidable: "Sigo escribiendo artículos para vencer el Alzheimer". No obstante, en su gaveta, entre otras obras y piezas inéditas de toda índole, conserva un manuscrito en busca de autor: La funesta manía de escribir, que es una declaración de principios y un autorretrato.

         
Muchas mañanas sale a pasear en una silla  de ruedas. Y, de cuando  en cuando, sonríe. Parece reconocerte y sonríe. En este año de 2008 cumple 90 años y es uno de los patriarcas de las letras aragonesas.  

*La foto es de Eugene Smith.

 

ÁNGEL SOBREVIELA: POEMAS Y PROYECTOS

ÁNGEL SOBREVIELA: POEMAS Y PROYECTOS

[El joven poeta Ángel Sobreviela es un trabajador incansable. En poco tiempo, ha publicado Epístola desde Cimeria (Huerga & Fierro) y Roma (Olifante). Me envía un fragmento de su primer libro y de nuevos proyectos. Sobreviela es experto en la poesía del cineasta Andrei Tarkovski.]

 

De EPÍSTOLA DESDE CIMERIA (Huerga & Fierro, 2008)

 

(Del canto XIII):

 

(…)

 

Una multitud acompaña a cada hombre.

Llegamos a la plaza: nuestros muertos abuelos ven ángeles donde nosotros palomas. De noche, ven abrirse la flor de nuestro dolor; y con ojos que ya nunca se cierran, contemplan la sangre que no pueden restañar.

 

 

Desde las profundidades clamamos, donde permanecemos abandonados a nuestras palabras y discursos, a su veneno clavado en nuestras venas y del que no podemos huir. Palabras que discurren por tuberías y alcantarillas, que suben y bajan y siempre vuelven, y se nos enroscan como serpientes a cada paso incierto.

Pero en algún lugar, bajo el asfalto, está el manantial.

Un invierno llega a un paisaje y todo puede cambiar. Y la esfera se cierra, como una onda de agua fría, deslumbrante, que se curva sobre sí misma y se mantiene así, aferrando sus átomos.

Que se eleven las aguas en el aire inmóvil. Que suceda lo que ha sido deseado una y otra vez, pagado con sangre prematura en el confín del mundo... con la entrega del cuerpo sobre la palma abierta de la vasta mano del mar... con el tiempo pacientemente escrito sobre la carne, en la inmovilidad y la ignorancia de una celda que era amada.

 

(…)

 

(Dos fragmentos inéditos de la continuación de EPÍSTOLA DESDE CIMERIA, en proyecto.

 Están compuestos a base de pares de imágenes, donde una empuja a la otra. Se imprime así un movimiento al ánimo del lector, una sensación de tránsito que me sirve para expresar ese acceso a dimensiones invisibles, no sólo subjetivas y no sólo individuales, del que me interesa hablar):

 

****************************

 

Hay un fruto madurado para nuestro mediodía, y una rama que se inclinará hacia nuestras manos. Aún hay un eco que en algún lugar reconocerá nuestro saludo, y unas voces todavía que aprenderán nuestro nombre. Una arboleda pervive esperándonos, en torno a una casa construida para nosotros. Existen palabras que se ordenarán en juramento solemne, y una memoria en la que perdurar. Hay un manto, tejido antes de nuestro nacimiento, que nos envolverá como un abrazo, junto a un frío hogar donde aún late un rescoldo.

            Pero aún desearía, más que nada, el vestigio que me obligara realmente a recordar. Y, para investirme de la dignidad de tornarme recuerdo, la labor que abarcara el tiempo y en la que viviera el tiempo, circulando en sus venas recién ramificadas.

            Quisiera que aún hubiera palabras para expresar lo que debemos sentir.

Hay canciones que volarán hasta nuestros labios, que han fluido entre las generaciones como aguas, y hay aguas de arroyo que acudirán redondeándose en el hueco de nuestra mano.

 

 

 

***********************************

 

Los cuerpos se proyectan, la tierra se hace carne bajo el frío rigor de los pinceles. Brotan cuerpos y se tornan conscientes. La flor emprende el  vuelo y la cumbre es pedestal. La consciencia sueña con unas alas abiertas y el alma aletea en el pálpito de la sangre que aún duda. El latido se armoniza con el parpadeo de viejo astro. Se desmaterializa la carne y redime a la tierra y al surco. La tierra es puerta de la luz, recipiente elevado que acumula la mirada de astros. Y en ésta se sumerge la estirpe y la carne de cristal, y renace brotando para la nueva cosecha en la nueva tierra.

*La foto es de Frank Horvat.

 

SENDER Y MARCHAMALO: ALFONSO REYES Y SUS VIAJES

SENDER Y MARCHAMALO: ALFONSO REYES Y SUS VIAJES

 

 

En la inolvidable cita improvisada de ayer con Isidro Ferrer y Jesús Marchamalo, sobre todo por mi culpa, apareció una y otra vez en la conversación el libro Álbum de radiografías secretas de Ramón J. Sender, que acaba de reeditar Tropo, la empresa editorial de Óscar Sipán y Mario de los Santos. Esta medianoche, seguí releyendo el libro de Jesús, entre ellos este capítulo sobre Alfonso Reyes, un autor del que habla mucho Sender en sus memorias intelectuales publicadas por Destino en 1982 y cuya escritura le sugirió el editor Joseph Vergés hacia 1976, tal como recuerda José Domingo Dueñas en su prólogo. Sender recuerda que Alfonso Reyes estuvo en Jaca hacia 1929:

 

“En estos días de afluencia de veraneantes a los Pirineos, recuerdo un incidente que vale la pena referir y que me contó el mismo protagonista en el año 29. Ese protagonista era un distinguido hombre de letras mexicano que desempeñaba el cargo de embajador de México en Madrid. Se llamaba Alfonso Reyes. Murió en 1959.

En 1929,y en Madrid, me dijo que había estado pasando algunas semanas en Jaca y que, queriendo aprovechar la proximidad de Francia y hacer una escapada a París, pidió por telégrafo un coche patrulla a Pau, y como el telegrama lo firmaba Alfonso Reyes entendieron Alfonso Rey y le organizaron un tren especial. Condándolo, Alfonso Reyes, pequeño, gordo y jovial, reía a mandíbula batiente.

 

La mayor virtud de Reyes era la simpatía personal. Aunque poseía una vasta cultura, de la que usaba y a veces abusaba, no fue capaz de escribir nada original.  (…) Trató de llevar a México náyades, tritones y nereidas y los puso en los arroyos, pero a todos se los comió Talco, dios mexicano de las aguas. (…) Yo creo que Alfonso Reyes ignoraba el odio, el resentimiento y la inquina. Era ante todo un hombre bueno”.

 

Y éste es el texto sobre Alfonso Reyes que escribe Jesús Marchamalo y que glosa uno de sus viajes. Hablábamos y hablábamos y nos salían aragoneses, y sobre todo zaragozanos, por todas partes. Jesús se tronchaba, claro.

 

ALFONSO REYES, EL CAPITÁN DEL BARCO

 

Ocurrió en 1920. Viajaba en tren, hasta Milán, y en Burdeos cursó un telegrama al jefe de la estación de Lyon, solicitándole una plaza en el coche cama. Uno de aquellos compartimentos decimonónicos de la Wagon-Lits forrados de madera y terciopelo marrón, con espejos biselados y una bacinilla dorada, para males menores, oculta en un discreto mueble bajo el lavabo, que desembocaba en la vía.

Allí llegó el joven Reyes, de madrugada, ancho y soñoliento con su baúl,  para encontrarse con los empleados del ferrocarril formados en el andén, marciales como un destacamento de húsares, ante una alfombra roja que señalaba el camino al vagón. Cuando preguntó por aquel inesperado recibimiento le comentaron que estaban esperando al Rey. “¿A qué rey?”, alcanzó a decir. Y el jefe de estación, blandiendo un  telegrama que firmaba Alfonso Rey, exclamó con la misma voz que un barítono de opereta: “Al rey Alfonso XIII, mire”. Deshecho el equívoco, aquella improvisada compañía de honores se retiró mirándole mal, de arriba abajo –no demasiado arriba, como veremos-, porque ya entonces no abundaban los reyes en Europa, ni los cortejos, ni las alfombras rojas. 

Y es que no ocultaba, Alfonso Reyes, una involuntaria tendencia para provocar  malentendidos. Como esa vez en que le confundieron con un rejoneador del mismo nombre, lo que motivó la llegada a la legación consular en la que trabajaba de misivas a nombre de Monsieur Reyes, Ministre et Toreador. También de paso por La Habana, en otro de sus viajes como embajador, fue recibido en el puerto por los corresponsales de los principales diarios –fotos, entrevistas, autógrafos-, quienes saludaron al día siguiente en las portadas al inmortal autor de Los humildes senderos, libro que nunca había escrito, y que era obra de… Antonio Reyes, que también es ya casualidad.

Otra historia que contaba a menudo fue cuando le tomaron por un fantasma, en Roma. Estuvo un par de días hospedado en el Palazzo di Spagna, donde existía la superstición popular de que estaba habitado por el espectro del cura piccolo, de modo que cuando la servidumbre lo entrevió caminando, de noche, bajito y regordete (con perdón) por los corredores, medio borroso, empezaron a hacerse cruces y ristras de ajos. Siempre le pesó, eso sí, su falta de estatura, no la intelectual, por supuesto, sino de la de llegar a las estanterías de arriba, así que la única cosa que hizo prometer a la que sería su esposa fue que le daría un hijo más alto que él.

Y nada, de vuelta a México, jubilado del asunto plenipotenciario, se construyó una casa con biblioteca que acabó siendo una biblioteca con casa, tanto que sus amigos comenzaron a llamarla La capilla Alfonsina. Allí pasaba los días, como un capitán en el puente de mando; la mirada perdida en aquel horizonte de libros, un estante tras otro, ordenados y limpios, impasibles como los empleados de la estación de Lyon.

*Alfonso Reyes en su despacho con su instrumento favorito: un libro. Entonces tenía un perfil atusado de poeta romántico.
 

 

EL LOCO DE EJULVE. MINICUENTO DE SARA

EL LOCO DE EJULVE. MINICUENTO DE SARA

[Son las fiestas de Garrapinillos. Anoche, hacia las cuatro de la madrugada, fui a buscar a los trasnochadores Jorge y Diego, 15 y 17 años todavía. Diego me dijo que le había llamado la atención un cuento que había escrito su hermana Sara. Esta mañana lo he encontrado en la memoria del ordenador, y lo traigo aquí.]

 

CUENTO DEDICADO AL LOCO DE EJULVE

 

Érase una vez en un pueblo llamado Ejulve, en el que residía un señor al que conocían como el loco. Había matado a su propio padre y a su mujer. Estuvo días, meses, años en la cárcel.

Lo metieron en un manicomio. Allí conoció a su media naranja, bueno, a su otra media naranja, que también estaba muy loca. Después de algunos años de relaciones, se casaron en el manicomio y ya no podían tener hijos por la menopausia. Como ya habían estado muchos años, al final les dieron el alta. Y se fueron a Ejulve,  donde el loco votó a mi primo en las elecciones. Y ahora, mi primo Chema es el alcalde gracias a el. El loco murió hace pocos días y donó todo su dinero al ayuntamiento de Ejulve.

 

Esta historia está basada en hechos reales.

*La fotografía pertenece a Gerald Bloncourt.