Blogia
Antón Castro

Escritores

VIDAS Y ÉXODOS DE ARANA

VIDAS Y ÉXODOS DE ARANA

Las vidas y los éxodos de José Ramón Arana

 

[El escritor y sindicalista fue librero ambulante en México, creó varias revistas, escribió poesía y novela, y jamás se pudo olvidar de Aragón]

 

Antón CASTRO

La vida no le dio tregua a José Ruiz Borau (Garrapinillos, 1905- Zaragoza, 1973), José Ramón Arana para la literatura, y él vivió con pasión, con peligro y audacia, a salto de mata, entre el amor, la mala conciencia y el afán de sobrevivir. Siempre sintió la huella de una doble ausencia: Aragón, la tierra, el paisaje inicial de campos, serranías, desiertos y ríos como el Ebro lodoso, y su madre Petra Borau, esposa del maestro Ventura Ruiz, que falleció de tuberculosis en 1913 cuando José tenía ocho años. Petra murió en 1956 y su hijo soñó con volver a casa para acompañarla en su último viaje: lo haría algunos años después, en 1972, enfermo ya de un tumor cerebral. Logró que sus restos pasasen al cementerio de Monegrillo y ahora comparten tumba y lápida.

José Ruiz Borau nació en la escuela de chicos de Garrapinillos, cuya biblioteca ahora lleva su nombre. Pronto empezó a trabajar de aprendiz en una imprenta, en un almacén, quiso ser maletilla, y lo era, de capea en capea, hasta que una vaca, Chorreada, le produjo una gran herida. Quizá la afición derivase de uno de los empleos de su madre: era modista y solía coser capotes. El joven, tras el desengaño y el disgusto que ocasionó en casa, se marchó a Barcelona a trabajar en una fundición, de lo que habla en profusión en su libro ‘Can Girona. El desván de los recuerdos’ (1973), que era su proyecto de memorias. Aquel fue un período interesante: frecuentó bibliotecas y ateneos, descubrió el anarquismo, se afilió a la CNT y se casó, en 1925, con Mercedes Gracia Argensó, con quien tendría cinco hijos (o quizá seis porque el primero habría muerto muy pronto): Augusto, Alberto (que es escritor y narra la historia familiar en ‘La piel de la serpiente’, 2001), Marisol, Rafael y Mercedes. Por aquellos días, tal como documentó uno de sus mejores estudiosos, Javier Barreiro -Arana ha sido estudiado, entre otros, por José Luis Melero, Javier Quiñones, Luis Esteve, Eloy Fernández Clemente y Alejandro Díez Torre- publicó sus primeros poemas en la revista ‘Pluma aragonesa’. En 1931, la familia regresó a Zaragoza porque José consiguió un modesto empleo en el Banco Hispano Americano, y eso le condujo al sindicalismo: representó a UGT en la Federación de Banca y Bolsa y llegaría a ser uno de sus principales líderes.

La Guerra Civil le cogió en Zaragoza y decidió llevar a su familia a Monegrillo, donde no tardaría en volver y ejercería, nombrado por los anarquistas, de maestro de pueblo. Poco después se trasladó a Lérida y, en medio de tantas convulsiones, sería nombrado Consejero de Obras Públicas y luego de Hacienda del Consejo de Aragón, con sede en Caspe. Su familia intentó seguirle pero solo encontró acomodo en Mequinenza, Javier Barreiro, en la edición de sus más que interesantes ‘Poesías’ (Rolde, 2005), dice que en este cargo “proyecta la creación de un órgano regional de cajas de ahorros y ejerce una labor febril”. A finales de abril se desplazó a Rusia, viaje que dio lugar al libro ‘Apuntes de un viaje a la URSS’ (1938). Tras dejar embarazada a su esposa de la niña Mercedes, a la que no llegaría a conocer y a la que dedicaría una sincera elegía, se marchó a Bayona y finalmente al exilio. Estuvo en el campo de concentración de Gurs, que le inspiró muchos poemas. Para entonces ya había conocido a la que iba a ser su segunda compañera: la poeta María Dolores Arana, con quien se reunirá primero en Francia y luego, definitivamente, en Mèxico. A ella le debe el seudónimo que le ha dado fama: José Ramón Arana.

Con María Dolores vivirá hasta 1959. Casi una década antes había conocido a la profesora de música y republicana Elvira Godás, con la que se casaría en 1960. La primera cita, el día de Reyes de 1950, la contó así Javier Quiñones para ‘Artes & Letras’ de HERALDO: “Arana, vestido toscamente, se presentó con un paquetito de bombones en un cucuruchito humilde de papel y fueron a sentarse a un banco de la alameda y allí conversaron hasta las tres de la mañana”. En México, Arana fue librero ambulante que cargaba sus volúmenes e iba de lugar en lugar, de café en café, y a veces de pueblito en pueblito. Fueron años de estrecheces; con María Dolores tuvo dos hijos más: Juan Ramón y Federico. Simón Otaola abordó la ingente labor cultural del zaragozano en un libro muy recomendable, que recuperó para Ediciones el Imán su primo José Luis Borau: ‘La librería de Arana’. Allí puede leerse este retrato: “[José Ramón Arana] es fuerte y cuadrado. Tiene porte exterior de capataz. Tiene cara de palabrotas, de hombre feroz, de sargento Malacara. Le rascas, de corazón a corazón, y se observa que las apariencias se ceban en él porque es, lo que se dice, un niño, un niño gigantón y admirable. Vendiendo libros, hablando y escribiendo de España, sufriendo y soñando se le va la vida.” Vivía por España, ebrio de melancolía, y se acordaba una y otra vez de Aragón. Alentó tres revistas literarias: ‘Aragón’, que realizó cinco entregas, entre 1943 y 1945; ‘Ruedo Ibérico’, con un único número en 1944, y ‘Las Españas’, 25 números a lo largo de ocho años, entre 1946 y 1953.

En 1950 publicó la que muchos consideran su obra maestra: ‘El cura de Almuniaced’, que narra la historia de un sacerdote, hondamente humanista, que se enfrenta al poder, a la tiranía fascista y al descontrol de los milicianos en el contexto de la Guerra Civil. Publicó otros textos, tuvo un hijo con Elvira Godás, Veturián, título también de su única obra teatral. En 1968 se le descubrió un tumor cerebral y empezó a barajar el regreso a España, algo que hizo en 1972. Se afincó en Casteldefells y murió en la clínica Quirón, donde se sometió a un famoso tratamiento del doctor Blanco Cordero, que no tuvo éxito. Su hijo Alberto lo vio poco antes del adiós, en el lecho, y entrevió la humedad de unas lágrimas en su último rostro.  

 

*La Ilustración es de José Luis Cano para el libro 'Zaragoza' de Media Vaca.

50 AÑOS DE FIESTA DE LA VENDIMIA DEL CAMPO DE CARIÑENA

LA D.O.P. CARIÑENA CELEBRARÁ SU 50ª FIESTA DE LA VENDIMIA CON ELVIRA LINDO DE INVITADA DE HONOR

[Nota de prensa de la DOP Cariñena]- La 50ª edición de la Fiesta de la Vendimia de la Denominación de Origen Protegida Cariñena, que tendrá lugar los días 24 y 25 del próximo mes de septiembre,  contará con la escritora y periodista Elvira Lindo como invitada de honor. En esta edición especial se amplía la celebración a todo el fin de semana, con numerosas actividades dirigidas a todo tipo de público. En la Plaza del Vino, centro neurálgico de la fiesta, y en el Museo del Vino habrá actuaciones musicales de grupos aragoneses como la Big Band de Muel, Bufacalibos de Biella Nuei, el grupo de jotas “Carallana”, el cantautor Celino Gracia o Los Tres Norteamericanos. Además, se recupera la tradición del Tren del Vino desde Zaragoza a Cariñena y se continúa otra de más reciente creación, la del Paseo de las Estrellas de Cariñena. Varios programas de radio de ámbito regional y nacional emitirán en directo desde el Museo. La Denominación ha creado una imagen especial para conmemorar el medio centenar de ediciones de la Fiesta.  

 

Los actos se concentrarán en la jornada del domingo 25, pero comenzarán ya el viernes 23 con el programa de Radio Marca "Intermedio", de 16 a 19 horas, que se emitirá desde Cariñena para toda España. El sábado por la mañana (de 12 a 14 h) será el turno del programa dirigido por Miguel Mena "A vivir Aragón", de la Cadena SER. La fiesta tendrá a las 19,00 horas del sábado otro momento destacado con la apertura de la Plaza del Vino -donde se pueden degustar los Vinos de las Piedras y tapas y raciones- y la actuación del cantante Toño Julve y su grupo “Emociones a la Carta”, además del espectáculo de animación infantil a cargo de la compañía “La Percuta” que recorrerá también otros puntos de la ciudad desde las 20 horas. 

 

El domingo a las 10,45 horas de la mañana el Tren Azul del Vino, que habrá partido de Zaragoza a las 10 h, llegará a la estación de Cariñena, donde será recibido por la Banda de Música de Muel. La Denominación recupera así esta tradición, que se realizará además con material histórico, de la Asociación Zaragozana de Amigos del Ferrocarril y Tranvías (AZAFT). La restaurada composición podrá ser visitada durante la jornada del domingo en la estación de Renfe.

 

A las 11,30 horas tendrá lugar el Acto de Exaltación del Vino y la ofrenda del primer mosto del año al Santo Cristo de Santiago. El momento culminante se producirá cuando la invitada de honor active el interruptor que enciende la Fuente de la Mora y de sus caños comiencen a manar miles de litros de vino. La escritora y periodista Elvira Lindo, conocida por su serie juvenil “Manolito Gafotas” o novelas como “Lugares que no quiero compartir con nadie” o la más reciente “Noches sin dormir”, será  la encargada de hacerlo este año. Una función que en ediciones anteriores han protagonizado otros destacados personajes de diferentes ámbitos como los entonces Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía -coincidiendo con el 75 aniversario de la Denominación-; el entrenador de la selección española de fútbol, Vicente del Bosque; el cocinero Juan Manuel Sánchez, primer ganador de MasterChef; el actor y gastrónomo Juan Echanove; la exministra Carmen Chacón, el cineasta David Trueba o el actor Gabino Diego, invitado de honor de la pasada edición.

 

Una vez terminado el acto central de la Fiesta de la Vendimia, a las 12,15 horas está previsto que la escritora y periodista Elvira Lindo plasme sus manos en una placa de granito natural con  una silueta de hoja de vid de cemento, en el Paseo de las Estrellas de Cariñena. Este paseo, a modo del famoso bulevar hollywoodiense, alberga desde hace dos años las manos de las personalidades que visitan la Denominación de Origen Protegida. Sus huellas se sumarán así a las de David Trueba, que inauguró la iniciativa, a las de los directores de cine aragoneses Miguel Ángel Lamata y Paula Ortiz y a la del actor Gabino Diego.

 

La Fiesta de la Vendimia continuará también como ya es tradicional en la Plaza del Vino. Desde las doce del mediodía, los visitantes podrán degustar los mejores caldos de las bodegas que componen la Denominación de Origen Protegida y exquisitas tapas elaboradas con productos aragoneses. También a partir de las 12 y hasta las 13 h se desarrollará la ronda callejera de San Martín.

 

A las 12,30 horas en el Quiosco de la Música de la Plaza, la Banda de Muel pondrá otra nota musical y a las 13 horas la comparsa de Gigantes y Cabezudos iniciará su recorrido por las calles de la ciudad. Por la tarde, de 17,30 a 19,00 horas la animación infantil estará presente en varias calles de la ciudad, a las 18,30 h el Tren Azul del Vino efectuará su salida de vuelta a Zaragoza. El domingo por la tarde se concentran la mayoría de actuaciones musicales. A las 18,30 h, en el Quiosco de la Música el cuarteto Bufacalibos de Biella Nuei interpretará algunos de sus temas. También el Grupo de Jotas Carallana a las 20 horas en la Plaza de España, el cantautor Celino Gracia en el Museo del Vino a esa misma hora y “Los tres Norteamericanos” a las 20,30 horas en el Quiosco de la Música.

 

El colofón de esta 50º edición de la Fiesta de la Vendimia llegará a las 22 horas en las inmediaciones del campo de fútbol donde tendrá lugar un espectáculo de Fuegos Artificiales.

 

Coincidiendo con el año de celebración de su medio centenar de ediciones, el Ayuntamiento de Cariñena ha solicitado al Gobierno de Aragón la declaración de este tradicional acto como fiesta de interés turístico regional.

 

LA VENDIMIA DISMINUYE UN 25% DEBIDO A LA CLIMATOLOGÍA, PERO SE MANTIENE EN LA MEDIA DE LOS ÚLTIMOS AÑOS

 

Un año más, las viñas cargadas de uvas esperan a ser recogidas en las más de 14.459 hectáreas que componen la Denominación de Origen Cariñena. El Consejo Regulador prevé este año una cifra de cosecha en torno a un 25% menos que en 2015 -excepcional por las condiciones especiales que reunió-, pero dentro de la media de los últimos diez años. “La climatología desde hace tres meses ha sido muy seca, con un calor bastante agobiante, pero pese a ello estaremos en torno a los 83 millones de kilos", explica el presidente de la Denominación, Antonio Ubide. No obstante, la cifra final dependerá de cómo evolucione el tiempo en las próximas semanas.

 

En cualquier caso, las previsiones para esta cosecha continúan así el buen balance de los ejercicios anteriores. La calidad de la uva ha sido en este tiempo muy buena o excelente, como pone de manifiesto la calificación oficial de las añadas:

 

2010

Excelente

2011

Excelente

2012

Muy Buena

2013

Muy Buena

2014

Muy Buena

2015

Muy Buena

 

La uva también presenta este año unas características muy buenas. Las primeras variedades (Chardonnay o Merlot) empezarán a recogerse a comienzos de septiembre aunque el grueso de la vendimia arrancará en la segunda quincena de ese mes. En un 80 % de la superficie de la Denominación se hace ya con máquinas vendimiadoras.

 

ELVIRA LINDO, UNA POLIFACÉTICA AUTORA EN CINE, TEATRO Y LITERATURA ESPAÑOLA

 

         La gaditana Elvira Lindo, cosecha de 1962, es una de las escritoras más consagradas de la literaturaespañola. Comenzó la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid alternando su trabajo como locutora para Radio Nacional de España, donde interpretaba al niño madrileño Manolito Gafotas, que más tarde se convertiría en protagonista de su primera novela y en un clásico de la literatura infantil en España. Las aventuras de Manolito han sido traducidas a más de 20 idiomas, entre ellos, el chino, el japonés, el turco y, actualmente, su versión inglesa. Merecedora del Premio Nacional de literatura Infantil y Juvenil en 1996, a lo largo de los años su actividad ha abordado el periodismo, la novela y el guión televisivo y cinematográfico.

 

Ha escrito novelas para adultos como “Algo más inesperado que la muerte”, “Una palabra tuya”-XIX Premio Biblioteca Breve-, “Lo que me queda por vivir” y “Lugares que no quiero compartir con nadie” y “Noches sin dormir”, un diario muy personal de su último invierno en Nueva York. También es autora de teatro y de los guiones para las películas “La primera noche de mi vida” junto al director Miguel Albaladejo, “Manolito Gafotas”, su popular personaje llevado a la gran pantalla, “Plenilunio”, adaptación de la novela de su marido, el escritor y académico Antonio Muñoz Molina, y “La vida inesperada” dirigida por Jorge Torregrosa y protagonizada por Javier Cámara y Raúl Arévalo.  

 

         Su prolífera carrera como escritora le sirve para colaborar asiduamente en medios como El País con la columna veraniega “Tintos de verano”, en la que caracterizó su vida de “intelectual progre” y que más tarde ha sido publicada en forma de libros. Actualmente publica dos columnas a la semana, en El País, “Don de gentes” los domingos y la de la última página los miércoles. También escribe un artículo semanal en la revista Elle y colabora en la Cadena SER en el programa “La Ventana” dirigido por Carles Francino. 

GARCÍA LORCA: 80 AÑOS DESPUÉS

GARCÍA LORCA: 80 AÑOS DESPUÉS

GARCÍA LORCA: ASÍ QUE PASEN 80 AÑOS*

El verano de 1976, creo que fue por entonces, me trajo toda una revelación: la figura de Federico García Lorca y la generación del 27. Un día en una revista, ‘Semana’ o ‘As color’, vi una oferta del Círculo de Lectores con sus ‘Obras’. Me llegó por correo aquel volumen ahuesado de más de 300 páginas con ‘Impresiones y paisajes’, ‘Libro de poemas’, ‘Romancero gitano’, ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’ y algunas obras de teatro, entre ellas ‘Yerma’ y ‘La casa de Bernarda Alba’. También iba en el lote ‘Diván del Tamarit’. Pensé que no había que saltarse nada, aunque el deslumbramiento se produjo con ‘Romancero gitano’, por el universo dramático y misterioso, aquellos seres marcados por la fatalidad, la presencia de la luna, las pasiones imposibles, tan sexuales, tan absorbentes, la atmósfera de cine (“El día se vas despacio, / la tarde colgada a un hombro, / dando una larga torera / sobre el mar y los arroyos”), la profusión de metáforas que procedían de la tradición popular, de los cantares andaluces, de la modernización de la mirada poética y de un sentido musical impresionante. El ‘Romancero gitano’ tenía algo de novela fragmentada: el lector la tejía poco a poco en su cabeza. Me impresionaron su lenguaje, la elección de palabras, su latido y su melodía, la belleza sonora, la épica intemporal. Leí el libro una y otra vez, lo llené de notas del diccionario, de subrayados. Me cautivó especialmente el ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, esa elegía tan espectacular y sentida con su fraseo taurino y la percepción de la muerte en la tarde insondable. Lorca fue una escuela de castellano, un laboratorio de imaginación y de quimeras, era la fluidez, la inspiración, la facilidad increíble del armador de metáforas y símbolos. Con el paso del tiempo, ‘Diván del Tamarit’ se convertiría en mi libro preferido: el amor hecho embrujo y plenitud, plasticidad árabe y dolor, nube de oro y vapor de sueño. Poco a poco, como otros compañeros, descubrí más cosas de Lorca: su pasión por el flamenco, su compromiso con la II República, su tarea en las Misiones Pedagógicas, su encanto personal, sus amores tempestuosos, su candor, su surrealismo, su concepto de la amistad, el libro del espanto que fue ‘Poeta en Nueva York’, y su muerte incivil, aciaga, que nació de la sangre turbia que se encona aún más y se envenena de odio. Han pasado 80 años.
*Este texto se publicó el domingo en 'Cuentos de domingo' en Heraldo de Aragón.

JESÚS JIMÉNEZ: UN DIÁLOGO

JESÚS JIMÉNEZ: UN DIÁLOGO

Jesús Jiménez Domínguez (Zaragoza, 1970) es una de las voces más personales de la lírica española de los últimos años. Con la llegada de l a primavera publicaba en La Bella Varsovia su libro ’Contras las cosas redondas’, que pronto llegó a su segunda edición. Aquí el autor explica algunas de las claves del libro, su poética y recomienda algunos libros para leer en verano. O en cualquier momento del año. Ayer sábado se publicaba un amplio fragmento; hoy aparece al completo.

 

¿Cuál es el ánimo esencial de ‘Contra las cosas redondas’? 

Una exaltación -siquiera indirecta, siquiera digresiva- de la vida mediante la observación de personas y cosas que la acompañan y un día la dejan. Sigo preguntándome por los asuntos de siempre: quién soy yo y cómo es este mundo. En qué consiste esto de vivir cuando la vida nos viene dada sin garantía ni manual de instrucciones. Hay muchas preguntas en este libro y pocas certezas. 

 

Dice en el primer poema: “Los días, llegando de uno en uno, / rebosan las orillas del corazón y lo desbordan”. ¿Eso qué es: aceptación gozosa del presente u otra cosa?  

 Beneplácito, aceptación dichosa del presente; pero también asombro y fascinación ante ese caudal salvaje y desordenado que es la suma de instantes: la vida.

 

En el poema que da título al libro, dice que prefiere las cosas informes, las imperfectas, con taras. ¿A qué tipo de imperfección se refiere?

 Hay una cierta rebeldía ante la tiranía de lo bello, perfecto y armónico a favor de lo imperfecto, raro y aparentemente vulgar. Un “camino de imperfección”, como sugiere el poeta, ensayista y crítico Antonio Rivero Taravillo. Una versiónlight de aquellos versos de Rimbaud: “Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”. Y también una invitación a dudar de los dogmas de fe, de las verdades supuestamente inalterables.

 

¿Cómo se fue armando y organizando el libro, cómo surgieron los poemas?  

 Suelo decir que no escribo libros de poesía, sino poemas sueltos a lo largo de varios, bastantes años. Solo cuando dispongo de un buen puñado de ellos (alrededor de treinta y cinco o cuarenta poemas) intento armar un libro, ordenándolos de una manera estratégica, buscando afinidades entre ellos. En realidad, pienso que los poemas nacen con vocación de singles, pero el mercado editorial de la poesía (si es que tal existe) requiere elepés y hasta dobles elepés, así que les envío un montón de poemas dentro ese engañoso formato.

 

 

¿Hay que leer sus partes en una clave especial, como una sinfonía con sus partes o es un orden un poco azaroso?  

El orden de los poemas es bastante fortuito. Cada poema tiene su propio status independiente: puede leerse por separado y en un orden no prefijado. En principio, por eso mismo de ir contra un libro “redondo”, no concebí una estructura cerrada para el libro, pero luego se me ocurrió el juego tonto de las preposiciones: “Ante” (que se abre con el poema “Credenciales” y que es la parte más metapoética del poemario), “Bajo”, “Cabe”, “Con” y “Contra” (que arranca con el poema que da título al libro). 

 

  

Uno de los poemas más emocionantes del libro es ‘La luz’. ¿Podríamos decir que es un pequeño manifiesto o la clave del conjunto? ¿Una apuesta por la felicidad?  

 No soy muy amigo de manifiestos y panfletos ni siento la necesidad de pontificar o teorizar. Para mí, la poesía tiene más de pregunta e indagación que de respuesta y aseveración. Por supuesto, cada poema es una manifestación. Y me gusta pensar que la poesía es el periódico de lo invisible y lo fugaz, de esas pequeñas cosas cotidianas en las que apenas reparamos porque hemos hecho de nuestra vida un río vertiginoso. Los poemas que me interesan son aquellos que dan noticia íntima de cada uno de nosotros, aunque sea a mi manera, de forma alegórica.

 

  

¿Por qué es la poesía la alumna aventajada de la luz?  

 Allí donde la objetividad de la ciencia no llega, lo hace la subjetividad de la poesía. Esta pone bajo su foco aspectos del mundo y de nosotros mismos que no conocíamos o que habíamos olvidado. La poesía nos muestra la cara oculta de las cosas, las ilumina. Es un gran caer en la cuenta, como decía Valente.

 

  

Este también es el libro de las pequeñas cosas, de los actos inadvertidos, ¿qué te da la observación de lo cotidiano, en qué radica su poesía?  

Con las cosas más cotidianas y a primera vista insignificantes puedes armar un gran poema que hable del mundo. No necesitas palabras ostentosas, ni palacios marmóreos, ni grandes verdades universales. Dame al azar dos o tres objetos muy humildes y, con tiempo, te descubriré unas rencillas o unos amores recónditos entre ellos. Y lo que es mejor: hallarás en sus asuntos privados tus mismos asuntos. Así funcionan gran parte de mis poemas. 

 

  

¿Qué supone para ti alcanzar una segunda edición de poesía?  

Supone la existencia de una confianza firme por parte de la editora, Elena Medel, al apostar por una vida prolongada del libro cuando la misma dinámica del mercado editorial parece señalar lo contrario. Dupone la sospecha, aunque suene muy inmodesto por mi parte, de que en muchos rincones del país hay un puñado nada desdeñable de lectores, muy fieles y exigentes, que esperan durante años la publicación de un libro mío y que compran a ciegas, como si Jiménez Domínguez fuera una marca de confianza.

 

  

Llevas casi dos décadas en la poesía. ¿Cuál ha sido tu evolución, cómo ves tu camino?  

Aunque empecé a escribir poemas a los 9 años, solo publiqué mi primer libro (a los 30 años) cuando pensé que era una edad apropiada. Ahora que nadie nos oye, me confesaré: ojalá hubiera esperado algunos años más para hacerlo. He estado aprendiendo todo el tiempo y sigo haciéndolo, por eso siempre tengo la impresión de estar empezando. Comencé muy imbuido por las vanguardias y todos los ismos de principios del siglo XX. Con el tiempo he sabido, creo, subrayar lo esencial del hecho poético sin preocuparme de retóricas retorcidas ni de parecer moderno. ¿Quién querría ser moderno pudiendo elegir ser eterno? Esa sería una noble, aunque utópica, aspiración.

 

  

¿Cómo se construye un lenguaje poético personal?  

No tengo ni idea. Todos andamos tras la piedra filosofal del “estilo propio”, pero no existe una fórmula mágica. Supongo que no queda otra solución que leer mucho y diverso, intentar ser permeable y no temer a las influencias. Todo ese maremágnum de influencias adquiridas a lo largo del tiempo y un prolongado, incansable trabajo de indagación personal, ayuda a la construcción de un estilo, de un lenguaje poético personal. Ah, y correr algunos riesgos, buscar tu propio camino sin pensar si va en una dirección contraria al de los demás. 

 

  

¿Ha vuelto la poesía a nuestras vidas y a nuestras noches de una manera natural o es un espejismo?  

 ¿Se fue alguna vez? Esencialmente no. Si la pregunta va en la dirección de cuál es el momento actual de la poesía en España, tengo que señalar que esta sigue demostrando su mala salud de hierro frente a cualquier crisis.  hay una actividad frenética todas las semanas: publicaciones de libros, presentaciones, recitales, blogs, festivales… empieza a haber tantos festivales de poesía como de música.

 

  

¿Podrías decirnos por qué debemos leer poesía?  

Hace unos años la Universidad inglesa de Liverpool llegó a la conclusión de que la poesía estimula la mente y resulta más beneficiosa terapéuticamente que los libros de autoayuda. No hacían falta tantos estudios para llegar a esa conclusión. Yo podría dar otras muchas razones, todas ellas muy personales, pero me quedo con esta, muy poderosa y primordial: no olvidar quiénes somos. 

 

  

Recomiéndanos tres o cuatro libros de poesía para leer en verano.  

  Estuve el verano pasado en un festival de poesía en Rumanía y me traje de allí dos nombres ineludibles: Ion Mureşan e Ioan Es.Pop. En verano, tiempo de amores desordenados, suelo serle infiel a la poesía para arrimarme más a la novela. Para los que deseen recorrer el camino inverso recomiendo en esta época del año la poesía llena de viajes (geográficos e interiores) de Adam Zagajewski (Mano invisible) o de Martín López-Vega (Adulto Extranjero). Y, sobretodo, la poesía de Wislawa Szymborska, que es amena, luminosa y siempre fresca. He veraneado más veces en los poemas de Wisława que en el Mediterráneo.

 

*La foto es de Joaquín Puga.

 

CUATRO POEMAS DEL LIBRO

 

CUATRO POEMAS DE “CONTRA LAS COSAS REDONDAS”

(ED. LA BELLA VARSOVIA, 2016)

 

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ

 

 

 

 

LA LUZ

 

Ranas, quietos budas pequeños

sobre los troncos, sobre las rocas,

bajo las cenefas rojas y naranjas del atardecer,

¿cuál es el objeto de vuestras meditaciones?

¿Qué guarda vuestra pupila que a la deriva flota

en el ojo como una gota de aceite sobre la leche,

como una nube vacilante sobre la fe?

 

Acaso veis brincar en el aire demorado del instante

la raspa de un pez, sus galas de carne y lentejuelas

bajo el biombo del agua donde vivimos y morimos juntos,

donde las piedras del fondo —pequeñas y redondas—

son cuentas huidas de un rosario o blancas tacitas de té.

 

Cantáis y cantáis sin descanso, hasta que el sol

con el perfil gastado del emperador deja de rodar.

Y la Poesía, la alumna aventajada de la luz,

¿adónde se retira cuando cae la noche?

La buscamos a tientas en la oscuridad

frotando una palabra contra otra, torpemente,

como esas cerillas húmedas o descabezadas

que, en mitad de un largo velatorio,

tratamos en vano de encender.

 

PARQUE DE ATRACCIONES

 

Un día nos perdemos en el Laberinto de los Espejos

y, al recobrar la salida, se ha hecho tarde y estás solo.

¿Dónde quedaron aquellos que te acompañaban?

 

El fuego azul de la lluvia desmanteló la noria.

El sol se largó con los colores rojos del tiovivo.

La indolencia y los días, mano a mano, puño a puño,

hicieron otro tanto y se encargaron del resto.

 

Aquí el viento empuja el ojo caído de una muñeca

y lo invita a recorrer la cara oscura de la vida,

esa que nunca se ríe porque —de hacerlo—

te asustaría su feo agujero con solo dos dientes o tres.

 

Un vencido chicle de junio del noventa y siete,

antes emblema de una juventud dulce y perdurable,

ahora sujeta en la puerta del urinario este cartel:

Hallados manojo de llaves y zapato ortopédico

en la Casa Magnética. Preguntar en Mantenimiento.

 

En el viejo puesto de algodón de azúcar solo queda,

abierto como una flor carnívora, un paraguas negro.

Debajo está la mancha cenicienta del hombre

al que un gran anhelo —o la falta de él— consumió.

 

Los volcados contenedores de la basura

son vagones descarrilados del trenecito chu-chú.

En lo alto de un pino, en la cabeza decapitada

de Mickey Mouse, anidan los cuervos de Poe.

 

Cuarenta y tantos años, cincuenta: pasaron veloces.

Un día nos perdemos en el Laberinto de los Espejos

y, al recobrar la salida, estás ya en la Casa del Terror.

 

CUERPO

 

En esta bolsa de viaje, madre, guardaste

lo necesario: una mente, un estómago y un sexo.

Nervios y bronquios. Riñones: dos por si acaso.

Con unas pinzas de cocina, del más grande

al más pequeño, fuiste introduciendo los huesos.

Para que no se soltaran y golpearan en las vueltas

del camino los anudaste con tendones y venas,

los envolviste primorosamente de tejidos y músculos.

Terminada la tarea, dejaste un corazón

al cuidado de todo: esta es mi herencia, hijo,

no la derroches; aunque escasa, habrá de bastarte.

 

Madre, nunca pensé que fuera tan caro este viaje.

Todo en este mundo cuesta un ojo de la cara

y el otro no me alcanza para ver los precios.

Tratando de ganarle la mano al tiempo, pierdo la cabeza.

En cada caricia que extendí me voy dejando la piel.

Pago con los cinco sentidos por la cuarta hoja del trébol.

En busca de las peras del olmo caigo despechado,

me desgañito, me descorazono, me deslomo.

 

Madre, para desvivirme por esta vida y estos deseos

en cada aduana tengo que echar mano del cuerpo.

Cuando llegue —¿a dónde? ¿cuándo?— ignoro

qué quedará de cuanto me diste, en qué estado.

¿Sabrá el destino, apostado en un oscuro callejón

sin salida, que soy yo cuanto largo tiempo esperó?

¿Montará en cólera al comprobar, albarán en mano,

que nada llega completo, intacto ni nuevo?

¿Tendré que desembolsarle algo más, madre,

por cada desperfecto, por cada mengua, por cada desfalco?

 

El viento hace danzar el envoltorio viejo de un caramelo.

El halcón lleva consigo la urgencia del vuelo y nada más.

La pera que cae de la rama deja su sitio a la pera futura

sin mediar notario alguno, herencia ni aflicción.

Al menos he de guardar dentro de mí algo de todos ellos,

hallar un sentido que haga frente a cuanto voy dejando.

En esta lucha sin cuartel todo me sirve y poco me alcanza.

En este cuerpo a cuerpo nada tiene el alma que perder.

 

CONTRA LAS COSAS REDONDAS

 

Amamos las cosas redondas pensando

que han de ser eternas y amables y perfectas:

el pomelo bajo el rotundo sol de agosto,

la pulsera que orbita alrededor del pulso,

la moneda con dos caras y ninguna cruz,

el balón de playa en cuyo interior aún se respira

un paciente aire de mil novecientos ochenta y dos.

 

Hay días redondos en los que todo cuadra

y la vida parece marchar sobre ruedas:

alguien, lija en mano, se encargó

de sustraerle al mundo todas las esquinas,

todas las aristas, todos los bordes.

 

Pero basta que atravieses por un declive

o que todo se vuelva cuesta arriba de repente,

para comprobar que son las cosas redondas

las primeras en abandonar y en echar a correr:

el pomelo, la pulsera, la moneda y el balón.

 

Me niego en redondo a aceptar tales desplantes.

Ante las formas esféricas opongo las cosas informes.

Elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares.

Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces.

Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro,

solo ellas permanecen y nos acompañan siempre.


EL FABULADOR JESÚS MONCADA

EL FABULADOR JESÚS MONCADA

Jesús Moncada, el fabulador

universal del río Ebro

 

El escritor  de Mequinenza, nacido en 1941 y fallecido en 2005, fue un modelo de convivencia entre Aragón y Cataluña y fue distinguido en las dos comunidades

 

 

Antón CASTRO

Uno de los grandes escritores aragoneses y catalanes del último medio siglo ha sido, y sigue siéndolo, Jesús Moncada (Mequinenza, 1941-Barcelona, 2005), hijo de tendero y niño curioso, hambriento de historias y sortilegios, que creció en el pueblo viejo de Mequinenza, anterior a la inundación y al pantano. Fue un joven marcado por la huella del campo, la minería y las navegaciones por el Ebro y el Segre, ríos que solían desbordarse a menudo y fundirse y mezclar sus aguas, prácticamente ante la casa del muchacho. Jesús encarnó como pocos la convivencia natural entre catalanes y aragoneses: fue un escritor aragonés que escribió en catalán, y a su modo creó una lengua enraizada en los registros de su pueblo, y fue un escritor catalán que nació en Aragón y que jamás renunció ni a su memoria, ni a la huella de sus antepasados ni al vínculo, interiorizado, con un paisaje de fondo y con su historia. En 2004 recibió en Teruel el Premio de las Letras Aragonesas, que tanto le enorgulleció.

Jesús Moncada se formó, y casi se forjó, en el colegio Santo Tomás, en el entorno de la plaza de San Cayetano, como alumno interno. Allí descubrió la misteriosa figura del poeta Miguel Labordeta y tuvo de profesor a Rosendo Tello. El autor recordaba en 1998: “Rosendo Tello me decía: “Escríbeme para mañana una octava real. O un soneto, estrofas de pie quebrado, lo que quiera”. Escribí una leyenda mequinenzana, Miguel Labordeta la premió y la publicó en la revista escolar ‘Sampasarana’. Y me regaló los ‘Recuerdos de infancia y juventud’ de Ramón y Cajal de la colección Austral, libro que todavía conservo”.

Aprovechó su estancia en Zaragoza para conocerla bien y para transformarla, muchos años después, en la imaginaria Torrelloba de ‘La galería de las estatuas’, una novela que es un poco su propia historia y una cartografía sentimental de sus paseos y quizá de su melancolía esencial de Mequinenza. Más tarde, tras estudiar Magisterio, dio clases un tiempo en su pueblo y se aficionó a la pintura, algo que desarrollaría entre finales de los años 60 y principios de los 70 en Barcelona, aunque en realidad desde niño solía dibujar en un papel de estraza que le preparaba su padre; logró tal destreza que con nueve años ilustró su primera tentativa literaria: una imitación de ‘Cinco semanas en globo’ de Julio Verne. Se trasladó a Barcelona y realizó varias exposiciones con una obra expresionista, surrealista y un tanto metafísica, que rescató el sello Prames, en una edición de Pedro Pablo Azpeitia: hacía figuras inquietantes, campesinos, sueños. Si poco a poco abandonó la pintura, jamás dejó de dibujar y de colorear: fue un maestro de las dedicatorias y las caricaturas (que editó Mercé Biosca), y solía utilizar hombres con gorra que se le parecían, y algunos animales, pájaros y especialmente cocodrilos, que él, en sueños o en sus fabulaciones, veía surcar el Ebro.

El Ebro fue el auténtico hontanar de sus fabulaciones a través de los cafés de sus orillas, donde se reunían los marinos. Veía ir y venir los ‘llauts’ y oía narraciones de contrabando y aventuras de amor, y a veces de prostíbulo, de cabareteras francesas o de fútbol (fue el escribiente de un cronista ciego) que poblarían, elaboradas a su manera, muchas de las páginas de sus cuentos y de su obra capital: ‘Cami de sirga’ (1988), un friso narrativo ambicioso poblado por navegantes como Honorato del Rom y Arquímedes Quintana o aquella delicada Carlota. Para llegar ahí, a una obra tan madura, había publicado dos libros: ‘El cafè de la Granota’ (1981; ‘El café de la rana’, en la edición de Xordica) e ‘Històries de la má esquerra’ (1985; ‘Historias de la mano izquierda’ en castellano), relatos muy trabajados que reflejan la asimilación del magisterio de Manuel Berdún Torres y su ‘Destierro 6’, “el primer escritor que yo conocí”, de Edmón Vallès y de Pere Calders, el gran cuentista de ‘Crónicas de la verdad oculta’, con quien coincidió en la editorial Montaner y Simón.

A ‘Cami de sirga’, le siguieron la citada ‘La galería de les estatuas’ (1992) y luego ‘Estremida memòria’ (1997) -los tres títulos aparecieron en Anagrama con el título de ‘Camino de sirga’, ‘La galería de las estatuas’ y ‘Estremecida memoria’- y son los libros de un gran escritor, perfeccionista hasta la exasperación, capaz de hacer hasta ocho o diez versiones, que admiraba a Balzac, Lampedusa, Álvaro Cunqueiro o Alejo Carpentier, y que convirtió a Mequinenza en una región universal de la ficción. Él asumió la cita más célebre de Miguel Torga, “lo universal es lo local sin paredes” y estaba feliz porque había sido vertido a una veintena de lenguas, “entre ellas el coreano”, decía. Amaba tanto su idioma que se dedicaba a traducir –con nombres como Maximus Minimus, Cornelius Pi y otros seudónimos- para sobrevivir, claro, y porque estaba seguro de que eso le permitía, día a día, construir una lengua más rica, matizada y sonora, idónea para su escritura llena de humor, sensualidad y una fantasía que invade lo cotidiano y se hace mito.

 

*Autorretrato de Moncada. Este texto ha aparecido en 'Letras estivales' de Heraldo.

 

JORGE RODRIGUEZ DIALOGA CON MIGUEL PARDEZA SOBRE 'TORNEO'

JORGE RODRIGUEZ DIALOGA CON MIGUEL PARDEZA SOBRE 'TORNEO'

Jorge Rodríguez entrevista a Miguel Pardeza en ’Letras Libres’ con motivo de la publicación de su libro ’Torneo’, en el sello Malpaso.

 

http://www.letraslibres.com/blogs/polifonia/un-pais-donde-se-considera-que-leer-es-una-rareza-padece-una-enfermedad-social-grave?page=full

Por Jorge Rodríguez Gascón.

Estudiante y administrador del blog Gol Olímpico.

Miguel Pardeza Pichardo (La Palma del Condado, Huelva, 1965) es un personaje insólito. Futbolista internacional, campeón de la Recopa de Europa con el Real Zaragoza en 1995 y miembro de La Quinta del Buitre, es un lector culto y apasionado, especialista y editor de la obra de González Ruano. Acaba de publicar Torneo (Malpaso, 2016), un “ensayo autobiográfico” en el que repasa sus inicios como deportista profesional y el descubrimiento de la literatura.

En la nota aclaratoria presenta el libro como una especie de desafío. ¿En qué sentido lo era? ¿Se puede leer Torneocomo un libro de formación?  

Era, o eso creo, un doble desafío. Uno básico, gimnástico, poner a prueba mi resistencia física delante de un ordenador. Escribir no es solo un ejercicio intelectual, cerebral, es también físico. Escribir requiere resistencia fisiológica como mantener un ritmo respiratorio adecuado, e incluso tener un culo a prueba de callos, salvo que seas Dickens, Hemingway o Nabokov que escribían, al parecer, de pie, lo que es, o eso me parece a  mí, mucho peor. De aquí que tantos escritores se hayan ayudado con café, alcohol, drogas, o hayan abusado de la meditación zen o hagan curas depurativas como Vargas Llosa en una clínica famosa de Marbella. Y por otro, quería, o pretendía, conocer hasta dónde era capaz de alcanzar mi memoria, por lo común muy perezosa. Desde estos dos puntos de vista, sí que Torneo encaja en la literatura de formación, o mejor dicho de iniciación, aunque no quiero olvidarme lo que el libro tiene, por supuesto, de autoconocimiento.  

Hay un acontecimiento fundamental en su juventud, que es la apertura de una biblioteca en su pueblo, La Palma del Condado. ¿Cómo se produce el descubrimiento de la literatura y qué importancia ha tenido en su vida?

Mi estancia aquí en la tierra no me la explico sin libros. Como tampoco me la explicaba sin fútbol mientras estaba en activo. A los unos y al otro he dedicado casi toda mi vida hasta el momento. La apertura de la biblioteca de mi pueblo, La Palma del Condado, fue crucial porque me mostró que la abundancia de libros en un mismo espacio era factible. Tuvo el encanto de una revelación aritmética. Un contraste emocionante porque en mi casa solo había una enciclopedia Larousse, Guerra y pazincompleto, libros de higiene corporal, un tocho titulado más o menos Un niño va a nacer y tres o cuatros tomos sobre mecánica. Muy poco más. Es decir, nada. Como era aún casi un niño aquel impacto, como decía, fue solo visual, pues mis intereses del momento no pasaban de Astérix. Pero quiero creer que allí en la sala de lectura, al lado de una ventana que daba a Ronda de los Legionarios, mientras oía los motores de los camiones Pegaso que por allí cruzaban, concebí la ilusión de tener algún día algo parecido a una biblioteca, uno de los lugares más queridos por mí.

Usted hizo la tesis doctoral sobre César González Ruano. ¿Qué es lo que le interesó de él?

Creo que Ruano, como algún otro, resume casi a la perfección las contradicciones y los despropósitos de la primera mitad del siglo xx. En cincuenta años Europa se desangró dos veces, humilló y avergonzó a la raza humana. En un momento de grandes avances científicos, subversiones culturales y alucinaciones políticas, como el fascismo y el comunismo, solo quedaba opción para la militancia o para el cinismo. Ruano prefirió esta segunda opción. Tenía una frase que me gusta repetir: “sobre mi conciencia todo, sobre mi espalda nada”. Vivió con la inconsciencia y el placer con que se fumaba sus cigarros. Su ética cabía en su tintero, que era negro y espeso. Llevaba sangre del Lazarillo, pero le gustaba el refinamiento de Paul Morand. Con un ojo miraba las luces de nuestro Siglo de Oro mientras con el otro vigilaba las tetas de una ninfa de Montmartre. Mi impresión es que tenía el alma vendida al diablo, aunque en la intimidad se sintiera culpable y soñara con la salvación. Indudablemente, perdió esa guerra de anhelos encontrados. Creo que todos al final la terminamos perdiendo. Entre tanto, nos ha dejado algunas páginas inigualables. Respiraba literatura por todos los botones de sus chaquetas oscuras. La época no lo ayudó; de haberlo hecho, hoy sería algo más que una rareza para bibliófilos y para promesas del articulismo literario.

¿Cree que su afición por la literatura le convertía en un personaje atípico en el mundo del fútbol? ¿Fue la lectura un refugio para aliviar la soledad en sus años en la residencia del Madrid?

Un país donde se considera que leer es una rareza padece una enfermedad social grave. Lo raro debería ser no leer. Pero aquí, la cultura, el conocimiento siempre han levantado sospechas y el recelo no solo del poderoso, ojo, sino también del pueblo. El primero ha tenido al lector como un tipo peligroso al que había que tener vigilado o domesticado, el segundo como un cursi y un pedante. La literatura ha sido considerada siempre por el poder y la fácilmente manipulable gente corriente una cosa de señoritas hiperestésicas,  vagos de atar y académicos. El fútbol es un fenómeno en el que la inteligencia se pone al servicio del músculo o al revés. Las actitudes reflexivas son raras en un deporte que premia la testosterona en un contexto de radical fugacidad. Yo, como me ha gustado ir por libre, jamás me he planteado a mí mismo en términos de raro o normal. Jugué y leía como si fuera las dos caras de una misma personalidad. Y por supuesto, a los libros siempre les estaré agradecido, pues me ayudaron y me ayudan a estar en este malparido teatro que es el mundo.

 En el libro le interesa también el relato de aquellos que no lograron llegar e incluso el perfil desgraciado de los personajes que le rodeaban en la residencia, ¿por qué? ¿hay algo de ficción en esas historias?

Sentir compasión por el perdedor y cierta tirria por el triunfador es la peor tentación de un escritor, diría de casi cualquier hombre. Nunca he entendido por qué quien pierde es más digno de nuestra conmiseración que quien gana. Cualquiera de los dos merecería nuestras lágrimas y nuestro perdón. Ganar y perder son nociones confusas y normalmente intercambiables. El éxito según lo entendemos hoy día compone un cuadro con dos colores únicos, que son  el material y el social, o lo que es lo mismo: el dinero y la fama. Dejo al margen el poder, porque en sí mismo es odioso. Como la vida se las arregla a su manera para compensar tanta desigualdad, se reserva la libertad para que el triunfador engendre sus propias derrotas y que el perdedor encuentra en el fracaso su manera de triunfar. Pero como no soy una excepción, es obvio que me dejo atraer por los desterrados de la ruleta de la fortuna. Por una discutible tradición cultural vemos más literatura en un tirado perdedor que en el exitoso hortera que luce yates y tías buenorras, a las que la gente imagina como la quintaesencia del furor erótico. Y sobre si a esos personajes los adorné con los andrajos de la literatura, solo puede decir que sí. A la tristeza le van muy bien los adjetivos.

Usted fue uno de los jugadores más prometedores del país ya en su adolescencia. El famoso Torneo que da título al libro, en el que le nombraron mejor jugador, le llevó a la cantera del equipo más poderoso de España. En el libro parece que tuvo episodios de inseguridad y de dudas, ¿hasta qué punto le pesó esa responsabilidad? ¿Cómo supo canalizarla para convertirse en el jugador que fue y cómo afectó a su educación sentimental?

Mi problema adolescente no fue de responsabilidad, sino de un exceso de responsabilidad. La vida hay que vivirla, y merece la pena de que así sea, asumiendo todos los riesgos inherentes. Me obsesioné tanto con la idea del triunfo o, aún peor, con el temor a fracasar, que me olvidé de mí y de quién era. Sencillamente, me encerré en una pocilga donde se respiraba un aire fétido y donde solo se oían los gritos desesperados y de dolor de mi adolescencia frustrada. Fue un episodio lamentable, por desconocimiento y una exacerbación de los miedos casi diría metafísicos. En fin. Sobre cómo logré canalizarla, diría que no lo logré, salió adelante como pudo, a duras penas, envuelta en complejos y pánicos de todos los matices. Lo recojo en el libro. Pero si algo le tengo que agradecer a aquel cacao mental –contestando a la tercera pregunta– fue el acercarme más a los libros, de los que ya no me he separado nunca.

¿Han mejorado las estructuras de cantera de los equipos? Ahora, los equipos disponen de mayores recursos y, sin embargo, el Madrid no encuentra emblemas como en su época de jugador. ¿A qué se debe?

No tengo ni idea. Trabajar se trabaja mejor que hace años. Las instalaciones son inmejorables, los entrenadores y monitores están más preparados que los de antes, los de mi época, aunque pueden que les falten más intuición y más amor, sí, por más cursi que suene, un amor por ese niño que quería llegar a algo y al que prestaban no solo conocimientos técnicos, sino también apoyos afectivos. Dicho esto, el talento no es manufacturable, de modo que este viene cuando le da la gana.

¿En qué medida la Quinta del Buitre y el Mundial del 82 pueden servir para hacer un retrato sociológico de la España de la transición?

No lo sé, esa es la verdad, me refiero a la medida exacta. Sin embargo, sí sé que las cosas ocurren y que con el tiempo tendemos a darles un significado histórico o social. A la Quinta se le ha dado, sin duda. Yo mismo he perpetrado esa petulancia. Quise verla como un reflejo del cambio político y social de los años ochenta. Algo parecido le sucedió a la movida madrileña, entendida esta como un movimiento de liberación y sintonización cultural, aunque tengo la impresión de que esta ha quedado como una algazara y un desbocamiento hormonal cuyos resultados no superaron lo anecdótico cuando no lo chocante. El fútbol español venía del letargo de la furia, inventada por algunos periodistas del régimen y fomentada por el Estado franquista, tan aficionado a ver símbolos de la raza en cualquier manifestación por irreal que fuera. Una generación tomó el testigo del fracaso del 82 y se postuló con aire fresco. Aquella la formaban chicos a los que la dictadura les pilló en su decadencia. Su mejor legado tal vez haya consistido en que cambió la mirada del aficionado. De allí surgió una sensibilidad algo más refinada, de la que, quiero pensar, surgieron años de una renovación que concluye en los éxitos de la selección española de estos últimos años.

En Zaragoza no solo encontró la estabilidad, sino también el reconocimiento unánime de la hinchada y los éxitos. ¿Qué importancia tuvo la ciudad y el equipo en su vida?

Mucha, casi todo lo que fui se lo debo a Zaragoza y al club en el que milité durante once temporadas. En Zaragoza, encontré un hogar y un temperamento con el que me identifiqué desde el primer día. Allí nacieron mis hijos. Allí logré títulos junto a compañeros que reconfortan mi memoria. En Zaragoza, mi recién adquirido deslumbramiento literario se fomentó gracias a la compañía de amigos que me abrieron los ojos a un mundo que en mis turbios años de Madrid solo era un presentimiento. Me enseñaron una lección impagable: los libros podían ser una diversión, pero también una forma de vida. Futbolísticamente además fui un privilegiado, coincidí con una etapa brillante de un equipo cuya tradición venía de la excelencia.

¿Quiénes son los jugadores que más le han impresionado?

De todos, Maradona.

Ha vivido en primera línea grandes transformaciones en el mundo del fútbol. ¿Cuáles han sido para usted los mayores cambios? ¿Cree que el fútbol es un negocio sobredimensionado que, de alguna forma, vive por encima de sus posibilidades?

El fútbol es un fenómeno sobredimensionarlo porque vivimos una época sobredimensionada. El poder económico de algunos países está sobredimensionado, así como el poder militar. El hambre está sobredimensionada, la desigualdad entre naciones está sobredimensionada, la ceguera ideológica y el extremismo religioso están sobredimensionados. Todo se ha salido de madre y el fútbol no es más que una consecuencia de un momento histórico en el que lo único que importan son las cifras. Hoy día se celebran los traspasos millonarios como si fuera un récord que al año siguiente hay que batir. Es de locos. La calidad del jugador, por lo general, ha cedido ante el valor de la estadística. En alguna medida, el fútbol se ha vulgarizado porque el triunfo se ha hecho la única causa posible. El aficionado traga con todo, porque le hemos dicho que se olvide de la sensibilidad y que se ponga en la cola para aplaudir los puntos conseguidos. Todo está muy bien siempre que los protagonistas así lo quieran; no soy ningún integrista guardián de idealizaciones subjetivas, pero en muchas ocasiones mientras veo un partido de fútbol lo único que recuerdo cuando termina es la última frase del libro que estaba leyendo.

Hay algo especial en la primera parte del libro. Me refiero a la belleza del fútbol de provincias, sin tantos ejemplos de corrupción o excesos de responsabilidad. ¿Siente nostalgia de ese fútbol?

Sinceramente, no. No siento nostalgia. El fútbol nunca es inocente, ni siquiera en el idealizado fútbol base o aficionado. Puedo decirlo porque he pasado por todas las etapas posibles. Fui canterano, fui profesional y, una vez retirado, fui jugador dominguero en un campeonato laboral. Recuerdo que durante un partido de este último en un campo de la Federación de Fútbol en Zaragoza, tuve que parar el juego y quedarme mirando a un rival para recordarle que lo que estábamos haciendo era únicamente un entretenimiento, no una competición de la que dependiera el pan de nuestros hijos. A la jugada siguiente ese mismo rival volvió a darme una patada. ¡Y qué decir del fútbol infantil y juvenil! ¡Esos padres que se ponen en la banda para dirigir a sus hijos! ¡Esos padres que no dudan en arremeter contra rivales de 12 o 15 años por cualquier nadería, o que discuten con otros padres o insultan a los árbitros! Una calamidad. La única nostalgia que siento verdaderamente de aquel fútbol es la que surge de los cándidos sueños de entonces que a uno le hacían vivir en un estado de excitación y vitalidad permanentes. Lo demás son solo miserias de la condición humana. 

 

 

*Cromo de un jovencísimo Miguel Pardeza. La foto de Miguel Pardeza es de Maite Santonja de Heraldo.

16 CUENTOS DE 'LETRAS LIBRES'

16 CUENTOS DE 'LETRAS LIBRES'

16 escritores recuerdan un verano de juventud en el número de agosto de Letras Libres.

 

A diferencia de los veranos de la niñez, los veranos de juventud no suelen ser un paréntesis. Tienen un aire dedespedida que nos recuerda que, como decía Milan Kundera, la nostalgia es más fuerte cuando el volumen de la experiencia es menor. Pero, al igual que los veranos de la infancia, los veranos de juventud conservan la posibilidadde la aventura. Son una exploración: del sexo, del trabajo, de la vocación. A menudo propician el descubrimientode un límite, o el encuentro de una amistad o un amor decisivos.

 

Este número de la revista que dirige Enrique Krauze es una continuación de Veranos de infancia (2011) y Veranos deadolescencia (2014). Como esos números, tiene ilustraciones de Clara León. La serie –a la manera de las películas de Antoine Doinel de Truffaut, o de Boyhood de Richard Linklater– puede verse como un conjunto de catas en la experiencia de un grupo de autores. 

 

En “Delirio de amor en universidad de verano”, Andrés Barba reflexiona acerca del aprendizaje y la búsqueda, más o menos desesperada, de sexo. Jorge Carrión escribe sobre la educación sentimental en “La estación lluviosa”. Le interesan el descubrimiento de un país y un continente y también la construcción de una identidad a través de los viajes y los encuentros amorosos. En “Hubo veranos barrocos”, Mercedes Cebrián describe su experiencia en cursos de verano dedicados a la música antigua. En “Viaje o psicólogo”, el viaje que emprende Borja Cobeaga se convierte en una terapia contra la ansiedad. 

 

En “Cansarse de Londres”, Ricardo Dudda cuenta sus veranos en Londres y su trabajo como becario en Esquire. Daniel Gascón recuerda a Félix Romeo en “La estación de los amores”. Ismael Grasa cuenta su primer verano en Madrid, su trabajo como camarero en una terraza de La Latina y el desarrollo de su vocación de escritor. Enriquede Hériz cuenta cómo perdió una novela entera por un problema informático y Nuria Labari escribe sobre un verano de juventud y el descubrimiento del “sexo en serio” y el “amor en serio”.

 

Miguel Ángel Muñoz cuenta la emoción extraña que supuso terminar su primer libro. Elvira Navarro se despide dela ciudad de su adolescencia en “Una casa fuera de ruta”. En “Antigua”, Eva Puyó combina la crónica de un viaje con la descripción de dos relaciones sentimentales. Llucia Ramis retrata la intensidad incomparable del amor juvenil en “El amigo de las tortugas”.

 

Aloma Rodríguez escribe sobre la amistad en “Mis veranos con Rebeca”. Gonzalo Torné escribe sobre el deporte, la vocación y el cómic, y en “Río turbio” Berta Vias recrea una excavación arqueológica junto al Danubio y su atmósfera inquietante. 

 

Director: Enrique Krauze 

 

Editor responsable en España: Daniel Gascón

JACK LONDON, DESPUÉS DE UN SIGLO

JACK LONDON, DESPUÉS DE UN SIGLO

La aventura extrema de Jack London

 

Se cumple un siglo de la muerte del autor de ‘La llamada de lo salvaje’: un modelo de escritor profesional que sentía pasión por el mar, el boxeo y la fiebre del oro

 

PIES DE FOTO. 

Jack London y su segunda esposa Charmian a bordo del velero ‘Snark’ hacia 1907

 

 

 

Antón CASTRO

Jack London (1876-1916) es uno de los escritores más apasionantes de todos los tiempos, incluso en sus contradicciones: se le iban la mano y los ojos demasiadas veces hacia textos ajenos y acababa, de formas sutiles o descaradas, apropiándoselos. Fue denunciado por ello, y en ocasiones lo asumió con entereza. Con el paso del tiempo, este joven aventurero, de padre incierto y criado por una mujer que había sido esclava, Virginia Prentiss, se convirtió en un escritor profesional, que ganaba mucho dinero con sus cuentos, sus reportajes, sus crónicas de pugilismo –en 1910 narró el combate entre Jack Johnson, el campeón negro al que despreció, y James Jeffries; venció Johnson, el mismo que combatió en Barcelona con Arthur Cravan- y, sobre todo, con sus novelas.

John Griffith Chaney London sería hijo del astrólogo William Chaney, se piensa, y de la profesora de música y espiritista Flora Wellman. Aquel, porque nunca asumió su paternidad, y ella, por enfermedad, no se hicieron cargo del joven, que se formó en la Biblioteca Pública, leyendo como un descosido, y realizando distintos empleos: fue repartidor de prensa, trabajó en el ferrocarril, en un molino de yute, patrullero de costa y fue también un auténtico vagabundo que pasó un mes en la cárcel en Búfalo. Una de sus grandes pasiones fue la navegación: en 1893, a los 17 años, justo cuando había empezado a hacer sus primeros pinitos en revistas y periódicos, se enroló en la goleta ‘Sophia Sutherland’, que navegó hasta las costas de Japón. El viaje le daría satisfacciones y un rico material narrativo. Algún tiempo después, repetirá experiencia en otra goleta y se dedicará a la búsqueda de ostras. Entre sus ocupaciones figura la de traficante y, también, la de buscador de oro: entre 1897 y 1898 se trasladó a Klondike, Canadá, cerca de la frontera de Alaska; tuvo que abandonar porque fue presa del escorbuto. Allí acentuó su impresión de pertenencia a la naturaleza, uno de sus temas básicos.

En 1903 publicó por entregas, a modo de serial o folletón, en ‘Saturday Evening Post’ su primera novela: ‘La llamada de la selva’, también titulada ‘La llamada de lo salvaje’, el relato de un perro Buck, del juez Miller, que fue secuestrado y vendido como perro de trineo, durante la fiebre del oro. Nórdica acabe de publicar una edición ilustrada por Javier Olivares. Es un relato de supervivencia en condiciones adversas, asunto central de las ficciones de London, que no dejará de publicar desde entonces: ahí están ‘El lobo de mar’ (1904), ‘Colmillo blanco’ (1906) o ‘Martin Eden’, que sería su primer bosquejo autobiográfico, algo que repetiría años después con ‘John Barleycorn’ (1913), la historia de un hombre prisionero del alcohol, como él.

En todos estos años, instalado ya en Oakland, se casó dos veces: una, en 1900, con Bess Maddern; fue un matrimonio civilizado, sin pasión, de antiguos amigos, y tuvieron dos hijas, Joan y Becky; ella fue su amanuense, su consejera y su correctora, y aceptó con sosiego que London amase a una antigua novia: Anna Strunsky. En 1905 volvería a casarse, ahora con Charmian Kittredge. Una de los episodios más hermosos que vivieron juntos fue su gran odisea a bordo del velero ‘Snark’, algo que cuenta el escritor y viajero Martin Johnson (1884-1937) en el libro ‘Por los mares del sur con Jack London’ (Ediciones del Viento, 2016). London acoge a Johnson como cocinero y le dice: “Y por cierto, en caso de que te guste el boxeo, te diré que todos nosotros boxeamos y vamos a llevarnos los guantes. Te daremos ventaja. También debo decir que todos pasaremos juntos muy buenos momentos nadando, pescando, viviendo todo tipo de aventuras, haciendo mil y una cosas”. Johnson lo define “como un niño grande afable, sincero, generoso”.

Como las cosas le iban bien, hacia 1910 compró el racho Glenn Ellen. Se hizo socialista y teorizó sobre ello. Y acuñó una poética: “La verdad esencial de la vida es la naturaleza”. Y dijo también: “El hombre se distingue de los demás animales por ser el único que maltrata a su hembra”.

Poco a poco fue víctima de los desórdenes y el alcohol y se vio acosado por las deudas. Aún le dio tiempo a publicar uno de sus libros más originales, ‘El vagabundo de los estrellas’, la exaltación de la imaginación, la fantasía y la reencarnación. En noviembre de 1916, hace ahora un siglo, tomó morfina y adropina. No se sabe si fue un error o un suicidio, pero así fallecía quien había sido un romántico y un escritor que hizo de su existencia la materia de una ficción universal. En una entrevista confesó los secretos del éxito: “Mucha suerte. Buena salud. Buen cerebro. Buena correlación mental y muscular. Pobreza. Leer ‘Signa’ de Ouida a la edad de ocho años. Y la influencia de ‘Philosophy of Style’ de Herbert Spencer”.

LOS LIBROS

 

La noche que Tronnia cambió su mundo

M. C. Arellano /Blanca BK

 

Un divertido libro de aventuras de Nalvay con hadas, druidas y basiliscos. M. C. Arellano Cuenta la historia de la troll Tronnia que desea competir en los Juegos Féericos. Allí deberá hacer acrobacias imposibles o cazar estrellas fugaces. Y a ello se dispone. Blanca BK ilustra con humor y ternura.

 

Alicia en el País de las Maravillas

Lewis Carroll

Esta edición de ‘Alicia’ es más que especial: cuidadísima, trabajada con meticulosidad por Ramón Buckley e ilustrada por Benjamin Lacombe, con muchos recursos. Edelvives tira la casa por la ventana y ofrece belleza sobre belleza, fantasía de impresión y sueño. Un libro onírico y ya clásico.