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Antón Castro

Escritores

RÚJULA: 'EL DESAFÍO DE LA REVOLUCIÓN'

RÚJULA: 'EL DESAFÍO DE LA REVOLUCIÓN'

Pedro Rújula, director de las PUZ e historiador (es autor de una monografía sobre Ramón Cabrera y del volumen 'Contrarrevolución', entre otros textos), organiza el ciclo esta próxima semana un coloquio internacional que se titula 'El desafío de la Revolución. Reaccionarios, antiliberales y contrarrevolucionarios', con la participación de importantes especialistas nacionales e internacionales sobre el tema. Las sesiones serán abiertas al público, así que todo el mundo podrá asistir a las conferencias.

Las jornadas serán el 26 y 27 y están organizadas por la Institución Fernando el Católico.

 

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SOLEDAD PUÉRTOLAS: UN DIÁLOGO

SOLEDAD PUÉRTOLAS: UN DIÁLOGO

Soledad Puértolas: “La tarea del escritor

es explorar la complejidad y contar la vida”

 

“A través del mar respiramos

los personajes, la trama y yo"

 

  

“La vida es mi tema, es lo que hay.

¿O es que hay algo más?”

 

 

La escritora y académica zaragozana publica el volumen de once relatos ‘Chicos y chicas’ (Anagrama), que salió a la venta en toda España el pasado día 10 y que presentó en Barcelona 

 

 

¿Cómo surgió ‘Chicos y chicas’?  

De manera muy natural. Tras terminar la novela ‘El fin’, se me impuso un libro de cuentos. Elegí la tercera persona, esa voz omnisciente, no exactamente como las de antaño sino algo más moderna, y los cuentos iban saliendo, con fluidez. Uno me llevaba a otro. Escribía sobre la perplejidad, la búsqueda, como si quisiera ampliar el campo de posibilidades de la ficción. He disfrutado mucho.  

Hay cuentos que son como una novela completa, con largas elipsis de años…  

Es cierto. Eso es nuevo en mí. Tampoco quería ir más allá de lo que exige un cuento. He escrito cuentos con la perspectiva general de la novela, pasan muchas cosas, hay saltos en el tiempo, pero todo se acomoda a la sensación y a la atmósfera de un relato breve. 

¿Hubo una idea de partida, sabía qué buscaba? Parece que hay un poso de melancolía, una visión de la pérdida y los amores que se esfuman…

Quizá escriba de las imágenes o de las impresiones de lo que no hemos vivido. Yo niego la melancolía en mi obra. Me parece insana, no nos ayuda a nada y no siento melancolía por nada. Soy del presente, tengo muy mala memoria, vivo sin ancla, y en el fondo el pasado me resulta un poco borroso y desdibujado. Me interesa lo que queda en el presente y los hilos que va derramando por aquí y por allá. Los once cuentos son el resultado de eso: el presente es mucho más rico de lo que parece a simple vista.

Vuelve a aparecer la familia…

Sí claro. Hablo del núcleo de la relación de la familia y los extranjeros, por decirlo así, los que llegan de fuera, los que se incorporan de golpe. En el fondo, es como la curiosidad del niño ante lo que viene de lejos. A veces te fascina, a veces te produce envidia su mundo, a veces se observa con un poco de distancia e incluso te incomoda. Y todo ello anda por aquí. La familia siempre es un territorio lleno de secretos.

¿Y el mar, tan presente, qué significa para usted?

Me gusta mucho, cada vez más. Paso muchas horas ante él o cerca. Y, sí, está muy presente en el libro. El mar un símbolo de la vida y de la naturaleza. Me reconforta, me estimula. A través de él respiramos los personajes, yo y la trama. El paisaje es clave en este libro. Te da muchas cosas. Es fundamental en la atmósfera y en el desarrollo de acciones.

Hablemos de algunas relatos como ‘Tarot’, la historia de Luz y de Félix Unceta, donde parece que se impone una idea de fatalidad.

Existe. Este es un cuento, tremendo, sobre la relación de madres e hijas. Me sorprende que haya gente tan obstinada que parece estar llamando por la fatalidad. La madre comete un grave error y eso le lleva a situación de desconcierto y perplejidad y a la ruptura con su hija. Yo creo que en la vida hay que dejar que fluyan las cosas, confiar en el otro y no empecinarse en estropearlo. No es necesario abrir todas las puertas ni atosigar. ‘Chicos y chicas’ habla de traiciones y lealtades, de lo inesperado, del dolor, generados a menudo por los más cercanos.

En otro cuento, ‘Incendios’, protagonizado por las gemelas Paz y Mar, se impone un gran personaje: Joaquín, el contador de historias, ese extraño que se vuelve decisivo.

Me gusta ese personaje. Es el que entretiene a todos con su capacidad para contar historias, el fabulador, el amigo que está un poco al margen y que de repente, no sé sabe muy bien por qué, es capital: es el que los alivia un poco a todos. La palabra es una forma de consuelo.

Del consuelo a Consuelo. El cuento que da título al conjunto está protagonizado por Consuelo Quintana, que trabaja en una tesis doctoral. ¿No sería un poco la quintaesencia de sus criaturas, extraviados y a la deriva?

‘Chicos y chicas’ es un cuento complicado. Es el relato de una mujer que está suelta, que anda errática sin saber muy bien qué busca ni qué espera de la vida. Alguien que va y viene con sus sueños en un cuento lleno de circularidad, técnica recurrente en el volumen. Emprende un viaje, vuelve sola a casa, parece colgada del abismo. No sabe muy bien hacia dónde va.

¿No encarnaría ella encarna una idea del fracaso, tan recurrente en el libro?

Se alude a ello, sí, en varias ocasiones, pero para mí el fracaso no existe. Es una categoría que no contemplo. ¿Qué quiere decir fracasar? ¿En qué, con respecto a qué…? Los demás pueden pensar que uno ha fracasado, pero ¿quién les da derecho a juzgarnos? Prefiero verla como una mujer errante e indecisa que busca su sitio en el mundo.

“No tengo un solo punto de apoyo”, dice uno de los personajes. ¿Sucede a menudo eso, que nos sentimos irremediablemente desamparados?

Consuelo podría ser una mujer desamparada. Solitaria. Es una idea bonita esa del punto de apoyo, de la palanca de Arquímedes, que era un auténtico genio, por eso y por su principio tan conocido. Es algo simbólico. Nos pasamos la vida buscando un punto de apoyo que moviese el mundo y nos sujetase, que nos diese equilibrio. Es bonito pensarlo, es consolador.

En el último cuento, ‘Arkímedes’, esa palanca podría ser el perro…

Es mi cuento preferido. Habría querido titular el libro ‘Arkímedes’. Uno elige su compañía, su punto de apoyo, y ¿por qué no podría serlo un perro?

Otro asunto clave parece el azar. ¿Qué le sugiere, cómo interviene en sus ficciones?

El azar está en todas partes. Es lo que te mantiene alerta, lo que te lleva a pensar que la vida siempre da sorpresas y que la vida misma podrá desaparecer algún día, también, por azar.

En qué momento literario se encuentra? ¿Segura, relajada?

Relajada, es posible. Segura, no. Lo que me define, en realidad, es la inseguridad, que siempre es preferible a tener confianza y es el mejor agente para explorar la complejidad y contar la vida, que es la tarea del escritor. La vida es mi tema. Es lo que hay. ¿O es que hay algo más?

 

*Soledad en una foto de Heraldo.

MÓNICA OJEDA, UN DIÁLOGO

MÓNICA OJEDA, UN DIÁLOGO

 

[La escritora Mónica Ojeda presenta su novela ’Nefando’ (publicada por Candaya) en la librería Antígona, en esos sábados de cultura, amistad, tertulia y gastronomía de diversos continentes. Ejerce de presentadora la poeta y narradora Luisa Miñana.]
Puede leerse esta entrevista en Heraldo.es

http://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2016/10/14/literatura-cigarrillo-que-quema-mano-1112740-1361024.html


 

ENTREVISTA CON MÓNICA OJEDA. Escritora



La literatura es un cigarrillo

que quema la mano”



La literatura es un arte que nos obliga a abrir los ojos”



La escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, nacida en Guayaquil en 1988, presenta hoy en Antígona su novela ’Nefando’, inspirada en un videojuego y en los foros de ’deep web’



Antón CASTRO / Zaragoza

-Empecemos por la palabra ‘Nefando’ (Candaya). Estaba asociado a aquello del ’vicio nefando’… ¿Cómo se le ocurrió la palabra y la novela?

Nefando es una palabra que designa aquello que es tan abominable, tan repulsivo, que nos deja sin palabras para describirlo. Es decir, que nos deja en silencio. Me pareció que era la palabra apropiada para esta novela, pues ’Nefando’ trata de las experiencias abyectas del cuerpo, experiencias conflictivas en torno a la sexualidad como un espacio no sólo de placer, sino de violencia. Se me ocurrió usar esa palabra para el título mientras leía una nota sobre una exposición pornoerótica. La nota recogía que una persona calificó lo que allí se mostraba como "nefando". Me hizo gracia y supe que así se tenía que llamar lo que estaba escribiendo.


-¿Qué ideas, qué imágenes se le pasaron por la cabeza?

Cuando escribí ’Nefando’ sabía que me interesaba explorar los límites del lenguaje frente a determinadas experiencias de dolor y de placer. Las experiencias extremas del cuerpo, que son materiales, a veces resultan obscenas para nosotros. No es verdad que ya no nos escandalizamos con nada: todavía hablar de la sexualidad de los niños es un tabú, por ejemplo, o de la pornografía infantil, o del incesto. Hay deseos secretos y actos del cuerpo que nos repugnan, pero que son parte de lo que somos. Por eso ’Nefando’ no habla de monstruos, sino de humanidad descarnada.


-¿Quiso escribir la historia de una novela o de un juego?

-’Nefando’ se articula alrededor de un videojuego online que ha sido creado por algunos personajes de la novela y subido a la deep web. Este videojuego nos pone delante un planteamiento ético sobre su contenido, que es terrible, real y doloroso. De hecho, en la trama ha sido eliminado ya de la red por la policía. Sin embargo, es una novela sobre las huellas de las primeras veces que supimos que éramos frágiles y mortales. Esas primeras veces ocurren en la infancia: por eso los personajes retornan a su niñez de una u otra forma para recordar aquello que los marcó y poder intentar enfrentarlo lo mejor posible.

-¿Q
uiso hacer una novela coral bastante demoledora?

-La forma coral de la novela me ayudó a formar un mosaico. Varias escenas intensas de distintos personajes que, cuando se unen, forman un todo: una imagen potente sobre el lenguaje y el horror.

-¿Qué sucede en esos foros de internet de videojuegos, de friqis, de deep web
?

-La ’deep web’ es un espacio virtual en donde proliferan todo tipo de expresiones, pero lo que me interesaba era cómo es también un agujero negro en donde el daño que se le hace a algunas personas se extiende. Allí hay hackers, foros de pedófilos en donde circula pornografía infantil, torturas a animales, venta de armas y de droga... hasta se puede contratar a sicarios. Es un lugar en donde algunas personas se esconden y, a la vez, se desnudan ante otros. 

-¿Cuáles serían los temas de la nov
ela, qué le preocupaba: el amor, el sexo, la muerte, la soledad?

-Todo. El cuerpo y lo que queremos narrar de él está atravesado por todas esos temas que mencionas. Aunque pienso que ’Nefando’ se enfoca más en una lucha de unos personajes por encontrar un lenguaje que les permita compartir lo que cargan en su espalda. Y eso que cargan es la huella de una violencia: a veces perpetrada a través del sexo, a veces a través de la familia como concepto o, a veces, a través de nosotros mismos.


-Háblenos de los personajes: gentes de distintos países, un tanto extremadas y frágiles, en Barcelona.

-Sí, son seis personajes en sus veintitantos: tres hermanos ecuatorianos, dos mexicanos y un español. Comparten piso en Barcelona y cada uno se ellos tiene intereses muy particulares: una escribe una novela pornoerótica, otro es un hacker, otro desea mutilarse y, por ello, se lastima físicamente, etc. Sin embargo, todos tienen en común el haber sido marcados profundamente por sucesos que les ocurrieron cuando eran niños.


-¿En qué medida la novela es un ejercicio de estilo, de sublenguajes, de voces incomodadas?

-Era necesario trabajar con distintas voces y con un estilo que respondiera a las necesidades de cada apartado de la novela. Por ejemplo, los mexicanos tenían que hablar como mexicanos, el español como español y los ecuatorianos como ecuatorianos. Hay capítulos en formato de entrevista en los que el lenguaje es más coloquial, pero también hay capítulos en primera, segunda y tercera persona que juegan con un tono más poético, o más ágil, o irónico. ’Nefando’, además, contiene una ’nouvelle’ que uno de los personajes escribe, por lo tanto esa parte requería de otro estilo y tono. Trabajar con el lenguaje según las necesidades del texto me parece fundamental.


-¿Cómo entiende usted la literatura: como una exploración verbal, como un arte de la complejidad?

-Hay un documental de Harun Farocki en el que, para hablar de las quemaduras del napalm (y con ello del horror de la guerra), él se apaga un cigarrillo en la mano. Asegura que eso es lo más cerca que estaremos jamás de conocer en dolor de una persona que haya sobrevivido a una quemadura con napalm. Esto nos recuerda lo lejos que estamos de las experiencias de los otros y, por lo tanto, de lo reducida que es nuestra capacidad de empatía. Pues bien: para mí, la literatura es ese cigarrillo quemando la mano de Farocki. Es un intento de imaginar lo que hay más allá de nuestro reducido campo de experiencias. No es sólo una exploración verbal, aunque la palabra sea el instrumento y, a veces, el tema. Es un arte que nos obliga a abrir los ojos y a pensar fuera de nosotros para, así, encontrarnos con la humanidad. Pero esto no es privativo de la literatura: todo arte hace eso de una u otra manera.



-¿Qué autores le interesan o le han marcado de algún modo?

-Me interesan y me han marcado muchos autores. Los que ahora se me vienen a la mente son Raúl Zurita, Enrique Verástegui, Juarroz, Jabès, David Foster Wallace, J. M. Coetzee, Roberto Bolaño, Marosa di Giorgio, Borges, Pizarnik... y podría seguir hasta el infinito. Todas las buenas lecturas que he hecho me han marcado hondo de alguna manera.

-Da la impresión de que se ha formado en talleres de escritura. ¿Se puede aprender a escribir?

Uno no puede aprender a hacer literatura. Eso no se puede enseñar. Lo que sí se puede hacer es crear espacios en donde personas que están buscando escribir literatura compartan sus experiencias, pero escribir es un camino personal e intransferible. Y no hay fórmulas. Cada escritor debe hallar su propio lenguaje y construir sus propias preguntas. Sólo así podemos hacer verdadera literatura.

-¿Qué relación tiene con la literatura española?

La literatura española tiene una tradición brutal que admiro y que sigo descubriendo. Antonio Gamoneda y Loepoldo María Panero, por ejemplo, son dos poetas que me estremecen. Javier Cercas me parece un autor al que le gusta hacerse preguntas incómodas y por eso lo leo, porque es valiente al respecto. Sobre Vila-Matas hice mi tesina de grado, así que es un autor al que sigo. Otras poetas que me interesan son Elena Medel y Chantal Maillard. Me encanta, también, Rafael Sánchez Ferlosio y los ensayos de Rafael Argullol; ’Librerías’ de Jorge Carrión es un ensayo literario imperdible. Y me faltan muchos autores actuales por descubrir. Me llevo a Ecuador, por ejemplo, libros de Miguel Ángel Hernández, Leonardo Cano, Marta Sanz, Luci Romero, Rubén Martín Giráldez, publicado por el sello zaragozanoJekyll & Jill, Elvira Navarro o el zaragozano Miguel Serrano Larraz, entre otros.



LA FICHA

’Nefando’. Mónica Ojeda. Candaya. Barcelona. 2016. Presentación, sábado 15 de octubre, a las 13.00, en la librería Antígona. Con Luisa Miñana y Julia Millán.

EL MARRAKECH DE WIESENTHAL

EL MARRAKECH DE WIESENTHAL

Ayer me llegó un libro bonito y sugerente de un escritor tan personal e inclasificable como Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943): ‘Marrakech. Fantasía en el palmeral’, que apareció antes, integrado en el relato, en ‘El esnobismo de las golondrinas’ (Edhasa, 2007). Es un libro de viajes que contiene muchos elementos autobiográficos y oníricos, y se mueve entre la fascinación, el conocimiento, el intento de explicar la belleza. Y el deseo. El joven que viaja y cuenta está hechizado por la hermosa Zohra. Y le dedica fragmentos como este:

 

ZOHRA

Zohra adoraba también el baño y los maquillajes. Sabía que me gustaba espiarla entre las celosías cuando, después del baño caliente, se acariciaba el cuerpo con una especie de arcilla que allí llaman ‘algasul’ y que dejaba su piel satinada y limpia. Luego se lavaba sus cabellos, siempre suaves y brillantes, gracias a unas misteriosas hierbas. Y, al final, se sentaba en un taburete, cruzaba las piernas y, sosteniendo con una mano el espejo, se maquillaba con albayalde blanco y ‘dakkar’: polvos de colorete que se vendían en unos papeles pintados de rojo. Ella los iba disolviendo con un poco de agua, antes de aplicárselos a la cara.

[…]

Le sentaba sentir que la miraba cuando estaba delante de su espejo y, a veces –fingiendo un descuido-, descubría bajo el albornoz los botones de sus pechos, porque yo le había dicho que estaba celoso de dos esclavos negros que había visto esconderse en el jardín de mis azucenas.

Salía cada tarde del baño convertida en una princesa y sus labios –enrojecidos por la pintura de corteza de nogal- olían a bosque y a hojas de otoño, como un embriagante coñac.

 

-De ‘Marrakech. Fantasía en el Palmeral’. Mauricio Wiesenthal. Páginas 52 y 53. Ilustraciones de Ánxela Pérez Meilán. Editorial Trifolium. Litterae. 74 páginas.

SÁNCHEZ VIDAL HABLA DE 'VIÑETAS'

SÁNCHEZ VIDAL HABLA DE 'VIÑETAS'

 

Agustín Sánchez Vidal acaba de publicar su novela más personal, 'Viñetas', en Harper Collins. En esta conversación da algunas claves sobre un libro que indaga en la familia, en el peso del pasado, en los vínculos con la tierra y en los valores del arte como el elemento de conocimiento y de transformación. La foto es de José Miguel Marco, fotógrafo de Heraldo, donde apareció una amplia selección del texto.

-¿Qué novela te habías planteado: una novela sobre la tierra, sobre la memoria o sobre la familia?

--No tenía una idea deliberada en la temática o en el tratamiento que iba a darle. Si acaso, recrear cómo era este país en el momento en que empezó a cambiar en los años 1960. Lo que más pesó es lo agotado que quedé por la documentación que me habían exigido las tres novelas anteriores. Lo que buscaba era no distraer energías en esa parte preparatoria, sino sacarlo todo o casi todo de mi memoria o de aquello que conocía

-¿O quizá sobre la presencia del arte en nuestra vida: el cómic, la fotografía y el cine? 

--Es que una historia como esta --que trata de las gentes de a pie, y de una España donde casi todo escaseaba--  había que contarla en sus propios términos, con materiales pobres. Y lo que normalmente tenías a mano eran los tebeos, la radio y el cine. Las fotografías no eran tan de diario, sólo se hacían en momentos especiales.

  

¿No puede leerse como una novela de formación: la de Miguel, sin duda, la de Toño, su hermana, la de Candela, la de otros como el Ceuta, el Carioco, el infausto Salva…?

--Aunque no me lo propuse, al final creo que ha quedado así. Casi todos esos personajes están entre la infancia y la adolescencia, que es una edad muy inestable. Y supongo que todo deriva del hecho de que la propia España se encontraba en uno de esos procesos de cambio.

  

-¿De qué imágenes o percepciones u obsesiones ha nacido este texto?

--Traté de hacer aflorar todas esas sensaciones que se te quedan grabadas cuando las tienes por primera vez, y que luego se desgastan por la costumbre. Tienen que ver con la vida en el campo, con el descubrimiento de las primeras escaramuzas de todo tipo, cómo empieza a entreverse de un modo nebuloso la amistad, el sexo, el mundo adulto…

 

-Me resulta difícil leer 'Viñetas' al margen de tu propia vida y de tu propia formación. Sé que es una pregunta absurda y tópica, pero ¿qué habría por aquí vinculado a tu propia vida, a tu biografía?

--Más que una novela autobiográfica, trata sobre todos nosotros. He recogido cosas que me han pasado o que he visto a mi alrededor, u otras que me han contado.

 

-Hablemos de los protagonistas: por lo regular, están envueltos en el misterio, en la intriga. ¿Sería la novela en el fondo un viaje hacia la luz?

--Seguramente, pero tras haber ahondado primero en lo más oscuro, todo lo que hay de opaco en la tierra, en la ciénaga de ese barrio y sus personajes.

 

Llama la atención la estructura del libro: las voces y los flash backs, ¿Qué estructura buscabas?

--Supongo que el libro terminó teniendo esa forma porque no me quedó otra. Es una estructura fragmentaria, llena de elipsis y sobreentendidos, porque trabaja en los intersticios. El lector debía sentirse obligado a implicarse para completar la historia, haciendo aflorar sus propios recuerdos. He tratado en todo momento de rehuir las identificaciones de tipo melodramático, que son casi inevitables cuando hablas de la familia. Quería un tono sobrio, seco y preciso. Pero, claro, el que lo lee tiene que tener alicientes para seguir pasando las páginas, debe sentir que aquello le concierne.

 

Una de las frases que explica los equívocos del libro podría ser: “pueblo pequeño, infierno grande”.

--Si, es un detonante que termina disparando, a su vez, otros mecanismos, como las fichas de un dominó.

 

Uno de los grandes personajes del libro es Toño. ¿Como lo definirías, qué representa? Esa pasión por el cómic, por el cine…

--Es un manitas, alguien que hereda del padre su capacidad de expresarse, más que a través de las palabras, a través de las imágenes y las cosas. Le cuesta arrancarse, pero es muy tenaz y de largo recorrido.

 

El gran personaje femenino, más que Julia o la misteriosa madre de Miguel y Toño, ¿sería Candela, esa chica explosiva que acaba regentando un prostíbulo?

--Candela quizá sea el personaje más fascinante, el más turbio e imprevisible y con mayor capacidad de hacer gravitar todo en torno suyo.

 

¿En qué medida has querido hacer arquetipos?

--En los personajes, desde luego, no. Lo que sí hay es un trasfondo ambiental que desde otra óptica podría considerarse “telúrico”. Y digo desde otra óptica porque no es la mía. Lo que yo percibo en la tierra es la riqueza inagotable de la cultura agraria, que para mí es algo muy concreto y tangible, surco a surco.

 

Me encanta ese fotógrafo don Godo. Es quizá la historia más fantástica y poética del libro…

--El personaje procede del mundo de Rafael Azcona, es hijo suyo, y por eso lleva su apellido. Está inspirado en uno real, que nunca terminaba de hacer su gran foto porque la ciudad y el paisaje no acababan de estar bien compuestos. Lo he emparejado con un barquero manco, Paco, que también era un personaje real, y en más de una ocasión Rafael Azcona y yo hablamos de lo que había en ellos de leyenda.

 

¿Por qué has dado, de manera tan decidida, un salto hacia lo contemporáneo, que estaba en una de las historias de ‘La llave maestra’?

--Es que lo que se cuenta en Viñetas sólo tenía sentido en las épocas en las que transcurre, y vistas desde la óptica actual, de ahora mismo.

 

También hay en la novela un componente telúrico, de lirismo seco. ¿Te has sentido cómodo en este nuevo registro?

--Totalmente cómodo. En otras novelas anteriores era mucho más complicado porque tenía que recrear el castellano del siglo XVI o del XVIII, mientras que aquí puedo escribir tal cual.

 

Nunca se dice donde sucede la historia... Parece deliberado y citas Zaragoza... ¿Debe pensar que sucede cerca de Zaragoza, que has pensado en un pueblo de Logroño tal vez?

--Es deliberado. Puede deducirse que la parte que transcurre en el pueblo está cerca de la frontera con Portugal y tiene que ver con Salamanca. La del barrio y la ciudad está situada a orillas del Ebro y he tenido presentes lugares de mi infancia y adolescencia en Logroño. Pero podría ser cualquier otro lugar.

 

¿Cómo va tu libro sobre Orson Welles en España?

--Es una novela y ya está acabada la primera versión. En el fondo habla de lo mismo que Viñetas, del cambio de todo un país que es el nuestro, pero desde un punto de vista totalmente diferente.

 

*Agustín Sánchez Vidal acaba de publicar su novela más personal, 'Viñetas', en Harper Collins.

ANA ALCOLEA HABLA DE SU NUEVO LIBRO: 'EL SECRETO DEL ESPEJO'

ANA ALCOLEA HABLA DE SU NUEVO LIBRO: 'EL SECRETO DEL ESPEJO'

Han pasado ya algunos meses del Premio Cervantes Chico. ¿Cómo lo ha asimilado?

Es un premio importante. Honorífico. Me ha hecho mucha ilusión: he vivido 16 años en Alcalá de Henares, y allí nació Miguel de Cervantes. En la nómina de galardonados hay muchos amigos: Fernando Lalana, César Mallorquí, Concha López Nárvaez. O Montserrat del Amo, que me dio muchos consejos cuando yo empezaba. Y hay otro detalle simpático: una de mis peluqueras de Alcalá, Ramoni, me dijo que yo sería escritora y que tenía que dedicarme a eso cuando le pasé una cosa que había escrito de un viaje a Noruega.

¿Qué le debe a Cervantes?

Se lo debo todo. En mi obra siempre hay homenajes a él y a su forma de entender la literatura como un juego de espejos.

¿Qué persigue como escritora?

Soy una escritora intuitiva. No planifico, no hago estructura o esquema, improviso. Empiezo y sigo. Mi trabajo nace de la emoción y del deseo de contar una historia. Y me van pasando cosas que intento solucionar y de las que sé poco. Por ejemplo, en mi nueva novela aparece una esfinge original en la bota de un abuelo muerto. En mis novelas busco y me encuentro con sorpresas: la novela es como la vida, nunca sabes lo que te puede pasar.

¿Qué mensaje general quiere transmitir?

Mi estado de ánimo contamina mi novela. Todo está conectado, el presente con el pasado, y el pasado con el futuro. A mí me apasionan los objetos: su historia en el tiempo, quién los tocó, quién se emocionó ante ellos, a quién pertenecía.

¿Qué ha aprendido de los lectores jóvenes?

Que no son unos imbéciles como a veces los consideran algunas editoriales. Yo no me planteo nada especial: cuento. Escribo lo que quiero y lo que siento. Sin otras fórmulas. Cuido el lenguaje, que sea rico pero asequilble, y la estructura. Si escribes con emoción, eso se transmite al lector. Es posible que él sienta y se emocione por lo mismo. Ni soy de cálculos: no me saldrían. El adolescente busca y encuentra.

 ¿Qué tiene de especial para usted la adolescencia? Es el terreno en el que se mueven la mayoría de sus criaturas.

Es una época de crisis, entre la infancia y la juventud, pero no es un tema en sí mismo. Yo no hablo de la crisis: hablo de gente que hace cosas, que vive aventuras, que investiga, que se enamora, en una época de su vida en la que esté un momento especial, convulso, lleno de contradicciones que es la adolescencia.

Empezó con una historia familiar, convulsa… como 'El medallón perdido'.

Ese libro fue decisivo por muchas razones. Es un libro que nace del dolor, de la tragedia: un primo mío, al que yo adoraba, murió en un accidente de avión en Gabón. Aprendí que incluso en los momentos más dramáticos se puede hallar belleza, algo en lo que sigo creyendo.

 'El secreto del espejo' (Anaya), su nueva novela, insiste en mezclar dos historias diferentes: la de una joven que huye de los druidas y llega a Cesar Augusta y la de una pareja joven, que de hoy, que se busca a sí misma y halla un espejo…

Acabo de entrar aquí al Museo de Zaragoza, donde sucede el libro, y me gusta mucho. Aquí sucede una parte de la historia contemporánea, veo los mosaicos y pienso que en otro tiempo alguien estuvo ante él; a lo largo del tiempo lo ha venido a ver mucha gente. Y con la otra historia, la de la joven Yilda, que ha vivido con los druidas, podríamos decir que es una reescritura de 'Blancanieves'. Hay una película que me impactó mucho: 'La mujer del teniente francés'. Padezco fascinación por los objetos, los seres y los lugares. Mis libros son un viaje en el tiempo y son un ejercicio de conocimiento interior. En realidad, yo soy una aventurera: vivo la misma expedición que mis lectores.

¿Cuál cree que es el secreto del éxito? ¿Qué hay que hacer para ser escritora?

La palabra éxito es excesiva; no es mi caso. Me he tomado, sí, una excedencia en la enseñanza. Trabajo muchas horas, doy muchas charlas, he llegado a dar hasta siete al día. Me apasiona mi oficio. La clave de todo es creer ciegamente en lo que haces y hacerlo lo mejor posible, con entusiasmo y con ganas.

Una de sus obsesiones es la II Guerra Mundial. ¿Por qué?

Me inquieta que uno de los pueblos más refinados del mundo cometiese aquella barbaridad: la maldad más absoluta. Volvemos a movernos en un peligroso muy peligroso que, en algunas cosas, se parece mucho al convulso periodo de entreguerras. No quiero ser pesimista, pero la actual situación debería movernos a reflexionar.

 

*La foto es de Oliver Duch, de Heraldo.

 

MIQUI OTERO HABLA DE 'RAYOS'

MIQUI OTERO HABLA DE 'RAYOS'

 [Miqui Otero (Barcelona, 1980) presenta esta tarde, a las 20 horas, su nueva novela ’Rayos’ (Blackie Books), una historia de formación, de dos pasiones, de identidad, de búsqueda y de estilos y lenguajes muy elaborados y meditados. Lo presentará el escritor Sergio del Molino. Hoy sale una entrevista en las páginas de Cultura. Aquí está el texto más amplio.]

-Cuando escribes de los padres, ¿de qué quieres escribir: de la nostalgia, de la morriña, de la saudade o de todo a la vez? 

 Describo un pasado muy fotogénico y hasta tragicómicamente épico, para intentar entender un presente que, en el inicio de la novela, no lo es. Nadie escribe para otros, del mismo modo que no se regala algo a otra persona: lo que escribes y lo que regalas, en realidad, es para ti. En este caso, para Fidel Centella. Él quiere entender el porqué de sus hipocondrías y zozobras y acomoda una explicación en la educación de un colegio católico o en unos padres casi canonizables (como todo, mirados por él con los filtros necesarios para lograr ese efecto) que paraliza un poco sus impulsos (en el último tramo hay una cita de Venciste, Rosemary, de George Orwell, que lo explica bien). La de sus padres es la generación que luchó contra sus limitaciones y, sin aspavientos, las superó. La suya es la que a lo sumo lidia con sus deseos y los ve frustrados. Las cosas se entienden también por contraste: para explicar que el Cantábrico es un mar frío, se puede describir un baño en el Mediterráneo. Eso es lo que hace Fidel.

Bien, eso y la necesidad de documentar algunos flashes de la juventud de una generación que, en principio, poco tiene que ver con la suya. Entre un escritor barcelonés y una mujer, la madre, cuyo primer trabajo fue en una aldea de Ponferrada sin luz eléctrica, hay un salto sideral. Intentar narrar esa elipsis, que a mí se me antoja tan gigante como la de 2.001 Odisea en el espacio, era una de las intenciones. La nostalgia me interesa precisamente por lo que tiene de reaccionaria y tóxica. El nostálgico es como el turista o el pijo: por muy turista o muy pijo que seas, jamás reconocerás serlo y siempre apuntarás a alguien que lo es más. Así que: no me interesa la nostalgia, en realidad, sino qué nos lleva a ser nostálgicos. La morriña por un territorio al menos es más solventable (regresando al lugar) que la nostalgia (al menos hasta que no se democraticen los viajes en el tiempo). Si algo odio es la nostalgia babosa y sin objeto alguno, pero sí entiendo la magia de los objetos como tiempo concentrado, como el manual de lectura que el padre de Fidel le regaló de niño y con el que aprendió a leer, a su vez regalado por un maestro republicano que lo redactó en una cárcel de Burgos... Y así hacia atrás. Si eso es nostalgia, me interesa.

 

El viaje al pasado no como excursión de nostalgia babosa, sino para recoger las pistas con las que entender el presente y roturar el futuro. Y, por qué no, como meollo de miga cómica: Fidel dice que la nostalgia es como ponerte camisetas que te gustaban mucho y que ya no te caben (ese gesto aún más patético que tierno o cómico).

-¿Qué significa el desarraigo de la familia pero también el del protagonista?

 

 En la novela hay un par o tres de mitos fundacionales. De imágenes que me empujan a escribirla. Una de ellas es mi padre en un bar pakistaní, señalando al camarero cuando éste tiraba la caña de barril, y diciéndome: "En realidad nosotros no éramos tan distintos de ellos; lo que pasa es que no se nos notaba hasta que abríamos la boca". Evidentemente, sí eran muy distintos, pero ese detalle me servía para establecer determinados paralelismos. Por cierto, otra es unos carteles que aparecieron en el Raval donde se leía: "Esto es un barrio, no un escenario". La familia de Fidel Centella ha viajado por todo el mundo, de La Habana a Ellis Island. Todos sus antepasados tienen algo en común: se fueron con lo puesto y volvieron mintiendo, entre otras cosas, sobre lo que habían logrado. Eso es lo que me interesa: en el desplazamiento crece la necesidad de fabular, de mentir, de inventarse una vida que justifique el esfuerzo. Ya sea ese reloj de oro del tío-abuelo que fue taxista en La Habana de las orquestas como esa tía que alquilaba un Mercedes para llegar al pueblo diciendo que era suya.

Del mismo modo, y lo intento en Rayos, que me interesan los personajes fuera de lugar, toda la tradición de personajes arribistas, en la clase social, también me interesa el desplazamiento meramente geográfico (porque comporta otros). 

En cuanto a Fidel, es demasiado gallego para ser catalán y demasiado catalán para ser gallego. Esto es lo que dijo un dj muy famoso cuando salió Elvis: demasiado blanco para los negros y demasiado negro para los blancos. En fin, que es perfecto que se sienta un híbrido porque de ahí surgen las historias. 

-¿Se puede estar tan desorientado con 24 años? ¿Tiene Centella mucho que contar o no tiene nada que decir? 

Toda la novela intenta explicar todo lo que pasaba cuando pensábamos que no pasaba nada. Es decir, antes de la crisis, cuando veíamos síntomas pero seguíamos bailando hasta que, pum, nos dimos con los dedos en la jamba de una puerta.

 Pero, en el caso de Fidel, va de alguien que quiere que le pasen cosas, pero que aprende pronto que es cuando te suceden verdaderamente cosas cuando empiezas a saber decir: "No pasa nada". 

La novela arranca en ese punto, con un personaje que es casi como un receptáculo pasivo, como una bola de pinball sin carácter y por tanto sin destino. Pero Rayos, o eso intenté, va mutando hacia otro tipo de novela cuando verdaderamente empieza a enfrentarse a conflictos reales. Ese revelado paulatino está en la vocación de la novela. De lo estático a la acción. 

Empieza en lo íntimo pero luego se convierte en una especie de sátira en clave con determinados personajes de la ciudad, y del país, como motores de la acción. Fidel trabaja como becario en el periódico ‘La Verdad’. El nombre de la cabecera, claro, tiene intención. Mientras intenta escribir el relato oficial en este diario de su ciudad, descubre toda una serie de historietas o leyendas clandestinas tanto en su barrio como en las zonas altas. Ahí empiezan sus dudas y ahí se expone a su cobardía. 

-¿Qué clase de novela te habías planteado: la del éxodo, la del desubicado, la de la identidad, la de la confusión permanente? 

Supongo que quería escribir una novela de formación tramposa. Una novela de formación donde pareciera que más que formación hay deformación. Una novela de deformación. Pero luego quería huir de relatar solo el cambio a la edad adulta de un personaje solo atendiendo a sus relaciones personales o incluso laborales (la novela de formación burguesa). Así que de repente me vi intentando expicar cómo Fidel, que va de noble o eso dice, ve cómo él, su familia, sus amigos, su piso ruinoso, su barrio, su ciudad, su país (párame, podría seguir) se va corrompiendo un poco. Sí, suena megalómano: fue ahí cuando, como Julio César, empecé a hablar de mí mismo en tercera persona (es broma). Pero en reliadad, como todo, suena pomposo o pretencioso, pero no lo es según cómo lo expliques.

 

-¿Son Galicia y Barcelona, dos personajes más, dos personajes-escenarios a los que se mira sin contemplaciones? 

Eso han dicho los lectores... Galicia para mí (y creo que tú eres gallego) es el territorio mítico idealizado. No es una descripción de Galicia, sino de la Galicia tal y como la vive un niño de Barcelona que viaja a ese lugar donde se va en burro y se apañan berberechos. Ni siquiera eso: es la Galicia que explica ese niño cuando, pasados treinta años, quiere escribir. En Barcelona me gusta detectar esas aventis o leyendas urbanas. En Galicia, también. Como cuando un antepasado trajo una radio de Alemania. Cuando llegó avisó a toda la aldea, ya arremolinada alrededor del aparato: "Este cacharro habla raro, pero yo os lo puedo traducir". Claro, cuando la encendió, la radio hablaba en un perfecto castellano franqista y no en el alemán que imaginaba el emigrante que la había traído.

 Bueno, pues yo pienso que las novelas son como las radios: se fabrican en un lugar y en un tiempo, pero si saben hablar el idioma del lugar de destino y sintonizar con su tiempo. 

En cuanto a Barcelona, sí, es un retrato de la Barcelona posolímpica. O lo intenta. La ciudad se emborrachó en las Olimpiadas y luego llegó la resaca amnésica. Yo pensaba: vaya birria de Barcelona me ha tocado comparándola con la de Marsé o Casavella. Pero solo hay que esperar un tiempo.

 

 

-Llama la atención el estilo: trufado de voces, mezcla el pasado y el presente, parece atropellarse de citas y referencias deliberadamente o parece que has querido desatar el flujo de la conciencia, la palabra torrencial. ¿Hablamos y vivimos en una especie de pastiche? 

 

Creo que la novela es un macrogénero híbrido que devora Y regurgita todo lo que se proponga para captar la calidad de la experiencia. La novela es como un amor adolescente (una primera chica, una primera novela favorita, un primer disco que te habla a ti y solo a ti): es lo que quieras que sea.

 Yo creo que las novelas, como las vidas que merecen ese nombre, se deben armar con materiales nobles y de derribo. Ese bochinche me interesa, esa cacofonía. Pero sí es cierto que la novela, como te comentaba antes, arranca más en ese tono embarullado para ir definiéndose con el paso de las páginas.

 

¿Qué le debe un libro como el tuyo a las series, al mestizaje cultural? 

 Bueno, las relaciones entre disciplinas y géneros se han vuelto muy promiscuas, ¿verdad? Yo puedo decir que el comportamiento estereotipado de los compañeros de piso en las primeras páginas (luego cambia) tiene que ver con las comedias de situación televisivas. O que se me ocurren algunos tratamientos gracias a ‘La ciudad desnuda’, de Jules Dassin, pero es que no sé si se me corre por esta película o por ‘The Wire’ o por John Dos Passos. No se puede escribir una novela enmarcable más o menos en el realismo sin tomar voces y estrategias narrativas de otros lenguajes.

 

Hay también una especie de estilo sincopado, basado en repeticiones y énfasis, muy meditado, con enumeraciones, con juegos de palabras. ¿A qué obedece? ¿Has querido que toda la novela fuese como un aparente ejercicio de estilo? 

Con el ejercicio de estilo me sucede como con el ejercicio, a secas. En teoría es bueno para el vigor y la salud de quien lo hace, pero me cansa rápido. Ese ejercicio (correr, por ejemplo) y ese ejercicio de estilo no lo entiendo mucho si no sirve para llegar a algún sitio.

Creo que el estilo es una forma absoluta de ver el mundo (bueno, en realidad esto lo dijo Flaubert, lo admito) y me preocupa y me concierne y me dejo la camiseta en cada cadencia y en la elección de cada adjetivo. Hay escritores sobrios que me gustan mucho, pero por lo general intento huir de la escritura IKEA, muy limpia y de líneas rectas, que no comete errores porque no arriesga.

La repetición y el estilo sincopado están ahí. Quizás tienen que ver con la música pop, que sabe decir cosas complicadas en frases simples y luego las repite trotonas. Preguntado sobre por qué grababa mil capas de guitarras y violines en sus canciones, el productor Phil Spector contestó: "Nunca has sido adolescente? No es así cómo sentías las cosas?". 

¿Es ’Rayos’ una historia de amor desconcertante, o quizá dos? 

O más, según quien la lea. A una ciudad. A un residuo del antiguo barrio: el afilador Tinet, tan a punto de extinguirse como su oficio. A Bárbara, la chica que roba y silba y que representa su memoria, su pasado, de donde viene. A Diana, la chica pija de familia corrupta que representa la promesa de todas las vidas posibles en el momento en qué puedes decidir en qué tipo de persona te vas a convertir. Nada me emociona más que algunos lectores que se alinean con una o con otra y me preguntan que dónde anda ahora Bárbara, por ejemplo.

 

¿En qué medida, incluso en la pasión, no es Fidel Centella un embaucador que se compadece a sí mismo o que forma parte de una representación? 

 

Bárbara, que lo conoce mejor que yo y que es la que le regalaba novelas cuando eran adolescentes, intenta definirlo echando mano de un arquetipo de la literatura rusa. Le dice que es un "mediocre brillante". En otras traducciones: "el hombre superfluo". Mucha palabrería y, en el momento de actuar, humo. No sé si Bárbara tiene razón, la verdad, pero Centella (insisto, especialmente al principio) es un tipo increíblemente autoconsciente y de una vanidad pasivoagresiva. Como dices, casi está declamando delante de un auditorio. ¿Es un arribista que va de vulnerable sensible o es un tío noble un poco acobardado? Bueno, pues ahí está el asunto.

 

¿Cuál es la importancia de la amistad en la novela y en la vida? 

 Uy, no sé, es importante, ¿verdad? Supongo que al principio lo que te gusta y odias de tus amigos es lo que te gusta y odias de ti. La amistad a la edad de Fidel es como una especie de familia de adopción, en la que tú eliges a tus hermanos. Esos amigos del colegio son como las pastas de un surtido de Reglero o de Cuétara: están hechos de la misma pasta, pero con acabados y sabores diferentes. La amistad es, también, un campo de pruebas en el que ensayas un poco la vida antes de vivir los problemas y triunfos con desconocidos. En esa época, y sobre todo en la infancia, se viven decepciones o miedos como quien pasa gripes: para inmunizarse poco y para crecer. 

¿Qué libros has tenido en la cabeza? 

Muchos, claro... Y algunos están de un modo u otro. Fidel piensa citando algunas frases de Las ilusiones perdidas, imagínate, pobre infeliz. O cuando se pone estupendo y dice "nunca pero que nunca nunca" está citando el Rey Lear (creo que él no lo ha leído, quizás se lo chivó Bárbara). Una escena como la del Observatori Fabra, cuando descubre todo el lío de la familia de Diana, está inspiradísima en la narrativa inglesa cómica y muy especialmente en Kingsley Amis. Las citas que encabezan los capítulos (Dickens, Fante, Orwell) dan pistas... Nuevos autores como Junot Díaz me parecen alucinantes y sabrosos. Pero al final, se dice sobre todo que ‘Rayos’ es una novela en la tradición de la novela de Barcelona. Y ahí, claro, solo puedo decir que leer ‘Últimas tardes con Teresa’ comprada a los 15 en el mercadillo de Sant Antoni, me voló la cabeza; que tardé algo más en disfrutar ‘Vida Privada’ pero ya ves cómo lo hice; que Francisco Casavella es tan importante para mí que solo lo cuento cuando voy borracho o me piden un prólogo, y muchos más. No nos gusta que nos digan que nos parecemos a otros, menos cuando ese otro nos gusta demasiado como para negarlo.

 

*La foto es de Elena Blanco Benito.

1916-1956: JUAN RAMÓN Y ZENOBIA

1916-1956: JUAN RAMÓN Y ZENOBIA

El amor inagotable de Zenobia

y el poeta Juan Ramón Jiménez

 

‘Diario de un poeta recién pasado’ cumple un siglo y a la vez hace 60 años que el escritor recibió el Nobel, tres días antes de la muerte de su esposa

 

Antón Castro

Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881-Puerto Rico, 1958) fue un poeta depresivo y neurasténico con una inmensa capacidad de trabajo. Aquel “muchacho despatriado”, como lo llamó Ignacio Prat, tenía la cabeza en las nubes y en las más hermosas regiones de la poesía, pero los pies y el cuerpo en el suelo. Fue enamoradizo y vivió grandes historias de amor, algunas tan literarias como la de Georgina Hübner, la mujer inventada por unos poetas peruanos, o de sexo sencillamente como se ve en su poemario ‘Libro de amor’: no tenía reparos en seducir a monjas (algunas aragonesas: Pilar Ruberte, de Zaragoza; Amalia Murillo, de Sariñena, y la madre superiora, Susana López, de Mallén) o la esposa del director del hospital. Luego en la soledad de su estancia les dedicada hermosos poemas de trasfondo erótico. En 1913, casi por casualidad, conoció a Zenobia Camprubí Aymar (1887-1956) y decidió que iba a ser la mujer de su vida. Ella era todo un carácter: había vivido en Mallorca, Barcelona y Estados Unidos, hablaba inglés, era traductora y escritora y se manejaba en diversos negocios, sobre todo de artesanía popular y de inmobiliaria. Era una mujer moderna e independiente, que escribía cuentos, poemas y diarios en inglés y castellano, y que había tenido algunos novios. Uno de ellos, norteamericano, aún andaba por ahí al acecho; deseaba casarse con ella. Exhalaba vitalidad y energía. Ya de joven había escrito: “Estoy tan encantada y tan entusiasmada con todo, que no creo que haya ni una persona que disfrute de la vida más que yo”,

Al principio a Zenobia el poeta Juan Ramón Jiménez no le hacía mucha gracia. Tenía fama de raro, pero él se armó de paciencia y de poesía, y logró sus sueños: seducirla y convencerla para que se casasen, pese a la oposición materna. Ella lo llevó en secreto, consultó con algunas amigas y con su hermano, siempre cauteloso, pero al final accedió y fijaron la fecha de la boca el 3 de marzo en Nueva York. A la madre de Zenobia le costó aceptar la noticia: a ella el novio le gustaba nada.

En febrero de 1916, hace ahora un siglo, Juan Ramón Jiménez decidió viajar a Estados Unidos y empezó un libro: ‘Diario de un poeta recién casado’, que se inicia con su salida de Madrid hacia Cádiz, continúa con el viaje en barco, sigue en Nueva York, contempla una nueva travesía, ahora en el buque Montevideo, el retorno a Madrid y el recuerdo de muchos instantes. Ese libro se publicó a principios de 1917, pero la primera edición de Calleja lleva en portada la fecha de 1916. Es uno de los grandes textos de Juan Ramón, de gran unidad: un libro de viaje, un volumen de confesiones y emociones, la crónica de una luna miel donde se explora una nueva poesía, más desnuda, con ecos simbolistas en ocasiones, que se alza sobre tres elementos: el amor, el cielo y el mar.

La Universidad de Huelva publicó un precioso estuche de ‘Diario de dos recién casados’, donde la editora Emilia Cortés Ibáñez recoge el texto de Juan Ramón y las distintas notas del diario de Zenobia. Por ejemplo, escribe: “Juan Ramón y yo tenemos un gran disgusto y luego mayor comprensión y mucho más cariño verdadero”. Y un domingo anota: “Voy a misa, luego me encuentro mal y me meto en la cama. Por la tarde mamá viene a hacerme compañía y me lee cuentos”. Zenobia y Juan Ramón colaboraron en varias traducciones: la más famosa fue la de Rabindranath Tagore. Juan Ramón, perfeccionista hasta la exasperación, fue nombrado director de publicaciones de la Residencia de Estudiantes.

En 1936 se fueron de España. Juan Ramón firmó un documento de adhesión a la II República. Al poeta le concedieron un puesto de agregado cultural en la Embajada de España en Estados Unidos. Vivieron allí, luego en Cuba, más tarde en Marylanda y en Nueva York, de nuevo, y en 1951 llegaron a San Juan de Puerto Rico. Ambos daban clases y el poeta afinaba sus grandes libros: ‘Romance de Coral Gables’, ‘Animal de fondo’, ‘Dios deseante y deseado’ o el famoso poema en prosa ‘Espacio’. Zenobia no le dejaba ni un instante: a su modo, con ese código secreto que tienen todas las parejas, se amaron con locura. A Zenobia se le descubre un cáncer. Y un 25 de octubre de 1956 le dan la gran noticia de su vida: la concesión del Premio Nobel de Literatura por “por su poesía lírica, que constituye un ejemplo de elevado espíritu y pureza artística en lengua española”. Como su esposa está muy enferma, JRJ se plantea no decírselo. Al final se lo dijeron y quizá fue el mejor regalo en el momento del adiós. Ella había escrito: “A Juan Ramón no se le puede dejar solo en absoluto. Él es queridísimo aunque me vuelva loca”. Apenas dos años después falleció el poeta. No se acostumbraba a estar sin su amor, su mujer, su cómplice, su enfermera. Al fin y al cabo aquella mujer le impulsó a escribir: “Yo solo vivo dentro / de la primavera”.