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Antón Castro

Fotógrafos

NICOLÁS MULLER, EN LA FÁBRICA

NICOLÁS MULLER, EN LA FÁBRICA

QUÉ BELLO ES VIVIR

 

El judío errante que domesticó la luz

 

La historia de Nicolás Muller, el fotógrafo húngaro que retrató la España de posguerra, en un volumen de La Fábrica

 

Hungría ha sido tierra de fotógrafos. Allí nacieron algunos de los más grandes del siglo XX como André Kertész, Robert Capa, Brassaï, Martin Munkacsi o Kati Horna. También nació Nicolás Muller (Oroshza, 1913- Andrín, Asturias, 2000) que, para algunos, encarna a un judío errante de la fotografía. Hijo de abogado, creció hasta los once años en su pueblo y recibió por entonces su primera cámara. Le gustaba mucho adentrarse en el secreto de las cocinas y oír historias; a los seis años fue golpeado, apaleado e insultado al grito de “judío de mierda”. Embrujado por la cámara de fotos, intentaría sablear a familiares y amigos para adquirir películas y líquidos de revelado.

Estudió Derecho y Ciencias Políticas, pero pronto decidió que aquel no iba a ser su mundo. Hungría era un país convulso, dominado por los poderosos. La gente vivía en un régimen que parecía de esclavitud. Quizá por ello, con un grupo de intelectuales y amigos, Los descubridores de las aldeas, Nicolás Muller hizo tres volúmenes, ‘Descubrimiento de Hungría’, donde denunciaba la dura vida de la gente del campo. Sus fotos son estremecedoras: captan las penalidades de los campesinos, de los trabajadores que drenan los ríos, de las lavanderas; captan los viñedos, las ferias o las escuelas judías. Más tarde, por razones políticas y la expansión de Hitler, se trasladaría a París y a Marsella. Allí registrará la actividad portuaria, la expresividad de los niños y la fuerza enigmática de algunos rostros. Más tarde se desplazaría a Portugal, sobre todo entre 1938 y 1939, y se convertiría en el narrador visual del puerto de Oporto y sus moradores.

La II Guerra Mundial lo llevará al protectorado español en Marruecos. A Tetuán y Tánger, sobre todo. Le interesaba todo: la calle, los zocos, la blanca geometría de las casas, las bailarinas, los desnudos; a esa época pertenecen de sus mejores fotos: ‘El galgo y la modelo’ (1940) y su ‘Desnudo’ (1940) más onírico y sensual. Hacia 1946, conoció a Fernando Vela, secretario de José Ortega y Gasset, que se convertiría en su protector.

Colaboraría con la ‘Revista de Occidente’, fijaría su residencia en Madrid y acabará conociendo y retratando a los grandes intelectuales del momento: al citado Ortega, que dirá “Nicolás Muller tiene la luz domesticada”, a Pío Baroja, Azorín, Cela o Dionisio Ridruejo, “quizá el más entrañable de todos”, entre otros muchos. También retrató a los aragoneses Pablo Serrano, Pedro Laín Entralgo o Luis Galve. “Me gustaba hacer retratos para conocer al personaje”, confesó. A lo largo de los años, realizó fotografías para monografías sobre Cataluña, Andalucía, Baleares, Canarias, País Vasco y Cantabria. Y firmó libros sobre ‘El paisaje español’ o ‘La huella judía en España’.

Nicolás Muller es una estupenda propuesta navideña: pueden verse sus ‘Obras Maestras’ en la Sala Canal en Madrid, bajo la dirección de Chema Conesa, o en un libro extraordinario, que ha publicado La Fábrica, con textos de Conesa y Pilar Rubio Remiro, y los ‘recuerdos’ de Muller. Sus fotos exaltan la complejidad de existir, las fiestas, los paisajes, el estupor y la calma de los ancianos, la soledad de los pueblos. Nicolás Muller tenía un admirable sentido narrativo y plástico, y documentó como nadie los cambios de la vida española. Dijo: “La fotografía es arte si detrás del objetivo está el artista”. Él lo era: un artista de la intensidad, de la emoción y de la belleza. Un artista inolvidable.

 

CANO, CANITO: UNA ENTREVISTA

CANO, CANITO: UNA ENTREVISTA

 

Francisco Cano ‘Canito’ es el testigo más anciano de los toros. Es como el oráculo de la fiesta: lo ha visto casi todo y ha estado en todas partes. La fama se la debe a un hecho inolvidable, coronado por la leyenda y el drama: la muerte de Manolete en Linares el 28 de agosto de 1947, Cano captó casi 200 fotos de la cogida mortal del hombre que todos idolatraban y que vivía una intensa historia de amor con Lupe Sino, estorbada por la terquedad de doña Angustias, la madre del matador. El respeto que genera se lo debe a que lleva  desde 1943, es decir, 66 años ininterrumpidos, tomando fotos, de plaza en plaza, buscando el escorzo ideal, el volatín airoso, el movimiento perfecto con el que se dibuja una verónica inolvidable. Puesto a acumular cifras, Cano podría decir: “He hecho más de 60 veces los sanfermines, he cazado con Gary Cooper, Ernest Hemingway y con Orson Welles. Me he emborrachado varias veces con con Ava Gardner, la mujer más hermosa que he visto nunca. He vendido una foto de Manolete por más de 300 euros y José Tomás me dijo que una de ellas era la mejor foto que había visto nunca de los toros”.

-Se ha dicho muchas veces señor Cano: su vida parece una novela…

-Algo de ello habrá, sí.

-Por ejemplo, usted empezó de boxeador, ¿no?

-No exactamente, pero estuve a punto de debutar. Todo empezó por una pelea. Un día iba con un amigo mío, muy alto, y de repente me vi metido en una pelea con un tipo muy grande. Estábamos en el interior de un portal. Mi amigo me dejó solo y el otro me dio una buena paliza; si yo le daba una leche, él me daba veintiuna. Fue tremendo. Se ensañó a gusto.

-¿Qué pasó luego?

-Un día iba por la calle de mi ciudad, Alicante, con un amigo y vi al joven que me había dado una paliza. Le pregunté a mi compañero si lo conocía. Me dijo: “¿No me digas que no lo conoces? Es un famoso campeón de boxeo”. Me quedé de piedra, claro. Y decidí irme al boxing, al gimnasio, donde él se entrenaba. Entré, vi al encargado y le dije que quería cruzarme guantes con él. El hombre me preguntó si había boxeado alguna vez. Le contestó que no, y me dijo si me había vuelto loco. Le dije que quería hacer boxeo. Al cabo de quince días o así, empecé a entrenarme con él. Peleaba muy bien y era hasta amable conmigo. Cuando se confiaba, yo le soltaba un buen golpe, un duro golpe que le hacía daño. Mucho daño. Recuerdo que me miraba con sorpresa y me advertía. Casi siempre se contenía. Un día le dije: “¿No sabes quién soy?”

-O sea, que usted se estaba vengando, así como quien no quiere la cosa, de aquella paliza en el portal.

-Sí. Le di más de doscientos golpes poco a poco, a lo largo de los días. Doscientos golpes contundentes. Yo creo que serían doscientos. Él me dijo que no me había visto antes, y yo le pregunté si recordaba él día que le había dado una paliza a un chaval menudo en el portal. “Ah, cabrón, cabrón, eras tú”. Se enfadó mucho, quizá me soltase algún mamporro, pero al poco tiempo nos hicimos grandes amigos y me enseñó a pelear. ¿Sabe una cosa?

-Diga, Cano…

-Yo creo que todo el mundo debería saber boxear y defenderse. Yo tengo ahora un nieto y quiero aprenda. Solo me he peleado de veras dos veces en la vida, y gracias a lo que había aprendido en el gimnasio me deshice de dos tipos que me sacaban una cabeza.

-Sospecho, por lo que dice, que no se dedicó al pugilismo…

-Espere, espere. Yo tenía el sueño de convertirme en boxeador. Le dije a mi padre, que era el responsable de un balneario, que me marchaba a Barcelona. Un poco cabreado, me dijo: “Si te vas a Barcelona no vuelvas aquí si no es con el título de campeón nacional de boxeo”. Hablaba en serio.

¿Y usted se rajó?

-Me dio miedo. Yo era poquita cosa. No llegué a debutar.

-Dejó el boxeo. ¿Cuándo aparecieron los toros en su vida?

-De inmediato. A mí padre le gustaba mucho el toreo y había lidiado un poco. Ya le dije que era el encargado de un balneario que se metía un poco en el mar. Un día, un novillo se escapó y se metió en el mar. Literalmente. Como se lo digo. Y yo me metí en el agua y logré sacar al animal. Lo saqué y lo toreé en una especie de explanada que había en el balneario. Vinieron cinco o seis mozos para llevárselo en un camión, y en cuanto me vieron empezaron a animarme: “Sigue, torero, sigue”. Y venga: “Sigue, torero, sigue”, hasta que lo cogieron, lo subieron al camión y supongo que lo matarían. Pero ahí empezó algo especial…

-¿Descubrió el toreo, no?

-Exactamente. Luego hubo otros muchos lances. Como novillero llegué a participar en 39 corridas. Y fue Marcial Lalanda quien me dio mi carné profesional de torero.

-¿Torero o novillero?

-Un momento: un novillero es un torero. Solo cambia la edad y el peso del animal, pero hay que lidiarlo. A mí cualquier persona que se pone delante de un toro me merece mucho respeto. Se juega la vida. Cuando llegó la Guerra Civil, yo ya tenía algo de fama y hube de torear en Alicante por los soldados del Frente Popular, en concreto para los comunistas, y para los anarquistas de la FAI en Orihuela, pero no llegué a tomar la alternativa. Me perjudicó el parón del conflicto.

-¿Qué sucedió luego?

-Algo que fue muy determinante. Los comunistas me metieron en un convoy para Madrid, estaba malherido, el toro me había partido el escroto, y logré escaparme para no ir al frente. Después de eso me refugié tres años en las calle Ventura de la Vega, 21, en Madrid. Me acogió en su casa el químico Gonzalo Guerra Banderas. Yo había llegado herido y él fue muy generoso conmigo. Me salvó la vida porque ya le digo que yo llegué herido a Madrid. Me enseñó de todo: aprendí a hacer perfumes y jabones, y otras muchas cosas. Fueron tres años maravillosos. Decidí que no iba a ser torero.

-¿Cómo se hizo fotógrafo?

-Por puro azar y gracias a él. Le gustaban mucho las fotos y ya realizaba instantáneas en color. Yo no sabía nada de fotografía. Sin embargo, llegamos a construir una máquina entre los dos con algunos materiales que encontramos en el rastro. La rediseñamos, la soldamos, le pusimos un objetivo y, ¡hala!, vamos a hacer fotos. Fue él también quien me enseñó a trabajar en el laboratorio. El primer reportaje que hice fue a un torero peruano, Alejandro Montani, ‘el Sol del Perú’. Le hice unas veinticinco docenas de tomas y cobraba a dos pesetas la docena.

-¿Qué tal la experiencia?

-Estupenda. Eso debió ser en 1943, más o menos. Me pasaba algo muy curioso: en primer lugar había sido torero de 39 corridas y mucha gente me conocía. Además, y eso me benefició mucho, conocía el secreto de los lances, sabía cómo iba a ponerse el torero, cómo iba a entrar a matar. Sabía cuándo era el momento más importante de una corrida para disparar y eso me benefició mucho. No es por chulearme, pero pronto me hice el amo. Después de aquella primera cámara, compré una Kodak Brownie por 21 pesetas, luego tuve mi primera Leica, que era una cámara maravillosa, y a partir de ahí todo fue coser y cantar.

-He leído que usted ha sido muy mujeriego…

-Bueno, no tanto. Me casé varias veces: mi primera mujer se murió joven y me dejó cuatro hijos; luego una valenciana me dio dos hijos más. No todo fue fácil.

-¿Por qué lo dice’

-Porque hubo un momento que la Falange quiso quitarme el carné. Uno al que yo había ayudado mucho me denunció diciendo que yo no era profesional. Y durante una corrida vino alguien, falangista, sin duda, a quitarme la máquina. Les dije: “Me tienen que matar antes”. Tuve que ir al sindicato y allí estaba, al frente, Camilo José Cela, que se portó muy mal conmigo. Fue realmente maleducado. ¡Que Dios lo tenga allá lejos! Al final todo se arregló.

-¿Cómo vivía el mundo de la fiesta?

-Bien. Me sentía a mi aire. Feliz. Frecuentaba la casa de los Bienvenida, de los Dominguín, de los Ordóñez. Si digo que crecí y que aprendí mucho con ellos no miento. Estuve muchas horas en su compañía. En realidad, por eso fui a Linares.

¿Por qué fue?

-Porque iba mucho con los Dominguín, boxeé alguna vez con Domingo Dominguín. Y pasé por su casa para cobrarle unas fotos a Luis Miguel Dominguín. Me dio largas y largas, y de repente me dijo que lo acompañase a una corrida importante a Linares. Que le hiciera un reportaje, y que al final me pagaría todo. Y eso hice. Luego pasó lo que pasó: murió Manolete, y yo estaba allí con mi cámara y muy cerca de él cuando marchó al otro mundo.

-Usted habla a menudo de otros amigos: Gary Cooper, Hemingway, Orson Welles.

-Los conocí a todos, y fui de caza con ellos varias veces. Eran simpáticos, muy simpáticos. Orsons Welles, además, era un tipo genial, se veía que era muy inteligente y que tenía una gran personalidad. ¡Qué le voy a decir de Ava Gardner! Era maravillosa, la mujer más bella del mundo. Como una diosa. Nunca he visto nada igual. Nos emborrachamos a menudo y también venía de cacería. Como era así, desprendida, también me besaba, pero nada más.

-¿Cuáles son sus mejores fotos?

Las que se escapan siempre son las mejores. No tengo duda. Es como si huyesen para que las soñaras luego.

-¿Cuál es el secreto de su longevidad?

No lo sé. Hay un médico que es muy amigo mío que siempre me dice lo mismo: el secreto de Cano es que ha follado mucho y que ha comido poco. Y es cierto, sí. He hecho mucho el amor, he gozado mucho, muchísimo. La mejor gimnasia que existe es la de la cama.

 

 

LA GOTA DE SANGRE DEL TORERO DE MÁS AIRE

La esposa de Francisco Cano, 'Canito', lo reclama una y otra vez. Están a punto de sortearse los toros para la corrida del pasado viernes en la Misericordia. Y ella, probablemente, habrá oído y leído una y mil veces la historia de la cogida de Manolete. Ese reportaje que guardó celosamente y que empezó a mostrar a principios de los años 70. Se exhibió en Zaragoza, en una muestra organizada por la Diputación de Zaragoza, y durante muchos años fue uno de los tesoros del Museo Taurino de Enrique Asín -su gran amigo y su gran anfitrión en muchas tardes de fiesta-, en Blas y Ubide 12+1.

Como si fuera un showman, Cano coge la grabadora y le habla: le cuenta que en Linares, en agosto de 1947, toreaban Manolete, Gitanillo de Triana y Dominguín. Dice: "Manolete andaba preocupado, parecía tener la cabeza en otro sitio. Su madre no aceptaba a su amante Lupe Sino y eso le desconcertaba. No era un buen día para él. Entró a matar a la suerte contraria y el toro le empitonó el muslo con rabia. Al abrir las piernas empezó a sangrar en abundancia. Era impresionante".

Cano tiró muchas fotos, intuyó lo que ni siquiera se atrevía a pensar, intuyó la tragedia, y colaboró en la enfermería. Cuando lo dejaron sobre la cama, se cayó al suelo porque no estaba bien puesta. Le hicieron dos transfusiones, pero no sirvió de nada. "Poco después se moría el torero que más me ha gustado nunca. Aún le hice más fotos, tumbado, con y sin pañuelo. Comprobé que la sangre había traspasado el colchón y caía gota a gota. Era mi ídolo y creo que nunca he visto un diestro que lo superase". Poco después, Lupe Sino lo llamó y le dijo que quería comprarle las fotos. No se las vendió. En Madrid todo el mundo lo esperaba. Aquel reportaje iba a ser el estandarte de su fama y un recuerdo imborrable. Cano suele decir que lloró como un niño la muerte de Manolete.

 *Esta entrevista se publicó en el Pilar de 2009. La recupero ahora cuando Cano ha sido objeto de un homenaje y camina, lleno de vitalidad, hacia los 101 años.

RAFAEL NAVARRO: UN DIÁLOGO...

[Rafael Navarro Galarraga acaba de ganar el Premio Aragón-Goya 2013. En 2004, con motivo de otro nacional, le hice esta entrevista. Hemos conversado muchas veces, pero esta entrevista explica muchas cosas del artista.]

 

Foto de Carlos Moncín. De Heraldo de Aragón.

Fotografía / Rafael Navarro (Zaragoza, 1940) acaba de recibir el Premio Nacional de la Confederación Española de Fotografía. Se trata de uno de los grandes fotógrafos de Aragón, cuya obra está recogida en varios libros como “Dípticos”, “Las formas del cuerpo” o “Rafael Navarro” de La Fábrica / Caja Madrid, 2002.

 

“Soy un fotógrafo lírico que habla sin utilizar

palabras desde el arte de la sugerencia”

 

 

-No seré nada original. ¿Le perturba, le emociona o le enorgullece este Premio Nacional de la Confederación Española de Fotografía?

-Todo a la vez. Es un reconocimiento de los clubes de fotógrafos amateurs, que dicho así suena un poco peyorativo, pero en realidad son los auténticos enamorados de la fotografía, aquéllos que practican la fotografía porque la aman. No he pertenecido demasiado a ese mundo, aunque sí debo reconocer que la Sociedad Fotográfica de Zaragoza me ayudó mucho. Crecí en ella, la presidí durante algún tiempo y luego decidí dejar el cargo porque soy partidario de ceder el paso a las nuevas generaciones… Además, no iba en esa línea.

-¿Cuál era su línea: la de fotógrafo-artista?

-Sí, la de artista plástico que se expresa mediante la fotografía. Pero empecé haciendo un poco de todo: tomé fotos del teatro y realicé reportajes del mundo del motor: coches y motos, algo que me gustaba mucho.

-Y de ahí, ya dio el salto hacia el cuerpo…

-Más que hacia el cuerpo, en concreto, hacia la fotografía de autor, que es el intento de crear una imagen o de fabricar un objeto artístico, lo más personal posible, a través del cual transmites tus emociones, tus sentimientos, tus ideas.

-Insisto, desde muy pronto el cuerpo humano se convirtió en su obsesión.

-Aunque le parezca mentira, eso no es exacto. El cuerpo humano ocupa el 50 % de mi trabajo de 30 años. Y el otro 50 % son paisajes, composiciones diferentes, texturas, volúmenes, luces y sombras. Es cierto, que con el cuerpo de mujer me siento muy cómodo: es el que más me gusta y es el vehículo que utilizo como elemento esencial para transmitir mis sensaciones.

-En su obra, siempre aparece rodeado de una pulsión estética inequívoca.

-Me gusta la belleza, el orden, la armonía, y a veces de manera natural tengo que luchar contra mi inclinación hacia todo eso. Tiendo a equilibrar los valores compositivos, y a veces mis fotos pierden frescura y pueden dar la sensación de que están manipuladas, o de que he intervenido en el positivo. Y no es así. Soy un maniático del orden, de la estética, resulto casi impertinente y eso se nota, pero me dejo guiar por la intuición… Soy de los que piensa que las fotos hay que hacerlas con la cámara. Luego, yo trabajo en la ampliadora y mi mujer,  Maite, colabora con los caldos. Podemos hacer ampliaciones de hasta 50 x 60.

-También se ve que usted trabaja por ciclos que parecen repetirse. Por ejemplo, “Ellas”…

-Es cierto, trabajo dentro de una gran espiral, como la vida, y eso quiere decir que vuelvo a pasar por lugares similares. Y a veces, sí, puede dar esa sensación de que me repito, pero eso no me preocupa. Intento ser sincero con mis emociones y no me preocupo en exceso de esa impresión. De todos modos, a lo largo de 30 años sólo he firmado 400 fotos, es decir, casi salgo a una por mes. En el fondo, es una producción lenta.

-Una de sus series más famosas son sus “Dípticos”.

-Es un trabajo que duró de 1978 a 1985. Son siete años, y sólo hice 69 fotos. No crea que hice muchas más, tal vez 40, que se quedaron fuera del proyecto. Las tiré con una cámara de placas de 13 x 18, y son fotos muy preparadas: de composición, de tema, de luz. La elaboración es tan costosa que cuando disparas, ya sabes que te van a servir. Yo usé los “Dípticos” de manera vertical, superponiendo dos tomas distintas y así creaba una nueva realidad, y también un nuevo contexto, algo que siempre me ha obsesionado.

-Hablemos de sus desnudos, uno de los géneros fotográficos por excelencia.

-En ellos, me preocupa mucho el control de la luz. La foto es luz. Sus efectos, sus sombras, sus texturas, siempre trato de sacar los poros, los pelillos, las rugosidades, el movimiento, y a veces se convierten en puros paisajes. Son desnudos, claro, pero también son otra cosa, formas que me emocionan y con las que intento trascender el hecho de que lo ve el espectador es un cuerpo. La voluptuosidad no sólo está en el cuerpo. Hace poco hice un viaje familiar a Túnez, y hubo un momento en que me marché solo con la cámara al desierto. Y vi curvas, texturas y formas de la arena que son igualmente voluptuosas o eróticas que un cuerpo. Igual sucede con las ondulaciones del agua. La propia forma es voluptuosa.

-¿Y esa carga erótica constante?

-Me gusta jugar con la ambigüedad: intento mezclar la abstracción con la evidencia porque es eso lo que más me interesa de la imagen. La mezcla de elementos y de puntos de vista es lo más sugerente. Creo que soy un fotógrafo lírico que habla sin utilizar palabras del arte de la sugerencia, y con la imagen busco un concepto más sutil y poético que la propia palabra.

-Es decir, abstracto, conceptual o lírico, lo que busca es la comunicación.

-Desde luego. La fotografía es mi lenguaje. Soy muy tímido y la foto ha sido una eficaz válvula de escape y de comunicación. De todos modos, no suelo aceptar ninguna foto de encargo con fecha fija. Padezco el pánico del creador. Recuerdo que el actor Carlos Lemos confesaba que en sus inicios tenía miedo, que se le pasaba sobre el escenario. Ya veterano, confesaba: “Ahora ya no tengo miedo, tengo terror”. Me sucede lo mismo. Te exiges cada vez más.

-Hablemos de sus fotógrafos de referencia. Por ejemplo, Manuel Álvarez Bravo.

-Me gusta mucho por su frescura y por su ternura. Lo conocí, tuvimos una relación breve y hacía el cariñoso esfuerzo de colocarme a su altura. Era maravilloso. Cambiamos uno de mis “Dípticos” por “La buena fama durmiendo”, aquella foto de una mujer tendida, con vendajes, con su pubis ofrecido al sol.

-¿Arnold Newman?

-Me interesa mucho. Es un maravilloso retratista, como Richard Avedon, como August Sander. Aunque yo no he hecho retratos porque no me he atrevido a profundizar en esa faceta. También me gusta mucho Man Ray, es difícil hacer algo y no encontrarte en algún momento con él, con su magisterio; y Edward Weston, o Harry Callaghan, por la limpidez de sus imágenes. Creo que en mi obra es visible una influencia de la fotografía oriental, especialmente la japonesa.

-Hablemos de política cultural.

-Qué le voy a decir. En Zaragoza y en Aragón estamos en precario. Zaragoza por no tener no tiene ni una Facultad de Bellas Artes. Y necesitamos un Museo de Arte Contemporáneo que tenga un buen departamento de fotografía que trabaje en la difusión, edición y promoción de los fotógrafos: de los clásicos, de los intermedios como nosotros o de los más jóvenes.

-¿Qué proyectos tiene nuestro fotógrafo más internacional, junto a Pedro Avellaned?

-Preparo una colección de fotos sobre el mar en la Costa de la Muerte, serán cinco o seis piezas de 2.5 metros de ancho por uno de alto. Y también preparo un proyecto sobre texturas metálicas. Actualmente estoy exponiendo en la muestra “Agua al desnudo” de la Fundación Canal en Madrid, en una colectiva con Juan Manuel Castro Prieto, Tony Catany, Joan Fontcuberta, Cristina García Rodero, Alberto García-Alix, David Jiménez, Chema Madoz, Isabel Muñoz, José Manuel Navia, Carlos Pérez Siquier y Jorge Rueda.

JOHAN HAGEMEYER Y SU MUNDO

JOHAN HAGEMEYER Y SU MUNDO

JOHAN HAGEMEYER: UN FOTÓGRAFO HOLANDÉS EN AMÉRICA
Johan Hagemeyer es un fotógrafo holandés, nacido en 1884 y fallecido en 1962. Procedía de una familia de agricultores: se trasladó a Estados Unidos y contacto hacia 1921 con el gran Alfred Stieglitz, más tarde conoció a Edward Weston y a Ansel Adams, y por distintas razones no se incoporó al coelctivo G f/64. Hizo todo tipo de fotos, básicamente retrato (Albert Einstein, Tina Modotti, Dalí...). Aquí ofrezco una pequeña selección de un artista que murió más bien aislado y en la miseria.

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DENNIS HOPPER, ROUTE 66, POR GUILLERMO BUSUTIL

Guillermo Busutil, escritor y periodista cultural, y observador de las hermosas cosas de la vida, le dedica un artículo a Dennis Hopper, fotógrafo, que se expone en el Museo Picasso de Málaga. Alguna vez he colgado aquí algunas de sus fotos. Vuelvo a hacerlo.

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2013/05/05/dennis-hopper-route-66/585595.html

Guillermo BUSUTIL

Alguien que nace en Dodge City responde OK a cualquier pelea que sea difícil. Alguien que nace en Dodge City, en medio de una depresión económica, sabe que su única ruta es mirar hacia delante, de frente la sonrisa y la rebeldía. Lo dejó siempre claro Dennis Hopper. El indomable amigo americano de una leyenda llamada Paul Newman y de un rebelde sin causa como James Dean. Los tres amaron por igual la velocidad. A cada uno, ella los trató a su manera. A Dean lo robó joven a bordo de un Porsche Spyder 550; a Newman lo dejó conducirla en la 24 horas de Le Mans; a Hopper le regaló el invento de un género cinematográfico con el que terminó de inmortalizar la route 66. En España, el peregrinaje de la juventud disconforme y el de la expiación tienen el camino de Santiago. La carretera madre es la que cruzan en Norteamérica los que tienen la vida en punto muerto o su tiempo en desorden. Doce años después de su publicación, On the road, de Jack Kerouac, se transformaba en la road movie Easy Rider, de Dennis Hopper. Kerouac kilometró un monólogo generacional sobre la libertad y los márgenes del destino. Sólo le hizo falta un coche de segunda mano, cambiar de tren, un lápiz, una libreta de bolsillo y cualquier papel a su alcance. Y como cada aventura requiere un amigo, Kerouac tuvo a Neal Cassady. Hopper filmó una película de cowboys sobre la contracultura. Sólo necesitó el estribillo de una canción que vivir, Born to be wild, una Harley Davidson, a Peter Fonda como colega de viaje y un pasado Nikon 36 mm. La novela fue el resultado de la prosa espontánea forjada por un escritor a lo largo de la route 66. La película, la consecuencia de la fotografía espontánea del actor que aprendió a encuadrar la narración de la imagen.

El Museo Picasso Málaga acaba de inaugurar un magnífico road fotográfico de Dennis Hopper entre 1961 y 1967. La fotografía como película. La fotografía como camino de expiación. A las estrellas difíciles se les expulsa de los estudios hasta que demuestran que han desintoxicado su carácter. Un tipo de Dodge en primer plano, con éxito a sus espaldas y un exilio por delante, es una bomba de relojería. Su primera mujer lo sabía. Tal vez por eso le regaló una cámara. Brooke Hayward nunca supo que le estaba regalando un viaje por la frontera entre el que mira de un lado y lo que mira desde el otro. Y también por la cultura, la política, por los rostros populares de una época en la que todos buscaban cruzar la vanguardia de su destino. La vieja huella de la gran depresión del medio oeste se estaba quedando atrás, en un porche donde al atardecer no se escuchaban las canciones de Neil Young o Ike &Tina Turner. Delante, a punto de nacer, el nuevo periodismo, el arte pop, la Factory Warhol. Dennis Hopper explorando lo real, las sombras que le embriagaban por dentro, otros lenguajes de expresión. De joven aprendió a enfrentarse al lienzo en blanco pero no sabía que la fotografía es subversiva, como dijo Roland Barthes, cuando induce a pensar. Si te cuenta a los ojos una historia en blanco y negro que se puede escuchar de cerca y de lejos.

Este es el alma de la exposición que recorro como si fuese la route 66, sin rumbo fijo. Al igual que Kerouac, que Hopper, lo hago con un amigo, el pintor Rafael Alvarado, con el que me gusta viajar por el museo. Un viaje en el que Hopper convierte la fotografía en un buscador de respuestas, en el acta notarial de la mandrágora bohemia, en una creatividad artística que tiene la identidad como actitud. Cada imagen es la geografía de la historia que cuenta con la voluntad del superviviente, del cómplice. Mira la moda y retrata sus actrices sensuales, flotando en la atmósfera que crea el encuadre, igual que si compitiese con David Bailey por una portada de Vogue. Observa y registra personas anónimas y personajes célebres. Demuestra que, además de fotógrafos francotiradores de objetivo largo y de los que lo hacen a quemarropa, existen otros que son carteristas. Se acercan, sonríen, saludan, pasan, sin que el sujeto del otro lado del objetivo advierta que le han robado la cartera. El alma en una mirada. Me gustan los retratos que desvelan la identidad interior, el rostro al que uno terminará por parecerse. Aunque siempre me he preguntado cómo es la fotografía que capta el rostro del miedo, del egocéntrico, del cobarde, el de aquel que es una máscara hacia fuera, una máscara hacia dentro. Hopper es muchos Hopper. Por eso hay imágenes que recuerdan a Duane Michals, viajero, conceptual y creador de secuencias fotográficas, cuando confesó «soy un reflejo fotografiando otros reflejos dentro de un reflejo». Le doy la razón al ver al volante a Tuesday Weld, perfil de belleza al viento rubio de la felicidad. Hopper la convirtió en un poema de amor en dos movimientos. Al contemplar a Warhol, marca eterna de esa mirada con eco en la que sólo cambia el color camaleón.

En este Hopper route 66 de 141 kilómetros en la pared, se pueden encontrar encuadres que son poemas visuales sobre la sociedad de consumo. Manténgase a la izquierda; beba Coca Cola; sienta el dolor del hielo derritiéndose sobre sus hombros; contemple la perspectiva área de un ángulo de calle con una enorme flecha pintada en el asfalto que señala a un niño en tránsito. Fotogramas de cine, cuadros, fotografías de fachadas con ventanas y sombras que recuerdan pinturas de Mondrian. Carteles desgarrados como un graffiti en una pared por la que parece que acaba de pasar Basquiat. Lichtenstein, Tinguely, Rosenquist y Ed Ruscha, el artista como producto. Y otras fachadas y aceras y casas y seres anónimos haciéndome rememorar al pintor que nos enseñó que, a veces, la vida está Hopper. Fotografías con el silencio limpio en blanco y negro, el mismo realismo poético de la inmovilidad de lo cotidiano y el latido del detalle. Escenas del medio oeste, con el tiempo mutilado y los rostros fósiles, que evocan la mirada seca de Richard Avedon.

No puede faltar la huella del apocalíptico actor, con cámaras colgadas al cuello en medio de la jungla de Vietnam, igual que si fuesen cabelleras o armas ligeras de repetición. Qué pena que esos carretes fuesen de ficción. Esas fotos hubiesen sido el broche rebelde a esta exposición. Está claro. Alguien que nace en Dodge City nunca viaja en el asiento de atrás de la vida.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

MANU BRABO, POR PICOS LAGUNA

 [Ayer, en el suplemento dominical de ’Heraldo de Aragón’, Picos Laguna publicaba esta entrevista con Manu Brabo (Zaragoza, 1981), premio Pulitzer de fotografía. La traigo aquí al completo].

MANU BRABO: “Sin mis padres no hubiera llegado a ningún lado”

[Acaba de lograr un Pulitzer, el premio de fotografía más prestigioso del mundo, por una imagen tomada en Siria. Nacido en Zaragoza y criado en Gijón, es uno de los últimos reporteros de guerra]

 

TRES FRASES

«Siempre quise ser lo que soy, aunque no supiera cómo conseguirlo»

«Lo dejé todo: mi trabajo, Madrid, a mi novia, y me volví a Gijón»

«Envías tu trabajo y nadie te contesta y llegas a cuestionarte como persona»

 

Por Picos LAGUNA.

Coordinadora de Heraldo Domingo de HERALDO DE ARAGÓN

 

 

Esta es una de esas entrevistas que podía haber sido interminable, en la que la bonhomía del entrevistado acaba llegando al corazón y te terminas enrollando por cualquiera de los caminos que se abren a lo largo de la conversación. Un encuentro que arranca con la imagen con la que ha ganado nada menos que el premio Pulitzer, una demoledora fotografía hecha en una Siria hoy olvidada y llena de muerte. Un galardón que es el sueño de miles de personas en todo el mundo, que es (casi) inaccesible y que le ha convertido en el segundo español en conseguirlo después de Javier Bauluz en 1995, por su trabajo en Ruanda. Pero es que Manu Brabo (Zaragoza, 1981) tiene el espíritu de los viejos reporteros a los que les quema el alma ante el dolor que tanto han fotografiado; de quien nunca abandona los conflictos, de los que vuelven una y otra vez cuando el circo mediático ya se ha retirado y olvidado de ellos.

Usted nació en Zaragoza y vive en Gijón.

Yo nací en Zaragoza y aquí viví  unos pocos meses porque mis padres sacaron plaza de médicos en Pola de Siero, primero, y Gijón, después. Vivían aquí y aquí se conocieron estudiando Medicina; mi padre es radiólogo y mi madre pediatra.

Pero siguió viniendo por aquí.

Claro, porque mis abuelos paternos vivieron muchos años en Jaca y mi abuela en Zaragoza, en la calle Corona de Aragón. Veníamos por vacaciones, pero con los años los viajes se iban espaciando y con el tiempo a mi me iba dando mucha pereza, porque era un viaje muy pesado, lleno de curvas y me mareaba mucho; era un suplicio. Hoy es diferente con la autopista. Sigo teniendo familia y además está mi novia que también es fotógrafa. Es curioso, porque desde Navidades he ido tres veces...

Acaba de ganar un premio Pulitzer, el sueño para un fotógrafo.

Sí, sí, aunque he sido consciente de la importancia del premio solo cuando me he visto desbordado a llamadas y mensajes. Es una locura y puede que no hubiera calibrado la realidad de su prestigio y dimensión.

El premio es por una foto tomada en Siria en la que se ve a un padre llorando la muerte de su hijo. Un hecho tremendo y universal.

Es una imagen muy fácil de entender porque está al revés, porque deberíamos ser los hijos quienes lloremos la muerte de los padres; una imagen contra natura y que denuncia también la violencia sin sentido.

Además, de un conflicto que está abandonado.

Nunca he entendido los picos mediáticos, porque entre septiembre y octubre fue una auténtica inundación de noticias sobre Siria y ahora por desgracia la gente se ha olvidado de él, y siguen produciéndose muchas muertes

A usted le retuvieron en Libia durante 45 días, y sigue volviendo.

No me gusta abandonar los conflictos. A Libia también viajé varias veces, para la revolución y para las elecciones.

¿Cómo se inició en la fotografía de guerra?

Siempre me atrajo, pero recuerdo un reportaje en un semanal de imágenes de fotógrafos que habían muerto trabajando en conflictos, Kappa..., y me quedé impactado porque hablaba de gente que se ganaba la vida yendo por esos sitios y contando lo que sucedía. Yo estaba en Primero de BUP, unos 14 años, y me enteré de que podía estudiar fotografía, así que mi objetivo se centró en conseguir aquello. Era muy mal estudiante.

Pero estudió Fotografía.

Tengo que decirle que yo era un ‘vagoncio’ que prefería estar en el patio del colegio jugando a voleibol, fútbol, a cualquier deporte, el que fuera; o en el bar con mis amigos. Estudié fotografía que era lo que me gustaba y lo hice en Oviedo y cuando intenté trabajar en ello vi que era muy complicado, así que como no sabía qué hacer, pero sí quería ser lo que soy hoy, me fui a Madrid y comencé a estudiar Periodismo, porque pensé que si no podía ganarme la vida con la fotografía al menos lo haría con la escritura. Pero con el tiempo llegué a la conclusión de que el dinero que me costaban las matrículas podía invertirlo en viajes.

Casi acaba Periodismo.

En la Facultad de Comunicación estuve 3-4 años y al final solo me matriculaba de lo que me interesaba, así que tengo asignaturas aprobadas de casi todos los cursos. Estaba trabajando en una agencia haciendo fotografía deportiva y durante cuatro años compaginé ese trabajo con viajes que después intentaba vender, como el terremoto de Haití, Kosovo...

Trabajar para viajar, algo por lo que han comenzado muchos corresponsales de guerra.

Es la única manera, porque por más ganas que tengas de trabajar nadie te va a llamar para decirte que te vayas a un sitio y que envíes las fotos, o estando en algún lugar para que les envíes tu trabajo.

¿Cómo es de complicado vender una foto para un ‘freelance’ como usted?

Ahora me parece más fácil. Al principio no, y es muy duro y frustrante; te sientes un novato, un ‘primo’ y solo te centras en los medios de comunicación; intentas hablar con ellos y no obtienes ninguna respuesta, como si el correo electrónico fuera un gran agujero negro. Es muy desilusionante porque piensas que no haces bien tu trabajo, que eres un mal fotógrafo y un mal periodista, un trabajo que haces con todo el cariño y por el que te dan la callada por respuesta. Te cuestionas a ti mismo y todo, absolutamente todo, por un acto tan sencillo como es que alguien te responda a un correo electrónico. Así fue durante mucho tiempo, porque además tuve muchas respuestas esquivas. Hasta que hice un viaje a Palestina y conocí a dos periodistas navarros impresionantes, Alberto Pradilla y Aritz Intxusta. Ellos son plumillas y yo fotógrafo, así que comenzamos a trabajar juntos. Hice un reportaje sobre el psiquiátrico de Belén y me lo compraron y ví que sí, que había editores que creían en mi trabajo. Me hizo mucha ilusión, porque soy como un niño y me entusiasmo cada vez que me publican algo. A partir de ahí es cuando comienzo a no cuestionarme y a trabajar mejor.

¿Cuándo sintió que podía vivir de ello?

Yo estaba en Madrid pero vivía  una situación que me quemaba vivo. Fotografiaba deporte de todo tipo, de motociclismo a golf, fútbol... y aquello acabó por asfixiarme. ¿Que si me gustan las motos hoy? Mucho, pero ahora, francamente, me dan igual. Llegó un momento en el que decidí dejarlo todo: Madrid, mi trabajo, mi novia, y me volví a mi pueblo, a Gijón, a reestructurar mi vida y fue cuando comenzaron los conflictos en Túnez, El Cairo y lo de Libia, pero yo no tenía dinero para ir. Un amigo me pidió que hablara con unos contactos míos para ir él y cuando les llamé ellos mismos me sugirieron que fuera yo también quien cubriera esos conflictos. Me organicé el viaje ya con previsiones de venta de mis trabajos, pedí un crédito a  mi madre y me fui a Túnez.

Siempre están los padres detrás en los momentos más importantes de nuestra vida.

Es una suerte tener gente así, como mis padres, que te apoya incondicionalmente. Sin ellos no hubiera llegado a ningún lado; siempre generosos, apoyándome de manera desinteresada, creyendo en mi. En ese viaje empiezo a colaborar con la agencia Efe, en Libia, con la DPA, y la cosa comienza a rodar y un día estando trabajando con tres periodistas tengo la mala suerte de caer en una emboscada y con un resultado que la gente sabe: 3 presos y uno muerto.

¿Cómo le afectó estar retenido en una prisión durante tantos días?

Cuando me soltaron lo difícil fue  encontrar el equilibrio entre la persona que era cuando me retuvieron, la que fui mientras estuve preso y el que era al salir en libertad. Porque después de 45 días en una cárcel tus patrones de comportamiento cambian mucho. A las tres semanas de regresar me salió un trabajo para una ONG en Honduras y me fui, porque entendí que era la mejor manera de empezar a centrarme, y encontrar el equilibrio pasaba por trabajar y desarrollarme profesionalmente. La batalla de Trípoli coincide con el fin de mi trabajo en Honduras y desde allí me voy a la frontera con Libia.

De nuevo, otra vez a empezar.

Era lo que más temía, que me quedara alguna secuela emocional, algún miedo que me impidiera trabajar. Decidí que si los tenía me enfrentaría a ellos, y estuve desde la batalla de Trípoli hasta el final de la guerra en Libia.

Usted vive en Gijón, una ciudad tranquila, y supongo que será porque le da la tranquilidad que necesita después de un conflicto.

Gijón es para mí un paraíso; es un lujo, porque cuando vuelvo tengo a mi familia, que es muy importante en todos los sentidos; a mis amigos de siempre que no tienen nada que ver con mi mundo profesional, que son instaladores eléctricos, marinos..., porque hay poca gente que entiende lo que hago. Para mi es una descompresión total, vivo tranquilo y si un día estoy agobiado, salgo de mi casa y paseo, y, como vivo frente al mar, solo tengo que mirar el horizonte para lograr serenidad.

¿Quién le da estabilidad? 

Dentro de mi inestabilidad, lo que me tranquiliza es mi gente, mis incondicionales a quienes les da igual quién seas, porque para ellos no eres el fotógrafo que secuestraron ni el premio Pulitzer; y mi novia... Ella también es fotógrafa y es de Zaragoza, y hemos estado trabajando juntos durante meses en Siria.

 

DESPIECE

«Ya no podía aguantar ni una matanza más»

Comparte el Pulitzer, el premio de fotografía más prestigioso del mundo, como parte de un equipo de cinco fotógrafos de Associated Press que cubren el conflicto en Siria, junto a Rodrigo Abd, Narciso Contreras, Khalil Hamra y Muhammed Muheisen y, a pesar de su juventud, tiene ya tres guerras a su espalda: Egipto, Libia y Siria.

Dice que quiere seguir trabajando: «Porque tengo 32 años y mucha tela que cortar. Espero que el premio me sirva para afianzar mi trabajo. He llegado hace poco de Siria y lo que me apetece estos días es descansar, disfrutar de mi gente, de mi familia, comer..., porque soy de los que cuando viaja se compra las patatas y los huevos para hacer tortilla». Ahora, espera organizarse para irse a vivir una temporada a El Cairo y desde allí cubrir todo Oriente Medio.

Y recuerda la carta que le envió a Gervasio Sánchez, también periodista de guerra, porque pensó que él era el único que podía entender «por lo que estaba pasando cuando en Siria llegué a plantearme, junto con otros siete periodistas, qué demonios hacíamos allí entre tanta muerte, porque yo ya no podía aguantar una matanza más. No éramos íntimos ni mucho menos, pero sabía que no había otra persona a la que contarle todo eso».

 

 

*La foto premiada y un retrato de Diego Ibarra, fotógrafo zaragozano que da vueltas alrededor del mundo con el compromiso, la denuncia y la vida por bandera.

¿QUÉ FUE DEL ARCHIVO DE MORDZINSKY?

Una petición a todas mis amigas y todos mis amigos

por Luis Sepúlveda (Notas) el lunes, 18 de Marzo de 2013 a la(s) 16:32

Amigas y amigos: Este es una petición que hago desde la ira, desde la bronca y el dolor, porque a uno de mis más queridos amigos, a mi hermano del alma Daniel Mordzinski, el gran fotógrafo de la literatura, le han hecho desaparecer veintisiete años de trabajo, ¡ 27 años! , el trabajo de toda una vida botado a la basura, y no es una metáfora, no: las manos de un cretino que seguían los órdenes de otros cretinos decidieron que el trabajo de Daniel Mordzisnky no merecía más destino que el desprecio y la basura.

Durante más de diez años y en virtud de una alianza entre el periódico español EL PAIS y el francés LE MONDE, Daniel Mordzinsky utilizaba un despacho en el séptimo piso de la redacción parisina de LE MONDE para guardar y conservar su archivo de negativos y diapositivas. Eran miles de negativos y diapositivas, de originales conservados con el rigor que caracteriza a Daniel, y que sin más, sin ninguna contemplación fueron arrojados a la basura.

El pasado 7 de marzo, Miguel Mora, corresponsal de EL PAIS en Francia, llegó hasta el despacho de la séptima planta y se encontró con que lo habían vaciado totalmente, sin que mediara un aviso ni a él ni a Daniel. Simplemente habían sacado todo lo que ahí había y lo habían hecho desaparecer.

Tras horas de dramática búsqueda, de preguntas sin más respuestas que el cobarde bajar la cabeza y musitar "je suis desolé", en un sótano encontraron el gran mueble archivador que el mismo Daniel había pintado de negro hace diez años, totalmente vacío.

En una demostración de cobardía y bajeza moral que manda al infierno toda la tradición de defensor de la libertad de expresión que caracterizó a LE MONDE, nadie ha querido responder quién y por qué se tomó la decsión de botar a la basura 27 años de trabajo de uno de los mayores fotógrafos del mundo.

Cuesta creer que en un periódico como LE MONDE trabaje gente a la que las palabras "Cortázar", "Israel", "Escritores latinoamericanos", Escritores franceses", "Escritores españoles", "Escritores Portugueses", "Semana Negra", " Festival de Saint Malo", "Carreffour de Littèratures", "Mercedes Sosa", "Borges", "Astor Piazzola" y un largo etcétara de nombres no le dijeran absolutamente nada, y simplemente tiraran a la basura ese tesoro fotográfico sin consultar a nadie.

Ese archivo de Daniel Mordzinski, esos 27 años de trabajo miserablemente perdidos, eran parte de la memoria social, cultural y literaria del siglo XX, eran parte de la cultura universal, eran parte del legado de un artista, de un fotógrafo cuya obra es reconocida como uno de los aportes fundamentales para el gran registro de la cultura contemporánea.

De toda la obra fotográfica de Daniel Mordzinsky, de mi amigo, de mi hermano compañero de aventuras en tantas partes del mundo, apenas se han salvado unos cientos de fotografías digitalizadas, que aparecen en sus últimos libros publicados, también en uno que firmamos juntos, "Últimas Noticias del Sur", y que han sido vistas en las numerosas exposiciones que ha hecho en los últimos años. El resto desapareció, tragado por la ignorancia, la desidia y, lo que es más grave, por una demostración más de la falta de rigor, de ética, que está haciendo del periodismo una cloaca.

Escribo esto desde el dolor, desde la ira y la bronca, porque Daniel Mordzinski, es mi socio, mi amigo, mi compañero, mi hermano de aventuras dignas en el campo del periodismo y la literatura.

Amigas, amigos, les pido encarecidamente que copien y reproducan esto en todos los lugares posibles, también en la página que LE MONDE tiene en facebook, en los periódicos y revistas a los que tengan acceso, y que manden firmas de apoyo a dmordzinski@free.fr

Tengo una imagen fija en la memoria, y es del año 1996, cuando en medio del viento eterno de La Patagonia, yo veía a mi socio, a mi amigo, a mi compañero, a mi hermano del alma, cargar sus cámaras metiendo sus manos en una bolsa negra, para tomar del tambor de película el material con que dejaría testimonio de la vida dura de las gentes del Sur del Mundo. Y esa imagen me dice que esto no quedará así, que LE MONDE tendrá que dar una respuesta y disculpa convincentes, porque 27 años de trabajo, porque el archivo de una parte importante de la historia contemporánea no puede ser arrojado, sin más, a la basura.

 

Tomo las fotos de aquí

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-012a2603128ce5ebb497d04ea8ee14ff.jpg

y de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-fbfd264efb971c10ea65e86dbd39e6e5.jpg

FERRER LERÍN, UN POEMA

FERRER LERÍN, UN POEMA

Hace unos día, 'Letras Libres' publicaba este poema de Francisco Ferrer Lerín, que pertenece a su nuevo poemario 'Hiela sangre', que ya está en las librerías. Lo publica Tusquets en la preciosa colección Nuevos Textos Sagrados.

 

 

Cinematógrafo

Diciembre 2010 | Tags: 

 

Actos de canícula. Argumento.

Un grupo de vagabundos de río

en posición de nacer de una alta roca

neutralizan dos extrañas figuras flotantes:

un taimado forastero agrimensor de lo básico

que consigue acentuar la personalidad de la gente amargada

y un ambicioso monstruo multiforme

que combate los engendros del proceso evolutivo.

 

Actos de canícula. Reparto.

El rastrero capataz Tuck Pendelton del rancho El triángulo.

El letal pero encantador Utica Kid

inventor de un sistema de cercas de alambre.

Garrotte, que fuera inocente idealista,

ahora asesino en serie.

El vaquero Jim Bowie

experto en cuchillos fabricados con trozos de meteorito.

La bella Judalón, nativa predilecta.

Y el caballero François de Capestang

leal a la Corona.