ROGELIO ALLEPUZ: RANILLAS
[El año pasado, 2015, fallecía el fotógrafo Joaquín Alcón (1928-2015). Rogelio Allepuz exhibe una estupenda foto suya en 'Emociones'.]
Adiós al poeta visual Joaquín Alcón
El gran fotógrafo de la Peña Niké y de la editorial Javalambre fallecía el pasado sábado en Zaragoza
PIE DE FOTO. V. GONZÁLEZ / ARCHIVO ALCÓN
Joaquín Alcón en un retrato de 2005. Fue un pionero de la foto abstracta y experimental.
Antón CASTRO
Si empezásemos diciendo que «el padre de la fotografía aragonesa contemporánea ha muerto» quizá no habría exageración alguna. El pasado sábado a los 87 años fallecía Joaquín Alcón Pueyo, el artista de la editorial Javalambre de Julio Antonio Gómez (1935-1988), constructor de poemas visuales y pionero, entre nosotros, de la abstracción, de las solarizaciones y de la fragmentación. Joaquín Alcón, modesto y sigiloso, fue también el ojo de los poetas y de los pintores.
Nació en Zaragoza en 1928. Su padre, Pablo Alcón, era un gran aficionado a la fotografía y poseía estudio en casa y una espectacular cámara de fuelle de 9x12, fabricada en 1930. Tras acabar el bachillerato realizará un curso de fotografía en un laboratorio de Barcelona. En 1951 ya tomaba cuidadas fotos: realizó un espléndido reportaje del pintor Fermín Aguayo del grupo ‘Pórtico’ y, años después, otro de Hanton González, absorto, con su mostacho poblado y una jaula que era una forma simbólica de denuncia de una atmósfera irrespirable. Esa parte de su obra la estudió José María Bardavío con motivo de su antológica ‘Fotografías’ en el Palacio de Sástago en 1991.
A los 24 años se matriculó en la Escuelas de Artes y Oficios e hizo sus primeros pinitos como pintor y dibujante. Empezó a frecuentar las tertulias de la ciudad (Ambos Mundos, hasta que cerró, el Niké, el Pozal, Cafetería Fiesta...), le apasionaban el cine, el teatro y la música clásica. En 1955 se incorporó a la sala Libros de Víctor Bailo: «Permanecí hasta 1966. Don Víctor fue siempre un maestro para mí –confesaba en 2005-. Tenía contacto con la pintura que llegaba a la sala, me apasionaba la literatura, oía buena música y veía pasar por allí al historiador del arte Federico Torralba, a la pianista Pilar Bayona, al melómano y crítico musical Eduardo Fauquié, al periodista cultural Joaquín Aranda, pero también a los poetas Miguel Labordeta, a Julio Antonio Gómez, a Luciano Gracia, vinculados a la Peña Niké». Alcón fue el fotógrafo de aquella generación, pero también sacaba tiempo para involucrarse en diversas experiencias teatrales: entre 1958 y 1966, como ha documentado su biógrafo Manuel Pérez-Lizano, colaboró con Antonio Artero, Ángel Azpeitia, Alberto Castilla o Juan Antonio Hormigón, entre otros, en decoración, maquillaje y creación de máscaras.
En 1968 recibió la llamada de Yves Saint-Laurent para fotografiar, en París, la temporada completa de sus diseños. No tardaría en volcarse en una fotografía más experimental. Solía partir de una convicción: «En fotografía es imprescindible la imagen natural». Así creaba solarizaciones, simulación de gotas de lluvia, líneas, virados, multiplicación de piezas, granulados, tejidos. De 1969 a 1973, el tiempo que duró el sello Javalambre y sus distintas colecciones, desarrolló su talento y creó libros-objeto de Miguel Labordeta, el propio Gómez, Vicente Aleixandre (lo visitó en Madrid, le tomó fotos y el futuro Nobel le dijo que eran «los más bellos retratos que de mí se han hecho»), Blas de Otero, Gabriel Celaya...
Aquellos cuatro años fueron de una actividad intensa y una existencia bohemia; los artistas navegaban la noche hasta el alba. En 1971, el profesor y poeta Eugenio de Frutos definía sus obras «de exquisito gusto y dominio». Al año siguiente, en la revista ‘Índice’ también, era su propia esposa, la poeta Lola Mejías, quien afirmaba que Alcón «es el poeta sin hiel, que transforma en belleza lo que toca». En 1974 se trasladó a Benidorm (expuso entonces en la galería Indeco-Milano y le escribió el catálogo José Donoso, al que había retratado en Calaceite en 1973), y allí ha vivido durante casi 40 años de su profesión. Estuvo en Venecia, Roma, Madrid, Túnez, pero a mediados de los 70 efectuó un viaje a Marrakech con Julio Antonio Gómez y se contagió de una imaginería nueva: arabescos, trazos, ornatos. De cuando en cuando regresaba a Zaragoza a visitar a los amigos, a su hermana María José y a recordar aquellos tiempos inolvidables de la ‘Zaragoza Amarilla’.
LA ANÉCDOTA
El vanguardista. El fotógrafo Andrés Ferrer valora así la obra de Joaquín Alcón: «Nos presentaron en el Bonanza en el 75 o 76 -bendito Manolo- donde continuamos tomando un vino de vez en cuando. Me llamaba ‘príncipe de la fotografía’, ironía que le aceptaba con placer y quizá por mi joven vanidad. Fue digno embajador, desubicado en la provinciana Zaragoza, de Man Ray, de El Lissitzky, de los vorticistas como Alvin Langdon Coburn... Fue un vanguardista en el páramo». Y al páramo de Torrero ha venido a reposar para siempre.
ENTREVISTA. Rogelio Allepuz. Expone en Casa de los Morlanes
“Con las cámaras digitales se
piensa menos la fotografía”
“Julio Iglesias y Antonio Gala solo se
dejaban fotografiar por su lado bueno”
“Cuando miramos la fotografía nos
transporta por el camino de la memoria”
Rogelio Allepuz resume más de 30 años de fotografía artística y de prensa en su retrospectiva ‘Emociones’, en la Casa de los Morlanes
“Siempre he sido un gran aficionado al cine, sobre todo al cine en blanco y negro. Veía ciclos enteros de autores como Buñuel, Billy Wilder, Elia Kazan, Orson Welles, George Cukor, Alfred Hitchcock. Una de las primeras películas que vi de Buñuel fue ’Viridiana’. Me impresionó. Me empecé a dar cuenta de que el blanco y negro me gustaba mucho, que las imágenes llegaban a mí con más fuerza y me transmitían más sentimientos que el color. En las salas de cine empezó mi interés por la fotografía, por las escenas bien resueltas fotográficamente”. Así explica Rogelio Allepuz (Almohaja, Teruel, 1953) sus inicios. El fotorreportero –que se ha forjado en Spectrum, en la calle y en ‘Andalán’, ‘El día de Aragón’ y ‘El Periódico de Aragón’- exhibe una antológica de más de 30 años de trabajo, ’Emociones’, en la Casa de los Morlanes. Muchos compañeros de prensa lo consideran un auténtico maestro. El maestro.
-¿Qué fotos le atraían al principio?
Sobre todo me atraían las fotos de temática social, pero siempre buscaba, de alguna manera, lo que no está tan a la luz, lo que está más escondido. Hay autores como Henri Cartier-Bresson, Diane Arbus, Robert Capa, Robert Doisneau, Richard Avedon, Walker Evans, Sebastiao Salgado, Ansel Adams o Cristina García Rodero, y por supuesto muchos más que me dejo que me han interesado, que me han ayudado mucho. Me emocionaba cuando veía su obra en los libros por su manera de mirar y ver. Mi deseo era y es sentir o intuir cuando la foto que acabo de realizar va a trasmitir algún tipo de sentimiento a las personas que la van a ver.
-¿Qué aprendió en Spectrum y qué le debe a Barcelona?
-En Spectrum aprendí y descubrí en su biblioteca a diferentes autores. Me quedaba encantado viendo los libros e imaginando las situaciones por las que habrían pasado los autores para llegar a la foto final. Estuve como alumno en un curso básico y, después de regresar de un curso en Barcelona, entré como profesor un año. La verdad que siempre he sido bastante autodidacta y la técnica no me ha importado mucho. Me ha importado más transmitir, emocionar, aunque el resultado final no sea de una gran técnica. De Barcelona no tengo un gran recuerdo, estuve en el Centro de Enseñanza de la Imagen con Joan Fontcuberta. En esa época estaba como profesor, su especialidad era el fotomontaje y era un gran teórico e investigador de la imagen. Allí me di cuenta que lo que yo buscaba, y lo que más me atraía, era la foto documental, la foto social. Lo que sé de fotografía, y no es mucho, nació de mi interés personal por el cine, la fotografía, la pintura y la escultura.
-¿Cómo fueron sus inicios en ‘Andalán’, qué hacía, qué le pedían?
Empecé como colaborador, llamaron a Spectrum diciendo que buscaban un fotógrafo para trabajar como reportero. Me vino muy bien porque en el fondo era lo que buscaba; así podía entrar en contacto con el tema social por medio de los reportajes. Hacía fotos de todo tipo: protestas, manifestaciones, entrevistas y también llegué hacer portadas, que sobre todo eran fotomontajes en los que trabajaba mucho.
-Poco antes de entrar en ‘El día de Aragón’ hizo una exposición de manos en Spectrum. ¿Cómo nació aquella muestra, qué buscaba?
Tenía una buhardilla en la calle Predicadores. Allí monté mi primer laboratorio con una ampliadora de muelles que era un trasto, pero no había dinero para más. Yo bajaba con mi cámara, una Olimpus, y hacía fotos de todo tipo: de texturas, de maniquís que me encontraba por la calle y, sobre todo, de gente. En la zona del Mercado Central, los fines de semana había rastro y yo bajaba con toda mi ilusión hacer fotos de la gente, siempre buscando algo diferente y algunas veces encuadres imposibles. Un día, revisando los negativos, descubrí a un hombre trajeado con las manos atrás y esa foto me inspiró para realizar una serie que acabaría en una exposición. La dificultad que entrañaban estas fotos es que las hice sin que la gente se diera cuenta. Solo eran manos. La exposición se montó en la galería Spectrum, actualmente Spectrum Sotos.
-¿En qué disciplina se ha sentido más cómodo? ¿En el retrato o en el reportaje?
En las dos disciplinas me he sentido cómodo y en los daos puedes encontrar dificultades tanto físicas como sicológicas. La clave está en intentar crear una atmósfera de confianza a tu alrededor; en el caso del reportaje, no crear desconfianza en lo que vas a fotografiar. Y en el retrato, que al personaje nada más verte le transmitas confianza y seguridad, si no creo que se produce una especie de rechazo psicológico que en el resultado final de la imagen se nota.
-¿Cuál es para la usted la clave de una foto, qué matices quiere que tenga?
Además de una buena composición y un buen encuadre, que transmita y emocione, bien por el contenido, la luz, por lo que sea. Que cuando la mires, te llegue, te emocione de alguna manera. No sirve de nada tener una buenísima cámara, una gran técnica, si el resultado final te deja frío y no te dice nada. Por eso, con la ayuda de Plácido Díez, he titulado esta antológica ‘Emociones’.
¿Qué le atrapa de un rostro?
Me pueden atrapar muchas cosas. Lo primero que note que hay empatía, química, que sea expresivo. Hay rostros que quieren a la cámara y esos con poco dan buen resultado, pero también es trabajo del fotógrafo saber captar al personaje en su actitud más cómoda y natural e intentar robar un poco de su intimidad bien guardada. Como anécdota, Julio Iglesias y Antonio Gala solo se dejaban fotografiar por su lado bueno.
-¿Cómo se vive la foto desde un periódico, cómo la ha vivido usted?
He trabajado alrededor de 30 años en prensa. La fotografía en un periódico es todo rapidez, inmediatez, sucede algo y tienes que estar en cuestión de minutos, el llegar media hora tarde a un suceso supone no captar la imagen que reflejaría lo sucedido, aunque eso ahora ha cambiado y cualquiera te hace una foto con el móvil, y ya no se valora si la foto es de calidad o no, sino el hecho de que haya imagen de lo sucedido en el momento. Antes de la telefonía móvil con cámara, si no estaba el fotógrafo de un determinado medio de comunicación no había foto. Yo viví dos épocas…
¿Cuáles?
La que se fotografiaba con cámaras de carrete y la época de cámaras digitales. Son procesos muy distintos: el del negativo era como más lento, ya que tenía que pasar por el proceso de revelado químico y el posterior copiado de las fotos en papel era un proceso con más magia. Con las cámaras digitales el proceso es más cómodo sobre todo para el trabajo periodístico, ya que permite llegar a la imagen buscada más rápidamente, aunque también pienso que con las cámaras actuales y con las prestaciones que tienen el hecho de que una cámara profesional digital te pueda disparar del orden de diez imágenes por segundo, o más, el fotógrafo piensa menos la imagen porque confía que en esos disparos alguna imagen será la buena. Sobre todo en los primeros años en los periódicos, viví mi profesión con pasión.
-¿De qué foto conserva un recuerdo especial, inolvidable, por peligro, por sorpresa, por inverosímil?
-Guardo un recuerdo especial, por su crudeza, de las fotos que tuve que hacer, y que me impresionaron mucho, de las de los dos atentados aquí en Zaragoza: el de San Juan de los Panetes y el de la casa cuartel de la Avenida de Cataluña. También me impresionó la tragedia del camping de Biescas: son imágenes que se te quedan grabadas en la retina.
-¿En qué medida la foto es un documento contra la muerte y el olvido? Lo digo porque hay fotos que ya nunca podrán repetirse…
-Creo que la fotografía como documento histórico, al margen del soporte que se emplee, es de suma importancia. Cuando la miramos nos transporta por el camino de la memoria, que a veces es frágil, y nos gusta mirar y recordar cosas que sucedieron, y cosas y sitios que ya no están pero que existieron.
-Ahora está trabajando mucho el paisaje. ¿Qué le da? Parece un fotógrafo espiritual, zen…
-Estoy trabajando el paisaje, pero me siguen gustando la foto documental y el retrato. El paisaje me ha gustado de siempre, sobre todo caminar y disfrutar de sus olores a tomillo y romero que son los olores que recuerdo de pequeño en mi pueblo Almohaja (Teruel). El estar en silencio contigo mismo y disfrutar de todo lo bueno que te ofrece la naturaleza es como una sesión de meditación pero andando. Siempre me ha interesado el budismo, la filosofía zen. Intento que mis fotos de paisaje, con pocos elementos, puedan trasmitir serenidad y quietud.
Margaret Watkins tuvo una vida de novela. Nació en 1884 en Ontario y murió en Escocia en 1969, adonde había ido a visitar a sus tías desde Estados Unidos, en concreto desde Nueva York, donde se había instalado a los 30 años.
Trabajó la fotografía publicitaria, participó del pictorialismo, estudió en las escuelas de fotografía de Clarence White, del que se dijo que había estado muy enamorada (tras su muerte le rindió homenaje con una exposición que incomodó a su viuda), coincidió con algunos de los grandes como Alfred Stieglitz y Paul Strand. Abrió un estudio de fotografía en Boston en 1913; más tarde lo hizo en Nueva York, donde se dedicó a la publicidad y a la edición artística en Pictorial Photography in America. En 1928 se fue a Escocia y ya no regresó a Estados Unidos: hizo reportajes en Rusia, en Alemania y en Francia. Y regresó a Escocia.
Hacia el final de su vida le confió sus archivos a un periodista con la condición de que los mostrase solo después de muerta. Hizo de todo: reportaje, desnudo, fotos de niños, retratos, paisajes… siempre con esa estética que pasa del pictorialismo a lo que se denominó modernismo. Ha sido objeto de numerosas exposiciones en los últimos años.
http://peterbasch.tumblr.com/
Peter Basch fue un especialista en retratos y desnudos. En esta link puede verse una pequeña selección de esta última disciplina.
André de Dienes es uno de los maestros clásicos del desnudo de los años 50 y 60, sobre todo. Retrató a Marilyn Monroe, por poner un ejemplo, y esos archivos han dado lugar a un estupendo libro. Me encuentro con muchas fotos suyas, contrastatadas, intensas, con un cielo barrido de nubes, y desnudos muy poderosos, carnales, exuberantes y de una honda plasticidad. Este es uno de los últimos que he encontrado. En las páginas de Hoodoo.
Renée Perle, la musa moderna de Lartigue
Historia de un misteriosa, elegante y fotogénica mujer a la que Lartigue le hizo 340 fotos
Antón CASTRO
Jacques-Henri Lartigue (1894-1986) fue fotógrafo, pintor, cineasta y escritor. Solía escribir muchas notas en sus 130 álbumes de imágenes y firmó unas memorias: ‘Instantes de mi vida’. Fue un hombre de frases sencillas y a la vez hondas: “La vida es algo maravilloso que baila, salta, vuela, ríe y pasa”. He aquí una perfecta síntesis de su universo. Fue el fotógrafo del mar, del vuelo, del movimiento, de la moda, de los deportes, del paseo, de la belleza femenina y de esos instantes que se vuelven inolvidables al ser fijados por su cámara. En 2011 llegó a la Lonja su exposición ‘Un mundo flotante’, más de 200 fotos de un archivo impresionante, al margen de modas y escuelas, compuesto por más de 100.000 instantáneas. El título aludía a algunas de sus características: la levedad, la ausencia de conflicto, la exaltación de la alegría y del placer. Allí se veía muy claro que Lartigue, de suaves maneras, un rostro angelical y mirada de pícaro, era el fotógrafo de la felicidad. En uno de sus álbumes escribió otro autorretrato: “Ser fotógrafo es atrapar el propio asombro”.
Lartigue se casó tres veces: en los años 20 con Bibi Messager, con la que vivió hasta 1929; con Mancella Paolucci, ‘Coco’, en 1932, convivieron durante casi una década, y con Florette Ormesa, se conocieron en 1942 y se casaron en 1945. Las tres aparecen continuamente en sus fotos. Quizá sea Florette, de una belleza delicada, quien le inspirase algunos de sus mejores retratos, mientras Bibi le sugirió algunas tomas más orientales.
Jacques-Henri Lartigue fue un enamorado del amor y de las mujeres. Tiene algo de criatura de François Truffaut. En marzo de 1930, tras la ruptura con Bibi, se cruzó con Renée Perle (1904-1977), modelo de la casa Doeuillet. La vio en la calle de la Pompe, con otra amiga, y ya no le pudo quitar el ojo de encima. Llevaba guantes. Escribió en sus notas: “Me gustaría ver sus manos. ¡Son tan importantes las manos!”. Concertaron una cita para el día siguiente a las cinco. El fotógrafo, de unos 35 años, espera impaciente: “Cinco treinta y cinco. ¡Ahí está ella! ¿Puede ser realmente ella? Deslumbrante, alta, delgada, de boca pequeña, labios gruesos y ojos oscuros, de porcelana. Deja a un lado su abrigo de pieles en una ráfaga de perfume cálido. Vamos a bailar. ¿Mexicano? ¿Cubano?”. Lartigue observa como su pequeña cabeza se alza sobre un cuello muy largo. Anota: “Cuando bailamos mi boca no está lejos de su boca. Su cabello roza mi boca. “Soy rumana. Mi nombre es Renée Perle. He sido modelo de Doeuillet”, dice. Delicioso. Se quita los guantes. Manos largas, de niña. Algo en mi mente empieza a bailar ante la idea de que un día tal vez ella quiera que yo le pinte las uñas de esas manos...” Vivieron su amor, con sus vaivenes, sus viajes y sus lujos, durante casi dos años. Gozaron a sus anchas, de lugar en lugar: Cannes, San Juan-les-Pins, Antibes, Biarritz, Annecy, Villerville, etc. Eran una pareja ociosa, un tanto teatral en ocasiones, que parecían disfrutar de la belleza, de los paisajes y del erotismo. Y de la atracción recíproca. Lartigue no dejó de hacerle fotos todo el tiempo que vivieron juntos, hasta 1932.
Esos álbumes son realmente excepcionales. Renée Perle encarna a la mujer moderna, atractiva y segura. Usa pamela o sombrero, vestido largo o corto, de corte o de esport, con joyas o sin joyas. Da igual que lleve pantalones amplios o ajustados, posa en cualquier sitio como si fuera una actriz excepcional. Soporta todos los planos, y conserva siempre ese espíritu independiente y misterioso. Parece la musa y la modelo de los mil rostros, y es también la amante, la compañera, la rebelde, esa criatura que le exige al fotógrafo atención una y otra vez y lo mejor de sí mismo, lo mejor de su arte. Como mínimo, Lartigue elaboró una impresionante colección de 340 fotos, que fueron las que años después exhibió la familia y probablemente subastó en los años 2000 y 2001. En esos lotes también iban algunos retratos al óleo que le hizo el artista.
La fascinación de Lartigue fue absoluta. Sus fotos tienen algo de tratado de seducción y quizá de idolatría, al nivel de las Harry Callahan a su esposa Eleanor, las de Alfred Stieglitz a Georgia O’Keefe o las de Edward Weston a Tina Modotti. Algunos años después, su tercera esposa, Florette, dijo que esas fotos tenían elegancia, fotogenia y sofisticación. Han sido varios los diseñadores y fotógrafos que han dicho: “El estilo de Renée Perle es la perfección”. Ella hacía escenas teatrales encaminadas a provocar celos en el fotógrafo porque las reconciliaciones eran otro ritual. Lartigue escribió: “Renée quiere jugar conmigo”. Y tras el adiós, se preguntó: “¿Con quién podré hablar de amor después de que Renée se haya ido?”.
De Renée Perle, judía, apenas se supo nada más. Al parecer tuvo un hijastro, se dedicó a la pintura y se centró sobre todo en el autorretrato. Cayó en el olvido, hasta que Jacques-Henri Lartigue fue recuperado en 1963 en el MOMA de Nueva York y luego en toda Europa. Y entonces, en su mundo flotante y amoroso, se descubrió su fulgor, su hermosura y su modernidad.
“EL ARTE NUNCA PIDE PERMISO”
[El fotógrafo Ángel Burbano expone en Barcelona su serie ’Golem 21’, un trabajo en torno al desnudo y a los maniquíes. La foto, de Heraldo, pertenece a Raquel Labodía.]
-No sabemos demasiado de usted: le apasionan la música, el periodismo, hizo radio…
-Antes de que existiese Periodismo en la Universidad de Zaragoza hice un grado de periodismo. Siempre me ha interesado la información cultural, y en particular la música. He trabajo cinco años en Radio Topo, cinco en Radio Las Fuentes y otros cinco en Radio Ebro, donde hablaba de cultura en general: de música, de libros. Soy bibliófilo también, buscador de rarezas y lector.
-¿Cuáles son sus debilidades o aficiones’
-Me interesa mucho el ensayo, la filosofía y soy un apasionado del mundo del Rey Arturo y sus caballeros. Y a la vez, ya me interesaba la fotografía e iba a los fosos.
-¿Los fosos?
-Sí a los fosos de los conciertos. He colaborado con un fotógrafo estupendo como Pedro Hernández, del colectivo Anguila, y en los últimos años he trabajado para ‘Aragón musical’. Me parece que la revista, dicho sea de paso, con la aportación de Gustaff Choos, ahora Jaime Oriz, antes yo y otros, posee un espectacular archivo fotográfico de la música aragonesa de más de 3.000 fotos.
-¿Cómo se fotografía un concierto?
-Como se puede, con atención, hay trabajos de los que te sientes especialmente contento: un concierto de Sailen, que tenía una iluminación muy cuidada, otro de Amaral, que contó con un diseño de luces, uno de Las Novias, con motivo de su disco ‘Ego’. Es una búsqueda constante del contraluz, de los mejores gestos del cantante, etc. La fotografía musical tiene su miga porque la luz no la controlas tú, nos adaptamos a la que hay. Y la fotografía es el arte de la luz. La fotografía es luz, no photoshop, porque siempre se ha retocado. Yo intento atrapar un instante especial de la luz.
-Creo que también ha sido fotógrafo de gimnasia.
-Sí. Es algo que me encanta. Me fascina las posibilidades del cuerpo: la belleza, las líneas, la elasticidad y el movimiento, el ritmo. He retratado a las hermanas Dasaeva, y a muchas otras gimnastas, claro, y he descubierto que son unas modelos excepcionales. Me interesa también la danza contemporánea y recuerdo con mucho cariño sesiones en el Principal, en el estudio de Emilia Bailo o una serie sobre Elena Artiach.
¿Por qué le interesa tanto el cuerpo femenino?
Porque me parece el más sugerente, repleto de curvas y accidentes, es un cuerpo que cambia mucho, antes y después del embarazo, por ejemplo. La sugerencia es lo que enrique la imaginación. El cuerpo del hombre es más musculoso, más fálico. El cuerpo de la mujer te da muchas posibilidades: la delgadez, la gordura, me gusta realzar las curvas. Pero lo cierto es que todo es fotografiable: el arte es subjetivo y la mirada debe serlo también. A mí me interesa mucho también la fotografía de moda: me interesa mucho la obra de Erwin Blumenfeld.
-¿Cuándo se planteó exponer?
-Hace algunos años. Confeccioné mis portfolios y los he ido llevando a las distintas ferias de Madrid: los presenté en Arco, en Estampa, pero todo fue en vano, hasta que con mi colección de desnudos me salió primera exposición, en Madrid, en 2013. Allí, dentro del desnudo, estudiaba el claroscuro. Y pude hacer un cuidado catálogo: el fotolibro es la ventana al mundo de un fotógrafo.
-¿Qué tiene de particular el desnudo?
-De entrada es comunicación. Había hecho antes una aproximación, que se llamaba ‘La serie roja’. Tiene que ver con la belleza, con el misterio, con la excitación de la libido, con la exaltación del cuerpo. El desnudo es maleable, posee tensión sexual, erotismo, sensualidad; para mí es un vehículo de expresión.
-Y ahora sigue ahí y ha logrado exponer su nueva serie ‘Golem 21’, observando el cuerpo femenino, pero ha incorporado maniquíes. ¿Por qué?
-En primer lugar porque tengo una familia de maniquíes, de varios colores, y una pareja de niños. Mezclarlos con el cuerpo crea una inquietud: en ese diálogo hay algo turbador y desafiante. De ahí también la alusión al Golem, ese personaje sombrío, siniestro, vinculado con Praga y con Gustav Meyrink, con ETA Hoffmann y con el propio Borges. Hay una reflexión sobre lo natural y lo artificial, sobre el rostro y sus máscaras, sobre esa capacidad o condición que tiene los maniquíes de mirarte de manera imperturbable. El maniquí tiene una gran presencia en la historia del arte y de la moda. En Barcelona, pegué la foto de un desnudo sobre un maniquí y eso hizo que la gente se agolpase ante la galería.
¿Cabría decir que se está volviendo conceptual?
Cada vez lo soy un poco más, sí. El maniquí te permite crear un ser como tú mismo. Entonces en esta exposición de desnudos y de maniquíes, también se habla de la identidad.
-¿Por qué sigue trabajando con el blanco y negro?
Porque está más cerca de esta realidad que quiero expresar. Aquí el ser humano no se distingue del todo del maniquí. En la foto del sexo femenino, no se ve con claridad si la mano que avanza es de alguien o del maniquí. Es del maniquí.
-¿Cómo se controla el pudor o la provocación? Se lo digo precisamente por ese sexo femenino que hace pensar en ‘El origen del mundo’ de Gustave Courbet.
-El arte nunca pide permiso, el artista sí. Intento no plantearme límites; además, casi siempre están en nuestra cabeza, no asimilamos con naturalidad lo que nos pertenece y forma parte de nuestra vida cotidiana. A mí me gusta trabajar en equipo y en las sesiones a menudo aparecen cosas imprevistas. Las modelos te dan fotos siempre. Los fotógrafos aún somos mirones. Soy fetichista.
-¿Cómo se llega a exponer en Barcelona?
-Le contestaré sin romanticismo: pagando. Me cuesta 1.200 euros la sala y el porcentaje habitual si hubiera ventas. He hecho 100 catálogos y me cuestan 1.800 euros, y la tirada de una copia de la muestra, de 41 piezas, alrededor de 1000 euros. Luego expondré en Reus y allí me piden 1500 euros. Te lo planteas como una inversión.