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Antón Castro

Fotógrafos

BILL BRANDT, AL FINAL DEL VIAJE

BILL BRANDT, AL FINAL DEL VIAJE

Acabo de volver de Caión, Arteixo y A Coruña. Tres días veloces: en el coche sonaron Battiato, Luz, Petisme, Quique González y Amaral, sobre todo. Siempre pongo canciones que pueda tararear: a la vuelta, repetí con Amaral, pero también sonó el León de Belfast y mucha música clásica: Jordi Savall, Maria Callas, piezas del barroco.

 

Al llegar, encuentro algunas fotos maravillosas de Bill Brandt, que ahora se traslada a Valladolid. Ésta es una de las fotos que me ha gustado especialmente… Venía mi madre con nosotros, y más de una vez, cuando era niño allá en Galicia, cerca del mar de Barragán, fui espectador de una escena así con ella de protagonista.

 

HENRI CARTIER-BRESSON CUMPLIRÍA UN SIGLO

HENRI CARTIER-BRESSON CUMPLIRÍA UN SIGLO

[El 22 de agosto, tal día como hoy, hace 100 años, nacía el fotógrafo Henri Cartier-Bresson, que será objeto de numerosos homenajes en su Fundación, creada en 2003. Recupero este artículo, que es una lectura de la biografía de él que publicó el gran Pierre Assouline, en Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. La foto es de Cartier-Bresson y está tomada en Harlem en 1947. Bresson ya no vive, claro, falleció nonagenario en los primeros días de agosto de 2004, cuando iba a cumplir 96 años.]



Pierre Assouline, biógrafo de Simenon, Gallimard o Hergé, se acercó casi por azar al “fotógrafo vivo más grande del mundo”, se quedó fascinado con él y al final, tras años de trabajo, ha compuesto una biografía animada por esta frase: “La verdad no está en la exhaustividad sino en los intersticios”. Y por ellos se mete, en ellos hurga con delicadeza, pero sin descanso. El retrato del niño que fue Henri Cartier-Bresson, el mayor de cinco hermanos, es complejo y completo. Descendiente de campesinos con tierras que suministraban heno a las caballerías e hilanderos del algodón con un importante imperio, siempre se mostró como un inadaptado.

Veía a su padre en el despacho (era aficionado al dibujo, a la pintura y al diseño de muebles), pero su debilidad era su madre, una mujer elegante y bella, de una rara sensibilidad, que vivía entre la incertidumbre, la lectura constante y las notas del piano. Fue ella quien puso en su mano el “Cantar de los cantares” y quien lo llevó a las galerías del Louvre. Cartier-Bresson vivía de castillo en castillo, y pronto empezó a frecuentar los talleres de pintores. Alternaba la pintura con la flauta. Fue un mal estudiante, negado para la geometría, y fascinado por Rimbaud, que era su modelo de vida, y por Baudelaire, Proust o Alessandro Manzoni.


Iba a ver las películas mudas de su época y se apuntó a la academia Lhote para hacer pintar al óleo. Permaneció dos años y aprendió cosas esenciales: “el principio es la geometría”, la pasión de la composición, cuestiones de escala, el poder de la línea, la pureza del lenguaje pictórico y el ritmo interior de un cuadro. Algo que será esencial en su futura condición de fotógrafo de retratos y reportajes.

Parecía escrito que Henri Cartier-Bresson, que detestaba la vida práctica y los negocios, intentase ubicarse en el mundo de creación. Comenzó a frecuentar a los surrealistas, que le marcaron decisivamente, aunque no conectó por completo con su ideología. Frecuentó el salón de Gertrude Stein, que le dijo: “Jovencito, más le valía que se dedicase a los negocios de su familia!”, a Breton, a René Crevel o a André Pieyre de Mandiargues, amante entonces de la pintora Leonor Fini. Fue su cómplice. También conoció a Luis Buñuel, al que admiraba por su fuerza y su sarcasmo.

De repente, en medio de una crisis creativa y de amor (se enamoró perdidamente de Gretchen, la compañera de su amigo Peter Powel, aficionado a la foto profesional), decidió emprender un viaje determinante a África: estuvo en Sierra Leona y se jugó la vida. El hombre que volvió de la selva era otro: retornó metamorfoseado, nos dice Assouline. Poco después, en Marsella, deslumbrado por una foto de tres negros en canoa de Martín Munkacsi, adquirió una cámara Leica que iba a ser la fiel compañera de sus idea, una cámara que se ajustaba a sus obsesiones y a la búsqueda del número áureo. Assouline cuenta que esa adquisición fue como otra de Morand: “A los doce años me regalaron una bici; ya no han vuelto a verme”.

Cartier-Bresson empezó a tomar sus primeras fotos y decidió hacer un viaje por Europa, en un Buick, con Mandiargues y Fini. Las cosas no fueron demasiado bien, pero en aquella travesía (solían bañarse desnudos y discutir a muerte; de hecho estuvieron enemistados luego durante una década), Cartier-Bresson no podía saciar su “apetito visual”. Buscaba la foto única, no necesariamente bella, y creyó que podía encontrarla en España, adonde vino en 1933, porque consideraba que “España en sí misma es una tierra surrealista, dividida entre el ‘ser’ y el ‘estar’”.


Ese viaje tendría continuidad en otro esencial: se marchó a México, amó a Lupe Cartier, tomó fotos increíbles, de calle casi siempre, y expuso junto a Manuel Álvarez Bravo. A partir de entonces, a pesar de que en 1935 quiso dejar la foto para siempre, su actividad sería imparable: se convirtió en ayudante de dirección de Jean Renoir (Buñuel lo rechazó), estuvo como documentalista de cine en la Guerra Civil español pero no realizó ningún disparo con su cámara, combatió contra los nazis con la categoría de cabo, fue apresado y estuvo tres años confinado, siguió haciendo cine, y se marchó a la India, donde retomó su oficio de reportero y captó a Gandhi en actitud de faquir.


También estuvo en Nueva York (el joven Truman Capote dijo de él: “HCB es, artísticamente hablando, un hombre solo, una especie de fanático”) y publicó en 1952 un libro capital: “Images à la sauvette”, y más tarde “Los europeos•”. En 1947 fundó con Capa, George Rodger y David Szymin, “Chim”, la agencia Mágnum.
Continuó tomando fotos y llegó a ser considerado uno de los más grandes del mundo con Walker Evans o Alfred Stieglitz. Tal como le había dicho una vidente, se casó con una bailarina javanesa y luego con la fotógrafa Martine Franck (30 años más joven que él), pero siempre trabajó sin descanso, con un sentido admirable de la composición y del “momento decisivo”, y con una entereza sin parangón: era capaz de sacrificar una foto importantísima por una conversación. El libro, casi una biblia cultural, se lee con placer y está salpicado de las teorías de Cartier-Bresson.

CINCO CLAVES DE CREACIÓN


I. UN FOTÓGRAFO. Henri-Cartier Bresson nació en Chanteloup, en la región de Normandía, en 1908. Tuvo una infancia casi ideal, ociosa, llena de lecturas, sobreprotegida, pero a la vez muy literaria. En el colegio, el bedel le dejaba un despacho para que leyese. Luego frecuentó distintos “ateliers” importantes de pintores, algunos habían sido discípulos de Degas o Manet; estudió en Cambrigde y finalmente, casi por azar, afirmó su condición de artista, de pintor, de fotógrafo, de reportero, de ayudante de dirección de Jean Renoir. La fama le llegó en la posguerra, donde era considerado un mito. Alguien lo definió como un “testigo de su tiempo, tenso, móvil, imposible de localizar”.


II. EL MOMENTO DECISIVO. Recibió todo tipo de elogios y se vio forzado a establecer una teoría, casi por error. Alguien dijo de él que “HCB tiene un gran talento para hacerse olvidar”, y eso le permitía disparar en el momento exacto, en que todo cobraba una nueva dimensión, vida. Las líneas geométricas convergían como un sortilegio. Dijo: “Nada hay en el mundo que no tenga su instante decisivo, y la regla de oro de la buena conducta es conocer y aprovechar ese momento. Si dejamos que se nos pase la Revolución de los Estados Unidos, corremos el albur de no volver a encontrarlo o de no advertirlo”. Y agregó, a propósito del retrato: “Con él no hay trucos ni recetas que valgan”.


III. EL IMPULSO INTERIOR. Es curioso: parece que Henri Cartier-Bresson siempre estuvo luchando para no hacer fotos. Al principio, su carrera iba hacia la pintura, pero renunció a ella y quemó todas sus telas. Luego, tras su estancia en África, descubrió una cámara Leica y la compró. Fue su tercer ojo, o quizá el primero. Dice Assouline que es difícil en la historia de la fotografía encontrar una ligazón tan íntima entre un artista y un instrumento. ¿Por qué trabajaba así? Quizá hablase de sí mismo cuando definió a Robert Capa: “Era un aventurero dotado de ética, un anarquista hecho y derecho. Era pura gracia y vitalidad, soltura, exuberancia y encanto”. Las frases nos recuerdan demasiado a él mismo.


IV. CIUDADANO DEL MUNDO. Podríamos decir en todas partes. Estuvo en Sierra Leona, en México, donde se quedó perplejo por la fuerza de la vida (desde aquella estancia en 1934 se sintió “un francés de México”), en España, donde estuvo en varias ocasiones (quizá sintió celos de que mientras Capa se había hecho mundialmente famoso con las fotos de la Guerra Civil; él estuvo en retaguardia con una cámara de cine), en Estados Unidos (y en concreto en Harlem), en la India, en Inglaterra,
etc. Fue el fotógrafo de los grandes artistas, desde Matisse a Giacometti, desde Bonnard a Picasso, desde Faulkner a Ezra Pound o Stravinski, y nos legó algunos de los retratos más admirables de todos los tiempos.


V. TODO UN SIGLO. Henri Cartier-Bresson es el ojo del siglo, como titula Pierre Assouline su libro. Estuvo en los lugares básicos de la historia del siglo XX. En la guerra española, donde se debatía una libertad universal, en la II Guerra Mundial (fue apresado e intentó huir tres veces; lo consiguió al final y rodó la película “Le retour”), en China y en la India o en el desembarco de Normandía. Cartier-Bresson, como Robert Capa o George Rodger, Weegee o Walker Evans, fue un testigo imprescindible de su tiempo. A mediados de los años 70, cansado de la fotografía, decidió volver al dibujo y la pintura. Assouline recuerda que como fotógrafo es único, como dibujante y pintor hay miles como él.



EL RETRATO O EL PODER DEL ROSTRO


No es un fotógrafo nada convencional Henri Cartier-Bresson. Algunos han definido su mirada como sádica. En cualquier caso era (es) una mirada profunda, atenta, con voluntad de escrutar, pero también era una mirada que sabía esculpir, depurar, era una mirada con referencias culturales, una mirada que había asimilado muy bien las técnicas pictóricas en todo lo que se refiere a la composición. Artista de mirada poliédrica, persuasivo e invisible (dice Assouline: “sus obras vuelven visible lo invisible”), también se recuerda que siempre estuvo “lejos de lo anecdótico y lo más cerca posible de la íntima verdad de la gente”. Él explicó así sus retratos: “Me gustan los rostros, lo que significan, pues todo está escrito en ellos... Ante todo soy reportero, sí, pero también hay algo más íntimo. Mis fotos son como mi diario; reflejan el carácter universal de la naturaleza humana”. “El ojo del siglo”, traducido por Juan Manuel Salmerón, destila conocimiento, emoción, erudición. Abarca una vida irrepetible: la del cíclope que ve.

 

El ojo del siglo. Pierre Assouline. Traducción de Juan Manuel Salmerón. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona.

 

CECILIA DE VAL: LA IDENTIDAD, EL DOLOR Y LA MAGIA

CECILIA DE VAL: LA IDENTIDAD, EL DOLOR Y LA MAGIA

[Cecilia de Val (Zaragoza) expone sus autorretratos, en forma de cuento de hadas con fantasía y terror, en la Casa de la Mujer y acaba de ganar el Premio Isabel de Portugal. Además, ha grabado un disco con su grupo de folk country. A la vez, la muestra de las obras premiadas y seleccionadas en el concurso Isabel de Portugal se exponen en las salas del IV Espacio, en la Diputación de Zaragoza.]

 

 “Mis fotos tienen el contraste de la vida”

 

-¿Cómo llegó a la fotografía?

-A mí siempre me han interesado mucho la literatura, la música y el cine, y sin embargo estudié Económicas. ¡Qué mala decisión tomé ese día! Lo que me hubiera gustado estudiar era Arquitectura, pero aquí no había y yo no quería irme de Zaragoza de ninguna manera. Siempre buscaba desarrollar una faceta más artística, y un día me encontré con la fotografía. Me encantó. Trabajé un tiempo en un estudio donde se hacía reportaje social. Tomé la cámara analógica de mi padre, una Pentax, y empecé a disparar.

-¿Ya era, desde esos inicios, la protagonista de sus fotos?

-Sí. Siempre quise ser la materia fundamental de mis fotos. Empecé a hacer autorretratos, con pequeños montajes y manipulaciones técnicas.

-¿Cuál es la razón de que sea usted el centro de sus obras?

Creo que tiene mucho que ver con el tema de la identidad. Toda mi obra está muy influenciada por la literatura. Me interesan mucho, desde siempre, los cuentos y los ámbitos inquietantes de Edgar Allan Poe, de Borges y de Kafka. Ellos crean atmósferas que siempre me han atraído.

-Sus fotos exigen bastante preparación, tienen carga cinematográfica…

-Son, antes de nada, fotos muy pensadas, fotos que nacen en mi cabeza: tomo notas previas, hago dibujos e incluso maquetas. Elijo un escenario, busco localizaciones, una naturaleza determinada y luego voy allí con mis ropas, llevo siempre más vestuario del que voy a usar. A veces cuento con un ayudante, mi compañero el pintor y artista Yann Leto, o yo sola. Me gusta salir a hacer fotos con otros compañeros, aunque cuando ven cómo actuó, la puesta en escena, alucinan un poco; suelo aprovechar para hacerles fotos a ellos. Compongo, y uso temporizador y mando a distancia. Luego, en casa, casi obsesivamente, completo el trabajo con el photoshop.

-En sus fotos casi siempre hay implícita una historia, ¿no?

-Supongo que hay una mezcla de narración, creación de atmósferas y de búsqueda de mí misma. Mis fotos quieren ser un poco de todo, tienen algo de simbólico.

-Por cierto, evocan los cuentos de hadas pero también aparecen la fatalidad, el terror e incluso el dolor…

-Siempre me han gustado los cuentos de hadas, las narraciones infantiles, lo onírico, pero la fatalidad, la muerte, la sangre, el dolor y el miedo están en la vida en general. E incluso en los cuentos maravillosos. Me gusta utilizar la fantasía y también ese estilo oscuro, perturbador, esa especie de crudeza. Mis fotos tienen el contraste de la vida. No busco el dolor, pero me sale.

-Acaba de ganar el premio Isabel de Portugal de Fotografía. ¿Cómo le ha sentado?

Estupendamente. Ha sido toda una sorpresa, y lo vivo como un reconocimiento importante, como un impulso.

-El galardón coincide con su exposición “Nunca te prometí un jardín de rosas” en la Casa de la Mujer.

-Le estoy muy agradecida a Maite Solanilla, responsable de la sala. Le mandé mi dossier de fotos y me ha concedido ese espacio para estos meses de verano coincidiendo con la Expo. Ha sido un gran apoyo, y luego ha venido el premio. Me están ocurriendo cosas muy bonitas.

-¿Por ejemplo?

-Julio Álvarez me ha invitado a hacer una exposición en la galería Spectrum, han contactado conmigo desde Madrid de la galería que lleva a la fotógrafa holandesa Ellen Kooi, que me gusta mucho, la descubrí hace un año en Internet, igual que me interesa la obra de Gregory Crewdson y Jeff Wall, entre otros. Eso sí, por ahora no hay nada más. Mario de Ayguavives, que ha dado un avance a la fotografía digital entre nosotros, me ha seleccionado para la colectiva “El elixir de la vida” que se hará en diciembre en Caja Madrid, junto a Peyrotau & Sediles, María Ángeles Cuartero y Cristina Silván.

Hay otra faceta muy interesante en usted: la de cantante de un grupo folk country.

-El grupo se llama Gery Geld and the Dead Monegros. Hacemos música en inglés, y mi compañero Yann Leto hace las canciones, toca la guitarra y canta, escribe letras basadas en hechos reales o inventados, pero siempre con un toque de humor. El disco ya está grabado y saldrá hacia finales de año.

-¿Qué se siente más, cantante o fotógrafa?

Fotógrafa, sin duda. Soy mejor fotógrafa que cantante. Canto por diversión, lo hago, intento mejorar y ya está. Pero la foto me la tomo más en serio: soy yo misma en las imágenes, en la intención y en la búsqueda. Ahora trabajo en dos nuevos proyectos: en uno incorporo animales en las fotos y en el otro empleo el dolor, cuerdas que aprisionan, un poco en la línea de Araki.

*Esta son de las fotos de Cecilia de Val que se exponen en la Casa de la Mujer, cuyo catálogo redactó Félix Romeo. Las he tomado del excelente blog de Mamen Pradel.

 

JEFF WALL / 2. HISTORIA DE UNA FOTO DE CINE

JEFF WALL / 2. HISTORIA DE UNA FOTO DE CINE

En Wikipedia se cuenta así la historia de esta foto de 1982, una de las más famosas de Jeff Wall, que explica su forma de trabajo, la meticulosa planificación:

 

“Resulta ser una transparencia de color de 198 cm por 229 cm. En ella, vemos a tres personas, una pareja y un hombre, caminando hacia la cámara sobre un lado de la acera. La calle pertenece a un suburbio en una ciudad norteamericana, un área residencial mezclada con pequeñas industrias. La pareja, a la derecha en la imagen, es blanca, y el hombre de la izquierda es de origen asiático. La mujer lleva unos pantalones cortos rojos y un top blanco mostrando su ombligo. Su novio lleva un chaleco, con una barba poblada y pelo despeinado; dan la impresión de ser de clase trabajadora. El hombre asiático está vestido elegantemente, con una camisa gris; da la impresión de ser de clase media. El novio hace un gesto racista al girar su cara hacia fuera para mirar de reojo al hombre asiático. La imagen ha sido tomada en el momento justo en que se produce el gesto y revela la tensión social. Sin embargo, esta escena ha sido construida meticulosamente al igual que si fuera una imagen cinematográfica”

CARMEN ARBUÉS & FRANÇOIS POIRIER, EN JOAQUÍN RONCAL

[La peluquera y maquilladora Carmen Arbués Miró y el fotógrafo François Poirier, asentados en Murillo de Gállego, firman un deslumbrante libro sobre la mujer embarazada: “De un mundo a otro”. Inauguran la muestra del libro en la sala Joaquín Roncal de la CAI, sita en la calle San Braulio. Recupero este texto sobre su obra.]   

Desde hace varios días, me atraía poderosamente la atención un libro de gran formato. Una mujer desnuda y embarazada, con el cabello plateado y metálico, extiende su mano derecha mientras luce su perfil orondo sobre un fondo de papel de aluminio pintado. Ése es el motivo de portada. Veía el libro una y otra vez en la mesa de novedades, casi como una tentación. Miraba los cuerpos desnudos, miraba las esculturas pintadas, las mujeres-lienzo, las mujeres de arena, las mujeres-flor,  y siempre me quedaba un tanto perplejo. ¿Qué era aquello, en realidad: la memoria de Venus, madre y tierra? ¿Un libro sobre el embarazo, un tratado sobre la exultante y nada convencional belleza de la gestación? ¿El relato visual de un cuerpo que cambia y que se hincha con el milagro de la vida en su interior? ¿Un manual en imágenes, próximas al arte contemporáneo, sobre la mujer que desarrolla, con gozosa opulencia, una nueva forma de energía o la semilla del mundo?


Me fijaba en sus autores, Carmen Arbués Miró y François Poirier, y me quedaba indeciso. ¿Quiénes serían? Siendo tan aficionado a los libros de fotografía, sospechaba que un día u otro acabaría por adquirirlo. Un día, recibí una llamada del cineasta y etnógrafo Eugenio Monesma: me habló de una pareja de creadores, repletos de fuerza e imaginación, que vivían en Murillo de Gállego. Me dijo que habían publicado un libro extraordinario, pero creo que no me dijo nada más. Tal vez añadiese: “Te va a encantar”. Hace unos días, en una pequeña bolsa de plástico, recibí un libro de gran formato. Era “De un mundo a otro”, y lo firmaban François Poirier y Carmen Arbués Miró. Por  supuesto, era el libro que me perseguía en todas las librerías. Me gustaron las dedicatorias. Carmen le dedica el trabajo a su madre, Carmen Miró Polo. Y Poirier, a todas las madres del mundo.

Volví a zambullirme en sus páginas. No cabía duda: era un libro sobre la feminidad, sobre la condición de madre, sobre el instante en que “el vientre se va agrandando como anuncio de una vida”. Es un libro sobre la esperanza, sobre el misterio del espermatozoide que se encuentra con el óvulo, es un libro sobre la metamorfosis más hermosa y sobre el porvenir. Escriben los autores, bajo una parábola gráfica que anuncia la curva del embarazo y la hendidura del ombligo: “Piel dilatada, ensanchada, estirada, que respira por los poros  un ansia de futuro”. Arbués y Poirier comparan a sus mujeres con heroínas, vulnerables y enérgicas a la vez, con diosas, y a continuación abordan las diversas suertes del desnudo más iluminado por dentro.

         Carmen es maquilladora, figurinista, peluquera, y es una creadora de atmósferas, de guaridas para el sueño y de espacios abiertos, que ha trabajado mucho en el cine y que sigue haciéndolo, sobre todo, en Francia. François es director de fotografía de películas y es fotógrafo de arte con sobrados recursos, enorme paciencia y con una sensibilidad especial. El lector-espectador se sumerge en las páginas para verlo todo: esa belleza sangrante, y tal vez telúrica, que se cuartea como un fruto al final de su sazón cuando está a punto de sobrevenir el definitivo vómito de vida, la humana certeza de un pálpito. Aquí hay muchas cosas, muchas mujeres que son actrices o máscaras de una gran función teatral que es la pura ostentación del embarazo. Hay mujeres árbol, esculturas en proceso, amazonas indómitas, mujeres que aparecen recortadas sobre un fondo que evoca a Dalí o Tanguy, mujeres que han sido soñadas por Rousseau el Aduanero, mujeres que parecen estudios de pintor o bocetos de escultor, mujeres con mantillas que remedan a preñadas manolas de la España cañí. Hay mujeres que se asoman a las azoteas de la gran ciudad, mujeres que acarician la viola con una gran nota musical inscrita entre los senos y su protuberancia dichosa. Mujeres que han sido captadas en París o en Venecia, en pleno carnaval, y a orillas del río Gallego. Este libro tan solar lleva un escueto prólogo, una “Carta desde el interior” de Pierre Jouannet, que se cierra con un hermoso grito: “¡Bienvenido a la vida!”.

 

MARINO PARISOTTO: UN RETRATO DE KATE MOSS

MARINO PARISOTTO: UN RETRATO DE KATE MOSS

Encuentro otras muchas fotos de Marino Parisotto, pero me ha gustado mucho esta de Kate Moss, una modelo a la que quieren mucho los fotógrafos. Cuando envejezca, su álbum de fotos será todo un catálogo de grandes fotógrafos y grandes artistas como Lucian Freud.

FOTOS DESDE HUESCA. JOSÉ ANTONIO MELENDO

FOTOS DESDE HUESCA. JOSÉ ANTONIO MELENDO

José Antonio Melendo se ha marchado de fiestas a Huesca, a las noches de San Lorenzo. No sé si ha visto sus lágrimas: esas impetuosas Perseidas que cruzan el cielo y dejan un temblor de oro a su paso, el rastro de un choque de astros que se expanden. José Antonio se ha hecho imprescindible en todos los rincones: es el ojo al acecho, el ojo asombrado que mira con la impaciencia de un niño. Muchos ya se han dado cuenta, y empiezan a hacerle encargos. Después de estar en Huesca (he pensado en San Lorenzo y he pensado en Escriche, que siempre me decía: “Tenemos una cita gastronómica en Huesca, no lo olvides”), me ha mandado algunas fotos. Elijo ésta porque es luminosa, casi dionisiaca, alude a la felicidad y al brillo incesante de la verbena. Gracias, José Antonio.

DESNUDOS DEL DEPORTE: NADAV KANDER

DESNUDOS DEL DEPORTE: NADAV KANDER

Desde hace algún tiempo, una de mis blogs favoritos es el de Sergio B. Gomes, http://artephotographica.blogspot.com/, donde reúne la pasión por la fotografía del mundo y el amor infinito hacia todo lo portugués. Sergio B. Gomes es divulgador y estudioso, y un gran viajero en torno a la foto, y su página es un torbellino de maravillas y de sorpresas. Una de las últimas, a propósito de las Olimpiadas, es una pequeña serie de fotos artísticas de deportistas, como ésta de la ciclista Rebbeca Romero, realizada por Nadav Kander, un fotógrafo nacido el Tel Aviv en 1971 y residente en Londres; combina los impecables trabajos comerciales, para grandes marcas como Adidas, con una faceta personal muy interesante y variada.