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Antón Castro

Temas aragoneses

BARBASTRO: 'DE GUTENBERG A TWITTER'

[La exposición 'De Gutenberg a Twitter', que concibió y coordina Rafael Bardají llega a la UNED de Barbastro. Coloco aquí un fragmento del texto y dejo el link del catálogo en pdf. Muy interesante.]

 

file:///D:/Users/Usuario/Downloads/cat%C3%A1logo.pdf

Para quienes se han hecho mayores en este siglo es imposible concebir un mundo sin ordenadores, tablets o móviles conectados a Internet. Para quienes venimos de 1960, nos resulta difícil prescindir de muchas de las ventajas que proporciona, pero tenemos alguna idea de lo que supone vivir en un mundo desconectado en el que la vida y milagros de cada uno de nosotros no esté casi permanentemente expuesta. Disponemos de más información de la que nunca podremos asimilar, pero, también, somos víctimas de la desinformación. Somos la enésima generación de la letra impresa, de las bibliotecas creadas y alimentadas con mimo a lo largo de siglos. La letra impresa tuvo un antes. La inmensa mayoría de la gente no podía contar más que con la transmisión oral para completar la imagen de su mundo sin horizontes. Hombres extraordinarios inventaron la imprenta. El poder tuvo que competir con materiales impresos que se difundían rápidamente y que discutían, matizaban y atacaban el orden establecido. La censura, la quema de libros y de sus autores fueron barreras impuestas por el poder a la difusión libre de las ideas. Gracias a los materiales recogidos por Rafael Bardají y Joaquín Sebastián, a la Diputación de Huesca y al Ayuntamiento de Zaragoza que han producido la muestra, tenemos ocasión de contemplar en la UNED de Barbastro, algunas de las viejas máquinas que hicieron posible la difusión del saber y el conocimiento y la evolución del periodismo desde Gutenberg hasta hoy. Que la disfruten (la exposición) Fundación Ramón J. Sender UNED Barbastro

ENRIQUE VILLAGRASA: LOS POETAS ARAGONESES Y NUEVA YORK

[El poeta y crítico literario Enrique Villagrasa, dentro del proyecto Parnaso 2.0, que promueve el Gobierno de Aragón, publica un amplio texto sobre la presencia de Nueva York en la poesía aragonesa.]
#400Cervantes #Parnaso2punto0

La poesía en Aragón – Textos comunicaciones y ponencias –

Enrique VillagrasaNueva York en la poesía aragonesa actual (siglo XXI)

 

Diríase que la ciudad de “Nueva York, el marimacho de las uñas sucias, despierta.”; o sea, que existe para nosotros desde que el poeta Juan Ramón Jiménez la nombra en su reconocido Diario de un poeta recién casado (1917), poemario angular que da inicio a la poesía moderna escrita en lengua española. Antes, otros poetas como es bien sabido ya habían hablado de Nueva York, como el cubano José Martí; el nicaragüense Rubén Darío; o el malagueño José Moreno Villa. Después apareció la tragedia lírica que es Poeta en Nueva York (1940) de Federico García Lorca y por último el diálogo urbano poético que es Cuaderno de Nueva York (1998) de José Hierro; entre otros muchos, claro: pero, muchos son los libros escritos pero pocos los necesarios. Hierro demostró que no era necesario estar en Nueva York para escribir un buen poema sobre esa ciudad: Canción del ensimismado en el puente de Brooklyn incluido en su poemario Libro de las alucinaciones (1964), sin ir más lejos.

Pero, para nosotros fue el poeta Ildefonso Manuel Gil (Paniza, 1912-Zaragoza, 2003) quien nos explicó que sí, que Nueva York estaba allende los mares y le esperaba en esa otra orilla. Él se marchó para allá a principio de los años 60 y permaneció allí hasta 1983. En esa ciudad escribió Los días del hombre (1968); Elegía total (1976);  De persona a persona (1971); Poemas del tiempo y del poema (1973); y la antología Hombre en su tierra (1978). Pues bien, me fijo en Elegía total porque es un poemario con tintes surrealistas y de denuncia histórica, que me llama la atención por estos versos, entre otros muchísimos: “El caballo creció dentro de Troya:/ lo hicisteis entre todos, tabla a tabla”, que me resultan cercanos por sus ecos greco lorquianos; puesto que si leyendo el citado poemario de Lorca realizamos un viaje a los mismos cimientos de nuestra civilización occidental, a un mundo que el poeta entendió como nadie y lo padeció en sus carnes, como sabemos, en esos dos acertados versos de Gil está todo sintetizado: ese otro lirismo trágico griego, esa mitología, que tanto nos ha enriquecido culturalmente hablando, y la más atroz de las tragedias como es el capitalismo que nos atenaza aún hoy, con su neoliberalismo.

Después de Ildefonso Manuel Gil vendrán otros muchos escritores y poetas aragoneses a quienes la ciudad de Nueva York les ha fascinado y les fascina y, por eso, han dejado testimonio escrito y lo seguirán haciendo, espero. Así lo ha hecho en su obra José María Conget (Zaragoza, 1948), premio de las Letras aragonesas en 2007, entre otros; y en los otros, en los poetas es en los que quiero fijarme: en algunos de ellos son en los que quiero ver ese interés; y este es el motivo de este artículo: descubrir esa influencia que la ciudad de Nueva York o alguno de los aspectos relacionados con ella: urbanos o culturales han tenido o/y tienen en alguno de los poetas más significativos de la poesía aragonesa actual (s. XXI): tanto en los que han vivido allí, en los que todavía viven, en los que van y vuelven por profesión o por turismo, y en los que no han estado allí pero nos han dejado señales claras de la presencia, de la gran urbe, de ese centro del mundo, en sus versos; y más tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, contra las Torres Gemelas.

Tengo que recordar que tanto Ildefonso-Manuel Gil, como Ignacio Escuín, Ángel Petisme, Carmen Ruíz Fleta y Manuel Vilas están recogidos por Julio Neira en su exhaustivo y cuidadoso trabajo Historia poética de Nueva York en la España contemporánea (Cátedra, 2012) y en Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York (Fundación José Manuel Lara, 2012), donde Nacho Escuín y Manuel Vilas figuran también y con los mismos poemas en ambos libros.

Un grande de las letras aragonesas, que por decano inicia este breve recorrido, es Ángel Guinda (Zaragoza, 1948), poeta que ha vivido en Nueva York, que yo sepa al menos un mes, más o menos. Poeta que ha sido reconocido con el premio de las Letras aragonesas (2010) y quien en su libro Espectral (Olifante, 2011) escribe con la rabia visceral que le caracteriza este grito, donde habla de la ciudad del color y del volumen, haciéndose eco de esos otros dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad: “arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia”, como  explicó García Lorca al llegar a la mega metrópoli. Y Guinda escribe:

¿HASTA CUÁNDO esta danza macabra? Cordilleras y cementerios se dislocan. Nado, labro las aguas con los dientes, siembro espuma de histeria, araño el aire, mastico las tinieblas. ¡Nada! Como paso las páginas de un río pasé las avenidas de New York  -la ciudad del color  y  del  volumen-.  Desata el  delta trenzas de vapor, gordos mosquitos sobre el arrozal. Veo abrirse las flores del hibisco, los poros de las piedras, las espinas del cactus, del erizo, tan resistentes a la adversidad.

Luisa Miñana (Barcelona, 1959, vive en Zaragoza desde siempre), quien en su libro Ciudades inteligentes (Olifante, 2014) tiene un poema en prosa preciso y precioso. Ella que no ha estado en Nueva York realiza una fantástica, necesaria, crítica y justa comparación entre el Actur (Actuación Urbanística Urgente…) que es el nombre con el que se conoce popularmente al barrio donde habita en Zaragoza, ganado al antiguo cauce del río Ebro, y lleno de calles bautizadas con los nombres de poetas, escritores, cineastas y de Pablo Picasso, el genio.

Realidad aumentada

A pesar de todo, lo confieso, soy justamente feliz por las mañanas. A pesar de mí misma, lo soy. No es difícil: soy feliz por el sol y por los árboles que cubren a mi paso las ventanas más altas del World Trade Center.

Muy temprano, a sus puertas, la gente fuma ya y bebe café, y habla. La gente recompone su mundo cada día, como se recomponen los poemas: a trozos y sin miedo. Por las mañanas cada tránsito tiene pautado un orden natural de ser y estar. La vida debería volverse así de fácil todo el tiempo. Pienso para mí misma. No quiero pensar más.

(…)

En el Actur, igual que en Nueva York, necesitamos centros de negocios para proporcionar trabajo temporal a los cientos de miles de poetas y fantasmas poéticos que en oleadas llegan desde las azoteas, desde las discotecas y los bares de moda, empachados de versos, desde los suplementos culturales, regurgitando arcilla y masticando miasmas que rebosan por las alcantarillas en forma de ordenada realidad. Poetas de la condenación del universo entero se citan en el Actur.  Poesía y cadáveres son el genoma oculto de la vida en el barrio. Es la arcilla podrida de los siglos la que causa la palidez famosa y la bohemia endémica en los poetas que eternamente vagan por las calles del Actur. La arcilla enriquecida por batallas inútiles libradas al pie de la ciudad y por cadáveres. El barro putrefacto de la vida perdida y de la eternidad. Cuanto es y no es:

Poesía. Eternidad. Cadáveres.

(…)

El periodista, narrador y poeta Antón Castro (Arteijo, A Coruña, 1959, aunque residente en Zaragoza también desde siempre), quien en su próximo libro El bosque iluminado incluye este poema dedicado al poeta José Hierro, autor del aclamado y citado Cuaderno de Nueva York. En él está presente la ciudad de Nueva York como no podía ser de otra forma. Antón Castro nunca ha estado en Nueva York pero eso no quita que conozca la atracción que ejerce la misma, en claro homenaje a Hierro y a su poesía:

TRES CITAS CON JOSÉ HIERRO

(…)

3

Tú también sucumbiste a Nueva York.

Como Lorca y José Moreno Villa.

Y sucumbiste, sobre todo, a la música.

A la melodía oculta del soneto. A Bach y a Beethoven.

Al latigazo del viento en la luna y en el más allá.

Te faltaba el aire y paseabas con el oxígeno incorporado.

Estabas seriamente enfermo y parecías un leñador,

un luchador de sumo o un turco errante que espera a los barcos.

Con todo, eras feliz. Pensabas que Cuaderno de Nueva York

era un libro para siempre. Un grito y una afirmación.

La obra que culmina la travesía.

Me dijiste: “Me he vuelto metafísico, como Sancho.

Pronto emprenderé el camino hacia la nada.

Sé que no hay regreso. Mi testamento son los versos”.

David Liquen (David Giménez, Remolinos, Zaragoza, 1960), quien sí tiene un par de poemas sobre la mega ciudad, uno donde cita el distrito de Brooklyn, que aparecerá en su próximo libro Los hijos de la mujer del Zebedeo y otro con el mismo título que el de esa ciudad publicado en el libro Playa Ramírez (Montevideo, Yaugurú, 2015), toda una curiosa e irónica estampa urbana y social:

NUEVA YORK

si atraviesas el puente de Brooklyn a media mañana

verás cerca de la calle ocho maricas apostados

en las aceras

venden en capazos especias americanas

venden chile, venden kétchup, venden venden.

un poco más allá, siempre están los hombres judíos

orando

a un dios que no es el mío ni el tuyo

es otro dios, tampoco es tan complicada la cosa

hay varios dioses y cada uno le reza al que le va

mejor, ¿vale?

es como las especias

tú compras la especia que necesitas

para que la sopa esté más sabrosa

si dejas el cementerio judío llegas a Central Park

y puedes correr hacia delante

escapando de los dioses y de las especias.

Ángel Petisme (Calatayud, 1961) también vivió en Nueva York un par de meses, allá por el 2002, cumpliendo con sus recitales y conciertos contratados, como cantautor que es y ejerce. Luego ha vuelto a la metrópoli un par de veces más, pero con menor estancia. En su producción poética aparecen poemas que hablan de Nueva York en la antología Teoría del color (Sial, 2006); también, en su poemario Cinta transportadora (Hiperión, 2009) está incluido el conocido poema Walking Manhattan. Este libro recibió el VII Premio Claudio Rodríguez. No obstante, en Demolición del Arcos Iris (Baile del Sol, 2008) es donde tiene varios poemas que hablan de Nueva York como Bin Laden acariciaba mis encías, Sexo en Nueva York, Eva Mendes, Antorchas humanas, Sermón del World Trade Center o Atardecer desde el ferry de Staten Island, que tanto me gusta, por la variada tipología temática del mismo:

¿Quién dormía en aquella habitación de Chinatown

mientras los extractores de la calefacción

bajaban a los infiernos del corazón del ángel?

¿Quién estuvo a punto de llorar de arrepentimiento

mientras nevaba en Nueva York

y el humo de las alcantarillas

dibujaba los muslos de Norma Jean?          

Igual me lo he inventado todo

o todo me ha inventado porque faltaba un personaje en esta historia,

o ha sido una dulce, magnética ensoñación.

Dicen que baile en NYC y que gusté,

¿pero qué es el éxito a estas alturas de tu vida

sino recortes y eco de aplausos amarillos

y cómo volver a una ciudad donde jamás estuve?

Esta foto con el Lower Manhattan a la izquierda

y Brooklyn a la derecha tampoco demuestra nada.

Puede ser mi clon de NYC quien me la envía

(todos tenemos esparcidos por el planeta

seres con nuestro mismo rostro que se expresan en otro idioma,

cambian la rueda pinchada de su bicicleta

y hacen el amor los sábados con una gordita pecosa).

Está cayendo la noche sobre Madrid

y allá donde el Hudson se quita los zapatos,

en la higuera de las vanidades, la capital del mundo,

un hombre anónimo, sin pasado y quizás sin raíces

toma el ferry para Staten Island. Comienza a nevar.

El premio de las Letras Aragonesas 2015 Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) tiene un admirable poema largo: toda una sección, sobre Nueva York, de más 350 versos dividido en nueve partes, que está incluido en Resurrección (XV Premio Jaime Gil de Biedma, Visor, 2005) con el título de la ciudad donde está la vida; poema que también está recogido en la antología Amor. Poesía reunida, 1988-2010 (Visor, 2010) y recientemente en Poesía completa (1980-2015) (Visor, 2016). Vilas vive en la actualidad entre Estados Unidos y España, según me comenta. En estos versos realiza un recorrido urbano con acertado análisis social. Vilas es un poeta ciudadano que para nada está fuera del mundo: está muy comprometido con la realidad: integrado en el presente:

Nueva York

2

(…)

Entré en un bar del Greenwich y me tomé un vino blanco,

y me atendió, oh, dios mío, una camarera blanca anglosajona,

y me quedé mirándola un rato;

todos estamos trabajando, yo ya odio escribir,

porque escribir es trabajar.

Trabaja Terry, trabaja Diana,

y trabaja X, la anglosajona cuyo nombre no supe

porque no llevaba una chapa en la solapa,

y me fui al Puente de Brooklyn,

y pensé en la gente que trabajó aquí hace cien años,

y los que murieron aquí, gente aplastada,

amaron el progreso

y este los ejecutó,

y me reí un rato, una risa de Dios: demonio y fortaleza,

y cogí un taxi y era

otra vez un negro quien me servía,

un negro grande,

y le dije five avenue, please.

(…)

El profesor, traductor y poeta Juan Antonio Tello (La Almunia, 1965), que en estos momentos anda impartiendo clases de francés en el instituto de enseñanza secundaria español de Tánger tiene un poema que escribió en 2008, cuando él peregrino de la vida y las aulas vivía con su mujer en Burdeos (Francia) y pensaban en ir precisamente a trabajar a Nueva York, que no dudo que lo haga algún día. Nueva York es en el poema el Atlántico que se cita. Este poema está incluido en su poemario Cae Noviembre (4 de Agosto, 2013):

Quai de la Monnaie

El paseo hacia el muelle

sosiega el pálpito de las horas,

la brisa mueve nuestro pelo

mientras sujetamos la barandilla gris

para inclinarnos sobre los plásticos

que flotan en el Garona.

Los vemos pasar,

testigos de los días,

y tú desvías la mirada hacia el Atlántico

que nunca atravesamos.

El poeta y profesor David Mayor (Zaragoza, 1972) es autor de un par de poemas que hacen referencia a Nueva York, de una forma más o menos directa, y ambos están recogidos en su extraordinario poemario 31 poemas (Pre-Textos, 2013), del que mostramos este que expresa la necesidad que tenemos al pensar en la gran ciudad como el sueño soñado, de esa poesía urbana que ha olvidado la necesaria naturaleza para la vida:

NACIONALIDAD

Ya no hay furia ni mugre ni vespas a la entrada. No hay chicas como Blondie ni yonquis ni han roto el futuro. No hay Londres ni Berlín ni siquiera sombra del pasado. No hay tiempo ni empujones. No hay güisqui dyc ni imperdibles ni una chaqueta demasiado entallada. No hay sudor ni rickenbaker ni un asesino dentro de mí ni han asesinado a los dioses. No estamos en el setenta y siete ni Pisa está a punto de ser incendiada ni hay tanta porquería. No hay nada en el camino de la nostalgia. Ni siquiera Nueva York es un sueño. Nunca beberá Poe en el Bowery. Seguramente no haya ocurrido. Ya no tenemos ni media hora para actuar. Sólo hay páramo en el que pinchar discos a pedradas.

El poeta, escritor, pintor y editor Raúl Herrero (Zaragoza, 1973) no ha estado en Nueva York pero sí ama la música americana y a sus intérpretes y publica en el número inaugural de “El eco de los libres”, la revista cultural del Ateneo Jaqués, el extenso poema que aparece como colofón de un artículo sobre el centenario de Frank Sinatra, dentro de la sección “Música” y que está dedicado al mejor intérprete de la canción New York, New York. Pues estoy convencido que después de escuchar a Sinatra cantando New York, New York nada vuelve a ser igual:

A Frank Sinatra

(…)

Con esa voz, que a pesar de los años persistía

en pelearse con las canciones y

en participar de un ritmo que solo tú hallaste;

con esa voz, bailé en paños menores,

para la multitud de una mujer solitaria,

la noche en que bebí por primera vez tu engrudo predilecto.

Cuando te ocultaste algunos me dieron el pésame,

y acometí el papel de viuda entonando un brindis por tu memoria al tiempo

que te escuchaba cantando, de nuevo, en el concierto

que conmemoró tus setenta y cinco años.

Y has seguido cortejando a esas bandas

de swing feroces como el incienso quemado por arrobas

en las catedrales pudientes

y acorralando a los instrumentos de cuerda

en discos cálidos como una noche de renuncia.

Te quedarás  para que algunos niños del futuro

puedan vestirse con tu libertad

y aprendan que el amor participa de la pérdida,

y que late música más allá de las esferas y las fieras.

¡Reclamemos ser lo que siempre debimos ser!

¡Reclamemos el derecho a imitar el fraseo de tus canciones

al despedirnos de un trabajo cretino

o al decirle adiós a esa pareja-perra que nos persigue con la escoba!

Otro de los poetas que conoce Nueva York, por sus viajes que realiza en solitario huyendo de su vida o escapando hacia la libertad de lo desconocido, es el profesor Jesús Soria (Zaragoza, 1977), como nos deja plasmado en este poema publicado en la revista Eclipse, número 9 (2005). El poema es un homenaje a Nueva York, a Tiffany´s, que como casi todos sabemos es un joyería que existe en la ciudad y que aparece en la película Breakfast at Tiffany’s, dirigida por Blake Edwards y rodada en 1961. También aparece en la novela del mismo título de Truman Capote, que publicó en 1958. Este poema es, no cabe ninguna duda, un canto de amor a la actriz inolvidable Audrey Hepburn, cuyo personaje sueña una realidad diferente cuando acude a los escaparates de la mencionada tienda. Al final del poema se alude al título de la canción de la banda sonora de la película, compuesta por Mancini. Una acertada y bella metáfora nada irracional.

Desayunar en Tiffany´s

 

Desayunar con diamantes era

encontrar en Tiffany´s un

escaparate de los sueños,

saborear en tu piel

el alimento del deseo.

Exprimir el zumo de tus

ojos cansados por la velocidad

de la noche.

Desayunar en Tiffany´s será

siempre el tren de la vida

alejándose de las estaciones

del silencio.

Viajar a la embriaguez

de tu cuello escuchando las

palabras del río de la luna.

El poeta y profesor universitario que ha hecho algún viaje a la gran ciudad de Nueva York es Enrique Cebrián Zazurca (Zaragoza, 1978), quien tiene un poema con ecos juanramonianos de su Diario…, que hace referencia a Nueva York, titulado Greyhound, y que aparece en su último libro de poemas La chica del verano (Publicaciones Universidad de Zaragoza, 2015). No es directamente sobre Nueva York, sino que la ciudad aparece citada como referencia del camino hacia el reino de este mundo y del otro, el de la vida vivida:

GREYHOUND

Una lluvia de agosto, una lluvia

de perros allá afuera. Nos subimos

calados.

Y el aire acondicionado a mil.

Tapados y abrazados, dormías

junto a mí,

de Boston a New York,

en aquel autobús de peli americana,

protagonista con lágrimas y mochila

dejando atrás

un pueblucho de mierda y algún novio

paleto,

para alcanzar el reino de este mundo.

Tú y yo, tapados

y abrazados, congelados,

apoyada tu cabeza en mi hombro.

En el iPhone

escuchaba a Pereza,

que me gustó más que nunca,

y miraba de noche esa autopista

y me sentí feliz.

Carmen Ruiz Fleta (Zaragoza, 1978) plantea en el poema XX de Cinco días de agosto (Eclipsados, 2008) un paseo en pareja donde anota las acciones tópicas del imaginario turístico del viajero a la ciudad, Neira dixit.

XX

Dentro de dos días,

tomados de la mano,

pasearemos por las calles de Nueva York.

Nos fotografiaremos sonrientes en Times Square,

nos tumbaremos sobre el césped de Central Park,

montaremos en la noria de Coney Island,

y nos besaremos al son del jazz sin admitir

que los dos estamos actuando,

que con el viaje se acabará el cuento,

y que todas las cosas son ya la última cosa.

 

Ignacio Escuín (Teruel, 1981), quien es sobradamente conocido como poeta, crítico, editor, profesor, narrador y ahora porque lleva las riendas de la cultura aragonesa como director general de Cultura del gobierno de Aragón, sí ha estado en Nueva York y escribió sobre la zona cero su conocido poema y varias veces antologado, no falto de sarcasmo, que se inicia así: “Todo poeta que se precie escribirá un poema largo sobre la devastación de New York City tras el 11-S, quizá también sobre el metro, Central Station o los hoteles de lujo de Park Avenue.” Pero a mí me gusta más este otro que es más significativo y socarrón de cómo influye tal ciudad sobre los poetas:

VI

Marta y Lorena caminan las calles de Manhattan y ya no les

soprende nada.

Hace ya unos cuantos años que Lorena partió en busca del

sueño americano y al tocarlo con las manos y comprobar

que en Manhattan no anochece llamó a Marta y ésta partió

siguiendo las huellas de Lorena.

Ahora caminan las dos con firmeza por la Quinta y tienen

novios extranjeros que las quieren y las dejan con mucho

amor y mucha rabia, porque en Manhattan todo se hace a lo

grande.

Marta y Lorena vienen a España

intermitentemente

y nos quieren y nos hablan con el deber cumplido

han rendido al pueblo americano

a ellas sí las miran en la Quinta y en cualquier lugar.

Rendidos a los encantos de las dos les regalan noches con

luz a mis americanas.

Quien está viviendo allí en la actualidad, en Manhattan, Nueva York, es la poeta, profesora e investigadora Almudena Vidorreta (Zaragoza, 1986), quien anda impartiendo clases e investigando en un par de universidades y prepara su segunda tesis doctoral sobre la recepción de la poesía española del Siglo de Oro en poetas latinoamericanas del siglo XX. De Vidorreta destaco esta catarsis lírica: su viaje, escrita y publicada en una revista de allí: Los bárbaros, cuya razón de ser radica en los autores que escriben en español en y/o sobre Nueva York (http://losbarbarosny.com/lea-en-pdf/):

Lectura en llamas

                  Todo parecía estar como en espera de algo.

                                                                       Juan Rulfo

Vine a Manhattan porque me dijeron

que allí estaba el centro del mundo.

Yo misma me lo dije

y me prometí que iría a verlo

en cuanto ella muriera.

Me dejé abrazar en señal de que lo haría,

pues estaba por morirse

y yo en plan de prometerlo todo.

Pero no pensé cumplir mi promesa

hasta que comencé a llenarme de sueños,

a darles vuelo a las ilusiones

y, de este modo, se me fue formando

un mundo alrededor de la esperanza.

Por eso vine a Manhattan.

Y subida en el avión, allá en el cielo,

miraba un agosto desvanecido,

y aquello que veía a lo lejos

era España, y estaba triste.

Son los tiempos, señora.

¿Está seguro de que es España?

Deshecha en vapores,

colmada de hombres como demonios,

mi casa sobre las brasas de la tierra,

mis muertos, llenos de sangre

y un rencor vivo.

Yo era el retrato viejo de mí misma

y el paisaje, solo un reflejo

de la desolación.

Aquí no vive nadie.

Queda claro en este trabajo que los poetas incluidos tratan la gran urbe que es Nueva York desde el versolibrismo y con todos los tópicos habituales, desde los negros a los judíos y los lugares más típicos y calles emblemáticas de la misma, por todos conocidos por las imágenes que repetidamente aparecen en la pequeña pantalla de casa o en la gran pantalla del cine. Parece ser que Nueva York es conocida antes de pasear por ella, por lo que nos dicen. Y como se puede leer, en los autores aragoneses seleccionados para este recorrido, la variedad tipológica poemática es diversa como distintos son los poetas. Así, están en franca complicidad con ella o en ferviente enfrentamiento. Pero a la cual todos admiran desde una óptica más o menos crítica.

Este es pues el sendero marcado sobre la presencia de Nueva York en la poesía aragonesa de nuestros días: una poesía en la que se ve a las claras que los poetas son ciudadanos; o sea, no están fuera de nuestro mundo, y con su poesía nos abren un camino beneficioso para los lectores, pues nos hace mejor entender este complejo mundo. Creo que todos los poetas citados están muy comprometidos con la realidad, algunos con una obra más distendida, pero muy integrados en nuestro presente: en nuestra cotidianeidad. Son poetas que utilizan el verso como bisturí de la sociedad actual.

Debo explicar, por último, que no sé si esperaba mayor y mejor respuesta por parte de los llamados, algunos prestos y otros despistados, pues aún espero noticias de alguna poeta y de algún poeta. Otros, sin embrago, no habían escrito sobre Nueva York, pero querían hacerlo: no han tenido cabida, y otros me mandaron a petición mía poemas que habían escrito sobre otras ciudades, como los poetas Fernando Sarría (Ciudades en los labios ) y Nacho Tajahuerce (El rostro del mundo, en Baile del Sol, 2014), a quienes no puedo incluir en este trabajo, sí en próximos. Desconozco si me he dejado a algún otro poeta, pero no tenía más contactos; aunque quería trabajar sobre estos pocos, no todos. Y, todo esto con un guiño y parafraseando a don Miguel de Unamuno: lo que natura non da, Nueva York non presta.

HISTORIA DE LUIS ARAQUE

HISTORIA DE LUIS ARAQUE

Luis Araque, el músico que llegó a todo

 

Historia de este ilustre zaragozano que fue médico, compositor, pianista, director de orquesta y arreglista, y trabajó con Machín, Sepúlveda y Guardiola

 

Antón CASTRO

Para entender la trayectoria de Luis Araque Sancho (Zaragoza, 1914-Madrid, 1971) –“compositor, pianista, director de orquesta, arreglador y poeta”, además de médico, según las definiciones de la época-, casi conviene empezar por su padre, Rufino Araque, toledano, que se instaló en Zaragoza y que realizó mil y un oficios: fue sacristán, militar y barbero de regimiento, practicante, profesor de música y fundador de varias orquestas en Zaragoza, entre otras cosas, según él mismo le contaba a Marcial Buj en una entrevista de HERALDO. De casta le venía al galgo, pues. Luis Araque fue un estudiante modélico e inteligente, que obtuvo en Bachillerato premio extraordinario y matrícula de honor. Ingresó en el Conservatorio y realizó estudios de piano con el maestro Ramón Salvador; cuando estalló la Guerra Civil, en 1936, ya había realizado cinco cursos completos; con solo 18 años, había solicitado la admisión en la Asociación de Profesores Músicos de Zaragoza. 

Se matriculó en la Universidad de Zaragoza en Medicina y de inmediato demostró su versatilidad, su entusiasmo y su capacidad de liderazgo. Se integró en la tuna universitaria, a la que dirigió, y no tardaría en componer una pieza que sigue siendo la más rentable de las suyas en la SGAE: ‘Pasa la tuna’, que llegó a cantar el mismísimo Alfredo Kraus en los años 60 con una leve modificación de la letra. Aquella etapa fue fructífera: eran tiempos de cambio, de jazz y sonidos negros, de foxtrot y music hall, de boleros, tangos y pasodobles, de aprendizaje constante. Luis Araque lo mismo actuaba de solista en pequeñas orquestas que dirigía la tuna o componía. De entonces fue la pieza ‘Ballesteros’, en honor al finísimo e infausto torero Florentino Ballesteros (1893-1917), que había muerto de una cornada. Se dice que tenía tanto éxito con sus piezas, alegres y modernas, que solía cobrar un sueldo medio de 1000 pesetas al mes en liquidaciones de derechos de autor (unos seis euros).

Tras la contienda, culminó su carrera y trabajó de médico militar hasta 1951. Eso sí, jamás había abandonado la música, que era su gran pasión. En 1942, en Madrid, en el Teatro Fontalba había presentado una comedia musical, ‘El capitán Kiriki’, y no había cesado en la composición. El momento clave de su existencia fue en los inicios de los 50 porque creó su propia orquesta. Hizo decenas de temas para otros y se encontró con el cantante cubano Antonio Machín, con quien presentó durante una década el espectáculo ‘Melodías de color’, que fue el escaparate para el gran bolerista, para la Orquesta Internacional Luis Araque y coros y para sus piezas: ‘Mil besos’, ‘Sé que tienes novio’, ‘No sé por qué te quiero’ o ‘Al recordar tu amor’. También firmó un pasodoble taurino como ‘Ópera flamenca’.

Se dice que es autor, con música y muchas veces letra, de 400 temas y que sigue siendo uno de los aragoneses más rentables a la SGAE tras Antón García Abril y Daniel Montorio, entre otros. Hizo discos de casi todo: fue un arreglista de temas gallegos o canarios, creó chachachás y cantaron sus canciones Sara Montiel, Lucho Gatica, las hermanas Fleta, Elia y Paloma, escribió cuatro boleros para José Guardiola, rindió homenaje a Portugal en un disco que grabó la orquesta de Roger Santander (se conserva una carta suya donde le escribe al músico Guillermo Fernández-Shaw, en 1954, para que le traiga dos copias de Buenos Aires)… Y una de las curiosidades de su trayectoria se refiere a otro de sus grandes éxitos: había creado el bolero ‘A escondidas’ para Antonio Machín, pero por distintas razones este no lo quiso cantar, lo hizo Jorge Sepúlveda y fue uno de sus grandes éxitos. Las críticas, y las notas de sus discos, subrayaban esa facilidad para crear “colores orquestales con atrevimiento y modernidad” y a la vez se decía que su obra era de “un hondo romanticismo, donde el sentimiento y la musicalidad adquieren acentos universales”.

La Orquesta Internacional Luis Araque y coros realizó giras por países europeos y, sobre todo, Latinoamérica, donde interpretaba música ligera, variaciones de jazz (Jorge García en el texto ‘El trazo del jazz en España’, con motivo de una exposición en la Biblioteca Nacional, decía que era “uno de los principales personajes del jazz en aquellos años difíciles” de la inmediata posguerra) y algunos de sus temas más personales: ‘La primera estrella negra’, ‘Mardita sea tu estampa’, ‘Ópera flamenca’, ‘Aquí Zaragoza’, etc. Plácido Serrano, estudioso de su obra, explica: “Fue uno de los músicos españoles más completos e interesantes en los 50 y 60. Quizá lo menos conocido sea su influencia del jazz, por ejemplo sus composiciones para el cuarteto de Flavio Bello”.

Tuvo algunos cargos en la SGAE y consta, cuando murió en Madrid el 16 de abril 1971, que era director de los servicios médicos y un activo de su sección musical. El ABC publicó dos esquelas, en la que lo lloraban dos mujeres: su esposa Sara Méndez y su hija Sara. Ha caído en el olvido, sin duda, pero siempre que se habla de amor, de boleros, de pasodobles, ahí reaparece Luis Araque Sancho. Logró la inmortalidad tal como había soñado: con sus melodías y sus ritmos bailables.

 

 

La vida de las paredes

Sara Morante

Sara Morante se había revelado como una espléndida y luminosa ilustradora. En este libro, de Lumen, da el salto: no solo ilustra, con elegancia, narratividad y colorido, sino que cuenta la historia de un edificio, en Argumosa 16, y sus personajes a lo largo de varios días. Un libro subyugante.

 

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela

Javier Pérez Andújar

Javier Pérez Andújar publica en Tusquets este diccionario que tiene algo de síntesis de su aprendizaje sentimental. Conviven los tebeos, la democracia, la música (hay una entrada de Camilo Sesto), el cine y muchos de sus personajes y la historia, narrado todo ello con libertad, erudición e ironía.

 

*De la serie de Heraldo, 'Letras estivales'.

 

ROSA MARÍA ARANDA: UN DIÁLOGO

ROSA MARÍA ARANDA: UN DIÁLOGO

Rosa María Aranda, allá por los primeros cuarenta, cuando la retrataban Coyne o Aurelio Grasa, tenía un aire a Rita Hayworth con sus rizos al viento. Ahora, con sus 81 años y el desenfado de siempre, anda un tanto insegura por su casa cuajada de recuerdos, de muebles de época, de retratos o dibujos que le hicieron su hermana Pilar Aranda o Menchu Gal. El amor de su vida, Fernando de la Figuera, “fallecido demasiado pronto en 1967”, la mira desde varias fotografías con aquel porte de caballero tocado de bigote. Rosa María Aranda selecciona sus recuerdos al calor de la mesa camilla, junto a sus hijos Alfonso y Carmen.

 

El libro “Paisajes internos. Anecdotario vital” (BArC) brilla al sol, casi tanto como su sonrisa. De golpe, se zambulle en el pasado. Evoca a su abuelo materno Fernando Nicolás, “que tuvo uno de los primeros coches que circularon por Zaragoza”, y Ambrosio Aranda, “que era fantástico, guapísimo, según un óleo que conservamos de él”. Ambos fueron industriales de mérito. Sus padres, Manuel Aranda y María Nicolás, no tardan en aparecer; él, monárquico, era un importante industrial de maderas que iban y venían por barco en medio mundo, y ella era una republicana avanzada, una lectora voraz, que iba a marcar notablemente la cultura de sus seis hijos.

 

         “Gracias a mi madre, todos fuimos grandes lectores. Contábamos con la excelente biblioteca de mi abuelo Ambrosio Aranda, que tenía a Dante con los grabados de Doré, historias del papado, auténticos libros de coleccionista. Y además mi madre nos impulsaba a leer a Marañón, Unamuno y Valle-Inclán”. Rosa María nació en Zaragoza y de inmediato se trasladó a San Sebastián; antes casi de que se echase a andar, la familia fue reclamada en Madrid por “el imperio de maderas de Arturo Nicolás”. Allí, con el domicilio San Agustín 3, frente al Congreso de los Diputados, crecieron los vástagos de los Aranda. Rosa los enumera: Pilar, que se haría pintora de mérito y que se casaría con Francisco San José; Leonor, que atendía el negocio de Casa Aranda de artículos religiosos (casullas, capas pluviales...) de la calle Fuenclara; Virginia, que partiría a Caracas a montar el negocio en ultramar; Fernando, “que fue mi compañero de juego y era un genio: un contador de historias vividas que se atrevió a cruzar el Sahara con camiones llenos de bidés y retretes para las moras”; y Mari Luz, que se dedicó a sus labores y contrajo matrimonio con un excelente operador de cámara de cine. “Yo fui la cuarta chica y pensé a que me iban a tirar a la basura. No fue así y en Madrid fuimos muy felices. Estudié en varios colegios, teníamos muchos amigos y me gustaba ver a mi padre en la partida de tresillo. Además teníamos una finca en Los Molinos y nos íbamos a ella. Allí conocí a un joven delgadito y tuberculoso que iba a curarse, llamado Camilo José Cela, que muchos años después recordaría en la novela ‘Pabellón de reposo’. Y además, en cuanto crecimos algo, me iba con mis hermanas a las tertulias del Casablanca y a la terraza del Ritz”.

 

         Madrid, además, era también la fiesta del teatro porqueManuel Aranda decidió probar suerte como empresario teatral de la compañía Benavente. Y ella y sus hermanas asistían a las lecturas y a los ensayos, y veían de cerca de José Isbert, “una persona maravillosa”, Rafael Rivelles, su mujer María Fernanda Ladrón de Guevara, Milagros Leal o a una jovencita llamada Amparito Rivelles. “A mí y a ella nos tocaban casi siempre las muñecas de la rifa. Pero las cosas no iban bien. A mis padres los arruinó el Banco Urquijo y esa aventura teatral en cierto modo, piense que teníamos un coche Buick con conductor privado, y debimos regresar a Zaragoza. Lo hicimos a principios de 1936 cuando empezaba toda la ‘empanada’ de la Guerra Civil”. Los Aranda Nicolás se instalaron en una casa del Coso, 5 con vistas hacia el Pilar. Una noche, recuerda Rosa María, varios hombres corretearon por los tejados, persiguiéndose y disparando tiros. Y otro día, la joven y secreta escritora, que estaba culminando su bachillerato y veía como las compañeras pasaban sus redacción y cuentos de mano en mano, vio “cómo tres bombas caían en el Pilar. Las vi desde mi casa, asomada a la ventana con mi hermana Virginia, fumándonos las dos un cigarrillo que nos había dado nuestro vecino Balbino Lacosta. Como se lo digo”. Su recuerdo de la contienda y de los años de trifulca nacional puede resultar desconcertante. “Para mí la guerra fue divertida.Me explico: las chicas entonces sólo podíamos salir con señorita de compañía o con doncella. Ni siquiera nos dejaban ir al cine o al teatro. Y de repente, al estallar la guerra, nos dejaban hacer lo que queríamos. Ir al cine, a divertirnos, al teatro. Teníamos libertad. Sabíamos algo de lo que ocurría, claro, entre otras cosas porque nuestra casa acabaría convirtiéndose en parada y fonda de soldados que iban o volvían o huían del frente, de gente más o menos conocida o recomendada que necesitaba ayuda. En nuestra casa llegó a haber 18 camas”. Ya lo hemos dicho: RosaMaría Aranda, que dibujaba patrones para casullas o capas, también le había tomado una gran afición a la literatura. Había publicado un poema amoroso en “Lecturas” en 1936 y perfeccionaba su escritura.

 

         Tras la Guerra Civil, el estudio de pintora de su hermana Pilar, en la calle Fuenclara, se convirtió en un lugar de encuentro. Por allí pasaron en la primera posguerra, entre otros, Federico Torralba, José Camón Aznar, los descendientes de Ramón y Cajal, el pintor Javier Ciria, quizá Pilar Bayona, que tenía mucha relación con su hermana (la retrató en Jaca en 1950), Santiago Lagunas o un joven catalán, músico entonces y futuro crítico de arte y poeta: Juan Eduardo Cirlot. “Le traté muy vagamente, pero sé que era muy amigo de mi hermana Pilar, que era una mujer muy atractiva y despertó grandes pasiones. A los dos les gustaba mucho Egipto”.

 

         Rosa María Aranda ya tenía un rondador, el joven militar Fernando de la Figuera, con el que no tardaría en casarse. De la Figuera era el mejor amigo, el “hermano” del arquitecto y artista Alfonso Buñuel, al cual conoció muy de cerca. “Mi marido lo amortajó con Pepito Bosqued. Se querían como auténticos hermanos. Aunque siempre se le ve serio, pero Alfonso era una persona cultísima, divertidísima, con un increíble sentido del humor que producía numerosas anécdotas. Recuerdo que una vez intentó hipnotizarme sobre un banco de piedra en Peñíscola. Entonces, también frecuentaba a Luis García-Abrines, me dejaba caer por la Tertulia Teatral con Giménez Aznar, etc.”. Y fue en 1942 cuando le ocurrió uno de los grandes acontecimientos de su vida. En aquel trajinar de gentes que iban y venían por su casa, apareció un marino que le contó la historia de español que se enamoró en Odessa y quiso traer a su compañera para España. Y así lo contó en “Boda en el infierno”, novela que publicó Afrodisio Aguado en 1942 y que contrató para el cine el productor Arenaza. La película la filmó Antonio Román y ganó el Premio Nacional de Cinematografía “ex aequo” con “Raza” de Franco. Todo el mundo recibió la dotación económica correspondiente, salvo los dos guionistas: Franco por ser quien era y Rosa “porque no iba a ser más que el caudillo”. Arenaza también le compró la segunda novela, “Cabotaje” (Afrodisio Aguado, 1943), que no llegó a hacerse en película. Y en 1945 apareció Tebib, ya editada en Zaragoza al cuidado de Luciano Gracia.

 

         Rosa María Aranda, con hijos y de lugar en lugar, compaginó literatura y vida familiar. En 1967, le sacudió un trallazo demoledor. Falleció su marido. Y se dijo que tendría que empezar de nuevo: creó una zapatería, “Fernanda”, en PedroMaría Ric, escribió sin descanso y ha sobrevivido bellamente para redactar estas memorias y este diario de escritora.   

 

LA NADADORA, LA DEPORTISTA, LA MODERNA

Rosa María Aranda fue una adelantada a su época. Una deportista constante: lo mismo marchaba a esquiar que nadaba al estilo “crawl” con belleza y rapidez. Sus fotos al borde de la piscina o embutida en un chándal con la gran Z en el pecho no dejan lugar a dudas. Se hizo nadadora en Madrid, en sus tiempos de instituto (estudió en el Cardenal Cisneros, entre otros centros, entre ellos en un colegio de monjas irlandesas donde le pusieron un profesor especial para que hiciese el Bachillerato) y halló en Zaragoza, desde principios de la Guerra Civil, el lugar ideal para practicar la natación en la piscina del Club de Zaragoza de Torrero, que era el lugar de encuentro de muchos amigos. Su profesor fue su propio marido, que había tenido un preceptor de postín: Enrique Granados, hijo del músico Granados, y luego responsable del Canoe de Madrid. “Participé en muchos campeonatos y fui campeona y recordwoman de Aragón durante años. También competí fuera, pero luego me aficioné al esquí, cuando nadie salía apenas a las montañas. Íbamos con Aurelio Grasa, médico radiólogo y excelente fotógrafo. No paraba de hacerme fotos con su maquinita, con Luis Gómez Laguna, etc. Y alguna que otra vez, con mi marido, salíamos de excursión en una de las primeras motos Lambretta que hubo en Zaragoza”. A la vez que hacía deporte, escribía. Tras sus primeros éxitos le contrataron tres novelas de amor por las que le pagaban mil pesetas. “Al final me aburrí. Yo siempre he querido crear lo mío, con libertad, no me apetece escribir al dictado. Para mí la literatura ha sido vocacional, una pasión. Siempre he querido escribir y he querido hacerlo muy bien. Aprender día a día”. En sus cajones, tiene nuevos libros, por ejemplo “Cartas a mis muertos” o una extensa colección de relatos que desearía publicar antes de que la muerte le cierre definitivamente los ojos.  

 

*Algunos meses antes de la muerte, reciente, de Rosa María Aranda conversé con ella acerca de su fascinante vida. Recupero ese texto -hoy estuve con su hijo Gonzalo- y lo pego aquí por si alguien tuviese interés en conocer su apasionante vida.

 

*Esta foto de Rosa María Aranda la publica Bernad Guillén en Fotos Antiguas de Zaragoza.

UN AMOR DE VIOLA EN PARÍS: TITA

UN AMOR DE VIOLA EN PARÍS: TITA

Tita, una pasión de Viola en París

 

Edita Hirschová, una artista judía checa que acabó en Auschwitz, fue su novia, barajaron casarse y lo introdujo en la revista surrealista ‘Le Main à Plume’

 

PIES DE FOTO. ANDRÉS FERRER

Un espectacular retrato de la artista Edita Hirschová en bañador. [Esta es la foto que debiera mandar: estamos en verano… y no se ha visto nunca.]

 

 

 

Antón CASTRO

José Viola Gamón (Zaragoza, 1916-San Lorenzo del Escorial, 1987), Manuel Viola para la historia del arte, vivió peligrosamente. Militante del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), de tendencia trotskista, y combatiente en el frente del Ebro, escapó a Francia, y allí participó en numerosas escaramuzas del maquis, de la resistencia contra los nazis que ocuparon París y del surrealismo más activo y revolucionario, en el que militaba, entre otros, el poeta Benjamin Péret, que había combatido en el frente de Teruel. Viola recordaría: “Llego a París, amistad con Péret, Dora Maar, Picasso, empiezo otra vez a creer que es más importante una imagen poética, una línea sobre la tela desnuda, y creo en su interior. Porque el sueño del hombre es muy similar al de todos los hombres. Otra vez la circunstancia, muchas veces matar para no morir (mi ideología ya temblaba)”. Poco después, Picasso lo acoge como ayudante o asistente discontinuo de taller. Dice Viola: “Me hago amigo de Picasso y siento veneración por él. Pienso con Rimbaud que “todo arte auténtico es biografía””.

En París, tuvo una de sus primeras historias de amor conocidas, que ha documentado con minuciosidad el investigador de arte y psiquiatra Javier Lacruz en su libro ‘Manuel Viola. Entre la luz y la tiniebla’ (Editorial Cierzo, 2014). El nombre de su amada era Edita Hirschová, Tita, a la que conoció en septiembre de 1940, tras salir de la casa del artista norteamericano Henri Goetz. Dice Lacruz que se trata de “una judía de origen checo que a comienzos del año siguiente lo acogió en su casa de rue Campagne Première n.º3 y lo indujo a colaborar muy estrechamente la revista ‘La Main à Plume’”, que tenía algo de órgano de provocación y de crítica desde la fe surrealista. Algunos de sus ejemplares pueden verse ahora en la muestra ‘Viola. Obra gráfica’ en Fuendetodos.

Años después, Viola recordaría así a aquella mujer: “Era muy guapa. Tenía planta. Dibujaba y pintaba. Era cojonuda. Y era surrealista. Y es que entonces los surrealistas eran la gente importante en el mundo. (…) Después conviví con ella. Fue detenida en el año 41 y luego volvieron a cogerla”. Viola se movía con la falsa identidad de Manuel Adsuara y había conseguido en el consulado español “una promesa de boda” con Tita. La que años después sería su esposa Laurence Iché, novia entonces del joven poeta Robert Rius, escribió un ‘Dossier Tita’ y dice que le parecía una “antigualla” de 35 años y que “estaba muy sorda y muy miope a la vez, lo que reducía las posibilidades de comunicación y le daba ese mal carácter. Solamente se la oía cuando se quejaba de Manuel Viola, del cual sospechaba posibles infidelidades. No tengo fotos de ella pero puedo describirla muy bien: bastante alta, anchas caderas, gruesa de cintura, largas piernas y unas manos muy bonitas. Sus pequeños ojos con la mirada desconfiada estaban redimidos por una boca bien dibujada, una nariz aguileña y una negra cabellera, corta pero naturalmente rizada”. Estaba casada y separada desde hacía tiempo.

Al poco tiempo de convivir juntos, Tita, que llevaba la cruz amarilla de judía, y Manuel se hicieron novios e intentaron casarse. Ella ilustraba la revista ‘La Main à Plume’, con piezas como ‘Amantes’ (1941), e introdujo a Viola, que aceptó de buen grado porque para él era “una forma de combate”, donde publicó de entrada un poema, un texto sobre Paul Klee y un dibujo sin firma. Y no solo eso: con el norteamericano Henri Goetz, Tita introdujo al aragonés en la pintura.

Vivían en la clandestinidad y para sobrevivir tenían que falsificar obras de arte. Dice Javier Lacruz: “El mercado de cuadros falsos les permitió costear la manutención de varios miembros del grupo, sobre todo de los clandestinos, entre ellos Tita y Manuel. Esta actividad también sirvió para sufragar la edición de la revista y el material de propaganda, entre otras cuestiones”. La Gestapo francesa (“constituida por todos los delincuentes, criminales, policías expulsados del cuerpo y demás ralea”) y la Gestapo alemana perseguían a todos los integrantes y en junio de 1942 algunos fueron detenidos, entre ellos Tita. “A Tita, que la tenían controlada, la detuvieron y la deportaron al campo de concentración de Auschwitz –como a Hans Schoenhoff, por “agente sionista”- y ya no se le volvió a ver más”.

Algún tiempo más tarde Viola fue detenido, como el escritor César González-Ruano, que le dedicó la novela ‘Manuel de Montparnasse’. A los dos los soltaron, casi milagrosamente. Otros como Edita Hirschová murieron en el campo de concentración de Auschwitz o fueron fusilados por los nazis, como Robert Rius, poeta, secretario de Breton y compañero  de Laurence Iché. Ella y Manuel Viola se consolaron sus penas, se enamoraron y en cuanto pudieron vinieron a España a casarse. Lo hicieron en Zaragoza, el 3 de abril de 1949, en la Iglesia de Nuestra Señora de Altabás. Viola, años después, resumió así aquellas andanzas parisinas: dijo que se dedicó a “escribir poemas y pegar tiros”.

 

LA DISPUTA POR LOS BIENES: EN FRAUDE DE LEY

EN FRAUDE DE LEY

 

Por Marisancho Menjón*

Existe un curioso enunciado, llamado “Ley de Godwin”, que afirma que cuando en una discusión en internet se menciona a Hitler o a los nazis, esa discusión se acaba. Lo mismo pasa cuando aparece el recurso al anticatalanismo: en cuanto se utiliza como respuesta o justificación, se puede dar por concluido todo intento por mantener un intercambio sensato de opiniones. En ese punto, el nivel de la conversación ha descendido a cero, se han terminado los argumentos.

Últimamente, el anticatalanismo aparece a la primera de cambio en las discusiones relacionadas con los litigios por el patrimonio de Sijena, pero aducir que las reclamaciones de este patrimonio se deben a simple catalanofobia es evidenciar que no se tienen argumentos o que no hay voluntad de ofrecerlos.

Las reclamaciones aragonesas de obras pertenecientes al Monasterio de Sijena se sustentan en sólidos argumentos jurídicos que fueron aceptados por los Tribunales. Las dos sentencias en las que han culminado los dos procesos abiertos por esas piezas, accesibles a quien quiera leerlas porque están en la red, recogen esos argumentos, los valoran y aceptan porque están bien fundamentados. En el caso de las ventas de bienes en 1983, 1992 y 1994, se dictamina que fueron nulas de pleno derecho y que se realizaron en fraude de ley. Es difícil ser más contundente. La jueza considera tan claro el caso que por eso ordenó la ejecución directa de la sentencia. Esas ventas acumulan diversas irregularidades que no han podido ser contestadas por los letrados de la parte catalana: quien las efectuó, que era la priora del monasterio de Valldoreix, no tenía capacidad jurídica para hacerlo, pues se erigió en representante de las monjas de Sijena sin serlo; afirmó que ambas comunidades, Sijena y Valldoreix, se habían fusionado cuando no era cierto; los permisos eclesiásticos con los que se contaba no se dieron para vender ese patrimonio; de dos de las ventas no se hizo escritura pública; no constan documentos de pago; no se dio traslado de la venta al Ministerio de Cultura, como es preceptivo por ley; y, finalmente, se trataba de bienes que, en buena medida, no podían enajenarse porque pertenecían a un Monumento Nacional, hoy BIC, protegido por la ley. No hay aquí asomo de anticatalanismo y sí sólidos fundamentos de derecho.

En el caso de las pinturas de la Sala Capitular, objeto del segundo litigio impulsado desde Aragón y que también ha obtenido una sentencia favorable, ha quedado probado que el MNAC las posee como mero depósito en precario. Fueron arrancadas en 1936 en una operación de salvamento, para evitar una destrucción que se consideraba irremediable tras su incendio. El problema fue que ya nunca se devolvieron, como sí ocurrió con tantísimas otras obras de arte rescatadas, incautadas o trasladadas a lugar seguro durante la guerra. Las monjas de Sijena jamás formalizaron ninguna clase de depósito, y el intento de donación que al parecer se produjo en 1992, lo firmó nuevamente la priora de Valldoreix y no llegó a perfeccionarse, no contó con permisos eclesiásticos ni civiles y no fue objeto de escritura pública y legal. Se quedó en eso, en un intento de alguien que ni siquiera era el dueño del bien.

Un depósito no prescribe ni caduca y ha de levantarse cuando el dueño lo diga. La dueña de las pinturas, en este caso, sigue siendo la Comunidad Sanjuanista de Sijena, hoy representada por la madre federal de la Orden de San Juan, y ha decidido que esas pinturas deben volver a casa. Su traslado es delicado pero si se hace con la debida profesionalidad, las pinturas no tienen por qué sufrir deterioro. De hecho, han sufrido ya ocho traslados, éste solo sería el noveno. Y no es necesario “arrancarlas por segunda vez”, como se ha afirmado, sino sólo desmontarlas de la estructura en la que están colocadas, y volverlas a montar sobre los arcos de la sala. Eso sí: es responsabilidad muy importante del Gobierno de Aragón tener esa sala en condiciones para cuando se produzca el momento de la devolución.

Frente a todo ello, los letrados de la parte catalana han aducido que  el Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de Villanueva no tienen competencias ni legitimación para reclamar los bienes, que las acciones han caducado o prescrito y que los bienes, aunque sean pinturas murales o las puertas del palacio prioral, no estaban protegidos por la declaración del monasterio como Monumento Nacional. Pero no han aportado ni un solo documento que avale la legalidad de las ventas o demuestre la formalización de un depósito por la comunidad monástica de Sijena.

No, señores, no se trata de anticatalanismo. Así que, al menos por nuestra parte, podemos seguir discutiendo. Con argumentos.

 

*Periodista e historiadora del arte. Tiene un libro en prensas sobre este asunto en Prensas Universitarias de Zaragoza. Este texto se publica en 'Heraldo de Aragón'.

 

Y en su blog, también publicó este texto.

Me falta un Cristo para completar la colección

Alfonso Salillas recordaba el otro día, cuando se produjo el traslado de la cuna del Belén de Sijena al Museo de Zaragoza, cómo las monjas le dejaban jugar cuando era niño con las minúsculas campanillas que tiene esa pieza. Es un recuerdo sencillo, una simple anécdota, pero ilustra muy bien la enorme diferencia que existe en el trato que se da al patrimonio por parte de quienes lo tienen como suyo, la gente de los pueblos a los que esos bienes pertenecieron, y por parte de quienes sólo ven en él su valor artístico o material, desde un enfoque meramente académico o técnico. Qué distinto es decir “Esa Virgen era la patrona de mi pueblo” o “Esa talla románica completa nuestra colección”.

Uno ve en un museo, cualquiera de ellos, una vitrina llena de vírgenes románicas y se pregunta qué hacen ahí, de qué sirve acumular unas tallas que al formar parte de una serie han perdido su sentido. “La Virgen de tal lugar” se convirtió en “una pieza escultórica del siglo XIII” metida con otras compañeras en una vitrina, una más. Los turistas pasan delante de ellas, les dedican una mirada durante unos segundos, quizá escuchan un comentario genérico en la audioguía, y pasan a otra cosa. A la siguiente vitrina, esta vez llena de cruces y cálices, o a la decimoséptima pared con retablos colgados.

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Los museos de arte antiguo han ejercido un papel importantísimo en la conservación del patrimonio en épocas en las que sufrió peligro de deterioro, venta o desaparición por distintos motivos. Es cierto, es incuestionable, y es su mayor mérito. Pero llevan cumpliendo esa función unos cien años, algunos mucho menos, mientras que los pueblos han conservado ese patrimonio durante siglos y siglos. Los eruditos, académicos y coleccionistas no valoraron, por ejemplo, el arte románico hasta tiempos relativamente recientes; por el contrario, lo despreciaron y tacharon como “arte bárbaro”. En los pueblos, sin embargo, aquellas toscas imágenes fueron respetadas siempre, permanecieron inmunes a los variables criterios académicos porque eran suyas, formaban parte de su identidad, habían sido veneradas durante generaciones y a su intercesión se acudía en la zozobra. Daba igual que fueran feas o bonitas, valiosas o no, de un siglo o de otro, de madera o metal, denostadas o ensalzadas en los libros. Se trataba de otra cosa más honda y auténtica. Los mejores guardianes del arte fueron esos pueblerinos que no entendían de criterios estilísticos y que invariablemente han sido y son denostados, menospreciados por los ámbitos cultos.

Tan menospreciados que, a menudo, ni siquiera pusieron el nombre del lugar de procedencia de las piezas que iban entrando a los museos: qué más daba, qué importaba, era una buena tabla gótica, o una preciosa cruz procesional, o un relicario… que acrecentaban la colección. Hay cientos, miles de piezas expuestas en los museos cuyo origen se desconoce.

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Quizá el caso más extremo sea el del Museu Marès, del que proceden las fotografías que ilustran este texto, cuyas colecciones son excesivas, mareantes, resultado de una acumulación obsesiva de su dueño, que llegó a las 66.000 piezas. Alli, las esculturas románicas comparten espacio con series inacabables de llaves, pipas de fumador, bicicletas antiguas, bastones, abanicos, pianolas, clavos… Pero, en el fondo, la impresión de collage absurdo tarda en olvidársenos tras la visita a la mayoría de los museos.

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VÍCTOR JUAN: UNA CONFESIÓN

Un cobarde que apenas teme ya nada

[Víctor Juan, uno de los ciudadanos más entusiastas y generosas que conozco, un pedagogo incansable que contagia su amor a la vida y a todas sus incidencias, hacía esta confidencia en su blog a cerca de una enfermedad que le ha hecho pasar por hospital en dos ocasiones. Lo titula así, pero él es todo lo contrario: es un hombre valiente y sereno que ama la vida con locura.]
UN COBARDE QUE APENAS TEME YA NADA
Por Víctor JUAN BORROY
Para entender lo que escribo –si es que se puede entender algo alguna vez– hay que considerar que yo soy un cobarde. Soy un cobarde, en general, para las cosas del mundo, y un cobarde para todo lo que tiene que ver con los procedimientos médicos. Durante los primeros cincuenta años de mi vida no me hicieron ni un análisis de sangre, pero en los últimos cuatro meses he estado muy entretenido con un gran nódulo tiroideo del que no sé ni cuándo comenzó a crecer ni desde cuándo vivía en mi cuello. Me han hecho cuatro o cinco pruebas, he acudido a consultas de varios especialistas y, finalmente, el viernes 3 de julio, a las 14h., ingresé en una conocida clínica zaragozana –como dirían las crónicas de sociedad– para que me practicaran una hemitiroidectomía o, lo que es lo mismo, para que me quitaran medio tiroides, justo el lóbulo que servía de sustento al intruso.
Desde que en abril decidí ir al médico hasta ahora mismo he procurado que mi enfermedad no les doliera antes de tiempo a las personas que quiero, evitando que sus preocupaciones se sumaran a las mías. Hasta que no supe qué día me operarían no les dije nada a mis hijos. Se hubieran entristecido tanto y hubiera servido de tan poco su tristeza, que he preferido no decirles nada.
Se han cumplido cien horas de la intervención. Es poco rato. Quizá alguien me quería por mi nódulo. Pues en ese caso he de decirles que lo nuestro se acabó. No tengo nódulo ni tengo medio tiroides, pero tengo la certeza de que voy a ser muy feliz con mi glándula incompleta. Estaba escrito que mi primera enfermedad tenía que ser una enfermedad aragonesa: un bocio, como el que padeció mi abuela.
Sabía que esa tarde de julio en la conocida clínica zaragozana me enfrentaría a la madre de todas las siestas. La anestesia te duerme, pero sus efectos son más inquietantes. Con la anestesia paralizan todos tus sistemas, reduciendo su actividad y, sobre todo, con la anestesia el enfermo no tiene recuerdos de lo que le ha pasado.
Mientras llegaba la hora, mi hija me hizo una fotografía, ya vestido con el camisón de la clínica y con unas zapatillas de don Pantunflo. Era la primera vez que me ponía un camisón. Desde el principio eché en falta una abertura en la parte delantera, un poco más abajo del ombligo, para ir al baño. En esa foto aún sonrío. Alguien pagaría, seguro, un puñado de euros por ella.
Con un poco de retraso sobre el horario previsto, entró en mi habitación –la 216, convertida desde que puse mis pies en ella en la Room Force One– el celador del quirófano. Iba a ser mi taxista particular. Siguiendo sus indicaciones, me tumbé en la cama con la misma falta de convicción de los jugadores de fútbol falsamente lesionados, a los que el árbitro les exige salir del campo tumbados o sentados en la camilla mientras hacen momos a la grada y escupen (los jugadores de fútbol tienen el gen de escupir permanentemente). El celador de pocas palabras me bajó al sótano. Todas las luces del techo de todos los hospitales deben ser las mismas luces, las luces de los techos de los pasillos de los hospitales de las películas. Mientras alguien podía vernos, mi conductor se mostraba cuidadoso y apenas rozábamos las esquinas y los marcos de las puertas. Cuando desaparecimos por el sótano, se relajó al volante y la cama se golpeaba con cada obstáculo por pequeño que fuera. Es el efecto tour de Francia –me dije–. Todo es de otra manera cuando nos ven o cuando sabemos que podrían vernos.
A esas alturas del drama, solo pensaba en Virginia, en Blanca y en Guillermo. Quería que sus sonrisas fueran mi última imagen antes de que los fármacos vararan mi cerebro en un puerto desconocido. Me inquietaba perder alguno de mis recuerdos, despertar y ser ligeramente otro. Me preocupaba despertarme siendo menos zaragocista o siendo un poco del Madrid. No quería olvidar la felicidad de los días de luz y palabras ni los caminos de ida y vuelta que juntos hemos trazado durante estos años. No quería olvidar ninguna de las frágiles convicciones que dan algo de sentido a mi vida. Con estas ideas revoloteando en mi cabeza, me dormí. Desperté sobresaltado. Creía que me ahogaba. Intenté incorporarme y defenderme a manotazos de no sabía quién. Me pasaron de la mesa de operaciones a mi cama. Enseguida me acercaron a una puerta. Virginia y Blanca me esperaban. Me besaron apresuradamente. No tuvimos tiempo para más, pero en ese instante supe que era quien soy, quien siempre había sido, que nada había cambiado. Pregunté la hora. «Las seis y cuarto», me dijo alguien. No distinguí quién era porque en el quirófano todo el mundo va vestido para un atraco. El anestesista me adelantó que iba a estar un buen rato allí, con las manos y los pies congelados y el corazón caliente, mientras me despertaba.
He pasado las cien primeras horas viéndolas venir. No he hecho nada, salvo dejar que pase el tiempo. Cada rato he estado mejor que el rato anterior. No tengo dolor. Hablo bien. Camino mirando al suelo, como el penitente que arrastra sus culpas, intentando proteger la herida de mi cuello.
Estos días mi estado de ánimo se refleja en la cocina. Al principio solo di algunas indicaciones, amables, mientras Blanca y Virginia preparaban la comida. Luego empecé a protestar si no utilizaban la sartén precisa. El lunes preparé la salsa de la pasta y el gazpacho de la cena. El martes hice ensaladilla rusa a la victorjuan y, por la noche, preparé revuelto de champiñones y gulas. Y me bebí una ámbar. Todo está bien.

Durante los últimos meses he descubierto que soy un cobarde que apenas teme ya nada.

***Coda: 
esta historia tiene su día de la marmota. El 15 de julio volvieron a operarme para quitarme el resto del tiroides. Soy ahora, como dice Melero, un auténtico aragónes.

PEPE MELERO, HOY, EN LIBRERÍA ALBERTI

PEPE MELERO, HOY, EN LIBRERÍA ALBERTI

PEPE MELERO PRESENTA 'EL TENEDOR DE LIBROS' EN MADRID

Hoy, con Lola Larumbe y Jesús Marchamalo de compañeros de viaje, y con la preencia de su editor Chusé Raul Usón, José Luis Melero Rivas presenta en la librería Alberti de Madrid, a las 19.30, 'El tenedor de libros' (Xordica), el tercero de la serie de sus columnas del suplemento 'Artes & Letras', Fábulas con libro. El libro lleva, de nuevo, una portada de Jorge Gay. Pepe, con su prosa transparente y su profunda curiosidad, habla de multitud de escritores, famosos, raros, olvidados, y dedica varios artículos a poetas como Manuel Pinillos, Ignacio Ciordia (tan conmovedor en su silencio y en su adiós), José Antonio Labordeta, Javier Tomeo (que tuvo con él un detalle muy especial: le mandó un telegrama a Casa Emilio...) o Félix Romeo, a quien le dedica hasta tres artículos. Incluso habla de una criada de Eduardo Marquina que habría conversado con Agustina de Aragón. Pepe, al ir a Madrid con un auténtica embajada de amigos, hará muchas más cosas, claro.

 

 

*El retrato de José Luis Melero es de Luis Grañena.