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ALFREDO SALDAÑA PRESENTA UN LIBRO EN ANTÍGONA

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[Mañana, jueves, día 2, a las 20 horas, en la librería Antígona, de Pepito Fernández y Julia Millán, se presenta el ensayo poético Hay alguien ahí de Alfredo Saldaña, publicado por Olifante, en su pequeña colección de la Casa del Poeta de Trasmoz, tan bella y delicada. El libro es una poética, un ensayo, una mirada a la lírica de un poeta apasionado, de un profesor reflexivo como Alfredo.  Con absoluta generosidad, me ha enviado este arranque del cuidado trabajo; Alfredo Saldaña publicó hace poco en el sello Eclipsados el poemario Humus. El poeta y editor Manuel Forega será el encargado de la presentación.]

 

 

 

HAY ALGUIEN AHÍ

Alfredo Saldaña

 

 

No tiene tierra en la que echar raíces ni cubierta con la que protegerse de las inclemencias de la historia, sus paredes no resisten un asalto frente a los derribos y las tempestades de la vida y sus cimientos están anclados en el aire que expulsa la palabra al pronunciarse, la palabra, esa cosa rara que trata en vano con su presencia de suplantar a las otras cosas. Desconoce la fijación y la estabilidad porque está levantada al albur del movimiento y la errancia; en su dormitorio, al abrigo de la adversidad, descansan los sueños que —por no realizados— han hecho de nosotros precisamente lo que somos: carencia y deseo, incertidumbre y misterio; por el hueco de la chimenea entra una bocanada de viento que alimenta el fuego devastador de todas las pasiones y en su cuarto trastero se almacenan los escombros que el paso del tiempo ha ido acumulando en forma de emociones, pérdidas y tragedias compartidas. En su desván hay una grieta, una hendidura, una línea de fuga por la que es posible escapar de la existencia; es tan grande que en su interior, aunque no cabe un alfiler, habita un mundo donde caben todos los mundos y son posibles todas las vidas; su centro neurálgico ­—su epicentro— está ocupado por un vacío imposible de colmar donde todo, asimismo, es posible, donde pueden abrirse todas las heridas de la posibilidad. Es la casa del poeta, esa tierra de frontera, abundancia y perdición, ese territorio de nadie que tiene la extensión de un desierto hostil e inhabitable, un escenario en el que un sujeto corre el riesgo de perderse a sí mismo y, así, perderlo todo. En ese lugar nos abandonamos, dejamos de ser en lo que nombramos para ser lo que nos nombra, lo que al delatarnos nos anula, nombramos lo que ya ha desaparecido, lo que ya ha muerto o todavía no ha surgido, cuanto queremos alcanzar o tememos perder, acontecimientos del deseo o la memoria que dibujan la imagen de un hombre que camina solo por el mundo y la dotan de sentido; y allí intuimos que la escritura es una actividad imaginaria, fantasmática, una suspensión de la vida, somos conscientes de que vivir y escribir son en todo caso experiencias si no antitéticas sí distintas y complementarias; la escritura comienza cuando ­—al menos momentáneamente­— se interrumpen los latidos de la vida y, en ese sentido, a la vez que un aviso premonitorio de la muerte, no es otra cosa que una representación, una imagen, un vaciado, un signo de la propia vida. Comencemos, pues, ahora por el final y el final habrá de llevarnos al principio. 

*La foto es del Archivo Llanos.

 

        

 

 

 

 

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