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'EL HEREDERO', UN CUENTO DE MIGUEL CARCASONA

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EL HEREDERO

 

MIGUEL CARCASONA BUJ

A menudo me pregunto dónde moriré. No cómo, que eso lo tengo claro desde hace tiempo, ni cuándo, pues me muevo en seis franjas horarios de diez minutos cada una y la precisión al segundo carece de importancia. Lo que me atosiga es saber dónde, en qué punto exacto de estos catorce kilómetros que separan mi casa de la fábrica en la que llevo dieciséis años trabajando sufriré el accidente que me costará la vida. Porque la muerte se embosca en esta carretera estrecha y de ciento a viento saca la guadaña a pasear contra alguno de los que abandonamos el pueblo buscando un jornal seguro. De mi quinta sólo quedo yo. El otro, Paco del Royo, fue de los primeros en caer. Es cierto que era un alocado y, con los primeros sueldos que ganó, le faltó tiempo para comprarse un ciento veintisiete y lanzarse a toda mecha por el asfalto lleno de agujeros a causa de las heladas. Un día metió la rueda en uno, perdió el control, cayó de lado en el azarbe y cruzó un par de campos dando vueltas de campana. Apenas se le notaban las magulladuras en la cabeza cuando lo sacaron; si no llega a destrozarse el pecho con el volante hubiera sobrevivido, decían. De los anteriores a nosotros han sucumbido la mayoría. El único que conduce tranquilo es Juan del herrero, porque en su casa nunca han vivido del campo y sabe que no corre peligro. Los demás, los que hemos dejado yermas o en arriendo las tierras, estamos sentenciados. Uno no puede vivir siempre al borde de la subsistencia, deslomándose los veranos y aburriéndose los inviernos; los dueños de una hacienda grande sí que aguantan, pero a los que poseemos cuatro pedazos no nos salvan ni las ayudas de los europeos, así que escapamos en cuanto podemos; Algunos incluso se han mudado a Huesca, aunque da lo mismo. La tierra no entiende de economías ni desapariciones. Es como una mujer abandonada que sólo piensa en la venganza. Por eso, desde que aparecieron las fábricas y los herederos no quisimos saber nada de ella, suelta de ciento a viento sus zarpazos mortales. Hasta hoy me he librado, pero a veces, cuando conduzco en las madrugadas de invierno al salir del turno de noche y la escarcha parece un sudario gigante, o cuando se levanta una tormenta de verano que amenaza con engullirme, he creído vislumbrar unos brazos sarmentosos que me reclamaban o una lengua que crecía en el retrovisor hasta llenarlo, obligándome el pánico a cerrar los ojos y detener el coche. Han sido simples avisos, porque la tierra es cruel y gusta de jugar con sus víctimas, pasándonos la guadaña a ras de pelo para que escuchemos con claridad el silbido y sepamos que nuestro futuro es un juguete en sus manos. Como lo fue el de nuestros antepasados. Como lo será el de quien se amamante en ella y luego abjure de su regazo.     

 (Del libro “Esquirlas del Espejo” (DPZ, 2006)

*La foto corresponde a la estupenda actriz Diane Lane.

 

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gravatar.comAutor: carmen aliaga

Miguel y yo fuimos compañeros de trabajo hace un tiempo en la Universidad Laboral ¡qué tiempos aquéllos¡, le admiro y le tengo mucho cariño, por eso, desde aquí le mando mis más sinceras felicitaciones y un abrazo "mucho" fuerte porque se lo merece

Fecha: 02/12/2008 09:53.


gravatar.comAutor: Luis Borrás Dolz

"Esquirlas del espejo"
Todos estos relatos son fragmentos de vida. Injusta, breve, cruel y desesperada vida. Pero siempre latiendo, siempre imparable, arrolladora; venciendo siempre a todo.

Fecha: 04/12/2008 19:17.


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