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ANTONIO CÁSEDAS VUELVE Y EXPONE En PILAR GINÉS

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[Este jueves 12, Antonio Cásedas vuelve a exponer  una individual dentro de su registro onírico, fantástico, poético. Antonio Ceruelo me envía el texto del catálogo de Juan Ignacio Bernués y algunas fotos. Gustosamente las cuelgo aquí y os recuerdo su muestra. La primera persona que me habló de Cásedas fueron hace más de veinte años Ángel Guinda y Trinidad Ruiz-Marcellán.]

 

 

 

EL VIAJE DE ANTONIO CÁSEDAS

 

 

 

 "El verdadero tesoro, el que pone fin a nuestra miseria y a nuestras pruebas, nunca está muy lejos, no hay que buscarlo en un país alejado, pues yace sepultado en los lugares más recónditos de nuestra propia casa, es decir, de nuestro propio ser…..Pero sucede el extraño y constante hecho de que sólo después de un piadoso viaje a una región lejana en un país extranjero, en una tierra nueva, podría revelársele el significado de esta voz interior que conduce nuestra búsqueda. Y a este hecho extraño y constante se añade otro: quien nos revela el sentido de nuestro misterioso viaje interior debe ser también un extranjero, de otra creencia y de otra raza".

MIRCEA ELIADE[1]

 

 

Por José Ignacio BERNUÉS

Con mucha calidez –casi, podría decirse, con amor- la obra de Antonio Cásedas sabe conducirnos de la mano al centro de su “círculo mágico”. Un círculo que no sirve para definir fronteras ni decretar segregaciones, sino que es ámbito de prodigios y de transformaciones, germen de estímulos que nos inducen a “trascender”.  Del alba de la conciencia emergen estos seres de belleza petrarquiana que han traspasado el umbral de los espacios y del tiempo, con el fin de comunicarnos algo, y que Cásedas hace brillar con una luz interior. La intervención de lo sobrenatural queda sugerida en la mirada soñadora de ese guía proveniente de los tiempos del Girlandaio que –tal vez- esté precisamente allí, ante nosotros, para rescatarnos de nuestro propio extravío.

 

El espacio pictórico es para Cásedas una sucesión de insospechadas hierofanías; lo sagrado sobrevuela en miríadas de estrellas, o por entre umbrosos roquedos –leonardescos- coronados de atardeceres o envueltos en brumas, pintados por el artista para que la mirada –fascinada- se enrede; paisajes espirituales donde es preciso perderse, para podernos volver a encontrar, ya renovados. La ventana es umbral que no se traspasa sino desde la distancia, es diálogo de la casa con el mundo, son los ojos de un alma esperanzada que busca en el horizonte la visión cierta -aunque lejana- de la luz que algún día ha de advenir. De esa misma luz que pulsa firme al final del negro túnel, en el fondo-matriz de una caverna ¿iniciática?. En ocasiones, son los paisajes desolados e inertes como los despojos de un cataclismo, que una figura solitaria contempla –a lo Gaspar David Fiedrich- los que nos anuncian el ciclo eterno de muerte y renacer, la promesa de una eterna unión entre cielo y tierra.

 

Si por deseo de Cásedas la ventana se transforma en pórtico, en columnario abierto, el viajero se sitúa entonces ante un paisaje de indescriptible dulzura. En el fondo, en el mismo ónfalos de los cielos en calma, reina esplendorosa la luz, tan leve en sus transparencias que apenas es casi nada siendo, a la vez, sugerencia de Todo. Algo nos empuja a descender en silencio los nobles escalones de mármol que conducen a la laguna en calma. Mientras, en el silencio de lo sagrado, la mirada maternal de una antigua diosa pétrea tutela nuestros pasos; hay que dejarse apenas rozar por la rama desnuda que al aire tiende una hermosa doncella en plena metamorfosis, y sentir en la piel el hálito del unicornio mítico, eterna encarnación de la fuerza sobrenatural propia de lo que es puro. Allí, en el misterioso seno del agua, -el agua-madre, el agua sustancial- nos aguardan otros tesoros que sólo las fuerzas imaginantes de nuestro espíritu serán capaces de renacer.

 

Como si fuera de naturaleza alquímica, en la obra de Cásedas la materia mantiene una continua inercia a transformarse en algo espiritual. Nos conmueve especialmente la visión de sus espacios. Ese aire que el artista concibe como un teatro de sacralidad cósmica, ámbito de prodigios e inauditas metamorfosis, que refulge en amarillos encendidos o  enseñorea con orgullo y sentimiento de nobleza sus violáceos tornasoles y turquesas casi imposibles, cuando no decide hacer gala del añil intenso propio de los días serenos y claros del verano en que el volar se hace aún más ingrávido: “El simbolismo de la ascensión –nos aclara Mircea Eliade- siempre significa la explosión de una situación "petrificada", "taponada", la ruptura del nivel que hace posible el paso a otro modo de ser; a fin de cuentas, la libertad de "moverse", es decir, de cambiar de situación, de abolir un sistema de condicionamientos.[2]

 

Una clara conciencia de lo mítico inspira las fascinadoras escenas de Cásedas, donde siempre parece “suceder” algo: una cadena de acontecimientos que componen una historia, una narración de algo que ha sido producido, que ha comenzado a ser…En el mito -versión Cásedas-  Minotauro resulta ser una criatura tragicómica: verdugo y, a la vez, víctima; no acecha, según le es exigible en el guión, en el centro del laberinto, reino de las sombras y de la incertidumbre; como mayoral sentado a la puerta de su cortijo, se limita a barruntar en el sopor de la siesta el irrefrenable anhelo del ser por penetrar en su propio misterio y salir airoso de la empresa.

 

A través de su pintura, lenta y primorosamente trabajada, de presencia premeditadamente aurática, Cásedas nos propone una espléndida visión de las profundidades de lo humano. Nos invita a emprender un viaje -en cierto modo iniciático- a esas regiones insospechadas que laten en nuestro propio interior, donde es posible experimentar una belleza limpia, una belleza siempre nueva… Es esta una pintura que nos invita, en definitiva, a encontrarnos con nosotros mismos, que nos permite escapar de los escindidos planos del mundo en que vivimos, donde impera un profundo desequilibrio de la psique -tanto de la vida individual como de la colectiva-, provocado, en gran parte, por la creciente esterilización de la imaginación. De esa auténtica imaginación creadora, que Antonio Cásedas derrocha a raudales.

Juan Ignacio Bernués Sanz

Huesca, enero de 2009.

 



[1] Fuente: Mircea Eliade, "Brancusi y la mitología", en El vuelo mágico, Madrid, ediciones Siruela, pp. 159-167.

[2] Íbidem.

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