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JOSÉ

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RETRATO DE JOSÉ AGOSTINHO BAPTISTA

Hace casi una década, José Agostinho Baptista, el amigo portugués, se despidió de su perro José, una especie de mastín del Pirineo al que le encantaba ladrar por teléfono, y se vino a Zaragoza. Quería ver a sus amigos aragoneses y españoles -Enrique Vila-Matas, del cual había traducido Lejos de Veracruz y Bartleby y compañía, entre otros libros, el narrador Martínez de Pisón, y su editora Trinidad Ruiz-Marcellán-, y soñaba tal vez con repetir uno de aquellos viajes que debió hacer en la compañía de taxis que su padre tenía en Funchal (Madeira), su lugar de nacimiento. Baptista había estado una vez de paso por Zaragoza: recordaba vagamente la plaza del Pilar y algunas callejas con tabernas más o menos evocadoras donde le gustó tomar, beber tequila o whisky. Así fue como conocí yo a José. José.

            Baptista conoció las tertulias de amigos y escritores en Casa Emilio, un modesto restaurante por el que han pasado casi todos los artistas y escritores y bohemios de la tierra. Departió con José Antonio Labordeta, Ismael Grasa, Miguel Mena, Pepe Melero, Ángel Artal y Cristina Grande, entre otros. Salió a la calle, asaltada por un cierzo furioso, y experimentó un viejo miedo infantil, descrito por Vila-Matas: Baptista siente auténtico pavor a las tormentas. De niño, en Funchal, los relámpagos, rayos y truenos rebotaban en una inmensa y vertical montaña, cerca de su casa, y aquel estruendo lo sobrecogía. Jamás ha podido superar la impresión: el cierzo loco y frío de la ciudad, Zaragoza es “la novia del viento” y “la novia del cierzo”, le trajo esos recuerdos. Ante la desértica y nocturnal plaza del Pilar, Baptista recordó que había sido un niño enfermizo, protegido por su madre, sus tías y sus hermanas; luego apareció en su vida Carmelita -quizá se enamorase de ella, en un primer momento, por su nombre de corrido mexicano-, otra protectora angelical que lo ha llevado y lo ha traído por el mundo porque él no conduce durante algunos años. La vida, como un bolero o un fado de violentas nostalgias, da muchas vueltas y se expande en adioses y olvidos.

            José Agostinho Baptista es un formidable especialista del fútbol español. Conoce a todos los jugadores, desde Arconada hacia aquí, y recuerda a la perfección la mítica noche del 10 de mayo de 1995 en París cuando Esnáider y Nayim -no le salía este nombre; sí el del exfutbolista e intelectual Pardeza- tumbaron al Arsenal en la Recopa con uno de los goles del siglo. En otro orden de cosas, confiesa que no le atrae Luis Buñuel porque "no me gustan los hombres ingratos. Cuando uno va a un país y se le acoge con generosidad, este no puede ni debe criticar tan ferozmente su forma de vida". Si hubiera sido aficionado al fado, Baptista habría dicho “su extraña forma de vida”. No sabemos si era una crítica general o aludía, como algunos mexicanos de entonces, a la película Los olvidados. No hay quien lo disuada de esa idea. Baptista es un enamorado de México, a pesar de que nunca ha estado allí porque teme al avión. Lo sabe casi todo de Juan Rulfo, de Octavio Paz, de algunos exiliados en la tierra de promisión mexicana, de Malcom Lowry -tiene algo del cónsul de Bajo el volcán-, de Chavela Vargas o de Jalisco, y su casa con jardín es la más mexicana de todas las casas portuguesas. En ella rara vez suele escucharse el fado porque le produce una añoranza insoportable, pero sí podría sonar una ranchera tribal de Lila Downs.

            El día que yo conocí a José Agostinho Baptista, visitó el Moncayo, el monasterio de Veruela –donde se alojaron los hermanos Bécquer; Gustavo Adolfo redactó ‘Cartas desde mi celda’, dibujó y soñó amores imposibles; Valeriano realizó dibujos costumbristas, sobre todo-, visitó el castillo de Trasmoz, vinculado a la brujería, y callejeó por Tarazona, donde visitó la Casa del Traductor, donde también ha estado su querido Enrique Vila-Matas. Vila-Matas, que tiene algo de personaje de Baptista, así como este tiene algo de criatura vilamatiana, dijo que sus padres habían venido a pasar su luna de miel al monasterio de Veruela y que podía asegurar casi con total certeza que había sido engendrado entre sus muros. Baptista, con nobleza lusa, rechazó la invitación de acudir a la Casa del Traductor: no soporta hablar en público, ni en una emisora de radio o en un plató de televisión. Sólo de pensarlo se violenta como un perro rabioso. José Agostinho Baptista es un poeta de la lentitud, un poeta de las soledades, un hombre que mira en derredor y atisba el mar y sus naufragios. Dijo que Tarazona es como un misterio ambivalente: "No podría vivir en un lugar tan cerrado, con este peso de callejas y de historia, y a la vez me encantan estos espacios abiertos, tan modernos. Los bares de aquí son los mejores".

            Nadie consiguió que hablase de poesía. Ni de sus autores favoritos, ni de sus traducciones, ni siquiera de su libro de libros, Biografía. José Agostinho es un poeta sigiloso y profundo como un océano secreto. Si se le preguntaba, daba un giro a la conversación, declaraba su pasión por el Boca Juniors de Riquelme y se quedaba tan ancho. En Litago, otro pueblo del Moncayo donde reside su primera editora española, Trinidad Ruiz-Marcellán, vive un fanático de Boca, que le prestó su camiseta: el economista, editor y profesor universitario Marcelo Reyes. Se la puso y a nadie se le habría ocurrido pensar que ese mismo hombre era el autor de Agora e na hora da nossa morte, ese impresionante homenaje de amor y conocimiento al padre que se despide de todos en un hospital  mientras golpean el viento y la espuma.

 

 

*Este texto aparecerá en breve en Portugal, en portugués, en un diccionario de entradas dedicadas a José Agostinho Baptista. Esta foto pertenece a los archivos de la editorial Baile del Sol que acaba de publicar a José.

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