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CLAU & GISTAÍN: VINO Y MEMORIA

 

 

Dulces piedras escondidas. María Pilar Clau & Mariano Gistaín. Denominación de Origen Cariñena / Cajalón. Zaragoza, 2011. 104 páginas.


 
Mariano Gistaín es un periodista fundamental de la historia de la prensa de la transición. Destaca por su imaginación, su mirada incomparable sobre la realidad, por la creación de lenguaje y por su apuesta por las nuevas tecnologías. A la par que firmaba distintas secciones como ‘Las espinas de la rosa’, ‘La ciudad desnuda’ o ‘La ciudad de las gaviotas’ en los periódicos en que ha trabajado, tanto ‘El día de Aragón’ como ‘El Periódico de Aragón’, firmó algunos libros de ficción muy interesantes, con ese sello suyo tan peculiar, entre surrealista, lúcido y desternillante: ‘La mala conciencia’, ‘El polvo del siglo’ y ‘La vida 2.0’.
Desde hace dos años, Mariano Gistaín ha emprendido una nueva carrera literaria: firma sus libros con la escritora y periodista María Pilar Clau, con quien se casó en 2009, y ambos han fundido en una poética única dos estilos complementarios que han dado lugar a varias ficciones. La última es ‘Dulces piedras escondidas’, que publica la Denominación de Origen de Cariñena y que inaugura una colección en la que pretende aunar la invención pura, la libertad creativa y el contexto de los viñedos en esa área marcada por el peso de la historia, una naturaleza deslumbrante tocada por el oro del alba y los crepúsculos y de la leyenda, y la renovación constante de la industria vinícola.
Gistaín y Clau crean una ficción que transcurre entre Estados Unidos, una órbita de fantasía, vinculada al siglo XIII y a la conquista de Zaragoza en 1118, y los campos de Cariñena. El relato comienza cuando Juan y su hijo David llegan a Barajas, tras un vuelo transoceánico de doce horas desde Miami, alquilan un Opel Corsa y se lanzan por la autovía de Madrid en dirección a Cariñena. De ahí es Juan, y lleva más de 37 lejos de su villa natal: sus hermanos Goyo y Toné le recomendaron que se marchara del pueblo, quizá por esos extraños celos; una de las “imperfecciones” de Juan consistió en que estaba muy unido a su padre y que se pasaba el día pegado a sus pantalones. Ahora, a Juan lo ha reclamado su hermano Goyo porque le ha tocado en herencia una casita. Juan y David apenas hablan: ambos sienten demasiada hostilidad en su corazón y arrastran experiencias amargas que marcarán su regreso, su psicología e incluso sus suspicacias, o lo que los autores llaman “autismo, maraña de agobios y ansiedades”.
De golpe, una joven hambrienta, aparece en su vida en uno de los bares que están ante La Aljafería. La invitan a un bocadillo tras otro, y ella, poco a poco, les revelará su extraña condición: no es una mujer corriente y moliente, es una princesa mora, Aire Fajla, que se quedó cautiva y que está esperando a que alguien escriba su historia para encontrar la libertad definitiva. Ese es el sesgo fantástico del libro: la hilazón mágica de un relato que posee una atmósfera de inquietud y de desgarro constante. En realidad, Juan y David, de modo distinto, esconden muchos secretos, llevan consigo un arsenal de dolor, de malos recuerdos. Uno de ellos, bastante lacerante, son las dificultades que han atravesado en Estados Unidos, se han sentido desamparados y al borde del desastre, lo cual les llevó a tener que rebuscar en los contenedores de la basura para poder vivir (y ahí quizá se les haya ido un poco la mano a los autores: hay algo de enfático e inverosímil, de tendencia a lo lacrimógeno en exceso, aunque quizá también sea una forma de explicar la crisis); se han sentido abandonados por Bet, la madre del joven y esposa de Juan, que lo ha cambiado por un hombre rico. Y no solo eso: Juan ha conseguido un gran éxito editorial con un manual de autoayuda. Y David, y no debemos revelar muchas más cosas, es en realidad una suerte de ‘hacker’, un joven que ha contado con un profesor de infamias desde la informática: Jalisco. David es capaz de meterse en cualquier ordenador y de acceder a secretos de estado, de empresa, de amor. Lo que haga falta en esos mundos de ciberguerras.
Así llegan. Y van a descubrir muchas cosas: nada es lo que aparenta. El tiempo, como las piedras, oculta muchos enigmas. David vivió una historia de amor con Laura, a la que reencuentra casada. Hay una especie de charlista o contador de historias como Serapio, que encarna la memoria de la tribu y de los viñedos; está el ucraniano Wladi, que sueña con que le adopten Laura y su marido Javier. Y está la joven Marta, a punto de acceder a la Universidad. Y la anciana Dora, que sabe lo que nadie sabe. Este sería el ‘dramatis personae’ de una novela breve que avanza en varias direcciones: en la psicología de Juan y David, en su búsqueda, en sus recelos; en los pantanos del mito, tanto el de la princesa, el de Cariñena y el de su evolución inteligente, ambiciosa y controlada, gobernada por alguien tan especial como Óscar, el poeta enólogo que sostiene que “la vida es un anuncio vertiginoso”, y avanza en el esclarecimiento de una serie de circunstancias que le confieren al libro esa textura de narración de intriga con sorpresa final y con un cierre poético. Pero, además, Clau y Gistaín se enfrentan al paisaje, al mundo de la fabricación del vino y del cuidado de los campos. Dicen los autores: “Para obtener una buena vendimia, un vino excelente, hay que sentir cada grano, cada cepa (...) El vino es sagrado”. Los novelistas incorporan a la novela la crisis económica, la crisis de valores, el desamor, la polémica del pepino y, entre otras cosas, el tsunami de Fukushima. ‘Dulces piedras escondidas’ habla del “latido ancestral” y del “pulso telúrico de las piedras”, de las complejas relaciones familiares, de los amores rotos y de lo difícil que es entender algo de la vida.

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antoncastro

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