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GUILLERMO FATÁS: UN DIÁLOGO

ENTREVISTA. Guillermo Fatás Cabeza (Zaragoza, 1944), catedrático de Historia y ex director de HERALDO, ha sido el pregonero de la Feria del Libro de Zaragoza. Aquí explica su formación, su amor a la ciudad y las claves de su elogio a la cultura y a los libreros.

 

“Declaro mi amor al libro y el librero”

“Estoy enamorado de Zaragoza”

 

¿Qué lugar han ocupado los libros en tu vida?

Como para todos los de mi oficio, son el desahogo, el esparcimiento, el utensilio, la fuente inacabable del placer y del conocimiento. Para un temperamento curioso y preguntón, como es el mío, son una prolongación del propio ser.

 

¿En qué momento te das cuenta de que es un objeto especial?

No me doy cuenta. Mi abuela paterna, Patrocinio Ojuel, era maestra especializada en párvulos. Estudió en Francia y se trajo, entre otras cosas, el método Montessori. No te dabas cuenta de que estabas leyendo y a los tres años lo encontrabas tan natural como hablar, reír o llorar. No sé bien cómo llegué al libro, todo era lectura. Mi cabeza integró las letras de los cuadernos con los rótulos de las tiendas y las páginas de los periódicos y los libros.

 

¿Qué títulos son los primeros que empiezas a leer, cómo eran las ediciones?

Tuve, que recuerde, cuentos de Saturnino Calleja,  devocionarios, a ves ilustrados con unos demonios fascinantes que se llevaban consigo al pecador; muy pronto, Guillermo Brown y Salgari, que me gustaba mucho más que Julio Verne. Con Salgari entré en la historia, lo mismo de Malasia que de Famagusta. Y las fábulas de los estupendos autores españoles. Las autorizadas para niños, claro. Nada de futrosofías. (fornicantrd

 

¿Cómo era vuestra biblioteca familiar?

Una parte era la del abogado y profesor de Derecho que mi padre fue por un tiempo. La otra era abundante y miscelánea: desde ’Manhattan transfer’ o ’Las uvas de la ira’ hasta las series policiacas de Bioy y Borges, pasando por los grandes clásicos de todos los tiempos. Bastante literatura de la guerra civil y de la guerra mundial. Me encantaban la Espasa abreviada y algunos libros de historia del Instituto Gallach. Y muchos libros de fotografía y de arte. La colección Skira me marcó mucho. Mi madre puso la parte francesa. Leía y hablaba bien francés. 

¿Eras lector de biblioteca, eras comprador? ¿Quiénes eran tus libreros de referencia?

Soy comprador, aunque he tenido que retenerme muchas veces. Ahora ya no, pero mi biblioteca profesional fue mucho tiempo mejor que la de la Facultad, qué disparate, y qué ruina. Mi primer librero de referencia fue Pepe Alcrudo, buen amigo de mi padre. Tenía la librería, después de dejar si kiosco, a un tiro de piedra de mi casa. Traía las cosas que no se podían traer. También heredé la afición de mi padre por Víctor Bailo. Y, en fin, pude construirme mi propia relación con los Marquina, Santiago, Luis, Nati, Natibel... Mi padre y Alcrudo fueron mis primeros guías de lectura.

¿Cómo lees? Lo digo porque lo corriges todo, lo subrayas todo, es como si puntuaras el libro de nuevo... ¿Ha sido siempre así o has vivido también la lectura como un placer más inmediato, casi como un abandono?

Leo con lápiz o bolígrafo en la mano y con papeletas blancas. Según sea la obra, la anoto físicamente o lo hago en las papeletas, que a menudo dejo en el interior. Tengo la costumbre (que para mí no es mala, sino buenísima y salvadora) de hacer "orejas" en ciertas páginas. Es verdad, no sé leer sin anotar.

¿Por qué has elegido la carrera de historiador y, en concreto, la Historia Antigua?

Hice bachiller superior de Ciencias y no andaba mal de matemáticas y física (la química me costaba más). Pero en el Instituto Goya descubrí qué eran las Letras, algo que no supe ver en los dos colegios anteriores donde estudié, por razones de vecindad. Los profesores del Goya eran extraordinarios, buenísimos, inolvidables. Tuve que dedicarme un verano a aprender rudimentos de griego para poder cursar el curso preuniversitario de Letras y acceder a la universidad. Eso fue el comienzo. En la Facultad, andaba boquiabiero ante el aluvión de saberes de aquellos catedráticos, estupendos con alguna excepción antipática: Frutos, Lacarra, Ynduráin, Casas Torres, Abbad, Olaechea, María Luisa Ledesma, Antonio Serrano (gran docente olvidado)... Finalmente, me atrajo más que nadie Antonio Beltrán, que me ’capturó’ un verano tórrido, en una excavación arqueológica. 

¿Tres libros decisivos de Historia? O media docena. De Aragón, de España y del mundo. Eso te lo dejo a tu criterio... Algunas sugerencias son muy estimulantes para los lectores...

Fascinante, aunque para lectores avezados, la obra de Gibbon sobre el Imperio Romano, qué talento, qué brillantez, qué capacidad de relación tan asombrosa e inimitable. Sorprendente, por la masa de conocimiento organizado, la ’Historia de Roma’ de Mommsen, que fue un hito trascendental para la gente con mis aficiones. Y, a título más particular, por lo que me descubrió personalmente, la ’Storia della Costizione romana’, de Francesco de Martino. También me llenó de ideas y sugerencias el ’Diccionario filosófico’ de Voltaire, que sigo manejando con provecho.

 

¿Cuál es el libro que más has regalado?

Aparte de alguno de los propios, escritos a veces con Concha, mi mujer, con Gonzalo Borrás, con Eloy Fernández y otros amigos y colegas, he regalado bastantes Quijotes. En los últimos años, las ediciones de Francisco Rico.

 

¿Y el mejor regalo que has recibido? Ese del que te acuerdas a menudo...

Fui muy feliz cuando José-Carlos Mainer me obsequió ’Falange y Literatura’. Por lo que fuera, aún recuerdo aquello con fruición especial. Fue una gran diana lograda por un amigo joven y sabio, la que más rápidamente lo dio a conocer.

 

Eres escritor y editor. ¿Qué te resulta más placentero: escribir o editar?

Si tuviera que elegir, editaría. Lo que yo he escrito puede que no esté mal del todo, pero es prescindible. Mi idea es que lo escrito por mí podría hacerlo otra persona, con tal de aplicarse un poco a la materia. En cambio, editar docenas de trabajos ajenos, normalmente de investigación y estudio, me ha hecho sentir como un cauce, como la herramienta que facilita el flujo del saber.

 

¿Cómo te enfrentas al libro electrónico?

El libro electrónico es un libro. Me interesan todas las maneras del libro, todas sus formas y modalidades. Espero que llegue pronto el libro holográfico, ya tardan en meterlo en nuestras casas, me muero por tener uno.

 

¿Qué ha significado Zaragoza para ti? Es casi una invitación a que nos recuerdes algunos de tus libros, en particular ’De Zaragoza...’, pero son varios, claro...

Yo estoy enamorado de Zaragoza. Me parece mentira que la maltraten así, una ciudad con una historia fantástica, conmovedora, excepcional. No todas nuestras ciudades aparecen en el Quijote, en ’Guerra y paz’, en Lord Byron, en Von Kleist... Por algo será. Mis libros favoritos son varios y casi todos hechos en compañía. ’La Sedetania’, porque puso en el mapa ese territorio ibérico; ’Aragón para ti’ -con Concha- y ’Aragón nuestra tierra’ -con Eloy- porque divulgaron honorablemente las cosas de Aragón; el ’Diccionario de Arte’ -con Gonzalo- porque ha ayudado a muchos miles de estudiantes en el mundo de habla española. Mis trabajos profesionales suenan algo más estrambóticos y los omito.

 

¿Cómo se escribe un pregón, cómo lo has escrito tú?

Declaro mi amor al libro, pero también al librero. Lo he escrito rebuscando en mi memoria remota cosas hermosas y con sustancia que han escrito quienes lo hacían con más acierto y sabiduría que yo. Sé que se puede vivir sin libros, cómo no. Pero no sé si, después de conocerlos, valdría la pena vivir sin ellos.

 

 

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