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'LAS CARTAS DEL CAPITÁN'. CUENTO

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Las cartas del capitán

Yo tuve una playa en el Atlántico. Era menuda, redondeada, con cantiles. Arriba, ante un cielo de gaviotas, se alzaba una montaña llena de aliagas, cruzada por un sendero delgado que avanzaba por la costa y permitía ver las islas, las puestas de sol, las barcas y la oscilación de las mareas. En el otro extremo, mi playa comunicaba con un arenal que siempre se denominó Playa de las Monjas. Era más pequeña aún, de apenas cincuenta metros. Pasado el tiempo, un día descubrí una casa con jardín ante la vereda que comunicaba con la arena y las rocas. Siempre pensé que era una playa para parejas ocasionales. Cuando llegaba la bajamar, se podía cruzar nadando desde mi playa, Valcobo o Balcobo, y eran los mejores domingos. Atravesarla, apenas cuarenta o cincuenta metros, era toda una aventura: una expedición surcada de peligros y de maravillas. Los cangrejos, los mejillones que se amontonaban, algunos percebes ocultos, las lapas, la complicidad de los esforzados nadadores. Una de las experiencias más hermosas que existen, tanto como deslizarse por la nieve o escalar una cumbre para ver el mundo y sus paisajes, es el mar tranquilo que te permite la brazada suelta, el chapoteo, el descubrimiento de moluscos. Un día llegamos a la gruta, o ‘furna’ como se dice en gallego, donde había desaparecido para siempre Penedo Santos, el capitán de barcos imaginarios. Arisco, inmenso, bebedor. Iba de taberna en taberna, tenía un amor en cada pueblo, en cada parroquia incluso: Serena, Olivia de Velo, Obdulia, Carmiña de Paxín, Antía de Lobeira, eran sus nombres o los que él les ponía. En una noche de miedo, mientras asábamos patatas y comentábamos las hazañas del Tour, alguien trajo la mala nueva: se guareció en su cueva con sus aparejos y su visera; durante el sueño le sorprendió una marea inmensa, “criminal”, dijo el paisano narrador, y se ahogó en el fondo. Desde entonces, los niños íbamos y veníamos con la esperanza de que el oleaje nos devolviese el brillo de sus ojos azules. Y uno de los cofres donde guardaba sus caracolas y las cartas perfumadas de dorada flor de aliaga que le dejaban sus amantes en los bares del puerto.

 

 

*Este texto apareció el domingo en mi sección 'Cuento estival' de HERALDO.

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