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ANTONIO BÁEZ: 'REVELADO', CUENTO

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[Antonio Báez, narrador y buen especialista en microrrelatos, me envía este cuento.]

REVELADO 

Fui un niño enfermo y pasé mucho tiempo en la cama observando los objetos que me rodeaban.

Un niño mirón. No tuve hermanas ni primas ni amiguitas de mi edad.

Pero un día (no creo que tuviera más de diez años) descubrí a las mujeres, y con ellas, su misterio.

Quiero decir que descubrí que las mujeres tenían un misterio. Fue a través de la hermana menor de mi padre, que nos visitó y entró a mi cuarto a darme un beso.

Era el aire que entraba por la ventana, era la luz de la tarde, era el olor de la hermana menor de mi padre, era la caricia de su melena en mi cuello.

Era todo eso.

 

Pero el misterio era el coño.

 

Me di cuenta enseguida de que la vida sin misterios, sin religión, era un juego sin gracia.

 

Intenté los caminos de la vocación.

Estuve en grupos parroquiales y aprendí todas las oraciones dedicadas a la Virgen, pero fracasé estrepitosamente, pues para mí, por encima de todos los misterios, el del coño era el misterio fundador.

 

Por uno de mis cumpleaños (yo ya andaría por los dieciséis) mis padres me regalaron una pequeña cámara fotográfica.

Aprendí a manejarla disparando a mi familia, a las nubes que adoptaban formas caprichosas, en muchas de las cuales yo imaginaba coños, apenas entrevistos en alguna revista de las que cambiaba Rogelio, un enano del barrio que se ganaba la vida con esos trueques y con la rápida, que era una lotería ilegal.

 

Después de varios carretes que entusiasmaron a mi padre, pensé que había llegado el momento de resolver, por edad y porque mi arte así me lo reclamaba, el nudo secreto bajo el que mi vida estaba amarrada: los coños.

 

Pero no sabía cómo hacerlo. Ni a quién proponérselo.

Yo sabía que las chicas de mi edad, sus madres, sus abuelas, sus hermanas mayores y menores, protegían su misterio con el escándalo. Me propuse ser discreto, indirecto, alusivo.

 

Fotografié en primer lugar a mi madre.

 

Allí estaba. Comprendí a mi madre. Era una mujer.

El pudor me impidió indagar en ella. Tardé muchísimo tiempo en contemplar con detenimiento su fotografía. Pero ya estaba hecha. De ahí en adelante tendría que ser pan comido.

 

La hermana menor de mi padre, la mejor amiga de mi madre, y dejé que la voz se corriera como la pólvora.

No abandoné los objetos, balones, automóviles, herramientas de trabajo, no dejé de interesarme por las nubes, por los gamberros del barrio, que posaban orgullosos, y así conseguí retratar la sombra de ese misterio que toda mujer exhibía ajena a cualquier intención.

Allí estaban ellas, hermosas o no, como un triángulo invertido, señalando, con una mirada que eludía el asunto corporal, el centro de su misterio.

 

Hasta que un día me acerqué a las putas. Y descubrí que su coño estaba en su cara. Y de ahí adelante busqué en el rostro de todas las mujeres su coño. Y en el rostro de cada mujer que conocía la puta que yo anhelaba.

 

Antes de convertirme en un hombre infalible, en un pedante o en un experto, tuve la suerte de enamorarme y desmoronarme.

 

De alguna manera comenzamos a hablar sobre apuntes y asignaturas y de alguna manera el italiano quedó con ella en mis narices, por lo que supe que acababa de llegar de un pueblo y que vivía con unos familiares.

El italiano me buscaba. Era un tipo solitario al que a veces la soledad le amargaba. Me buscaba y enganchaba una cháchara con otra para darse un poco de distracción. Pero nunca me contaba lo que hacían cuando quedaban. Según él los tres componíamos un grupo, los tres éramos amigos, pero no me invitaban a sus salidas, que planeaban ante mí sin pudor.

Yo iba siempre con mi cámara al cuello y fotografiaba los pupitres, las pintadas callejeras, las espaldas de los estudiantes. Un día me lo preguntó: por qué no quieres hacerme una foto. Eso fue cuando ya estaba cansada del italiano.

Yo sonreí. Cuando me negaba a hacer una cosa, sonreía y no la hacía.

Ella estaba siempre en mi cabeza. Cuando le hacía una foto a un árbol, cuando en el tronco del árbol encontraba su cuerpo, cuando en las ramas veía sus brazos y en un nudo o pliegue de la corteza hallaba su coño. El italiano me dijo que ella tenía en su pueblo un novio con el que se iba a casar.

Entonces decidí llamarla. 

 

Fuimos al cine y nos tuvimos que sentar en una de las primeras filas. A la salida entramos en una taberna, pero un humor sombrío se abrió sobre nuestras cabezas como si fuese un gran paraguas. Una de las peores citas en una carrera posterior de citas nefastas. Cuando por fin nos despedimos me sentí verdaderamente a solas con ella.

El italiano se enteró inmediatamente de aquella salida y me preguntó si es que me gustaba.   

 

No todas las chicas tenían el coño entre las piernas o en la cara. Había que ser muy habilidoso y muy paciente para dar con el coño.

Besé a una que mordía. Cuando nos quedamos desnudos sobre el jergón estudiantil comprendí lo desvalidos que estábamos y se me vino a la cabeza un bodegón con dos liebres desolladas. Mordía porque era muy nerviosa y me causó heridas que se me infectaron.    

Ella me preguntó cómo me las había hecho. Yo sonreí.

 

Empezaron a contar conmigo. Ella y el italiano. Nos citábamos y muchas veces aparecía sólo el italiano. Ella sola nunca. Descubrí que eran unos encuentros aburridos, decepcionantes.

Un día les dije: Os voy a hacer una foto. Yo mismo me encargaba de revelar las fotos que hacía en blanco y negro. Ella era una mujer misteriosa y frágil. El italiano apostaba por un pragmatismo hiriente. No me los podía imaginar follando, pero el italiano aseguraba habérsela tirado.

Cuando ella contó que se lo había mirado en un espejito como aconsejaban algunos manuales de sexualidad, se me hizo la luz: el coño de ella estaba en otra parte, mucho más allá, al otro lado de su cuerpo, en la foto que jamás les enseñé.

 

 

Microbiografía: Antonio Báez ha publicado un libro de relatos titulado ‘Mucha suerte’, una novelita corta, ‘La memoria del gintonic’, participó en la antología de Fernando Valls, ‘Mar de pirañas’ (Menoscuarto), centrado en el microrrelato, y hace poco más de un año el híbrido ’Griego para perros’, en Sabara Editorial. La foto es de Alfred Cheney Johnston.

 

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