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Antón Castro

FIRMAS EN LA FERIA DE ZARAGOZA

FIRMAS EN LA FERIA DE ZARAGOZA

FIRMAS EN NALVAY, MAÑANA, Y OLIFANTE, POR LA TARDE
[Hoy por la mañana, en compañía del ilustrador Javier Hernández, firmaré en Nalvay ejemplares de 'La leyenda de la ciudad sumergida' y de 'El niño, el viento y el miedo' (de esta si quedasen ejemplares: me dicen David e Isabel que se ha agotado la primera edición y q ue pronto entrará en máquinas la segunda). En 'La leyenda', aparecida a finales de 2014, hay varias historias colaterales dentro de la gran aventura del joven Esteban. Una de ellas alude a la historia de Ys. Algunos dicen que París tomó su nombre de ella: Par-Ys. Ja, ja, ja. Por la tarde, estaré con 'El dibujante de relatos' (Pregunta) y 'Seducción (Olifante), en la caseta de Olifante.] Aquí vemos al perro Folecho, ilustraciones de Javier Hernández, autor de 'Haberlas haylas' y 'El secreto de Jacinto'.

Se puede leer aquí una nota de Mariano Gistaín.
http://www.gistain.net/la-leyenda-de-la-ciudad-sumergida-d…/

RELATO DE LA CIUDAD DE YS


Hace muchos años que había en Armórica una ciudad, hoy desaparecida, llamada Ys y en ella gobernaba un famoso rey, Gradlon, apellidado El grande. Este rey, ya entrado en años y viudo, mantenía una relación piadosa con el abad Gwennolé, fundador del primer monasterio de Armórica, del cual se decía que sabía leer en el porvenir, en los restos de los animales muertos e incluso entre las líneas del Apocalipsis, además de vaticinar con mucha precisión las catástrofes y toda suerte de desgracias personales.
La ciudad de Ys estaba defendida contra las invasiones frecuentes del mar por un pozo o por un agujero muy grande, encaminado a recoger el agua que sobraba en el tiempo de las mareas o cuando se producían los imprevisibles recrecimientos. Este pozo tenía una llave maestra para el control de caudal que guardaba el rey en una alacena en el cabezal de su propio lecho que solo él abría y cerraba, y ni siquiera a su hija Dahut le permitía que hiciese ese cometido.
A pesar de que el abad Gwennolé anunciara una desgracia inminente en la misa vespertina, una desgracia inmensa e inconcreta, esa noche el soberano se acostó temprano. Mientras dormía, la princesa, después de una noche de parranda y desenfreno con su amante, le arrebató la llave. Arrastrada por una perversa curiosidad y no se sabe qué ruin pensamiento, bajó las escaleras y abrió la esclusa del pozo. Paseó por las tribunas y por el foso húmedo. Después siguió con la juerga amorosa, olvidada de la compuerta y del flujo de las corrientes.
Al alba, la ciudad apareció inundada por entero: las catedrales, los edificios públicos, el palacio del soberano. Todo. Los habitantes de Ys, según asegura la leyenda, quedaron convertidos en estatuas de sal en su propia cama y la princesa Dahut (bella y malvada como ninguna) se transformó en una sirena. Desde entonces está condenada a vagar durante toda la eternidad por los mares, incluso en los días de furiosas tempestades.
En el fondo del océano se oyen, día y noche, las campanadas de la catedral y los pescadores que se extravían en las rutas del Gran Sol, en el bálsamo de la tarde, cuando las aguas se esclarecen y el mar se serena, ven la ciudad inundada, con sus mansiones y calles, y a la gente convertida en sal o mármol durante el sueño.

 

*De 'La leyenda de la ciudad sumergida'. Antón Castro. Ilustraciones de Javier Hernández. Nalvay. 2014.

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