CRISTINA GIMÉNEZ. UN DIÁLOGO Y TRES POEMAS
La ingeniera técnica y poeta Cristina Giménez publicaba semanas atrás ‘No quiero ser olvido’ (Los Libros del Gato Negro), que se presentó en la Feria del Libro Teruel. Pertenece a la Plataforma de Poetas por Teruel, y ha sido incluida en el poemario ‘Vivir en el paisaje. Cartografía poética de la provincia de Teruel’ (Olifante), que ha coordinado el profesor y escritor Nacho Escuín.
-¿Cuál es la idea de partida de ‘No quiero ser olvido’, que lleva esta cita: “A todas las mujeres que han sido, son y serán en mi vida”? ¿Es un poemario autobiográfico, centrado en el paisaje, la memoria, un homenaje a las mujeres de su vida como parece sugerir?
-Es, en realidad, un poco de todo lo que comenta. Aunque gran parte es autobiográfica, en el capítulo «Mujer» muchos de los poemas son creados a partir de sentimientos ficticios. «No quiero ser olvido» pretende ser un lugar donde las personas que por él paseen (como paisaje) encuentren aspectos y memoria que los trasladen a su infancia, a sus recuerdos o vivencias. Y que las mujeres en particular se vean identificadas, acompañadas y, por supuesto, reconocidas.
-Cuando mira hacia la infancia, parece que hay un deseo de reencontrarse con la niña que fuiste, con los gorriones que apenas ves ahora...
-Destaco la nostalgia de los momentos en los que recuerdo ser feliz. Las personas siempre queremos rememorar esos instantes. Ojalá pudiese volver a vivir algunos de ellos sabiendo lo que ahora sé. Esta afirmación la hemos dicho todos alguna vez, y es verdad.
-¿Cómo la ha marcado su madre? ¿Le dedica un canto o exaltación, pero también una elegía central?
-Ella es un ejemplo por incontables motivos. Por eso está presente en muchos de mis poemas. En realidad, la figura de la madre en el libro se refiere a todas las que somos madres, a nuestros anhelos e inseguridades al serlo. También a las alegrías y a los temores que están con nosotras en esta etapa de la vida.
-¿Son las madres el talismán contra la soledad, el refugio ideal, la complicidad? Parece que sa tuya lo fue o intentó serlo...
-Fue compañía y espejo. Y también fue una lucha generacional: la suya propia en un tiempo y sociedad complicados y la mía con y contra ella. Por lo que nos enfrenta a todos los hijos y padres en algunos años en los que vemos las cosas de forma muy diferente. Resulta increíble cómo, cuando pasa el tiempo, eso cambia radicalmente y nos vemos hablando como ellas, explicando como ellas y sintiendo como, nunca creías que harías, igual que ellas. Tal vez se trate de la madurez.
-¿De qué alimentan los recuerdos a la poeta?
-En mi caso me sacian de sonrisas; quizá hubo algunos malos momentos que aportan melancolía. Me alimento de personas y de lugares, de lo recibido y lo entregado. Todo hace que la poesía sea más verdad. El resultado final es gratitud.
-En ’Refugio’, la tercera parte del libro, tras ‘Hija’ y ‘Mujer’, parece volver a un espacio ideal, rural. ¿Cómo era esa Arcadia para ti?
-Es un lugar donde el tiempo se detiene y la visión se vuelve más nítida, como la respiración. Llega la calma y el vacío. Una tranquilidad que solo se llena de emociones y buenos momentos por compartir todo con la gente que te completa.
-’Mujer’ es la parte más polisémica y extensa del libro, creo. Ahí hay un poco de todo: de entrada, hay amor y desamor, ruptura, el dolor del adiós...
-Sí, es la más amplia por todo lo que en esta etapa se abarca y se vive. Algunas mujeres viven tanto y tan intenso que ha de aparecer. Incluso fases de desesperación, duelos y quebrantos, y descubrimientos también.
-También hay sorpresa o extrañamiento; la poeta no se reconoce ante la imagen que le devuelve el espejo... ¿Por qué?
-Por aquello de que no asumimos que cumplimos años, que nos hacemos mayores, pero que seguimos sintiéndonos jóvenes. Hablamos con los adolescentes como si fuésemos uno de ellos. Y de vez en cuando caigo en la cuenta de que no es así y no quiero que pase tan rápido. De pronto tomo conciencia de que ya no soy tan joven y me gustaría detener el tiempo.
-¿Es posible que no se recuerden las caricias hasta los cinco o los siete años?
-Al menos yo no las recuerdo. Me esfuerzo por recordar momentos de la infancia más temprana, pero solo tengo recuerdos pintados por las narraciones de mi familia. Lo que te cuentan sí se queda, pero es su versión. Por eso me gustaría revivir muchas situaciones. De ahí la nostalgia y el esfuerzo por retener en la memoria.
-Todo el libro parece una corroboración del título, igual que el último verso. "Quiero, sin miedo a quererlo, saber quién soy". ¿Lo ha sabido, lo sabe ya después del poemario?
-Era cuestión de dejarse llevar y escribirlo. Sigo siendo la chiquilla del poema: «No reconozco a la mujer que me devuelve el espejo». Me ha gustado encontrarme en muchos versos y entender que, de momento, no está mal del todo lo vivido y lo anhelado.
-Desde el punto de vista poético, ¿cómo ha evolucionado, qué registro buscaba?
-Desde que fundamos la Plataforma de Poetas por Teruel he conocido a muchos poetas actuales de diferentes lugares de España y de distintos movimientos poéticos. He leído sus trabajos y aprendido de ellos. Esto ha enriquecido mi forma de decir, aunque los sentimientos que hacen que escriba siguen siendo los de la hija, la madre y la mujer que no quiere ser olvidada.
-Díganos qué es ‘Vivir en el paisaje’ (Olifante. Papeles de Trasmoz).
-Es una antología de autores de la Plataforma de Poetas por Teruel, donde se expresa el amor por lugares de la provincia de Teruel que nos han inspirado y, en algún caso, han sido refugio y calma.
*****
TRES POEMAS DEL LIBRO
Quién pinta las puntas rosáceas del trigo
como las uñas de tus manos de quince años.
Quién colorea de oro la espiga,
como tu brillo de labios de adolescente.
El tiempo colorea y endulza y adorna y madura.
Es quien pone los puntos sobre las íes.
Quien me dice que tenía razón o me equivoqué.
Quien de un bofetón me devuelve de mis sueños recurrentes,
de la absurda soledad que buscaba ansiosa
para seguir soñando y fantaseando.
Quien me deja caer al vacío desde un cuarto piso
cuando valiente me asomo para saludar al pasado.
Quien colorea en blanco y negro
aquellos instantes que difuminan mi verdad.
Quién colorea de oro la espiga y pinta tus uñas de adolescente.
Quién pinta las puntas rosáceas del trigo y tus labios de quince años.
*****
Miraba bajo la cama,
por si habían caído las risas resbalando con el sudor.
Ahí estaban. Queriendo escapar entre sus dedos.
Como el aliento.
Como el silencio de las noches que se sobrevenían.
Como los gritos que callaba.
Aguantando un tira y afloja,
un habla ahora, o calla para siempre.
Resistiendo por resistir.
Forzando más sonrisas.
Evitando sinsabores.
Todo por llegar a la cama y reír.
Una noche más.
*****
Unos leen poesía.
Otros tienden la ropa.
Yo escribo mientras tiendo,
y siento mientras tiendo,
y tiendo mientras pienso
en cómo hacer para que la vida
no consuma el poco tiempo
que tengo para leer,
para escribir,
para sentir,
para tender.
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