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Antón Castro

ANA SANTOS HABLA DE 'SEMBRAR PALABRAS'

ANA SANTOS HABLA DE 'SEMBRAR PALABRAS'

 

Ana Santos ofrece algunas claves de su libro 'Sembrar palabras. El despertar intelectual de las mujeres' (Espasa), que ha logrado el premio Espasa de ensayo.

¿El libro lo llevaba en la cabeza desde hacía tiempo o es más bien una reflexión desde su jubilación?

La idea con la que empiezo es la necesidad de la creación del relato, con referentes, que nos ayude a construir nuestra propia identidad como seres humanos libres y dignos, me ha acompañado durante toda mi vida profesional. Pensé que podía escribir algo sobre co un enfoque más íntimo, concreto, en relación a por qué hay tan pocas mujeres en las estantería de las bibliotecas, por qué hay tan pocos libros escritos por mujeres hasta la Guerra Civil.

El libro tiene una parte histórica, pero también es un libro autobiográfico, que queda claro al usar una letra redonda. ¿Eso lo tenía claro?

Sí, son mis confidencias. Pero esto me salió sin pensarlo y a medida que iba iba escribiendo y empecé a indagar y a repasar cuál era la consideración de la mujer en los siglos XVI y XVII, cómo eran los colegios donde ella estudiaban, cómo era el ideario de la Sección Femenina, recordé cómo fue educada mi madre y cómo fue educada yo, y me fue surgiendo la idea de relacionarlo con distintos períodos históricos.

Empieza con la imprenta

Sí, porque tuvo mucho que ver. Empiezo con Teresa de Jesús, que fue nuestra primera escritora, así es considerada, siempre y por que fue y es una de las grandes. Iniciar la edad moderna con la literatura escrita por mujeres y los escritos de las monjas me daba pie para este tema tan fundamental: la libertad para escribir y la necesidad del mantenimiento de la virtud por parte de las mujeres. Digamos que así en ‘Sembrar palabras’ arrancaba uno de los grandes temas que sobrevuelan todo el relato.

Avancemos un poco más en esa idea… ¿Qué otros asuntos le han preocupado? Además de lo que dice, aún hoy impresiona que para Fray Luis de León la mujer sea un ser inferior.

Totalmente. Por él y por Juan Luis Vives. Pensemos en sus libros como ‘La perfecta casada’ y ‘La instrucción de la mujer casada’. Estos tratadistas, además, que tuvieron tan influencia en esos años, consideraban a la mujer un ser intelectualmente inferior, solo capacitada para ser madre y esposa. Y no podía ser nada más en la vida. Esto ha sobrevolado durante muchos años hasta que se inició el gran debate con la llegada de la ilustración, en la que fue capital la zaragozana Josefa Amar y Borbón, leída, admirada y admitida en las grandes sociedades. Otro asunto: el amor romántico.

¿Qué quiere decir?

Algo que estaba en todas partes desde las primeras obras del amor cortés, desde la Edad Media, donde vemos a la mujer esperando a su héroe, a su amado, para que le proporcionase la felicidad, por una parte, y por otra, que la mantuviese.

Cuando dice felicidad, también piensa en el placer.

Sí, pero en un placer bastante oculto. Porque hasta que llegó Emilia Pardo Bazán con ‘Insolación’ había una ocultación del deseo. Otro tema que aborda el libro es la necesidad de sentirse aceptadas, algo que resulta completamente normal dado el rechazo que las mujeres escritoras producían en la sociedad hasta los años 30 del siglo XX. De una manera más sutil, se abordan es la maternidad y el yugo del matrimonio o el matrimonio infeliz.

Los temas son capitales todo el rato, pero me ha dado la sensación de que ‘Sembrar palabras’ es una historia más o menos elíptica del libro, de las bibliotecas privadas y una exaltación de la lectura.

Sin duda. Si no hay educación no hay lectura. Las mujeres tenían ganas de saber y a veces debían renunciar a la misión que les había encomendado la sociedad como madre y esposa.

Sor Juana Inés de la Cruz es un ejemplo maravilloso. Monja, poeta, mexicana…

Sin duda. Era guapísima… Ella, mexicana, era hija de una criolla y un español, a su padre nunca lo conoció. Se refugió en su abuelo y en su biblioteca para buscar esos condicionantes que la torturaron durante toda su vida. Ahí descubrió lo que era acceder al conocimiento, algo que la apasionó. Fue una formidable poeta. Creó una biblioteca formidable, de unos 1.500 ejemplares, con los textos de los grandes científicos, literatos y pensadores, no solo del mundo clásico sino contemporáneo y la vendió ella misma un poco antes de su muerte.

Sigamos. Por ejemplo, María Luisa Padilla, la condesa de Aranda.

Es increíble. Ella estaban muy preocupada por la educación de sus hijos. Escribió un par de tratados, si no me equivoco, dedicados a la necesidad de educación de las mujeres, pero sin que la mujer renunciase a su papel. A pesar de su inteligencia y su erudición, no fue capaz de ser tan rompedora en ese momento. Sí que defiende con pasión, conocimiento filosófico y literario la educación de los mejores. Y se instala en Épila en su palacio, donde creó un centro de encuentro, conocimiento e intercambio de opiniones y creó una gran biblioteca.

Otro personaje, María de Zayas, escritora y mecenas.

Firmó unas obras duras, en cuanto a su contenido, que denunciaban la situación de la mujer a propósito de la violencia, la dominación y el sometimiento al hombre. Fue respetada por Cervantes y Lope, entre otros, y fue olvidada durante siglos, hasta que fue recuperada por Emilia Pardo Bazán en su ‘Biblioteca de la Mujer’.

Que es, si me lo permite, el personaje axial del libro.

Desde luego. Es una mujer impresionante, sabia, conservadora, que pudo y quiso hacerlo todo. Su marido le prohíbe escribir y ella le dice que eso es lo más importante y lo abandona. Es pionera en muchas cosas. Por ejemplo, se atreve a explicar el deseo sexual de las mujeres en ‘Insolación’. Hay otras mujeres formidables: Concepción Arenal, que hizo una apasionada defensa de los derechos sociales de las mujeres y analizó la situación de las presas, y sin renunciar jamás a vivir con su marido.

Hay otras mujeres.

Desde luego, muchas: Carmen de Burgos, ‘Colombine’, o María Lejárraga o María Zambrano. Todas ellas son mujeres fascinantes Y muchas más. En el libro se habla de todas ellas.

Y de María Moliner.

Para mí es una auténtica heroína. Y una mujer generosa. Aunque no es propiamente una escritora, sus libros sobre las bibliotecas me parecen emocionantes. La tengo en un altar.

 

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