Blogia

Antón Castro

DIÁLOGO CON DANIEL SÁNCHEZ ARÉVALO

DIÁLOGO CON DANIEL SÁNCHEZ ARÉVALO

DANIEL SÁNCHEZ ARÉVALO. Finalista del Premio Planeta con 'El viaje de Alice'. Esta foto es de Kim Manresa, fotógrafo de 'La Vanguardia' y autor de uno de mis libros favoritos sobre escritores: 'Rebeldía de Nobel', con entrevistas de Xavi Ayén, y fotos suyas. Lo publicó El Aleph.

 

 

“He escrito un viaje emocional

al corazón de una mujer”


Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970) es director de cine, lector de Richard Ford y Jonathan Franzen y, hasta ahora, autor de una novela juvenil. Estaba feliz: “Me siento privilegiado y afortunado. Mi padre dice que nací con una flor en el culo. Y me siento así. Cuando estrené mi primera película tuve la sensación de que la industria me abrazaba y me daba la bienvenida. Y ahora lo mismo. Soy fóbico y escritor, y aquí suelto una parte de mí mismo. Después de seis años de darle vueltas y vueltas, encontré el chip de la libertad. Podía volar”.

Explíquenos qué es su novela.

‘La isla de Alice’ cuenta la historia de Alice Williams, de Providence, en Estados Unidos, de 33 años, que apenas se ha movido en 3 kilómetros a la redonda, que tiene una hija de seis años, Olivia y otra en camino, Rudi; está embarazada de siete meses. Un día, lejos de casa, su marido muere en un accidente de coche. Incapaz de asumir la pérdida, intenta reconstruir lo que parecía una relación perfecta. Y viaja a la isla de 500 personas donde pereció y a la que estuvo visitando durante dos años.

¿Ha escrito una novela de género, un thriller?

La novela no tiene género, pero podría ser un thriller y una novela psicológica. Y también es una novela de corte intimista y es un drama costumbrista, que tiene toques de humor como todo mi cine, porque es un retrato de la sociedad norteamericana; he vivido allí muchos años. ‘La isla de Alice’ es una historia de superación, con clave misteriosa. Y es una novela sobre la luz al final y durante el camino. Un libro montado sobre el misterio del secreto y la mentira.

¿Está escrita en primera persona?

Sí. En mis películas los hombres suelen ser los protagonistas, pero tenía ganas de sumergirme en el universo femenino, tenía casi una deuda con él, y aquí todas son mujeres: Alice, pero también su hija Olivia, tan importante. Es casi la mitad de la novela y un personaje creo que muy interesante.

¿Se ha sentido cómodo dentro de una mujer?

Sí, convivo con mujeres, me interesan, me atraen. Una de las cosas que más me emocionó ha sido oír decir a algunos miembros del jurado que pensaron que la novela estaba escrita por una mujer. Si el lector se olvida del nombre del autor y tiene la misma sensación, creo que habré triunfado.

¿Le gustaría llevar su película al cine’

Me he cruzado cuatro correos con Alejandro Amenábar. Le dije que si no lo hace Sam Mendes o algún otro, me encantaría que la hiciera un gran director como él, y eso sí, que me dejara echarle una mano en el guion. Siempre ganaría unas pesetillas, ja, ja, ja. Por otra parte, ha sido tan intenso el proceso de creación que necesito distanciarme físicamente de la novela. El hecho de que haya sido finalista del Planeta y se publique es un alivio; de lo contrario, seguiría escribiendo y escribiendo…

¿Qué tiene de viaje al corazón al que el azar le saca de su sitio, de su rutina?

La novela es un viaje emocional al corazón de una mujer, la historia de la transformación de toda una vida. Uno se pregunta qué se esconde detrás del accidente, por qué había ido allí el marido de Alice, a una isla de 500 habitantes, y ella lo hace y tiene que hablar con las personas… Es una novela sobre el arte o la necesidad de buscar tu sitio en el mundo, que en el fondo es el argumento central y la obsesión de todas mis películas, la obsesión…

¿Qué va a pasar ahora?

Yo no lo sé. Me gustaría que la novela tuviese mucho éxito y poder comprar una casa cerca de la Alicia. Retirarme allí con mi perro; ella tiene dos. A mí me gusta mucho la reclusión. El mundo es muy agresivo, me hace daño y la ficción es un escudo de protección. Yo hablo a diario con mi psiquiatra.

ALICIA GIMÉNEZ BARTLETT, UN DIÁLOGO

ENTREVISTA. Alicia Giménez Bartlett (Almansa, Albacete, 1951). Premio Planeta de 2015. Esta entrevista aparecía ayer en Heraldo.es, la edición digital de Heraldo que dirige Esperanza Pamplona.

 

 

 

“No quiero ser imbécil: prefiero

el humor a la solemnidad”

 

Antón Castro / Toni Iturbe. Barcelona

“Vi ese jersey de cachemira en un escaparate al pasar por la calle. Pensé: es mono. Se me ocurrió comprarlo y lo llevé a la entrega del premio porque se me ocurrió así, caso como un acto un poco rebelde, ya que no voy a hacer la revolución a mi edad”, dice Alicia Giménez Bartlett (Almansa, Albacete, 1951), que se encuentra en el mejor año de su vida. Es fresca, simpática, capaz de decirle a Antonio Iturbe, el director de la revista ‘Librújula, nacido en Casetas (Zaragoza), con quien hicimos esta entrevista: “Estás guapo y joven, Iturbe, joder”. A las distinciones y honores que ha cosechado, incluido el elogio incondicional de Andrea Camillieri, se suma el Premio Planeta de 2015, dotado con 600.000 euros, que conquistaba la noche del jueves en Barcelona con su novela ‘Hombres desnudos’, que saldrá a la venta el 3 de noviembre con una tirada de 210.000 ejemplares.

Esa ‘merde’ de su jersey ha impactado tanto como la anécdota del secador, que le ha regalado un supermercado. También tenía algo de teatral, se suele decir “mucha mierda” antes de salir al escenario.

Es verdad. Triunfó, no se habla de otra cosa: de ‘merde’ y del secador, pero, en serio, ¿les ha gustado?

¿Qué hay en ‘Hombres desnudos’ de su novela ‘Vida sentimental de un camionero’, de la de La Pastora de Morella, ‘Donde nadie te encuentre’ (Premio Nadal), y de su serie sobre Petra Delicado?

Qué difícil... Hay más cosas de las que parece: la inquietud social está en todas, y la amistad, y las relaciones entre hombres y mujeres. En el fondo eso de que un escritor siempre escribe la misma novela, que parece una perogrullada, tiene algo de cierto: aunque intentes cambiar de tema, cambiarte de tus manías, te vuelven a salir. Así que, de algún modo, todas esas ficciones, están en ‘Hombres desnudos’.

Ha sorprendido mucho esa alusión a un procedimiento, que usted denomina naïf y que emplea en su novela, a la manera del teatro del Siglo de Oro o Shakespeare...

Es raro. Veremos si funciona o no. Está metido, impactado sin avisar, dentro de los otros parlamentos. No es que los personajes interpelen al lector, pero el lector ve lo que está pensando el personaje de lo que el otro le dice... Incluso cuando él acaba de decir quizá lo contrario. Es como si pudieras penetrar en el cerebro del personaje, como si pudieras ser un narrador omnisciente (el que todo lo sabe) que no lo es. Yo creo que no canta demasiado. Eso me lo dirán ustedes y la crítica.

Esta necesidad suya de epatar, de escandalizar, ¿no es un poco rara o postiza? Usted es doctora de literatura, podría dar más lecciones que otros que se empeñan en darlas... ¿Por qué se disfraza de pasota o de provocadora?

Lo que es solemne me repatea, me repatea, pero aún me repatea mucho más ver a colegas míos pontificando y reduciéndose a una imbecilidad insoportable. Yo no quiero ser imbécil, además no me tengo que forzar nada: no me creo nada en este show. Oye, el Olimpo para los olímpicos. Me joroba mucho eso, y quizá de ahí estas salidas un poco teatrales o algo histriónicas. La pedantería se me atraganta y me parece horrible. Y quizá me haya ido al otro lado: con el humor todos nos reímos y todo parece un poco más fácil.

La novela es la historia de un profesor de literatura que pierde su empleo, de un chico de arrabal y de los bajos fondos, Iván, y de dos mujeres. ¿Cómo son, qué nos puede contar de ellas?

Una chica es cuarentona y la otra es sesentona... Son dos pijas de ciudad. La más joven, atormentada por una serie de razones, y la otra es la típica pija, el personaje arquetípico que hay en el libro. Vive de la pensión del marido, está estupenda, tiene aventuras sexuales. Empiezan yendo a Zara; la otra, como ha estado currando en la empresa no sabe lo que es low cost y  le encanta comprarse un pantalón que sabe que va a tirar a la basura de inmediato. Luego esas experiencias van aumentando... Y son ellas las que contratan los servicios, festivos o sexuales, de los dos protagonistas.

Usted vivió un año en Zaragoza. Pasó inadvertida... ¿por qué?

Estaba preparando la serie de televisión de Petra Delicado con Ana Belén. Yo no hacía los guiones, entre otras cosas porque no sabía, pero sí redactaba una especie de sinopsis de cada capítulo. Cada cierto tiempo venían dos guionistas de Madrid y dos guionistas de Barcelona y nos reuníamos en Zaragoza a trabajar. Fue un tiempo intenso. Vivía con mi marido, ingeniero, en la plaza de Los Sitios. Y a mí me venía perfecto.

¿Qué lugares frecuentaron?

No muchos. Él siempre estaba currando y yo también. Es donde yo aprendí a tomar cafés a mitad de mañana, iba  a la calle Costa, a la misma plaza. No tuve amistades. Casi no conocí a nadie, sabía que era un año justo el que iba a estar allí y tampoco tenía mucho sentido. Estaba, además, atareadísima.

Su vínculo aragonés también lo da la figura de Teresa Pla Meseguer, ‘La Pastora de Morella’. ¿Viajó por el Maestrazgo?

Sí. Aparte de que está muy cerca de Vinaroz, donde vivimos ahora, tenía un guía en Vallibona y él nos llevó un día a Castellote, a las Parras de Castellote, a Pitarque, a esos lugares del Maestrazgo donde la naturaleza es salvaje y tiene un puntazo. Me quedé fascinada.

Podemos saber qué le ha llevado a Vinaroz.

Mi marido ya está jubilado y allí estoy en santa paz. Creía que vendría mucho a Barcelona (vengo y veo a amigas como Cristina Fernández Cubas, Mercedes Abad), pero allí estoy, feliz, a siete kilómetros de la ciudad... Por la mañana trabajo hasta las cuatro de la tarde, tengo mis dos perrazos, los saco a pasear. En mi nueva vida hay una cosa genial: a las ocho de la noche ya hemos cenado y me pongo a leer. He recuperado la pasión de la lectura. Me espera libro... Estoy con Emmanuel Carrère y ‘El Reino’ (Anagrama): es extraño, bestial. Soy lectora de novela policiaca pero no como los friquis que solo leen eso... Intercalo mucho. Ayer compré a Elena Ferrante, a Joyce Carol Oates, que está como una cabra, y hace unos finales de culebrón que me llevan a preguntarle: “tía, aquí, ¿por dónde vamos?”.¡Tiene una intensidad, te mete en un ambiente y empiezas a sudar la gota gorda!

¿Lee a colegas españoles?

Sí, claro que sí.

Quizá pueda parecer que su novela tenga un cierto parentesco con las novelas de Rafael Chirbes, el escritor realista contra el pelotazo y la crisis. ¿Podría ser?

Es un gran escritor y encima leía a Petra Delicado. La última vez, poco después de haber estado juntos con el escritor Fernando Delgado en Valencia, me dijo: “Sí hija, sí hija, créeme, yo disfruto mucho con tus libros. Pienso de repente que ya sé quién es el asesino. Pues no. Me engañas, me engañas”. Era una bella persona. Pero yo creo que sus libros son directamente sociales, duros, lúcidos, tienen una prosa mucho más cuidada que la mía. Yo me dejo llevar más por la historia, por lograr la verosimilitud, él era un estilista de la lengua española...

¿Y usted?

No, yo no lo soy. Creo que no. No encontrarán grandes fallos en mi prosa porque escribo desde hace un montón de años, pero nunca sacrificaré un buen pasaje narrativo, una buena incisión en un personaje, por un párrafo bien escrito.

¿Por qué no ha situado su novela en ningún lugar concreto?

En Petra Delicado está siempre Barcelona, pero aquí tenía mucho interés en que fuera una ciudad española sin nombre porque resulta que hay una serie de historias en las que nos parecemos muchísimo catalanes, vascos, zaragozanos... La crisis nos ha afectado a todos, el valor del dinero como única clave nos ha afectado a todos, hay muchas cosas comunes y de ahí mi elección. Y no quería que se incidiera en que esto es la burguesía catalana... No, no, esta es la burguesía de todos los lados. La burguesía burra que puede estar en cualquier parte.

Fernando Delgado, miembro del jurado, dijo que en el tratamiento de los bajos fondos, ‘Hombres desnudos’ era muy realista. ¿Se ha documentado ‘in situ’, ha palpado...?

Sí, a palpar no he llegado, pero no por falta de ganas, ja, ja, ja. Aquí en Barcelona había un estriptís, en la Zona Franca, y tuvo un éxito enorme. Solo se le permitía la entrada a parejas y a mujeres. A hombres solos no. Y eran unos hombres guapísimos que hacían desnudos integrales y las mujeres al final se desmadraban, metían mano claramente pero todo tenía un aire más festivo que sexual o puramente morboso. Y después he estado en un estriptís más privado en Italia y en uno en Francia...

¿Son diferentes los hábitos allá?

Aquí en España, en la cosa del despelote, primaba más el cachondeo. En Italia y Francia iba algo más en serio y tampoco se permitía la entrada a hombres solos.

*La foto es de la agencia EFE, aunque la tomo de aquí:

http://www.elcolombiano.com/documents/10157/0/580x873/0c76/580d365/none/11101/IKKJ/image_content_24506925_20151015182026.jpg

CANO, VISTO POR EMILIO CASANOVA

CANO, VISTO POR EMILIO CASANOVA

El humorista, ilustrador y pintor Cano,

objeto de un documental de Casanova

 

Casanova analiza la profesión incierta

del artista Cano en un documental

 

El director presentó en ProyectAragón su trabajo de 68 minutos del artista que «escribe con imágenes y pinta con palabras”

 

A Emilio Casanova (Zaragoza, 1955) le gustan los retos. Ha hecho vídeos sobre Goya, Ramón Gómez de la Serna o Antonio Saura, ha realizado una espléndida colección de ‘Estampas aragonesas’ de tres minutos para Aragón Televisión o el documental ‘El Pirineo revelado’ y, desde hace un tiempo, prepara un ambicioso proyecto sobre Pablo Gargallo. El pasado jueves, dentro de la programación de ProyectAragón, a las 19.30 en la sala Luzán, estrenaba una película sobre el humorista, ilustrador y pintor José Luis Cano (Zaragoza, 1948): ‘Cano, de profesión incierta’.

El artista, que fue colaborador diario durante dos décadas en las páginas de HERALDO, suele decir que su carrera es toda una disfunción: se ha pasado más de media vida «escribiendo con imágenes y pintando con palabras». Así arranca su autobiografía: «Nací dibujando. A los diez años escribí mi primer cuento de Guillermo Brown. A partir de los doce, redacté e ilustré las reseñas de mis excursiones con los boyscouts. A los quince, ilustré una biografía apócrifa y clandestina del director del colegio. Dibujaba en el libro de literatura y escribía bocadillos en las reproducciones de la historia del arte. Desde entonces, he seguido en esa confusión, dibujando en mis libros y escribiendo en mis cuadros». El director, guionista y productor Emilio Casanova recuerda que Cano se ríe inteligentemente de todo, en particular de sí mismo, pero que jamás se ríe de lo que hace. Y que si «la pintura es cosa mental», como decía Leonardo Da Vinci, Cano aplica sexo y seso a la materia.

Explica Casanova: «Conozco la obra de José Luis Cano desde hace años. Cuando expuso ‘Blancanieves’ en la Casa de los Morlanes me quedé fascinado e intrigado. Me gustó mucho su propuesta y pensé ya entonces, en 2013, en hacer una película sobre él –dice-. Siempre recuerdo lo que un día me dijo un político: “Lo primero que hago al leer el periódico es ver el chiste de Cano para saber si lo entiendo o si se mete conmigo”. Cano es un intelectual, un humorista, un pensador y un teórico de la pintura que lleva, como decía José Bergamín, el humor en los huesos».

Emilio Casanova ha hecho un documental de casi 68 minutos, poblado de viñetas, dibujos, libros y cuadros (que ha tratado Fernando Lasheras), dividido en cuatro bloques. En el primero, presenta al artista vocacional desde la niñez. El segundo aborda al Cano viñetista, humorista y cartelista, que trabajó en ‘El día de Aragón’, en ‘El Periódico de Aragón’, luego en HERALDO y ahora en su blog. «Quizá sea su faceta más conocida. Se analiza su humor negro, la somardería, el surrealismo», dice Casanova, y acepta sus semejanzas con El Roto. La tercera parte se centra en su inmensa labor como ilustrador, ya sea en la serie xordiqueta y en sus biografías ilustradas de Servet, Goya, Buñuel, Odón de Buen, María Moliner, o en otros trabajos de colaboración con otros como Irene Vallejo, Grassa Toro, etc. Y el cuarto bloque, «el más largo de todos”, aborda «la parte menos conocida y menos entendida de su trayectoria, la que constituye su verdadera pasión: la pintura pura y dura. A mí me interesa muchísimo esta faceta. Por su pincelada, por su libertad, por lo que piensa, por sus teorías acerca de la muerte de la pintura, por su capacidad de transgresión», señala el cineasta.

Cano tiene voz, pero también algunos actores como María José Moreno y Pedro Rebollo asumen su discurso en off. En ‘Cano, de profesión incierta’ hay tres conversaciones: con el artista Isidro Ferrer, centrada en su faceta de ilustrador, con el pintor Enrique Larroy, «más extensa y verdaderamente enjundiosa, divertida y delirante», y otra con la librera y editora Julia Millán, especializada en literatura infantil y juvenil y prologuista del proyecto ‘Blancanieves’. La nieta del artista, Constanza Cano Hem, da vida al personaje de Blancanieves.

Entre las curiosidades, hay un escena festiva con amigos del pintor realizada en los montes de Cuarte donde José Luis Cano, durante muchos años, realizó diversas intervenciones artísticas. La banda sonora corre a cargo de Joaquín Pardinilla e incorpora a Richard Strauss y a Jordi Sabatés. La obra cuenta con el patrocinio del Gobierno de Aragón y del Ayuntamiento de Zaragoza.

 

*La foto de Emilio Casanova es de Vicente Almazán.

 

'CHAS', SEGÚN EDUARDO LABORDA

'CHAS', SEGÚN EDUARDO LABORDA

MARCIAL BUJ ’CHAS’ (1909-1959), VISTO POR EDUARDO LABORDA


Sabíamos poco de Marcial Buj ‘Chas’ (Zaragoza, 1909-1959), humorista, caricaturista y periodista, que trabajó en varios períodos en HERALDO. Hijo de reportero que estuvo en la batalla de Alhucemas (allí lo retrató, en 1925, Manuel Arribas), hizo un poco de todo: exponía en el Casino Mercantil, asistía a las tertulias de cafés como el Niké o el Jauja, “mezcla de salón de té, bar americano-coctelería y restaurante marinero”; acudía a restaurantes como Borsao o Ruiseñores, y a hoteles como Florida o Regina; participaba en las ceremonias de la Cofradía de las Barbas en el Canal Imperial y frecuentaba a otros creadores como Luis Mata, Manuel Bayo Marín, con quien rivalizó amistosamente, y Manuel del Arco, al que se parece mucho en su pasión por el dibujo y las entrevistas vertiginosas. Sentía una especial atracción por los cementerios y por el mundo del circo, con el payaso Ramber a la cabeza. El pintor y escritor Eduardo Laborda le dedica el volumen: ‘Chas. De Salduba a Las Vegas’ (Iris Lázaro editora), que continúa la generosa tarea emprendida con ‘Zaragoza. La ciudad sumergida’ (2008) y ‘Bayo Marín. Entre luces y sombras’ (2010), y con su obra plástica y cinematográfica. Eduardo Laborda es, con su compañera Iris, algo más que un coleccionista o un curioso: ama la historia artística de la ciudad en todos sus frentes, la rastrea, la desmenuza, la dignifica y la ordena. De ese esfuerzo y de los golpes del azar nacen sus publicaciones, elaboradas con generosidad y con auténtica obsesión por las imágenes. En ‘Chas’ se ha soltado un poco más la mano para mezclar el sueño de la ficción con la realidad, trabajada hasta el último detalle en horas y horas en la hemeroteca. Por eso el volumen está lleno de acontecimientos, de chistes gráficos e historietas, de fotografías inéditas (como la de Cecilio Navarro, de rostro aniñado), de seres increíbles como ese Saturnino Gutiérrez que lo mismo falsificaba billetes que entradas de fútbol, el fotógrafo Antonio o ‘Abelmi’, que introdujo en Zaragoza “los gélidos aires neoyorquinos”, y aún vive, cerca ya de los 90 años. Chas se casó con Maruja Arnal, “soñadora, discreta y elegante”, y halló solaz en la prensa: la pianista Pilar Bayona no le soltó prenda acerca de sus enigmáticos amores y en el Gran Hotel, en 1956, Dalí le dijo que “Zaragoza es piramidal, sólida, eterna”. ¡A ver quién supera eso!

*Este texto se publicó el pasado domingo en Heraldo de Aragón, en la serie ’Cuentos de domingo’. Portada del libro que edita Iris Lázaro.

ÁNGEL ANADÓN: EL HUÉSPED PRINCIPAL

ÁNGEL ANADÓN: EL HUÉSPED PRINCIPAL

ÁNGEL ANADÓN: EL HUÉSPED PRINCIPAL.
Todos los teatros tienen un fantasma, un huésped o un gerente que dirige sus pasos, que recibe a los artistas y al público a diario. Un centinela que conoce todos sus secretos, sus pasillos, alguien que retiene en el fondo de su memoria instantes, gestos, actuaciones, la gran noche de la palabra y el sueño. Y el del Teatro Principal, al menos desde 1948, era Ángel Anadón, que había sido baloncestista en su juventud. Parecía que siempre había estado allí como un testigo apasionado y silencioso. Encarnaba la discreción: no concedía entrevistas ni jamás se le escapaba un chisme. Le gustaba más el teatro clásico, de repertorio, que el de vanguardia: para él, el teatro era el afán de discernir la vida con entretenimiento, hondura y verdad a través de un montaje meticuloso. Odiaba el tedio como a los forajidos y siempre echaba una mano con las estrellas, ya fueran fáciles o difíciles: José María Rodero, Marsillach, López Vázquez, Albert Boadella, Nuria Espert, Pilar Bayona (que, tras la disolución del dúo zaragozano Pili y Mili, hizo carrera teatral), Concha Velasco, Sacristán, Maya Plitseskaya o Jeanne Moreau. Lo ha visto casi todo como anfitrión, como programador (asistido en los años 80 por Pilar Ariza) y como espectador. Tenía su refugio: un despacho y una salita, que era también un recinto de tertulias y el segundo hogar con las fotos dedicadas, los programas de mano, esos papeles, satinados o amarillos, que dibujaban su biografía insondable. Ángel Anadón miraba Zaragoza desde el Principal. Vivió, desde su teatro bicentenario, al que supo hacer nuestro, las fiestas del Pilar con especial cariño. Siempre eran fechas de funciones populares, de impacto directo, a veces concebidas para aquellos que solo van al teatro en estas fiestas. Disfrutaba sin aspavientos, con la sabiduría de los pacientes que juzgan sin severidad el esfuerzo más sincero. No descuidó a las compañías aragonesas y el Principal fue el escenario coral, el caserón de lujo, el palacio de los actores, de los músicos y de los bailarines. Aceptó su relevo, por Rafael Campos, con más melancolía que decepción, era su “adiós a todo eso”, a la manera de Robert Graves. En los 80, el fotógrafo Pedro Avellaned le hizo un retrato, contrastado, de intensidad, enigmático, duro; en él, Ángel Anadón se rebelaba como lo que fue, como lo que era: todo un actor de carácter.

*Se publicó ayer en la serie 'Cuentos de domingo' de Heraldo.

**La foto es de Heraldo.

CINE: 'LA PLAYA DE LOS AHOGADOS'

CINE: 'LA PLAYA DE LOS AHOGADOS'

Domingo Villar es un estupendo narrador de una novela negra muy personal, más laboriosa y rica en matices que efectista, aunque inserta en las claves del género. Ha creado a dos personajes antagonistas, Leo Caldas, detective, apasionado de la radio, ambiguo en ocasiones y un tanto lacónico, y Rafael Estévez, aragonés, directo, a veces brutal, que tiene una vida más allá de sus casos policiales y al que a veces le incomoda la ambigüedad galaica. Ambos, Caldas y Estévez, han protagonizado casos, dos novelas de Domingo Villar: ‘Ojos de agua’ (Siruela, 2006) y ‘La playa de los ahogados’ (Siruela, 2009). Esta segunda, más ambiciosa y extensa que la primera, acaba de ser llevada al cine por Gerardo Herrero, director y productor. Carmelo Gómez es Leo Caldas; Antonio Garrido es Rafael Estévez. Entre otros, los acompañan Celso Bugallo, que hace de papel de tío de Caldas, enamorado del vino; Luis Zahera, aquel ‘Petróleo’ inolvidable de ‘Mareas vivas’, es aquí el enimgático Arias; Pedro Alonso encarna a Valverde. Y, entre otros actores más que interesantes, figuran Tamar Novas (que está muy bien: qué modo de mirar a la cámara, de reflejar una intimidad angustiosa), Celia Freijeiro, tan bella y esbelta, que intuye la maldad, Marta Larralde, Deborah Vukusic, actriz y poeta, María Vázquez, que tiene un momento capital, Carlos Blanco, etc.

La acción sucede en Vigo, Panxón y Aguiño, y en las costas de Galicia. Una mañana aparece entre las rocas el cadáver de un hombre, Justo Castelo. Todo da a entender que se trata de un suicidio, pero las primeras pesquisas, en realidad, llevan a otro lugar: a una noche de tormenta de 2001, a un naufragio, a la historia de tres amigos, jóvenes marineros, que viajan con el capitán Sousa, que desapareció entonces. En esa noche parecen concentrarse las razones de un suicidio que quizá sea un crimen, porque Justo Castelo era uno de los tres marineros, con Arias (Luis Zahera) y Valverde (Pedro Alonso). Y solo hasta aquí, casi nada, se puede decir.

Domingo Villar y Felipe Vega han hecho un guion claro. Coherente. Un guion que intenta sujetar en poco más de 100 páginas las casi 500 de la novela. Arman el esqueleto, pero lo llenan de sugerencias, de misterio, de escondrijos. Gerardo Herrero, con ese material, se inclina por una película contenida, sobria, de ejecución meticulosa, que confía mucho en la fuerza del libreto y de sus personajes, en la tensión y complicidad entre Caldas y Estévez, pero también en las posibilidades de algunos personajes secundarios: Bugallo, por ejemplo, que estaba en la novela y refuerza los lazos familiares de Caldas. Y algunas mujeres, que acaban siendo el coro casi griego de una película sobre la amistad, el embrujo del mar, los errores de juventud, el miedo, el silencio, la culpa y, por qué no decirlo, el deseo de venganza.

A Gerardo Herrero le ha salido una película correcta. Precisa. Tradicional. Le ha importado más la coherencia y una cierta lentitud, la claridad, que el efectismo o el deslumbramiento. La acción es mínima, más mental, deductiva, que otra cosa: el peligro, en realidad, está más en el pasado que en el presente, aunque se juega muy bien con la caja de las sorpresas y el interés no decae. Quizá le falte un poco de sal, de audacia, como si aún el director no tuviese del todo claro cómo son o cómo deben ser los personajes principales y la medida de su antagonismo. Tampoco se atreve a desarrollar en exceso el misterio del país de la lluvia. La película de Gerardo Herrero, de inequívoco género policial, no tiene el poderío de la novela, sin duda y sabemos que decirlo es un lugar común -novela que también avanza despaciosa sobre todo en la primera mitad siempre con muchos detalles y complejidades-, pero se deja ver con gusto. Hay oficio, buenos momentos, capacidad de persuasión, intriga. Y bien podría ser el principio de una serie sobre Caldas y Estévez.  

Lo he pasado bien, me alegré mucho por Domingo Villar, y me he reído en bastantes momentos. Iba con el escritor y profesor José María Collados. Solo había un espectador más en la sala: Carlos. Nos dijo que había leído la novela dos veces y que le había encantado. Cuando empezaba la película, llegó otro. La vimos a las cuatro cuarenta y cinco en una estupenda pantalla de los Palafox.

 

*Tomo de aquí la foto de Marta Larralde. 

https://pbs.twimg.com/profile_images/605666074277908480/fI7feDnF_400x400.jpg

**La de la película la tomo de ABC.

FERNANDO AÍNSA: DOS TEXTOS

FERNANDO AÍNSA: DOS TEXTOS

[Fernando Aínsa, mallorquín pasado por Uruguay y París, se siente ciudadano del mundo, pero también un escritor aragonés, territorio donde ha recalado desde hace unos años. Posee casa en Oliete, Teruel, y por supuesto en Zaragoza. Escritor, crítico, periodista, publica un nuevo libro: ’Capitulaciones del silencio y otras memorias’ en el sello Olifante, donde ya ha publicado varios títulos. Aquí tiene la cortesía de ofrecernos dos textos de este nuevo proyecto que alterna el verso y la prosa.]

NEFERTITI EN EL SALÓN

 

Mi padre,

cuando lo despidieron y le dieron una pequeña indemnización, desarrolló una actividad inesperada:

ir a las subastas de objetos embargados y pujar por las cosas más insólitas y heterogéneas.

(La más extraordinaria fue la compra de una pianola con cincuenta rollos de música clásica muy diversa. Dando con fuerza a los pedales y sobrevolando con sus manos las teclas que subían y bajaban, atronaba con sus conciertos nuestra casa y la de los vecinos.

Tenía una expresión feliz y parecía olvidar las dificultades económicas en la que estábamos sumidos y que a mi madre le quitaban el sueño y la volvían cada vez más agria.

Pero la historia de esa pianola la dejo para otro día, ya que esta de hoy debe ser una memoria poética).

 

Un día mi padre se apareció con una caja de tamaño regular.

Vino en taxi, lo que indignó a mi madre, y nos aseguró, mientras la abría ante  la curiosidad de mi hermana y la mía, que esa era “una excelente inversión”.

Había comprado por un precio que decía “ridículo” la reproducción exacta del busto de Nefertiti que está en el centro de la sala de la Cúpula Norte del Museo Egipcio de Berlín.

Al descubrirla quedé deslumbrado por su belleza:

ojos almendrados, orejas delicadas

(una medio rota, “como en el original”, precisó mi padre),

cuello largo y esbelto, nariz estrecha y recta, elegancia innata, labios carnosos con un ligero esbozo de sonrisa,

todo invitaba a identificar en ella la hermosura que deslumbra por su perfección.

Nefertiti pasó a ocupar un lugar central en el salón de nuestra casa y su mirada parecía perseguirme cada vez que pasaba a su lado.

Imaginé su edad y por lecturas que me procuré supe que a los quince años fue la esposa del faraón Amenhotep IV y que su nombre significaba “la bella ha llegado”.

La “bella” había efectivamente llegado a nuestra casa y desde ese momento ninguna mujer me parecía suficientemente hermosa; menos aún las chicas del piso de arriba del Instituto Ramón Llull de Palma de Mallorca donde cursaba bachillerato, que alguna vez me habían sonreído al cruzarnos a la entrada o la salida.

Corrían los años cincuenta del siglo pasado; yo tenía trece años y ninguna experiencia, más allá de haber jugado a las escondidas con las amigas de mi hermana y aprovechado la penumbra de un armario para aventurar mi mano sobre un pecho trémulo. De besos, ni hablar.

 

La belleza de Nefertiti cobraba en las noches de luna llena una intensidad aún mayor. Cuando lo descubrí me levantaba y pasaba largos momentos observando su perfil iluminado por esa luz tenue, pero tan sugerente pues parecía darle vida. Una noche me acerqué hasta sus labios y mirándole a esos ojos que me habían seducido desde el momento en que emergió de su embalaje, la besé.

Desde ese día, las noches de luna llena, la besaba, cada vez más experimentado y me parecía sentir una calidez que viajaba a través de los siglos,

desde un remoto valle del Nilo, iluminado por esa misma luz de una luna intensa, haciendo flagrante mi transgresión.

Cuanto la besaba me embargaba una creciente emoción que me recorría el cuerpo. Descubrí así el deseo y la excitación. Creí entonces estar enamorado y soñaba con ir un día a Berlín a ver la auténtica Nefertiti, protegida por un vidrio irrompible que mi mirada atravesaría con la misma intensidad de entonces.

Más la besaba, más fuerte era mi deseo, hasta que una noche sentí un estallido inédito en mi cuerpo y descubrí en la humedad cálida que me empapó, lo que era la satisfacción del amor.

Años después, extraviada Nefertiti en una tumultuosa mudanza unida al divorcio de mis padres, cuando empecé a besar chicas y mujeres en Montevideo, cerraba los ojos para revivir aquellos momentos de mi pubertad.

Pero nunca pude volver a sentir la emoción de aquellas noches de luna llena, ni ninguna de ellas pudo comparar su belleza a la de Nefertiti, sobre la que un entusiasta arqueólogo alemán había dicho: “Tenemos en nuestras manos la obra de arte egipcio más llena de vida”.

Tengo ahora más de setenta años y no he ido todavía a Berlín.

 

Sin embargo, cualquier día de estos tomo un avión para sucumbir en esa sala del Museo Egipcio al hechizo inalterable de su encanto, como el millón de visitantes que acuden anualmente a verla. Pero ninguno —estoy seguro— la habrá besado como yo a mis trece años.

 Anne Baxter, con Yul Brinner, como Nefertiti en ’Los diez mandamientos’.

 

DORA, DORITA

[“Mi caravana” de Jorge Sepúlveda,

fue una canción de moda en los años cincuenta

del pasado siglo.]

 

 

Se instaló en nuestra casa como una tromba de imperiosa juventud.

Cantaba pasando el plumero : “Cantando va alegre. Su patria está lejana.

Errantes van en caravana.

Pueblos y pueblos los ven pasar”

Fregando el suelo arrodillada

            (como se hacía entonces)

moviendo las caderas al ritmo de su voz

entonaba: “tan sólo él no ríe.

            Su vida es un sollozo.

            Perdió su amor, perdió su gozo”

y el rubor de sus mejillas ardía en la mirada con que esquivaba la mía.

El sudor de las axilas marcando un arco en la ceñida camiseta,

aureola que expandía a su paso en la cocina

el almizcle que turbaba mis sentidos.

 

Por aquellos años

—tendría yo trece—

sabia poco, ignoraba muchas cosas, pero sospechaba otras tantas.

Quería adivinarlas, porque de eso no se hablaba por aquel entonces,

tiempos de confesionario y de culpables pecados nefandos.

Todo eran rumores, cuchicheos entre amigos, risas nerviosas, cómplices,

primeros vellos en el cuerpo desgarbado que se estiraba desorientado.

 

Desde el tragaluz de la terraza se podía ver el ventanuco del retrete.

Lo descubrí por casualidad jugando, viéndola entrar un día,

levantarse la falda, bajarse las bragas, para desaparecer de mi vista,

solo los pies sobresalían en un escorzo del probable estar sentada.

Del intenso chorro golpeando la porcelana,

tengo aún la memoria con que mi oído recibió el turbador mensaje

de su grieta entreabierta.

Más aún de la mirada con que vuelta hacia arriba,

me descubrió mientras se recomponía,

con una sonrisa.

 

Desde ese día, pasaba mis horas en la terraza,

—a veces con un libro en la mano—

la mirada pendiente de aquel retrete,

esperando escuchar aquel chorro de orina espléndido,

que imaginaba dorado,

derramado con la intensidad que da la juventud que todavía se ignora a si misma.

 

Esa fue nuestra única complicidad.

El rumor de sus aguas rociadas con fuerza,

la mirada con que recompensaba mi paciente espera y la intensidad con que yo respiraba en lo alto, al intentar,

                        infructuosamente,

aspirar su íntimo efluvio.

 

Años después me diría, que ella, con sus olores tan naturales, “dilató por primera vez la nariz de mi corazón”, como anotó el poeta[1].

 

Porque Dora, Dorita, se fue de nuestra casa un día, como había llegado,

cantando “la caravana con sus cantos y risas.

La ruta sigue sin sentir su dolor”.

 



[1] El poeta José Watanabe en su poema “Canción” escribe:

 “Pichí de mujer/ no es pichi de hombre, supe. Pichí de mujer/ se expande y se hace atmósfera, marejada/ concupiscente…” (Cosas del cuerpo,  Lima, El Caballo rojo, 1999).

 

**La foto de Fernando Aínsa es de Josian Pastor.

TES NEHUÉN: POEMAS

[Tes Nehuén es una periodista y poeta argentina instalada en Málaga, pero viaja allá donde la poesía se pone por montera y por bandera de emoción, de conocimiento y de intercambio. Acudió a Cosmopoética y entrevistó a poetas como Pablo García Casado, acaba de publicar ’García’, a Juan Cruz, etc. Aquí ofrezco una pequeña selección de su poesía.]

 

 

REFLEJO

No la luna, sino esa aureola que ensucia la noche.

No el ataúd sino el pozo que hacen los enterradores en el suelo.

No mi madre, sino el perfume que se pegó a mi memoria.

No mi infancia, sino el auténtico pálpito de otro tiempo.

No las caléndulas, sino la tierra teñida de rojos y amarillos.

No la poesía, sino la sensación de haber vivido.

La huella que queda detrás de las cosas.

Las celdas abiertas.

************************************************************

 

ARQUITECTURA DE LA MEMORIA

Construimos ciudades para dejar constancia

de quién fuimos alguna vez en esta parte.

Mi abuelo era arquitecto, construía castillos

con naipes de mentira.

Yo tenía 6 años y conocí la iglesia

que llevaba su nombre como un sello.

‘Esto lo hizo tu abuelo’ (el de la foto; busqué en mi cabeza)

Nos quedan los recuerdos que otros nos enseñan.

Como mártires chocamos contra el blanco

de la muerte invisible,

nuestro cuerpo se aferra con dientes

a miradas suspendidas en un tiempo inalcanzable.

¿Qué sería de la historia si nadie la escribiera,

qué recordaríamos de tantas y alguna guerra?

Construimos ciudades y puentes y escribimos

mientras el mundo gira y devora nuestro aire.

************************************************************

 

HERENCIA

Soy lo que no he podido dejar atrás:

una madre con cáncer pálida y silenciosa,

un padre con asma que se asomaba

al abismo con ojos verdes de mar y deseo

y su cuerpo estallaba en la silla colorada,

unas llagas en un cajón de fruta.

 

Soy el pedazo de mí que ha quedado.

Mitad náufraga medio esqueleto

que resiste en un cuerpo que no le pertenece.

Miro las cosas sin verlas

araño el tiempo que me queda

y vuelvo siempre a sentarme

en un cajón volcado,

sacudida por el asma y por el cáncer.

************************************************************

 

TERRONES DE AZÚCAR

Un pájaro se ha posado en el alféizar

de mi ventana rota

mastica sus plumas con rapidez

la insistencia del orden lo impulsa.

Al marcharse, un colchón de plumaje

se extiende ante mis ojos.

Las alas nuevas vuelan;

en mis pupilas se han posado

terrones de azúcar.

************************************************************

 

QUE LOS VIVOS RECUERDEN

Escribir sobre lo que nos pasó,

como rompiendo cascotes en una tierra árida.

Las guerras se lo llevan todo,

         y seguimos combatiendo;

el hambre nos impide pensar,

         y nos estalla el cerebro;

las cosquillas no las sentimos,

         se ahueca la comisura de nuestros labios.

Escribir de nosotros, de ellos;

de los muertos,

         de los que no vuelven;

de los vivos,

         de los que odiamos;

de los perdidos,

         de los inolvidables.

Escribir para evitar que el mástil

de nuestro barco húmedo, se desplome

y nos obligue a callar lo que sabemos.

Escribir para que los vivos

                            recuerden

y los muertos descansen

                            finalmente.

************************************************************

 

NAUFRAGAMOS

No quiero volver a decir

las palabras que ya no me merecen.

Huyen mis manos a tocar la tela

que yace inmóvil dentro del féretro.

Volvimos a un punto en que las orugas

jamás aprenden a volar, inmóviles

en un tiempo sin huida.

Y pienso que da igual si la casa se derrumba,

si las canas debo peinarlas

si mis hojas valen de algo para esta humanidad.

En mi mudo retrovisor una línea cada vez

más pronunciada separaba nuestros sueños:

la infancia nos prepara para este silencio,

a mirar con arrogancia toda esa vida rota

que ahora se derrama en nuestros límites.

Volvimos. Y toda esa distancia horadada por mis duendes

enmudecida en cada una de tus llagas

es todo lo que nos queda.

Te veo partir. Y en la distancia

tus manos blancas enmudecen la guitarra

mi piel no llora, no te añora

porque todo lo que acaba se diluye.

Ya no quiero decir esas palabras

que no nos visitan hace tiempo

porque no nacen las mañanas para que

las desperdiciemos como el reloj las campanadas,

para que las quebremos sin escrúpulos

con esa arrogancia ¿entendés lo que digo?

Eso de las cosas muertas, innecesariamente recordadas.

Y sin embargo, la rabia me ciega...

Y sin embargo, veo, veo, veo más que hace años,

más que en ese tiempo en que el camino nos traía

hacia la casa; con el dulce en el fuego,

y el frío en el techo de chapa.

Pero veo, veo, más que todos tus amantes.

¿Sabés? Da tanto miedo despertar

y ver que todo se desploma, que se acartona la sonrisa,

se apaga ese fuego y se pudre el dulce.

Da tanto miedo asumir que seguimos creyendo en espejismos.

Pero veo, veo. Porque abrir los ojos

siempre es despertar,

incluso en el naufragio.