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Antón Castro

VIDA Y OBRA DE ELVIRA DE HIDALGO

VIDA Y OBRA DE ELVIRA DE HIDALGO

[Desde el pasado 14 hasta el domingo 19 se celebra en Valderrobres en IV Festival de Canto Elvira de Hidalgo. Se puede ver toda la información aquí.

https://cursoelviradehidalgo.wordpress.com

Yo estaré en el concierto de alumnos del domingo, a las 20.30. recupero este texto que le dediqué a Elvira de Hidalgo.]

 

RITUALES DE SOL. Elvira de Hidalgo (Valderrobres, Teruel, 1891-Milán, 1980) fue una gran soprano: encarnó como nadie a la Rosina de ‘El barbero de Sevilla’. Actuó con Miguel Fleta. Fue la maestra de canto de la estrella griega.

 

LA DIVA QUE MODELÓ A MARÍA CALLAS

 

Antón CASTRO

Elvira de Hidalgo ha pasado, con justicia, a la historia como “la maestra de María Callas”, porque fue su profesora de canto y su Pigmalión, tal como ha escrito Javier Barreiro en ‘Voces de Aragón’ (Ibercaja, 2004). La soprano se encontró con ante una cascada de sonidos no del todo controlados, pero cerré los ojos y me imaginé el gozo que tendría moldeando semejante metal, en darle forma hasta la perfección”. Eso hizo entre 1939 y 1943, durante su estancia en Atenas, aunque en realidad no dejaría de hacerlo desde entonces. Le acompañaría en algunas de sus actuaciones en París y en Barcelona, y estaría siempre al otro lado del teléfono como una amiga, una confidente, como una madre y como la asesora artística de aquella mujer de corazón frágil, que nunca superó la ruptura con Aristóteles Onasis. Pero, en realidad, Elvira de Hidalgo es una cantante de ‘bel canto’ con un lugar en la historia: es probablemente una de las mejores Rosinas de ‘El barbero de Sevilla’ de Rossini, papel que le exigió un gran esfuerzo vocal, en los agudos y sobreagudos, y una más que correcta Amina de ‘La sonámbula’ de Bellini, otro de sus grandes papeles. Actuó en los grandes escenarios del mundo, desde su debú en Nápoles en 1908, con solo 16 años, hasta prácticamente su retirada, hacia 1936.

Elvira Juana Rodríguez Roglán había nacido en Valderrobres, esa villa con puente y castillo que baña el río Matarraña, en 1891. Su padre, Pedro, era granadino y su madre, Miguela, era valderrobrense. Cuando se dedicó a la ópera decidió cambiarse el nombre: se puso Elvira de Hidalgo en homenaje a su abuela materna, que era de Pamplona. Poco se sabe de su infancia; sí consta que sus padres tenían una tienda y que contó con un maestro de música, Joaquín Fuertes, que estimuló su vocación. Hacia 1902, la familia se trasladó a Barcelona y ella empezó a estudiar en el Conservatorio del Liceo, y sus progenitores regentaron un estanco, llamado “el estanco de las cantantes”. Al parecer, antes lo habían llevado los padres de la diva María Barrientos, que sería su primera maestra; todo parece indicar que era un local que el teatro barcelonés ponía al servicio de las familias de las promesas de la ópera. A María Barrientos le sucedió Conchita Bordalba que, en 1907, le ayudó a conseguir una beca para estudiar en Milán, al amparo de Melchor Vidal.

A partir de entonces, su carrera inició una proyección imparable: fue requerida en Nápoles y debutó con ‘El barbero de Sevilla’ con Titta Ruffo. Obtuvo un gran éxito y pronto sería reclamada por un Raoul Gunsbourg, del Teatro Casino de Montecarlo, que la contrató para sustituir a Selma Kurz en el Teatro Sarah Bernhardt de París. Cantará, entre otros, con Dimitri Smirnov, Mario Ancona, Antonio Pini y Feodor Chaliapine, que a sus dotes de cantante unía unas formidables dotes de actor (Elvira lo convenció para que cantase ‘Marina’ en el Liceo, y lo hizo en “muy buen español”), algo que también caracterizará a la artista turolense. La aragonesa convenció de tal modo a Gunsbourg que la llevará a Montecarlo y de gira por numerosos teatros del mundo: el Metropolitan de Nueva York, el Teatro Colón de Buenos Aires, el Covent Garden de Londres y, por supuesto, el Teatro Liceo de Barcelona y el Teatro Real Madrid. Casi resulta más difícil decir que teatro se le resistió. Tuvo éxitos clamorosos.

Ese lapso de un lustro, entre 1908 y 1913, fue magnífico, pero aún vivió otros momentos maravillosos posteriores: en 1916 fue elegida para celebrar el centenario de ‘El barbero de Sevilla’ en La Scala de Milán. Y en 1923, cantaría de nuevo ‘Rigoletto’ en el Teatro Real con Miguel Fleta, que ya habían presentado en el Teatro Colón de Buenos Aires; en cierto modo, el éxito y su trayectoria le facilitaron volver al Covent Garden de Londres y al Metropolitan de Nueva York. Era el reconocimiento a un magisterio incuestionable. Javier Barreiro –y con él otro estudiosos de su obra como Miguel Ángel Santolaria, Juan Villalba, Lola Campos o Mario Sasot, que buscó sus huellas en Valderrobres- señala que “un magnífico fraseo, modelo de musicalidad natural, lo agilísimo de sus agudos y su desenvoltura en escena constituyeron la base de su prestigio”. Era conocida como una “soprano d’agilitá”. Barreiro añade que “si grande fue como cantante, también lo fue como actriz”, porque junto a “su magnífica técnica y sus grandes facultades” poseía salero y gracia personal.

Se casó en dos ocasiones: en 1915 con Guido Zarabelli y, al enviudar de este, con Armande Bette, director del Teatro Nacional de Ostende. Al parecer también había sido pretendida por el Agha Khan, que se casaría luego con Rita Hayworth. Se retiró en 1936, y poco después comenzaría su carrera de maestra: primero estuvo durante diez años en Atenas, entre 1939 y 1949, donde descubrió a la jovencísima Maria Kalogeropoulos, María Callas (cuenta Juan Villalba que le sugirió que cantase dos piezas sobre la libertad, cuando Grecia estaba sometida por los nazis: ‘Tosca’ de Puccini y ‘Fidelio’ de Beethoven). Más tarde, entre 1949 y 1954 dio clases en el Conservatorio de Ankara. En 1959 se asentó definitivamente en Milán y se vinculó como catedrática vitalicia a La Scala.

Falleció en 1980. Nunca volvió a su localidad natal, sí a Barcelona, y dicen que “aquella diva de los pies a la cabeza” se había vuelto un poco excéntrica. Su sobrina Montserrat Puch refería a Mario Sasot y a HERALDO esta anécdota de 1964: “A la hora de comer sentaba a su mesa a su perrito faldero, le colocaba una servilleta alrededor del cuello y exigía que le dieran un filete igual que el de ella”.

 

LAS ANÉCDOTAS

 

Cariño y complicidad. Cuando se encontraron en Atenas en 1939, María Callas era una joven miope y más bien gorda. Elvira de Hidalgo la ayudó a modular y controlar la voz, a usar el vestuario adecuado, a moverse como una actriz y a elegir sus partituras. Siempre estaría ahí luego como una sombra tutelar. Escribe Lola Campos en ‘Mujeres aragonesas’ (Ibercaja, 2001): “En 1969, cuando una María Callas en horas bajas decidió de nuevo subir la cuesta del éxito, ahí estuvo su maestra española, que se desplazó de Italia a París para hacer renacer a su estrella. Elvira, sacando fuerza de sus casi ochenta años, recuperó a la artista que había creado y recuperó, en parte, a la persona que naufragaba”.

España en el corazón. Elvira fue objeto de varios homenajes; en 2003 la Asociación de Amigos de la Música de Zaragoza cantó en Valderrobres. No se sentía reconocida en España, aunque, como recuerda Lola Campos, “hizo de la canción ‘De España vengo’ una compañera inseparable. Poco después regresó en varias ocasiones para ser miembro de jurados de canto o participar en actos culturales”.

 

 



LUISA CASTRO: DE AMOR Y TIEMPO

LUISA CASTRO: DE AMOR Y TIEMPO

[En 2005, Luisa Castro publicaba en Tusquets ‘Amor mi señor’. En la sección ‘Tiempo’ aparecía este poema, sin título, que puede (o quizá deba) leerse como una composición de amor. Las fotos son de la artista de Avilés Rebeca Menéndez, invitada de PhotoEspaña en 2012.]

 

Oh, Tiempo,

amante más que ninguno,

aquí me tienes para tus enseñanzas,

para tus expansiones,

para tus nudos de corbata.

 

Aquí me tienes para tus noches

y el recreo estival,

y para ser tu intercesora

en los debates más encarnizados.

 

Estaré de tu lado

taimadamente, como las novias

que no toman partido

pero que no se retiran jamás del lugar

donde los hombres más valientes

son amenazados.

 

Desde allí todo lo ven

con su ojo atento y forzado

y un embarazo de apenas dos meses

en el que aún no piensan.

 

Y cuando vengan los pistoleros,

oh, Tiempo,

yo como las novias arrebatadas

esperaré hasta que caiga

la última de tus gotas de sangre

prestándote todo mi apoyo,

animándote.

 

Quiero servirte de consuelo

hasta el último segundo de tu existencia,

Tiempo.

 

Quiero acompañarte toda mi vida

en los escalones

hechos sobre la marcha

de tu infinito atardecer.

 

-Del poemario ‘Amor mi señor’ de Luisa Castro. Tusquets: Nuevos textos sagrados. Barcelona, 2005. Foto de Rebeca Menéndez.

DANIEL GASCÓN RETRATA AL CINEASTA FERNANDO TRUEBA

DANIEL GASCÓN RETRATA AL CINEASTA FERNANDO TRUEBA

LO QUE DEBO A FERNANDO TRUEBA

[El director de ’Belle Epoque’ o ’La niña de tus ojos’, entre otros títulos, acaba de ganar el Premio Nacional de Cinematografía. Daniel Gascón, en el blog de ’Letras Libres’, la revista de la que es editor, publica este artículo sobre él. Fernando Trueba, en diversas direcciones, ha sido decisivo en la vida de mi familia y de muchos de mis amigos.]

http://www.letraslibres.com/blogs/blog-de-la-redaccion/lo-que-debo-fernando-trueba

 

Por Daniel GASCÓN

Fernando Trueba (Madrid, 1955) es uno de los mejores directores europeos de su generación. Lo más sorprendente del Premio Nacional de Cinematografía que ha obtenido esta semana es que no lo hubiera recibido antes. Es una figura central en la cultura española de la democracia. También es una persona importante en mi vida.

Lo conocí una tarde de invierno de 1996: él había ido a Zaragoza con su hermano David y con el director de cine José Luis García Sánchez. Los había invitado Luis Alegre para la sesión inaugural del ciclo Yo confieso, donde cineastas respondían las preguntas del público.

Yo sabía algunas cosas de Trueba. Sabía, por el libro de Alegre, Besos robados, que no gritaba en los rodajes y que decía que las canciones de Brassens tenían la respuesta a todas las preguntas de la vida. También sabía que creía que los actores guapos eran mejores, porque la gente iba al cine a enamorarse. Había visto sus películas -aunque solo dos en el cine, Belle Époque, que había adaptado al cómic en un trabajo de plástica, y Two Much- y sabía cuáles eran sus diez películas y sus diez directores favoritos. En una entrevista deFotogramas le preguntaban cuál era su deporte preferido y decía: “Ir al cine”; en otra respondía: “Si hay que hacer alguno, nadar.” Le apasionaba el jazz latino y había querido ser pintor pero había descubierto “que no tenía la inteligencia en las manos”. Le gustaban las novelas de Truman Capote y de Francis Scott Fitzgerald, y yo había empezado a leerlas por eso. Decía que solo le interesaba la vanguardia si era divertida.

También sabía que había dirigido una revista de cine,Casablanca, y que había sido crítico en publicaciones comoGuía del Ocio y El País. Estaba detrás de la editorial Plot, algunos de cuyos libros yo había leído: por ejemplo, las conversaciones con Wilder y Mankiewicz, Backstory: Conversaciones con guionistas de la edad de oro o el guion de Los peores años de nuestra vida, que me enseñó que existía otra manera de escribir. Si ese libro me hizo descubrir a Woody Allen (antes por escrito que en la pantalla: un compañero de trabajo de mi madre, un enfermero que tenía Canal + y me invitaba a su casa los domingos para ver el fútbol, me dejó Sueños de un seductor), aprendí quién eraBilly Wilder gracias a Fernando Trueba (que entrevistó a Woody Allen acerca de Balas sobre Broadway). La noche en que lo conocí hablamos de Berlín Occidente, que yo acababa de ver en el cineclub de La 2. Sabía que había hecho una película sobre un amigo:Salida de la prisión de Torrero del escritor Félix Romeo, encarcelado por insumisión. (Félix estaba en la sala aquella tarde.) Fernando y David Trueba y García Sánchez quedaban a comer con otro de mis ídolos: Rafael Azcona. Sabía también, por el libro de Alegre, que Trueba tenía un hijo de mi edad, que con el tiempo se convertiría en mi mejor amigo.

Fernando Trueba ha dirigido algunas de las mejores películas del cine español. Entre mis preferidas están El año de las lucesBelle Époque, que escribió Azcona y tratan del deseo y el aprendizaje. La primera, una historia dura y conmovedora sobre el despertar sexual ambientada en la posguerra, se basa en un episodio de la vida del suegro de Fernando, Manolo Huete. La segunda mezcla un espíritu renoiriano con una negrura valleinclanesca (aunque el suicidio del cura se achacaba a la lectura de Unamuno). Divertida, coral, sensual, pero también desoladora, es una fantasía sobre la libertad y la renuncia, una parábola sobre la Segunda República. La niña de tus ojos, cuya continuación se rodará en 2016, también es una historia de época (como El embrujo de Shanghai, basada en la novela de Marsé, y el bello filme de cámara El artista y la modelo), sobre unos españoles que van a rodar en los estudios de la UFA en la Alemania nazi. Una de mis preferidas es una obra muy distinta: su primera película, Ópera prima, que me hace pensar en la vida de mis padres antes de que yo naciera.

Trueba reivindica la importancia del guion y sus películas combinan tonos diversos, un talento especial para la dirección de actores y un elemento romántico. Logran que un equilibrio complejo parezca elegante y sencillo. Muchas veces hablan de las decisiones, de la cuestión de la elección.

En su trayectoria siempre ha habido un elemento de riesgo. Ha abordado la comedia a la manera casi clásica: Sé infiel y no mires con quién y en Two Much eran al mismo tiempo homenajes y precisos ejercicios de estilo. Su segunda película, Mientras el cuerpo aguante, era una gran pieza heterodoxa sobre un gran heterodoxo, Chicho Sánchez Ferlosio. Ha participado en ambiciosas producciones internacionales, como El baile de la victoria, y ha trabajado con guionistas tan distintos como Azcona, Ignacio Martínez de Pisón, Jean-Claude Carrière y David Newman. En sus películas aparecen actores como Jeff Goldblum, Penélope Cruz, Jorge Sanz, Fernando Fernán Gómez, Gabino Diego, Maribel Verdú, Aida Folch, Jean Rochefort, Eli Wallach, Antonio Resines; ha trabajado con Javier Aguirresarobe, Pierre Gamet, José Luis Alcaine, Javier Mariscal, Carmen Frías, Marta Velasco...

Aunque su terreno natural parece la comedia, ha hecho incursiones en otros géneros, como El sueño del mono loco. Ha realizado un documental musical como Calle 54 y una película de dibujos animados (Chico & Rita). Ha rodado en la República Checa, Chile, Estados Unidos, Brasil. Ha hecho películas que han sido enormes éxitos de público (Belle ÉpoqueTwo Much) y otras más minoritarias.

Junto a la productora Cristina Huete, su mujer, ha creado una pequeña e inquieta factoría cultural. Ha producido películas de directores como Emilio Martínez Lázaro y Félix Viscarret. En televisión, ha producido series innovadoras, como La mujer de tu vida, y un programa de culto, El peor programa de la semana (retirado de antena porque los productores y el presentador, el Gran Wyoming, se negaron a aceptar la censura de Televisión Española). Experto en jazz y divulgador del género, como productor musical ha inventado combinaciones como la de Tomatito y Michel Camilo, o como la de Bebo Valdés y el Cigala.

Trueba es un activista de las cosas que le gustan, y uno de los grandes proselitistas de la cultura española. Es un autodidacta que ha buscado maestros, como Bresson, Azcona, Gonzalo Suárez, Wilder: dice que uno debe intentar conocer a la gente que admira porque los canallas siempre acaban estropeando su biografía. Es cultísimo, e imprevisible en sus pasiones: durante semanas se dedica a leer todo lo que encuentra de un autor, desde Isaiah Berlin a John O’Hara, pasando por Patricia Highsmith (a quien entrevistó), Tony Judt, Noam Chomsky o Isaac Bashevis Singer (a quien ha traducido). Cuando te habla de esos libros, tienes la sensación de que lo único sensato que puedes hacer con tu vida es dejarlo todo y ponerte a leerlos.

Su Diccionario del cine es una guía deliciosa, llena de citas y de información, de homenajes y asociaciones inesperadas. Es, junto con El cine según Hitchcock (y, por cierto, incluye una preciosa semblanza de François Truffaut), mi libro preferido sobre cine. Trueba contribuyó a poner de moda de nuevo a Billy Wilder, impulsó la edición de libros sobre la escritura cinematográfica y ha ayudado a que se conozca la obra de muchos creadores. En sus películas es fácil detectar un entusiasmo por las artes: en la ekphrasis de un dibujo, en la música, en el cine dentro del cine. Cree que la cultura nos hace mejores, y quizá eso no siempre sea cierto, pero su propia vida es una demostración de ese poder emancipador.

Trueba tiene un elemento de rebeldía, de rechazo vehemente a los excesos de la autoridad y a las imposiciones del grupo que hace que este hombre de izquierdas haya defendido a Fernando Savater de los ataques de la izquierda, que siempre haya criticado las dictaduras, que siempre se haya opuesto a las constricciones a la libertad individual.

En una de esas entrevistas que yo leía a los catorce años le preguntaban a Fernando Trueba sobre su gusto por la cultura francesa. Ahí descubrí que hay algo mejor que la cultura francesa: la cultura de los afrancesados. En la respuesta, Trueba enumeraba a muchos autores que le gustaban. Para mí, decía, eso es patria. Hay poca gente con un temperamento menos nacionalista que este cosmopolita de Estrecho, pero creo que somos muchos los que podemos agradecerle que haya hecho mejor nuestro país: a través de sus películas y de su labor incansable de transmisor cultural, ha contribuido de forma decisiva a modernizar la cultura española, y ha ayudado a enriquecer nuestro paisaje mental.

*La foto es de Aloma Rodríguez, y está tomada precisamente en uno de los ciclos de 'La Buena estrella', que sucedió a 'Yo confieso', antes de la presentación de 'El baile de la Victoria' y de la entrevista para 'Borradores'.

BASILIO BALTASAR ESCRIBE DE JUAN ANTONIO MASOLIVER

 

ESCRIBIR COMO SI HUBIERAS MUERTO

 

Por Basilio BALTASAR

[Este texto del narrador, crítico, filósofo y periodista ha aparecido en el blog de El boomeran. Puede leerse aquí: 

 

http://www.elboomeran.com/blog-post/3/15920/basilio-baltasar/escribir-como-si-hubieras-muerto/ ]

}

 

¿Qué son esas costumbres de las que nos sentimos tan satisfechos? La buena educación, por ejemplo, o el optimismo, o la ecuanimidad. Parecen dones para una convivencia entre seres humanos civilizados. Pero ¿y si fueran imposturas para coaccionar al prójimo? ¿Y si en lugar de ser fruto del respeto, estas virtudes no fueran más que una treta urdida para dominar a los demás? ¿Qué pensaríamos entonces de nosotros mismos?
Escribir como si hubieras muerto. Esto es lo que ha conseguido Juan Antonio Masoliver Ródenas en un ensayo enojado y resignado a una verdad sin adornos. Probablemente El ciego en la ventana (El Acantilado, 2014) sea una de las confesiones literarias más soberbias de las que se han publicado últimamente en España. Un ejercicio de brutal confrontación con el hombre que uno ha sido. "No me importa morir... sólo siento no ver cómo es mi muerte, para poder decir que he completado el ciclo de mi vida y que he sido testigo de ello".
El epílogo del libro es un epitafio. Que nadie vaya a pensar sin embargo que el autor es un diletante. Nada hay de frívolo en esta novela amarga, triste, bella y penosa. Una narración que anticipa la cita del autor con la muerte. Sólo el que haya creído oír alguna vez la sutil manifestación de su poderío -ese extraño sabor en la boca de algunos vivos- comprenderá la terrible veracidad de esta narración. "Trato de recordar momentos felices y descubro que ninguno realmente lo fue".
Hay una elocuente interrogación en cada una de sus páginas y las preguntas que se espeta el autor son por ello de una fuerza inconcebible. No hay retórica ni complacencia. Ni siquiera la búsqueda dramática de un efecto teatral. A diferencia de la ególatra invención del yo que con tanto fasto editorial sale cada cuanto a la luz, este memorándum es el de un hombre lúcido y huraño. Elabora una angustia que trasciende toda categoría literaria para llegar a ser irrefutable. "¿Me ha servido este prolongado silencio para preparar la obra que siempre he querido escribir y que no ha querido ser escrita?"
La vanagloria del triunfo social, con su pomposa liturgia de autosatisfacción, se revela en estas páginas como una farsa insoportable. La crudeza con que el autor se empeña en verse a sí mismo -dejando de lado la tentación del arrepentimiento o la hipocresía de la autocrítica- adquiere una categoría que trasciende las disyuntivas de la moral. "El ciego" que aquí escribe podría amar sin condiciones o destrozar a todo bicho viviente. Tanto da. Su memoria va más allá de toda ilusión de justicia. Se trata de descubrir en el espejo la más nítida de las imágenes: una narración exenta de orgullo y frustración. "¿Y si toda la nada está contaminada de vida y es por eso que podemos nacer?"
El autor reivindica para sí el derecho a una locura sin enajenación, sobria e inquisitiva pero bestial en su inquieta disposición de ánimo. El derecho a vivir sin medicinas la libido de una desazón. El derecho a no perdonar la estupidez ajena. El derecho a no disculparla: ni siquiera en defensa propia. "Todo lo que he escrito ya no existe".
El autor renuncia a todo consuelo: nada habrá en la biblioteca universal que pueda mitigar las ingratas certezas de su inteligencia. Cualquier bálsamo sería una ofensa. Aunque no por ello nos sustrae un aforismo de profunda sabiduría: "No ver la realidad que está oculta: esto es la magia".
De la vida literaria Juan Antonio Masoliver parece saberlo todo y nos habla como el que nunca cayó en sus trampas. El autor no tuvo necesidad de creer en el espejismo de la fama ni en el rácano elogio de los colegas. Uno tiende a pensar que el viejo Masoliver llevó desde siempre a cuestas la precaución de vivir. Y a pesar de todo conserva viva la devoción poética: "el más alto significado de la ficción".
Que estas "Monotonías" no hayan sido escritas para complacer al lector, ya es mérito suficiente pero lo que merece el estricto reconocimiento de la crítica es un logro único en nuestra literatura: Masoliver ha roto el hechizo heroico de los autores empeñados en ser intachables. A diferencia de los que desean ser admirados, Masoliver confiesa que nada encuentra en su recuerdo digno de tal cosa: "Soy, literalmente, un autor de frases lapidarias".

 

[Publicado el 22/3/2015 a las 18:29]

[Etiquetas: Juan Antonio Masoliver Ródenas, El Acantilado]

MANUEL FOREGA: TRES POEMAS

MANUEL FOREGA: TRES POEMAS

 POIESIS

 

Signos del tiempo que lo posee todo:

La luz, el aire, el cejo

como vaho del rocío abrasado

por el rayo, por el rayo...

de un sol que tampoco calla su nombre;

signo de tu nombre mismo poblando

el mundo: Las aves,

los aromas, la transparencia azul

de los cálidos cirros;

los pescados, los frutos, las plantas

verdeando contra el viento,

el agua de los nimbos, los mares,

la nieve luminosa, la húmeda selva,

los perfiles de poniente,

los pastos, los caballos y el reptil,

las albas insomnes,

el mármol del horizonte,

los roquedos y las cimas,

el fuego, el viento, el incendio,

el hondo hielo, las larvas,

las semillas, el bosque, el lobo,

los rodenos y el tilo,

la esmeralda y el jazmín,

el león y su presa,

el buitre y la carroña,

la piedra que guarda el tiempo,

la orilla, el páramo, el abismo,

el lecho del río, el río,

los valles y el volcán,

la mosca y la araña,

los cálamos cimbreando, la brisa,

el yodo, el acantilado,

las dunas, la noche, el frío,

el niño, la sangre de su herida...

Incluso tú, misántropo viril,

que, como única arma blandes la eléctrica lámpara,

dispones de un nombre que te diferencia y cita.

 

 

CAN'T GET NOT (SATISFACTION)

 

Nosotros: Vástagos de la autarquía,

hijos del cuando seas padre comerás huevos,

crías de la supervivencia y de los exilios,

mendrugadores, lábiles canallas,

tímidos púberes arreando mocos,

engullendo meriendas de pan con chocolate,

catecúmenos de jueves y sábados,

devotos de las calles,

ladrones de los huertos extrarradios,

de la cáncana discentes eximios,

copuladores de confesionario,

adoradores a hostias del copón,

clandestinos leedores de Candy,

bachilleres eruditos a la violeta:

(Ce que j’aime c’est la lutte.

My psicodelic doll.

Je connais Cohn Bendit.

Sympathy for the Devil).

 

Nosotros: Divinos Beatles o Stones,

onanistas del Je t’aime, moi non plus,

rayones de vinilos de Serrat,

aprendices de idiomas,

aspirantes a Ginsberg, a Burroughs, a Kerouac,

farsantes ilustrados con Nietzsche en bandolera,

remedos de Cioran, plantillas de Freud,

irredentos suicidas,

balubas de la guerra,

apóstatas, agnósticos, ateos,

diletantes de la revolución,

moradores de los ergástulos por el morro,

apéndices de Ortega,

estetas de Bergson y de Bataille,

inocuos seguidores de Jean Paul,

espadas de Bergman, de Berlanga, de Bardem,

mansos hippies de Ibiza, de Goa y Euroville.

Nosotros: Incendiarios mutados en bomberos,

padres de los más hermosos junkies e insumisos,

opositores, mentidos, volubles censores,

domadores de adolescentes bestias,

altos funcionarios sinecúricos,

porreros, cocainómanos, acídicos,

reciclados por Kraftwerk y la Velvet,

tardíos revelados en Negri y en Deleuze,

diputados, alcaldes, herméticos maricas...

Eternos deudores del deseo insatisfecho.

 

Nosotros: los de en medio, los eclécticos.

 

 

POESÍA INCOOL/TA 

 

Os debo una explicación

que más tarde o más temprano

dirá de mí lo que yo

no quise decir y no

pude callar sin embargo.

Silenciar es imposible

—en este poema onagro,

a propósito verdugo

de los reos predadores

que en los breves de los libros

ceban las palabras como

seres muertos de otros vivos—

lo que en público ya digo.

 

Como murciélagos bullen,

en portadas urgentísimas,

las grafías de sus nombres;

y, dentro, como termitas,

sus legos versos, epígonos

omitiendo a los Felipes

que rugían en los montes,

resbalando en los Oteros

de palabras escarpados,

alimentando periódicos

de postmodernos censores.

 

Los elegantes monárquicos,

anecdóticos absortos,

escaladores exangües

tras la rauda montería;

ojeadores expertos

en la búsqueda de huellas

con la Cuenca de otros ojos,

en silbar a los sabuesos

con los labios de otras lenguas.

 

Inequívocos, unánimes,

filibusteros sin mares,

bucaneros sin Caimanes,

bates de Erato y Caliope,

liras agramaticales,

devoradores cual makos

de chatarras o bonitos.

 

Garbanzos en las rodillas,

sobre brazos en cruz libros

—digo escasamente libres—,

por castigo los tenemos

en las aulas, en cedés.

 

Dígame el dómine cabra

con qué latines nombrar

a tales patatas tibias

 

(que angulan los peronés).

 

 

DOS POEMAS DE CLAUDIO RODRÍGUEZ

DOS POEMAS DE CLAUDIO RODRÍGUEZ

[Dos poemas de Claudio Rodríguez (1934-1999), una de las voces más inconfundibles de la generación de los 50, un místico pagano, el poeta de la adivinación, del asombro, de lo inefable que llega casi como un arrebato. La belleza de lo sutil, de lo cotidiano.]

 

DON DE LA EBRIEDAD

Siempre la claridad viene del cielo; 
es un don: no se halla entre las cosas 
sino muy por encima, y las ocupa 
haciendo de ello vida y labor propias. 
Así amanece el día; así la noche 
cierra el gran aposento de sus sombras. 

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados 
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda 
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega 
y es pronto aún, ya llega a la redonda 
a la manera de los vuelos tuyos 
y se cierne, y se aleja y, aún remota, 
nada hay tan claro como sus impulsos! 

Oh, claridad sedienta de una forma, 
de una materia para deslumbrarla 
quemándose a sí misma al cumplir su obra. 
Como yo, como todo lo que espera. 
Si tú la luz te la has llevado toda, 
¿cómo voy a esperar nada del alba? 

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca 
espera, y mi alma espera, y tú me esperas, 
ebria persecución, claridad sola 
mortal como el abrazo de las hoces, 
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

 

(De ‘Don de la ebriedad’)

 

AJENO

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y curo del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

(De ‘Alianza y condena’)

 

*El poeta con Vicente Aleixandre y José Hierro.

 

CUENTO: UNA AVENTURA SALVAJE

CUENTO: UNA AVENTURA SALVAJE

[Este texto, inspirado en algunos datos reales, apareció en mi libro 'El dibujante de relatos'(Pregunta, 2013), ilustrado por Juan Tudela.

 

UNA AVENTURA SALVAJE

 

Alberto y Patricia se cruzaban a diario en sus clases de París. Hablaban poco: no compartían curso y sus materias estaban muy alejadas. Ella impartía Física y Matemáticas y él era profesor de dibujo y, en ocasiones muy excepcionales, de música: había estudiado un poco de violín y guitarra española en un verano en Granada. Sabían muy poco el uno del otro: Alberto sabía que Patricia, algo extravagante en el vestir y de una belleza natural muy espontánea, estaba casada y que vivía en las afueras. Y Patricia sabía que Alberto había tenido varias parejas y que, de cuando en cuando, se reunía con músicos españoles en los cafés parisinos para tocar a Paco Ibáñez y a Georges Brassens.

Un día coincidieron en el café del Liceo y empezaron a hablar casi sin habérselo propuesto: por pura cortesía. Patricia comprobó que Alberto era un tipo inquieto, que hacía muchas cosas, por ejemplo acababa de publicar un libro de viajes con dibujos suyos: ‘Las regiones imaginarias’. Era un viaje al interior de un bosque que había conocido en España, en la provincia de Huesca, le dijo. Y Alberto se dio cuenta de que Patricia era una mujer luminosa que amaba la naturaleza, los jardines, las plantas y el cielo cuajado de estrellas. Volvieron a verse. Se buscaban en los tiempos muertos de las clases. Un día, Patricia le dijo que se había separado y que era una mujer libre. “Tan libre como tú”, precisó. Fue entonces, en las Tullerías, entre árboles y esculturas, cuando se dieron el primer beso. Un beso largo, profundo e intenso, de esos que se abren al horizonte del porvenir. Hasta que finalizó el curso, y faltaba muy poco, se conocieron mejor, mucho mejor, y lo compartieron todo: sus casas y sus camas, sus cuerpos y sus almas.

Cuando empezó el verano, decidieron hacer un viaje. Alberto le dijo a Patricia: “ni Bretaña, ni Provenza, ni los fiordos; vayámonos a mis montañas. Nunca te arrepentirás”. Eso hicieron. Cogieron el coche y se dirigieron al río Gállego, entre Agüero y San Felices. No tardaron en hallar una especie de refugio, una casa semiderruida que estaba en el umbral de un bosque. La compraron, la ruina y la vasta finca que le pertenecía. Aquel mismo verano, en poco más de dos meses, lograron el milagro de recuperarla casi por completo. Le pusieron puertas y ventanas, adecuaron la parte de arriba como dormitorio, observatorio de estrellas y estudio de artistas, y empezaron a dar rienda suelta a su imaginación. Subían el agua del río y carecían de luz eléctrica. Vivían de día y soñaban y se amaban de noche, mientras oían el canto de la lechuza y el ulular de las bestias. Se convirtieron en auténticos naturalistas. Salían todos los días de expedición con sus cuadernos de apuntes y su cámara fotográfica, que cargaban y descargaban en una fonda con ordenadores en Ayerbe.

Les interesaba todo: Patricia hacía inventarios de plantas, de flores silvestres, de árboles, y escribía pequeñas narraciones donde vinculaba cada especie con la mitología. Alberto dibujaba los animales, las aves, la extraña configuración de las montañas, pintaba los valles a la acuarela. Y los dos compartían una especie de Diario de naturalistas y botánicos enamorados. Escribían los dos cuando les apetecía, y allí igual se podía encontrar la descripción del látigo del viento en la madrugada que el eco del canto del ruiseñor, la contemplación del plenilunio o las sensaciones de un orgasmo. Patricia escribió un día: “Amamos la vida porque amamos el sexo”. Alberto añadió: “No me imaginaba que uno pudiera ser tan feliz a los 50”. A Alberto también le gustaba contar que había hecho algunos amigos y que algunas noches de luna llena le pedían que cantase temas de Brassens.

El verano iba a llegando a su fin. Tuvieron que volver a París. Durante el viaje, repasaron cuánto habían trabajado, qué felices habían sido. Vaciaron las cámaras, editaron las fotos, releyeron sus cuadernos de notas y su Diario. Y una noche salieron a pasear a orillas del Sena. Montaron en un barco, comieron a bordo, y contemplaron la ciudad iluminada. Patricia dijo: “Creo que llevamos varios días pensando lo mismo”. Alberto respondió: “Sospecho que sí. Este año no vamos a empezar el curso”. Pidieron una excedencia, vendieron una de sus viviendas y se instalaron en su casa en el monte.

Ahí siguen, asombrados ante el misterio incesante del paisaje. Alberto ha añadido a sus habilidades la talla de madera y de piedra, y Patricia se ha convertido en una experta en orquídeas y en mariposas. Acaban de entregar a la imprenta la crónica de su vida con el título: Una aventura salvaje.

 

*La foto es de Saharoza.

 

GARBIÑE: ESPLENDOR EN LA HIERBA

GARBIÑE: ESPLENDOR EN LA HIERBA

Cuentos de domingo / Antón Castro

 

Garbiñe

en la hierba

 

Julio es el mes del Tour, de Contador y los otros, y el de Rafael Nadal, que casi siempre comparecía en Wimbledon tras ganar Roland Garros. Nadal ha rebajado su ambición y su fortaleza mental; el cuerpo parece haberle dicho: basta, eres vulnerable, tómate un respiro, déjalo, hemos sido inmensos. Ayer todo indicaba que iba a ser un gran día. Una veintena de años después del triunfo de Conchita Martínez ante Martina Navratilova y la doble derrota de 1995 y 1996 de Arantxa Sánchez Vicario con Steffi Graft, Garbiñe Muguruza buscaba el título frente a Serena Williams, que ostenta veinte trofeos de Grand Slam. La hispano-venezolana ha dado un salto increíble tras un torneo deslumbrante: pasó de golpes y partidos prometedores a la final de catedral del tenis, donde vencieron leyendas inolvidables como Margaret Court, Billie Jean King, Chris Evert, Martina Hingis o las citadas Graft, Navratilova y Conchita. Todo empezó bien. La nerviosa parecía la veterana de 33 años; Garbiñe se mostraba confiada, segura de su primer servicio, poderosa en sus restos, en el revés plano y en la apertura de ángulos. Serena posee golpes demoledores, sobre todo con la derecha o drive, y es una depredadora. Le ha dado la vuelta a batallas imposibles. Ayer lo hizo en el primer set ante una Garbiñe que empezó a recelar de sí misma. Flaqueó en el último tramo, 6-4, y luego pareció ceder casi por completo el segundo set. Su rostro mostró perplejidad e impotencia, como si repasase mentalmente sus equivocaciones: se precipita, ataca cuando podría ajustar el peloteo y mover a su rival, incurre en errores no forzados y se descentra por ansiedad. Cuando todo estaba perdido, se agarró al partido. Y nos hizo soñar de nuevo. Encadenó tres juegos seguidos y cedió cuando tenía mucho a favor para el 5-5, incluso el frágil ánimo de la intratable Williams. Fue un partido intenso, dispar, un poco decepcionante por el marcador definitivo, y a la vez esperanzador: ganar en Londres es difícil, casi imposible, y Garbiñe Muguruza anduvo cerca, de ahí sus lágrimas. El público ya ha descubierto su talento y su agresividad. Y Serena le profetizó que no tardará en ganar.