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Antón Castro

FÉLIX DE AZÚA: UNA ENTREVISTA

[Félix de Azúa acaba de ser elegido académico. En 2012 le entrevisté para ’Heraldo de Aragón’. Recupero la entrevista.]

 

 

ENTREVISTA FÉLIX DE AZÚA HABLA DE SUS LIBROS, DE TAUROMAQUIA, DEL LUGAR DE LA CULTURA Y DE SUS ARTÍCULOS

 

“Escribir es para mí el gozo supremo”

 

«He escrito todos los días de mi vida»

 

 

«He intentado ser lo más claro posible porque así me entiendo»

 

«El arte ha sido mi hermano, mi familia, mi patrimonio»

 

 

 

Antón Castro

 

Félix de Azúa (Barcelona, 1944) es escritor, traductor y catedrático de Estética. Ha escrito poesía, narrativa, ensayo y memorias. Uno de sus libros más conocidos es ’Autobiografía sin vida’ (Mondadori, 2010) y acaba de reeditar su famoso ’Diccionario de las artes’ (Debate, 2011).

 

Ha publicado poesía, ensayo, ha sido un novelista de culto, de los más vendidos en España en los años 80, se ha convertido en una referencia como pensador y columnista sobre la actualidad, ¿cómo se había imaginado su carrera?

 

La mía no es una carrera. Ese punto es básico porque muchos escritores, y cada vez más, enfocan su actividad como una carrera, y hacen muy bien, grandísimos escritores se han enfocado de esa manera, desde Scott Fitzgerald y Hemingway hasta el mismo Dostoyevski escribía para vivir. Y en la actualidad, pues Mario Vargas Llosa o Eduardo Mendoza se conciben a sí mismos como escritores de carrera. Ahora es casi petulante decir que lo respeto, me parece extraordinario. Pero no es mi caso.

 

¿Cuál es su caso?

 

En mi caso la escritura ha sido siempre un componente casi psicótico, como en otros personajes pueda ser el alcohol, el juego o los caballos en el caso de Savater. Desde muy niño he estado escribiendo y no creo que haya habido un solo día de mi vida que no haya escrito. Creo que he escrito todos los días de mi vida en las circunstancias en las que estuviera, siempre había un momento en el que escribía, aunque fuera una nota, una página, un trozo de papel. En mi caso es puramente compulsivo. Es decir, me da igual lo que escriba y, en cierto modo, si tuviera que hablar de una manera académica, yo procuro que todo lo que escriba sea literatura, incluidos los artículos más superficiales del periódico más inverosímil. Los artículos de periódico, y me riñen muchísimo los jefes, tardo 15 o 20 días en escribirlos, porque lo hago absolutamente en serio. Si me dicen que haga una cosa de hoy para tres días, no puedo. Nunca he podido hacerlo.

 

¿Y si se muere mañana, por ejemplo, su amigo Juan Goytisolo…?

 

No creo que pudiera tampoco. Y mucho más si es un caso como el que me dices, que son gente que conozco y aprecio desde hace muchísimos años, me resultaría enormemente difícil. Hombre, si me dijeran necesitamos un artículo sobre las corridas de toros para mañana, lo haría precisamente porque es trivial.

 

¿Le gustan los toros? ¿Qué opina de la fiesta nacional?

 

Sí. Vamos a ver: no es que me gusten, yo no voy a los toros, he estado tres o cuatro veces en corridas en toda mi vida, pero los toros en sí me parecen una de las construcciones artísticas más grandes que yo conozco de la cultura europea. Entiendo perfectamente a la gente a la que no le gustan. Incluso entiendo perfectamente a los animalistas que sufren mucho porque los toros sufren. Entiendo que les pase eso, sin embargo no es mi caso. No solo no sufro por el toro, sino que tampoco sufro por las vacas que me como, no sufro por los animales. Tampoco sufro por las focas muertas en esos reportajes espantosos en los que salen mares de sangre y focas muertas.

 

Estaba diciendo que trata de que todo lo que escribe sea literatura y, por ejemplo, actualiza su blog solo cada quince días…

 

Claro. Yo desde muy pequeño, desde que terminé los estudios, he estado trabajando, bueno, al principio en editoriales, pero enseguida ya en la universidad. He estado toda la vida dando clases, esa ha sido mi manera de vivir y, además, muy vocacional. Me he divertido mucho y me ha interesado mucho intercambiar opiniones con los chavales. Eso me daba mucha libertad y he podido dedicarme realmente a lo que más me interesa, que es eso, para escribir un artículo de tres folios, tener quince días. Eso para mí era esencial.

 

¿Por qué? ¿Por qué es muy perfeccionista, por qué necesita muchas fuentes…?

 

Padezco el perfeccionismo más brutal que te puedas imaginar. Para un artículo de tres folios escribo una primera versión rápida y la puedo corregir, no te exagero, quince, veinte, treinta veces. O más. La dejo y al cabo de tres o cuatro días la vuelvo a coger y todavía le hago un par o tres de correcciones.

 

¿Tiene un lector especial?

 

Mi mujer. Mi mujer, pobrecita, se lo lee todo absolutamente. Tengo la suerte de que es también muy perfeccionista y siempre me encuentra errores.

 

¿De qué tipo?

 

Tengo una memoria horrenda, no recuerdo una sola fecha, confundo los nombres constantemente, soy capaz de decir, por ejemplo, «cuando Cervantes pintó el cuadro de las lanzas», y no me doy cuenta, lo corrijo treinta veces y no me doy cuenta. Soy despistado, mucho. Bueno, no es despiste, realmente. No tengo ninguna memoria, soy disléxico. Cometo cantidad de errores debido a que se me cruzan Cervantes con Velázquez y los confundo. En la actualidad, mi editor, en el sentido inglés, es un genio, es un tipo que se llama Andreu Jaume [editor de Lumen], que es un especialista en Barroco inglés, es un tipo que sabe muchísimo, ha editado, por ejemplo, la crítica literaria de Eliot. Es un súper clase. Y claro, con esa perspicacia me dice «¿estás seguro de que cuando dices ’El grito’ de Klimt no estarás diciendo ’El grito’ de Munch?».

 

Háblenos de su poesía, que empezó con la corriente de los Novísimos, llena de mitos. ¿Cómo ve su poesía mirando hacia atrás?

 

Este virar de un género a otro en realidad tiene un sentido bastante coherente. La poesía siempre es el comienzo, evidentemente, primero por ingenuidad, porque crees que es posible escribir poesía y, bueno, puede salir mejor o peor, pero no importa. La poesía es un juego a vida o muerte: si verdaderamente no alcanzas el nivel que te has propuesto, es inmoral continuar. Yo empecé a escribir poesía muy jovencito, y cuando yo me hice ya mayor y me metí a estudiar filosofía, de hecho toda mi carrera ha sido la filosofía, cuando me di cuenta de lo que era la poesía en serio, me dio vergüenza seguir escribiendo poesía de esa manera.

 

¿Qué quiere decir?

 

La poesía, tal y como yo la concebía, la poesía realmente importante cuesta una vida, es una vida y, en cierto modo, es incompatible con todo lo demás. Tú puedes trabajar en un banco, como Eliot, puedes ser bibliotecario, como Larkin, pero eso es un disfraz social: detrás hay un hombre arrasado. Tanto Eliot como Larkin son personas inexistentes. Lo mismo si hubiera más poetas y los miráramos. Pueden simular una actividad, pero es una simulación. Son personajes arrasados, con unas vidas arrasadas.

 

¿Dejó la poesía porque no conseguía el nivel que usted deseaba?

 

El nivel que yo deseaba no lo alcancé. Es así.

 

Hace doce años que no publica un libro de ficción…

 

En ficción es un poco lo mismo. Empecé por algo muy juvenil que son unas novelas súper ’avant-garde’ (’Las lecciones suspendidas’, ’Las lecciones de Jena’ y ’La última lección’ es una trilogía de lecciones que eso era avant-garde puro), experimentos típicos de los años 60 y 70; es un buen experimento y ahí haces pluma, pero poca cosa más. ’Mansura’ es justamente la ruptura, ’Mansura’ ya se entiende, como decían los músicos de la escuela de Viena, es música que se puede silbar. Y luego escribí una serie de libros sobre momentos históricos de ciudades determinadas. Hice una sobre el País Vasco que se llamaba ’Cambio de bandera’, esa ha pasado muy desapercibida, pero yo creo que es la primera novela que salió en España en la que se hablaba del pacto de Santoña, cuando los nacionalistas vascos quisieron rendirse a los fascistas italianos traicionando a la República, naturalmente. El caso es que me sucedió lo mismo: llegó un momento en que me pareció que ya había hecho todo lo que tenía que hacer y como siempre había llevado, digamos en paralelo, el ensayo, me dediqué al ensayo como forma literaria. Yo diría que la ’Autobiografía sin vida’ o el ’Diccionario de las artes’ están escritos con la misma pasión artística que una novela, de hecho, la ’Autobiografía sin vida’ es una novela, una novela rara.

 

Hablemos del ’Diccionario de las Artes’, reeditado por Debate: es un libro en el que intenta que se entienda todo.

 

Exacto. Mi lema es «aquello que no se entiende tampoco lo entiende el autor». De manera que he procurado, toda mi vida, aunque escribiera las cosas más abstrusas, ser lo más claro posible porque es la manera de que yo mismo lo entienda. En el ’Diccionario...’, yo me divierto mucho escribiendo, pero como el alpinista que sube al Himalaya, que puede perder la vida, y a lo mejor se queda sin respiración y se desmaya, pero en realidad se puede decir que se divierte. Yo diría que goza. Escribir para mí es el gozo supremo.

 

¿El gozo supremo? ¿No exagera?

 

Sí. En el ’Diccionario...’ lo he pasado muy bien y además lo he podido rehacer, que también es un privilegio poderlo rehacer al cabo de diez años. Lo he pasado muy bien porque el arte ha sido mi hermano, mi familia, mi patrimonio; he vivido el arte -y la literatura forma parte del arte, claro- como Messi debe de vivir el fútbol. No es una tarea, es algo que no puedes evitar y que te explica todo, te explica la vida, la muerte, es la única explicación de por qué estoy aquí, como Nietzsche decía en una postal a Strindberg, en esta caricatura; el arte es la única explicación que tengo de qué hago yo en esta caricatura. En el ’Diccionario’ puse todo lo que yo entendía.

 

Antón Castro

  

Retrato de Félix de Azúa. La tomo de aquí:

http://www.hoyesarte.com/wp-content/uploads/2013/11/felix-azua.jpg

 

 

 

 

 

 

 

 

el matiz

 

 

 

«Tengo mucha suerte»

 

 

 

A. C.

 

«No me gusta nada el fútbol. Nada. Ni siquiera Messi. Lo que pasa es que Messi es extraordinariamente literario. Yo espero y confío en que no acabe como Maradona, porque ese tipo de personajes tan puros, tan magníficos, es lo que queda de Grecia, normalmente son destruidos. No conozco un solo caso que haya sobrevivido, bueno, conozco uno, pero ha sobrevivido de una manera tan fea y tan sucia, Cruyff, que se ha convertido en un cínico explotador de sus propias criaturas -dice Félix de Azúa -. Nunca he entrado en el fútbol. Nunca me ha pinchado ningún deporte».

 

Dice que quería contar su experiencia, pero ¿está planificado o te va surgiendo así un libro como el ’Diccionario...’?

 

Está planificado en que, si te fijas, van coincidiendo las etapas de la vida con los procesos artísticos europeos, bueno, al principio no son solo europeos, aparece Grecia y el arte rupestre, que luego he visto que Werner Herzog ha hecho una película sobre esto. Lo voy a decir de una manera pedante: lo filogenético como trasfondo de lo ontogenético; o sea mi desarrollo biológico acompañado del desarrollo cultural correspondiente.

 

Y luego también ha ido haciendo autobiografía literaria.

 

Al final hay un salto a la palabra. De hecho, lo que ahora estoy preparando, es la segunda parte y se llamará algo así como ’Autobiografía del origen’. Voy a hacer lo mismo pero con Génesis 1.11; los once primeros fragmentos del Génesis.

 

¿Se está muriendo la cultura?

 

No, la cultura no puede morir; aunque no la haya no muere. También hay una cultura en Wall Street. Cultura siempre hay, cultura es simplemente el conjunto de lo que cultivamos. Lo que sí se está muriendo, de hecho mi generación debe de ser la última, es la tradición cultural europea de los últimos doscientos años. Hay una cultura europea que nace con la Revolución Francesa que es una cultura muy rara, única en la historia de la Humanidad, que es la de la alfabetización general, todo el mundo debe saber leer y escribir, lo cual produce unos efectos espectaculares, sobre todo respecto a la literatura, y como todo el mundo debe saber leer y escribir hay que saber muchas cosas, los ríos de China, los reyes godos, dónde está Tananarive, eso mi generación todavía lo sabe, pero ya es la última. Este tipo de cultura de buenos burgueses que trabajaban en la Caixa de Catalunya, pero al mismo tiempo leían a Thomas Mann, eso se ha terminado. Y no hay que tener nostalgia. Lo que venga, no sabemos lo que será, pero seguro que tiene interés.

 

¿No está preocupado? Siempre dice que vivimos en una sociedad nihilista...

 

Yo no estoy preocupado. Si te dijera que he tenido mucha suerte en esta vida y que he sido una persona dichosa podría ser muy mal entendido. Pero es así. Entiendo y veo los aspectos asquerosos y horribles de nuestra sociedad, es más, prácticamente solo hablo de ellos en los artículos de periódico, y sin embargo, tengo una confianza ciega, una confianza absoluta en eso que llamamos la especie humana, los simios evolucionados. Las huellas que quedan de los que hemos sido capaces de hacer son tan absolutamente asombrosas… podemos pasar dos guerras mundiales, podemos pasar holocaustos, pasar casi cincuenta millones de asesinatos en Rusia con Stalin y, a pesar de todo, parece que se conserve la dignidad. Es arriesgado creerlo.

LA VIDA EN UNA ISLA. CUENTO

LA VIDA EN UNA ISLA. CUENTO

[Texto evocador de una de las pasiones que parecen que nacen con uno: el fútbol. Así le sucede a Juan, responsable de los archivos de periódicos en Heraldo. Qué decepción, qué disgusto se habrá llevado. Felicidades a la Unión Deportiva Las Palmas.]

 

La vida en una isla

 

Quizá tenga la misma edad que La Romareda, que se inauguró en septiembre de 1957. Con tres o cuatro años, Juan empezó a frecuentar el estadio y acaso, antes que el Catón o la tabla de multiplicar y dividir, aprendiese los primeros nombres de los ídolos: Torres, Alustiza, Yarza, Seminario, Murillo. El equipo se fue haciendo grande: un manantial de sueños y desvelos. Llegaron los primeros títulos y los artistas de casa rivalizaban con los foráneos, como Bobby Moore, o aquellos blanquillos atildados del Madrid ye-yé. La Romareda era un campo casi inexpugnable y un labrantío de gran juego; aquí se repartían las jugadas de fantasía, el más difícil todavía, la modernidad antes de la modernidad. Marcelino encarnaba el desparpajo y el remate insuperable; Lapetra era un visionario sin saberlo: pura inteligencia y técnica, el toque magistral o el fútbol como una de las bellas artes. Domingo a domingo, Juan veía al equipo, lo seguía por la radio, y luego por la televisión. No tardó en descubrir que muchos de sus compañeros eran catedráticos en el arte de analizar y sentir al Zaragoza. Todos elaboraban alineaciones y jugadas ideales: el estadio ensanchaba el mundo y se volvía un territorio de utopías. A los Magníficos los siguieron los Zaraguayos de Arrúa, Diarte, Violeta y García Castany, otro mago. Y luego aparecieron los héroes de los 80 –cuya columna vertebral formaban Señor, Güerri, Barbas, Amarilla y Valdano-; sus continuadores, con Sosa y Pardeza a la cabeza, lograron un nuevo título. Él, que mima y ordena el archivo del periódico en un subterráneo sin fondo, vivió día a día la trayectoria de un conjunto que conquistó nueve entornados. El mejor, sin duda, la Recopa de París en 1995 con uno de los goles del siglo XX. Ahora está que no duerme, hecho un manojo de nervios. El día de la remontada ante el Girona se fue desde su casa, anda que te desanda por el carrete de las sensaciones, hasta el Pilar. Allí esperó el milagro. Hoy, cuando la vida es una isla de abordaje, hará lo mismo con el afán de oír los gritos en las ventanas: ese deseo coral de felicidad absoluta al que tantas veces se sumó en La Romareda. 

 

*Este texto apareció ayer en mi sección 'Cuentos de domingo'. No surtió efecto. Esta vez no pudo ser. El Real Zaragoza no logró superar a los isleños. Felicidades a Las Palmas.

FERNANDO FERRERÓ: TRES POEMAS

FERNANDO FERRERÓ: TRES POEMAS

Fernando Ferreró (Zaragoza, 1927) acaba de publicar un nuevo libro de poemas: ‘Cadencia’, de esa lírica suya, casi minimalista, cruzada por la sutileza, por el fulgor de las imágenes y de la emoción, por la fugacidad de los hechos que él eterniza verso a verso. Copio aquí un par de poemas suyos. La foto, de Cate Blanchett, es de Emma Summerton, a la que puede seguirse en su página web. (http://www.emmasummerton.com/)

 

6

Nada confirma

que entiendas las palabras

de ese otro que parece

ser tú mismo.

Vas en muchos sentidos

recuerdas las sofismas,

hundes los ojos

en el pensar desierto.

Quizá nada se entienda

pero el mundo es discreto,

presto a dar equilibrio

a tu desconcertada existencia.

 

9

 

Una carta que viene.

Llega desconsolada

al discreto corazón del patio.

Nadie conoce su llegada.

Algún adolescente, acostado,

está escuchando música.

La carta permanece

con voz desconocida.

Tendremos que escucharla más tarde

con sobresalto o con sorpresa;

hilo que enreda

un existir apático

con el azar del tiempo.

 

21

 

Significaba.

Se adueñaba de ti, gozando

de tu existencia.

Hecha de tantos hilos

su tela cubría

tus conceptos.

Recordabas momentos iguales.

Superponías viejas memorias.

Te embriagabas sumido

en la pasión que te nombraba.

 

 

De ‘Cadencia’. Fernando Ferreró. PUZ: La Gruta de las palabras. Zaragoza, 2015. 40 páginas. La segunda foto es de Karen Radkai. La tomo de aquÍ.

https://fromthebygone.files.wordpress.com/2014/08/radkai3.jpg

ENCARNACIÓN PISONERO: UN POEMA

ENCARNACIÓN PISONERO: UN POEMA

En 2014 Olifante publicaba el libro ‘Permiso para embalsamar’ de Encarnación Pisonero, poeta vallisoletana de la que dijo José Ángel Valente: “Hago votos para que continúe en este difícil camino de la poesía donde ha entrado con profunda huella, con este hermético y hermoso poemario”. Arrabal escribió: “Su poesía es como un alga marciana estrangulada por el ombligo del mar, para ser exacto”. Y Ángel Guinda, prologuista del volumen, dice que “la suya es más una actitud barroca que relaciona el lenguaje con el mundo hasta alcanzar un mundo de lenguaje”.

De ese libro copio este texto, que ilustro con la foto de Cass Bird, de Daria Werbowy que se ajusta al espíritu del texto.

 

¿Quién puede saber

lo que piensa una emperatriz

fuera del tiempo y del espacio?

 

Sea lo que fuere

no hay duda de que busca el infinito,

tal vez planee con las alas del sueño

sobre el río milenario.

 

Yo sólo vi un bordado azul

en sus zapatos de piel de loto.

[A Julia Uceda]

 

De ‘Permiso para vivir’. Encarnación Pisonero. Olifante, La casa del poeta, 2014.

HA MUERTO JAMES SALTER. RESCATO UN TEXTO DE DANIEL GASCÓN

JAMES SALTER: LA VIDA IBA EN SERIO

por Daniel Gascón. [Ha muerto James Salter]

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‘Todo lo que hay’ es la primera novela que ha publicado en más de treinta años James Salter (Nueva York, 1925), un narrador admirado por muchos de los mejores autores estadounidenses contemporáneos. El libro incluye un epígrafe –“Solo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”– y cuenta la vida de Philip Bowman, un joven que se cría con su madre, combate en la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico y estudia en Harvard antes de entrar a trabajar en una editorial. Allí coincide con Eddins, con Baum y, en un bar, con Vivian, una chica de Virginia de padre riguroso y madre alcohólica con la que se casa. Ni la existencia ni la personalidad de Bowman son extraordinarias, pero están contadas con delicadeza, inteligencia y seguridad.

Salter combina amplitud y ligereza. Traza un retrato social de los Estados Unidos de posguerra, del mundo editorial y de cierta manera de relacionarse. Aunque el punto de vista que predomina en la narración en tercera persona es el de Bowman, tenemos acceso a la biografía y los sentimientos de muchos personajes, desde las mujeres de su vida a apariciones fugaces. Salter es un maestro de la elipsis y suele coincidir con el consejo de William Goldman: al presentar una escena, es importante entrar tarde y salir pronto. En otras ocasiones, se detiene en lugares inesperados. El libro está lleno de apartes, de esbozos de biografías y observaciones. En un párrafo se pueden cubrir varios años de insatisfacción sentimental o tortuosos procesos judiciales, y luego de pronto hay una evaluación del teatro isabelino, un breve retrato de Lorca, una observación nimia en apariencia y reveladora en realidad, un diálogo coloquial o un obvio placer en la recreación de un cotilleo. El tono biográfico hace que las numerosas coincidencias no parezcan tanto recursos narrativos como cosas de la vida. La presencia de Europa es importante como escenario y como espacio liberador, casi ideal. Bowman visita Inglaterra, va a Francia y realiza un viaje por España; el continente es un lugar exótico y erótico. El sexo, descrito con eficacia y entusiasmo, ofrece a los personajes los únicos momentos de felicidad y trascendencia. Y una ocasión para la venganza en uno de los episodios más perturbadores del libro.

‘Todo lo que hay’ trata del paso del tiempo y del recuerdo. Casi al final, leemos: “La primera voz que oyó, la de su madre, ya no estaba al alcance de su memoria, pero podía rememorar la dicha que sentía junto a ella cuando era niño. Recordaba a sus primeros compañeros de colegio y todos sus nombres, las aulas, los profesores, los detalles de su propia habitación: la vida que iba a quedar al margen de todo juicio, la vida que se había abierto ante él y había sido suya”. Son también dos de los temas centrales de ‘Años luz’, publicada originalmente en 1975 y reeditada hace unos meses en castellano. La novela es una crónica magistral y devastadora de la disolución de un matrimonio: cómo se rompe, cómo se recuerda y lo que permanece: “Las cicatrices dividen la vida como los anillos de un árbol. Qué juntos parecen los más antiguos, el tiempo los comprime, veinte años no se distinguen entre sí”. Al principio Viri y Nedra parecen una pareja feliz. Tienen dos hijas y amigos dedicados y brillantes. Buscan la dicha sexual fuera de casa. Experimentan, de distinta manera, el fracaso: él no llega a ser un gran arquitecto; ella, que tiene inquietudes culturales, también desearía más dinero. “Él se había dormido. Ella lo sabía sin mirarlo. Dormía como un niño, sin ruido, profundamente. Tenía el cabello ralo despeinado y la mano extendida y laxa. Si ellos hubieran sido otra pareja, a ella le habría atraído, lo habría amado, incluso… eran tan infelices”.

‘Años luz’ es un libro más controlado y preciso, menos autocomplaciente. Al igual que en ‘Todo lo que hay’, Salter muestra una aguda capacidad de observación y evita juzgar a los personajes. En un relato realista, admira la sutileza psicológica y sorprende la resistencia a la tentación sociológica o política: los grandes acontecimientos están ahí fuera, pero Salter no se detiene en ellos. El narrador es misterioso. Emplea una imprecisa primera persona al principio, en algún momento aislado y al final, pero predomina la tercera; tiene momentos inquietantes e irónicos: “Uno de los últimos grandes descubrimientos es que la vida no será lo que soñabas”. La prosa es sincopada, imaginativa y poderosa: “Tiene una boca grande, la boca de una actriz, emocionante, intensa. Manchas oscuras en sus axilas, menta en su aliento”. ‘Años luz’ y ‘Todo lo que hay’ son dos novelas conmovedoras sobre el transcurso del tiempo y la búsqueda, un tanto aturullada y casi siempre infructuosa, de la felicidad. Leer estas historias sobre la existencia y la memoria recuerda los versos de T. S. Eliot: “Tuvimos la experiencia aunque no captamos el significado./ Y acercarse al significado restaura la experiencia”.

James Salter. ‘Todo lo que hay’. Traducción de Eduardo Jordá. Salamandra, Barcelona, 2014, 381 págs.

‘Años luz’. Traducción de Jaime Zulaika. Salamandra, Barcelona, 2013, 381 págs.

[Esta reseña salió en Artes & Letras de Heraldo de AragónImagen.]

 

JUAN VILLALBA, UN CUENTO

JUAN VILLALBA, UN CUENTO

[El escritor, profesor e investigador literario Juan Villalba Sebastián publica un nuevo libro: ‘Fotogramas. Catorce cuentos de cine’ (Muñoz Moya Editores) que prologa Agustín Sánchez Vidal. Juan me envía este texto, una de las piezas del volumen que se presenta este próximo jueves en el Museo de Teruel.]

 

 

CUENTO DE NAVIDAD (1946)

“-Mamá dice que cada vez que suenan unas campanillas un ángel ha ganado sus alas.”



         Nevaba. Miraba los copos caer sobre mis hombros y pensaba en mis alas, esas alas que esperaba desde hacía más de doscientos años y que nunca llegaban. Los copos eran enormes y cuajaban sobre mi cuerpo recubriéndolo de un suave  plumón helado.

         Cuando lo descubrí subido al pretil del puente, el frío hacía ya un buen rato que había saltado sobre mi espalda y se fajaba conmigo como un luchador de pressing catch. Nadie de arriba me avisó, pero no había duda de que pretendía arrojarse a las heladas aguas del Danubio: era un suicida; una oportunidad: mi oportunidad.

         Decidí actuar por mi cuenta y riesgo, sin contar con el Jefe. Le demostraría, aun a pesar de que mis acciones se rigieran a su entender por la sana fe de un niño, que mi inteligencia era superior, muy superior a la de un conejo. En aquel puente, el Konstantinsteg, podían estar mis alas. Llevaba una eternidad esperándolas y el azar había querido que aquella fría noche tuviera mi oportunidad si lograba que aquel joven desesperado no saltara.

         Me acerqué con cautela y me dispuse a actuar con decisión.

-Yo no lo haría -le dije.

         El no reaccionó y siguió mirando las aguas como hipnotizado, pensé lo peor, pero en el último momento me contestó.

-Usted no lo haría, pero yo sí. No quiero vivir, no merezco vivir, soy un fracasado.

-Nadie es un fracasado si tiene amigos.

-Yo no tengo amigos.

-Eso es lo que tú crees, pero todos tenemos amigos.

-¡Yo no! –afirmó con rotundidad y volvió a mirar hacia las aguas con mayor determinación.

         Nadie dijo que esto fuera a ser fácil, todo lo contrario; conseguir una alas es una ardua tarea que requiere de mucha paciencia, don de gentes y profundos conocimientos de psicología.

-Bien, supongamos que no tienes amigos, pero seguro que tienes una familia que te quiere y te estará esperando en una noche tan señalada como ésta.

-Nadie me espera. Mi madre, la única persona que me ha querido en mi vida, falleció hace un año. Ya no le intereso a nadie.

-Quizá sea un buen momento para visitar a tu padre.

         Volvió a mirar al río y a punto estuvo de arrojarse a sus turbulencias, pero en el último segundo logró equilibrarse de nuevo y me contestó con rabia infinita.

-Afortunadamente mi padre murió también hace ya algunos años.

-¿Cómo puedes decir eso? Nadie puede desear la muerte de otro ser humano y mucho menos la de su padre –le recriminé con dureza.

-¡Cállese! ¡Mi padre era un monstruo! ¡Un verdadero psicópata que me azotaba sin piedad a menudo, un ser autoritario y tiránico!

-A pesar de todo seguro que te quería…-no me dejó terminar y me gritó con la fuerza de un verdadero fanático.

-¡Mi padre era un verdadero sádico! Lo único que aprendí de él es la importancia que tiene el terror físico para con el individuo y las masas; que el más fuerte tiene derecho a hacer prevalecer su voluntad; que toda la naturaleza es una formidable pugna entre la fuerza y la debilidad, una eterna victoria del fuerte sobre el débil; que lo importante no es tener razón, sino conseguir la victoria, imponerte sobre el otro, vencerlo, humillarlo…

         En el negro de la noche su silueta se perfilaba por el halo blanco de la nieve y la luz de la luna, como si se tratase de un enorme foco de plató de cine, iluminaba su rostro encendido. Su voz sonaba ronca y áspera, gesticulaba con la maestría de un actor consumado y me miraba con la intensidad de un hipnotizador que pretendiera seducir la razón de los hombres e incluso también la de los ángeles: aquel joven tenía el talento propio de una voluntad dominante, reconcentrada en apoderarse por completo del subconsciente del otro, tenía un no sé qué de canto de sirena. Necesitaba como fuera reconducir la situación.

-Debes perdonar –balbuceé como pude para cortar su encendido discurso.

-El perdón y la piedad son debilidades que no podemos permitirnos. Mi padre no merece ningún perdón y está bien donde está, en su tumba. Era un tarado que nunca debió tener hijos. Sólo deberían engendrar los individuos sanos, el hecho de que personas enfermas o incapaces como él traigan hijos a este mundo es una desgracia que no debemos consentir ¡Ojalá ni él ni yo  hubiéramos nacido!

-¡Pero eso es una barbaridad, no deberías hablar así! –corté tajante e indignado- Déjame que te ayude, por favor.

         Dejó caer los brazos a los lados y su mirada volvió a las aguas turbulentas del Danubio. Sin duda su temperamento explosivo fluctuaba entre la feroz exaltación y la más profunda depresión ¿Bipolar?, tal vez sí, pensé. Las nubes cubrieron la luna y su figura se sumió en la oscuridad. Temí lo peor.

-Seguro que tienes un futuro prometedor –exclamé para llamar su atención y disuadirlo de sus intenciones.

         Tardó en reaccionar, pero de nuevo lo hizo.

-Estaba convencido de que mi futuro estaba en la pintura, pero en la Academia de Bellas Artes no opinaron lo mismo, no vieron en mí suficientes cualidades y no me admitieron. Sobrevivo vendiendo algún cuadro, pocos, y hago trabajos esporádicos como quitar nieve, acarrear bultos en la estación… Ya ve, un presente que anticipa un futuro prometedor. Soy lo que se dice todo un triunfador –ironizó con un hilo de voz y volvió a mirar el río.

-Es ridículo que quieras matarte por considerarte un fracasado. La suerte puede cambiar en cualquier momento. Tal vez la Divina Providencia te haya elegido para cumplir una misión histórica. Quizá mañana mismo cambie tu sino –le dije conciliador y me acerqué unos pasos hacia él.    

         Hizo un gesto con las manos como para que me detuviera y cuando creí que todo estaba perdido y se iba a arrojar definitivamente, se sentó sobre la barandilla y me respondió con calma.

-Tal vez tenga razón ¿Quién es usted? ¿Por qué se preocupa por mí? –me preguntó intrigado, al tiempo que me pedía que me acercara a su lado.

         La situación parecía estar bajo control, por lo menos de momento. Las alas estaban ya más cerca. Había dejado de nevar y la luna volvió a iluminar la escena. Avancé unos pasos más y de un salto me senté junto a él. En la cercanía pude apreciar que se trataba de un joven no muy alto, con un asomo de minúsculo bigote y una expresión apagada y fría, si no fuera por sus profundos ojos azules verdaderamente embrujadores. Dudé si contestarle la verdad, pero al final lo hice. Al fin y al cabo, soy un mensajero del Señor y no puedo renegar de mi naturaleza.

-Soy un ángel, o mejor, para ser más exactos soy un ángel en busca de sus alas.

-¿De sus alas? –preguntó intrigado.

-Sí, soy un, como explicártelo, una especie de espíritu celeste, un meritorio de ángel un tanto gafado y patoso que todavía no ha realizado las acciones necesarias para ascender en la jerarquía. Si esta noche consigo salvarte, tal vez el Padre Eterno me conceda las alas y la condición de ángel. En tus manos está que las consiga.

         Se hizo el silencio y me miró intrigado durante unos segundos; su rostro se mantuvo imperturbable, pero sin duda tramaba algo.

-No sé si me conviene que me vean andar por ahí con un ángel sin alas. No obstante, si la Divina Providencia te ha guiado hasta mí, continuaré por el camino que me ha marcado a pesar de todos los obstáculos.

-No, el Padre Santo no me ha enviado, yo he tomado la decisión de ayudarte sólo, con la esperanza de acertar por una vez y conseguir mis alas, pero puedes estar seguro de que Él te tiene deparado un destacado papel en la historia.

-No importa que Dios no te haya enviado, el hecho es igual de milagroso. Tu presencia me ha abierto los ojos y en este mismo instante comprendo la inmensa tarea que se me ha encomendado; las dudas que me asaltaban hasta este momento, que me sumían en la desesperación y la inacción, ya se han disipado por completo: seré César o nada.

-Bien, muy bien, así se habla. Yo conseguiré mis alas y tú conseguirás que tu nombre pase a la Historia con mayúsculas.

-Qué así sea –apostilló mientras saltaba de la barandilla a la calzada mientras a mí me empujaba hacia el vacío- Si el Padre Celestial te concede las alas, vuela, es el momento. Yo, por mi parte, ya tengo las mías: me arrojaré frente a las masas y volaré, volaré cada vez más alto, apareceré desnudo ante ellas para rasgar en su presencia mi corazón con la uñas de metal de mi alma fría e implacable. Sé que mañana muchos maldecirán mi nombre eternamente.

 

JUAN VILLALBA SEBASTIÁN

*La foto es de Miki Barrera.

NATIVIDAD ZARO: UN RETRATO

Natividad Zaro: La mujer que quiso ser Don Juan

RITUALES DE SOL. Parecía que el cine durante años solo había sido cosa de hombres. Nada más lejos: Esta mujer que vivió en Madrid, en Berlín y Roma, es casi es el perfecto desmentido. Fue actriz, guionista, productora...

 

 

ANTÓN CASTRO

La primera vez que oí hablar de Natividad Zaro Casanova quizá fuera en una visita, poco antes de morir, de José Antonio Nieves Conde a Zaragoza. Se proyectó su película ‘Surcos’ en Ibercaja, un intento de hacer neorrealismo, o cine de denuncia social, “revolucionario”, en el franquismo. Entonces, no se habló mucho de ella, pero poco después, Javier Hernández y Pablo Pérez cerraban con ella su ‘Diccionario de aragoneses en el cine y el vídeo’ (Mira, 1994), y José Luis Borau también la citaba en su ‘Diccionario del cine español’. Casi a la par, esa mujer –actriz, escritora de teatro, guionista de cine e incluso productora de Atenea Films, durante una década, entre 1951 y 1961, más o menos- se convertiría en una obsesión del inolvidable Félix Romeo. Buscaba sus ediciones, rastros de sus piezas teatrales, carteles; si alguien iba de vacaciones o a un viaje literario al Cervantes, por ejemplo, le pedía que preguntase por ella. Natividad Zaro, en el fondo, era un misterio: había que seguir su rastro minuciosamente, desempolvar archivos y periódicos, escarbar en las librerías de viejo. Félix le dedicó un artículo y dejó en sus cuadernos algunas notas. Poco después del fallecimiento del autor de ‘Amarillo’ el 7 de octubre de 2011, el profesor de literatura e investigador turolense Juan Villalba ha completado su biografía en la ya desaparecida revista turolense de cine, ‘Cabiria’.

La propia Natividad Zaro dijo que había nacido en 1909 y no en 1905 como se había creído siempre. Villalba y Romeo dicen que nació en Borja y no en Daroca. Murió en 1978, al siguiente de haber sido atropellada por un coche. Apenas se sabe nada de su infancia y juventud. En Madrid estudiaría Filosofía y Letras durante cuatro cursos. En los años veinte, jovencísima aún, frecuentaría las tertulias literarias en distintos cafés, entre ellos La Granja del Henar, donde coincidiría con Luis Buñuel, con Lorca y algunos poetas de la Generación del 27 y con la exigencia de Valle-Inclán, que realizaba una especie de examen de personalidad, talento e ingenio a cualquier intruso: allí no se aceptaba a cualquiera. Pronto se inclinaría hacia el teatro. En realidad, se dio a conocer como rapsoda. Juan Villalba constata que la descubrió el escritor y periodista César González-Ruano, que elogió su belleza y su espléndida dicción. “Si es declamación, es declamación nueva. Lo que importa es esta voz, que acciona, y estas manos, que dicen; esos ojos de aguas de mar, donde asoma la vida hecha poesía”, dijo.  A partir de entonces, actuaba en distintas salas, como el Círculo de Bellas Artes, y a veces contó entre los espectadores a otro maestro como Ramón Gómez de la Serna. Al cabo de un tiempo, la oyó declamar Cipriano Rivas Cheriff, cuñado de Azaña y un gran hombre de teatro, y formaron un dúo, que se centró sobre todo en funciones dedicadas al teatro contemporáneo. En 1929 vivirá un momento muy especial: el 1 de noviembre representa el ‘Don Juan Tenorio’ de Zorrilla, pero no hace el papel de Inés, sino el del gran seductor. Aquella transgresión dio mucho que hablar: Natividad fue objeto de entrevistas y reportajes, casi tuvo que justificarse: dijo que Don Juan le parecía “un tipo anormal, sexualmente pervertido y equívoco”, pero que como drama era muy interesante. Siguió haciendo cosas: participó en ‘Pinocho’ de Carlo Collodi y montó varias obras de Benavente.  

A principios de los 30 –y la fecha tampoco resulta demasiado precisa: Juan Manuel Bonet tampoco la concreta en ‘Diccionario de las vanguardias en España’ (Alianza, 1995)- apareció en su vida el poeta y periodista Eugenio Montes, con quien se casó y con quien no tardaría en viajar por distintas ciudades de Europa: Montes, que se declaraba “católico, apostólico y compostelano”, y también podría haberse definido falangista, fue nombrado corresponsal de ‘ABC’ en Berlín, Roma y tuvo una casa en Rapallo, donde vivía el poeta Ezra Pound y por donde aparecía de cuando en cuando el zaragozano Juan Ramón Masoliver, que fue secretario del poeta norteamericano. En ese período, Natividad Zaro aprovechó para estudiar arte, teatro y literatura. Y en la contienda ejerció de enfermera y de actriz, con Niní Montián y Rafael Rivelles, entre otros.

Ella escribía piezas de teatro. Representó algunas pero logró que una de ellas, adaptada, pasase al cine: ‘El hombre de tres espejos’ (1947), un texto donde se mezclaba la metafísica, el cine y el crimen, bajo la dirección de Ladislao Vajda, que será también el director de su segunda película: ‘Sin uniforme’, a la cual Juan Villalba compara en algunos aspectos y coincidencias con ‘Casablanca’ de Michael Curtiz. No hubo buenas críticas.

Su primera película importante fue ‘Surcos’, censurada por el régimen: una película así, rodada en 1951, fue importante. La idea fue suya y en el guión intervino también Torrente Ballester. La censura arremetió contra ella y se puso en guardia. Ese mismo año fundó la productora Atenea Films. En 1952 trabajará con su paisano Fernando Palacios en ‘El tirano de Toledo’,  y en 1957 intervendrá decisivamente en la idea y en el guión de ‘Amanecer en Puerta Oscura’ de José María Forqué, que es una película de subgénero que mezcla social y el western de bandoleros que se ve con gusto. Poco después regresaría a Roma y colaboró en varias películas del ‘peplum’ o de romanos como ‘La rebelión de los gladiadores’ (1958) o ‘Las legiones de Cleopatra’ (1959), entre otras. Su última película fue ‘El aventurero de la Rosa Roja’ (1968), que interpretó una jovencísima Raffaella Carrà. Aún le quedaban diez años de vida y parte de ellos los pasó en Madrid. En 1978 sintió que bajaba el telón.

 

LAS ANÉCDOTAS

 

El retrato de Forqué. Diría José María Forqué: “A Natividad Zaro yo la llamaba la ‘Modesty Blaise española’, porque era muy emprendedora y se le ocurrían las cosas más insólitas. Me propuso una idea suya y que fue el esquema argumental de ‘Amanecer en Puerta Oscura’: acepté encantado y solicité que Alfonso Sastre, amigo de siempre y gran escritor, colaborase conmigo en el desarrollo de la historia”.

Entrevista. Declaró a HERALDO, tal como ha recogido Mariano García en ‘Tinta de hemeroteca’: “Comencé en ‘El Caracol’; en aquella combatida agrupación de nuevos luchadores, patrocinada por Rivas Cherif y bien orientada por Azorín y otros intelectuales, ávidos de introducir modernidad a nuestro teatro. El título de ‘Teatro de vanguardia’ asustó un poco a la gente, y bien sin razón fue… Se hacía arte puro”.

 

*Este texto apareció en una serie de verano de Heraldo de Aragón. El espléndido retrato de la artista Ana Maorad.

 

UN POEMA DE SONIA FIDES

UN POEMA DE SONIA FIDES

MELANCOLÍA FRENÉTICA

 

 

 

                                                                                           Lo peor es creer

 

                                                        que se tiene razón por haberla tenido

 

                                                                            José Ángel Valente

 

 

 

 

 

[A Joaquín Pérez Azaustre, porque sabe convencer a las palabras para que se queden muy quietas sobre las vidas que no les pertenecen]

 

 

 

Las estrellas se habían olvidado de vivir

 

y las ciudades se movían como lo hacen  las mujeres sin techo.

 

Sentados en un bar vimos como la oscuridad

 

conocía muchos más pasos de baile de los que jamás hubiéramos imaginado.

 

Movimos los pies con ese disimulo de los que aún creen  que la infancia es su futuro.

 

Sin embargo acabábamos de matar a Peter Pan

 

y las contradicciones nos llevaron sin saber por qué hasta la ternura.

 

Se acabaron los golpes bajos,

 

y también el sueño de protagonizar cualquier película de Truffaut.

 

Pedimos un nuevo  Ritz Sidecar y el lujo de su carne liquida nos quemó la boca

 

y cada una de las palabras de amor que teníamos dentro de ella.

 

 Ted Hudges nos maldijo,

 

no volveríamos a ser los animales salvajes que sobrealimentaban sus poemas.

 

Nos quedamos quietos,

 

tan quietos como lo está un trozo de hielo antes de que el whisky caiga sobre él.

 

Afuera llovía.

 

Quise que me invitaras a bailar,

 

pero dentro de tus ojos no había rastro de ningún movimiento

 

tan sólo la certeza de que el presente había dejado de ser nuestro espejo.

 

 

 

SONIA FIDES. Poema inédito de 'Autodestrucción y otros oficios'. La foto es de Arissa.