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Antón Castro

LOS PORTADORES DE SUEÑOS

LOS PORTADORES DE SUEÑOS

 

LOS PORTADORES DE SUEÑOS

 

Poema de Gioconda BELLI

 

 

En todas las profecías

está escrita la destrucción del mundo.

Todas las profecías cuentan

que el hombre creará su propia destrucción.

Pero los siglos y la vida

que siempre se renueva

engendraron también una generación

de amadores y soñadores;

hombres y mujeres que no soñaron

con la destrucción del mundo,

sino con la construcción del mundo

de las mariposas y los ruiseñores.

Desde pequeños venían marcados por el amor.

detrás de su apariencia cotidiana

guardaban la ternura y el sol de medianoche.

Las madres los encontraban llorando

por un pájaro muerto

y más tarde también los encontraron a muchos

muertos como pájaros.

Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas

y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos

por un invierno de caricias.

Así fue como proliferaron en el mundo los portadores sueños,

atacados ferozmente por los portadores de profecías

habladoras de catástrofes.

Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías

dijeron que sus palabras eran viejas

y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso

es antigua al corazón del hombre.

Los acumuladores de riquezas les temían

lanzaban sus ejércitos contra ellos,

pero los portadores de sueños todas las noches

hacían el amor

y seguía brotando su semilla del vientre de ellas

que no sólo portaban sueños sino que los

multiplicaban y los hacían correr y hablar.

De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida

como también había engendrado

a los que inventaron la manera

de apagar el sol.

Los portadores de sueños sobrevivieron a los

climas gélidos pero en los climas cálidos casi parecían brotar por

generación espontánea.

Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias

torrenciales tuvieron algo que ver con esto,

la verdad es que como laboriosas hormiguitas

estos especímenes no dejaban de soñar y de construir

hermosos mundos,

mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se

llamaban compañeros,

que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban

en las muertes,

se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se

ayudaban en el

arte de querer y en la defensa de la felicidad.

Eran felices en su mundo de azúcar y de viento,

de todas partes venían a impregnarse de su aliento,

de sus claras miradas,

hacia todas partes salían los que habían conocido

portando sueños soñando con profecías nuevas

que hablaban de tiempos de mariposas y ruiseñores

y de que el mundo no tendría que terminar en la

hecatombe.

Por el contrario, los científicos diseñarían

puentes, jardines, juguetes sorprendentes

para hacer más gozosa la felicidad del hombre.

 

Son peligrosos - imprimían las grandes rotativas

Son peligrosos - decían los presidentes en sus discursos

Son peligrosos - murmuraban los artífices de la guerra.

Hay que destruirlos - imprimían las grandes rotativas

Hay que destruirlos - decían los presidentes en sus discursos

Hay que destruirlos - murmuraban los artífices de la guerra.

 

Los portadores de sueños conocían su poder

por eso no se extrañaban

también sabían que la vida los había engendrado

para protegerse de la muerte que anuncian las

profecías y por eso defendían su vida aun con la muerte.

Por eso cultivaban jardines de sueños

y los exportaban con grandes lazos de colores.

Los profetas de la oscuridad se pasaban noches y días enteros

vigilando los pasajes y los caminos

buscando estos peligrosos cargamentos

que nunca lograban atrapar

porque el que no tiene ojos para soñar

no ve los sueños ni de día, ni de noche.

Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de

sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte;

por doquier hay paquetes con grandes lazos

que sólo esta nueva raza de hombres puede ver

la semilla de estos sueños no se puede detectar

porque va envuelta en rojos corazones

en amplios vestidos de maternidad

donde piesecitos soñadores alborotan los vientres

que los albergan.

Dicen que la tierra después de parirlos

desencadenó un cielo de arcoiris

y sopló de fecundidad las raíces de los árboles.

Nosotros sólo sabemos que los hemos visto

sabemos que la vida los engendró

para protegerse de la muerte que anuncian las

profecías. 

 

 

*La segunda foto la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-6d0c89ee2a0cf8aad72b398cf9ac703f.jpg

MANUEL CONTRERAS ESCRIBE DE 'EL LABERINTO TERRITORIAL ESPAÑOL'

 

[El pasado jueves, el profesor de Derecho Manuel Contreras publicaba esta reseña en ’Artes & letras’ de Heraldo de Aragón. Una reflexión muy oportuna ante el 9-N, que Cataluña vivirá de manera especial, en la ardiente oscuridad, en el fulgor tenebroso.]

España como laberinto

Roberto L. Blanco Valdés, El laberinto territorial español. Del cantón de Cartagena al secesionismo catalán, Alianza editorial, Madrid, 2014, 471 pgs.

 

Manuel Contreras

La imagen de España como laberinto suele ser un acertado recurso para mostrar panorámicamente la realidad de este enrevesado país. Lo utilizó Gerald Brenan (nuestro entrañable “don Gerardo”) cuando en loa años cuarenta del pasado siglo escribió El laberinto español, un ensayo sobre los antecedentes políticos y sociales de la guerra civil. Más adelante, Max Aub noveló en un impresionante friso de seis libros (“campos”) la República, la guerra y la postguerra españolas y lo tituló El laberinto mágico. Ahora, Roberto L. Blanco Valdés, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Santiago de Compostela, escribe un importante libro sobre El laberinto territorial español, y de nuevo acierta plenamente con el título.

Un laberinto no aparece de un día para otro, se ha ido forjando en el tiempo, construyendo su complejidad con el paso de los años. Justamente esta es la acertada perspectiva que adopta el libro de Roberto Blanco al entender que se trata de un problema histórico que arranca del siglo XIX y llega hasta el proceso constituyente de 1978. Antes, en 1873, la I República había optado por la fórmula federal que deriva en la insurrección cantonalista. Más adelante, la II República consigue articular constitucionalmente en 1931 una razonable solución a la cuestión territorial (también llamada entonces “cuestión catalana”) permitiendo la autonomía de algunos territorios dentro del concepto del “Estado integral”: la temprana quiebra del régimen republicano, vía sublevación militar y guerra civil, truncó la experiencia. Finalmente, nuestra Constitución actual puso las bases para la construcción del Estado de las autonomías, una forma cuasifederal pero con el problema incrustado y singular de la persistencia de unos nacionalismos periféricos que en su demanda interminable de autogobierno acaban reclamando la independencia. De ahí la tesis central del libro, que el autor trata de argumentar a través de sus cuatro capítulos, y es “el hecho llamativo de que en los tres momentos de mayor avance de la libertad en España desde el último tercio del siglo XIX hasta el presente, los particularismos territoriales, radicalizados por quienes hicieron de ellos casus belli, acabaran por poner atrancos, muy relevantes, en ocasiones, para la consolidación del régimen constitucional y, en todos los casos, para el asentamiento de un sistema en el que una amplia descentralización resultase compatible con la unidad a la que ningún Estado constituido está nunca dispuesto a renunciar”.

Es evidente que uno de los principales objetivos del Estado autonómico, la integración sobre todo de los nacionalismos catalán y vasco en un marco estatal único, no se ha logrado, y la prueba está en que el secesionismo se ha convertido en un problema de primera magnitud para nuestro país, frente al que hasta ahora no se nos ocurre sino aplicarle aquellas palabras que pronunciara Manuel Azaña en 1932: “Somos demócratas, y por serlo, tenemos una regla segura: la ley. ¡La ley!. La ley tiene dos caras. Por una parte es una norma obligatoria para todos los ciudadanos; pero es también un instrumento de gobierno, y se gobierna con la ley, con el Parlamento, y una democracia se disciplina mediante la ley, que el Gobierno aplica bajo su responsabilidad. No se puede gobernar una democracia de otra manera”. Es posible que de momento no se nos ocurra otra solución, pero no hay que descartar que con la lectura de libros como este acabemos reflexionado y hallando una salida digna y razonable de este laberinto territorial.

Añadamos finalmente que este excelente libro forma parte del esfuerzo que desde hace algún tiempo se ha impuesto el prof. Blanco Valdés de analizar y buscar una explicación a nuestro particular “laberinto territorial”. Un esfuerzo que comenzó con la publicación de Nacionalidades históricas y regiones sin historia. A propósito de la obsesión ruritana (Alianza, 2005), siguió con Los rostros del federalismo (Alianza, 2012), y en cierto modo culmina con el libro que reseñamos.

REQUIEM POR BERLINGTONIA. POR SANTIAGO SANCHO VALLESTÍN

[Mi buen amigo Santiago Sancho Vallestín recordaba hace unos días a Pilarín Castillón, la enamorada de Miguel Labordeta, a la que le dedicó cartas durante diez años. Me dice en un correo: "El mes pasado, al enterarme de la muerte de Berlingtonia -la musa de Miguel Labordeta- escribí en mi Diario el texto que te adjunto. Creo que nadie se acordó de ella. Algún día lo podrán leer mis hijos".]

 

REQUIEM POR BERLINGTONIA

Por Santiago Sancho Vallestín

 

El Nº 810 de la revista Ínsula, publicada el pasado mes de junio, estaba dedicado de forma exclusiva al poeta aragonés Miguel Labordeta Subías. Numerosos especialistas del mundo literario analizan su obra desde todos puntos de vista dándonos una visión completa -a veces polémica- de su poesía. Uno de ellos, el catedrático de literatura Jesús Rubio Jiménez, titula su trabajo "Silueta de Berlingtonia", analizando la relación del poeta con el mundo femenino y de forma especial con el gran amor de Miguel al que en sus poemas llama Berlingtonia.

Berlingtonia falleció el pasado mes de septiembre a la edad de 81 años. Trece años menos que Miguel, estudiaba séptimo de bachillerato cuando el poeta comenzó su relación epistolar secreta con ella. El gran amigo de Miguel, Pedro Dicenta, nieto del dramaturgo Joaquín Dicenta, contaba en una entrevista que le realizó Vicente Cazcarra en el Dominical del periódico El Día en el año 1984, y que reproduje en mi libro Grabado en la mente, lo siguiente: "Miguel estaba enamorado de una compañera del curso de tu hermana mayor, que estudiaba también en el Colegio Santo Tomás a la que poéticamente llamaba Berlingtonia. Empezamos a salir juntos. Yo con E.G. y Miguel con P.C. También venía con nosotros M.H. porque era inseparable de P. C. Pero como Zaragoza era un sellito de correos y los dos éramos muy conocidos, salir con dos alumnas era muy complicado; no podíamos entrar en un bar o dar un paseo. Teníamos que entrar en el cine por separado. Para citarnos con ellas, yo dejaba una nota en el bolsillo del abrigo de E.O. en el perchero del colegio. Todo aquello era muy encantador y romántico. Yo creo que Miguel se marchó de esta vida sin amar a otra mujer".

Cuando yo llegué al colegio el año 1949 a estudiar primero de bachillerato, aquellas alumnas que veíamos pasar hacia el aula Nº 6, exclusiva para los de séptimo curso, nos parecían nuestras madres ideales: altas, guapas y elegantemente vestidas. Miguel Labordeta Subías era muy rocero con los alumnos internos que veníamos de los pueblos; le gustaba dialogar con nosotros porque nos veía algo perdidos en aquel laberinto escolar, aunque a veces, su fina ironía nos dejaba algo confundidos. Al leer en Ínsula las notas que el profesor Jesús Rubio nos muestra de P.C. que firma como Pilarín, -notas que se encontraban entre los libros y documentos que la familia Labordeta entregó para su estudio- me sorprende que ese profesor, ya algo obeso y bastante calvo, se enamorara de la joven estudiante. Qué interesante sería el conocer las notas que el poeta le enviara a P.C.

Con el paso del tiempo -yo permanecí en el colegio diez años- pude observar que Miguel Labordeta, entonces tan incomprendido por la cultura zaragozana, cuando nos daba clase -recibí de él las primeras de un inglés algo macarrónico- su mirada de hombre solitario siempre iba dirigida a las alumnas que sobresalían por su aspecto físico. Hubo una en mi curso -C.G.- con quien siempre que la ocasión era propicia dialogaba sin inmutarse de que los demás nos diéramos cuenta: creo que Miguel también se enamoró de esa joven a quien más tarde colocó de maestra en el colegio femenino que los Labordeta tenían en la calle Espoz y Mina. Este enamoramiento del profesor con una alumna, ya sucedió unos años antes en el mismo colegio cuando otro gran poeta, mi paisano Ildefonso M. Gil, se casó con Pilar Carasol a quien le daba clase de literatura; aquel amor fructificó en matrimonio feliz pese a la oposición familiar de ella.

La esquela del fallecimiento de P.C. -publicada en Heraldo de Aragón el 27 de septiembre pasado- decía que era viuda de un médico zaragozano; tenía cuatro hijos y tres nietos. Tal vez ahora, en esas galaxias misteriosas que tanto adornaban los poemas de Miguel, pueda ver a su Berlingtonia conviviendo definitivamente con las estrellas.

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* P.C. son la iniciales de Pilar Castillón, de segundo apellido Lacorte. Su hermano José era un curso superior al mío, compañero de Donato Labordeta. Todavía vive.

*C. G. es Carlota Gómez. Era de mi curso aunque de edad mayor. Le escribí para que participara en emi libro Grabado en la mente contando sus recuerdos del Colegio pero no me contestó. Una fotografía de ella, vestida para la zarzuela "Agua azucarillos y aguardiente" la publiqué en el libro; en dicha foto aparece también la que sería mi esposa. Pilar Cebollero.

 

MEMORIAS POÉTICA DE EMILIO GASTÓN

MEMORIAS POÉTICA DE EMILIO GASTÓN

 'PoeMorias (1935-1985) de Emilio Gastón: Los sueños convertidos en palabra y en arte'. REA participa en este proyecto, tributo a una persona excepcional, y ofrece a sus socios la oportunidad de sumarse al mismo. Rolde de Estudios Aragoneses va a colaborar en la edición de POEMORIAS (1935-1985) de Emilio Gastón, con el soporte de los hombres y mujeres que forman su masa social.
Coordinado por Roberto Rodes, POEMORIAS registra, en un libro y dos CDs, las experiencias vitales y creativas de Emilio Gastón (poeta, político, abogado, artista, es Justicia de Aragón): una personalidad que reúne en ideas y vivencias muchos de las cuestiones que han preocupado y siguen preocupando a la ciudadanía de Aragón y del mundo.
Los socios y socias de REA están invitados a formar parte de este proyecto.

Pueden reservar su ejemplar de POEMORIAS por adelantado a un precio especial de 15 euros (incluyendo gastos de envío y de gestión del recibo, que será girado a su cuenta en concepto de donación). Para otros interesados, el precio será de 17 euros (incluidos envíos y gestión de recibo a la cuenta que indiquen).


Aquí se puede solicitar: coordinacion@roldedeestudiosaragoneses.org

Emilio Gastón cumple 80 años el año 2015. Nació el mismo año que su gran amigo José Antonio Labordeta (1935-2010). 

 

*La foto es de Primo.

SYLVIA Y ASSIA: MUERTES PARALELAS

SYLVIA Y ASSIA: MUERTES PARALELAS

SYLVIA PLATH Y ASSIA WEVILL, VIDAS CASI PARALELAS

Hay historias de amor que parecen no acabar nunca. Se prolongan más allá de la muerte como si se extendieran hasta el infinito o creciesen día tras día, con revelaciones, con todo un enjambre de sorpresas. Una de esas historias, o mejor aún, dos de esas historias tienen como protagonistas a Ted Hughes y a Sylvia Plath, y a Ted Hughes y a Assia Wevill . Y, en cierto modo, también cabría hablar de una historia de amor, celos y de sombra entre Sylvia Plath y Assia Wevill: Assia reemplazó a Sylvia en el corazón de Hughes y a la vez Assia sentía el peso insoportable de Sylvia sobre ella y sobre su relación con Ted: era tan tenebrosa y agobiante esa presencia que Assia acabó como Sylvia; se suicidó con pareja brutalidad (y con ella murió su hija Shura) y nunca, nunca, estremeció con su poesía a su imposible amor, con el que pugnó y se desesperó durante seis años.

Son dos historias semejantes, complementarias e igualmente dolorosas. Las dos mujeres, Sylvia y Assia, se enamoraron de Ted Hughes, un excepcional poeta que también era, según escriben Yehuda Koren y Eilat Negev en ‘Assia Wevill ’ (Circe) «un acosador sexual por naturaleza».

Ahora coinciden dos títulos en las librerías: ‘Dibujos’ de Sylvia Plath, que nacieron durante el inicio de su relación con Ted y de la luna de miel, que los llevó a Inglaterra, a Francia, a España (en concreto a Benidorm). Animada por su marido, en 1956 y 1957, Sylvia hizo muchos dibujos, alguno incluso de Ted: dibujos de arquitectura, de calles, de botellas, de tejados y chimeneas, de tiestos... Sylvia solía usar la pluma y la tinta sobre papel: tenía sensibilidad, buen gusto, precisión e inventiva.

Los dibujos se van mezclando, a lo largo del viaje, con varias cartas: epístolas a Teddy («De mi paseo de ayer traje conmigo un cardo morado y un manojo de dientes de león, y dibujé ambos con gran y amoroso detalle», le escribe); epístolas a su madre desde Francia o desde Benidorm, «ese encantador pueblecito español en el que pasamos cinco semanas en nuestra luna de miel», le cuenta, y también hay algunas notas de su diario, de agosto de 1957: «Enamorada de Henry James: ‘Bestia en la jungla’ me quita el miedo al trabajo por el amor al cuento, siempre tratando de presentarlo en mi mente como ante una clase». Este libro lleva un prólogo de Frieda Hughes.

 

Tres maridos y un amante

Si ‘Dibujos’ ahonda en una faceta ya conocida de Sylvia Plath, Yehuda Koren y Eilat Negev hacen un trabajo minucioso sobre la vida de la poeta Assia Wevill (1927-1969). Una vida intensa, llena de accidentes e incidentes, de viajes y de búsquedas. Las autoras han conversado con la hermana de Assia, con sus tres maridos -John Steele, Richard Lipsey y con David Wevill, el poeta de quien tomó su apellido Assia Gutmann- y con Ted Hughes, se citaron con él en 1996. Han rastreado sus huellas y el círculo de amistades en los lugares en que vivió: Palestina, Inglaterra, Canadá, Birmania, Irlanda, etc.

Assia se reveló muy atractiva: no pasaba inadvertida y, además, ella se sentía inclinada hacia la seducción y la promiscuidad, de ahí que sus maridos sufrieran continuos ataques de celos. Los autores esbozan diversos retratos. En uno, puede leerse: «Se convirtió en una despampanante joven que buscaba su reflejo en los escaparates de las tiendas, se sentaba detrás del conductor del autobús para contemplarse con admiración en el espejo retrovisor y saboreaba las miradas codiciosas de su belleza».

Una de sus mejores amigas, la realizadora Mira Hamermesh, se quedaría abrumada «ante esa joven chic y misteriosa que le pareció la criatura más hermosa y grácil que había visto fuera del cine». Assia sedujo a muchos hombres; se casó tres veces y merced a su tercer marido, el poeta David Wevill, acabaría acercándose al círculo de Sylvia Plath y de Ted Hughes. Estos alquilaban su piso; más tarde, los invitaron a una fiesta. Y allí sucedió lo que Ted y Assia anhelaban. Sobre todo ella, que al parecer ya había anunciado en su trabajo que iba a seducir al poeta. Cuando se quedaron solos en la cocina se besaron y Sylvia los descubrió. Assia le confesaría a su marido, como si tal cosa: «Ted me ha besado en la cocina y Sylvia lo ha visto».

David diría años después a los autores: «No me alarmé demasiado y no quise montar una escena. Se pueden producir coqueteos entre amigos, y pensé que Ted solo había dado el paso que daban todos los hombres desde que son hombres. Me pareció que el beso había sorprendido a Assia y que no pasaría de allí». Se equivocaba, claro. Y Sylvia Plath, que apenas tardaría unos meses en poner fin a su vida, lo sabía: «El radar emocional de Plath era sumamente sensible a la más mínima invasión de su espacio conyugal por parte de otras mujeres».

 

Algún tiempo después, en ese mismo año de 1962, los nuevos amantes se buscarán: «El viernes 13 de julio, Ted llevó a Assia a la hora de comer a un hotel, donde hicieron el amor». Un amigo de ambos escribió en su diario: «...violento y animal, él la viola». La propia Assia les diría a sus amigos de oficina que Ted hacía el amor con ferocidad. Y a otro amigo le confesó: «¿Sabes?, en la cama huele como un carnicero».

En 1962 Ted y Assia hicieron un viaje secreto a Benidorm. El amor fluctuaba, había tensión y pasión. Después de la muerte de Sylvia en 1963, Assia se divorciaría y daría luz a su hija Shura; era fruto de su relación con Ted Hughes. Por más que lo intentó, Assia nunca logró que Ted viviese con ella de manera definitiva. La sombra de Sylvia seguía rondando, la suya y la de otras mujeres.

Dicen las autoras: «En realidad Assia vivió en las casas de Plath, durmió en sus camas y utilizó sus sábanas y su cubertería, pero nunca las sintió como su hogar (…) Sylvia era ambiciosa y exigente. Assia en cambio siguió siendo perezosa y despreocupada, una ‘bon vivant’ y un ama de casa bastante desastrosa». Poco a poco, Assia sucumbió a la desesperación. Aprovechó la inesperada salida de la asistenta Else para «preparar las cartas, hacer sitio en la cocina, extender las mantas, cerrar las ventanas, tragarse una caja de somníferos con sorbos de whisky, ir a buscar a Shura y abrir todas las llaves del gas. El uso de múltiples métodos es indicio de que estaba más allá del punto de retorno y no quería que la salvaran».

No quería vivir sola, «insegura, sin marido, sin un padre para Shura». Pese a todo, dijo: «He vivido el sueño de estar al lado de Ted , y el sueño se ha ido al traste». Ted tampoco respetó su epitafio: «Aquí yace una amante de la sinrazón y una exiliada».

  

BIOGRAFÍA

 

Assia Wevill. Yehuda Koren-Eilat Negev. Traducción de Aurora Echevarría. Circe. Barcelona, 2014. 438 páginas.

 

POESÍA Y DIBUJOS

Dibujos. Sylvia Plath. Traducción de Guillermo López Gallego. Nórdica. Madrid, 2014. 85 páginas. 

JAVIER CERCAS: EL GRAN ROMEO

JAVIER CERCAS: EL GRAN ROMEO

[El escritor Javier Cercas publicó este texto en el suplemento dominical de ‘El País’ un artículo extraordinario sobre Félix Romeo. Hace unos días me crucé con sus padres ante el Paraninfo. El miércoles, con otros amigos como Pepe Melero, Daniel Gascón, Ismael Grasa, Eva Puyó y Luisa Alegre, cené con él. Tenía este artículo guardado en mi archivo... La revista ‘Letras letras’ publica una extensa entrevista de Daniel Gascón a Javier Cercas.]

 

EL GRAN ROMEO

 

Por Javier CERCAS

 

Se llamaba Félix Romeo, pero no siempre fue muy afortunado en el amor; en la muerte no lo fue en absoluto. Falleció el 8 de octubre pasado, en Madrid, a los 43 años, de un paro cardiaco. Decir que era un hombre excepcional es decir bien poco, porque en la hora de la muerte todos somos excepcionales. Ante todo era un escritor. Publicó infinidad de artículos y crónicas; publicó tres libros. El primero, de 1995, se titula Dibujos animados y le colocó en el grupo de cabeza de la narrativa de su generación. El segundo, Discothèque, se publicó seis años más tarde; aunque el libro sea una mezcla feliz, improbable y gamberra de Kurt Vonnegut y Rafael Azcona, puede que Romeo viviera su publicación como un fracaso: quizá pensó que la novela no se había entendido; más probablemente, que no había estado a la altura de lo que él se exigía a sí mismo. De esta derrota (o de esta ilusión de derrota) salió su mejor libro: Amarillo, un gran interrogante sin respuestas sobre un hecho que el vitalismo desaforado de Romeo se negaba a entender -el suicidio a los 24 años de su amigo el escritor Chusé Izuel-, un libro extraño, perturbador y necesario donde su prosa adrenalínica brillaba con todo su sombrío esplendor. Lo dije en esta columna cuando el libro apareció, hace tres años, y conviene repetirlo.

Pero Romeo no era sólo un escritor; para muchos era sobre todo un personaje. Ahora que está muerto -ahora que su vida empieza a cobrar un sentido ajeno a sí misma-, sería fácil compararlo con los protagonistas de las novelas de Saul Bellow, con uno de esos intelectuales desmesurados que, como Humboldt o Ravelstein, parecen encarnar toda la magnificencia contradictoria del ser humano. Como Ravelstein, Romeo era a su modo un pedagogo. Poseía una cultura exuberante, y parecía disfrutar lo mismo adquiriéndola que repartiéndola. Fabricó lectores, cinéfilos, escritores. Como promotor de su propia obra era pésimo -de hecho, era totalmente incapaz de promoverla, no digamos de promoverse a sí mismo-, pero como promotor de la obra ajena era imbatible. Su conversación era una pirotecnia perpetua de lecturas, de historias, de ideas. La última vez que le oí hablar en público razonó su rechazo de gran parte de la literatura española con el argumento atendible de que es una literatura de señoritos (una literatura de primero de la clase, creo que dijo), una literatura que mira a los seres humanos por encima del hombro, de arriba abajo y no de abajo arriba, incapaz de mostrarlos en toda su desoladora grandeza, una literatura mezquina, costumbrista y petulante; cuando Romeo terminó de hablar le dije que me gustaría tener por escrito lo que había dicho, y él me miró extrañado, como si le molestase un poco que los demás creyésemos que tenía tiempo de escribir todo lo que se le ocurría. Su pasión por los libros obraba prodigios. Una vez aseguró en un artículo no haber leído una gran novela inédita en castellano: The man who loved children, de Christina Stead; como yo sabía que no le gustaba que hubiera por ahí obras maestras sobre las que no podía emitir una opinión, cuando nos vimos le regalé mi ejemplar; él lo aceptó, pero años después convirtió una charla pública en un acto dadaísta con el fin de poder devolvérmelo; y justo el día siguiente de su muerte me enteré por Abc, el periódico donde últimamente colaboraba, de que el libro de Stead se acaba de traducir al castellano. Podía ser dogmático, arbitrario y provocador, aunque sus intemperancias sólo molestaban a los fanáticos y a los canallas. En política era un excéntrico: no sólo creía fervientemente en la democracia; creía fervientemente en esta democracia. Más de una vez demostró ser valiente. Si la palabra no estuviera llena de sangre y de mierda, sentiría la tentación de decir que era un patriota: detestaba el nacionalismo, pero amaba su tierra y a su gente. En Zaragoza deja un agujero del tamaño de una explosión nuclear.

Creía en la amistad entre escritores, lo que tiene un gran mérito. Cada vez que pasaba junto al pueblo donde nací, entre Trujillo y Mérida, me llamaba por teléfono o me enviaba un sms. Sus sms. En el penúltimo que me envió, un par de semanas antes de morir, me daba las gracias porque, en un reportaje publicado en este periódico, le mencionaba entre los escritores que merecen más lectores de los que tienen. "Qué alegría que me tengas en tu corazón", escribía. Le contesté que siempre le tenía en mi corazón y en mi cabeza; me contestó: "Sí, pero verlo en EL PAÍS es como ver un corazón de enamorado en un árbol". Uno entiende perfectamente que todos tenemos que morir, pero no que, habiendo tanto hijo de puta suelto, la muerte venga a reclamar, a los 43 años, a un tipo como Félix Romeo. Cuando me dijeron que había muerto me fui a caminar por el Ampurdán; el cielo estaba negro y soplaba una tramontana tan furiosa que parecía querer arrancar los árboles de cuajo y llevárselos volando: tuve la impresión de que la naturaleza estaba de acuerdo conmigo. No es fácil dejar que un hombre como Romeo se marche así como así.

 

*Esta foto de Félix Romeo se la hizo otro grande: Daniel Mordzinski.

UN SIGLO DE VÍCTOR BAILO

UN SIGLO DE VÍCTOR BAILO

El paladín del mejor gusto estético

 

Se cumplen cien años del nacimiento de Víctor Bailo (1914-1975), propietario, director de la galería libros y pionero de la modernidad

 

Antón CASTRO

Víctor Bailo Solanas (Leciñena, 1914-Zaragoza, 1975) se hizo acreedor a muchos elogios. Para algunos, como el profesor y crítico de arte de HERALDO Ángel Azpeitia, transmitió cultura, sentido de Civilización; para otros, como el escritor y profesor de Historia del Arte Federico Torralba, fue “uno de los auténticos pioneros –y en momentos bien difíciles (...)- en la difusión de los nuevos caminos de la plástica”. Luis Horno Liria, crítico literario, resultó decisivo en “la formación de nuestro gusto estético”. Todos ellos lo elogiaron sin reservas en el catálogo de homenaje que se le hizo, en la primavera de 1976, unos meses después de su muerte. Esos elogios, de otro modo, se han repetido a lo largo de los años por escritores, artísticos, galeristas, etc. El último en ensalzar su travesía de creación y curiosidad intelectual ha sido Javier Lacruz en su monografía de ‘Manuel Viola’ (Editorial Cierzo), que recuerda que la sala Libros fue su personal catedral del arte, desde casi antes de abandonar los pantalones cortos.

Víctor Bailo y Libros forman parte de la memoria de Zaragoza. Fueron un binomio fundamental a lo largo de 35 años, desde 1945 hasta 1975. Su hija Isabel Bailo y su yerno Gonzalo de Diego lo recuerdan, en su domicilio de Arquitecto Yarza, ahora que se celebra el centenario de su nacimiento. Cuenta Isabel que su padre pertenecía a una de las dos familias más influyentes de Leciñena. “Tenía un hermano mayor, Paco, que fue padre en vísperas de la Guerra Civil. Lo cogieron y lo fusilaron. Mi padre jamás quiso volver a Leciñena –dice-. No podía olvidarse del crimen. Es curioso: a mí me gustaba regresar, de cuando en cuando, para el verano con mis abuelos. Lo pasaba bien”. Ya instalado en Zaragoza, el joven Víctor Bailo intentó reanudar su vida y superar los fantasmas del horror y del dolor. Empezó a estudiar comercio y “no tardó en coger en traspaso Libros, que había pertenecido a su primo Tomás Seral y Casas”, explica Gonzalo de Diego.

No se sabe muy bien por qué Víctor Bailo se interesó por un proyecto como ese. “Fue clave, creemos, su primo”, dicen. Tomás Seral y Casas (1908-1975) fue poeta surrealista, un agitador cultural y colaborador en prensa, dirigió revistas, y fundaría en Madrid la Galería-Librería Clan. En 1939 había solicitado permiso para abrir su galería y lo haría en octubre de 1940; el proyecto era de José de Yarza. Años después, con Víctor Bailo ya al frente, habría una ampliación dirigida por Pérez Páramo. “Seral y Casas le asesoró siempre, le mostró su cartera de clientes y le puso en contacto con galeristas”, dice Isabel. Gonzalo de Diego, que ha trabajado en cultura y exposiciones en Ibercaja hasta su jubilación, revela una curiosa anécdota: “Víctor Bailo era simpático, con carisma, sencillo en el trato y educadísimo. Tenía un sexto sentido para el negocio y se empleaba con sutileza. No agobiaba ni era desconfiado. Yo le compré el primer cuadro de mi vida en 1973. Era un Grau Santos. Me vio interesado y me ofreció toda clase de facilidades. Me costó 25.000 pesetas de las de entonces, unos 150 euros”. Regresamos un instante a Seral, que se marcharía a Madrid en 1945: “Hemos visto la correspondencia íntima entre los dos y le asesoraba desde la distancia”, agrega. Bailo viajaba constantemente a Madrid y colaboraba con diversos galeristas: Gaspar, Parés, Prats, Biosca, Leandro Navarro o Rodríguez Sahagún, entre otros.

Se diría que Víctor Bailo aprendió pronto y convirtió su santuario de Libros en un foco cultural de la ciudad: era galería de arte, tiene de enmarcación y librería y tienda de discos. “En los discos trabajó de dependiente el gran fotógrafo Joaquín Alcón”, recuerdan Isabel y Gonzalo. Libros era un centro de tertulias, de amantes de las artes y de los libros. “Por allí pasaba todos los días el periodista y crítico Joaquín Aranda, compraba un libro y lo leía en el Casino. Pasaban Miguel Labordeta y muchos otros: en sus inicios estuvo Fermín Aguayo, “con una bufanda que le arrastraba hasta el suelo”, acudían el alcalde Luis Gómez Lagunas, el crítico musical Eduardo Fauquié, los hermanos Pérez Gállego, el productor Eduardo Ducay o el periodista de HERALDO José María Doñate”, dice Gonzalo de Diego.

Víctor Bailo tenía buen gusto para el arte. La apasionaban la música y la lectura. Expuso a la Escuela de Vallecas y de Madrid, a Redondela, Viola o Menchu Gal, pero también estaban vinculados a él otros artistas como Revello de Toro, Álvaro Delgado, que lo retrató, Palencia,  Vázquez Díaz, Luis García-Ochoa, Godofredo Ortega Muñoz, “que le recordaba que se había escondido durante la Guerra Civil en Utebo, en la casa de Gil Bel”. Expuso a muchos de sus paisanos: Pilar Aranda, Pablo Serrano, Santiago Lagunas, Viola, Baqué Ximénez, Alberto Duce, Beulas... Todas las temporadas dedicaba un mes a un artista aragonés, y si en 1950, por poner un ejemplo, presentó al joven surrealista Antonio Saura, algunos años después haría lo propio con  José Luis Cano o Jorge Gay.

En 1975, en la calle Cuatro de Agosto fundó un nuevo espacio: Libros 75, pero no le dio tiempo a abrirlo. El cáncer interrumpió su gran obra con apenas sesenta años. Leandro Navarro lo recordaba así: “La figura menuda, la sonrisa irónica, un ligero acento aragonés, unos escrutadores, agudos, inteligentes ojos claros, disimulados tras los lentes... Los abrazos abiertos, el corazón grande, generoso, emocionado para el arte”. Su proyecto, con algunos cambios, permaneció abierto hasta el pasado agosto de 2013.   

GUSTAVE COURBET: DE 'EL SUEÑO'

GUSTAVE COURBET: DE 'EL SUEÑO'

GUSTAVE COURBET: ‘EL SUEÑO’ DE 1866. PASIÓN Y AMISTAD DE MUJER

Me he encontrado con este cuadro de Gustave Courbet firmado en 1866, titulado  ‘El sueño’. También tiene otros nombres: ‘Las durmientes’, ‘Pereza y lujuria’ o ‘Las amigas’. Como uno de sus cuadros más famosos, y más escandalosos, ‘El origen del mundo’, fue encargado por un diplomático turco, llamado Jalil-Bey. Es un cuadro que tiene un claro influjo de la escuela veneciana, si no sabe al principio parece próximo a Tiziano.

Tiene un aroma inequívoco de ambigüedad: ¿encarna el sueño de dos buenas amigas, cómplices en su intimidad, o es una escena claramente lésbica? El autor ha dejado algunos símbolos: un cáliz (vinculado al arrentimiento, según algunoscríticos), un collar de perlas roto, que alude a la consumación de la pasión y, entonces, también a una idea del pecado. En cualquier caso, es una obra realmente hermosa, sugerente, admirable. Se encuentra en el Museo del Petit Palais y es generosa de formato: 135 centímetros por 200. Es decir, casi metro y medio de ancho por dos metros de largo. Hace muy poco, con maestría, con mezcla de periodismo e investigación, Miquel Molina publicaba ‘Una flor de mal’, sobre un cuadro ‘español’ del gran pintor.