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Antón Castro

ADIÓS AL LATERAL JULIO BERNAD

ADIÓS AL LATERAL JULIO BERNAD

HA FALLECIDO JULIO BERNAD

El pasado día nueve, miércoles, fallecía los 85 años el ex jugador del Real Zaragoza Julio Bernad Balmaseda (Zaragoza, 17/10/1928 - 9/7/2014). Zaragozano, ingresó en el Real Zaragoza procedente del Huesca (allí llegó desde el Arenas) en la temporada 1953-1954. Ascendió a Primera División en 1956 y tuvo el honor de ser el capitán del equipo, por ejemplo en la inauguración de La Romareda el 8 de septiembre de 1957, ante Osasuna; vencieron los blanquillos por 4-3. Era lateral izquierdo y participó en una defensa realmente legendaria, que los niños se sabían de memoria: Perico Lasheras; Torres, Alustiza, Bernad. Aquel día el Zaragoza formó así: Lasheras; Garbayo, Alustiza, Bernad; Estiragués, Manolín; Domingo, Wilson, Murillo, Moreno y Vila. Fue Vila quien marcó el primer gol en el nuevo estadio. El entrenador era Jacinto Quincoces, que había sido un gran futbolista del Real Madrid y de la selección española. Por cierto, ya había sido preparador del Real Zaragoza en la campaña 1942-1943, fue su debut, y lo sería dos campañas más: de 1956 a 1958. Este Moreno, que formó de interior, era Tomás Hernández, que formaría luego en el Barcelona con Basora, César, Kubala, él y Manchón.

Julio Bernad jugó 128 partidos con el club, permaneció hasta la campaña 1958-1959 (le reemplazaría Severino Reija, que ingresó en el club en la temporada 1959-1960) y luego estuvo muy vinculado al Zaragoza y a la Agrupación de Veteranos del Real Zaragoza. Lo conocí en El Cachirulo en el 75 aniversario del equipo y era un hombre cálido, con espléndida memoria y llevaba con mucho orgullo haber sido futbolista del Real Zaragoza. En el primer volumen del libro ’El largo camino hasta la Recopa’ (1995) de Ángel Aznar Paniagua hay una entrevista con él.


En esta página de Aupazaragoza pueden verse algunos de sus cromos, con ese error de Bernard por Bernad.
http://www.aupazaragoza.com/foro/viewtopic.php?f=1&t=97523&sid=49d9fba42ca5407ce785787b72665c13

ANTONI ARISSA EN TELÉFONICA

Antoni Arissa: el artista que vuelve a ver*

 

Arissa. La sombra y el fotógrafo, 1922-1936.  Comisarios: Rafael Levenfeld y Valentín Vallhonrat. PhotoEspaña. Fundación Telefónica de Madrid. Hasta el 14 de septiembre.

 

El viejo mercado de Les Encantes ha dado muchos frutos: alimenta las fotobiografías de Antonio Cardiel, ha inspirado un espléndido libro de José Carlos Cataño, ‘De rastros y encantes’, surte (o surtía) de libros de viejo, de cuadros y de objetos de chamarilería a curiosos, soñadores y buscadores de tesoros. Fue allí donde se vendió una parte del archivo de Antoni Arissa Asmarats (Barcelona, 1900-1980), fotos tamizadas por la sensibilidad, la variedad expresiva y la modernidad. Quien las compró debió de darse cuenta de inmediato de que allí había un fotógrafo lleno de talento, insólito para la época, más olvidado que desconocido, y se puso en contacto con el Museo de Arte Nacional de Cataluña. Por otra parte, el Instituto de Estudios Fotográficos de Cataluña posee alrededor de dos mil obras de Arissa, que era impresor y tipógrafo en el negocio familiar en la calle Bruc de Barcelona.

La Fundación Telefónica ha ‘descubierto’ a magníficos profesionales: Luis Ramón Marín, Josep Brangulí y Virxilio Vieitez serían tres ejemplos perfectos. O incluso al argentino Horacio Coppola. Y ahora, en la programación de PhotoEspaña, hace lo propio con Arissa, cuya trayectoria han investigado los comisarios Rafael Levenfeld y Valerntín Vallhonrat. Se exponen en torno a 160 obras de un período no demasiado largo, entre 1922 y 1936, pero sí enormemente fecundo y variado. Antoni Arissa, fascinado por el auge de la fotografía, encuentra en las cámaras un artefacto que le permite desarrollar su sentido artístico, su búsqueda de la belleza y su pasión por el riesgo. Al principio, milita en el pictorialismo, que era el género de moda y el que solía concurrir a los salones fotográficos. Arissa fue galardonado en certámenes nacionales (Figueras y Gijón, entre otros) e internacionales. Curiosamente, en PhotoEspaña, en el Museo Romántico, también se exhibe a un gran fotógrafo pictorialista de Sabadell como Joan Vilatobà (1878-1954), premiado en la Exposición Hispano-Francesa de 1908 de Zaragoza.

Arissa, dentro de esa corriente tan en boga, hace un poco de todo: instantáneas rurales, alegorías de una supuesta Arcadia, retrata a sus hijas (Margarita y Angeleta era el nombre de dos de ellas) en interiores que ha trabajado como un decorado con atmósferas de cuentos de hadas, pero también se asoma al puerto e incluso capta la ciudad con una asombrosa plasticidad, como sucede con esa serie de Barcelona, matizada de reflejos, donde parece anticiparse al propio Catalá-Roca o a las visiones límpidas de Josef Sudek.

Poco a poco, el fotógrafo evoluciona hacia la abstracción. Hombre informado, se ve una segunda época influenciada por los ecos de la nueva fotografía europea, en la línea de Alexander Rodchenko (cuyo eco es visible en sus picados y contrapicados, en los ángulos inesperados, en la búsqueda de una nueva posición del fotógrafo), de Moholy-Nagy y los artistas de la Bauhaus, de la nueva objetividad alemana. En su última etapa, Arissa, que había sido objeto de un número monográfico de la revista ‘Art de la Llum’ en 1935, se transformó en un fotógrafo obsesionado por la pureza formal, la depuración estilística y el diálogo con el diseño gráfico, las letras y los signos. Pese a esa apuesta más bien constructivista, a esa inclinación tan sutil y perfeccionista, Antoni Arissa siempre pareció dispuesto a mirar el exterior y atrapar nuevas formas de arte y de vida: en las calles, en su casa, en los jardines o en los muelles. A veces no es fácil saber con exactitud en qué momento realizó una foto, por la amplia horquilla de datación, pero eso tampoco es tan determinante ante alguien que posee mirada, arquitectura de la composición, caligrafía del contraluz y una vocación artística espectacular. Tan humana o humanista como conceptual.

Tras la Guerra Civil abandonó la foto y se centró en su oficio.

*Este artículo, por gentileza de Sergio Vila-Sanjuán apareció el miércoles en el suplemento Culturas de La Vanguardia.

 

-La foto la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-494fd6b1084d88ce5942f1338489a345.jpg

La segunda la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-135042d0a42a4250f4a4b0ed8be5ef8e.jpg

 

ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ: UN DIÁLOGO

ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ: UN DIÁLOGO

ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ. Escritora

 

 “En el amor, mentimos desde la primera mirada”

“Todos queremos amor”

 

 

Antón CASTRO. Zaragoza

La escritora mexicana Alejandra Díaz-Ortiz, afincada en España hace más de una década, presentaba ayer en Cálamo ‘No hay tres sin dos’ (Trama editorial, 2014), cuentos y microcuentos de amor, el tercer libro de una trilogía, conformada por ‘Cuentos chinos’ y ‘Pizca de sal’.

¿Cómo nació ‘No hay tres sin dos’?

El escritor Roberto Bolaño aconseja en el primer punto de su ‘Decálogo para escribir un cuento’: «Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.». Y eso es lo que estoy haciendo…

Explíquenos algo más.

‘No hay tres sin dos’ es el tercer libro de una trilogía, no planeada, sobre el amor, el desamor y la pareja. Los tres, según apuntó Aute en el prólogo del primero, ‘Cuentos chinos’, hacen del caos su principal virtud. El primero nació de mi aventura como bloguera, allá por el año 2006.  Justo el año en que comencé a vivir uno de los peores episodios de mi vida. Quizá por eso, aquel primer libro resultaba «cañero» según lo han descrito, con el tema. Lo cierto es que fue mi modo de afrontar el proceso de la pérdida. Parafraseando a Gamoneda, ‘Ardían las pérdidas’, y mi manera de rebelarme ante lo contundente, era reírme de las mismas.

¿Pérdidas? Creo que alude a la muerte de su compañero, el poeta y editor Carlos Álvarez-Ude, que falleció en 2010...

Sí. Dos años después, nace el segundo libro, ‘Pizca de sal’ (Trama Editorial, 2012), en pleno proceso de duelo. Así que, aunque sigo dando vueltas al tema del amor, quizá su tono sea más dolorido pero no por ello menos canalla. Y reflejo en él lo que, aunque parezca absurdo, me dio por hacer durante el luto: meterme en la cocina. ¡No tenía a quien cocinar!, pero yo insistía en probar y probar platos nuevos. De esa repentina obsesión, nació la segunda parte del libro, en la que juego a enredar recetas de cocina en los relatos. Así pues, para rematar, otro par de años más tarde, con el alma y el cuerpo menos rotos, nace el último. Curiosamente, en mi opinión, el más íntimo.

¿Ha querido componer un volumen de variaciones sobre el amor?

No es que lo haya querido, es que simplemente están ahí. Oigo a mis amigas. Me miro en el espejo. Mis amigos me cuentan sus aventuras. Escucho conversaciones en el metro. Leo lo que la gente cuelga en Facebook o escribe en sus blogs. En conclusión: todos queremos amor. El problema, casi siempre, es que no sabemos qué hacer con él cuando creemos haberlo encontrado. Escribo sobre algo que nos sucede a todos, pero que no es políticamente correcto admitir.

Es un libro mestizo, de cuentos, de microcuentos, de aforismos a veces, casi de pensamientos... ¿Cómo lo ha concebido y lo ha organizado?

Bien, yo los llamo cuentos. Sé que no es correcto desde el punto de vista formal, pero es que en México a todo le llamamos cuento. Incluso, al primer beso. Lo cierto es que lo que yo me he propuesto es provocar al lector. Darle una descarga, un chispazo para que sea él quien desarrolle su propia historia. La organización es mi caos, como la vida misma. Pero normalmente es el trabajo conjunto con mi editor de Trama, Manuel Ortuño, quien me centra y, con muy buen criterio, le va dando forma al libro.

¿Cuál es la importancia del humor, de la ironía y la sátira? O más bien, ¿cómo se reparten?

El humor me es de vital importancia. Soy la que más se ríe de mí. Por supuesto, me enamoro de quien me saca más de tres sonrisas. De la ironía, sobre todo la de las palabras, soy adicta. Me apasiona desarmarlas y llevarlas al extremo, como un perverso juego de seducción. Las palabras, más allá de la RAE, tienen múltiples posibilidades y eso es algo que me gusta trabajar. Quizá por eso ando mal de amores… En cuanto a la sátira: ¿cómo evitar decepcionar al lector con finales in/felices?

¿Podríamos decir que es el libro de una pesimista sobre las relaciones humanas?

Sobre las relaciones humanas, no. Me gusta la gente. Creo en la gente. Pero sí que soy pesimista con respecto al amor. No obstante, lo provoco, lo convoco y lo conjuro en cuanto tengo una oportunidad. Creo en el amor como cicuta que me hace verme más guapa cuando estoy enamorada. O ser más productiva. O ser más osada. En lo que no creo es en las personas que me han hecho ser más creativa gracias al corazón que me han destrozado.

¿Mentimos todo el rato en el amor?

Partiendo de la base que cuando vemos a alguien que nos gusta, sacamos lo mejor y escondemos lo peor debajo de la moqueta, pues sí. Mentimos desde la primera mirada. Luego, cuando ya pasó ese primer estado de «locura transitoria», mentimos para no alterar el orden. E, incluso, llegamos a mentir para subvertirlo. Aunque no sería justa al decir que «todo el rato». Siempre hay un momento, una mirada, un gesto que te hacen creer que, en esa ocasión, la cosa irá bien. Y creo que ese momento sí es sincero del todo. En el colofón de ‘Cuentos chinos’ escribí que el amor es como comprar en una tienda del ‘Todo a cien’. Sabes de antemano que la calidad es dudosa, aún así, lo compras, convencida de que tú tendrás la extraordinaria suerte de llevarte a casa algo con mejor hechura…

¿Qué autores de este género le interesan?

No son precisamente de ese género, pero Nicanor Parra, sin duda. Juan Rulfo, que escribió dos libros y se ganó la eternidad. Roberto Bolaño y su cuento del Rata. Cortázar, por supuesto. Idea Vilariño, poeta uruguaya, que está siempre en mi mesilla. Luis Eduardo Aute y sus ‘Animal(h)adas’. Alejandra Pizarnik. Mark Twain. Chéjov. E. Allan Poe. George Sand. Los poemas de Marilyn Monroe. ‘Las mil y una noches’. Clara Obligado. Guadalupe Nettel, paisana mía… En fin, es que me interesan todos… Incluso, Corín Tellado, ¿por qué no?...

 

 

ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ EN CÁLAMO

ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ EN CÁLAMO

Esta tarde, a las 20.00 horas, en la librería Cálamo, la escritora mexicana Alejandra Díaz-Ortiz presentará su libro ‘No hay tres sin dos’ (Trama editorial), que forma parte de una trilogía sobre el amor y la pareja con ‘Cuentos chinos’ (Trama, 2009) y ‘Pizca de sal’ (Trama Editorial, 2012). La acompañarán, además de Francisco Goyanes y su equipo, su editor Manuel Ortuño y el escritor y periodista Antón Castro. Se la puede seguir en su blog:

http://alejandradiazortiz.wordpress.com/2014/05/20/no-hay-tres-sin-dos/

Copio aquí algunos de sus textos:

 

EL ÁRBOL DE LA VIDA

 

Hay un poema que te espera.

Está detrás de aquel árbol. Sí,

Al torcer la calle.

No temas.

Los versos no matan.

(Somos las personas.)

 

ENVIDIA

 

Ella quiso ser beso y él le ofreció su boca.

 

Ella quiso ser carne y él la cubrió de piel.

 

Ella quiso ser suya y él siguió siendo de otra.

 

EL BAR AZUL

 

No fui yo. Fueron los ojos que cerré para mirarte.

 

Y esa maldita canción del oscuro rincón del bar azul. Fue la boca que abrí para callarte. Y esas desconocidas manos ciñendo mi cintura.

Fue la muerte que aún juega a que estás vivo...

 

 

*Alejandra Díaz-Ortiz explica así sus cuentos: 

¿Ha querido componer un volumen de variaciones sobre el amor?

No es que lo haya querido, es que simplemente están ahí. Oigo a mis amigas. Me miro en el espejo. Mis amigos me cuentan sus aventuras. Escucho conversaciones en el metro. Leo lo que la gente cuelga en Facebook o escribe en sus blogs. En conclusión: todos queremos amor. El problema, casi siempre, es que no sabemos qué hacer con él cuando creemos haberlo encontrado. Escribo sobre algo que nos sucede a todos, pero que no es políticamente correcto admitir.

Es un libro mestizo, de cuentos, de microcuentos, de aforismos a veces, casi de pensamientos... ¿Cómo lo ha concebido y lo ha organizado?

Bien, yo los llamo cuentos. Sé que no es correcto desde el punto de vista formal, pero es que en México a todo le llamamos cuento. Incluso, al primer beso. Lo cierto es que lo que yo me he propuesto es provocar al lector. Darle una descarga, un chispazo para que sea él quien desarrolle su propia historia. La organización es mi caos, como la vida misma. Pero normalmente es el trabajo conjunto con mi editor de Trama, Manuel Ortuño, quien me centra y, con muy buen criterio, le va dando forma al libro.

LUZ RODRÍGUEZ EN EL PRINCIPAL

LUZ RODRÍGUEZ EN EL PRINCIPAL

‘EL PEZ DE LA DESPEDIDA’

[Luz Rodríguez, una poeta asturiana afincada en Huesca, presenta esta tarde, a las 20.00, en el Teatro Principal su poemario ‘El pez de la despedida’, que ha publicado Paco Rallo en su sello El párpado sumergido con ilustraciones de María Maynar. Se trata de un libro de amor y desamor, de atmósferas y desolación, de vitalidad y de búsqueda, uno de esos libros preñados de imágenes, de sueños, de búsqueda y de intemperie. La edición está muy cuidada y María Maynar, artista que reside en Garrapinillos, ha hecho un trabajo muy especial, muy libre. Entraron en contacto la poeta y la artista y de inmediato sintonizaron. A Luz Rodríguez la acompañarán varias rapsodas y su músico preferido: el pianista Antonio Gil, su compañero.]

 

II

Mi cuerpo tomado por las sombras

es blando y sin  maña, con bulto y sin consistencia,

deshuesado como una mentira mal tramada.

Mi cuerpo de amor, aquel que encaramé a los vagones de tu huida,

con sus piernas veraces, sus insólitos huesos,

amarra sus flácidas hechuras al tiempo propio de la casa abandonada

para cosechar un tiempo de péndulos flotantes sin oficio conocido.

 

IV

Te llevarás el fardo moribundo de mis ojos.

Mis ojos profundos como cuervos

manos mis ojos de leñosas raíces

mis ojos como larvas

como cactus.

Como ciempiés mis ojos

amasando

el polvo heredado de tus pasos.

 

*La foto de Luz Rodríguez es de Virginia Espa.

CUENTO: EL TÍO DE AMÉRICA

CUENTO: EL TÍO DE AMÉRICA

 

[Hace algunas horas me ha llamado mi prima Piluca Verdía Castro y me ha anunciado la muerte de Mercedes Castro Barreiro, mi madrina. Hacía algunos años que padecía la enfermedad de Alzheimer, ya no reconocía a nadie, quizá vagamente a su marido Antonio. Este texto, que aparece en mi libro ’El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay), está inspirado en su travesía hacia Montevideo y en una historia familiar que era como un mito en mi niñez. En su entierro, en Larín, habrá música.]

 

4. El tío de América

 

Mi madre tuvo un tío, Generoso Barreiro Viñán, que se marchó a la emigración. Dejó la casa solariega, tomó el barco en A Coruña con uno de aquellos baúles inmensos, a los que mi padre llamaba “mundos de marino”, y se fue al Uruguay en la primera posguerra. Así dicho, casi pomposamente: al Uruguay. No se supo demasiado de él al principio, pero al cabo de cinco o seis meses se recibió una extensa carta suya y una pequeña colección de fotografías. Confirmaba que vivía en Montevideo y que se había hecho panadero. Las fotos eran de la ciudad, de sus mejores edificios, de los muelles, y había tres o cuatro de la fachada de su panadería, que era muy famosa allí.

Aquel tío hizo fortuna, consiguió abrir una panadería propia y se dio a conocer en aquella ciudad fascinante, invadida por “la música, las mujeres bonitas con sombrero y el fútbol”. Sus cartas iban llegando cada seis meses, o de año en año. No regresó nunca más, y quizá esa ausencia definitiva lo convirtió en una leyenda familiar. Y en la esperanza de un definitivo golpe de suerte que pudiese favorecernos a todos. “Tiene tanto trabajo allá, depende tanta gente de él que no tiene ni tiempo de despedir a sus padres, que están a punto de morir”, se decía muy a menudo.

Murieron sus padres, murió algún que otro de sus hermanos, empezaron a emparejarse sus sobrinos, pero Generoso no retornaba. Y entonces fue cuando a mi tía Mercedes, que acababa de casarse con un tratante de caballos y de vacas, se le ocurrió marchar al Uruguay. “Por probar. A lo mejor hasta podría hacer una carrera de cantante. Allí adoran a Carlos Gardel”, le dijo a mi madre, su hermana mayor. Mercedes era la más bella de cinco hermanas, la más esbelta, la que tenía madera de actriz de cine con su cintura de avispa, sus ojos claros y una melena rubia. Y además se sentía la más artista: cantaba en los campos durante la siega, cuando cruzaba los bosques, en las largas sobremesas de los días de fiesta; cantaba en el río de lavar y en misa. Había un momento en que su voz se encendía en medio de todas las voces, las demás enmudecían y ella se quedaba sola, como una ráfaga de luz, un temblor de estrellas o el concierto inesperado de una caracola. Tenía muchos enamorados, y eligió al que parecía más taciturno o más sereno, según se mire: mi tío Antonio, que hablaba con los animales como si le entendieran y sabía una docena de recetas para cocer castañas.

Mercedes le mandó una carta a su tío de América, le recordó que de muy pequeña era su favorita, que aún recordaba los cuentos que le contaba, cuentos de tortugas gigantes y de gallinas silvestres que ponían huevos de oro, y le preguntaba que si no le podría buscar un trabajo a ella y a su marido. La respuesta tardó los dos o tres meses de rigor; en ella el tío Generoso daba todo tipo de indicaciones: les buscaría faena y casa a los dos, y les decía que cogieran el barco lo antes posible. Dicho y hecho. Mi madre ya estaba embarazada de mí, y Mercedes le dijo en el embarcadero: “Cuando nazca la criatura, nosotros seremos sus padrinos, aunque sea por poderes. Si es niña se llamará Mercedes; si es niño, Antonio, como mi marido. No lo olvides”.

Mi madre no lo olvidó, y fue así como a mí me bautizaron por poderes en Montevideo. Siempre me inquietó saber cómo había sido la ceremonia: mi madre y mi padre me llevaron a bautizar a mi pueblo con el cura don Avelino, el de la motoreta de muelles y los rosarios interminables, y siempre me decían que allá en Montevideo mis padrinos habían hecho lo mismo. Mis padres no estaban seguros de si el ritual en Montevideo habría sido el mismo día y a la misma hora, pero se hizo. Mi padre extraía un documento, firmado por un sacerdote de Montevideo, Lucrecio Tasende Varela, que lo probaba. Lo guardaba en una dorada caja de pañuelos, Aire de Camelia, que había comprado en su único viaje a Pontevedra.

Andando los años, cuando yo tenía cinco o seis, fui a casa de mi abuelo José y de mi abuela Pilar, hermana de Generoso. Mis abuelos eran campesinos, tenían alguna hacienda, con acequias y regatos, y habían tenido una docena de hijos, de los que les habían sobrevivido ocho. Me gustaba mucho aquella casa. Tenía establos con vacas y terneros, escaleras que subían a un hórreo elegante que contaba con una especie de porche o patín desde el que a mí me gustaba contemplar el paisaje del cielo, los cañaverales, el maíz y la fronda de los pinos. En la casa había un jardín minúsculo con rosas y un huerto que me encantaba: entraba en él y comía peras, manzanas, higos, nueces, cerezas de puro azúcar y ciruelas de todos los sabores y colores. Aquella huerta, romántica y sombría, era un auténtico paraíso para mí. La casa disponía de una espléndida chimenea; al lado estaba el vertedero y la ventana que daba al hórreo.

Hay cosas que no se pueden olvidar jamás. Algo así decía el tío de América en su correspondencia: él recordaba la música de los pinos, la verbena con la orquesta de Mesta Leis y su acordeón, la comida de las fiestas, los días de caza con el perro Amancio... Hay cosas que no se pueden olvidar jamás, repito yo, Antón, niño cagón. Estábamos en la cocina, al calor del fuego; hablábamos de cualquier cosa. Más bien, hablaban los mayores, mis abuelos y mi padre, que estrenaba una bicicleta con transportín atrás para llevarme mejor. De repente mi abuela se levantó, abrió una alacena y sacó un envoltorio: un paquetito más bien plano, no muy grande. Me lo tendió y me dijo:

-Es para ti. Ha llegado esta semana de Montevideo. Te lo mandan tus padrinos Mercedes y Antonio.

No supe qué hacer. Mi abuela susurró:

-¿No quieres abrirlo?

Qué emoción. Rompí el papel exterior y descubrí una caja más bien plateada, con pocas letras: El Universal. Montevideo. La abrí y me encontré con un diminuto objeto alargado y brillante. Todo en él relucía: la madera barnizada, las letras de imprenta, el metal plateado de las bocas. Mi abuela dijo: “Es una filarmónica”. Mi padre corrigió suavemente: “Una armónica, Pilar”. La acerqué a los labios y empecé a soplar. Aquella me pareció la música de un hechizo. Mi madrina había escrito una pequeña dedicatoria: “Para mi único ahijado, que un día será músico”. Salí a las calles por si alguien quería oírme. Las notas se mezclaban con el viento y la lluvia. No sentía ni los pies. 

 

*Esta foto de la armónica la he tomado de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-dfb731a4a5b948eb61cfea0accd0cdd9.jpg

DI STÉFANO, GENIO SIN MUNDIAL

DE LA SERIE 'REGATE EN EL AIRE'

El genio que no jugó un Mundial

 

Hay futbolistas que parecían de otro mundo y, quizá, de otros sueños. Futbolistas de cuento, casi invencibles, hechos de tango y de acero, que están en todas partes: arriba y abajo, en defensa y ataque, dirigiendo el juego, encorajinados, dispuestos a todo y con un verbo casi único en la boca y en el ánimo. Ganar. Ante todo: ganar. Era el verbo de Alfredo Di Stefano, quien, por lo demás, ha sido un argentino atípico: más bien lacónico, contundente y directo, dispuesto a solventar cualquier asunto por la vía rápida e incluso por las bravas.

Fue un héroe antes de que apareciese, casi, la televisión: llenaba estadios, provocaba suspiros, levantaba a los muertos. En el Madrid, y en Argentina, en sus primeros clubs, el River Plate y el Huracán, y en Millonarios de Bogotá, adonde llegó en 1949, tras una huelga en su país, para formar un equipo de ensueño, el ‘Ballet Azul’, con jugadores como Pedernera, que era uno de los ídolos celestes. En Colombia jugó al fútbol como nadie, ganó tres ligas y fue dos veces máximo goleador. En 1952, se enfrentó con su club al Real Madrid, y ya demostró quien era: un futbolista incontenible e incansable, un artista y un jabato, puro nervio, clase y carisma. El Madrid esperaría una mejor oportunidad; en 1953, tras un litigio demasiado complicado que amargó a Pepe Samitier, el Barcelona renunció a sus derechos sobre el jugador y este ingresó en el Real Madrid. No tardaría en revelarse como un futbolista ambicioso, de exquisita técnica, director de juego, líder y goleador nato. El fútbol en Europa cambió con su llegada, y con la presencia de otra estrella en el Barcelona: Ladislao Kubala, que integró una delantera mítica que cantó Serrat: Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón; la citamos aquí porque con la camiseta del diez formaba un zaragozano como Tomás Hernández, ‘Moreno’.

El Real Madrid llevaba muchos años sin ganar la liga. Con Di Stéfano todo cambió. Él fue el revulsivo del fútbol europeo: trajo un nuevo concepto de juego que lo tenía casi todo. Incluso la soberbia de los monarcas del césped. Fue ‘la Saeta rubia’, un auténtico torbellino que desarbolaba a los rivales. Volaba. En once temporadas, ganó ocho ligas, cinco pichichis y cinco copas de Europa e hizo del Real Madrid –que contó con Kopa, Rial, Puskas, Gento, Del Sol, etc.- el mejor equipo del mundo. Para muchos es el jugador más completo de todos los tiempos. Para otros forma parte del olimpo de los dioses con Pelé, Cruyff, Beckenbauer y Maradona. Ahora habrá que buscarle sitio a Messi.

Quizá el gran lunar de su trayectoria es que no llegó a jugar ningún Mundial. En 1950 y 1954, por diversas razones, Argentina (con la que participó en seis partidos: ganó en 1947 la Copa de América y marcó seis goles) no acudió. En 1956, Alfredo se nacionalizó español e intervino en 31 choques y marcó 29 goles. En Suecia-1958 no estuvo España y sí fue convocado para Chile-1962, pero se lesionó en un partido de preparación. En 1966 ya se le había pasado su tiempo y estaba a punto de retirarse en el Español. Di Stéfano siempre ha tenido bula futbolística: opinaba con libertad, a su antojo, aunque no se andaba por las ramas. Podía ser provocador, poco diplomático o soltar las campanas de la indiscreción al vuelo. También conoció el triunfo como entrenador: fue uno de los descubridores de la ‘Quinta del Buitre’ y logró la Liga y la Recopa con el Valencia.

Acaba de cumplir 88 años. Los hizo el 4 de julio. Y ahora pugna por escapar de la muerte que le persigue. Venga cuando venga, hay una victoria que nunca podrá anotarse: Di Stéfano es inmortal. Está ahí, como los fantasmas de los estadios, para siempre, corriendo, burlando rivales, cabeceando o gritando a sus compañeros: “Che, boludos, perseguimos la gloria”. 

*Este texto aparece hoy en 'Heraldo de Aragón'.

 

*La foto de Di Stéfano es de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-97377319f83581398f7cd91f34771c77.jpg

 

*La foto de Kubala y Di Stéfano la he tomado de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-ca544578d8cd1295cfa0174b71540a93.jpg

AURORA CHARLO DE LOS BOSQUES

[El pasado sábado, en el Teatro Principal, se le rindió un homenaje sorpresa a la aucarelista Aurora Charlo, promovido por su marido Salvador. Me pidió un texto sobre ella, su personalidad, su pintura. Aquí está.]

 

AURORA DE LOS BOSQUES

 

 

zón. La primera vez que vi a Aurora Charlo fue en Albarracín. La vi pintando: saboreaba el paisaje con su gorra, con sus ojos ávidos de luz y piedra arcaica, con sus botas de caminante o de andariega de bosques y pedregales. Entonces, si el recuerdo no me traiciona o superpone fecha sobre fecha, exponía en el museo del pueblo. Entré y me impresionaron sus obras de gran formato: pintaba como casi nadie, arañaba el papel y desleía el agua y el color para trazar paisajes. Alguna que otra marina, montañas, senderos en el monte que conducían hacia espacios de misterio. Disfrutaba en ese diálogo con la naturaleza, de la contemplación de la flora y de las estaciones.

Más tarde visité su taller y sus exposiciones. Trabajadas, pictóricas, minuciosas hasta el último acontecimiento de luz. Me habló de su pasión por esa técnica vertiginosa, me habló de la búsqueda de la belleza, del vértigo de atrapar sensaciones, estados de ánimo y atmósferas allá donde iba. La acuarela, tan compleja y tan exigente, era y es su reino: el territorio de sus mejores sueños, el torbellino de su imaginación en libertad, la rapidez de los suspiros. Me habló de sus viajes: de parajes europeos, de sus paseos a la orilla del mar, de su atracción por las ciudades y sus manchas de claridad o de esas sombras desveladas que se proyectan entre las farolas de la noche; me habló de que el Pirineo, tan absorbente, era uno de sus condados predilectos para la creación. En su taller, en todas las paredes hay cuadros suyos: de distintas épocas, de variados formatos, cuadros que rezumaban plasticidad, perspectiva y enigma. Pocas veces he visto a una artista de semejante prodigalidad: se funde con lo que ve, lo interpreta y lo desarbola en un sinfín de matices y detalles, y siempre, siempre, ofrece transparencia, tensión cromática, entereza.

Hay muchas formas de mirar, de sentir, de implicarse: Aurora Charlo desconoce la pereza. Se transforma. Busca. Se zambulle en la espesura con la versatilidad de las ninfas. Y encuentra: cada uno de sus papeles huye de lo previsible. Mezcla y mancha sin complejos, con conciencia de hermosura, con la suavidad del silencio, con esa apetencia de anudarse con los elementos y de ser. Mezcla y mancha con el fulgor del arrebato, piedra y cielo, cumbre y regato, memoria de un instante decisivo donde se perciben el llanto de las hadas, la música de las colinas y los vaivenes del corazón.